EL PROBLEMA LATINOAMERICANO A FINALES DEL XVIII.

 

 

El imperio español hispanoamericano se había complicado mucho en la segunda mitad del siglo XVIII en temas sociales, corrupción, posicionamiento de la Iglesia, ejército, producción agrícola e industrial y comercialización de los productos. Una postura ante los problemas era hacer como que no se veían. Pero algunos españoles eran conscientes de lo que estaba ocurriendo. Por ejemplo, en 1759, al regresar Jorge Juan y Antonio de Ulloa de su viaje americano, informaron de la gran corrupción que habían observado en América, particularmente en los Corregidores, jefes políticos de las ciudades que actuaban como jueces del distrito territorial de su entorno, y en el resto de cargos políticos. Muchos de los que volvían de ejercer cargos en América lo sabían, y cuando no estaban implicados en corruptelas, lo contaban. Otras muchas veces, hacían referencia al desconocimiento que en España se tenía de las cosas americanas, expresión que servía para no contar nada.

 

 

La corrupción en Hispanoamérica.

 

Los cargos políticos se negociaban en Madrid y los afortunados, una vez en América, tenían amplia discrecionalidad de acción. Los criollos presionaban para dominar cargos, bien por designación directa desde Madrid en ellos o sus hijos, bien por matrimonio de sus hijas con cargos ya designados.

Los funcionarios destinados en América, actuaban un tanto al margen de las órdenes y legalidad que les llegaba desde la península y aplicaban muchas veces la norma “se acata, pero no se cumple”, norma que no era desconocida en la península pues se venía utilizando con impunidad en el norte de España con algunos decretos. Así, el gobierno de América no estaba propiamente en manos de los gobernantes españoles, sino que los enviados a América por España lo pactaban con la Iglesia y con las élites locales, antes de decidir.

Los gobernantes enviados a América no tenían fuerza militar suficiente para imponerse por la fuerza y más bien se limitaban a recaudar impuestos. En esta tesitura, surgió la corrupción, los abusos manifiestos y la inmoralidad, de forma que cada funcionario tenía negocios privados, fincas, comercio, además de su cargo oficial. Algunos, nada más llegar a destino, se casaban con alguna heredera rica y cuidaban de su propio porvenir más que de los intereses generales.

Las élites locales hispanoamericanas tenían, no sólo el dinero, las tierras y el ascendiente sobre la gente, sino también una fuerza militar, o más bien paramilitar, pagada de su peculio, suficiente como para imponer sus criterios al gobernante. Podía tratarse de un gran propietario, o de la coalición de varios, que actuaban como señores del territorio. Podía tratarse de grandes propietarios agrícolas o ganaderos, comerciantes, mineros. Entre ellos, una minoría eran peninsulares, españoles propiamente dichos, y la mayoría eran criollos, descendientes de españoles. Tenían fuerzas armadas para su protección y esas fuerzas armadas eran una baza a jugar, si la ponían al servicio de un Gobernante determinado, o las hacían permanecer en sus propios territorios. Siempre trataban de sacar ventaja de ello. El origen de este desatino político, era que la conquista de América se había dejado en manos privadas, las encomiendas, lo que había originado grandes concentraciones de propiedad, y que se habían concedido muchos privilegios y concesiones, hechos en principio a los conquistadores.

No todos eran corruptos, y entre ellos sabían perfectamente quién era quién, y estaban divididos entre los que perseguían sus intereses personales y los que perseguían los intereses del Estado español. A su vez, los que buscaban sus intereses personales tampoco formaban un bloque unitario, pues sus intereses chocaban entre sí.

 

El emparentamiento entre grandes fortunas americanas y autoridades llegadas de España era muy frecuente, pues era una situación que beneficiaba a ambas partes, y el potentado no dudaba en pedir ese sacrificio a una de sus hijas. Virreyes, jueces de Audiencia, altos funcionarios y cargos militares, con frecuencia estaban casados con criollas. Desde una posición relevante, el potentado americano podía forzar leyes a su favor o al de su clase social, que no siempre eran los intereses generales americanos. El militar o funcionario que llegaba a América, podía hacer con rapidez una fortuna, que le sirviera para regresar a España e intentar una empresa mayor, o bien quedarse en América, instaurando una nueva familia criolla.

Las connivencias, corrupciones e intimidaciones eran algo habitual. Y el Gobierno de Madrid estaba muy indefenso ante los Cabildos de las ciudades americanas integrados por los potentados. Los funcionarios que pretendían permanecer fieles a la legalidad española y moralidad pública, teóricamente defendidas por la Secretaría de Despacho de Indias y el Consejo de Indias, estaban en situación de debilidad: el Estado español exigía ante todo recaudaciones, y daba la razón a quien le aportaba dinero. Eso significaba que cada conflicto hacía disminuir los ingresos en caja y crecer los gastos, lo cual llevaba invariablemente a los gobernantes que no se llevaban bien con los potentados a su sustitución por ineficacia. El Estado acababa premiando a los corruptos y destituyendo a los probos.

El entendimiento entre funcionarios y potentados era como “una constitución no escrita”, conocida y respetada por ambas partes: el Estado vendía cargos y sacaba su provecho de ello; los funcionarios que habían comprado los cargos se resarcían de su inversión pactando con los potentados americanos; los potentados y la Iglesia católica sacaban ventajas para ganar más dinero y obtener más fincas. Algunos eclesiásticos se quejaban de la situación de pobreza e injusticia en que vivían muchas familias pobres, pero culpaban más bien a los demás, antes que reformar la Iglesia misma. Y mientras nadie rompiera la baraja, el juego podía seguir indefinidamente. Y la baraja estaba trucada, pues todas las cartas estaban marcadas. Dentro del juego, entraba que los hijos de los potentados hicieran una carrera en España, generalmente militar, algunas veces de Leyes, episodio de su vida que acababa con un traslado a América, momento en que pasaban a formar parte de las élites “españolas”.

La corrupción de los funcionarios se originaba ya en España: El Estado español vendió cargos desde 1630, de oficiales reales desde 1633, de corregidores desde 1678, de oidores desde 1687 y el de un virrey en 1700. Lo que habían comprado un cargo, suponemos que pensaban resarcirse del gasto.

Los Corregidores de Indias, los más acusados de corrupción, cobraban muy poco, lo que completaba el círculo para que el designado para ese cargo necesitara ingresos extraordinarios. Normalmente, para hacerse una fortuna, abastecía a los indios de su propio territorio de armas y alimentos, y algunos decretaban monopolios en su propio beneficio. Casi todos eran criollos.

En torno a los funcionarios españoles surgían los “aviadores”, nombre con el que se designaba a los que buscaban corromper al funcionario y pululaban en su alrededor. Aviar significa en castellano preparar algo para su utilización.

 

El funcionamiento del sistema de corruptelas:

Con el sistema de la corrupción instalada, todos los implicados obtenían ventajas: los comerciantes eran provistos a bajos precios de materias primas, alimentos, algodón, cacao, añil, tabaco… y la Corona estaba contenta de no tener que pagar mucho salario a sus funcionarios de Indias, con sólo hacer la vista gorda y dejarles hacer sus negocios.

El papel central de toda la corrupción lo jugaba la Audiencia. La Audiencia era la que tenía que decidir cuando aparecía una acusación. Pero los señores de la Audiencia sabían perfectamente a lo que se jugaba. Cada Audiencia americana se convirtió en un territorio separado de las demás, hasta el punto de sentirse una nacionalidad a fines del XVIII y organizar su propia independencia a principios del XIX. A partir de 1750, y gracias a la venta de cargos, los criollos eran mayoría en todas las Audiencias. Los españoles que llegaban nuevos a las Audiencias, generalmente no habían comprado el cargo (sólo un 8% aproximadamente lo habían hecho), e inmediatamente muchos eran tentados por un matrimonio ventajoso. En la segunda mitad del XVIII los no relacionados con los negocios criollos estaban en minoría.

España llegó al convencimiento de que sólo con la amistad de los potentados americanos se podía garantizar la paz social, puesto que enfrentarse a ellos era garantía de disturbios, pues ponían sus milicias en marcha y levantaban a sus trabajadores con historietas de todo tipo. Ello era un argumento falso, pues la amenaza de revuelta era precisamente lo que les daba el poder a los criollos y las revueltas serias las organizaban ellos. Se creó un círculo vicioso por el que cuanto más corrupto era un gobernante mejor era tratado. Los virreyes y funcionarios colaboradores no tenían nada que temer en el “juicio de residencia”, pues todos sus socios iban a testificar a su favor. Y el sistema estaba tan viciado que tenía que explotar por algún lado, y lo hizo a partir de 1808.

 

 

LA MALA POLÍTICA EN ESPAÑA.

 

En 1780 empezó en España la burbuja de los vales reales. España decidió financiarse emitiendo papel. En adelante, la burbuja fue a más, resultó insoportable a finales del XVIII y falló a partir de 1794. A partir de esta fecha, los vales reales empezaron a bajar de cotización, en 1798 se vendían con depreciación del 29% y en 1800 con depreciación de hasta el 70%. En 1808, los vales no tenían valor alguno. La confianza en el Estado español no podía existir en ambientes internacionales y americanos.

Y que el problema de Indias era grave, lo demuestran las dudas españolas sobre la política a seguir. En 1783, Inglaterra reconoció en el Tratado de Versalles la independencia de los Estados Unidos, lo cual era una llamada de atención a la posibilidad de que los americanos en general fueran independientes. Pero además, Inglaterra, que devolvía a España Florida, Honduras y Yucatán, decidió quedarse con Belice (costa sur de Campeche) y las Bahamas, demostrando que, aunque vencida, era superior a España. España era una potencia con pies de barro.

En 1787, España decidió dividir el tema de Indias en dos Secretarías de Despacho, Gracia y Justicia de Indias para Antonio Porlier, y Guerra, Comercio y Navegación de Indias para Antonio Valdés. Y en 1790 decidió reunificar ambas Secretarías de Despacho de nuevo. Ello demuestra la existencia de un problema y la falta de criterio español a la hora de abordarlo. En adelante abundan las alusiones de que en España no se sabía lo que realmente pasaba en Indias, alusiones en las que nadie contaba nada de lo que estaba pasando, síntoma claro de que no era nada bueno.

 

 

LA IGLESIA CATÓLICA HISPANOAMERICANA.

 

La Iglesia católica americana del XVIII era muy rica, era un potentado terrateniente, el más rico de los potentados americanos, al tiempo que presumía de pobre, que era el papel social que había decidido hacer. Cobraba diezmos, rentas por tierras que tenía arrendadas a los campesinos, rentas por casas en las ciudades, y era el mayor prestamista de América. Cuando los eclesiásticos sospecharon que los Borbones querían quitarles sus riquezas se pusieron en contra de la Corona española y algunos estimularon a los indios a rebeliones, aunque siempre alegando que lo hacían para poder ayudar a los pobres.

La Iglesia católica americana se mostraba aparentemente sumisa, pero siempre haciendo gala de su superioridad moral, de sus grandes recursos materiales y de su influencia en la sociedad, lo cual era una amenaza constante ante el gobernante. La Iglesia, a la postre, perseguía sus intereses económicos y sociales, además de los intereses eclesiásticos que eran naturales, y sufría la misma división interna que los negociantes y políticos, entre sacerdotes que luchaban por enriquecer a la Iglesia y enriquecerse ellos al tiempo, y otros que consideraban inmorales algunas acciones de la Iglesia.

La Corona trataba de que las autoridades eclesiásticas fueran de origen peninsular, pues se temía la actividad de algunos eclesiásticos americanos.

 

 

EL EJÉRCITO ESPAÑOL EN AMÉRICA.

 

El ejército español en América era exiguo. De hecho, si consideramos la amplitud del territorio en kilómetros cuadrados, doble que Europa entera, y las ridículas cifras de soldados españoles, unos pocos miles, comprendemos de inmediato que no era operativo y que servía para guardar unos pocos puntos concretos exclusivamente.

En 1762 se hizo obligatorio el alistamiento de americanos en milicias ciudadanas. Las milicias se formaron por etnias y por orígenes de los inmigrantes. No eran un factor de cohesión con España sino de representación de diversos intereses de diversas fuerzas sociales.

El ejército americano evolucionó a americanizarse en sus mandos, de modo que los oficiales americanos en 1740-1760 eran el 33% y en 1800 eran ya el 60%, mientras los soldados, que en 1740 eran un 68% pasaron en 1800 a ser un 80%.

Los soldados españoles utilizaban todo tipo de ayudas, los indios, los llaneros, los estancieros, comprándoles con dinero. El sistema no era evidente óptimo. Los rebeldes del siglo XIX comprarán también los servicios de estas minorías sociales, convirtiendo el asunto en un tema de dinero, de quién era el mejor postor.

 

 

EL COMERCIO AMERICANO.

 

En 1757 se restableció el sistema de flotas como medio de comerciar con América. La frecuencia de la flota de Nueva España en la segunda mitad de siglo XVIII, una vez cada tres, cuatro o cinco años, nos da la idea de que España no servía a los intereses comerciales americanos. Los americanos debían buscarse otros medios de comercio, y colaborar con los franceses, ingleses y holandeses era algo habitual, por mucho que España se empeñase en prohibirlo.

Los navíos de registro que los españoles fletaban para evitar los inconvenientes del sistema de flotas, se jugaban la vida en el Atlántico ante los piratas ingleses, no tanto en mar adentro, donde era improbable que fueran localizados, pero sí en la inmediaciones de Cádiz, Canarias o La Habana, a donde necesariamente debían acudir en su ruta comercial. También para ellos era ventajoso no hacer el control de salida y llegada, pues evitaban el peligro corsario. También podían negociar tocar puerto inglés y pagar el canon correspondiente. Y además, si evitaban el registro y descargaban y cargaban poco antes o después de pasar el registro, se ahorraban los impuestos españoles. Con el sistema ilegal, eliminaban riesgos y dejaban de pagar impuestos.

El sistema de cobro por palmeo (por palmos cúbicos de mercancía cargada) encarecía mucho los productos más baratos, los de más demanda en América, y ello estimulaba a comprar productos extranjeros de contrabando.

En 1764 se instauró un servicio de correos entre España peninsular y América. El barco salía todos los meses de La Coruña para la Habana. Desde estos puertos se redistribuía por la zona correspondiente. Una frecuencia mensual es muestra de que las relaciones entre ambas partes del atlántico no eran muchas.

En 1765 se produjo la ruptura del monopolio de Sevilla sobre el comercio con América, autorizándose a sacar las mercancías desde 9 puertos peninsulares y 5 americanos. En adelante, los puertos autorizados irían creciendo más y más.

En 1768, hubo permiso para comerciar en Luisiana.

En 1778, fecha de la habilitación para otro grupo de puertos, casi todos los importantes de España y América, quedaban excluidas de la medida las zonas de Nueva España, porque eran monopolio de la Compañía de Cádiz, y los puertos de Venezuela monopolio de la Compañía Guipuzcoana. También quedaba excluido el libre comercio entre distintas regiones hispanoamericanas. Afirmar que 1778 es el año de la libertad de comercio es muy exagerado, pues no se trataba de la libertad de producción y comercio. De hecho, Nueva España, y en concreto el obispo Francisco Antonio Lorenzana, protestó por la situación en que quedaba Nueva España y pidió comercio libre entre territorios americanos.

No es muy ajustado a la realidad el hablar de la ruptura del monopolio de Cádiz como libertad de comercio americano. El monopolio comercial de Cádiz era sustituido por el monopolio de España, unos puertos peninsulares a los que se sumaban los grandes puertos americanos. Para comprenderlo mejor, hay que considerar que las colonias obtuvieron permiso para comerciar con España, pero no con terceros países. Y pronto la libertad americana se restringió mucho más, porque las Compañías de Comercio obtuvieron monopolios comerciales para determinados productos de una zona concreta: la Compañía de Caracas para comerciar en Venezuela, la Compañía de Comercio de Barcelona para negociar con Santo Domingo, Puerto Rico y Margarita, la Compañía de Galicia para negociar con Honduras…

El comercio libre de 1778 tenía sus impuestos, que eran del 3% para los productos españoles y del 7% para los extranjeros. Los americanos no eran considerados extranjeros en este aspecto.

La garantía de precios y mercados era una medida discutible que perjudicaba a muchos y beneficiaba a otros. Implicaba precios regulados y producción regulada. Los americanos se quejaban de que los precios de sus artículos eran demasiado baratos por causa del monopolio y de que los productos españoles eran demasiado caros. Por otra parte, el monopolio regulaba la producción de modo que globalmente ésta no superara a la demanda. Eso significaba que muchas regiones americanas no podían producir lo que deseaban, pues España no lo toleraba, y también significaba que la producción se iba a vender, pues la sobreproducción no sería demasiada. El problema no era fácil. En el fondo, si no hubiera habido corrupción hubiera podido tener salidas, pero no fue así.

 

 

EL PLAN ARANDA SOBRE AMÉRICA.

 

Aranda tenía una idea muy revolucionaria sobre las relaciones de España con América, las cuales se habían basado desde el siglo XVI en imposición de la autoridad española, mantenimiento del monopolio comercial, y unidad de todo el territorio de la Corona.

Por el contrario, Aranda proponía un autogobierno americano de forma que América atendiera a sus propios gastos militares y de orden público, lo cual ahorraría muchos gastos al Estado español y significaría más impuestos a los americanos. En segundo lugar, proponía la ruptura del monopolio de Sevilla y La Habana, única cosa en la que se le hizo caso. En tercer lugar, proponía la creación de unos reinos americanos regidos por infantes españoles designados por el rey de España. Sería un régimen de autonomía, aunque siempre bajo la jurisdicción última del rey de España. De este plan volvería a hablar Godoy en su momento, y tal vez tuvo algo que ver con la sublevación del “partido español” en 1807 y 1808.

 

 

LAS REFORMAS DE GÁLVEZ[1] EN AMÉRICA.

 

En 1776, fue nombrado Presidente de la Secretaría de Indias José de Gálvez, un hombre que conocía perfectamente el problema americano y trató de remediar aquello de lo que en España no se quería ni hablar. Estuvo en el cargo de Secretario de Despacho de Indias once años.

Gálvez se propuso reducir el poder de los potentados criollos, y ello tenía que hacerse en dos niveles, económico y político, si se quería tener algún éxito. Trató de sustituir a los oficiales criollos del ejército americano por militares españoles peninsulares, y a los jueces de las Audiencias por jueces españoles peninsulares. Se teorizaba que los llegados de la península no habían tenido tiempo de corromperse. Los potentados acusaron el golpe y empezaron una campaña para expulsar a los “españoles”, tan efectiva que, todavía en algunas escuelas y libros de texto americanos del siglo XXI, he encontrado que confunden a los “españoles” bando político, con los españoles de origen.

En la nueva política americana se crearon nuevos virreinatos, Audiencias y Capitanías Generales, y se intentó que la autoridad de los Intendentes (que eran españoles de origen) anulase la de los Alcaldes Mayores y Corregidores (que eran criollos). Se dotó de un mayor sueldo a los funcionarios de modo que no fuera preciso corromperse para sobrevivir. Se dieron algunas libertades a los indios.

La eliminación del “repartimiento de indios” no fue bien vista por los comerciantes ni por los terratenientes, pero tampoco por los propios indios debido a las estructuras sociales generadas desde hacía siglos. Los indios de un repartimiento dependían del patrón que tenía concedido el repartimiento, y éste les daba créditos para sus cosechas, construcciones, bodas… y las cuentas las llevaban de memoria, o en la memoria del patrón, pues casi nadie sabía leer ni hacer cuentas. Si se acababa el régimen de repartimientos se acababan los créditos personales. Esos créditos no se pagaban nunca y el patrón tenía en sus manos al indio, que no podía marcharse sin saldar su deuda, pero de ello no eran conscientes los que se habían acostumbrado a ese género de vida.

Por otra parte, Gálvez hizo también reformas tributarias que significaban subida de impuestos, y que provocaron revueltas como la de los comuneros y la de Tupac Amaru. Estas reformas, hicieron surgir entre los criollos el primer sentimiento de ser distintos, de ser americanos, y de la necesidad de estar juntos para defender sus privilegios.

En 1776 se crearon los Regentes con funciones análogas a las de un Corregidor Real. Eran mediadores entre los Oidores y los Virreyes e impedían extralimitaciones de ambos en materia judicial. Defendían las apelaciones y los recursos de contrafuero. Se consideraban superiores a los Presidentes de Audiencia.

José de Gálvez promulgó en 1778 la Ordenanza de Libre Comercio con Indias. El comercio se autorizaba para los principales puertos de la península y de América y con ello se rompió el monopolio de Cádiz y La Habana. Los puertos autorizados se fueron ampliando paulatinamente. Hemos hablado más arriba de este tema.

En 1778 se abrió el Archivo General de Indias, obra del Secretario de Estado y de Despacho de Indias.

En 1782 tuvo lugar la Real Ordenanza de Intendencia que creaba 8 intendencias en Perú. El intendente llegaba con funciones de hacienda, justicia, policía y guerra, y asumía por tanto muchas funciones que antes correspondían al virrey, gobernador y Audiencia. Los Cabildos quedaban también sometidos a la inspección de unos “subdelegados” que asumían las funciones de antiguos corregidores y alcaldes mayores. Además apareció la figura del “Visitador” para informar al rey de los problemas observados en la administración americana.

Había dos tipos de cabildos, los de españoles y los de indios. Los cabildos para el gobierno de los municipios españoles se componían de un número determinado de regidores, escribano mayor, alférez real, procurador mayor, obrero mayor, diputados de elecciones y gremios de pobres, comisarios de fiestas, juez diputado de carnicerías, diputados de policía, fiel ejecutor, y mayordomos de propios y rentas. El corregidor era el juez, legislador y gobernante dotado de poderes excepcionales por el rey y era la persona más poderosa y más dada a la corrupción. Los deberes del cabildo eran mantener la paz y el orden y la propagación del evangelio.

En las Intendencias, Gálvez procuró nombrar el mayor número posible de peninsulares para tribunales y obispados. Se crearon 12 intendencias en México, 8 en Río de la Plata, 2 en Chile, 8 en Perú, 1 en Cuba, 1 en Caracas…

En 1787 se pensó que América ya era demasiado complicada de gobernar y la Secretaría de Marina e Indias se dividió en dos, una de Gracia y Justicia de Indias y otra de Guerra, Hacienda, Comercio y Navegación de Indias. En 1790 se volvieron a unificar en una sola Secretaría de Marina e Indias. La política española se mostró en este punto indecisa.

 

 

Política financiera y económica en América.

 

En cuanto a la política general de España para con Hispanoamérica en el último tercio del XVIII, España decidió que los americanos debían financiar su propio Gobierno y su propio ejército, y enviar todavía excedentes a España. Y decidió subir las alcabalas (impuestos sobre transacciones ordinarias de mercado) desde el 2% al 4% y el 6% (en España se tributaba al 2% en alimentos básicos y productos manufacturados, y al 5% y 8% en artículos ordinarios e incluso más), poner un impuesto a la coca, aguardiente y granos, poner un impuesto a los productos mineros (quinto y décimo real), derechos de refinamiento de la plata, derechos de acuñación, derechos por la compra de mercurio y pólvora (aunque para compensar a los mineros se les eximía de la alcabala), impuestos sobre los animales y sobre todo alcabalas sobre su carne y piel. También se decidió eliminar exenciones o gentes con exención de impuestos y cobrar nuevos impuestos en aduanas.

España tomó una decisión muy comprometida: decidió que la industrialización de determinados productos que España consideraba claves debía ser exclusivamente peninsular y que América debía ser el mercado para España. Igualmente se respetaban las zonas de producción ya abiertas en América. Se argumentaba que las fábricas españolas apenas podían dar salida a sus productos, lo que significaba que si se fabricaban más en América no habría mercado suficiente para nadie. Igualmente, que el mercado apenas consumía lo que se estaba produciendo, lo cual aconsejaba no abrir nuevas zonas agrícolas que incrementasen inútilmente la producción. El razonamiento, desde nuestra perspectiva actual, es falso, pues si se desarrollaba América surgirían nuevos mercados americanos dentro de los mercados americanos y todos venderían más. Los comerciantes e industriales peninsulares impusieron ese razonamiento erróneo en el que el Estado perdía la oportunidad de recaudar muchos impuestos en una América desarrollada, que además no necesitaría a los británicos ni a los franceses en los productos que ella misma fabricase.

Un segundo aspecto de este error, es que con estas medidas España convirtió el territorio americano en una colonia, pues América no tenía iguales derechos que los españoles peninsulares desde el momento en que no se les permitía la industrialización. La situación de inferioridad legal y económica generó revueltas en el XVIII e independentismos en el XIX.

 

 

Repercusión en España

de la libertad de comercio con América.

 

Tras los decretos de ruptura del monopolio de Cádiz, la realidad tardó mucho en cambiar en España, porque sólo Cádiz tenía instalaciones materiales y agentes de comercio y banca suficientes para el gran comercio, por lo que el cambio no fue perceptible en muchos años. Cataluña fue la primera en crear estructuras comerciales, colocando agentes comerciales en casi todos los puertos españoles y americanos.

España no era el exportador dominante de productos a América. Exportaba principalmente productos agrícolas y su valor no representaba sino el 12% del valor de las importaciones americanas. La mayor parte de la capacidad de los barcos españoles era ocupado por manufacturas francesas (36% del valor de las mercancías en 1772) y británicas (15% del valor de las mercancías en 1772). Además los extranjeros colocaban directamente en el mercado americano lino, lana y seda. España no podía competir con franceses e ingleses porque no tenía calidad alta a precio razonable, ni toleraba la mala calidad de productos de precios baratos. Había años en que los extranjeros acumulaban el 80% de los beneficios del comercio americano.

América enviaba a España unos 15 millones de pesos al año a mediados de siglo. Tras la liberalización del comercio, México enviaba el 36% de las mercancías que llegaban a España, el Caribe el 23%, Perú el 14%, Río de la Plata el 12% y Venezuela el 10%. A finales de siglo, las llegadas de barcos se hicieron irregulares. Cuando llegaban lo hacían en cantidades grandes, pero podían pasar años sin llegar nada. El 50% de lo enviado por América en valor, eran metales preciosos, pero también enviaba tabaco, cacao, azúcar, cochinilla, índigo, cueros…

En 1792, Carlos IV decidió exprimir las colonias al máximo con nuevos impuestos. En 1796 se inició la guerra con Gran Bretaña y los cargamentos e impuestos no llegaron con regularidad. En 1797, Nelson bloqueó el puerto de Cádiz y derrotó a los españoles en San Vicente. Otras escuadras británicas bloqueaban los puertos americanos. Otros corsarios británicos cazaban a los barcos españoles que se atrevían a burlar los bloqueos. El resultado fue comercialmente catastrófico: si en 1796 habían llegado a Cádiz 171 navíos procedentes de América, en 1797 sólo lo consiguieron 9. Igualmente los navíos que llegaban a América eran pocos, y los precios subieron un 100% por escasez.

 

 

Lucha hispanoamericana por su libertad comercial a fines del siglo XVIII.

 

Los hispanoamericanos pidieron mayor disponibilidad de suministros y sugirieron como fórmula el comercio con terceros, lo cual era romper el monopolio español de comercio. En marzo de 1797, La Habana decidió por su cuenta admitir barcos neutrales porque necesitaba esclavos y alimentos, e inmediatamente llegaron barcos norteamericanos y de otras nacionalidades. Durante 18 meses, los barcos neutrales llegaron libremente a los puertos americanos.

Las importaciones de Latinoamérica triplicaban el valor de las exportaciones, lo cual sugiere que el dinero hispanoamericano se iba a Estados Unidos y a Francia y no a España, pues España no veía el flujo de dinero desde América. En la realidad, el monopolio español se había roto, por mucho que España se esforzase por mantener la ficción de mantenerlo. Cádiz y Barcelona protestaron por el comercio de países neutrales y lograron revocar los permisos comerciales de éstos en 20 de abril de 1799. Los hispanoamericanos se negaron a aceptar la revocación y empezaron una rebelión comercial de modo que desde Cuba, México, Venezuela, Cartagena de Indias, Guatemala y Buenos Aires siguieron de hecho comerciando con neutrales.

El 18 de julio de 1800, España reiteró la prohibición de comerciar con países neutrales, pero nadie hizo caso. E incluso los puertos españoles aceptaban barcos neutrales ilegales.

El 28 de noviembre de 1800, España reincidió en el error de prohibir la creación de nuevas manufacturas en América y el 30 de octubre prohibió la expansión de las ya existentes y procuró destruir las que pudo a fin de evitar la competencia. España se puso en contra a muchos empresarios criollos, y cuando no pudo abastecer a los mercados americanos, éstos se sintieron desligados de España, a la que se podía considerar ya la metrópoli, puesto que había convertido recientemente en colonias a las ciudades americanas.

En 1801, Cuba y Venezuela recibieron permiso para comerciar con barcos neutrales, aceptando así el gobierno de España su derrota comercial, la realidad que estaba ocurriendo. Con ellos, intentaba obtener algunos impuestos, aunque fueran pocos. Y lo más cómico de la situación es que buena parte de las licencias de barcos neutrales las compró Inglaterra, lo que significaba que comerciaba libremente con Latinoamérica. España había sido derrotada comercialmente. La derrota militar sobrevendría pocos años después.

En 1802, España restableció sus comunicaciones con América pero no recuperó nunca el monopolio comercial. Los comerciantes criollos habían establecido tantas relaciones comerciales, compromisos y créditos, que no estaban dispuestos a cumplir las leyes españolas. Su negocio se convirtió en ser intermediarios de las mercancías extranjeras.

Y el resto de la historia hasta la independencia de América que encontramos en los libros, fue la incidencia de las capturas británicas sobre cargamentos españoles: en 5 de octubre de 1804 los británicos capturaron un cargamento de oro y plata procedente de El Callao y Buenos Aires (hundieron un barco y capturaron tres con 4,7 millones de pesos).

En 1805, la derrota española de Trafalgar puso fin a las esperanzas de algunos ilusos españoles que esperaban recuperarse frente a Inglaterra. Las exportaciones de Cádiz se hundieron un 85% respecto al año anterior.

En 1806, el 100% del comercio de La Habana fue en barcos extranjeros.

En 1807 no llegaron metales preciosos a España, y España acusó la crisis.

 

 

 

[1] José Bernardo de Gálvez y Gallardo, 1720-1787, marqués de Sonora, había hecho estudios medios en el seminario de Málaga, Leyes en Salamanca, y se había doctorado en Alcalá, pasando a trabajar a Madrid, y al servicio de Grimaldi desde 1763, de modo que fue Alcalde de Casa y Corte en 1764, Visitador del Virreinato de Nueva España en 1765, y Secretario de Estado y Despacho de Indias en 1776-1787. Creó el virreinato de La Plata, la Capitanía General de Venezuela en este año de 1766, y el Archivo General de Indias en 1778.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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