REFORMAS DE CARLOS III: LA INDUSTRIA.

 

En tiempos de Carlos III, tras varios intentos fallidos de tiempos de Fernando VI de privatizar Reales Fábricas, se retomó la iniciativa estatal, recuperando el Estado las fábricas de paños de Guadalajara, que habían explotado los Cinco Gremios Mayores de Madrid, y la gestión directa de los altos hornos de La Cavada (Santander). En 1785-1786 se volvió a la idea de las privatizaciones, y en 1791 se insistió en ello, combinando las nuevas iniciativas estatales con intentos de privatizar, pero el éxito del nuevo modelo industrial era muy difícil en un país acostumbrado a las subvenciones estatales y a endosar pérdidas al Estado.

 

 

 

LA INDUSTRIA TEXTIL.

 

 

LA LANA.

 

El mapa industrial lanero español.

 

El mapa industrial lanero español por regiones nos sugiere una industria rural, muchos talleres dispersos por los pueblos, que presentaban ciertas concentraciones importantes de actividad textil en algunas zonas o comarcas como:

Cameros-La Rioja-Tarazona-Épila.

Nava del Rey-Peñaranda de Bracamonte, en Valladolid y Salamanca.

Béjar, en Salamanca.

La Sagra, en Toledo.

Baeza, en Jaén.

Bujalance-Priego-Rute, en Córdoba.

Écija, en Sevilla.

Antequera-Yunquera-Grazalema, en Málaga.

Caravaca-Lorca, en Murcia.

Bocairente-Alcoy, en Alicante.

Rubielos-Alcañiz, en Teruel.

Puigcerdá-Berga-Tarradell-Moyá-Tarrasa-Olesa, en Barcelona.

Olot, en Gerona.

Los grandes telares laneros se situaban en algunas ciudades y producían telas de mayor calidad que las rurales. El problema de estos telares grandes era la difícil comercialización de grandes cantidades del producto. Por eso había dudas sobre si se debía mantener el pequeño telar. Es decir, la demanda era pequeña a los precios imperantes.

 

 

Características de la industria española del XVIII.

 

Era una industria pequeña, demasiado pequeña, en la que diez telares se consideraban un núcleo textil relevante, y cincuenta telares, uno muy importante.

Cada telar daba trabajo a entre dos y seis personas.

El hilado se hacía a mano. En el siglo XVIII, las ruecas fueron sustituidas por husos. Las máquinas de hilar sólo estaban presentes, de forma importante en Cataluña. La industria de la lana daba trabajo a mucha gente, pero era un trabajo precario. En los telares mecánicos de los países más avanzados se necesitaban unas 60 personas en los géneros de calidad, y 20 personas en los más baratos, pero producían proporcionalmente mucho más y ahorraban mano de obra. Los telares mecánicos no requerían la fuerza del cardado manual, sólo aptos para hombres y mujeres muy fuertes, y ello permitía contratar a muchas mujeres, cuyo sueldo era más barato que el de los hombres.

En la época, se contrataba a destajo, por obra realizada, lo que significaba que el poco esfuerzo era retribuido en menos que el trabajo realizado con más rendimiento.

En 1780 apareció la costumbre de fabricar piezas de 43 varas de largo, cuando hasta entonces se habían fabricado de 38 varas, lo cual significa una rebaja de precio de la mano de obra, pues se pagaba a tanto por pieza.

El abatanado final de las piezas, y el tinte de terminación lo hacían unos pocos obreros para toda una zona textil.

 

 

Compañías comercializadoras de productos textiles.

 

Las compañías comercializadoras españoles tendían a ser fabricantes de seda, pero comercializaban los textiles en general.

La Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura, comercializaba principalmente seda.

La Compañía de Zaragoza en 1746, pretendía crear fábricas de tejidos de seda en Aragón, pero no supo vender la seda y fracasó en 1774.

La Compañía Real San Fernando de Sevilla, fue abierta en 1747 y tuvo sus ordenanzas en 1749. Su principal labor era la comercialización en América de tejidos españoles.

La Compañía de Granada se unió en 1747 a la de Extremadura y en 1748, ambas se unieron a la de Toledo, creada expresamente para esa unión de Granada y Extremadura. Se llamó “La Unión”, y pretendía vender en Portugal. Decayó a partir de 1752, cuando el Gobierno hizo extensivos sus privilegios a las demás compañías comercializadoras, y entonces le sobrevino el caos, hubo un desfalco en la Compañía de Extremadura, naufragaron dos navíos suyos en 1752 y el terremoto de Lisboa de 1755 dañó sus almacenes en aquella localidad.

Requena tuvo su empresa comercializadora.

Valencia tuvo la “Real Compañía de Comercio y Fábricas de Seda Nuestra Señora de los Desamparados, San Carlos Borromeo y San Geminiano”.

 

 

Centros laneros españoles del XVIII.

 

Real Fábrica de Paños de Guadalajara, con sucursales en Brihuega y San Fernando de Henares. Era estatal. Fue iniciada en 1717 por Berrettinaldi, embajador español en los Países Bajos, trayendo obreros especializados que se establecieron en Guadalajara en 1719. Le surgieron dificultades de gestión de la empresa, y las cosas fueron a peor cuando se hizo cargo de la misma Ripperdá en 1720-1724, un estafador profesional que llegó a gobernar España. Problemas laborales, defectos técnicos en la producción y dificultades de venta solucionadas almacenando el producto y dando informes excelentes para mantener el prestigio del director de la empresa, acabaron con la empresa. En 1728-1731, Martínez de Murcia mejoró la dirección. Antonio de la Moneda y Garay la gestionó bien en 1737-1744 y pareció revitalizarse, pero posteriores directores de la fábrica, más políticos que técnicos, gestionaron otra vez muy mal. En 1745-1757 tuvo un momento de esplendor con Bernardo Cambé y Antonio Ventura de Argumosa, que duplicaron los telares de paños, desde 50 a 100, y contaban con otros 42 telares de sarguetas, lo que significaba más de 1.000 trabajadores en la fábrica. La fábrica amplió instalaciones, ubicando 50 telares en San Fernando en 1746, con la peculiaridad de que, en verano, los trabajadores se trasladaban a Vicálvaro para estar más frescos. En 1750 se volvió a ampliar, ubicando otros 50 telares en Brihuega. Ventura de Argumosa dirigía los tres complejos, Guadalajara, San Fernando y Brihuega. En 1757, la dirección de la fábrica se entregó a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, quienes estuvieron en la labor diez años, y en 1767 la retomó Ventura de Argumosa, que de nuevo hizo que funcionara bien, y en esta labor le siguieron Juan de Torres, Miguel Vallejo y Santiago Romero hasta 1797. En 1768 la fábrica de San Fernando se trasladó a Brihuega y en 1778 la misma fábrica pasó a Guadalajara trabajando paños finos en la “nave de San Carlos”. La fábrica de Brihuega continuó en Brihuega. En 1777, Guadalajara se había especializado en sarguetas (tejido delgado de lana, en el que a veces se entremezclaba seda) y tenía 670 telares, que daban trabajo a cerca de 24.000 trabajadores a domicilio que hilaban a rueca para la fábrica en los pueblos de alrededor. En 1787 se creó la “nave de San Nicolás” para fabricar casimiras, telillas y otros productos textiles. La fábrica de Guadalajara llegó a emplear a 4.000 obreros, mientras la de Brihuega empleaba a 1.000 más, y otros 20.000 trabajadores a domicilio servían materia prima para estas fábricas desde zonas rurales cercanas en las que compartían trabajos agrícolas con los textiles. El gran problema era la venta. Como no se vendía, decidieron hacerlo por debajo del precio de coste de producción, lo cual sólo fue posible mientras duraron las subvenciones del Estado. La solución teórica era producir más y de más calidad, a fin de lograr precios más bajos y conseguir más mercado, pero parecía una solución inalcanzable. El fracaso comercial, llevó al fracaso industrial. En 1822 se liquidó la empresa.

Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) tuvo mucha importancia textil, pues en 1790, Juan Antonio Pérez Ínigo abrió una fábrica de paños, intentando zafarse del monopolio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, los cuales poseían una fábrica en la cercana localidad de Ezcaray, y en 1793 tenía 16 telares, en 1807 30 telares, y todavía existía en 1825. A ello hay que añadir la fábrica que abrió Ángel Vinuesa en 1805 en la misma localidad. La Rioja contaba también con fábrica en Soto de Cameros, 4 telares de paños finos propiedad de Vicente Fernández Martínez. La fábrica de Rabanera de Cameros, de Pedro Romano Ariza, tenía 4 telares en 1807. La fábrica de Ezcaray (La Rioja) fue fundada en 1751 por Manuel González Montenegro, y en 1773 se integró en la empresa Santa Bárbara y San Carlos porque ya tenía deudas que no podía afrontar por sí misma. Fue mal gestionada, aumentó las deudas, se agravaron sus problemas laborales y en 1785 se hicieron cargo de ella los Cinco Gremios Mayores de Madrid, aunque la propiedad era de Hacienda, y así quedó todo el siglo XIX.

La Sociedad Económica de Soria creó, en 1780, una fábrica de medias, a iniciativa de La Numantina, una asociación de comerciantes residentes en Cádiz. Abrió en 1782 y la gestión les resultó difícil y se la cedieron a un gestor. La Sociedad Económica de Soria permaneció como accionista, pero la empresa fracasó y fue cedida a la Junta de Comerciantes de Soria, en cuyo momento pasó a dirigirla Martínez Aparicio, quien dijo necesitar más dinero, momento en que los socios gaditanos se retiraron de la empresa y las acciones las compró el Estado y el propio Martínez Aparicio. En 1792, tenía 20 telares y fabricaba 7.000 pares de medias al año. En 1807, la Junta de Comercio quiso vender sus acciones, pero nadie las compró. Soria tuvo también, desde 1806, la fábrica de Juan Francisco Caze.

En 1763 se abrió la Real Fábrica de Paños superfinos de Segovia, una empresa mixta en capital, público y privado, pero que se inició amparada en la franquicia de alcabalas y cientos, para la compra de lanas, que le dio el Estado, y se convirtió en la Real Compañía de Santa Bárbara. Además, tenía el monopolio de fabricación en la provincia de Segovia. Tenía un proyecto para ser una gran empresa, pero en 1765 sólo tenía 8 telares, y aun así no vendía la producción, mientras alimentaba altos sueldos de seis altos directivos que no tenían apenas nada que dirigir. En 1767 se le concedieron franquicias por cinco años más, y podía vender libremente en Granada, Sevilla y Cádiz en la zona andaluza, y en La Coruña el otro puerto con relaciones con América, y en Alicante, el puerto para el Mediterráneo. En 1775 las acciones se vendían al 30% del valor nominal y en 1779 cerró la empresa. El local se vendió a José Manuel Ramiro y a Laureano Ortiz de Paz, comerciantes de lanas que reflotaron la empresa, 70 telares, dieron trabajo a 2.800 personas, aprovechando sus permisos para exportar a América sin impuestos y sus licencias para no estar sometidos a restricciones gremiales.

En Burgos, había fábrica de paños y bayetas desde 1763. Santiago Aiguebelle abrió en 1791 una fábrica de paños finos de gran calidad y de sombreros. La Compañía de Caracas abrió una fábrica de Paños en Valdenoceda, al norte de Burgos, y fabricaba mantas, bayetas, barraganes, y géneros de lana en general, en 14 telares, cuya producción se vendía en América, pero la fábrica entró en dificultades en 1779. En 29 de noviembre de 1767 se abrió la Real Compañía de San Carlos de Burgos, con Gaspar de la Concha y José Antonio González del Río al frente, para comercializar las lanas de Castilla por Santander, para actuar como banco de crédito y para gestionar una oficina comercial, pero de los 6 millones de reales presupuestados para su arranque, sólo se reunieron 1.200.000 reales y la empresa se disolvió en 1773[1].

Valladolid fabricaba estameñas finas y contaba con 235 telares en 1784. Miguel de Revillante, o de Revellart en su lengua flamenca original, se estableció en Valladolid en 1696 y tenía 5 telares en 1712. Fabricaba calidad, pero tuvo que enfrentarse a los gremios y se trasladó a León. Gil de Angot y Francisco de Pedro eran unos empresarios privados que trataron de mantener la industria textil castellana.

En León, Revellard abrió una fábrica nueva que fracasó pronto, y a mediados de siglo XVIII, José Carvajal y Láncaster abrió fábrica de lencería con artesanos flamencos y holandeses.

Palencia, fabricaba estameñas y mantas y contaba con 75 telares de estameñas y 161 de mantas.

Zamora, tenía 16 telares.

Salamanca, tenía 13 telares en la ciudad. En Béjar (Salamanca), había una tradición pañera del siglo XVII, varios talleres de entre 1680 y 1716, que fabricaban paños bastos los cuales se vendían en el mercado madrileño. Pero los paños finos desplazaron en la demanda a los bastos, y a partir de 1720, Béjar tuvo que transformar sus talleres hacia la nueva modalidad mecanizada. Destacó la Real Fábrica de Paños de Diego López quien, en 1782, se separó del gremio de pañeros y puso fábrica por su cuenta con 50 telares para paños finos. Consiguió permiso para teñir, lo cual era hasta entonces monopolio del duque de Béjar. Al amparo de decreto de libertad de fabricación, Béjar consiguió mercado en Galicia y también en el ejército. La fábrica todavía funcionaba en 1826.

Ávila, tenía 10 telares en 1788 en la Real Fábrica de Paños de Algodón, que se incrementaron a 13 telares en 1796, con 197 trabajadores. Rafael Serrano y otros abrieron algunos talleres en Ávila en 1803.

Los obispos de Valladolid, Burgos, León, Salamanca, Zamora y Cuenca intentaron abrir pequeños telares protegidos y dirigidos por eclesiásticos, los cuales carecían de capital importante y, sobre todo, de gestión adecuada, y fracasaron todos.

Cuenca, fabricaba barraganes. La Fábrica de Tejidos de lana de Cuenca fue fundada por el obispo Palafox en la Casa de la Moneda, y adquirida más tarde por los Cinco Gremios Mayores de Madrid. La fábrica Francisco Currás fue también coparticipada por los Cinco Gremios Mayores de Madrid con intención de fabricar barraganes, pero acabaron fabricando paños y tapices. Otra fábrica en Cuenca apareció en 1691, creada por Humberto Mariscal, un flamenco que abrió 17 telares, además de gestionar los abastos de la ciudad. En 1712 se hizo cargo de los telares Miguel Arcas, quien amplió la fabricación de barraganes. En 1785, los Cinco Gremios Mayores de Madrid se hicieron cargo de la fábrica de lanas de Cuenca, la fábrica de lanas de Ezcaray, la fábrica de seda de Talavera, y ya eran propietarios desde 1782 de la fábrica de holandillas de mercería de Madrid, por lo que eran uno de los grandes del sector textil.

Madrid tuvo la Fábrica de Paños de Valdemoro, creada por Antonio Correa y gestionada por él mismo. Juan de Goyeneche abrió fábricas en Nuevo Baztán, Illana y La Olmeda, creadas a partir de una fábrica de paños existente desde 1718, y Goyeneche llegó a administrar y poseer 26 telares de paño militar y 6 telares de paños y granas. El francés Juan Pedro Laserre y Cía. abrió en 1726 una fábrica de paños, que permaneció pocos años. Gregorio García abrió en 1796 una fábrica de paños en Nuevo Baztán, que tenía 22 telares en 1807 y fabricaba paños y sargas.

La provincia de Toledo, fabricaba más bien artículos de seda, pero Morata de Tajuña tenía una fábrica de paños.

Almagro (Ciudad Real) tuvo una fábrica de sarguetas y tejidos de lana en tiempos de Fernando VI, fábrica que se vendió en 1766 a empresarios particulares que dispersaron los telares y la producción.

Sevilla, fabricaba bayetas en 13 telares, y otros productos en pocos telares más. Antonio Arboré fabricaba bayetas en 1779 en 12 telares. En 1779, un grupo de empresarios abrió una fábrica de tapetes en Sevilla con 686 trabajadores. En 1781 se abrió una fábrica de paños de lana en Sevilla con 700 trabajadores, algunos de los cuales eran prisioneros ingleses.

Otros centros laneros:

Málaga.

Zaragoza.

Valencia.

Barcelona.

Podemos deducir, de la simple lectura de la lista de centros laneros, que estaban distribuidos por toda la península, excepto el Cantábrico.

En un momento dado, la compañía Cinco Gremios Mayores de Madrid, llegó a administrar la fábrica de paños de Guadalajara, la de Cuenca, la de Ezcaray y otras. Es decir, era el empresario grande que podía haber hecho una transformación como la que se precisaba, si hubiera encontrado mercado alternativo.

 

Los sombreros de más alta calidad se fabricaban en lana de vicuña peruana, los más ordinarios en lana de merina castellana, y los muy baratos en paño barato.

Cataluña fabricaba un 37% de la sombrerería, Valencia un 35%, y el resto se lo repartían Sevilla, Aragón, Granada, Galicia y la Fábrica de Sombreros de San Fernando de Henares de Madrid. Esta fábrica la creó la Corona y funcionó tan mal como las demás reales fábricas, así que en 1758 se vendió al gremio de joyería de Madrid, que perdió mucho dinero fabricando mal y caro. En 1760, la fábrica de sombreros se trasladó desde San Fernando de Henares a Madrid, y en 1789 la tomaron los Cinco Gremios Mayores de Madrid, que cuadruplicaron la producción y vendieron abundantemente. La fábrica desapareció al tiempo que lo hacían los Cinco Gremios Mayores, a principios del XIX.

Aiguebelle fabricaba sombreros en Burgos.

 

 

Decadencia de los centros textiles.

 

Los centros textiles grandes se mantuvieron todo el siglo XVIII, pero se inició su decadencia hacia 1760-1780 por varias causas:

por inferioridad tecnológica respecto a la revolución industrial extranjera,

por falta de comunicaciones interiores, lo cual impedía una buena comercialización del producto nacional,

y por la poca dimensión del capital de estos centros, lo cual les impedía la inversión necesaria para la industrialización moderna.

Lo único que se les ocurría a los empresarios era la idea de los perdedores de todos los tiempos, pedir subvenciones al Estado, lo cual significaba, en primer lugar, que no funcionaban correctamente, y en segundo lugar, que pretendían aplazar su desaparición y con grave quebranto del Estado. En conclusión, los centros textiles españoles tenían altos costes de producción, pocas ventas, y altos precios de las materias primas, con la peculiaridad de que España era el país exportador de la materia prima más utilizada en el momento, la lana.

Esta contradicción, de tener precios caros de la lana en bruto y ser un país exportador de lana, fue percibida perfectamente en la época: los fabricantes obtuvieron derecho de tanteo para quedarse con las exportaciones, pero la Mesta prefería exportar y era difícil luchar contra la Mesta y su política de mantener precios altos. Incluso algunos fabricantes de paños eran simultáneamente ganaderos y preferían el dinero contante de las exportaciones al hipotético de las ventas de tejidos.

Por otra parte, el mercado más fácil, puesto que los consumidores vivían en puertos de mar, era el americano. Pero este mercado estaba siendo conquistado por productos extranjeros, sobre todo británicos, en el último tercio del XVIII.

 

Las causas de la decadencia textil lanera eran obvias:

El producto español era de mejor calidad pero los británicos tenían mejor tecnología, lo que les permitía una presentación comercial atractiva, y producían más barato porque los británicos fabricaban en grandes cantidades, porque estaban exentos de impuestos y porque ahorraban en materia prima. Además, los británicos tenían una buena red de comercializadores, incluso dentro de España. A ello, deberíamos añadir que los ingleses practicaban el dumping, con protección del Estado, pero en ello no se diferenciaban de los españoles.

Efectivamente, los británicos practicaban la “falsificación” mediante una terminación vistosa que le daba a sus productos un apresto especial, mediante el tinte, tundido y prensas. Efectivamente, los entendidos conocían que los paños ingleses tenían menos hilos de los que pregonaban (en segunda clase decían poner 1.400 y sólo llevaban realmente 1.200, y en tercera clase decían 1.000 y sólo ponían 400). Los españoles no podían hacer esas “falsificaciones”, porque no se las permitía la reglamentación gremial y la severa supervisión de los maestros del gremio, y de los inspectores estatales.

Debemos también tener en cuenta que la Hacienda española no tenía una política correcta pues gravaba poco a los géneros extranjeros, porque los deseaban las clases altas, y gravaba poco a las exportaciones de lanas a granel, porque eran el principal ingreso de la casa real y de los nobles y grandes burgueses. Por el contrario, gravaba mucho a otros productos, pero leyendo las listas llegamos a la conclusión de que había cierto caos, cierta aleatoriedad, demasiados intereses particulares exentos.

Y por último, debemos tener en cuenta el contrabando. Los productos extranjeros, ingleses y franceses, y también algunos holandeses, entraban en España y América masivamente, y eran los propios españoles los que los introducían. El País Vasco y Cataluña eran ríos de entrada de productos extranjeros, y el contrabando la manera de vivir de pueblos enteros. En América, los criollos y españoles mismos enviaban a sus hombres a los establecimientos británicos como Trinidad, Honduras, Guayana y navíos británicos cercanos a la costa.

En 1779 se dieron privilegios a los comerciantes de tejidos de lana, de papel, de sombreros, de esparto, iniciando un proteccionismo que no dio resultado.

 

 

 

LA SEDA.

 

La seda era una actividad urbana con estructura gremial rígida, variedad de producción y gran número de telares, pero decayó mucho en el XVIII y no pudo soportar la competencia de Lyon (Francia). Se renovó tecnológicamente a fines del XVII y creció la actividad en Toledo, Madrid, Sevilla, Granada y Zaragoza. Pero en la segunda mitad del XVIII, le pasó lo mismo que a la lana, decayó la actividad. En España triunfaron las sedas extranjeras y las catalanas, pero decayeron las del resto del país. La diferencia era que Cataluña se había adaptado a la tecnología extranjera, y el resto de España no.

En Barcelona hubo una renovación técnica en el terciopelo en el último tercio del XVII y, sobre todo, a partir de 1690. El esfuerzo tecnológico continuó tras 1730 y, junto a ello, los gremios renovaron sus ordenanzas y permitieron la mecanización, que cada telar manejara más libras de materia prima, que se mezclase lana con seda en algunos productos, y que se trabajase con mayor libertad. Las nuevas reglamentaciones favorecieron más a la lana que a la seda, pero aquí estamos hablando de la seda. Hacia 1790 entró en crisis la seda, por mala calidad de los tejidos, por abusos de los empresarios y por desconocimientos técnicos evidentes.

 

El mapa industrial de la seda era el siguiente:

Toledo tenía unos 4.000 telares en 1750, pero se hundió a partir de 1760 y a fin de siglo no conservaba sino la tercera parte de lo que fue. Talavera de la Reina (Toledo) llegó a tener 350 telares y 863 trabajadores en 1780.

Valencia tenía unos 3.500 telares en unas 800 fábricas, pero no se mecanizó y la decadencia le llegó a partir de 1780, aunque José Lapayese introdujo el telar vaucanson. La iniciativa de Lapayese no fue la tónica general. Evolucionó a tejidos de poca calidad, y poco a poco fue perdiendo mercado, porque comprar caro y de poca calidad no gusta a los clientes. Valencia tuvo la “Real Compañía de Comercio y Fábricas de Seda Nuestra Señora de los Desamparados, San Carlos Borromeo y San Geminiano”. En 1755, los Cinco Gremios Mayores de Madrid se quedaron con la fábrica e intentaron vender su producción en Madrid, especializándose en tejidos de seda con hilos de plata y de oro. Los Cinco Gremios Mayores e Madrid compraron en 1772 una fábrica de medias de Granada, una fábrica de hilados en Valencia, una fábrica de sedas en Talavera en 1785, una fábrica de hilar y torcer en Murcia en 1786.

Granada tenía 1.700 telares hacia 1750, y empezó su decadencia a partir de esa fecha por no modernizarse, no introducir el hilado piamontés, ni la máquina vaucanson. Como era productora, se mantuvo gracias a pagar poco por la materia prima. Fabricaba pasamanería, medias y artículos menores.

Sevilla tuvo 1.500 telares en 1750 y 2.000 en 1775, y hasta se atrevió a fabricar tejidos de seda anchos hasta 1780, pero en ese momento entró en crisis, abandonó la gran producción de tejido ancho, y se fue retirando hacia la pasamanería. La Compañía Real San Fernando de Sevilla, abierta en 1747 y con ordenanzas en 1749, cuya principal labor era la comercialización en América de tejidos españoles, estimuló el cultivo del gusano de seda.

Manresa tenía 1.200 telares en 1780, importaba seda de Valencia y Granada, y también la compraba en el extranjero, porque no eran productores, y aun así se mantenía.

Zaragoza tenía 845 telares en 1750, pero se quedó en 127 en 1790, evidenciando una profunda crisis. Sus productos y precios eran tan malos que no podía competir con Cataluña y Valencia, y mucho menos con Francia. A pesar de la facilidad de cultivar moreras, no supo salir adelante. La Compañía de Zaragoza en 1746, pretendía crear fábricas de tejidos de seda en Aragón, pero no supo vender la seda y fracasó en 1774.

Requena (Cuenca) tenía 600 telares en 1790.

Madrid tenía 514 telares en 1780 y se dedicaba a la pasamanería. J. Ruliere se asoció al Estado español en una empresa de las llamadas “mixtas” de capital privado y público, y se instaló en Talavera, a donde en 1748 llevó operarios franceses. Se asoció al Gremio de Puerta de Guadalajara, de Madrid, y utilizó los Cinco Gremios Mayores de Madrid para la comercialización de su seda. Pero los gremios de Talavera le hicieron la vida imposible con continuas demandas y acusaciones. En 1760 tenía 398 telares (128 para seda con hilos de oro y plata, y 270 para géneros diversos), pero en 1760 Ruliere fue apresado y en 1762 la fábrica pasó a manos de “Uztáriz y Hermanos” que mantuvieron 308 telares. En 1785, la adquirieron los Cinco Gremios Mayores de Madrid.

Valladolid tenía 126 telares en 1750 y se dedicaba a la pasamanería. En 1760 llegó a Valladolid una máquina-telar, porque la compró Blas López de Arroyo para tejer la seda y fabricar pasamanería.

Murcia y Cartagena tuvieron algunos talleres, tenía moreras y gente que hilaba la seda, pero la vendían en Valencia y no tuvieron iniciativa para fabricar masivamente tejidos.

En Extremadura, la Real Compañía popularmente Real fábrica de Seda, tenía fábrica en Zarza la Mayor desde 1746, con 102 telares, 80 tornos de hilar, una prensa y una tina de tintado. Se surtía de moreras que distribuyó por la provincia de Cáceres.

 

 

EL LINO.

 

El lino era cosechado principalmente en Galicia y León. Galicia fabricaba lencería y mantelería con él, en una industria pequeña y dispersa, que no se modernizó. También había fábricas de lonas para navíos en Ciudad Real, Valdepeñas, Granada, Espinosa de los Monteros (donde estaba instalado Fernández de Isla) y Cervera del Río Alhama.

 

 

EL CÁÑAMO.

 

El cáñamo era cosechado en Valencia, Cataluña y Aragón y lo compraba principalmente la Marina española para velas, cordelería y jarcias, siendo importantes los tinglados de Sada en Galicia, y de Puente de Zuazo en Cádiz. Era una industria odiada por los centros urbanos, pues el cáñamo debe ser introducido en agua varias semanas a fin de iniciar su putrefacción, lo cual da malos olores.

 

 

 

EL ALGODÓN.

 

El algodón era el sector textil más libre, con menos trabas gremiales, porque era la industria más nueva y no le afectaban las leyes ni las ordenanzas gremiales viejas. En este sector textil, que sería el futuro de la industria, casi tenía la exclusiva española Cataluña.

En 1738 Esteban Canals y Buenaventura Canet pusieron una fábrica en Barcelona sin que fuera obstáculo el estar agremiados. Se pusieron a fabricar “indianas”, tejidos de algodón y lino fabricados en España con gran colorido. También se vendían “estampados”, que eran tejidos importados que luego se pintaban en España. El nombre de indianas provenía de que originalmente se importaban de la India, pero al observar la buena venta que el producto tenía en América, surgió en Cataluña la idea de fabricarlas allí.

En 1753, José Canaleta sustituyó las importaciones de algodón de Malta, algodón egipcio, por importaciones de algodón americano, y en 1766 puso hilaturas de algodón para dejar de importar tejido extranjero.

En 1758 se creó la Junta de Comercio de Barcelona.  Cataluña mecanizó las industrias del algodón en la segunda mitad el XVIII, especialmente Barcelona que en 1746 tenía 8 talleres textiles mecanizados y pasaron a ser 22 en 1766, 36 en 1778, 62 en 1785, 110 en 1790 y 125 en 1797.

 

Evolución hacia el proteccionismo. En 1760 se derogó el proteccionismo y se permitió importar paños de fuera de España.

En los años 1768-1771, se volverá al proteccionismo: En 1768 se prohibió la entrada de lienzos y pañuelos fabricados en el extranjero, de lino, algodón, pintados o estampados. En 1770 se prohibió importar muselinas. En 1771 se prohibió importar cualquier tipo de tejidos de algodón.

 

El despegue catalán en el algodón. En el momento de aceptación del proteccionismo, Cataluña empezó a despegar en la industria del algodón: En 1769, la Junta de Comercio de Barcelona eliminó el “derecho de bolla” (impuestos a la venta al por menor en los tejidos de lana, seda y algodón) y reglamentó la fabricación de indianas. En 1778 tenía 25 fábricas con 1.111 telares, y en 1784 pasó a 80 fábricas con 2.500 telares. Las fábricas estaban situadas en Barcelona, Vich, Manresa, Mataró, Reus, Igualada y Olot.

En 1769 se hizo reglamento de producción y del comercio de la granza (también llamada rubia, un tinte vegetal).

En 1770, la fabricación de indianas era próspera, pues desde 1755 se vendían bien en América, y las vendía la Compañía de Comercio de Barcelona.

En 1773, Pedro Colbert y la Compañía de Puigcerdá crearon una fábrica de tejidos de algodón. El obispo de Urgel protestó porque en ella se daba empleo a protestantes, dado que se habían traído unos protestantes franceses. Les hizo expulsar. Aceptando la expulsión, Cataluña demostraba que no estaba completamente culturalmente preparada para asumir la industrialización. Prefería no tener industria, que admitir como vecinos a los protestantes.

En 1785 se creó la Junta General de Comercio y Fábricas para unificar los intereses comerciales e industriales, pues la industria se estaba desligando del comercio, y el acuerdo trataba de que permanecieran juntos.

En 1799 se creó el Cuerpo de Fabricantes de Tejidos e Hilados de Algodón.

El negocio de las indianas surgió primero en industrias pequeñas entre empresarios no agremiados, que trabajaban con obreros asalariados fijos. El asalariado fijo supuso la separación completa de capital y trabajo, que hasta entonces no se conocía. Estas empresas introdujeron máquinas de hilar, bergadanas, que eran una adaptación de las máquinas inglesas. En 1768 había 1.111 telares, y en 1784 ya eran 2.452, llegando en 1804 a los 4.000 telares. La revolución completa se produjo en 1805, cuando aplicaron el vapor. Casi todo el negocio de las máquinas de hilar se instaló en la provincia de Barcelona y alrededores. En 1833, la Fábrica Bonaplata era de las más importantes de España.

El negocio de la fabricación de las indianas fue complementario a la instalación de una red de comerciantes catalanes, que daban salida a la producción. Los primeros puntos en que se instalaron fueron los puertos de salida a América, y más tarde en Madrid y en Zaragoza. Tenían que competir con los textiles castellanos, ingleses, holandeses, franceses (pues estaban presentes aunque fuera de contrabando). El mercado principal fue la Península Ibérica, y América fue un mercado secundario.

 

Las hilaturas. Con ese despegue en la fabricación de tejidos, pronto se notó escasez de hilados. Además, existía una vieja práctica de importar tejidos de algodón en blanco y estamparlos aquí, práctica que, con las prohibiciones, tenía que ser sustituida por tejido nacional. Las primeras fábricas de hilados, Canaleta y Magarolas, anteriores a 1765, se vieron acompañadas de un gran competidor a partir de 1772, la Compañía de Hilados del Algodón, que era un consorcio de los 25 mayores manufactureros de indianas de Barcelona. El objetivo era hilar en España el algodón producido en América, y en 1776 obtuvieron la exención de derechos de importación para el algodón en rama procedente de Indias.

Esta medida proteccionista, de importar algodón barato, se vio complementada en 1782 con la libertad para vender tejidos en América, y con la disposición de Carlos IV en 1802 de prohibir importar hilados extranjeros.

 

En 1776 hubo una primera crisis y quiebras de algunos fabricantes, lo que dio como resultado que se hundieran las empresas no asociadas a la Compañía de Hilados, de modo que quedaron unas 60 dentro de la Compañía y sólo unas 12 fuera de ella.

A partir de 1780 se suprimieron reglamentaciones técnicas industriales que no tenían sentido cuando se había dado la libertad de comercio.

Por todo ello, Cataluña encontró vía libre para su industria del algodón y, en 1784, importó las yennies de Hargreaves (inventadas en 1764), las cuales fueron perfeccionadas en Berga y llamadas en Cataluña “bergadanas”. En 1790 importó las water-frame de Arkwright (inventadas en 1769), y en 1802 llegaron las primeras mule-jenny.

En 1805 se intentó la introducción del vapor como fuerza motriz. La selfacting o telar mecánico movido a vapor era de 1785, y en Cataluña fueron llamadas selfatinas.

 

Otros centros algodoneros españoles. En 1788 se abrió la Fábrica de Hilados y Tejidos de Algodón de Ávila, dirigida por los ingleses John Berry y Thomas Milne, quienes habían aconsejado situar la fábrica en Galicia o en Cataluña, mejor situada respecto a los mercados de importación y exportación, pero se les obligó a abrir en Ávila. En 1792 se contrató al catalán Ramón Igual, maestro colorista, grabador, estampador, que pretendía renovar la empresa, pero su gestión no fue aceptada por los otros directivos y la empresa entró en pérdidas. En 1797 se envió como inspector al intendente de La Carolina, Tomás González Carvajal, y el resultado fue que el director y el interventor de la fábrica fueron arrestados y acusados de malversación. Un cambio de directivos llevó la fábrica a peor y los conflictos laborales acabaron por hacerla inviable. En 1807 se vendió a un particular. También Agustín Betancourt puso fábrica de algodones en 1799 en Ávila.

Los Leeds fabricaban géneros de algodón en Pontevedra.

 

 

 

INDUSTRIA SIDERÚRGICA ESPAÑOLA.

 

Para entender el proceso de industrialización en el campo siderúrgico, quizás sea preciso tener una idea somera de lo que es un alto horno. Para empezar, hay que decir que no existe un inventor del alto horno. El alto horno es un proceso que dura al menos 250 años y que culminó en la segunda mitad del XIX, en el que participaron muchas personas en ensayos para conseguir un horno con más temperatura y un arrabio con menos impurezas. El alto horno es una cápsula de forma de dos troncos de cono unidos por su base mayor, de alturas crecientes, desde los 12 metros en el XVII a los más de sesenta metros que alcanzan algunos actuales. Los primeros usaban como combustible la madera. Hoy se puede usar el gas natural, el gasoil e incluso la electricidad.

El proceso del siglo XVII fue hacer hornos cada vez más altos a fin de conseguir aumentos de temperatura, sin cambiar el combustible, la madera, pues no conocían otro mejor. Un gran avance fue consumir carbón de madera (cisco), porque dejaba menos residuos en el horno por estar desprovisto de resinas, pero requería de mucho más consumo de árboles. El alto horno de madera, siendo un avance importante sobre la fandería, tenía el inconveniente de que los muchos residuos obligaban a enfriar periódicamente el horno y a vaciarlo de impurezas, para volver a empezar, en lo cual se gasta mucha energía y además nunca se consigue la temperatura óptima de fundición, por encima de los 1.200 grados. La madera deja muchos residuos y las resinas llegan a taponar los altos hornos.

En Inglaterra a principios del XVIII, alguien sustituyó el carbón vegetal por el carbón mineral con éxito. El éxito se debió a una casualidad, pues otros que lo intentaron fracasaron. El problema seguía siendo el mismo ya dicho en el párrafo anterior, las impurezas del carbón. Cuando se utilizaron carbones con muchas impurezas, el resultado era catastrófico en el alto horno, pues había que abandonarlo al no poder destruir el mazacote pétreo que dejan algunos carbones.

A partir de 1800, Inglaterra aplicó el cok, o coque en español, a los altos hornos. Era un invento antiguo, que se utilizaba para tostar la malta sin tener humos extraños. Se consigue por elevación de la temperatura del carbón en ausencia de oxígeno, de modo que las substancias volátiles se evaporan, haciendo estallar la piedra carbonífera en partículas de polvo, que son el coque. Más adelante se inventaron los fundentes, o substancias que ayudaban a la combustión del coque eliminando impurezas químicamente. Y el alto horno no paraba de crecer en altura. Por fin, a mediados del siglo XIX se hizo la inyección de aire recalentado a fin de que el aire necesario para la combustión no hiciese funciones refrigeradoras y ya se obtuvieron temperaturas constantes superiores a los 1.200 grados, que es la temperatura a la que se obtiene al arrabio.

 

En la siderurgia española, en el siglo XVIII hubo dos altos hornos en Eugui (20 kilómetros al norte de Pamplona) y cuatro más en La Cavada y Liérganes (zona este de Cantabria). En la primera mitad del XVIII hubo un quinto alto horno en La Cavada, y otro más en Ronda (Málaga) que funcionó entre 1735 y 1755 y tuvo que cerrar por agotamiento de la madera y consiguiente encarecimiento de la misma, no pudiendo competir con el arrabio vasco.

En 1750, puede que se produjesen en España 45.000 Tm. de hierro colado, de las cuales 25.000 se estarían produciendo en las instalaciones de Liérganes y La Cavada, 14.000 en Eugui y 6.000 en Ronda.

Las “provincias exentas” (las Vascongadas), beneficiadas por no pagar contribuciones reales a Hacienda, tenían la ventaja de tener cerca mucha madera, en el Pirineo navarro, montes vascos y cordillera Cantábrica. También tenían el mayor yacimiento de España de mineral de hierro, que abarca el este de la región de Cantabria y el oeste de Vizcaya. También tenían la “desventaja” de la competencia británica, se vieron invadidas por los productos ingleses debido a la libertad comercial y la imposibilidad de competir con ellos, y las empresas siderometalúrgicas entraron en crisis a partir de 1770-1790. De todos modos, se mantuvieron las muy pequeñas en el Cantábrico en general.

La principal producción española de hierro, el 72% del total nacional a mediados del XVIII, se daba en Somorrostro (Vizcaya) y en Hernani y Mondragón (Guipúzcoa). Ello no era nada extraño a los vascos: En la Edad Media ya se habían establecido forjas en el País Vasco y Cataluña, buscando la proximidad del yacimiento de mineral de hierro. Las forjas trabajaban con madera, y la madera la proporcionaba la Cordillera Cantábrica y los Pirineos. Los hornos medievales producían hierro dulce, muy maleable, pero frágil. En las forjas se endurecía para obtener clavos, rejas, herrajes, arados, anclas, cadenas, cuchillería…

En el País Vasco de antiguo habían aparecido molinos de fandería, en los ríos, como el de Zumaya (Guipúzcoa) que adelgazaban las barras de hierro para hacer varillas y trefilería. También apareció la “tiradera” una ferrería que obtenía hiero dulce y lo estiraba en barras, todo en un solo proceso en caliente, lo cual abarataba costos.

Por todas esas razones, era lógico que la industria siderúrgica se instalara en el País Vasco.

Una zona con relaciones siderometalúrgicas estrechas con el País Vasco, fue Santander, el otro extremo del yacimiento de mineral de hierro, que era comprado por empresarios vascos para su exportación. Allí surgieron empresas de extracción en Pámanes, Cabárceno, Vizmaya, y Soto de la Marina, que abastecían tanto a Bilbao como a las ferrerías locales: Luis Ruiz en Bádames; Joaquín Entrambasaguas en Guriezo; Juan Fernández de Isla.

Galicia funcionaba con mineral vasco y estaba funcionando a base de muchas ferrerías pequeñas que basaban su éxito comercial en las malas comunicaciones, lo cual les reservaba el mercado local, pero era un sistema destinado al fracaso a medio plazo.

Cataluña desarrolló su industria en el Pirineo, en lugares aislados y empresas pequeñas, que también fracasaron.

La producción de hierro tendió a la nacionalización, y así ocurrió con Liérganes y La Cavada en 1763, Eugui en 1766.

 

Hacia 1770 aparecieron en España iniciativas para mejorar las técnicas siderometalúrgicas:

En 1771, la Sociedad Bascongada envió a Ramón María Munive, hijo del conde de Peñaflorida, a visitar las metalúrgicas de Francia, Países Bajos, Sajonia y Suecia, y Munive emitió un informe, Noticias de las Ferrerías de Suecia, explicando el procedimiento Reaumur y el funcionamiento de la factoría Sonderfans en Estocolmo. La Sociedad Bascongada quedó impresionada y decidió enviar a Europa a nuevos chicos jóvenes a aprender las nuevas cosas, y así, Fausto Elhúyar, y Juan José Elhúyar fueron a Upsala a aprender química, y de paso conocieron las investigaciones sobre el tungsteno (wolframio) que luego serían capaces de identificar en España. El proceso químico es fundamental para entender al alto horno.

Se hicieron algunos experimentos: En 1773, Pablo de Areizaga mezcló carbones diversos con bastante éxito para la combustión. En 1775, Diego de Aranguren y Pedro Rubio intentaron obtener hierro fundido en Mondragón. Pero todo era inútil sin los suficientes conocimientos físicos y químicos. La única mejora posible que encontró la Sociedad Bascongada en 1791, era la unión de todos los importadores de carbón para obtener precios baratos en el exterior, y pagar salarios más bajos en el interior, lo cual no dio lugar a nada, ni asociación, ni cartel de empresas. El verdadero problema, el científico, trataba de solucionarse por una falsa vía, la explotación del obrero. Y la consecuencia fue el fracaso.

En 1780-1820 se pusieron altos hornos a base de madera en Sargadelos (La Coruña), Artunduaga (Vizcaya), Navarra y Cataluña. El objetivo era poder vender hierro a Europa occidental, sobre todo hierro colado, pero la consecuencia que ello tuvo fue una sobreexplotación del bosque y la consiguiente deforestación y subida de precios de la madera. Ese proceso no era viable a medio y largo plazo.

En 1789 se dio permiso a Andrés Bravo para instalar tres ferrerías en Galicia y Asturias, que debían fabricar potes, hojalata, acero, limas, barrenas y clavazón.

En 1791, Antonio Raimundo Ibáñez puso un alto horno, a base de madera, en Sargadelos (La Coruña).

En 1802 surgió una fundición de hierro en Rentería, con capital e iniciativa alemanas.

En 1810, América dejó de comprar a España y la crisis fue mayor. Las siderúrgicas y metalúrgicas necesitaban renovar su tecnología, pero ello sólo sucedió a mediados del XIX.

 

 

LA INDUSTRIA METALÚRGICA ESPAÑOLA.

 

La metalurgia es una actividad básica en la revolución industrial. Incluía la fabricación de clavos, aperos de labranza, llantas de carros, cerrojos y llaves, armas, municiones, quincallería, herramientas en general, piezas de maquinaria…

La metalurgia requiere de la industria básica siderúrgica. La siderurgia es la obtención de arrabio a partir de mineral de hierro. El arrabio medieval se obtenía en ferrerías y fundiciones, incluso en forjas, y el arrabio moderno se obtuvo en altos hornos. La siderurgia del alto horno es compleja y requiere obreros fijos, además de algunos temporeros, pero siempre sin reglamentaciones gremiales, pues el trabajo es muy específico. La metalurgia da uso al arrabio en fraguas para clavazón y pequeños artículos, en fanderías para laminados de acero y en ferrerías, o forjas, que trabajaban a golpe mano el arrabio.

Las fanderías se pusieron a trabajar con madera, para recalentar el arrabio (a unos 900 grados), y necesitaban corrientes de agua que les proporcionasen fuerza motriz para pasar los lingotes por rodillos que los redujesen a laminados y trefilados. Se ensayaron diversas aleaciones para tratar el arrabio. Preferentemente, se instalaron en la costa del Cantábrico, y Cataluña. El acero se vendía bien en cualquier sitio, en Europa, América y España. La hojalata es una técnica de recubrir el acero con estaño conocida desde la Edad Media, y difundida en el XVIII en Ronda (Málaga), Salobre (Albacete) 1778 y Fontameña-Parres (Asturias) 1804. Su poca calidad y elevados costos les hicieron fracasar pronto. El latón es una aleación de cobre y zinc, en la que se especializó San Juan de Alcaraz (hoy Riópar, en Albacete). También fabricaban planchas de cobre. Estuvo mal gestionada, pues no tuvo en cuenta la comercialización de sus productos, mantuvo altos precios y ello les condujo al fracaso.

En Galicia, la actividad de las ferrerías se podía ver en Incio, Samos, Caurel y Fonsagrada, todo en Lugo porque había más disponibilidad de madera, pero también Antonio Raimundo Ibáñez puso su Alto Horno en Mondoñedo en 1791, y el negocio se basó en un contrato para suministrar municiones al Estado, contrato que estuvo vigente hasta 1839. La ferrería se completaba con herrerías, o forjas, donde se machacaba el hierro a fin de obtener las formas deseadas y limpiarle de impurezas.

En Andalucía, en 1726 se producía hojalata en Ronda, pero allí escaseaba la madera y el agua y la empresa pasó al Estado en 1743, el cual perdió mucho dinero y la cedió en 1749 a manos privadas, y la empresa cerró definitivamente en 1770.

 

La comercialización de la metalurgia española se basaba en el proteccionismo, y en 1778 se eximió de derechos las ventas hechas en América de acero, alumbre, cerraduras, hoja de lata, espadas, sables, navajas y quincallería. Los hierros vascos manufacturados, o labrados, que se exportaban a América, seguían pagando iguales derechos que los del resto de España.

El principal cliente de la metalurgia eran las Fábricas de armas y municiones. Cuenca, Asturias, Aragón, Navarra y Murcia, tuvieron talleres artesanales pequeños para trabajar el hierro, pero la gran industria de las armas se situó en País Vasco, Navarra y Cataluña:

Placencia (Guipúzcoa) fundó una fábrica de armas en 1573, surtiéndose de ferrerías de Éibar y Elgóibar. En 1728 se creó la Real Compañía de Caracas, empresa comercializadora que vendió, entre otras cosas, armas para América. En 1807 amplió instalaciones.

Eugui era una fábrica de municiones en Navarra, convertida en 1766 en manufactura real.

Orbaiceta era una fábrica de municiones en Navarra convertida en 1768 e manufactura real.

San Sebastián de la Muga era una fábrica de municiones en Gerona, convertida en 1788 en manufactura real.

En 1794, los franceses atacaron los tres últimos centros citados y a punto estuvieron de destruir también el primero, Placencia.

España comprendió que tenía que tener fábricas de municiones lejos de la frontera francesa, y se pensó en Truvia y Oviedo, que serían el origen de la investigación de las posibilidades del carbón asturiano.

El inconveniente de este tipo de demanda, la militar, es que si bien en los tiempos de guerra van bien, la paz les iba mal, y su transformación era imposible porque estaban muy especializados y no conocían otra demanda que la militar. En la guerra de 1794 fueron destruidas por los franceses, pues éstos tenían interés en dejar sin munición al enemigo español.

Otro cliente de la metalurgia, también militar, era la Marina, la cual necesitaba anclas, clavazón y hierro dulce para los arsenales, así como fabricar armas y cañones, lo cual se hacía más bien en las maestranzas de los propios militares. Grandes fabricantes de anclas eran Ampuero (Santander) y Tolosa (Guipúzcoa).

Otro gran consumidor de hierro eran las fábricas de cañones, los cuales se fabricaban en las maestranzas y cuarteles de Barcelona, Ripoll, Sevilla, Liérganes, La Cavada y Jimena. Barcelona y Sevilla se habían especializado en cañones de bronce, mientras Liérganes y La Cavada (Santander) se especializó en el hierro. Los cañones santanderinos tuvieron especial fama porque se hacían macizos y luego se taladraba el alma, obteniendo un arma más fuerte que los que se fabricaban huecos. Los consumidores de cañones eran los barcos de guerra. En 1763, Liérganes y La Cavada pasaron a ser Reales Fábricas. Jimena de la Frontera (Sevilla) sólo fue un intento de construir cerca de los astilleros de Cádiz y se abrió en 1780, pero cerró en 1789.

Las Reales Fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada eran establecimientos militares de alto secreto, que fabricaban acero en hornos de reverbero, a partir del arrabio. El arrabio, o producto obtenido de la fusión del mineral de hierro con carbón, tiene un 4% de impurezas de carbón y es frágil. En hornos de ladrillos refractantes, se vuelve a calentar en ausencia de carbón y se le inyecta mucho aire, consiguiendo reducir la presencia de carbón hasta un 2%, lo cual es ya acero. El producto fundido se echaba en moldes de arcilla para obtener cañones, y se taladraba posteriormente el ánima con un torno. Parece ser que los técnicos conocedores del secreto industrial eran flamencos.

Ente los consumidores civiles, estaban las fábricas de espadas y bayonetas de Toledo, y las fanderías y forjas que proporcionaban material, cañerías, a las construcciones de calidad, así como las fábricas de herramientas, cuchillería, cerrajería…

 

A finales del XVIII se crearon nuevas empresas metalúrgicas:

En 1750 se abrió una fábrica de hojalata en Ronda.

1768 San Lorenzo de Muga (Gerona), en función de los destacamentos militares del norte de Cataluña, destruida en 1794 por los franceses.

Mondragón se especializó en el acero. Ignacio Zabala abrió en Alegría de Oria (Alegia en vasco), en 1778, una empresa para obtener acero para espadas de Toledo. El producto demandado por los civiles eran barretas y chapas para fabricar distintos objetos. Los laminados no eran buenos y el producto era defectuoso, hasta que a finales del XVIII se introdujo el rodillo hidráulico, que permitía mover cilindros muy pesados, lo cual es la fandería propiamente dicha, y se obtuvieron laminados de calidad. Entre los laminados, se consumían principalmente la hojalata y el latón.

1780 Jimena de la Frontera (Cádiz) en función del sitio del Gibraltar.

1780, la sociedad Económica de amigos del País de Sevilla creó una fábrica de quincallería (clavos, cuchillos, calderos, herramientas caseras, menaje de cocina, cerrojos y llaves…).

En 1788, Antonio Raimundo Ibáñez puso una fundición en Sagardelos para construir armas para el Estado. La fábrica despertó la antipatía de los nobles y el clero, quienes decían que les arrebataba mano de obra y hacía subir los salarios. En 1798 se promovió un levantamiento “contra los judíos” acusando a Antonio Raimundo de judaizante, y el levantamiento fue apoyado por los campesinos porque la fundición de Sagardelos estaba deforestando la zona.

En 1789 Orbaiceta (Navarra), 4 altos hornos, en función de los destacamentos militares del oeste de los Pirineos (hoy restos de la Real Fábrica de Armas).

A partir de 1788 llegó la crisis metalúrgica debido a muchos factores: empezó a faltar la madera, quebró Hacienda y el Estado no podía pagar los gastos del ejército, la guerra de 1794 destruyó mucho, y las fábricas de armas se pasaron a lugares lejanos a Francia, como el caso de Trubia (Asturias).

 

 

Industrias de la alimentación.

 

Santander era un gran centro de industrias de la alimentación, debido a sus relaciones con América. Producía harinas y cervezas, y además comercializaba hacia América vino y aguardiente. El trigo, y muchas harinas ya elaboradas, le llegaban desde Valladolid y el vino desde La Rioja. La rioja vio estimulada la producción de vino.

Las harinas de Santander se producían en molinos de marea, de los que había unos 15. En 1779, Antonio de Zuloaga levantó en Campuzano una harinera moderna, y enseguida surgieron otras muchas en el camino de Reinosa (Aguilar de Campoo, Reinosa, Pesquera del Besaya, Lantueno, Bárcena de Pie de Concha, Santa Cruz de Iguña, Zurita y Santander), y Agüero (en el Río Miera). Estas fábricas trataban de aprovechar el paso de los granos desde Castilla hasta Santander y en su tiempo, desde Alar de Rey, final del Canal de Castilla, hasta Santander. Las moliendas de Santander y su bahía aprovechaban trigo de importación, que significaba aproximadamente la mitad de la harina exportada a América.

La cerveza de Santander se hacía en tres fábricas, una de Antonio del Campo, conde de Campogiro, y otras dos de propietarios británicos.

Otros lugares vitivinícolas eran Reus y Villafranca del Penedés, que fabricaban aguardientes, y la Baja Andalucía que fabricaba caldos.

En el mismo sentido cabe señalar las fábricas de aguardientes, que se podían exportar a América y que decidió a algunos catalanes a producir uva en el Penedés y en el Campo de Tarragona.

 

 

Industrias del cuero.

 

Las fábricas que trabajaban el cuero se llamaban “tenerías” y había muchas en toda España. El cuero se utilizaba fundamentalmente para calzados, pero también para mobiliario, sillones, sillas de montar, correajes para carros y caballos, delantales de herrero, botas de vino, dediles, bolsas, carteras, cinturones…

Hacia 1780, el inglés Nathan Wetherell abrió una factoría de productos de cuero en Sevilla que funcionó hasta 1820.

En 1781 se desgravaron las importaciones de pieles en bruto para las tenerías. En 1783 fueron dignificados los trabajos manuales, que no degradaban ni impedían mantener los títulos de nobleza, y estas industrias tuvieron un auge importante.

 

 

 

Industrias de consumo doméstico.

 

En 1721 abrió la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, en Madrid.

En 1727 abrió la Real Fábrica de Cristales de La Granja.

En 1759 se abrió la fábrica de porcelana del Buen Retiro de Madrid.

En 1760 sabemos que había en Alcoy fábricas de papel, con 12 molinos instalados en el río Molinar.

En 1785 se estableció la Compañía de Longistas en Valdemoro para fabricar cintería, listonería, medias, gorros y guantes.

 

 

LA MINERÍA A FINES DEL XVIII.

 

En 1786, el Informe de la Junta General de Comercio Moneda y Minas, decía que España tenía muchos recursos mineros. Era una afirmación repetida desde hacía siglos sin fundamento real, y más bien por patrioterismo. La realidad es distinta: una cosa es que haya riqueza en el subsuelo, y otra distinta que sea posible extraerla con rentabilidad con los medios técnicos disponibles. Y España no tenía nivel técnico suficiente, no tenía capital financiero para invertir en minería, no tenía una legislación minera coherente consigo misma y con la realidad, y el Estado estaba muy desorganizado como para emprender grandes proyectos. Las condiciones geológicas de España, con fallas frecuentes y deslizamientos de falla casi siempre, hacían muy difícil el trabajo minero. Y en superficie, poco era lo que se podía hacer y no hubieran intentado ya los romanos.

El cobre se hallaba en Riotinto y la mina era propiedad del Estado. En 1783-1810 fue explotado directamente por Hacienda.

El cinabrio, fuente del mercurio, se hallaba en Almadén, y su explotación y venta era monopolio de la Corona.

El mineral de hierro ciertamente era muy abundante, pero difícil de extraer por su poca concentración a impurezas, y difícil de transportar, salvo el mineral entre Cantabria y Bilbao, en Somorrostro, que exportaba mineral al extranjero, pero que decayó en el XVIII debido a no soportar la competencia internacional. Su oportunidad surgirá en el último tercio del XIX, cuando sus características le hagan idóneo para los nuevos convertidores.

La galena, originaria del plomo, abundaba en Linares y en Guadalcanal (Sevilla), y era monopolio de la Corona. En 1805 se abandonaría Guadalcanal.

La sal era monopolio de extracción y venta del Estado desde tiempos medievales, y sí se producía con abundancia, tanto en salinas marinas como en minas, en Cataluña (Cardona y Gerri), en Aragón (Castellar y Remolinos), en Murcia (La Mata y El Pinatar), en Cádiz, en Mallorca, en Ibiza… e incluso se exportaba a las naciones nórdicas.

El carbón se empezó a explotar en 1771 en Villanueva del Río (Sevilla), y en 1785 en Alcaraz y Ayua (Albacete), y posteriormente, cuando se decidió instalar fábricas de munición en Trubia (Asturias) se intentó en el Nalón, el Caudal y el Aller, así como en Utrillas (Teruel). Las dificultades eran máximas, las vetas delgadas, las fallas muchas, la profundidad alta, la presencia de metano abundante, y siempre fueron deficitarias.

 

 

 

 

[1] Fuente: Ernesto Ruiz G. de Linares, La Real Compañía de San Carlos de Burgos.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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