FLORIDABLANCA en 1779-1783.

 

FLORIDABLANCA, 19 FEBRERO 1777–28 FEBRERO 1792:

PERIODO 1779-1783.

 

 

 

 

La guerra a Inglaterra en 1779.

 

La guerra a Inglaterra duró de 1779 a 1783.

El 12 de abril de 1779, España y Francia se reunieron en Aranjuez para renovar el Pacto de Familia y actuar conjuntamente contra Inglaterra, que estaba inmersa en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos 1775-1783. Acordaron atacar a Inglaterra en caso de que ésta no aceptase la mediación de España en el conflicto americano. España proponía que Inglaterra le devolviera Gibraltar y abandonase Luisiana, Florida, Honduras, Jamaica y las Pequeñas Antillas. Inglaterra rechazó la propuesta española.

No es que Floridablanca fuera francófilo. Más bien creía que Inglaterra “nos quiere arruinados”, y Francia “nos quiere sujetos y dependientes de ella”. Pero creía que la amistad con Francia era la única posibilidad de que España mantuviese sus territorios, siempre atacados por los británicos.

Desde el punto de vista comercial español, la guerra a Inglaterra cerraba el Atlántico, por lo que la “libertad de comercio” decretada en 1778, que no era más que ruptura del monopolio de Cádiz, se quedó en pura teoría. El tráfico empezaría con la paz, en 1783.

Y el 16 de junio de 1779, España declaró la guerra a Inglaterra y el embajador español en Londres, marqués de Monóvar, fue retirado. La guerra duraría hasta la Paz de Versalles de 1783.

Floridablanca planteó la guerra en tres frentes: El Caribe, El Plata y Gibraltar y Menorca.

El 26 de junio de 1779 España atacó Gibraltar con su flota. La idea era atacar Gibraltar y, al tiempo, entablar conversaciones para convencer a Inglaterra de que una negociación le sería más ventajoso que la guerra, pues además le ofrecía ventajas comerciales, como la utilización de Gibraltar como puerto franco, e incluso el alquiler de Punta Europa (sur del peñón) para almacenes y negocios. Otra posibilidad era permutar Gibraltar por Orán. Y la solución más complicada era neutralizar todo el Mediterráneo, cosa que el equipo de Floridablanca veía factible, con lo cual no tendría sentido una base militar en él. En el ataque a Gibraltar, el general Álvarez de Sotomayor llevaba 14.000 hombres por tierra y Antonio Barceló atacaba por mar, pero el almirante George Rodney derrotó a la escuadra española y auxilió a los gibraltareños. Los ingleses pidieron a cambio de Gibraltar la isla de Puerto Rico, el puerto de Caballos en Honduras, la fortaleza de Orán en África y la indemnización por los bienes que dejaban en Gibraltar. Las conversaciones fueron un fracaso y el cerco a Gibraltar se retiró en 1781.

Simultáneamente España actuaba en el Caribe: invadió con éxito los puertos de Florida, Luisiana y las Bahamas, aunque fracasó en la invasión de Jamaica. También se enviaron las armadas española y francesa contra Florida británica, y se atacó a los ingleses en costa de Campeche.

Y por fin, España abrió un tercer frente en El Plata: España decidió enviar a Pedro Ceballos a Río de la Plata para castigar las incursiones portuguesas, en Río Grande y Laguna de los Patos. Portugal era el aliado de Inglaterra, en un momento en que Gran Bretaña no estaba en la mejor disposición de ayudar a Portugal. Ceballos tomó la isla de Santa Catarina.

 

 

La paz con Marruecos.

 

En diciembre de 1779, sidi Mohammed ben Abdallah sultán de Marruecos decidió restaurar relaciones con España y envió a Sidi Mohamed ben Otomán para firmar un tratado de paz con España. Recordemos que el sultán había firmado una paz con España en 1767, había atacado la posición portuguesa de Magazán en 1769, y la española Melilla en 1774 iniciando una época de reivindicación territorial de hecho, contraria a las negociaciones firmadas y con silencio absoluto a la hora de establecer nuevas negociaciones en espera de que los acontecimientos le dieran una buena oportunidad para negociar mejor. Marruecos había sido derrotado en Melilla en 1775. En años posteriores había atacado Ceuta y el Peñón de los Vélez y no conseguía nada positivo.      1780 fue año de mala cosecha y hambre en España, y también en Marruecos. En Marruecos hubo sublevaciones populares debidas al hambre generalizada y necesitaba acuerdos para abastecerse de comida. España estaba en esos años sitiando Gibraltar y quería la cooperación marroquí.

El 30 de marzo de 1780 se firmó una nueva paz con Marruecos, Acuerdo de Aranjuez. En este acuerdo, se ratificaba lo ya firmado en 1767. Marruecos obtenía permiso para utilizar barcos españoles para su comercio, para vender pieles en Barcelona y para comprar oro y cochinilla en España. Los españoles obtuvieron permiso para exportar alimentos a Tetuán, Tánger y Larache. A raíz de este Tratado con España, Marruecos expulsó de su país a los británicos, cuerpo diplomático y comerciantes, y abrió los puertos de Larache, Tetuán y Tánger a los españoles.

Si España se quitaba el inconveniente de la guerra con Marruecos, Inglaterra hizo otro tanto dando por terminada la Guerra de las Trece Colonias: El 24 de septiembre de 1779, Inglaterra reconoció la independencia de los Estados Unidos y se libró de esa guerra.

 

 

Derrota española de Cabo San Vicente, 1780.

 

El 14 de enero de 1780, Juan Cayetano Lángara y Huarte, con 11 navíos y 2 fragatas, combatió contra el británico George Rodney, quien contaba con 21 navíos y 10 fragatas, en Cabo San Vicente. La batalla se prolongó hasta las dos de la mañana del día 15 y fue una completa derrota española. Fue la primera de tres derrotas homónimas. La segunda fue en 14 de febrero de 1797 cuando fue derrotado José de Córdoba, y la tercera el 5 de octubre de 1804, cuando fue derrotado José Bustamante Guerra.

 

 

Cambio de política bélica en 1781.

 

El sistema de Floridablanca de luchar y conversar al mismo tiempo no gustaba a los franceses. Los franceses se esforzaban por poner fin a las conversaciones entre ingleses y españoles, y ofrecieron ayuda para recuperar Menorca. El sistema de “conversar y luchar” se rompió en 1781:

El 21 de julio de 1781, Floridablanca aceptó la propuesta francesa y envió al francés duque de Crillón con 7.500 hombres y 73 barcos a Menorca, que estaba en manos inglesas desde 1763. Los expedicionarios llegaron a cala Mezquida el 19 de agosto y sitiaron el castillo de San Felipe, donde estaban 1.600 soldados ingleses y 600 marineros mandados por el general Murray. Los ingleses se rindieron el 4 de febrero de 1782. España ocupó la isla y derruyó el Castillo de San Felipe, lo cual fue considerado un inmenso error. Los ingleses volverían a la isla en 1798.

 

 

REFORMAS POLÍTICAS EN ESPAÑA EN 1779-1781.

 

En 1779 hubo algunos cambios en la organización territorial militar española creándose en Marina la Comandancia General del Campo de Gibraltar, la Comandancia General de la Costa de Asturias y la Comandancia General de Vizcaya. Estas nuevas demarcaciones militares se sumaban a las 12 clásicas Capitanías Generales del ejército de 1701, más la de Madrid-Castilla la Nueva creada con distintos avatares entre 1714 y 1795. Las Comandancias Generales se diferenciaban de las Capitanías Generales en que el Capitán General era Presidente de la Audiencia, mientras el Comandante General residía en una ciudad no dotada de Audiencia ni Chancillería.

A partir de 1779 Carlos III, y más tarde en 1795 Carlos IV continuaría la misma política, decidieron dar un gran golpe a la corrupción municipal española, incorporando a la Corona los oficios municipales, es decir, dando por finalizado el plazo por el que los oficios municipales eran patrimonio de personas y familias, de modo que revirtieran a la Corona. Carlos III no fue bien comprendido y no se valoró su reforma municipal. O más bien se impuso la opinión de los que vivían del cargo que habían comprado al rey y de las corruptelas que solían practicar aprovechando el cargo, que eran muchas, recaudando impuestos, controlando los mercados, gestionando los propios y arbitrios municipales, e incluso los comunales.

En 1780 se creó el Real Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid con rango universitario, como el de Cádiz 1748 y Barcelona 1770. A diferencia de estos últimos, el colegio de Madrid no tenía por finalidad preparar médicos para la Armada o para el ejército, sino instruir facultativos para los diversos pueblos y ciudades de España, un fin mucho más ambicioso. Superaba la labor de la Academia de Medicina y Cirugía de Madrid abierta en 1732. Fue iniciativa de Antonio Gimbernat Arbós. Trataba de enseñar cirugía y medicina. En 1843 pasaría a llamarse Facultad de Ciencias Médicas porque integró estudios de farmacia, pero en 1845 volvió a cambiar de nombre para llamarse Facultad de Medicina de San Carlos.

En 1780 se reglamentó la construcción y funcionamiento de los hospicios. Una institución de este tipo, para recoger niños pobres de la calle, había empezado a funcionar en 1688 por iniciativa de las Esclavas del Ave María. En 1724 apareció una segunda, cuando se construyó el Hospicio de Madrid. Pero fue en los años ochenta cuando se generalizaron hasta existir 88 en España en 1787. Carlos III reglamentó en 1780 que se albergara en los hospicios a niños mayores de 6 años, adultos y ancianos desvalidos de ambos sexos. Los niños, y los demás acogidos, debían aprender a leer y escribir y un oficio, de modo que un hospicio contaba con talleres de lana, lienzo, zapatos, sastrería, camisería, calcetería… No hay que confundir los hospicios con las casas de expósitos que recogían bebés y niños pequeños, ni con los asilos que recogían pobres y desamparados pero no les enseñaban a trabajar.

En 1781 se inauguró el estanco de tabaco de Filipinas y empezó una prosperidad económica en estas islas. En 1785 se fundó la Compañía de Manila que comerciaba directamente con España, lo cual llevó en 1815 a la supresión de la nao de la China o servicio de comercio entre Filipinas y España.

 

 

Los vales reales de 1780.

         EL INICIO DE LA BURBUJA DEL PAPEL.

 

El 20 de septiembre de 1780, un banquero de origen francés llamado Francisco Cabarrús, y un tal Aguirre, ofrecieron a Carlos III 9 millones de pesos (a 15 reales por peso, eran 135 millones de reales de vellón) en metálico y en letras de cambio, obtenido de un consorcio de banqueros franceses, holandeses y españoles. Era mucho más que lo que los Cinco Gremios Mayores de Madrid estaban dispuestos a prestar, y el Gobierno se dejó llevar por este empresario.

La necesidad de dinero urgente venía esta vez justificada por la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, 1778-1782, a la que se le donaba dinero, y la Guerra de España con Inglaterra de 1779-1783, que estaba costando mucho más dinero.

A cambio del préstamo de Cabarrús, el Gobierno español firmó 9,9 millones de pesos (148,5 millones de reales) en deuda pública en “vales reales”, que ellos colocarían en el mercado. El quebranto, o ganancia de los intermediarios, era de 900.000 pesos, un 10%. Cada vale tenía un valor nominal de 600 pesos y proporcionaba un interés anual del 4%. Tenía curso legal y se podía usar para las grandes transacciones del comercio al por mayor, y las oficinas del Tesoro tenían la obligación de aceptarlos como pago de impuestos, contribuciones y otras operaciones financieras y deudas con hacienda, pagándolos siempre a nominal, lo cual debía asegurar su valor. Quedaba expresamente prohibido pagar sueldos y pensiones con vales reales. El comercio al por menor, podía aceptar los vales, o no, como medio de pago. Eran amortizables a 20 años.

Cada año, y para evitar falsificaciones, los vales debían ser entregados, y el Estado reintegraba un vale nuevo igual más el 4% en dinero metálico, y cambiaba el formato de los vales a fin de evitar falsificaciones. En teoría, los vales con endoso en blanco, o los que no se presentasen cada año, debían ser confiscados, pero algunos tenedores de vales no entregaban los vales viejos, porque los usaban como moneda, y seguían aceptándose aunque estuviesen caducados.

El negocio parecía estar bien planteado y no sugería desconfianza alguna, según los emisores de los vales. Pero no todos los españoles estaban de acuerdo con ese método, pues el Tesorero General, Francisco Montes, se opuso a lo que él creía que era una estafa al Estado español. No se escuchó a los discrepantes, y el 1 de octubre de 1780 se autorizó la emisión de los vales reales.

Lo malo del negocio es que al Estado, gestionado por Floridablanca, le pareció demasiado bien, y en octubre de 1781 y julio de 1782 hizo nuevas emisiones: En 14 de febrero de 1781, con motivo de la guerra en Gibraltar y con el propósito de atacar Menorca, se decidió lanzar 5,3 millones de pesos (79,5 millones de reales) en vales de 300 pesos cada uno. En mayo de 1782, se decidió sacar otros 14,8 millones de pesos (221,9 millones de reales) en vales de 300 pesos cada uno. En total se habían lanzado en vales más de 450 millones de reales, en año y medio. Era una cantidad abrumadora y Floridablanca, que no era un lerdo, se había opuesto a emitir tanto papel, que el Estado quizás no pudiera respaldar. Floridablanca no se equivocaba y en marzo de 1781, un mes después de la segunda emisión, los vales se cotizaban al 96% de su valor nominal, y en septiembre de 1782, cuatro meses después de la tercera emisión, se cotizaban a 86%, pasando en octubre a 78% de nominal. En esas condiciones, España se estaba cerrando el camino a futuros créditos. La amenaza de depreciación, que el Estado los recomprase más baratos de lo pagado de salida, era muy grave.

Pronto los acreedores de Hacienda dejaron de admitir los vales a valor nominal, y pusieron un precio de mercado inferior. Y entonces, recibiendo o comprando vales a valor nominal y sacándolos al mercado a valor de mercado, más bajo, el negocio de hacienda era ruinoso.

Las emisiones de vales reales de 1780, 1781, 1782, 1785 y 1788, que sumaban 549 millones de reales, significaban unos intereses anuales de más de 15 millones, una cantidad importantísima, el 4% de los gastos anuales del Estado que eran de unos 400 millones, para un país que ya estaba endeudado). Pero todavía en 1794 y 1799 se emitirán más vales por valor de 1.759 millones de reales, lo cual significa intereses anuales de más de 50 millones anuales a sumar.

En 1778, 1779 y 1780 se tomaron empréstitos en Amsterdam por valor de 64 millones de florines, con la excusa de financiar el Canal Imperial, cuyas obras habían empezado en 1769. Pero este dinero no era suficiente para pagar el enorme déficit que se estaba acumulando y en 1779 se recurrió a medidas extraordinarias como pedir un donativo a las iglesias, pedir préstamos a los particulares y al clero, poner un nuevo impuesto sobre frutos civiles y emitir vales reales. Pero la situación no podía mejorar, por culpa de la guerra, de hecho empeoró hasta que en 1783 se firmó una paz.

 

En 1780 hubo sequía y mala cosecha de cereales, y se produjeron algunas situaciones de hambre y disturbios. El hambre se sumaba a la guerra y a la especulación del papel. Debería haber surgido la alarma en el Gobierno.

En 2 de junio de 1782 (proyecto de octubre de 1781) se creó el Banco de San Carlos para recomprar vales reales. No se trataba de recuperar los vales, lo cual era imposible, sino de decir que el Estado estaba en disposición de recomprarlos a fin de poder emitir muchos más vales, de generar confianza a los tomadores de estos vales. Pretendía crear un fondo nacional de 300 millones de reales a base de acciones de 2.000 reales cada una, una cifra próxima a la mitad del presupuesto anual del Estado, es decir, muy alta. No se encontraron inversores. Y se decidió una medida arriesgada: que la Superintendencia de Pósitos tomara las acciones del nuevo Banco. Es decir, se desproveía a los pequeños bancos rurales, los pósitos, para proveer a un gran banco nacional al servicio de la deuda del Estado, cuyos reintegros serían más que dudosos. Otra finalidad del Banco de San Carlos era hacerse responsable del Real Giro en las oficinas del extranjero, lo cual significó la desaparición del Real Giro, para evitar duplicidades. El Banco de San Carlos abrió realmente en 1783, trataremos este tema del Banco de San Carlos un poco más abajo.

 

 

REBELIONES AMERICANAS EN 1781.

 

En 1781 tuvo lugar la revuelta de los comuneros en Nueva Granada. La política del Secretario de Indias 1776-1787, José Gálvez, era desposeer a las grandes familias criollas de los cargos de la administración americana que tenía como propias de cada familia, cambiándolos por españoles venidos de la península, y hacerles pagar los gastos que significaba la flota de protección a las naves que comerciaban con España. Gálvez había creado Visitadores-Regentes para cobrar los nuevos impuestos.

El Visitador Regente de Nueva Granada era Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres. En Nueva Granada se renovó el “impuesto de barlovento” que pesaba sobre las exportaciones y afectaba sobre todo a la exportación de algodón. En 1779 se produjo una rebelión indígena sin mucha trascendencia. En 1780 hubo motines pequeños. El 16 de marzo de 1781 surgió un gran motín en Socorro contra el impuesto de la armada de barlovento. Se sumaron los pequeños comerciantes, pequeños agricultores e indios, y dieron el liderazgo a una junta integrada por Juan Francisco Berbeo, Salvador Plata, Antonio Monsalve y Francisco Rosillo, que se autodenominaron Junta del Común, y fueron conocidos como comuneros. Reunieron 4.000 hombres y emprendieron una marcha sobre Santa Fe, a la que se sumaron muchas personas llegando a concentrarse unos 20.000. En mayo de 1781 se firmaron las Capitulaciones de Zipaquirá en las que se acordó: derogación del impuesto de la Armada de Barlovento; disminución de los impuestos del tabaco y del aguardiente; derogación del diezmo indígena; devolución de los resguardos a los indígenas; preferencia de los americanos sobre los españoles peninsulares a la hora de ocupar cargos políticos americanos. Algunos comuneros prosiguieron los desórdenes, lo cual fue tomado como excusa por los españoles para anular lo acordado en Zipaquirá, capturar a algunos líderes comuneros y ejecutarles, o expulsarles, o enviarles a Panamá o a Melilla. En enero de 1782 estaba dominada la revuelta comunera.

La revuelta de los comuneros coincidió en el tiempo, y en los motivos con otra llamada de Tupac Amaru II. José Gabriel Condorcanqui, autodenominado Tupac Amaru II, cacique indio, decidió sublevarse contra las alcabalas y el 4 de noviembre de 1780 apresó al corregidor Antonio Arriaga y le ejecutó seis días después. Reunió unos 10.000 hombres, la mayoría indios, pero también algunos criollos, y atacó a un destacamento español en Sangarará con éxito. José Antonio de Areche envió entonces nos 17.000 hombres desde Lima, algunos de ellos indios como Condorcanqui, y fortalecieron Cuzco y La Paz. Los criollos abandonaron a Tupac Amaru II, porque sus ideas eran distintas, y los españoles pasaron a la ofensiva en febrero de 1781, capturando al cacique rebelde y ejecutando a su familia y a él mismo en 18 de mayo de 1781.

Pero los criollos estaban dolidos por verse privados de sus cargos de gobierno, y dejaron de llamarse “españoles americanos” como solían, y cambiaron a llamarse “americanos”. Empezaba el sentimiento independentista.

 

 

ILUSTRACIÓN Y SOCIEDAD EN LATINOAMÉRICA.

 

La ilustración estaba muy presente en la sociedad latinoamericana blanca. La sociedad americana blanca era muy dinámica. Aunque se conservaba cierta consideración social ante los viejos estamentos de la aristocracia y el clero, habían surgido en América unas clases medias que aspiraban a nobleza. Muchos de los que habían emigrado eran ya hidalgos en España. De entre estas clases altas y medias, muchos habían hecho fortuna al llegar, pues se hicieron señores de grandes extensiones de terreno y habían comprado hidalguías a la Corona. Hay que advertir que toda la aristocracia americana era de raza blanca o antiguos caciques indios. Los mestizos eran ricos pero no nobles.

La aristocracia criolla hacía gran ostentación de riqueza, cultivaba las letras y el teatro e incluso se pagaba representaciones privadas.

También tenían sus periódicos: En Perú apareció el periódico “Mercurio”. Este periódico hacía algunas críticas a la monarquía hispana. En este punto se mostraba la existencia de una conciencia de los criollos de ser diferentes. Y como consecuencia de esta conciencia, desde final del XVIII los criollos se asociaron en sociedades masónicas.

La alta burguesía y la aristocracia tendían a converger en el siglo XVIII por acercamientos matrimoniales. Frente a ellos, la media y baja burguesía constituía un grupo sólido que aspiraba a tomar parcelas de poder, y era visto como un enemigo.

Carlos III decretaría que el comercio no es oficio ruin para la nobleza y no suponía perder la condición de hidalguía. Esto favoreció la integración de los grupos negociantes y aristócratas en uno solo.

La cultura criolla de los nobles, eclesiásticos y burgueses, contrastaba con la falta de escuelas e incultura general de las clases populares. Las escuelas radicaban en las ciudades. Si eran oficiales, las costeaba el Cabildo y, si eran parroquiales, las costeaba la Iglesia.

La Ilustración americana defendía teorías políticas que decían que el poder dimana de Dios, radica en el pueblo y éste delega en el monarca. Un grupo minoritario, dentro de los ilustrados americanos eran los independentistas. La ideología que difundían los independentistas era que había que romper con los siglos XVI y XVII y volver a las culturas anteriores al descubrimiento, anteriores a los españoles.

Cuando los criollos venían a España a finales del XVIII, notaban una economía inferior, menos libertad y menos lujo urbano que en sus ciudades de América. España estaba mucho peor que América por entonces.

Las Juntas de Defensa americanas, de 1808 en adelante, mostrarán grandes deseos de independencia e ideología revolucionaria. Tendrán el apoyo de Inglaterra.

 

 

EL “PLAN DE GOBIERNO” DE ARANDA.

 

En marzo de 1781, el príncipe Carlos, Carlos IV, escribió una carta a Aranda para que le enviara un plan de Gobierno para cuando muriese Carlos III. Aranda le contestó en abril de 1781 con su Plan de Gobierno para el Príncipe. Esto nos sugiere dos cosas: que el príncipe estaba impresionado por la oposición a Floridablanca, por los partidarios de la nobleza; que Aranda tenía todavía pretensiones de Gobierno. El plan de Aranda contenía los siguientes puntos:

El poder del monarca es supremo, pero no absoluto (supremo quería decir en la época soberano).

El Gobierno debía quedar concentrado en un Consejo de cuatro o seis miembros, de buena cabeza, bien preparados y bien considerados socialmente (es decir, ilustrados y de condición nobiliaria o militar), que en todo momento buscaran lo mejor para el país. El Consejo sería dirigido por un “Ministro Confidente” del rey, elegido por el rey mismo. El Ministro Confidente trasladaría al rey las resoluciones y acuerdos del Consejo, y el rey tendría el poder de estar vigilando e incluso vetando al Consejo.

Los Secretarios de Despacho debían ser meros órganos ejecutores de las decisiones del Consejo, pero no podían tener poder ejecutivo como les habían dado los Borbones.

El Rey vigilaría al Ministro Confidente y a los miembros del Consejo de Estado a fin de que actuasen con dignidad y corrección.

Aranda pensó que se estaba allanando para sí el camino para gobernar España, pero, siguiendo estas pautas, Carlos IV, en su día, elegiría a Godoy en este papel de Ministro Confidente.

 

 

LA PRENSA EN ESPAÑA HACIA 1781.

 

En 1781 apareció en España El Censor, la revista ilustrada española por excelencia, editada en Madrid por Luis Marcelino Pereira Castrigo y Luis María García de Cañuelo y Heredia. Tiraba unos 500 ejemplares con sátiras y fábulas morales y era muy leída. Será cerrada en 24 de agosto de 1787 por Godoy, y Cañuelo fue llevado ante la Inquisición, donde abjuró de sus “creencias y errores”. Pereira y Castrigo eran dos abogados, que, creemos, encubrían a la tertulia ilustrada de la condesa de Montijo, María Francisca de Sales Portocarrero y Zúñiga, demasiado liberal y jansenista para su época. Escribían allí Jovellanos, Meléndez Valdés, Tavira, Vargas Ponce, y Samaniego. Fueron famosas las campañas de Juan Pablo Forner, 1756-1797, contra el grupo de El Censor, y más famosas las que hizo en 1778 y 1782 contra Iriarte, y en 1782 contra Nicolás Masson de Murvilliers, el cual había escrito en La Enciclopedia contra los españoles.

Otros periódicos de la época fueron:

El Memorial Literario, a partir de 1784, que publicaba divulgaciones literarias y científicas, dirigido por Joaquín Ezquerra y Pedro Pablo Trullench

El Correo de los Ciegos, que apareció en Madrid en 1786, y se llamó El Correo de Madrid en 1787, que también divulgaba actualidad literaria, científica, técnica y económica, junto a una sección de crítica social y de costumbres, escrita por Manuel María de Aguirre, “el militar ingenuo”, pidiendo reformas tan avanzadas como al división de poderes.

El Diario de las Musas, iniciado en 1790 por Luciano Francisco Comella y Lorenzo de Burgos.

El Espíritu de los mejores Diarios que se publican en Europa, se publicó en 1787-1791, por Cristóbal Cladera, y era “diario eclesiástico” para reaccionar contra el “libertinaje filosófico” de su tiempo mediante las ideas católicas.

El Semanario Erudito que comprende varias obras inéditas, críticas, morales, instructivas, políticas, históricas, satíricas, y jocosas de nuestros mejores autores antiguos y modernos”, era una obra de Antonio Valladares de Sotomayor entre 1787 y 1791 para divulgar la cultura.

 

 

FLORIDABLANCA COMO SUPERMINISTRO en 1782.

 

En 1782, al morir en agosto Roda, tomó interinamente la Secretaría de Justicia Floridablanca. El poder de Floridablanca se incrementaba mucho con ello.

En 1782 se dio un decreto de protección a los judeoconversos de Mallorca, que estaban siendo aislados pues se les prohibía vivir en barrios normales o trabajar junto a los demás, refiriéndose a ellos con el mote de “chuetas”. Estaban en contra de los judíos la Audiencia, el Cabildo y la Universidad y a su favor el obispo de Mallorca. En 1782 se prohibió la palabra “chueta” y en 1785 se les declaró aptos para el servicio militar y para profesar en religión. Sin embargo se prohibió la práctica de la religión judía para los judíos que habían llegado a Mallorca en tiempos de la dominación inglesa.

 

 

LA GUERRA CON INGLATERRA EN 1782 – 1783.

 

Fracaso español en Gibraltar.

En febrero de 1782 la escuadra hispano francesa de Bertón de Crillón había recuperado Menorca. El sistema de conversaciones y guerra había sido abandonado. Y entonces se decidió utilizar las tropas victoriosas para tomar Gibraltar. Se puso al duque de Crillon, vencedor en Menorca, al mando de 10.000 soldados y éste hizo defensas terrestres y unas naves de doble casco dotadas de 220 piezas de artillería, que debían ser definitivas para el asalto a la plaza. Pero el 13 de septiembre de 1782, los británicos incendiaron las naves y el sitio terrestre resultaba inservible.

En 1782, Gran Bretaña declaró la guerra a Marruecos. Marruecos había hecho la paz con España en marzo de 1781 y había expulsado a los ingleses de sus puertos.

 

La paz con Turquía.

En 1782 España hizo también la paz con Turquía, el protector de los corsarios berberiscos. Ya en 1778, Floridablanca había enviado un emisario a Constantinopla, el comerciante francés afincado en Sevilla, Bouligny. Y en 14 de septiembre de 1782 se llegó a un acuerdo de paz muy poco útil, de poco calado, por el que se podían abrir consulados en los principales puertos turcos y españoles, quedaban abiertos los Santos Lugares a los peregrinos y se recomendaba la negociación a las ciudades berberiscas con España.

El acuerdo de paz con el Consejo de Constantinopla que España intentaba en 1782, no tuvo apenas repercusiones prácticas: Argel no modificó en absoluto su modo de vida por el Consejo de Constantinopla de 1782, y fue atacado varias veces por España, hasta que por fin se decidió a firmar un acuerdo de respeto a los barcos españoles en 1785. En 1783 se firmó el Tratado de Trípoli, en el que el Conde de Cifuentes, Capitán General de Baleares, y los comerciantes mallorquines residentes en Trípoli, los hermanos Soler, lograron un acuerdo para que Trípoli y España suprimieran los barcos corsarios que atacaban a la otra parte. En 1784 se abrieron negociaciones con Túnez y hubo acuerdo en 1785.

 

La táctica Rodney.

En 1782 los ingleses inventaron una nueva táctica de guerra naval, la del almirante Rodney[1], practicada por primera vez por este oficial británico en la batalla de Les Saintes, en Dominica. La táctica antigua era curiosa para nosotros: los ingleses preferían navegar a barlovento, porque así escogían el momento, el lugar, y el lado del ataque, mientras los españoles y franceses preferían ir a sotavento, por delante, de modo que desde sus popas iban cañoneando a los ingleses (los barcos no podían disparar por proa y tenían poco fuego por popa, pues casi todos sus cañones actuaban por las bandas). En la persecución previa a la batalla, los españoles y franceses trataban de desarbolar, para cuando se iniciase la batalla verdadera estar en ventaja. En el momento del combate, los barcos se colocaban en línea (por eso se denominaban navíos de línea) y trataban de colocar sus andanadas entre los barcos enemigos, con gran densidad de fuego. La variante que introdujo Rodney en 1782 fue la ruptura de la línea, metiéndose por medio de las líneas enemigas, en medio del fuego, lo cual era peligroso al principio de la operación, pero una vez conseguido, se escogía a qué parte de los barcos enemigos se atacaba y ello daba mejores resultados que los previsibles para los viejos marinos. Los españoles y franceses, cuando veían su línea rota, se desconcertaban, pues ya no tenían órdenes de combate ni instrucciones de maniobra, y muchas veces se rendían. La táctica entusiasmó a Nelson, quien sería en adelante el más asiduo practicante de la misma.

 

La independencia de los Estados Unidos a partir de 1782.

En noviembre de 1782, Gran Bretaña reconoció la independencia de los Estados Unidos. Abandonaba con ello un frente de guerra y se hacía más fuerte en los demás.

La paz de España y Francia con Gran Bretaña se produjo en 3 de septiembre de 1783 en París en el Tratado de Versalles, negociado por Aranda en nombre de España. El Tratado de Versalles de 1783 ponía fin a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

De salida, Carlos III exigía Gibraltar, e Inglaterra exigía la devolución de sus colonias americanas, Puerto Rico, y un puerto cercano a Orán. Las posiciones eran muy dispares. En todo momento, Inglaterra se negó a entregar Gibraltar y, para llegar al acuerdo final, Aranda recibió la orden de Carlos III de olvidarse del tema Gibraltar. Posteriormente, Aranda cargó injustamente con la culpa de haber negociado mal o de olvidarse de ello.

El 20 de enero de 1783 se firmaron los Preliminares de paz y el 3 de septiembre de 1783 se llegaba a la firma del texto definitivo del Tratado de Versalles. El Tratado de Versalles, o Tratado de París, era un conjunto de cuatro tratados: entre Inglaterra y los Estados Unidos; entre Inglaterra y España; entre Inglaterra y Francia; entre Inglaterra y los Países Bajos.

Inglaterra reconoció la independencia de los Estados Unidos.

Inglaterra devolvía a España: Menorca, Florida Oriental y Occidental, la costa de Nicaragua, Honduras y Campeche (Yucatán, México), pero se quedaba con Belice, que era el sur de Campeche, donde podían seguir explotando este tinte.

Inglaterra obtuvo Bahamas, Gibraltar, y Negapatnam (en la India) y la libre navegación en el Índico.

España cedía a Inglaterra Providencia y Bahamas.

España obtuvo Menorca, Florida Oriental y Occidental, costas de Nicaragua y Honduras (costa de los mosquitos y costas de Campeche) y el archipiélago de Providencia, San Andrés, Santa Catalina.

Francia obtuvo San Pedro y Miquelón, Santa Lucía, Tobago y el Senegal en África.

Los Países Bajos se quedaron con Sumatra.

Estados Unidos debía a España ocho millones de reales por gastos de la guerra, y España le propuso pagarlos dando libertad a los barcos españoles para navegar el Mississippi, cosa que Estados Unidos no aceptó.

 

Complementariamente al Tratado de Versalles, en 1783 se hizo una paz conjunta de marroquíes, españoles y británicos en Marruecos.

 

 

Valoración de la Paz de Versalles.

El aspecto positivo para España de la Paz de Versalles de 1783, que la convertía en la paz más favorable a España habida en todo el siglo XVIII, era la paz en el mar. Antes de la Guerra de las Trece Colonias, los ingleses estaban atacando puertos y barcos españoles todos los días, mientras la política exterior la dirigía de algún modo París. En esta guerra de 1778-1783, España había reaccionado con energía y personalidad por primera vez: había buscado la alianza de Turquía, Prusia y Rusia, y se había librado de los ataques ingleses por un lado y de las directrices de Francia por el otro.

En el aspecto negativo, España vio un gran peligro en el Tratado de Versalles, pues al reconocer a los Estados Unidos, se podía estar abriendo la puerta a independencias latinoamericanas, a las que también otros Estados podrían reconocer como independientes.

En el tema de Menorca: La mayor ventaja obtenida por España en Versalles era la recuperación de Menorca. El tema implicaba varias consideraciones complejas: la guerra del corso y las relaciones con Rusia y Turquía.

En cuanto a la terminación de la guerra del corso, hay que apuntar que los británicos actuaban en corso desde Mahón sobre las costas mediterráneas españolas, y los barceloneses y valencianos actuaban en corso contra los barcos que se dirigían a Menorca.

En cuanto a las relaciones con Rusia, debemos tener en cuenta que Rusia necesitaba el Estrecho de Gibraltar porque tenía sus astilleros en el Mar Negro y debía trasladar sus barcos al Mar Báltico. Rusia también tenía aspiraciones de estar en la costa del Pacífico norteamericana, que era española. Inglaterra había tratado de ganarse a Rusia porque necesitaba alimentos, trigo en especial, desde que no recibía barcos de las Trece Colonias, y le ofreció Menorca como puerto de escala entre sus mares meridionales y nórdicos, proponiéndole llevar a Menorca población griega y que Rusia contruyera en Mahón un astillero moderno, mejor que los que tenía en el Mar Negro y sin el problema de los Dardanelos. Pero Rusia se negó a aliarse con Inglaterra. Inmediatamente, Francia y España se ofrecieron a Rusia para comprarle su trigo. Y el 28 de febrero de 1780, Rusia declaró la neutralidad, y exigió de Inglaterra libertad de comercio para los países neutrales. Francia, España, Prusia y Austria aceptaron las propuestas rusas en 1781, y más tarde Suecia, Dinamarca, Portugal y Holanda se sumaron al bloque de neutrales.

Pero Francia y España no quisieron una alianza con Rusia porque ésta no era un buen aliado: Al acabar la Guerra de las Trece Colonias, viendo debilitada a Inglaterra, se le ocurrió a Rusia un programa expansionista a costa de Turquía, a la que declaró la guerra. Ya el 21 de julio de 1774, Turquía le había concedido a Rusia el Mar de Azof, Kerch y Yanikale (Estrecho de Kerch para salir del Azof) y Kinburn en la desembocadura del Dnieper, cerca de Odesa. Pero Rusia se envalentonó y quiso el Bósforo y los Dardanelos, y pensó que era el momento de acabar con Turquía europea. Rusia se puso al habla con José I de Austria, al que prometió Bosnia, Servia, Dalmacia y Herzegovina, y con Venecia, a la que prometió Morea, Candía y Chipre, y juntos decidieron la guerra a Turquía en 1783.

Floridablanca pensó que había que apoyar a Turquía, pues Rusia sería un mal vecino en el Mediterráneo oriental. Pero también deseaba respetar el Tratado de comercio firmado con Rusia en 13 de septiembre de 1782. España fue apoyada en su postura por Prusia (a la que no interesaba una Austria fuerte, que le disputara el centro de Europa), Francia (que quería estar a bien con Prusia) e Inglaterra (que no quería comprometer el camino hacia la India, cuyo paso en Egipto tenía seguro con Turquía).

 

 

LA PROSPERIDAD ESPAÑOLA DE 1783-1793.

 

Desde un punto de vista de política interna, la Paz de Versalles de 1783 significó para España el inicio de un periodo de prosperidad de 12 años, debida exclusivamente a la reducción de gastos de guerra. España aprovecharía para relanzar el comercio. Pero el dinero de los nuevos negocios no repercutió en beneficio del Estado español porque se había creado un ambiente de desconfianza en Hacienda, una convicción de que el Estado gastaba mucho y de que no podía pagar a no ser que llegaran las flotas de Indias, lo cual era aleatorio. Además, no se paraba de emitir vales reales, y la confianza en su valor decrecía. La prosperidad general venía de la mano de la burbuja del papel, preludio de ruina total.

La necesidad de financiación que tenía el Estado, llevó a los gobernantes a condescender con la nobleza y el clero, a un retroceso en la política de reformas y abolición de los privilegios. Parece que Floridablanca no fue consciente de la contradicción en que estaba incurriendo. El planteamiento correcto hubiera sido que, si se acababa con los privilegios de la nobleza y clero, los ingresos del Estado acabarían por subir a medio o largo plazo. Pero quizás se atendió más a lo urgente, a lo inmediato. Pudiéramos decir que Floridablanca no fue suficientemente “un hombre de ilustración” y más bien se mostró conservador, tradicionalista y católico. Incluso hay autores que dudan de que en algún momento del XVIII hubiera Ilustración en España. Floridablanca era un abogado que fue fuente de una lluvia de reformas, pero que no llegó a terminar ninguna que fuera profunda y definitiva.

En febrero de 1792 fue despedido Floridablanca, en noviembre de 1792 llegó Godoy al poder, y en 1793 España inició una nueva guerra, la Guerra de la Convención, que significó una derrota ante Francia. La pequeña época de prosperidad había terminado.

 

 

EL BANCO DE SAN CARLOS, 1782.

 

En 2 de junio de 1782 se creó el Banco de San Carlos. El proyecto había sido presentado por Cabarrús a Floridablanca en 1781, como conveniencia de abrir un banco de accionistas. Empezó a funcionar realmente desde 1 de enero de 1783.

Floridablanca era el Secretario de Estado del momento y sentía la necesidad de un banco estatal, pues tenía difícil financiar sus proyectos. La idea ya había sido trabajada por Ensenada en 1751, cuando creó la Oficina Real de Giro para los pagos internacionales. La ocasión concreta se produjo cuando el año 1781 se presentó especialmente duro, pues la guerra con Inglaterra (declarada en junio de 1779 y acabada en 1783) había cortado las remesas de metales preciosos americanos, y los pagos en el extranjero se hacían difíciles de realizar.

Floridablanca le propuso a Carlos III la creación del Banco de San Carlos para que se ocupase del descuento de letras, anticipo de cantidades a fabricantes, préstamos al rey, administración del ejército y la marina y pagos internacionales. El Banco de San Carlos debía servir para sostener los vales reales, para comprar y vender de modo que no se depreciaran y tuvieran buena acogida, para garantizar el pago de intereses y amortización de los vales, lo cual daría confianza a los inversores nacionales y garantizaría nuevas emisiones de vales. La idea era fundar un banco nacional como el de Inglaterra y se le encargó al conde de Cabarrús su organización.

Francisco Cabarrús[2], 1752-1810, era un francés ingenioso y brillante en el discurso, que se educó en España vendiendo mercancías de su padre. Francisco Cabarrús expuso el plan para la creación de un banco “estatal”, que nosotros diríamos que era más bien privado con la garantía del Estado. Se opusieron el Secretario de Hacienda, Miguel de Múzquiz Goyeneche[3] conde de Gausa y los Cinco Gremios Mayores de Madrid. La razón parece obvia, pues los Cinco Gremios Mayores hacían ya esa labor de intermediarios en el comercio internacional y, además, tenían como uno de sus principales negocios los suministros a la Marina y Ejército español, lo cual perderían si el Estado creaba su propia entidad bancaria.

El Banco de San Carlos era un banco público y privado. Por banco público se entendía que prestaba a entidades públicas, pero también prestaba a particulares. La banca había aparecido a fines del XI entre los orfebres, cambistas, mercaderes que transportaban letras de cambio y usureros (prestamistas en lenguaje de la época). Todos necesitaban evitar quiebras y fraudes, y reglamentaron el oficio de banquero, de forma que se necesitaba licencia municipal y la licencia no se otorgaba sin una fianza o aval previo. A partir de ese momento aparecieron los “bancos públicos” de Castilla y las “taulas” de Aragón. Eran “públicos”, porque prestaban a entidades públicas y no a particulares. En 1576, los flamencos Oudeghersts y Rott propusieron un banco para financiar al Estado, en la misma idea de servir a los príncipes y ello se tiene por modelo de banco público.

La creación del Banco de San Carlos significó el inicio de la crisis de la Compañía General de los Cinco Gremios Mayores de Madrid creada en 1764, que llevaría a su desaparición definitiva en 1846. El Banco de San Carlos fue el primer contratiempo que tuvo la Compañía General, pues le hacía la competencia directa. Enemigos de la Compañía General eran el economista Eugenio Larruga Boneta y el eclesiástico Antonio Garcés, un iluminado que les acusó de usura por prestar dinero a interés, lo que él consideraba pecado. En 1785 apareció la Compañía de Filipinas, un nuevo competidor, esta vez con la protección del Rey y los ministros, cosa que también acusó la Compañía General. Pero lo que más afectó a la Compañía General fue la guerra con Inglaterra, cuando se cortó el tráfico en el Atlántico, y Hacienda se arruinó y dejó de pagar las anualidades de sus créditos. La guerra de 1808 fue un golpe durísimo, pues los franceses tomaron los almacenes de lana de Burgos y Santander y se llevaron esa materia prima a Francia sin pagar nada, y también saquearon las fábricas de Cuenca y Talavera, tal vez de forma muy premeditada para evitar competidores españoles, y además, el gobierno francés impuso gabelas y préstamos forzosos para sufragar la guerra, además de que los “libertadores” americanos asaltaban las empresas de sus regiones respectivas y se quedaban con ellas con pretexto de estar haciendo la revolución. En 1846, la Compañía General fue liquidada.

En conclusión, la financiación del Estado y las necesidades de gestionar los pagos del mismo y de los españoles en el exterior, los podía haber hecho la Compañía General, pero se prefirió, por alguna razón, crear una empresa nueva y echar abajo lo existente.

El Banco de San Carlos actuaba como banco estatal pues tenía capacidad, bajo la protección del Estado y garantía del rey, para emitir billetes o letras a precios bajos, conceder préstamos a bajo precio a empresas nacionales y gestionar los gastos del ejército y armada. Con él se podían financiar la Real Hacienda y se podía fomentar el comercio.

Sus funciones eran:

Amortizaba los vales reales, es decir, convertía en efectivo y a la par los vales reales, que ya circulaban como moneda, lo cual era tarea imposible, y más para un banco privado. Esta función le convertía en la práctica en más estatal que privado, y le condenaba al fracaso a medio o largo plazo.

Descontaba letras y pagarés al 4% anual.

Contrataba suministros para el ejército y la marina con un 10% de comisión, por un periodo de 20 años, lo cual era competencia desleal respecto a la Compañía General. Era un magnífico negocio para los que estaban detrás de la operación.

Pagaba las obligaciones de la Corona en el extranjero con un 1% de comisión. Es decir, se hacía cargo del pago de obligaciones contraídas por el Real Giro (la Oficina del Real Giro había sido creada en 1751) en países extranjeros, con derecho a una comisión del 1%.

Se hacía cargo de las remesas de caudales, procedentes de América, que eran monopolio del Estado.

Pero lo que quizás interesaba más a Cabarrús era el permiso que el banco adquiría para emitir billetes, como lo hacían otros muchos bancos nacionales europeos de la época, para lo cual se puso a buscar un local apropiado. Los billetes eran cambiables a la vista sin intereses, lo cual es papel moneda.

El Banco de San Carlos También hacía préstamos y descuentos a particulares, al 5%, un interés muy alto para la época.

Las funciones del Banco de San Carlos eran de dudosa legitimidad moral y dudosos rendimientos a largo plazo. Había mucho de política en la creación del Banco de San Carlos. El Banco de San Carlos era propiedad privada bajo protección real. Salió a la luz con un gran defecto de usura por parte de Cabarrús y de fuerza por parte del Gobierno: se pidió a los municipios, hospitales, iglesias, congregaciones y legados que compraran acciones. Se escribió a los virreyes en América para que convencieran a los hombres de negocios americanos para que compraran acciones. Se obligó a los pósitos a adquirir las acciones del banco para constituir el capital, lo cual fue la ruina de los pósitos, instituciones que estaban cumpliendo una función social y económica muy importante. También exigió el monopolio de exportación de plata por 16 años. El capital inicial se fijó en 300 millones de reales, en acciones de 2.000 reales cada una (de salida, el rey compró 1.000 acciones y el príncipe de Asturias 500). Cinco meses después, se habían suscrito 9.452 acciones, de un total de 150.000 que se consideraban necesarias. Ni por coacción se estaba logrando poner en marcha el negocio. De todas maneras, se decidió seguir adelante, y el 20 de diciembre de 1782 se nombró director del banco a Cabarrús para que iniciara los negocios.

El Banco de San Carlos empezó a funcionar el 1 de enero de 1783 y abrió al público el 1 de junio de 1783, en la Calle de la Luna, número 17. También en inicio del negocio era políticamente polémico, pues no tenía reunido el capital previsto ni con mucho: en diciembre de 1783 había vendido, o colocado, 28.150 acciones, y contaba tan sólo con 56 millones de reales, de los 150 millones previstos.

Y entonces se inició la emisión masiva de papel como soporte monetario, cosa que ya había fracasado en Francia en tiempos de Luis XV.

Inmediatamente, el banco emitió papel moneda por valor de 32.750.000 reales, cédulas que eran billetes al portador. Se le había autorizado a emitir por 52 millones, casi la totalidad de lo disponible en el banco, pero ni siquiera Cabarrús se atrevió a emitir tanto circulante. Se emitían billetes al portador, que no reportaban interés ninguno, pero eran pagaderos a la vista y se decía que estaban respaldados por 30 millones de reales en oro. Se decretó que los billetes fueran aceptados por la Tesorería de Rentas, las pagadurías de juros, la Real Hacienda, la dirección General de Correos, la Compañía de Caracas y los Cinco Gremios Mayores de Madrid.

Este mismo derecho de emisión lo ejerció el Banco de San Fernando hasta 1844 y en el siglo XIX, emitirán billetes varios bancos privados, hasta que en 1874 la emisión se convierta en un monopolio del Banco de España.

Durante 1783, el Banco de San Carlos amortizó un millón de pesos de vales reales (15 millones de reales) y ello hizo aparecer la confianza en los vales reales, subiendo su cotización en el mercado: en septiembre de 1784 se cotizaban a 105%, en abril de 1785 a 125%, y en junio de 1785 a 130%. Y los extranjeros estaban dispuestos a pagar todavía más por los vales. El asunto no tenía sentido, pues se estaba cambiando un papel con intereses, por otro sin intereses, pero la confianza popular generada por el pago de los vales actuaba de esa forma irracional.

El Banco de San Carlos se dio cuenta del ambiente de confianza generado y decidió lanzarse a una política de inversiones y préstamos a comerciantes, fabricantes, obras de canales y del puerto de El Grao. En 1783 abrió una sucursal en Cádiz que hacía seguros marítimos. En 1795 abrió sucursal en París. En esos momentos había conseguido reducir en un 2% la deuda del Estado, lo cual era un triunfo sin igual en los últimos tiempos.

La burbuja del papel estaba lanzada. Cuando los siguientes gobernantes lanzaron masivamente papel al mercado, se infló más y más la burbuja, pero las burbujas financieras tienen la virtud de estallar años después de que el político haya hecho la trampa, y el político en cuestión aparece mientras tanto como un salvador o redentor del Estado.

En 1785 se decidió incrementar los ingresos del Estado. La justificación era que se iban a hacer canales para riego y transporte, que incrementarían la riqueza e ingresos del Estado, con lo que al final del proceso se podría pagar la deuda. Pero lo emitido en deuda fue una cantidad enorme, 94.500 vales por valor de 550 millones de reales. Sólo los réditos anuales suponían 22 millones al Estado. Los vales cotizaban en el mercado al alza y a la baja, pues eran negociados por sus tenedores cuando necesitaban numerario.

En 1790, cuando cayó Cabarrús, el Banco cayó también en desgracia y los pósitos, que tenían su dinero en el banco, perdieron sus fondos y se arruinaron.

El Gobierno de España no supo mantener la credibilidad del banco y lo desacreditó. El Banco de San Carlos fracasó por varios motivos: porque apoyó varias iniciativas empresariales fracasadas, porque financió una guerra perdida, y por la bajada en la cotización de los vales reales teniéndolos que pagar a nominal. Primero dejó de pagar los vales, luego, dejó de pagar intereses, y cuando el Gobierno dejó de pagar por el dinero que tomaba prestado, se arruinó.

Y a partir de 1793 llegó la debacle económica financiera: se decidió la emisión masiva de deuda, en vales reales, y en ese año y los de 1784, 1795, y 1799 se emitió por 1.760 millones de reales, que era una cantidad dos veces superior al presupuesto anual del Estado, y que generaba 70 millones de reales en intereses anuales, una cantidad que el Estado no podía pagar. Y llegados a este punto, el problema financiero del Estado no tenía salida ninguna: los vales reales empezaron a depreciarse y el Estado creyó que su autoridad sería suficiente para restablecer la credibilidad, creó un Fondo de Amortización que debía garantizar el pago de intereses y amortización de la deuda, y dedicó a esa finalidad la renta de salinas, las aportaciones eclesiásticas y las contribuciones extraordinarias sobre la tierra. Pero el papel emitido se siguió devaluando.

Y en la debacle, se llegó a un absurdo financiero: el Estado redimía los vales a nominal, y los particulares podían comprarlos en el mercado secundario a precios más bajos del nominal. El beneficio de la operación se concedió a los particulares, que eran los grandes políticos, y no lo aprovechó el Estado.

En 1796, el Banco de San Carlos solicitó al ministro Gardoqui que le fuera ingresada una parte de lo que el Estado debía al banco, y Gardoqui contestó que el Banco de San Carlos ganaba mucho dinero puesto que prestaba al 5%, lo cual él consideraba un interés muy alto. Un Secretario de Estado puede decir cualquier tontería cuando tiene el apoyo de su Gobierno y éste era el caso. El Banco de San Carlos estaba realmente en quiebra, pero para no levantar un escándalo, falseó las cuentas y aparentó no estar en quiebra.

En 1798, la Caja de Amortización intentó pagar los intereses con los ingresos del fracasado y desaparecido Fondo de Amortización, una vez que se logró que se adjudicaran nuevas aportaciones del Estado para hacer frente a la deuda.

En 1800, el Banco pidió que se le pagasen los atrasos del Real Giro, por los que recibía un 4% de interés, y el Gobierno se negó de nuevo a pagar. El Banco de San Carlos no tuvo más remedio que anunciar su quiebra. Entonces fue el Gobierno de España el que decidió no hacerlo público y ese secreto se mantuvo hasta 1830.

Y si el problema de financiar al Estado era imposible a fines del XVIII, en 1803 se declaró la guerra, lo que significaba grandes gastos añadidos, y la credibilidad, la del Estado español y la del Banco de San Carlos, se perdió. Los vales cotizaron enseguida al 70% y llegaron a cotizar al 40% de nominal.

Artola calcula que, en 1800, la deuda del Estado español ascendía a 6.200 millones de reales y que aumentaba a razón de unos 213 millones cada año. Estamos hablando de déficit acumulativo de un 25% del presupuesto anual del Estado.

Por ello en 1829 hubo que crear otro banco, el Banco Nacional de San Fernando, y en 1856 el Banco de España.

El Banco de España en 1874 obtuvo el monopolio de la emisión de billetes.

Ya en el XIX, aparecieron los bancos de depósitos y de operaciones comerciales y los bancos de inversión financiera para la industria y los servicios.

 

 

[1] George Brydges Rodney, 1718-1792, derrotó al francés conde de Grasse en 9 de abril de 1782 en Les Saintes.

[2] Francisco Cabarrús conde de Cabarrús 1752-1810 nació en Bayona (Francia) y su padre, que era importador exportador, le envió a Zaragoza en 1771 para trabajar con Gelabert un comerciante socio suyo. Cabarrús se casó con la hija de Gelabert, pero no siguió en el negocio sino fue a Madrid y abrió una fábrica de jabones en Carabanchel. Allí conoció a Campomanes y Floridablanca y éstos valoraron sus muchos conocimientos de economía. En 1781 se nacionalizó español. En 1782 pidió un banco nacional para España y se enfrentó a las críticas de Miguel de Músquiz y de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, cuyo negocio de financiar al estado peligraba con la nueva iniciativa, pero el Banco de San Carlos salió adelante. En 1784 escribiría un memorial sobre la renta y los créditos públicos, y pidió establecer relaciones comerciales entre América y Asia, que le parecían muy prometedoras. Le encargan la Compañía de Filipinas, que Cabarrús recapitaliza tras obtener un monopolio comercial por 25 años. El éxito lleva a la concesión en 1789 del título de conde. Pero a partir de ese año empieza su mala estrella, o la persecución que sobre él hace Pedro López de Lerena: en 1789 le persigue la Inquisición, en 1790 el ministro de Hacienda (Pedro López de Lerena) y director del Banco de San Carlos, le acusa de malversación por haber comprado deuda pública francesa al 83%, creyendo que subiría de cotización, y resultando que bajó, por lo que Cabarrús fue arrestado por Floridablanca. Su mala suerte terminó en el momento en que murió Lerena en 1792, pues se exoneró a Cabarrús, se le entregó de nuevo el Banco de San Carlos en 1796, se le confiaron las supervisiones de los canales del Guadarrama y el Manzanares, se le hizo embajador en la paz de Rastadt de 1797 y se le designó embajador en Francia en 1798, pero no fue admitido por los franceses. En 1900, le volvió la mala suerte, pues Napoleón pidió su destitución y los españoles accedieron a desterrarle. Se rehabilita en 1808, tras el golpe de Aranjuez, pues le reclaman Jovellanos, Menéndez Valdés, Urquijo. Será ministro de Hacienda con José I. Murió el 27 de abril de 1810.

[3] Miguel de Múzquiz Goyeneche, 1719- 1785, conde de Gausa, fue Secretario de Hacienda entre 1766 y 1785, 19 años, por lo que puede ser considerado un hombre muy importante en el reinado de Carlos III. Era un hombre del equipo de Ensenada y creó las Rentas Vitalicias, por las que una persona depositaba un fondo en una entidad en beneficio de otra, y el protegido recibía unas rentas o intereses el resto de su vida. También creó los Reales Empréstitos. Era partidario de rebajar los impuestos y de fomentar la agricultura mediante canales de regadío.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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