EL GOBIERNO GRIMALDI 1763-1776:

EN EL PERIODO 1772-1776

 

 

 

 

El Partido Aragonés de Aranda.

 

El 14 de enero de 1772 fue nombrado Secretario de Despacho de Guerra Ambrosio de Funes Villapando[1] conde de Ricla, nacido en Zaragoza, lo que dio lugar a que se empezara a hablar del “partido aragonés” para designar al grupo político de Aranda. Aranda desde la Presidencia del Consejo de Castilla, iniciaba un control de las Secretarías de Despacho.

El grupo político de Aranda, es denominado de muchas maneras. En ocasiones se habla de Cuerpo Nacional o de Partido Castizo para designarle. Se habló de Partido Español en tiempos de Felipe V cuando había muchos gobernantes extranjeros en el Gobierno. Y posteriormente a Aranda, tomarán el sobrenombre de Partido Castizo contra Godoy, y Partido Fernandino a favor del príncipe Fernando, Fernando VII.

El “Cuerpo Nacional” o “Partido Castizo”, es decir los nobles conservadores y tradicionalistas, habían confiado en ese momento en Aranda, un aristócrata defensor de los valores tradicionales, y habían formado un grupo de presión, denominado a veces “partido”, pero que evidentemente no lo era porque no tenía organización, programa, ni objetivos claros. A veces se denominará “partido aragonés” por estar en derredor de Aranda y varios aragoneses y personajes apellidados Aragón.

Estaban en este grupo “aragonés” Luis José Velázquez de Velasco[2] marqués de Valdeflores, Miguel Antonio de la Gándara[3], Lorenzo Hermoso de Mendoza[4], y algunos de los detenidos por los sucesos de marzo de 1766, todos ellos muy relacionados con los jesuitas. Los “castizos” odiaban a los gobernantes extranjeros, defendían la pureza de la religión católica y española, y atacaban al jansenismo y febronianismo. Aranda no era tan radical como el conjunto del Partido Aragonés, era partidario de las reformas, pero creía en la necesidad de una moralidad social que muchos extranjeros, manteístas y golillas no estaban demostrando, y pensaba que los nobles sí estaban en condiciones de defender. El hecho de que Aranda fuese escogido como líder del partido aragonés, pudo provenir de que Aranda creía que el Gobierno debía ser gestionado desde los viejos Consejos aristocráticos y no desde las nuevas Secretarías de Despacho, lo cual garantizaba el predominio nobiliario sobre el Gobierno. La discrepancia entre Aranda y gran parte de la nobleza española, incluida la de su grupo aragonés, es que Aranda exigía moralidad y aptitud para poder ejercer cargos de Gobierno, y algunos nobles pretendían que los cargos eran un derecho nobiliario.

El establecimiento de la Orden de Carlos III en septiembre de 1771, había sido una réplica al partido castizo, a la alta nobleza y a la Iglesia tradicionalista. Se establecía una nueva nobleza por la valía y servicios prestados por una persona concreta.

La limitación de los privilegios de la nobleza continuaba: En 1772 se prohibió en la Universidad de Granada pasar de curso sin hacer examen, y se exigió para el ingreso saber latín y griego, y para estudiar teología, saber hebreo. Los nobles y clérigos estaban siendo tocados en sus privilegios.

En 1772, el descontento respecto a los gobernantes extranjeros retornó una vez más, se consideraba extranjeros a Wall y a Grimaldi, como se había considerado a Esquilache hasta su expulsión en 1766. José Nicolás de Azara apuntó que los cargos en manos de extranjeros daban la imagen de que en España ningún español estaba capacitado para gobernar.

 

 

Política internacional en 1772.

 

En febrero de 1772 se produjo el primer reparto de Polonia. Polonia era un territorio muy distinto del actual. Comprendía tierras de la actual Lituania, Rusia Blanca (Bielorrusia) y oeste de Ucrania. Los reyes europeos continuaron su política de anexionarse territorios cada vez que surgía la oportunidad, como hemos visto en las guerras de sucesión de España, Austria y Polonia.

En 1772, Rusia se quedó con Livonia y Bielorrusia, tierras entre el Dwina por el norte y el Dnieper por el sur, Austria se quedó con los siete voivodatos de Galitzia oriental y la Pequeña Polonia, excepto Cracovia, y Prusia se quedó con la Prusia Occidental, terrenos entre Brandeburgo y Prusia ducal, excepto Danzig y Thorm. Los repartos de Polonia continuarían en 1793 y 1795. El capricho de los reyes, interpretado como derechos de la monarquía, se convertía en norma de Derecho.

Las guerras en el siglo XVIII eran guerras entre reyes, y tenían objetivos concretos y limitados, cumpliendo la misión de debilitar al rey rival hasta hacerle firmar una paz que el vencedor considerara justa, meditada y equilibrada. Los soldados eran profesionales. La población civil no participaba directamente en la guerra. La fidelidad del soldado se fundamentaba en la paga, y podía cambiar de bando si otro pagaba mejor. Cualquier soldado de cualquier nacionalidad podía enrolarse en cualquier ejército. Los Estados tendían al equilibrio de poder entre los reyes. Este equilibrio se conseguía organizando bloques que compensasen el poder del enemigo. Los bloques eran muy cambiantes. En general, había tres grandes potencias europeas, Francia, Austria e Inglaterra, y las demás potencias se sumaban a una o a otra, y cambiaban de bloque con facilidad.

La Guerra de Sucesión de Polonia o Reparto de Polonia, eran un capítulo más de los tres grandes conflictos del XVIII entre monarquías, Guerra de sucesión de España en 1700-1715, Guerra de Sucesión de Austria 1740-1748, y Guerra de Sucesión de Polonia.

 

 

Economía española en 1772.

 

España estaba en 1772 en pleno esfuerzo industrializador, entendiendo que la industria era cosa de empresas, capitales y leyes. Lástima que el proceso sea mucho más complejo y tenga aspectos y connotaciones sociales y políticas, pues de otro modo España hubiera sin duda tenido éxito en la empresa. Por ejemplo, hacen falta materias primas, tecnología adecuada al nivel de máximo desarrollo del momento, mano de obra experta, mercados, moneda respaldada y asegurada en su valor y continuidad, seguridad en los transportes y mercados, presentaciones comerciales, honestidad de los fabricantes, comerciantes y consumidores, regulación del mercado a fin de evitar superproducción, sistemas de información sobre fabricación y comercializaciones…

En 1772 se abrió la Escuela Taller de Platería de Madrid.

En 1772 se autorizó la llegada de capitales extranjeros para abrir industrias.

En 1772 se suprimieron las tasas de aduana interiores para el lino, cáñamo y lana. También se rebajaron los derechos de exportación de productos manufacturados y se suprimieron los derechos de importación de materias primas.

En 21 de agosto de 1772 se creó la Real Compañía de Algodón de América a manos de unos algodoneros de Barcelona. El objetivo era hilar el algodón en España de forma que se aseguraran los tejidos de algodón en Cataluña. Los hilados de algodón se compraban a Malta y otros países mediterráneos y se trataba de eliminar estas compras y sustituirlas por importaciones de algodón en rama americano, que se debería hilar en Cataluña. La empresa respondía a una iniciativa de José Canaleta, de 1765, para hilar algodón. En 1766 se consiguió la exención de impuestos para importar algodón en rama y en 1774 ya no se importaba algodón hilado, prohibiéndose entonces la importación de hilados de algodón, así como las importaciones de lienzos y pañuelos pintados, de lino, algodón o mezclas. Nunca se consiguió el monopolio de importación de algodón en rama americano. La compañía procuró que en América se plantara siempre suficiente algodón para atender a sus necesidades.

En 1772 se encomendó a Francesco Sabatini la reconstrucción, mejora y ampliación del Palacio de El Pardo sobre la fábrica de otro castillo que en el mismo sitio había construido Carlos I en 1543-1558.

En 1773 se proyectó la Compañía de Filipinas de Cádiz (que no es la Compañía de Filipinas de 1785, más conocida) y se le concedió el monopolio de comercio con Filipinas, Indias Orientales y África al proyecto de los comerciantes gaditanos. La idea era exportar plata, que tenía mucha demanda en oriente y se podía conseguir en América, e importar seda, que tenía mucha demanda en Europa. Fue un fracaso antes de empezar, y ni siquiera llegó a constituirse.

En 1774, Campomanes decidió impulsar la formación de Sociedades Económicas de Amigos del País con el fin de fomentar la industria popular y la educación de los artesanos de esa industria. En las Sociedades Económicas militaban altos funcionarios y clero, burgueses, y algunos nobles. El principal objetivo era “remover los obstáculos” que limitaban el crecimiento económico español, tanto técnicos como sociales, acabando con una sociedad estamental y gremial. Pero sus esfuerzos se dispersaron en problemas de imposible solución, que significaron el final de una utopía de bonhomía: Una gran preocupación de la época eran los mendigos que eran miles en todas las ciudades. Las Sociedades Económicas de Amigos del País trataron de abordar el problema creando hospicios para ociosos y vagabundos: Zaragoza les puso a trabajar en casas de caridad y de misericordia. Navarra creó un hospicio por iniciativa particular de María Ugarte de Tudela. De la cantidad enorme de mendigos existentes, el irlandés Ward afirmaba que sólo la cuarta parte eran necesitados de verdad, y el resto eran pícaros, ladrones, timadores, tramposos del juego. Si las Sociedades Económicas se convertían en instituciones de caridad, instituciones sociales, no podían aspirar a financiar las reformas agrícolas e industriales que se necesitaban, con la intensidad que se necesitaba. Todo no era posible.

En enero de 1774 se permitió que comerciaran entre sí los puertos americanos de Perú, Nueva Granada, Guatemala y Nueva España.

En 1774 se terminó el Palacio Real de Madrid. Con ello, hubieran haber disminuido los gastos corrientes de la Corte, pero Carlos III mantenía obras en El Pardo, El Escorial, Aranjuez y La Granja, y además estaba haciendo las carreteras de acceso a todos estos Sitios Reales. Y además, el gasto más cuantioso, el de la caza o matanza real de animales, cada vez necesitaba más presupuesto para la crianza de jabalíes, ciervos, conejos, zorros, liebres, el pago de ojeadores, y cuantiosas indemnizaciones a los agricultores de las comarcas vecinas a los Sitios Reales, los cuales no podían matar ni un solo animal y debían ser resarcidos por los daños que causaban los animales que salían de las fincas del rey a comer.

En 1775 se dio libertad de importación de materias primas textiles y maquinaria para la industria textil.

En octubre de 1776 se permitió exportar a Santa Marta (Colombia).

En 1775, el ayuntamiento de Alfaro, aguas arriba de Tudela, inició las obras para una acequia municipal, obras que acabaron en 1787.

En 1775 apareció el Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento, de Pedro Rodríguez de Campomanes, que es una obra básica para entender la teoría económica ilustrada española. Campomanes tenía ideas de los fisiócratas franceses, de que la riqueza provenía de la tierra, el único elemento productivo de bienes nuevos, pues la industria y el comercio se limitaban a cambiar de forma o distribuir los productos de la agricultura y ganadería. Pero era partidario de la libertad industrial, de una industria privada, rural, desligada de trabas gremiales y liberada de los abusos de los gremios. También pedía la liberalización del comercio, del interior y del colonial, eliminando el monopolio de Cádiz, el sistema de flotas y galeones y los altos impuestos que sufría el comercio colonial. Pero su idea esencial y básica era la necesidad de renovar en agricultura, incrementar la superficie cultivada, cambiar el régimen de propiedad existente y el sistema de arrendamientos vigente. Eliminar los privilegios y abusos de la Mesta, importar técnicas agrícolas nuevas y eliminar las tasas a los cereales.

En 20 de diciembre de 1776 se creó la Superintendencia de Correos y Postas, que estaba presidida por el Secretario de Estado, y Campomanes la dotó de un reglamento ese mismo año, reglamento que fue ampliado por la “Ordenanza General de Correos” de 1794 estableciendo el régimen de franqueo de paquetes, cartas, impresos y periódicos. El servicio de Correos venía de 1756 cuando se había creado el Cartero Mayor. Este servicio da un gran impulso al periodismo, pues los comerciantes tienen interés por las noticias, sobre todo económicas.

Complementariamente a la Superintendencia, en 1776 se creó la Real Junta de Correos y Postas de España, que era un tribunal independiente para cuidar la seguridad de los caminos.

En 1776, un consorcio de comerciantes y hacendados catalanes, encabezados por el cónsul de Rusia en Barcelona, Tilebein, creó la Sociedad de Fondos Perdidos, que era un banco vitalicio. La iniciativa fracasó en tiempos de Carlos IV, porque la inflación dejaba sin valor los depósitos invertidos y las rentas anuales obtenidas.

 

 

Reforma monetaria de 1772.

 

En 1772 había en España una gran inflación, que se achacó a la acuñación excesiva de reales de vellón. La verdad era que había gran variedad de monedas, castellanas, aragonesas y navarras, además de las monedas de cuenta (monedas imaginarias, sin existencia metálica real, como el maravedí).

El sistema monetario español del XVIII existente hasta 1772 era ciertamente complejo:

En oro, había doblones de a ocho escudos (320 reales de vellón), medios doblones, doblones de a dos escudos, y escudos, coronillos o veintenos, estos tres últimos de un valor de 40 reales. Había escudos antiguos, de tiempos de los Austrias. La unidad monetaria para las grandes transacciones era el escudo.

En plata, había pesos fuertes (también llamados pesos duros, o reales de a ocho) de 20 reales, medios pesos, pesetas mexicanas (llamados real de a dos en España), y reales mexicanos (llamados reales de plata en España), valiendo el real de plata 2,5 reales de vellón. Había medios reales. Hasta aquí las cosas eran fáciles, pero luego había también reales de a ocho que sólo valían 16 reales y reales de a cuatro que sólo valían 8 reales de vellón, pesetas provinciales llamados reales de plata que valían 4 reales de vellón, otros reales de plata provinciales que valían 2 reales de vellón, el medio real provincial que valía un real de vellón. La confusión era la norma y había que ser un experto para manejar las monedas.

En 1770 se acuñó una moneda de dos reales de plata que llevaba en el anverso un escudo real (cara), y en el reverso la cruz del infante Don Pelayo (cruz) entre dos castillos y dos leones. De ello proviene seguramente la costumbre de llamar al anverso cara y al reverso de la moneda, cruz.

En cobre, había monedas de dos cuartos, que valían 8 maravedís, el cuarto que valía 4 maravedís (también llamado dos octavos), el ochavo de dos maravedís y las piezas de a dos blancas, que valían un maravedí.

Además, también en cobre, había ardites catalanes, cornadas de Navarra, dinerillos aragoneses (con valor de medio dinero), dineros castellanos, perendengues de 4 maravedís, quartillos de un cuarto de real de vellón… y sobre todo había dineros diversos, dineros castellanos de distintas épocas con valor distinto cada época, dineros barceloneses y dineros navarros con valor distinto a los dineros castellanos.

Las monedas de cuenta: El maravedí y el real de vellón eran monedas de cuenta para las equivalencias y valoraciones de las monedas. El real de vellón era moneda de cuenta grande, existía desde tiempos de Carlos II y equivalía a 34 maravedís, que eran la moneda de cuenta pequeña.

El verdadero problema monetario era la salida constante de plata amonedada hacia Europa, pues la pagaban más, y la escasez de circulación monetaria en el mercado interior español, lo que dificultaba las transacciones. Ante este problema, la acuñación excesiva de vellón, puede ser considerado una consecuencia lógica.

Los Borbones intentaron unificar las monedas, crear unidades flexibles e impedir la exportación de moneda, pero era complicado. Por ejemplo, Felipe V intentó imponer las monedas castellanas en todo el reino, uniformando acuñaciones, lo cual era ya un gran avance en el problema monetario, pero hasta esto era difícil.

 

Así se llegó a la reforma de 1772, cuando Carlos III mandó recoger todas las monedas antiguas y acuñar otras nuevas iguales para todo el país. Las nuevas monedas llevaban el busto real en el anverso y un cordoncillo en el canto para evitar sustracciones de metal. Las monedas antiguas de oro y plata eran de mucho más valor que las más modernas, por tener más peso y ley.

El 5 de mayo de 1772 se ordenó recoger las monedas de cobre y acuñar seis millones de reales en vellón.

El 29 de mayo de 1772 se ordenó recoger las monedas de plata y oro antiguas. Las de oro antiguas eran de 22 quilates, y se emitieron otras nuevas de 21 quilates y 2,5 granos de oro. Las de plata antiguas eran de un valor de 11 dineros, y se emitieron nuevas con valor de 10 dineros, 20 granos de plata[5]. Se mantenía el peso de las monedas, pero no la pureza en plata. De hecho, era una devaluación. Lo recogido se refundió en doblones de oro (320 reales de vellón), escudos de oro (40 reales de vellón), duros de plata (10 reales de vellón), pesetas de plata (4 reales de vellón) y reales de plata (2 reales de vellón en valor nominal).

Carlos III pretendía, con esta devaluación, que los extranjeros no demandasen tanta moneda de plata acuñada en España. Los extranjeros lo hacían porque la moneda española era mejor que cualquier otra europea y era negocio exigir el pago en monedas españolas, y venderlas luego a su valor real en Europa, con ganancia considerable. Pero con un cambio 1-15 entre el oro y la plata, los extranjeros descubrieron un nuevo negocio, cambiar monedas españolas de plata por monedas españolas de oro, y llevárselas baratas. Carlos III decidió imponer la paridad 1-16, la misma que había regido en tiempos de Felipe V.

De todos modos, la operación de cambiar todas las monedas españolas resultaba muy difícil, porque era difícil encontrarlas (podían estar en Europa, América o cualquier pueblo de España) y porque el Estado no tenía fondos para comprar todo el circulante. Se tuvo que permitir que circularan las viejas monedas.

 

 

REFORMA MILITAR ESPAÑOLA DE 1772-1773.

 

Reforma de la Armada española en 1772.

A partir de 1772 y durante el resto del siglo XVIII, se extendió la creencia en la necesidad de contar con ejércitos y Armada fuertes. El defensor de esta idea era Aranda.

En lo que respecta a la Armada, Patiño había introducido desde 1717 Intendentes Generales para que los militares se atuviesen a lo estrictamente militar, lo que provocó algún descontento en los militares, que no gustaban de tener civiles entre ellos. En 1772, los marinos consiguieron un Director General de la Armada, un militar que actuaba al lado del Intendente General de la Armada que era civil. El Director General de la Armada recibió el mando de todas las escuadras de Marina, y empezó una lucha por el mando sobre los Departamentos Marítimos, gestionados por el Secretario de Marina y el Intendente.

En los Departamentos de Marina había un batallón de infantería de Marina por cada Departamento (Cádiz, El Ferrol y Cartagena), un batallón de artillería y algunas compañías de Guardias Marinas.

En 28 de mayo de 1772, la Ordenanza de Arsenales relegó a los Intendentes y Comisarios a las funciones puramente administrativas, y a “cuenta y razón” (justificación del gasto público). Por su parte, los ingenieros de Marina se ocuparían únicamente de las cuestiones técnicas y tecnológicas de los arsenales, y el resto de las cuestiones quedaron en manos de militares profesionales. Los militares se ocuparon en adelante de lograr la máxima eficacia en fabricación de armamento y barcos, y la fabricación de estas armas creció notablemente (puesto que no se atendía a problemas de déficits, ahorros, o restricciones políticas). Si en 1774, España tenía 119 barcos de guerra, se tendrán 149 en 1782 y 167 en 1787, antes de empezar la crisis económica, que acabaría con todo, también con la construcción naval militar.

Los militares de Marina potenciaron la Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas. Esta escuela de oficiales de Marina había sido creada en 1717 en Cádiz, para evitar que los barcos fueran gobernados por marineros inexpertos, e incluso por forajidos, reclutados en la matrícula de la mar. La navegación la gestionaban los pilotos, pero el control del personal del barco y de las maniobras, era preciso que fuera llevado por gente más profesional, comprometida, y con espíritu de moralidad. Esa era la misión del Caballero Guardia Marina. En 1770, los marinos consiguieron pasar la escuela de Guardias Marinas a San Fernando, e inculcar un nuevo carácter a los aspirantes a oficiales de Marina, que incluyera una formación física, intelectual y moral, de conducta disciplinada. El problema era muy evidente, pues se estaban construyendo muchos barcos de guerra, y no era conveniente admitir a cualquier persona que llegara a la Marina. Los aspirantes a Guardias Marinas debían ser hijos de la nobleza, de militares o de marinos conocidos, e incluso se admitía a hijos de comerciantes, pero la familia tenía que ser honrada (la honradez se suponía que sólo cabía entre familias con posibles). También se llegó a admitir a personas procedentes del Ejército de tierra. Como las necesidades apremiaban, se redujo el tiempo de formación de oficiales en la Academia. En 1776 se crearían dos Academias más, las de Cartagena y El Ferrol, de modo que cada Departamento tenía su Compañía de Guardias Marinas.

Lo que no se pudo mejorar fue la calidad de las tripulaciones. El problema alegado era que España tenía poca marina mercante, y ello significaba pocos marineros expertos. Los 167 barcos de guerra existentes en 1788 necesitaban 33.000 hombres para tripulación y 9.000 más para servicios complementarios. No hubo más remedio que enrolar pescadores, cualquiera que tuviese una barca. Los marineros de altura eran poco más de 6.000, una cifra muy pequeña para las necesidades. Ése fue uno de los pies de barro del poderío español en el mar. El segundo fue la quiebra financiera a partir de 1780.

 

Reforma en el Consejo de Guerra en 1773

La reforma de la Armada en 1772, se complementó con la reforma del Consejo de Guerra en 1773:

En 4 de noviembre de 1773 se duplicó el número de vocales o consejeros, para llegar a la cifra de 20, que implicaban a todo el ejército. Eran meimbros: el Secretario de Guerra, el Capitán más antiguo de las Guardias de Corps, el coronel más antiguo de las Reales Guardias, el coronel más antiguo de infantería, el coronel más antiguo de caballería, el coronel más antiguo de dragones, el comandante general de artillería, el comandante general de ingenieros, el inspector general de Marina, el inspector general de Milicias, 2 generales del ejército, 2 almirantes de la Armada, un intendente de ejército y marina, 4 asesores togados y 2 fiscales. El rey seguía siendo su Presidente, pero se introdujo en el Consejo, para su funcionamiento ordinario, al Secretario del Despacho de Guerra con carácter de Decano del Consejo de Guerra, es decir, que la Secretaría fagocitaba al Consejo. Uno de los dos antiguos Consejos más influyentes (Castilla y Guerra), caía en manos del sistema de Secretarías de Despacho.

Además se reformó el funcionamiento del Consejo:

El Consejo de Guerra se debía reunir a diario;

Se le dotaba de dos Salas, que eran Gobierno y Justicia. La Sala de Gobierno se ocupaba de materias consultivas, expedientes civiles y criminales, fortificaciones, fábricas de armas, y alojamiento de tropas y víveres para las mismas. La Sala de Justicia se ocupaba de las causas civiles y criminales que afectaran a personas dotadas de fuero militar;

El Consejo Pleno funcionaba para asuntos de especial importancia y para distribuir a las Salas de Gobierno y Justicia los asuntos de competencia dudosa.

 

 

Caída de Aranda en 1773.

 

En 1773 surgió un cierto enfrentamiento de los Secretarios de Despacho contra Aranda, que era Presidente del Consejo de Castilla, y que quería que este organismo supervisase a todos ellos, como había ocurrido hasta el siglo XVIII. El resultado fue que Aranda fue destituido. El sustituto de Aranda en la Presidencia del Consejo de Castilla fue Manuel Ventura Figueroa, hombre de confianza del padre Rávago, muy católico, que dominaría el cargo hasta su muerte en 1783.

La causa de la destitución de Aranda fueron unos escritos de éste contra los que él llamaba pacifistas, como Grimaldi y Carlos III, con expresiones fuertes sobre ellos. El rey no se lo perdonaría nunca. Aranda quería la guerra para defender el honor de España, mientras el rey y su ministro Grimaldi, trataban de negociar y evitar, si era posible, la guerra. El tema se había producido a raíz de la ocupación de las Malvinas por los ingleses, a los que Aranda quería combatir a toda costa hasta hacerles abandonar. Abandonaron por sí mismos cuando no se les hizo caso, pues las Malvinas no tienen utilidad ninguna. En 1774, Aranda continuaría su campaña belicista, esta vez contra Marruecos.

En 1773, Aranda fue enviado como embajador a París en donde permaneció 14 años, resultando así separado del poder el resto de su vida.

Tras el envío de Aranda a París, hubo un periodo crítico en el poder, un cierto vacío de poder que aprovechó Campomanes: Aranda estaba en París; Floridablanca estaba en Roma; Campomanes era sólo un fiscal del Consejo de Castilla, un puesto secundario y, sin embargo, se convirtió en el líder del Gobierno. Grimaldi, como Secretario de Estado debería haber cogido las riendas, pero Grimaldi no tenía el coraje necesario para hacerlo. Grimaldi hacía el papel director, pero Campomanes marcó la política a llevar. Esta política viene reflejada en los Discursos de Campomanes de 1774, escritos en los que defendía como programa político el apoyo a la industria popular y el apoyo a las Sociedades Económicas de Amigos del País.

 

 

El problema de Marruecos en 1774.

 

En 1774, como consecuencia del no cumplimiento del tratado de 1767, hubo un ataque marroquí sobre Melilla y ataques secundarios a Ceuta y Peñón de Vélez de la Gomera (11 febrero 1775).

Desde 1757, gobernaba en Marruecos Sidi Mohamed ben Abdallah, hijo de Muley Abdallah. Éste tenía su residencia en Salé-Rabat y se consideraba señor de Salé, Tánger, y Tetuán, y también distribuía dinero a las cábilas del Rif para que atacaran a los españoles en Ceuta y Melilla. Surgió entonces un problema de integrismo religioso, muy frecuente en el Islam, y los integristas musulmanes exigían expulsión de todos los extranjeros de Marruecos y ningún trato comercial con los extranjeros. El sultán Mohamed era partidario de la colaboración comercial con España, que le redundaba grandes beneficios, y del corso sobre los barcos extranjeros, que le completaba beneficios y daba gusto a los integristas.

Los españoles habían iniciado el comercio con Marruecos en 1767, casi sólo para importar alimentos. Y de repente surgió el ataque inesperado a Melilla. Para compensar a los españoles, el sultán mantuvo a los barcos españoles el permiso de entrada en todos los puertos marroquíes.

En 1774, Aranda, ya embajador en París, defendió la postura de dar una lección definitiva a Marruecos, en el sentido de invadir el norte del país y eliminar físicamente a los revoltosos que periódicamente lanzaban sus campañas contra las ciudades españolas del norte de Marruecos. Grimaldi, por el contrario, decía que lo que había que destruir era Argel, un puerto teóricamente turco que abastecía a los rebeldes marroquíes de armas, y que además practicaban la piratería sobre barcos españoles. Aranda confiaba en que la Iglesia católica, tratándose de enemigos musulmanes, colaboraría a la empresa con su dinero y su palabra.

Se decidió solucionar el problema de Marruecos mediante negociaciones y el de Argel mediante la guerra.

 

 

El “desastre” de Argel de 1775.

 

Carlos III dio la razón a Grimaldi y en 1775 envió al irlandés O`Reilly con 20.000 hombres sobre Argel. O`Reilly planificó muy mal la expedición, pues no tuvo en cuenta las acciones auxiliares de abastecimiento de alimentos y cartuchos, ni el espionaje… y se produjo una derrota, tras la cual, el general O`Reilly fue conocido como “el General Desastre”. También Grimaldi perdió popularidad.

La causa oficial del ataque a Argel era la piratería y corso que desde allí se practicaba contra los barcos españoles. Los puertos berberiscos estaban protegidos por el Imperio Otomano, y vivían del corso en el sentido de que cobraban protección de casi todos los puertos europeos por no atacar sus barcos comerciales. También actuaban como piratas, atacando pueblos costeros y barcos para saquearlos, o como corsarios atacando barcos de determinada nacionalidad bajo la protección de Turquía. El más dañino de los puertos berberiscos para España era Argel, y cuando se liquidó el conflicto de España con Marruecos en Melilla, España decidió aprovechar y quitarse a los piratas argelinos. Envió un ejército al mando del irlandés Alejandro O`Reilly, en unos barcos mandados por Pedro González Castejón. Se desembarcó en Argel en 8 de julio de 1775. La infantería española fue derrotada y se habló de 6.000 bajas, aunque hoy opinamos que fueran la mitad de esa cifra (quizás 1.000 muertos y 2.000 heridos).

Tal vez, Grimaldi había intentado un golpe que le prestigiara en momentos difíciles para él. Probablemente estimaba que era un momento de debilidad musulmana, una vez que se estaba negociando con Marruecos.

El desastre de Argel se debió a muchos motivos: a que se tardó mucho en reclutar a los 20.000 hombres, lo cual dio tiempo a los argelinos a organizar sus defensas; a que se uniformó mal; a que se desembarcó a todo el ejército al mismo tiempo y avanzaron todos en bloque, sin ejército de reserva, y fueron diezmados por el enemigo sin posibilidad de reacción; a que la retirada fue un desastre organizativo.

O`Reilly no estuvo a la altura tras la derrota, y culpabilizó a los soldados de cobardía, lo cual provocó motines contra él al llegar a España, pero Carlos III le protegió enviándole a Andalucía como Capitán General, donde estuvo hasta 1785.

Si Argel había sido atacada por motivos de prestigio político, el resultado fue exactamente el contrario al perseguido. Tras el 8 de julio de 1775, Grimaldi quedó muy desprestigiado por el fracaso en el desembarco de O`Reilly en Argel y arrastró a España en cuanto a desprestigio internacional. Y a ello se sumó el que las negociaciones de paz con Marruecos fueron mal llevadas por el padre Voltas, que ofreció abandonar Melilla si se ensanchaba el territorio de Ceuta. La poca perspicacia de Voltas chocaba con la inteligencia del judío Samuel Sumbel embajador de Mohammed Abdallah.

Mohamed Abdallah murió en 1790 dejando tras de sí una guerra civil entre sus ocho hijos varones, de la que triunfó Muley Eliacit. El resultado de su política de ofensiva a España había sumido a Marruecos en un desastre económico y político peor que el español.

 

 

El Tribunal de la Rota en 1774.

 

En 1774 se instituyó en España el Tribunal de la Rota que sustituía al “Tribunal del Nuncio” que funcionaba desde 1529. Administraba justicia en materia religiosa con potestad delegada del Nuncio, pero con autonomía respetada por el Papa. Tenía la gran ventaja de no tener que ir a Roma en las apelaciones. Estaba compuesto por seis auditores nombrados por el Rey y aceptados por el Papa. En 1932 fue suspendido por la República, que ponía énfasis en su laicidad, pero en 1947 se restableció con 7 auditores de libre designación papal, a partir de una lista elaborada por los obispos, sobre los cuales pesaba el derecho de presentación que ejercía Franco.

 

 

La Independencia de los Estados Unidos.

 

En 1774 se sublevaron los colonos americanos contra Inglaterra y Aranda les envió en secreto armas, municiones, ropa y medicinas, declarándose partidario de la guerra abierta contra Inglaterra. Estados Unidos pidió una alianza abierta y formal, sin secretos, pero Floridablanca era partidario de la ayuda en secreto, sin declaración oficial de guerra. Lógicamente, los sucesos de Estados Unidos fueron acogidos con alegría por Francia y España, pues la derrota en la Guerra de los Siete Años, Paz de París de 1763, estaba muy reciente. Francia y España actuaron en secreto y por separado enviando agentes a Estados Unidos a ofrecer ayuda a los colonos rebeldes.

El conflicto había empezado con motivo de la guerra entre Inglaterra y Francia, en la que Inglaterra tomó Louisbourg en 1758, Quebec en 1759 y Montreal en 1760, y en el Tratado de París de 1763 se quedó con Canadá y las tierras al este del Mississipi. Francia se sentía agredida y estaba dispuesta a apoyar cualquier acción antibritánica en la zona.

Un segundo factor del inicio del conflicto fue que Inglaterra quiso sacar algún provecho de sus colonias y que no fueran un chorro de gastos e impuso unas normas: los colonos no podrían establecerse al oeste de los Apalaches; se pondrían impuestos al azúcar, té, textiles, y en general a todas las importaciones, y complementariamente, se reprimiría el contrabando; deberían alojar a los soldados; pagarían unas tasas todos los periódicos y documentos oficiales (lo que se marcaría con una estampilla o sello). Los colonos americanos se sentían agredidos por la metrópoli.

En 1765, los colonos de nueve colonias rechazaron los nuevos impuestos, se negaron a pagar estampillas, y boicotearon todo lo británico. Inglaterra cedió en algunos artículos, pero mantuvo el impuesto sobre el té. En 1773, tuvo lugar el Motín del Té en Boston, en el que los colonos se rebelaron contra el impuesto del té.

En 1 de junio de 1774 los ingleses cerraron el puerto de Boston donde se había producido el Motín del Té en 1773, y los colonos americanos celebraron su Primer Congreso Continental de Filadelfia, en el que los conservadores pidieron un acuerdo con Gran Bretaña y aprobaron una Declaración de Derechos y Agravios. El Congreso decidió mantener el boicot a los productos y los impuestos británicos, organizar milicias y almacenar armas y municiones. Defendían el derecho de Gran Bretaña a dirigir la política exterior, pero el derecho de los colonos a dirigir sus asuntos internos. El 19 de abril de 1775, el Gobernador militar de Massachussetts, Thomas Gage, envió 700 soldados a desarmar a los colonos y se produjo el primer encuentro armado. En mayo de 1775, el Congreso Provincial de los colonos enroló 13.600 soldados en la milicia, reunió el Segundo Congreso Continental de Filadelfia y organizó el ejército rebelde, poniendo a su frente a George Washington el 15 de junio. El 4 de julio de 1776 se produjo la Declaración de Independencia de las Trece Colonias Británicas. Había empezado la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América del Norte.

La rebelión de las Trece Colonias británicas significaba para España el final del expansionismo inglés hacia el sur buscando el Caribe y El Plata. España aprovecharía la circunstancia para enviar 20 navíos, 96 transportes y 9.000 hombres a Santa Catalina, al sur de Brasil y capturar Sacramento. Se atacaba el comercio británico en Sudamérica.

En 1777, el Segundo Congreso de Filadelfia preparó una constitución con Gobierno federal, Presidente de la República y dos Cámaras.

Ello originó, no sólo un conflicto con Gran Bretaña, la metrópoli, sino un conflicto internacional cuando Francia, en 1778, se asoció a los rebeldes y aportó dinero, armas, soldados, barcos y provisiones. España tenía la obligación de colaborar con Francia debido al Pacto de Familia, y ambos Estados tuvieron unas conversaciones, en las que Aranda manifestó el deseo de que España entrase en guerra, pero Floridablanca se mostró más precavido: en efecto, Floridablanca se daba cuenta de que, mientras Francia estaba luchando por recuperar su parte de la Louisiana, y sobre todo Canadá, España no tenía nada que ganar en esa guerra y sí mucho que perder, pues la guerra de independencia colonial podía contagiarse a Latinoamérica, y los británicos podían atacar los puertos americanos, e incluso los españoles. Estados Unidos envió a Francia a Benjamín Franklin, y a España a Arthur Lee, obteniendo respuestas diferentes, pues en España, Floridablanca no veía conveniente la ayuda abierta.

En 1778 el embajador español en París, Aranda, entregó un millón de libras tornesas, al tiempo que Vergennes, ministro de Luis XV ponía otro millón que se enviaron a los rebeldes americanos. También se ordenó a Luis Unzaga y Amézaga, gobernador de Luisiana, que entrara en relaciones con el norteamericano George Gibson y le entregara armas, municiones, ropas y quina, abastecimientos que llegaban mensualmente en un barco desde La Habana. Se le ordenó también a Miguel Eduardo, gobernador de Nueva Orleans, que entregara armas y municiones que llegaban por barco desde La Coruña. Las ayudas se hacían guardando el secreto posible. El comerciante bilbaíno Diego María de Gardoqui y Arriquibar, a través de la empresa “Joseph Gardoqui e Hijos”, puso en manos de los rebeldes americanos 120.000 reales de a ocho, órdenes de pago por otros 50.000 reales de a ocho, 215 cañones de bronce, 30.000 mosquetes, 30.000 bayonetas, 51.314 balas de mosquete, 300.000 libras de pólvora, 12.868 granadas, 30.000 uniformes y 4.000 tiendas de campaña, lo cual tenía un valor global estimado cercano al millón de reales. A pesar de toda esta ayuda, Floridablanca, en 1780, seguía negándose a reconocer al Gobierno de los Estados Unidos. Todo se llevaba en secreto.

 

 

El partido Aragonés contra Grimaldi en 1775.

 

A partir de la derrota de 1775 en Argel, empezó abiertamente la campaña de oposición a Campomanes y a Grimaldi: el Partido Aragonés atacó al general Alejandro O`Reilly, secretario de Marina, y a Grimaldi, Secretario de Estado. Era una campaña de pasquines en los que aparecían sátiras y burlas diversas. Grimaldi estaba a punto de abandonar, y la caída de Campomanes significaba un golpe a todo el equipo de los golillas ilustrados.

El “Partido Aragonés” estaba integrado por algunos aragoneses y por los Pignatelli que se apellidaban “Aragón”, pero que no eran aragoneses. La denominación se debió probablemente a que los líderes tenían relación con el término “Aragón”.

Formaban parte del Partido Aragonés, Pedro Pablo Abarca de Bolea conde de Aranda como líder indiscutible; Joaquín Anastasio Pignatelli de Aragón y Moncayo[6], conde de Fuentes; Juan de Pignatelli de Aragón, hijo de Joaquín; Ramón Pignatelli de Aragón, también hijo de Joaquín y hermano de Juan; Juan Pablo de Aragón y Azlor[7] duque de Villahermosa; Ambrosio de Funes Villalpando y Abarca de Bolea[8] conde de Ricla; Manuel de Roda y Arrieta[9], marqués de Roda; y gran parte de los miembros de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Aragón, y algunos militares de origen nobiliario que deseaban conservar sus puestos en la Administración frente a criterios reformistas manteístas.

El Partido Aragonés, casi eliminado en 1773 tras la marcha de Aranda a París, estaba en 1775 a punto de desaparecer. Pero los fracasos de Grimaldi, que había emitido decretos discutibles y había fracasado en Argel, revitalizaron al Partido Aragonés, que llegó a celebrar el fracaso de Argel como una posibilidad de éxito propio. Aranda aprovechó la circunstancia para integrar en el grupo de oposición “aragonés” al príncipe Carlos (futuro Carlos IV), pero el príncipe Carlos era un líder poco capaz, poco inteligente y poco trabajador.

En 1775 los del Partido Aragonés intentaron amotinar al pueblo de Madrid “contra los extranjeros”, refiriéndose a Grimaldi y O`Reilly como tales. El intento fue un fracaso en cuanto a expulsar a Grimaldi, pero el Partido Aragonés se revitalizó.

Grimaldi se dio cuenta del peligro que representaba el Partido Aragonés e intentó separar de ellos al príncipe Carlos incorporándole a las deliberaciones del Gobierno a fin de implicarle en esas decisiones de Gobierno, pero Carlos era de entendimiento limitado e iniciativa personal nula y, en las reuniones del Gobierno, se limitó a trasmitir las proclamas que le enviaban los arandistas, hasta el punto de que Carlos III tuvo que llamar la atención a su hijo diciéndole que si aceptaba a los que querían enfrentar a padre con hijo, estaba aceptando tener una fuerte oposición para cuando él fuera rey. Pero el futuro Carlos IV no entendió a su padre.

 

 

El desprestigio de Grimaldi en 1776.

 

El 28 de enero de 1776 murió Julián de Arriaga, titular de las Secretarías de Marina y de Indias. En 31 de enero, la Secretaría de Despacho de Indias fue para José de Gálvez Gallardo[10], un golilla pero del Partido Aragonés. Conversó con los arandistas y les prometió su apoyo si le apoyaban para Secretaría de Estado. No obtuvo el acuerdo de los del Partido Aragonés para el puesto que pretendía y se pasó al otro bando, el de los “golillas” de Floridablanca. La Secretaría de Despacho de Marina pasó a Pedro González Castejón y Salazar. Pedro González Castejón, había comandado la Campaña de Argel, terminada en estrepitosa derrota. El hecho de ser promovido a Marqués de Castejón, e inmediatamente nombrado Secretario de Estado y Despacho de Marina dejaba muy en evidencia el contraste entre la derrota sufrida por España y la recompensa obtenida por uno de sus jefes militares, corresponsable del desastre.

Gálvez intentó una política agresiva frente a los británicos, tal y como pedía Aranda y los “aragoneses”: España trató de reforzar sus posiciones más comprometidas en América del Sur. En 1776, el recién nombrado Secretario de Estado y Despacho de Indias José de Gálvez Gallardo creó el Virreinato de la Plata, la Capitanía General de Venezuela y una Comandancia General al norte de Nueva España. Nombró virrey de Río de la Plata a Pedro Cevallos Cortés y Calderón y se le encomendó que recuperara Sacramento (hoy denominada Colonia). Cevallos reunió en Montevideo 9.000 hombres, seis navíos, nueve fragatas, dos bombardas, dos paquebotes y 96 transportes y se dirigió a Sacramento en donde el gobernador portugués, Francisco José de Rocha, se rindió inmediatamente. Los españoles demolieron la colonia, las fortalezas y el puerto. En 1777 Cevallos recibió la orden de retirarse. Había ocurrido la muerte de José I de Portugal dejando viuda a la hermana de Carlos III y reina a una hija que se llamó María I. Posteriormente, se negoció con Portugal un Tratado de Paz 1777 y de Amistad 1778: Portugal reconocía a España la posesión del Plata y de Uruguay e incluso la isla de Sacramento, a cambio de que España cediese al Brasil los territorios de Río Grande y Santa Catalina. Portugal también cedía a España como contrapeso las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco en el Golfo de Guinea y el derecho a comerciar en el litoral africano.

La actuación de Castejón en la Secretaría de Marina, apoyando las opiniones de Grimaldi, fue mucho más discutida: ambos se negaban a ayudar abiertamente a los rebeldes americanos y a aprovechar la oportunidad de eliminar a Inglaterra de sus territorios ocupados en Hispanoamérica, mientras Aranda quería intervenir a toda costa contra los británicos. Grimaldi quería llevar ese asunto bélico en secreto. En bien de ese secreto, Grimaldi se había negado oficialmente a ayudar a los rebeldes de las Trece Colonias de América del Norte y a recibir a su embajador Arthur Lee, lo que provocó una campaña de Aranda contra él.

Para explicar el problema, las dudas de Grimaldi, hay que tener en cuenta que en 1776 se estaba jugando el futuro de las reformas españolas, de un modelo de Estado centralista y reformista promovido por los Borbones y golillas, o un modelo conciliar, aristocrático y regionalista promocionado por el Partido Aragonés.

El equipo de Gobierno de 1776 no quería aventuras políticas y cesó en el esfuerzo de las reformas internas para centrarse en obtener mayor poder naval y militar y aumentar los ingresos de Hacienda a fin de poder relanzar la política exterior. Grimaldi se mostraba muy cauto. Pero el rey no entendió la nueva política de Grimaldi y empezó a mostrar simpatías por Floridablanca.

En todo caso, Grimaldi prefería conquistar Portugal aprovechando la guerra de Inglaterra en Estados Unidos, mientras que Aranda quería atacar Irlanda y desde allí Inglaterra misma. La postura de Aranda era por tanto radical frente a Inglaterra.

 

En 7 de noviembre de 1776 fue cesado Grimaldi. La circunstancia la quiso aprovechar Aranda, quien se había granjeado la simpatía del príncipe de Asturias, futuro Carlos IV. Y empezó una nueva campaña de sátiras publicadas en pasquines.

El momento de crisis en el Gobierno español coincidía con la presencia en Europa de los delegados de Estados Unidos, guerra en la que Aranda quería participar abiertamente.

Pero no fue llamado a gobernar Aranda, sino José Moñino Redondo conde de Floridablanca, que era embajador en Roma. Parece ser que un oscuro funcionario llamado Bernardo del Campo hizo una campaña a favor de Floridablanca, y el Partido Aragonés, que estaba en evidencia por sus ataques a las reformas, perdió su oportunidad. Tal vez estaban pagando los insultos al rey.

El 9 de noviembre de 1776, tras su destitución, Grimaldi recomendó como su sucesor a José Moñino Redondo conde de Floridablanca. El nuevo Secretario de Estado, Floridablanca, no fue nombrado hasta febrero de 1777. España no estaba pues preparada en ese momento para decidir en el problema más importante de la época, la independencia de los Estados Unidos y sus posibles repercusiones en las colonias españolas.

Grimaldi fue enviado como embajador a Roma, y allí permaneció hasta su muerte en 1784.

Floridablanca accedió a la Secretaría de Estado en 19 de febrero de 1777 y permanecería en ella hasta 28 de febrero de 1792. Con Floridablanca, el equipo de Campomanes y Floridablanca continuaba, y los arandistas se sintieron defraudados.

 

 

El periodo entre Grimaldi y Floridablanca.

 

Grimaldi fue cesado en 7 de noviembre de 1776. Floridablanca fue nombrado en 19 de febrero de 1777. Hubo pues tres meses y medio sin Secretario de Estado.

En ese periodo preciso, estaban en París los delegados de las Trece Colonias americanas. En diciembre de 1776 se habían presentado en París Benjamin Franklin, Arthur Lee y Silas Deane y exigieron una alianza formal y abierta de Francia y España con los Estados Unidos, una guerra abierta. Aranda se mostró fervoroso partidario de esta guerra. España no podía responder, pues el Secretario de Despacho de Estado (Asuntos Exteriores y director del Gobierno), Grimaldi, había sido destituido en 7 de noviembre de 1776, y no se nombró nuevo Secretario de Estado hasta febrero de 1777.

El asunto fue estudiado en España en enero de 1777. El que sería nuevo Secretario de Estado español en febrero de 1777, Floridablanca, opinaba que España tenía poco que ganar en esa guerra en la que Francia e Inglaterra peleaban por territorios en América del Norte, mientras sí que tenía mucho que perder si los movimientos de emancipación se contagiaban al resto de América. Prefería ser cauto.

Arthur Lee se desplazó a Burgos con intención de llegar a Madrid y forzar una decisión del Gobierno español, pero Grimaldi y el comerciante bilbaíno Diego Gardoqui (que tenía transportes entre Bilbao y Nueva Orleans) le disuadieron y le dijeron que se quedara en Vitoria, donde se le hicieron promesas, pero no se adoptaron compromisos abiertos. Franklin decidió ir a Madrid, pero Aranda recibió la orden de impedir ese viaje. Francia presionaba para que España se decidiera de una vez.

En verano de 1777, los franceses enviaron tropas por su cuenta, sin contar ya con España, y las tropas francesas llegaron a Santo Domingo y Martinica al mando de Lafayette.

 

 

Muerte de Pombal en Portugal.

 

Se puede considerar una buena noticia para España la caída de un visceral enemigo portugués. En febrero de 1777 murió José I de Portugal, y con él, cayó el furibundo enemigo de España, el Marqués de Pombal. Heredó Portugal María, sobrina de Carlos III, y España firmó con Portugal el Tratado de San Ildefonso de 1777. Portugal cedía a España Sacramento, y se decidió que hubiera conversaciones entre ambos países a fin de no depender en sus relaciones de Francia y Gran Bretaña como venía sucediendo hasta entonces. En marzo de 1778 se firmó el Tratado de Amistad de La Granja, completando los tratados de paz, y España envió embajador a Lisboa, conde de Fernán Núñez.

 

 

Caída de Tanucci en Nápoles en 1777.

 

El desprestigio internacional de España tuvo todavía otra consecuencia en el año siguiente a la caída de Grimaldi: En 1777, España perdió a Bernardo Tanucci en Nápoles, su aliado en Italia. Desde 1759 y hasta 1777, Bernardo Tanucci gobernaba Nápoles en contacto con Carlos III de España, y ambos se intercambiaban pareceres sobre los dos territorios. Pero Fernando II de Nápoles dejó el Gobierno en manos de su esposa María Carolina de Austria, y ésta destituyó a Tanucci, el hombre de Carlos III, en 1777, poniendo en su lugar al general inglés John Edward Acton, y desde entonces Nápoles fue un aliado de Austria y de Inglaterra.

 

 

[1] Ambrosio de Funes Villapando, 1720-1780, conde de Ricla, había nacido en Zaragoza. En 1763 había sido capitán general de Cuba, donde había luchado contra las pretensiones inglesas de instalarse en la zona. En 1765 fue Virrey de Navarra. En 1768, capitán general de Cataluña. En enero de 1772, Aranda le hizo Secretario de Guerra, cargo en el que permaneció hasta su muerte.

[2] Luis José Velázques de Velasco, 1722-1772, II marqués de Miraflores, estudió en los jesuitas en Granada, y más tarde Teología en Roma. En 1764 hizo una sátira contra Carlos III y en 1766 estuvo en la redacción del documento que los amotinados elevaron a Carlos III, y también fue acusado de la autoría de algunos pasquines. Fue a prisión en 1766-1772, y luego permaneció confinado en sus tierras de Málaga.

[3] Miguel Antonio de la Gándara, 1719-1783, estudió en los jesuitas, y fue ministro plenipotenciario en la negociación del Concordato de 1753. En 1766, tras el motín de marzo, fue encarcelado en Pamplona.

[4] Lorenzo Hermoso de Mendoza era un abate secularizado que fue detenido tras los sucesos de marzo de 1766.

[5] Los pesos monetarios estaban ordenados según la siguiente tabla: un marco eran 8 onzas (250 gramos en peso corriente); una onza eran 16 adarmes; un adarme eran 9 quilates; un quilate eran 4 granos de metal fino. El grano de metal precioso equivaldría a 0,054 gramos.

[6] Joaquín Anastasio Pignatelli de Aragón y Moncayo, 1724-1776, XV conde de Fuentes, había nacido en Italia. Hijo suyo era Joaquín Anastasio Pignatelli de Aragón y Gonzaga.

[7] Juan Pablo de Aragón y Azlor, 1730-1790, XI duque de Villahermosa, 1761-1790, estaba casado con María Manuela Pignatelli de Aragón Gonzaga, hija de Joaquín Pignatelli. Fue diplomático en París 1763 y en Londres 1773.

[8] Ambrosio de Funes Villalpando y Abarca de Bolea 1720-1780, conde de Ricla era un militar que fue capitán general de Cuba en 1763, virrey de Navarra en 1765, capitán general de Cataluña en 1768 y Secretario de Despacho de Guerra en 1772.

[9] Manuel de Roda y Arrieta, 1708-1782, marqués de Roda a título póstumo, había hecho sus primeros estudios en los jesuitas, pasó a la Universidad de Zaragoza a hacer Derecho, y era manteísta, pero acabo en el partido de los golillas. En 1760 fue embajador en Roma y en 1765 Secretario de Despacho en Gracia y Justicia. En 1766 vivió el Motín de Esquilache, y en 1767 fue el principal impulsor de la expulsión de los jesuitas, a los que acabó disolviendo el Papa en 1773. En 1777 perdió el favor de Carlos III.

[10] José Bernardo de Gálvez Gallardo, 1720-1787, marqués de Sonora, 1785-1787, empezó estudiando en Málaga para sacerdote, pero acabó estudiando Leyes en Salamanca y doctorándose en Alcalá. Pasó a Madrid como abogado de la embajada francesa en Madrid, y entró luego al servicio de Jerónimo Grimaldi, siendo Alcalde de Casa y Corte en 1764, y Visitador de Nueva España en 1765, momento en que conoció el estado de las empresas y tributos americanos.. En 1766 fue Secretario de Despacho para Grimaldi, y en 1777 Floridablanca le mantuvo en el cargo hasta 1787. En 1778 fundó el Archivo General de Indias.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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