FLORIDABLANCA EN 1777 – 1778.

 

 

Floridablanca gobernó de 19 febrero 1777 a 28 febrero 1792. En este apartado nos limitaremos al periodo 1777-1778.

 

 

El Gobierno de Floridablanca de 1777.

 

Con el nombramiento de José Moñino Redondo, conde de Floridablanca para la Secretaría de Estado, quedaba patente que el rey se inclinaba por los “golillas”, hombres formados en la Administración, y dejaba de lado al “partido aragonés”, la nobleza vieja de siempre. José Moñino no había heredado el título nobiliario sino que lo había ganado por servicios al Estado. Los aragonesistas sintieron el nombramiento de Floridablanca como un ataque a su grupo. Pero alguna vieja petición del partido castizo, nobiliario o aragonés, sí que fue atendida, pues desaparecieron los gobernantes extranjeros, tan típicos del XVIII español.

Con Floridablanca se acabó también una manera de gobernar, el de las interferencias del rey o de la reina en asuntos de Gobierno. El rey delegó completamente en Floridablanca.

Floridablanca abría pues una nueva etapa de la historia de España. Venía de la embajada de España en Roma. En ese momento, Floridablanca era un ídolo popular, y como era engreído, tenía don de gentes y sabía buscar halagos, se hizo el simpático con todos.

Aranda, el cabecilla de la facción aristócrata o Partido Español, perdió definitivamente su oportunidad, pues Floridablanca se mantuvo 15 años en el Gobierno. Aranda organizó a su grupo, o Partido Aragonés, contra Floridablanca y escribió al Príncipe de Asturias, Carlos, comparando el origen social y la trayectoria política de ambos, tratando de demostrar que el nombramiento de Floridablanca había sido una injusticia para con sus méritos, los de Aranda. Aranda no llegaba a aceptar que, en la disputa entre Aranda y Grimaldi, el beneficiado hubiera sido un tercero, Floridablanca.

La llegada de Floridablanca a la Secretaría de Estado era en sí misma una revolución en el funcionariado, pues llegaba a lo más alto del cursus honorum sin haber pasado por ninguna Audiencia ni Chancillería, es decir, sin pasar el cursus honorum. Era un golilla puro. Su nombramiento era la apuesta por un hombre capaz, pero que, ante todo, se había mostrado con determinación y práctico, lo contrario de muchos nobles que creían que solamente con la ostentación del título y el apoyo de la casta nobiliaria, se resolvían los asuntos.

Floridablanca dominaría, además de la Secretaría de Estado (correspondiente a nuestro Ministro de Asuntos Exteriores más la presidencia de las reuniones de Gobierno, aunque todavía no hubiera oficialmente Presidentes de Gobierno), la Superintendencia General de Correos y Caminos, la Secretaría de las Reales Academias, y la Orden de Carlos III (creada en 1771). Aunque no era Primer Ministro, pues el cargo todavía no existía, actuaba como tal.

 

Gobierno de 19 febrero 1777:

Secretario de Estado, José Moñino Redondo, conde de Floridablanca[1]. Sustituía a Grimaldi. Floridablanca estuvo en el cargo hasta 1788 con Carlos III, y hasta 28 de febrero de 1792 con Carlos IV.

Secretario de Estado y Despacho de Gracia y Justicia, Manuel de Roda / 1782 José Moñino Redondo conde de Floridablanca.

Secretario de Estado y Despacho Universal de Marina, Pedro González de Castejón y Salazar, hasta su muerte en marzo de 1783 / 1783: Antonio Valdés y Fernández Bazán.

Secretario de Estado y Despacho Universal de Indias, José Bernardo de Gálvez y Gallardo, marqués de Sonora en 1785, lo fue desde 1776 hasta 1787.

Secretario de Despacho de Hacienda, 1 de abril de 1776: Miguel de Múzquiz Goyeneche / 25 enero de 1785: Pedro López de Lerena y Cuenca conde de Lerena, hasta 16 octubre 1791.

Secretario de Estado y Despacho Universal de Guerra: desde 1772: Ambrosio Funes Villalpando, conde de Ricla (un arandista) / 1780: Miguel de Músquiz y Goyeneche, conde de Gausa (hasta 1785 en que murió).

 

La Secretaría de Despacho de Marina se separaba realmente de la de Indias, pues aunque formalmente ya lo estaba desde 1754, habían tenido un titular único en los 22 años transcurridos, Fray Julián de Arriaga Ribera, muerto en enero de 1776.

Casi todos los hombres del Gobierno eran del grupo de Floridablanca: Múzquiz en Hacienda, Gálvez en Indias y González Castejón en Marina. Sólo el conde de Ricla, en Guerra, y Manuel Ventura Figueroa en el Consejo de Castilla eran arandistas. Había pues cierto equilibrio de poder entre ambos “partidos”, golillas y aristócratas, pero con predominio claro de Floridablanca sobre Aranda.

El poder de Floridablanca no se ejerció de forma personal sino colegiadamente, ministerialmente, buscando que una Junta de Estado auxiliada por personalidades distintas a los Secretarios de Despacho, tomasen las decisiones. Y procuró elegir para cargos directivos a funcionarios bien preparados y con afinidad ideológica. Entre los altos cargos, se organizó una convivencia incluso comiendo juntos. De esta costumbre de comer juntos, a los grupos de presión o clientelas de políticos se les llamo “covachuelas”, pues covachuela es una taberna donde se sirven comidas. Para los cargos menores, colocó a personas de su confianza como Intendentes por todo el territorio español, de forma que Floridablanca disponía de una información muy valiosa sobre la realidad de cada momento. Los Intendentes por su parte, viendo el interés de Floridablanca por relacionarse con ellos, se prestaron a colaborar con la esperanza de promocionarse. Como el ambiente se generalizó, Floridablanca pudo elegir a los más preparados para cubrir bajas en cargos más altos. Y también se permitió exigirles visitar cada uno su zona, conocer a los vecinos, eclesiásticos, cosechas, ganados, caminos, rentas, gastos, contribuciones, vejaciones señoriales que sufrían…

El equipo de Floridablanca funcionó cohesionado hasta que en 1783 murió González Castejón, Secretario de Despacho de Marina, y en 1785 Múzquiz, Secretario de Despacho de Hacienda.

 

 

La nueva época de finales de siglo XVIII.

 

El periodo 1778-1797, y más claramente desde 1783, año del fin de la guerra de los Estados Unidos, fue de tendencia al crecimiento económico general. La causa era que empezaba a dar frutos la revolución industrial británica y francesa, a lo que acompañó la desaparición momentánea de los británicos en el Caribe, con nuevos negocios para los demás.

Pero el auge económico general, la época de bonanza sobrevenida, no podía ser aprovechada por España para su industrialización, porque España no estaba preparada en capitales, fabricación, técnica y comercialización.

En cuanto a la formación de capital bruto, hay que decir que las mercancías españolas vendidas por españoles eran sólo la mitad de lo exportado oficialmente. España estaba exportando como suyas mercancías que provenían de toda Europa y llegaban a los puertos de Cádiz, Alicante, Málaga, Santander, La Coruña y otros, para su reembarco. Y las importaciones españolas eran, como media, cinco veces mayores que en años anteriores, produciéndose un déficit comercial importante.

Como confirmación de lo afirmado en el párrafo anterior, vemos que Barcelona, que sí tenía las condiciones de desarrollo mencionadas, acaparó las entradas de caudales, es decir, de oro y plata, y llegó a ingresar el doble que Cádiz en estos metales. Barcelona exportaba tejidos, mientras Cádiz exportaba alimentos. Barcelona le había quitado a Cádiz a finales del XVIII el liderazgo en captación de caudales americanos y estaba ganando cada vez más mercancías. Pero Cádiz seguía siendo el puerto de referencia del comercio español con América.

 

Los puertos españoles comerciales eran:

El gran puerto comercial peninsular era Cádiz, que acaparaba el 71% de las exportaciones y el 80% de las importaciones, con balanza comercial globalmente desfavorable.

El segundo puerto en importancia era Barcelona con 12% de exportaciones y 7% de importaciones, y balanza comercial favorable. El resto de puertos eran poco importantes:

Santander, 7% de exportaciones y 3% de importaciones. Exportaba manufacturas extranjeras y alimentos castellanos.

Málaga, 5% de exportaciones y 1% de importaciones. Exportaba vino y aguardiente.

La Coruña, 2% de exportaciones y 6% de importaciones. Exportaba textiles gallegos y castellanos y también productos extranjeros.

Y el conjunto del resto de los puertos peninsulares sólo representaban el 3% de las exportaciones y 1% de las importaciones.

En conclusión, de la libertad de comercio y auge económico de fin de siglo XVIII, sólo se beneficiaron Barcelona, Santander, Málaga, y secundariamente La Coruña. Ninguno de los tres últimos puertos logró la industrialización, aunque en los tres surgió una burguesía comercial ligada al comercio americano.

 

 

Aranda y Floridablanca.

 

Dos de los tres españoles más importantes del último tercio del XVIII, entre 1766 y 1792, fueron Aranda y Floridablanca. El otro fue Godoy a partir de 1792. Pero nos ceñiremos en este momento a la pareja de los años que estamos considerando.

Cada uno tenía su propia clientela política, y se habla de dos partidos, el “aragonés” de Aranda, y el “golilla” de Floridablanca. Los dos eran reformistas, deseosos de una mayor moralidad en los gobernantes, contrarios a que los “colegiales” ascendieran en el Gobierno por simple privilegio estamental, deseosos de contar con gente de mérito, pero eran diferentes entre ellos:

En los temas económicos, Aranda y Floridablanca no tenían criterios tan dispares, la coincidencia entre ambos era muy grande: Aranda quería suprimir las aduanas interiores y Floridablanca dio libertad de comercio interior en 1778. Aranda hizo un censo de población, y Floridablanca otro, para poder recaudar más. Aranda hizo un plan para colonizar tierras incultas. Floridablanca hizo un plan de carreteras que comunicase las distintas regiones españolas.

Aranda veía posible corrupción en los manteístas y Floridablanca la veía en los colegiales, pero ambos estaban en contra de la corrupción y de los privilegios.

 

Las diferencias entre Aranda y Floridablanca eran:

 

Aranda era un noble y militar, partidario de una mayor participación en el Gobierno de los nobles y los militares, gente de más conocimientos y probada moral, que debía limitar la autoridad del rey, obligando a que éste se atuviera a las decisiones de un Consejo de Nobles. No quería llenar la Administración con leguleyos extraídos de las clases medias, golillas, con peligro de arribismo.

Floridablanca fue un funcionario, que ascendió a Fiscal del Consejo de Castilla, y embajador en Roma, antes de ser Secretario de Estado en 1777.

 

Aranda, desde su puesto de Presidente del Consejo de Castilla, tuvo gran influencia en el Gobierno entre 1766 y 1773, época de Grimaldi, no porque Carlos III le estimara especialmente, sino porque se le veía idóneo para superar, con el apoyo de militares influyentes, la situación detectada en el Motín de Esquilache de 1766, siendo luego apartado de Madrid, aunque su “partido” conspiraba por su vuelta al poder.

Floridablanca gobernó o influyó en el Gobierno de 1776 a 1792.

Aranda volvió al poder en febrero de 1792, pero se mantuvo poco tiempo, sólo hasta noviembre de ese mismo año.

Quiere decirse que ambos desaparecieron del protagonismo político en 1792.

 

Aranda era un militarista: En 1773, y a raíz del incidente de las Malvinas, en el que Aranda se había mostrado partidario de hacer la guerra a Inglaterra, en contra de la opinión de Grimaldi, Aranda fue sustituido en la Presidencia del Consejo de Castilla por Manuel Ventura Figueroa, un eclesiástico regalista, de la escuela de Rávago y de Ensenada, el cual había participado en las negociaciones del Concordato de 1753 y había aconsejado la expulsión de los jesuitas, y era amigo también de Campomanes. De hecho, cuando cesó en 1783, le sucedió en la Presidencia del Consejo de Castilla Pedro Rodríguez Campomanes. Aranda quería la reorganización del ejército al estilo prusiano, un ejército eficaz. Ordenó que los ejércitos hicieran maniobras, ejercicios y simulacros de avances y retiradas, para estar entrenados para la guerra. En tiempos de Carlos IV se ensayaron estas maniobras en campo abierto en Extremadura, y se concluyó que no servían para nada, pues si bien el ejercicio de cuatro columnas era muy fácil y vistoso, la maniobrabilidad de decenas de miles de hombres no era lo mismo, pues las desigualdades del terreno impedían el orden y más bien creaban desorden y caos. Sólo en la llanura perfecta e ideal eran buenas las maniobras tal y como se hacían en exhibiciones.

Floridablanca era un manteísta, partidario de dar el Gobierno a quien lo mereciera y no por ascendencia nobiliaria o cargo religioso, y quería la autoridad plena del monarca a fin de desposeer a los privilegiados de sus beneficios, lo cual daría mayor recaudación a Hacienda, permitiría tener un ejército mejor y defender el comercio, y de ahí vendría que fuera rentable producir en agricultura e industria.

 

En el tema de América, tenemos una de las grandes discrepancias entre ambos: Aranda fijaba la defensa de América en el autogobierno americano, y Floridablanca la fijaba en el centralismo autoritario de España con apoyo de Francia. Aranda quería romper el monopolio de Sevilla sobre el comercio americano, en lo que coincidía Floridablanca. Aranda quería también que los “reinos americanos” atendiesen a sus propias necesidades de defensa y orden público, de forma que España quedase relevada de obligaciones militares en tierras tan lejanas. Aranda tenía un plan de establecer reinos americanos, bajo la Corona de infantes españoles, puestos por el rey de España, que se convertiría en emperador de América. Floridablanca discrepaba profundamente y deseaba mantener la autoridad española desde la fuerza del ejército, garante de la unidad entre ambos lados del Atlántico. La presencia del ejército español le venía muy bien a los hacendados y comerciantes americanos, pues tenían un servicio gratis que, de ser eliminado, requeriría pagar ellos muchos más impuestos. La garantía de precios y mercados beneficiaba a algunos productores americanos pero impedía hacer programas de mayor producción, porque ello sobrepasaría las posibilidades de la demanda.

 

En el tema de relaciones diplomáticas, había otra discrepancia profunda: Aranda pretendía una neutralidad frente a Inglaterra y Francia, mientras Floridablanca quería la amistad con Francia a toda costa, pero no subordinación, de modo que hubiese un equilibrio de fuerzas entre Francia y Gran Bretaña. Pensaba que así, España, como tercero entre las dos grandes potencias, podría decidir. Floridablanca creía que la amistad con Francia era necesaria, pero también creía que Francia, al igual que Inglaterra, quería quedarse con las colonias españolas y su comercio, y España debía procurar no dejarse dominar por Francia. Floridablanca hizo alianzas con Francia en 1779 y declaró la guerra a Inglaterra, pensando que con ello recuperaría Florida, Gibraltar y Menorca.

 

En tiempos de la Revolución Francesa hubo nueva discrepancia entre ambos, pues Aranda quería relaciones con los Gobiernos franceses, mientras Floridablanca quería el aislacionismo total y boicot a los revolucionarios.

 

En el tema de la concepción del Estado, encontramos grandes discrepancias: Aranda quería un Estado descentralizado y confiaba en la moral de la nobleza para evitar la corrupción y el despilfarro (Aranda era de la alta nobleza), por lo que había que ir a un modelo de Estado con más participación nobiliaria, menos del estilo de los “Austrias”, con reivindicación de los fueros regionales anteriores a los Decretos de Nueva Planta. Hoy lo calificaríamos como “Estado monárquico estamental”. Floridablanca quería el control férreo de la Administración desde el Gobierno, un “despotismo ministerial” que hoy llamaríamos “absolutismo monárquico centralista”, opuesto a la idea de Aranda de intervención moderadora de la nobleza. Su programa continuaba la obra de Felipe V de eliminar los organismos intermedios de poder como los que existían en la Corona de Aragón antes de los Decretos de Nueva Planta. Incluso creó una Junta Suprema de Gobierno que controlara a todos los Secretarios de Despacho, cosa que indignó a los “aragonesistas” de Aranda. Este punto enlaza con el de América, donde Aranda quería monarquías americanas en manos de príncipes españoles, y Floridablanca la continuidad de los virreyes.

 

En cuanto al reformismo en América, tanto Aranda como Floridablanca creían en la necesidad de reformas, pero Floridablanca las centraba en la corrupción de los magistrados y funcionarios criollos americanos, los cuales debían ser controlados por gente venida de fuera, españoles. Encomendó a José Gálvez Gallardo la reforma de la Administración de Indias. Este hombre había ya hecho en 1766 nuevas demarcaciones administrativas en el norte de México, una Capitanía General en Venezuela y un Virreinato en El Plata. (El tema ha sido ya expuesto en 18.4.17.El problema Hispanoamericano a fines del XVIII).

 

 

El Memorial de Floridablanca.

 

El 19 de febrero de 1777 redactó Floridablanca su “Memorial”, que era su programa de Gobierno:

Fomento de la agricultura con regadíos, liberalización de tierras, libertad de cultivos, libre comercio de granos y aceite, y liberalización del comercio con América.

Libertad de fabricación, lo cual sería complemento para el desarrollo de la agricultura y del comercio.

Reforma de Hacienda, en la idea de que el Estado se financiara a sí mismo, lo que se concretaría en 1782 con el Banco de San Carlos y el proyecto de Única Contribución. Por este proyecto, Floridablanca pretendía reformar la recaudación eliminando los múltiples impuestos tan difíciles de cobrar, y poniendo la “Contribución Única”, un impuesto más proporcional a la riqueza real de los españoles. Aranda defendía que el impuesto de Floridablanca era imposible de cobrar, y que se debía seguir en las “Rentas Provinciales”. Hasta tener los instrumentos para hacer realidad la Única contribución, se recurrió al crédito, haciendo grandes emisiones de vales reales entre 1780 y 1789. Al mismo tiempo, Floridablanca relajó algunos impuestos cobrados, como las alcabalas, en la idea de que a menos impuestos se produciría más desarrollo económico y mayor recaudación.

Floridablanca quería acabar con los privilegios eclesiásticos, canongías y sinecuras eclesiásticas. Quería que algunos tributos que cobraba la Iglesia pasaran a ser percibidos por el Estado, acabar con algunos abusos de la Inquisición, y sobre todo, acabar con el dominio impuesto por los colegiales en la Universidad, lo que redundaba en el dominio de los cargos de la Administración por esos colegiales, eclesiásticos y nobles.

Reforma de las Universidades introduciendo cátedras nuevas de matemáticas y ciencias de la naturaleza, y también Derecho Natural.

 

 

Política exterior de Floridablanca en 1777.

 

Floridablanca defendía que la política exterior española se debía basar en la amistad con Francia, con cuidado de no quedar subordinada a ella. La teoría era que la potencia fuerte en los mares era Inglaterra, y sólo podía ser contrarrestada por Francia, con la ayuda de España. Esta política tenía que conducir a que Francia se sintiera agradecida a España. En ese sentido, tampoco se debía consentir que Inglaterra fuera derrotada completamente, pues ello supondría que el peligro para España sería Francia. Complementariamente a esta posición, había que atraer hacia España al aliado de Inglaterra, Portugal, de forma que España y Portugal hicieran una política conjunta.

 

En 1777, se decidió apoyar a los colonos norteamericanos en su guerra contra Inglaterra. Los colonos se habían sublevado en 1774, Congreso de Filadelfia y en diciembre de 1777 habían obtenido la victoria de Saratoga. Con esa victoria, la declaración abierta de guerra a Inglaterra ya no parecía necesaria para España. Se puso como excusa que había que esperar a la flota de Indias de 1778 y al regreso de Ceballos de Río de El Plata, y España no entró en guerra.

En 1777 se negoció un tratado con Portugal que versaba principalmente sobre la colonia de Sacramento y España se quedó con Uruguay en América, y Fernando Poo y Annobón en África, compensando a Portugal con otros territorios americanos.

Francia reconoció a los Estados Unidos el 6 de febrero de 1778 y firmó con el nuevo Estado un tratado de comercio y otro defensivo. España consideró una ofensa no haber sido avisada por Francia y se ofreció a Inglaterra como mediadora de paz en enero de 1779. Pero tampoco Inglaterra hizo caso a España y entonces España declaró la guerra a Inglaterra a mediados de 1779.

Floridablanca, ayudó a Estados Unidos con dinero armas y municiones, pero cambiando poco la posición mantenida por Grimaldi hasta entonces. Grimaldi temía la entrada directa en Guerra porque España venía del fracaso en la guerra de Marruecos y en el desembarco de Argel. Floridablanca temía la repercusión de una acción de guerra en el norte en las colonias hispanoamericanas, lo cual podía desencadenar una guerra inmensa que España no podría sostener. En febrero de 1779, Gálvez envió a La Habana al Regimiento Navarra, que se unió a los tres Regimientos ya presentes en Cuba. Los objetivos de España eran expulsar a los británicos del Caribe, Golfo de México y desembocadura del Misisipi. La campaña de Florida empezó en 1780-1781 enviando al ejército de Cuba, el cual capturó la ciudad de Mobile (Alabama).

España planificó una operación global contra Inglaterra que era completamente inviable para las posibilidades españolas, pues incluía la invasión de Inglaterra con ayuda de los franceses, la toma de Gibraltar y Menorca, y el ataque en América. La operación de Gibraltar fracasó debido a una peste que apareció entre la tropa española tras una pésima planificación y abastecimiento, y mala ejecución sobre el terreno. 30.000 hombres y 130 cañones sitiaron Gibraltar por tierra mientras una flota hispano francesa lo hacía por mar. El sitio duró de 1780 a 1782 y fue un fracaso.

España envió refuerzos a Florida, que fueron utilizados para ir sobre Pensacola, los cuales rindieron a los británicos de Pensacola en 10 de marzo de 1781.

En febrero de 1782 se tomó Menorca.

La Paz de Versalles de 3 de septiembre de 1783 entregó Florida y Menorca a los españoles, pero las Bahamas fueron para los británicos, los cuales obtuvieron además derechos de corta de madera, palo Campeche, en Honduras.

 

 

Problemas financieros de Floridablanca.

 

El dinero necesario para el apoyo a Estados Unidos y la guerra contra Inglaterra, así como la financiación de grandes proyectos de obras públicas, salió de la emisión de vales reales y de la toma de empréstitos. España había salido de una burbuja especulativa en 1766 y se introducía en una burbuja del papel moneda en 1780. Esta segunda burbuja acabaría en un desastre financiero completo a fin de siglo y en guerra en 1808.

Volveremos a tratar el tema en 18.4.19.Floridablanca en 1779-1783.

 

 

Reformas económicas de 1777 y 1778

 

En febrero de 1777, el danés Herrier y el francés Juan Larraud, vecino de Barcelona, crearon la Compañía del Banco de Cambios de Barcelona, que fracasó en tiempos de Carlos IV.

En 1777 se autorizó la libertad de trabajo frente a las reglamentaciones gremiales para la industria de la seda. Este decreto será ampliado al resto de los tejidos en años posteriores.

En 1778 se decretó que los propietarios podían cercar las viñas y olivares, así como las huertas con frutales. Es el primero de los decretos que acaban con los privilegios de la Mesta y que será seguido de otros hasta 1788.

En 1778 se declaró libre el comercio de granos en el interior peninsular, a lo que siguió la libertad en el comercio de aceite y la libertad de que se hiciese mercader quien quisiese.

En febrero de 1778 se permitió a Buenos Aires comerciar con Chile y Perú.

En marzo de 1778 se autorizó a los puertos españoles de Los Alfaques de Tortosa y Almería para exportar a América.

 

El reglamento de comercio de 1778.

El 12 de octubre de 1778, se publicó el “Reglamento de Aranceles Reales para el comercio libre de España e Indias”, el cual habilitaba para comerciar con América a 13 puertos españoles (los anteriormente citados más Santa Cruz de Tenerife y Palma de Mallorca) y a comerciar con España a 22 puertos americanos. Simultáneamente al Reglamento de Aranceles Reales, los puertos que establecían comercio con América debían abrir consulado, lo que supuso la aparición de buen número de estos consulados. En 1778 se autorizó a 13 puertos españoles para comerciar con América, lo cual rompía el monopolio de Cádiz. Igualmente se rompió el monopolio de La Habana, siendo autorizados Santo Domingo, Puerto Rico, Margarita, Trinidad y otros 19 más. También se promulgó un Reglamento de Aranceles para este comercio. El resultado de estas medidas fue una disminución del contrabando y una bajada generalizada de precios en América muchas veces superior al 50%. La recaudación de hacienda subió un 130%. Con ello se completaba un proceso, iniciado en 1765 que rompía el monopolio de Sevilla-Cádiz sobre el comercio con América. En 1765 fueron autorizados los puertos más importantes. En 1778 se completaba la libertad a casi todos los puertos de alguna relevancia.

En España, quedaban excluidos de este Reglamento, los puertos de San Sebastián y de Bilbao porque eran “provincias exentas” y porque San Sebastián, mediante la Compañía Guipuzcoana de Caracas, ya tenía sus propias condiciones de monopolio con Caracas y Maracaibo desde 1728. Además, San Sebastián obtendría en 1788 el permiso para exportar al resto de Venezuela. También quedaban excluidos los puertos de Vigo y Valencia. Vigo tenía un permiso especial, de 1773, para comerciar con las Islas de Barlovento. Valencia (El Grao) tendría su propia negociación y permiso en 1791.

En América, quedaban excluidos del reglamento de 1778, los puertos de Nueva España, porque eran un monopolio de Cádiz, y los puertos de Venezuela porque eran monopolio de la Compañía de Caracas, pero ambas regiones accedieron al libre comercio en 1789.

Los puertos americanos se clasificaban en mayores y menores. En los Puertos Mayores (La Habana, Cartagena, Buenos Aires, Montevideo, Concepción, Arica, Valparaíso, Callao y Guayaquil), las mercancías españolas que entraban a América pagaban un 5% de su valor, y las extranjeras un 7%, y las mercancías en sentido contrario derechos iguales a los dichos. En los Puertos Menores (Puerto Rico, Santo Domingo, Montecristo, Santiago de Cuba, Trinidad, Margarita, Campeche, Santo Tomás de Castilla (Guatemala), Omoa (Honduras), Santa Marta, Río de Hacha (Colombia en la frontera con Venezuela), Portobelo (Panamá) y Chagres (Panamá)), las mercancías españolas de importación y exportación pagaban el 1,5% del valor intrínseco, y las extranjeras o con destino en el extranjero el 4%. Los españoles gozaban de alguna ventaja suplementaria, como que si toda la mercancía era española, un tercio del cargamento estaba exento de tasas, ventaja que se daba por 10 años.

El arancel de 1778 ponía tres tipos de impuesto, el de exportaciones a Indias, el de importaciones desde las Indias, y el de tráfico intercolonial.

 

Desde el punto de vista de Nueva España, el Reglamento y Aranceles Reales para el Comercio Libre de España e Indias, era discriminatorio, pues permitía libertad de comercio en Nueva Granada (sur del Caribe), y en Guatemala (oeste del Caribe) pero no en Nueva España. El obispo Francisco Antonio de Lorenzana protestó porque México estaba empobrecido por falta de salida de sus productos. En su protesta, afirmaba que el comercio entre virreinatos americanos no perjudicaba a España, y sí daría salida a los productos americanos, lo cual permitiría producir más y ello daría trabajo a mucha gente. Afirmaba que, de lo contrario, los productores mexicanos se veían obligados al contrabando y a la emigración, abandonando las aldeas. Por ejemplo, el palo Campeche, de mucha demanda en el mundo, yacía abandonado por falta de permisos para transportarlo a Veracruz, y desde allí a La Habana, pues incluso como lastre para los barcos, podía ser llevado a Cádiz y La Coruña, y producir beneficios al rey de España, lo que no era posible por la existencia de un monopolio sobre el comercio de ese producto. En cambio, había productos que sí deberían estar regulados y no permitir librecomercio, como era el caso del trigo, pues los especuladores guardaban en años abundantes y vendían caro en años de escasez con un producto de primera necesidad.

Lorenzana no fue el único en protestar contra los monopolios. También los dominicos protestaban contra los Cinco Gremios Mayores de Madrid, y José Francisco López Caamaño y García Pérez, conocido como Diego de Cádiz, protestaba contra la Sociedad Económica de Zaragoza, pero por razones éticas, más que económicas: acusaba a los comerciantes aragoneses de difundir el consumismo, de criticar las vinculaciones eclesiásticas y los gastos suntuarios de algunas iglesias.

El resto de los puertos españoles se fueron abriendo poco a poco: por ejemplo La Coruña en 1785, San Sebastián en 1788.

Estos puertos enviaban a América vino, aceite, jabón, azafrán, hilo fino y paños, e importaban azúcar, cacao, tabaco, café, palo campeche.

 

La actitud de Cádiz frente al arancel de 1778 fue de boicotear a los nuevos puertos retardando en lo posible los envíos que llegaban a Cádiz para ellos. Gálvez creía que América estaba siendo abandonada por las autoridades españolas, poniéndola en manos de los criollos, y que era necesaria “reconquistarla”. El decreto de liberalización del comercio trataba de acabar con oligarquías criollas que manejaban monopolios de hecho en el comercio. Complementariamente, eran necesarios los intendentes en América para vigilar a las autoridades y a los monopolios criollos. Desde la época de Gálvez, hubo menos criollos en las Audiencias y Tribunales de Justicia americanos, pues se desconfiaba de ellos, y se reservaron estos puestos para peninsulares, lo que creó un resentimiento criollo y la idea de “expulsar a los españoles”, se supone de los cargos que ellos creían les correspondían a los americanos. Luego, la idea evolucionó de muy diversas maneras, pero en general, tras la independencia, quedó una sensación como de que habían expulsado a los españoles, cuando lo que habían expulsado era a las autoridades españolas y a los españolistas. Las primeras protestas americanas tuvieron lugar en 1781.

 

 

España en la guerra de los Estados Unidos en 1778.

 

En 6 de febrero de 1778, tras la victoria de Saratoga de 19 de septiembre de 1777, y la rendición del inglés John Burgoyne, el conde de Vergennes en Francia decidió apoyar a los colonos americanos contra los británicos, y entró en guerra. Francia estaba interviniendo a favor de unos insurgentes porque no tenía mucho que perder y sí mucho que ganar en ello. Pero no era ese el caso de España, que gobernaba todo el resto de América. Aranda decía que España debía entrar en guerra por el Pacto de Familia y porque los corsarios británicos atacaban barcos españoles y eran una razón para intervenir. Carlos III y Floridablanca mostraban escrúpulos en cuanto a ofrecer abiertamente apoyo a unos rebeldes, pues objetivamente eso eran los estadounidenses sublevados. Floridablanca tomó la postura de prestarse como mediador entre los contendientes, Francia e Inglaterra.

Inglaterra rechazó el ofrecimiento de España como mediadora. Inglaterra entendió que España estaba en el bando enemigo, y envió corsarios a atacar a los barcos españoles que llevaban alimentos y armas a los rebeldes americanos.

En efecto, desde 1776 España venía ofreciendo dinero a los colonos estadounidenses a través de la firma “Rodríguez Hortález y Compañía”, y también se apoyaba a los corsarios americanos insurgentes ofreciéndoles los puertos españoles cercanos. La empresa citada, acogió la demandas de Lee y de Franklin de enviarles armas, que fueron remitidas a Boston y Nueva Orleans. Los préstamos españoles a los rebeldes fueron de 464.191 pesos fuertes en el periodo 1776-1779.

Una vez aceptada la participación española en el conflicto, se envió un ejército profesional que se puso a las órdenes de Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, y atacó Baton Rouge, Mobile y Pensacola, es decir, las costas del norte del Caribe hasta las bocas del Mississipi. Esta acción impidió que los británicos desembarcaran en el sur, y abrieran dos frentes contra los colonos. Además, en 1780, se les prestaron a través de John Gay, 147.137 pesos fuertes más, lo que elevó la cifra a más de 600.000 pesos. Inglaterra no pudo ejercer su gran superioridad marítima sobre los colonos, porque tenía que protegerse de los barcos franceses y españoles. Pero el apoyo a los rebeldes no era correcto desde un punto de vista político, y eso lo sabían los dirigentes españoles del momento, como Aranda, pues los colonos querían nuevas tierras, y esas tierras tenían que ir hacia el oeste, sin muchos problemas, y hacia el sur, donde chocarían con España. Y aparte, se estaba justificando una rebelión que podían tomar como ejemplo algunos colonos españoles en Centro y Sudamérica.

En abril de 1779, el Tratado de Aranjuez unió a España, Francia y los rebeldes norteamericanos en la guerra, lo que significaba la entrada de España en Guerra. España acabó declarando la guerra a Inglaterra en junio-julio de 1779.

En verano de 1779, la escuadra del español Luis de Córdoba se unió a la del francés conde de Orvillies, y decidieron atacar Inglaterra. Pero los ingleses esperaron en Plymouth, y los hispanofranceses se retiraron diciendo que había mal tiempo. Los cierto es que habían surgido desavenencias entre los oficiales de ambos países y no se entendían bien. España y Francia seguían aliados, pero los acuerdos funcionaban mal.

En 1779, Bernardo de Gálvez, Gobernador español de Luisiana, entró en Florida y atacó dos fuertes, iniciando una lucha que en 1781 dio fruto tomando Pensacola, lo cual hizo a los españoles dueños de Florida y permitió expulsar a los británicos de Honduras.

Con España en guerra, Catalina de Rusia organizó la Liga de los Neutrales, a la que se adhirieron Prusia y Holanda, y fue esta liga y Austria los que se ofrecieron como mediadores.

 

 

Las obras públicas a partir de 1778.

 

En 1778 se constató que en el tema de las obras públicas en carreteras, proyectadas en 1761 para 2.000 leguas, sólo se llevaban realizadas unas 20 leguas (110 Km.) lo que llevaría a doscientos años para terminar, si se seguía a ese ritmo. La causa era que el impuesto de la sal, comprometido para obras públicas, no daba dinero para financiar más. Entonces, Floridablanca decidió que la Superintendencia de Caminos y Posadas, hasta entonces dependiente de Hacienda, pasase a depender de Estado, donde él era la máxima autoridad y podía cambiar el ritmo del proyecto. Se dedicaron a obras públicas las rentas de Correos, las ganancias de los pósitos y la venta de algunos propios de ayuntamientos, bienes mostrencos y vacantes, se puso un nuevo impuesto sobre vinos y licores, se pusieron nuevos censos y contribuciones, se pidieron donativos y préstamos a instituciones y a grandes fortunas.

Junto a este gran esfuerzo en las subidas de impuestos, se hizo un equipo de hombres comprometidos a realizar efectivamente las obras:

Francisco Pérez de Lema, oficial de Secretaría de Estado, como coordinador y enlace con Floridablanca.

Vicente Carrasco como Jefe de la Dirección de Caminos.

Carlos de Maur, como ingeniero.

Joaquín Iturbide como ingeniero.

Manuel Serrano como arquitecto.

Juan de Villanueva, como arquitecto.

Ensenada había comprometido a su equipo a empezar las obras por los tramos más difíciles, como el Puerto del Rey en Sierra Morena (conocido como Despeñaperros, el cual se mantuvo tal cual hasta el siglo XXI), los accesos a Jerez, el tramo Andújar-Bailén, el tramo La Guardia-Ocaña (10 kilómetros al sur de Ocaña), el puerto de Miravete en Extremadura, el puerto de La Cadena entre Murcia y Cartagena, las cuestas de Torija, los accesos a Villacastín desde Madrid, la cuesta de la sal, el tramo Astorga-La Coruña, el paso del Perelló entre Barcelona y Valencia…

Floridablanca decidió rentabilizar la obra principal con una red secundaria de caminos, que llegaran desde las radiales proyectadas por Ensenada y Esquilache a todos los pueblos grandes de España, aunque estas obras debían ser sufragadas en parte por los pueblos afectados, los cuales podrían vender propios para pagarlas.

Complementariamente, creó la figura del peón caminero, un obrero que cuidaría del mantenimiento de un tramo del camino. Para soportar este gasto se adjudicarían a ello los portazgos, barcajes y pontazgos que hubiese en los caminos (decreto 27 de abril de 1784).

Con estas medidas citadas, Floridablanca logró abrir, en tan sólo 9 años, 195 leguas de caminos nuevos (1.000 kilómetros), y reparar otras 200 leguas (otros 1.000 Km.), hacer 322 puentes y reparar 45 puentes antiguos. Aprovechó la ordenanza de Carlos III 1767 sobre caminos reales. La calidad de los caminos estaba en la media europea de su momento. La técnica de construcción era colocar un lecho de piedras calizas grandes, sobre ese lecho una superficie abovedada de pequeñas piedras con murallas de contención para que no se corriesen hacia los lados de la carretera.

Los viajes mejoraron mucho, no sólo por la mejora de las carreteras, sino también por la de los vehículos, pues los viejos coches de caballos sustituyeron las correas de suspensión de la caja por ballestas de acero sobre las ruedas, apareciendo la calesa ligera, el landó más pesado (pero mucho menos pesado que el carro tradicional) y el simón para las ciudades (creación del francés Simón Garrou para Carlos III).

 

 

La ciencia en España en 1778-1779.

 

En 1778, Luis José Proust, 1754-1826, impartió un curso de Química en el Real Seminario Patriótico de Vergara. Era la introducción de una nueva asignatura. Proust había nacido en Angers (Francia) y había estudiado farmacia. No obtuvo resultados en Vergara por problemas técnicos de falta de cooperación del personal auxiliar, pues a los españoles, por falta de preparación, no les gustaban las ciencias experimentales. En 1786 pasó a Madrid y explicó química en el Colegio de Artillería de Segovia durante 13 años. Explicaba temas de metalúrgica y daba charlas a un público general que más bien estaba por entretenerse que por el nuevo conocimiento. En 1799 se hizo cargo de un laboratorio de química, sostenido por el Estado y allí trabajó 7 años más.

En 1779 apareció el Proyecto Económico, de Bernardo de Ward, escrito en 1762, un irlandés inmigrante y nacionalizado español, recomendando el uso de abonos en la agricultura, la extensión del cultivo del lino, cáñamo y moreras, criticando los privilegios de la mesta y la prohibición de roturar tierras de pastos, así como la estructura de la propiedad agraria, opinando que era más conveniente la propiedad directa de los trabajadores, oponiéndose a los gremios porque coartaban el libre desenvolvimiento de las artes y oficios, defendiendo la iniciativa privada en la industria y el comercio (aunque el Estado debía intervenir para protegerlos, en casos obvios), defendiendo la libertad de comercio, lo que implicaba finalizar con los estancos, abrir el comercio americano a todos los españoles, suprimir el monopolio de Cádiz, dar libertad de comercio de granos, suprimir tasas a los granos, suprimir las prohibiciones de exportar granos, y cuidar del dinero como instrumento de circulación de mercancías y de crédito.

 

 

[1] José Moñino y Redondo 1728-1808, conde de Floridablanca, era de Murcia e hizo estudios medios en el Seminario de San Fulgencio (pero no para sacerdote), y después Leyes en la Universidad de Orihuela. Su padre era muy religioso y se hizo sacerdote después de enviudar, y murió en 1783, cuando Floridablanca tenía 55 años. En 1748, a sus 20 años, era ya abogado del Consejo de Castilla. Se trasladó a Madrid con ánimo de medrar, y abrió bufete de abogado (en la época había tres clases de letrados: los colegiales de origen noble; los manteístas, abogados prestigiosos, pero no nobles; y los simples abogados). En julio de 1766 era uno de los tres fiscales de ese Consejo, que eran el Cuerpo Consultivo del Rey. Compañero suyo de fiscalía era Campomanes. Moñino, Campomanes, Roda, Aranda y Grimaldi eran un grupo conocido como el “partido de los golillas”. En 1772 fue embajador en Roma hasta 1777, y tuvo la misión de extinguir la orden de los jesuitas, por lo que ganó el título nobiliario. José Moñino era católico, moderado y dulce en el trato, pero honrado, fuerte en sus decisiones e insistente hasta lograr lo que se proponía. En 1777 alcanzó la confianza plena de Carlos III y fue designado Secretario de Despacho de Estado.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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