REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN ESPAÑA

EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII.

 

 

Revolución Industrial en Europa.

 

Aunque, en este trabajo, vamos a hablar del XVIII español, debemos verlo dentro de un contexto europeo:

El siglo XVIII es el de la Revolución Industrial. Revolución Industrial con mayúsculas, no es sólo la revolución en la industria, sino el de la revolución en la ciencia, la economía, la política, la sociedad y las ideologías que permitieron la revolución en la industria. Todo ello es un conjunto interactivo, imposible de entender cada aspecto sin los demás. Y España estaba muy mal preparada para asumir el cambio en su conjunto. Intentará asumir cambios parciales como si con ellos bastase, y no logrará los objetivos deseables.

La revolución científica se había producido propiamente en el XVII a partir de Descartes y su filosofía deductiva o sus matemáticas por representación de ecuaciones en coordenadas, y de Newton y su método científico, prescindiendo de todos los aspectos de la realidad que no somos capaces de medir y razonar con ellos. Estas dos corrientes se divulgaron por Europa en el XVIII aplicando los métodos a todos los aspectos de la realidad, pero España estuvo fuera de esta corriente general debido a sus muchos aspectos tabú como el catolicismo ultra, la sociedad señorial, las ideas económicas equivocadas pero inamovibles… Europa occidental sometía a la realidad a una crítica implacable, de modo que se ponía en duda todo aquello que no se podía razonar, aunque hubiera sido aceptado durante siglos por muchos pretendidos sabios. Sobre todo se ponía en duda el concepto de hombre, que dejó de considerarse un ser creado por Dios y para Dios, sometido exclusivamente a la ley de Dios, para afirmar que era un ser que, dirigido por su razón, busca la felicidad, la suya personal y la social, pues la sociedad puede entrar en un progreso indefinido que la llevará a estructuras completamente diferentes de las de su tiempo. España discutió la validez de Descartes y Newton durante siglos.

La revolución económica empezó por una crítica del mercantilismo dominante, a través de la fisiocracia: esta doctrina fisiócrata dice que no es el comercio lo que enriquece a los hombres y las naciones, sino la agricultura. La agricultura es la única actividad realmente productiva. Para que la agricultura sea un factor de progreso se debe concentrar la propiedad de forma que sean posibles las inversiones. Se debe intensificar el cultivo por métodos racionales. Se debe respetar la libertad de precios y de comercio, y el Estado debería dejar de intervenir como lo venía haciendo durante la vigencia de las ideas del mercantilismo. Los impuestos, en consecuencia, deben ser proporcionales a las rentas de cada propietario y no a los servicios prestados al Estado, ni a la grandeza familiar o personal…

La revolución económica continuó con Adam Smith, 1723-1790, y su liberalismo económico. Es una idea de 1776, año de publicación de La Riqueza de las Naciones, o sea, finales del XVIII. El gran hallazgo de Smith fue encontrar como unidad de medida de la riqueza o valor de las cosas, el trabajo. El trabajo valora las cosas, y las cosas valen por su valor en cambio, no teniendo importancia económica su valor en uso. El valor en cambio se obtiene por el trabajo que costó elaborarlas y se está dispuesto a reclamar por ellas, sumado a los beneficios que pretendan obtener el empresario y el comercializador. El capital es importante porque cada vez es más difícil y caro a un emprendedor abordar una iniciativa empresarial, y el capitalista permite incorporar nuevas técnicas y aumentar la productividad. El capital proviene del ahorro, otro factor importante en el cual debemos distinguir si es ahorro particular del capitalista o ahorro social captado por él. El mercado es la gran fuerza reguladora por la que la sociedad dice qué le interesa y qué no valora, por lo que la máxima prosperidad se produce en condiciones de libertad de mercado o mercado perfecto, donde todos los compradores y vendedores conocen todo lo que está ocurriendo en el mercado y nadie interviene para modificar los precios de las cosas. En España, todavía en el siglo XX se estaba discutiendo el valor de las teorías de Smith.

La revolución técnica, en la que la fuerza animal y humana es sustituida por fuerzas naturales aplicables en masa y a voluntad del emprendedor. Esta revolución tiene siempre en contra a los sindicatos y asociaciones obreras, pues produce altos índices de paro y bajadas de salarios, de modo que los autodenominados “progresistas” que defienden a ultranza los puestos de trabajo pueden aparecer en ciertos momentos como retrógrados reaccionarios en este campo de la realidad.

La revolución social del XVIII consistió en una crítica de la sociedad por la que se llegó a la conclusión de que la nobleza era inútil y no tenía remedio alguno su situación, por lo que debía ser erradicada, y el clero era ignorante y debía ser reconvertido hacia sus verdaderas funciones, las religiosas. No se aceptaba de ningún modo la persistencia del privilegio. Esto dará sus frutos a fines del XVIII y principios del XIX. España no aceptó esta revolución social hasta bien entrado el siglo XX.

La revolución política empezó por un reformismo de primera mitad de siglo XVIII, para acabar en la revolución en la segunda mitad. El reformismo aceptaba la monarquía, e incluso la Revolución de 1789 la aceptará hasta que la monarquía conspire contra la Revolución en 1791. El reformismo aceptaba las monarquías que apoyaran los cambios precisos para racionalizar la política. Estos cambios necesarios eran los que posibilitaban crear una administración racionalizada, centralizada, uniforme, contraria al feudalismo. Pero uno de los temores mayores del siglo era caer en el populismo, en el populismo de las masas o jacobinismo, y en el populismo de las élites que reparten al pueblo todo lo que éste desea, sin reparar que con ello se pierdan los valores, económicos y morales, que conforman la sociedad y el Estado. Montesquieu en Francia, y Aranda en España, compartían este temor. El camino hacia adelante no estaba nada claro. La revolución política del siglo XVIII fue burguesa, es decir, sustituyó en el poder a las clases privilegiadas del Antiguo Régimen, nobleza y clero, por las clases adineradas. Esta revolución, quizás la única posible en su momento, pronto se mostró completamente insuficiente al no permitir la renovación social precisa como para incorporar a la política a todos los talentos y fuerzas sociales, y provocó las protestas “socialistas”.

La revolución ideológica-política era también muy temprana y Locke la había iniciado en 1690 con su Ensayo sobre el Verdadero Origen, Alcance y Finalidad del Gobierno Civil, divulgando que todos los hombres son en origen iguales, y que son sujetos de derechos. Los derechos inalienables son la vida, la libertad y la propiedad. Y además el derecho de atacar a quien pretenda arrebatárselos. Como la defensa de los derechos llevaría a un estado de violencia interminable, es preciso el Estado como mal menor. El Estado ejerce la violencia, violencia institucionalizada y los demás renuncian a ella y la dejan en manos del Estado. Éste es el origen del poder. El poder del Estado tiene sus límites en el principio que lo genera, el de defender los derechos de los ciudadanos que lo integran.

Dentro de la revolución ideológica-política era fundamental la revolución religiosa, pues la religión estaba llena de creencias absurdas e irracionales que justificaban la sociedad y relaciones políticas antiguas. Lo primero que se vio absurdo es la diversidad de religiones atacándose entre sí y declarando cada una falsa a todas las demás. Se aventuró una religión natural sin dogmas, misterios, milagros, que se llamó deísmo. También hubo quien propuso el ateísmo como solución y dijo que creía más en Dios alguien que rechazaba todas las religiones, que alguien que había hecho un Dios a imagen y semejanza del hombre. En este terreno, España que era profundamente católica al modo español, a menudo integrista, no estaba dispuesta a ceder un ápice en sus creencias populares y en sus sincretismos de cristianismo y religiones antiguas.

La revolución fiscal. Para conseguir la eficacia del Estado en el estímulo de las revoluciones social, científica y técnica, era necesaria una política fiscal moderna con contribuciones únicas que gravaran todo tipo de riquezas sin tener en cuenta la calidad de sus poseedores. En la España nobiliaria y eclesiástica, esto era sencillamente imposible.

La revolución de la enseñanza. Era necesario un nuevo sistema de enseñanza que no estuviera al servicio de la religión y de la política sino de la razón. Esta enseñanza era muy difícil en una España católica integrista, inquisitorial y de privilegios.

 

Y fue el siglo XVIII el que desarrolló las ideas de libertad y defensa de los derechos del individuo. Montesquieu hablaba de separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), a fin de que el Estado no fuera tiránico o despótico. Rousseau hablaba de la existencia de una Voluntad General, ley natural que deben seguir sus hombres en sus relaciones sociales y que los hombres deben descubrir desconfiando mucho del Estado. Montesquieu, con un sentido racional de la realidad social, encontraba problemas serios para organizar la nueva política. Rousseau, con su utopía del hombre bueno por naturaleza, no tenía más problema que la violencia necesaria para desplazar a los poderosos del poder, los que habían corrompido al hombre. Todos los violentos posteriores preferirían a Rousseau, evidentemente.

 

 

Revolución industrial en España.

 

Hablamos ahora de la revolución en la industria, revolución industrial con minúsculas: Hacia 1774 estaba en marcha en España un proyecto para la revolución industrial. La revolución industrial fue un proceso lento y no concluido en el XVIII, y hasta podríamos hablar de fracasado. Si nos atenemos al termómetro de los precios, y asumimos que con la revolución industrial y el desarrollo económico subsiguiente suben los precios por incremento de la demanda, o que aprovechando el incremento de los precios es posible la instalación de nuevas iniciativas empresariales, vemos que en 1688-1735 hubo cierta estabilidad de precios, en 1735-1765 hubo alza moderada, en 1765-1793 alza fuerte, y en 1793-1808 alza muy fuerte.

El esquema teórico es que, con el desarrollo industrial crecen los salarios, pero crecen mucho más los precios en el corto plazo, aunque a muy largo plazo la bajada de precios de artículos concretos sea muy notoria.

Pero las subidas de precios se pueden dar acompañadas de desarrollo económico con prosperidad por incremento del poder adquisitivo general, y también acompañadas de un abuso por el que una minoría se hace con el dinero de los demás, sin crecimiento social de la riqueza, sino con empobrecimiento general. Ambos fenómenos no son incompatibles, pues a unos les puede ir de una manera y a otros de otra. La disparidad de fortuna entre distintos grupos sociales, y la disparidad regional, permiten que ambos fenómenos, desarrollo y burbuja, se produzcan simultáneamente, y que el segundo sea más importante que el primero explica el fracaso de la revolución industrial por falta de mercado potencial.

El proyecto mismo de instalación de una fábrica era polémico: la fábrica daba lugar a una concentración de la población de gentes no arraigadas, que llegaban desde los alrededores o de sitios muy alejados. Sistemáticamente se producían protestas, algaradas, motines por muy diversas causas. Ante ese problema, el Gobierno español decidió que quizás fuera más conveniente una industria dispersa y se equivocó, pues sólo la gran industria concentrada podía hacer las grandes inversiones de la mecanización y de la comercialización. La pequeña industria tiene en teoría más fácil la comercialización de sus productos, pero no era el futuro de la industria.

Los Gobiernos españoles aportaron fondos para la experimentación con máquinas modernas, y financiaron a estudiosos en el extranjero, crearon escuelas que difundieran las nuevas tecnologías, protegieron las Sociedades Económicas de Amigos del País, abrieron consulados, instituyeron Academias Reales, fundaron cátedras de matemáticas, agricultura, economía… pero ello no fue suficiente para lograr el desarrollo industrial. El problema de la industrialización de un país es mucho más complejo.

El éxito no se obtuvo, en primer lugar, porque el problema principal, la inversión, no estaba solucionado, y ésta no podía esperarse en un ambiente de comercialización difícil. En segundo lugar, porque limitarse a imitar lo que hacían los ingleses, franceses, alemanes y holandeses, condenaba a España a importar y copiar técnicas de veinte o treinta años atrás y a no estar nunca en vanguardia de la tecnología, lo cual condicionaba mucho la adquisición de nuevos mercados.

 

Hacia 1750, se observó en España un cambio interesante: aparecía la figura del maestro de paños que se independizaba del gremio, y del comerciante que quería tener su propia fábrica, que compraba los talleres dispersos que ya había por toda España y, a veces, se atrevía a abrir una gran fábrica, es decir, construir grandes edificios y comprar maquinaria. Era un paso adelante en la aparición del empresario moderno:

En 1756, el irlandés Enrique Doyle, ayudado por Dowling, había instalado una máquina de perchar, probablemente una gig-mill, en San Fernando.

En 1761, Juan Dowling, ingeniero irlandés en España fabricaba máquinas de hacer ratinas (tejidos de lana trenzada pulidos para afinarlos. La ratina es la suavización de la lana), y trabajó en Guadalajara, Brihuega y El Pardo. Más adelante, en 1786, su sobrino, Demetrio Crow, perfeccionó la máquina.

Los dispuestos a su independencia del gremio fueron insuficientes, aunque pudiéramos citar muchos más casos de empresarios que lo intentaron.

 

En la segunda mitad del XVIII, en España se intentó favorecer la industrialización por la vía del proteccionismo:

En 15 de mayo de 1760 se permitieron importaciones de tejidos de algodón, sometidas a grandes impuestos. Los catalanes, principales productores de algodón, protestaron porque la escasez de algodón en rama mantenía altos los precios, y la medida de mayo 1760 no les favorecía.

El 8 de julio de 1768 se prohibió la importación de tejidos de algodón estampado, una rectificación sobre la ley de 1760.

En 1770 se prohibió importar muselinas.

En 1771 se prohibió importar terciopelos.

En 1775 se prohibió importar quincallería.

Es decir, en España se decidió un proteccionismo para dar oportunidad a la industria, cosa bastante correcta en todos los inicios de una industrialización, aunque negativa en el desarrollo posterior de la misma. El país que inicia una industrialización debe protegerse de los más desarrollados hasta tomar suficiente músculo industrial, y luego ir rebajando la protección a fin de conseguir estimular la puesta al día tecnológica de sus empresarios.

 

 

La pequeña y la gran empresa española del XVIII.

 

En la aparición de la industria española, predominó el modelo de taller artesano, según la tradición gremial, con poco capital, poco personal laboral y con intención de vender en un mercado local o regional a lo sumo, y se equivocaron.

Como era evidente la desventaja española respecto a las grandes empresas inglesas, holandesas y francesas, la alternativa parecía ser, teóricamente, que el Estado fuese el empresario en las fábricas grandes. El factory system (sistema de concentración de maquinaria y hombres en un mismo espacio, gracias a una gran inversión de capital) se aplicó en fábricas estatales, y en algunas privadas que tenían privilegios por razones políticas. Estamos hablando de la construcción naval, fabricación de armas, fábricas de tabacos la mina de mercurio de Almadén, algunas fábricas textiles…

Ninguna fábrica estatal llegó a producir ganancias a largo plazo a pesar de que contaba con exenciones fiscales y recibían financiación a costa del presupuesto del Estado. La mayoría entraban en situación de sobreproducción, gestionadas por hombres bastante ineptos que basaban sus preocupaciones en ofrecer cifras de producción como méritos ante los gobernantes. Pero el negocio no tenía sentido, pues no se vendía la producción y lo único que se lograba era almacenar artículo fabricado, stoks, con el consiguiente aumento del gasto y deterioro del producto. En casi ninguna de las localizaciones se había tenido en cuenta la accesibilidad, y las materias primas llegaban con altísimos sobrecostes debido al transporte, así como los paños fabricados tenían también altos sobrecostes por el pago de transporte. En vez de situarse en puertos de mar, se situaron donde políticamente les pareció más conveniente. Y cuando se trataba de llevar la producción a América, resultaba que paños de calidad mediana o buena, a precios altos, no tenían venta ante la competitividad de los paños franceses (seda) e ingleses (algodón) que no pagaban impuestos y se fabricaban a pie del puerto de embarque. Muchos de los productos británicos eran de mala calidad, engañaban en la calidad, pero eran mucho más baratos y tenían apariencia buena a primera vista, buena presentación comercial.

La actividad estatal hizo además que la empresa privada no fuera viable en los campos en que existía la fábrica estatal, pues los mercados aparecían sobresaturados, muchas veces vendiendo por debajo de los precios de coste y con monopolios sobre abastecedores de materia prima. Hubo pocas iniciativas privadas, como es lógico.

El Estado no ganaba dinero en sus iniciativas de la fabricación, aunque ganase algún dinero por otras vías como impuestos sobre el tabaco, e impuestos de aduanas. Cuando el Estado tomó iniciativas en el ramo textil, quería evitar riesgos y se adjudicaba monopolios que conducían irremisiblemente a empresas con poco dinamismo tecnológico y baja productividad, puesto que no se cerraban aunque tuvieran pérdidas. Así ocurría con la fábrica de tapices de Santa Bárbara, fábrica de cristal de San Ildefonso, fábrica de porcelana del Buen Retiro, fábricas de paños de Guadalajara Brihuega y San Fernando, fábrica de paños de León y San Ildefonso, fábrica de paños de seda de Talavera de la Reina. Cuando el Estado tenía fábricas de pólvora y armas, lo hacía con criterios extraeconómicos. Incluso, cuando se trazaron caminos, los criterios militares y políticos predominaron sobre los económicos y el resultado fue una tendencia al déficit.

En el último tercio del siglo XVIII, sí había en España interés por la mecanización: interesó en España un torno para hacer barraganes (tejidos de lana impermeables que se utilizaban para abrigos), máquinas de moler la rubia y otros tintes, las de moler tabaco, cacao, aceitunas y trigo. Igualmente, en 1770, el Gobierno español había mostrado su interés por comprar máquinas de cardar e hilar algodón. Pero no se llegó al grado de mecanización suficiente para el despegue industrial. Y las máquinas eran importadas sistemáticamente de Francia e Inglaterra, y no fabricadas en España.

 

 

La industria española por regiones.

 

En Cataluña, Valencia y País Vasco, se impuso un modelo de putting out system (trabajo a domicilio) en el que el artesano recibía la materia prima con la que debía elaborar el producto que entregaba al comercializador capitalista.

En Castilla, el empresario principal fue el Estado, también presente en casi todas las regiones de España. Y en algunos lugares surgió industria privada al lado de la estatal. Béjar, Valladolid, Medina del Campo, Burgos y Segovia, tuvieron sus industrias textiles. La mitad de los proyectos industriales del XVIII fueron textiles y el resto, un 25% eran de construcción (carpinteros y ebanistas), y la otra cuarta parte eran herreros, elaboradores del cáñamo, esparto, cuero (zapateros, guardicioneros), y del tejido (sastres).

Galicia producía artículos de lino con el sistema de trabajo a domicilio, y trataba de exportarlo a Río de la Plata.

A finales de los años setenta, Valencia fabricaba telares y agujas para confeccionar medias de seda.

Pero quizás España equivocó el producto textil con más futuro, pues apostó por la lana y la seda, productos de alta calidad, cuando lo que se impuso fue el algodón, producto de precios más baratos, y en ello se especializó Inglaterra. Y en cuanto a la calidad, la seda francesa de Lyon también resultó de más calidad que la española.

En España, Cataluña era la región donde más se trabajaba el algodón. Cataluña importó en 1791 telares de Arkwright, inventados en 1779, que hacían hilado, cardado y otras funciones. Y en 1805, importó mules de Crompton (inventadas en 1779) y mules de Kelly y Strutt, inventadas en 1790. Los industriales catalanes del algodón no se limitaron a importar máquinas, sino que trataron de mejorarlas: en 1790, Ramón Farguell construyó una bergadana, a partir de la spinning Jenny de Hargreaves, mejorando la máquina hasta alcanzar las 130 púas, en vez de las 40 de la original. Esta máquina de Farguell, estuvo vigente hasta 1870. A partir de ahí, la diferenciación de Cataluña con el resto de los fabricantes textiles españoles fue decisiva. El resto de España, no pudo competir con la producción catalana en el interior y la inglesa y francesa en el mercado americano, mediterráneo y peninsular español.

El País Vasco se especializó en la industria del hierro. Vizcaya producía mineral de hierro y Guipúzcoa lo procesaba. Era una industria primitiva, de poca productividad, pero que se estimuló por efecto del crecimiento de la demanda europea de mineral y de productos férricos, lo cual hizo aparecer como rentables empresas ineficaces. Podemos hablar de unas 1.000 fundiciones en Guipúzcoa y 150 en Vizcaya, las cuales compraban el mineral contratando trabajadores a destajo (por carretada producida). Cada empresa tenía unos 4 trabajadores de media: dos fundidores, un pegador y un pinche, lo que siempre se conoció como una fragua. Vendían el producto a 30 ó 40 reales el quintal de hierro y eran capaces de producir seis quintales a la semana, lo que significaba un salario de 4,5 reales diarios, muy bajo. Destacaban por tener muchas ferrerías Mondragón, Éibar, Tolosa, y Plasencia. Sus clientes principales eran el ejército, la marina y la exportación a América. Con tecnología atrasada, el negocio se basaba en los bajos salarios y la demanda coyuntural mundial, y se vino abajo a medida que el mundo se iba desarrollando en el XVIII, llegando a fin de siglo arruinadas. Algunas se recuperarían en la segunda mitad del XIX, importando tecnologías actualizadas.

Valencia tenía industria de la seda y fabricaba en alta calidad. No podía competir con los productos franceses que tenían mucho mercado, pero sí abastecía el mercado interior español. El método de era de trabajo a domicilio. A principios del XVIII tenía unos 800 telares, y a final de siglo unos 4.000. Los productores de seda en rama preferían vender la materia prima a extranjeros, que pagaban más, y los comerciantes españoles recurrieron a los gremios para obligarles a venderles a ellos, obteniendo así un régimen de monopolio por privilegio, lo que sirvió para poder mantener la tecnología antigua y no fue necesario tener capitales muy grandes para tener un telar. Pero sin capital ni renovación tecnológica, la industria se fue quedando anticuada y el tiempo la llevó a la crisis.

 

 

La mecanización industrial en España.

 

España sí estaba interesada en las nuevas máquinas que estaban apareciendo. Si el éxito de la revolución industrial no se produjo, fue por otras causas.

En 1774 se puso en marcha una “bomba de fuego”, que hoy llamamos bomba hidráulica, en Cartagena a fin de achicar agua en el astillero. La había proyectado Jorge Juan, y la había construido Sánchez Bort.

En 1776 fue enviado a París Tomás Pérez, quien constató que los avances técnicos más importantes se estaban produciendo en Inglaterra y viajó a ese país en… y construyó una “bomba de fuego” o máquina hidráulica en 1786. En 1808, se haría cargo de la fábrica “Laureano Ortiz de Paz”, en Segovia, casándose con la hija del empresario.

En 1784, fue enviado a París Agustín de Betancourt, 1758-1824, a estudiar hidráulica y mecánica. Betancourt había estudiado en San Isidro (Madrid) y había sido inspector del Canal Imperial de Aragón y de las Minas de Almadén. Se dirigió al Ecole National des Ponts et Chaussées para perfeccionar sus conocimientos de ingeniería, y allí copió todo tipo de maquetas e máquinas, que expuso en Madrid en 1792 en el Gabinete de Máquinas. En 1788 viajó a Londres y quiso ver las máquinas de Boulton y de James Watt, que no le dejaron analizarlas, pero la simple contemplación le sirvió para hacerse una idea para imaginar una máquina de vapor, 1788 (comercializada en Francia por los hermanos Perier), y un telar mecánico, similar al de Cartwright, que desarrolló en París. En 1791 se asustó de los acontecimientos políticos franceses y volvió a España, donde trabajó en el telégrafo óptico de la línea Madrid – Cádiz que se inauguraría en 1800, sin renunciar a viajar de nuevo a Inglaterra en 1793 y a Francia en 1796 para ver las nuevas cosas que surgían. En 1797 fue Director de la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, y en 1802 fundó la Escuela de Ingenieros de Caminos y Canales. En 1807 marchó a San Petersburgo y trabajó en armas, andamiajes, aguas, ferrocarriles, puentes, y planificación urbanística.

En 1787 llegaron a España las máquinas de los ingleses Lombard, y del lustrador Ford, quienes pusieron fábrica de lanas en San Fernando, y también importaron una máquina de perchar (cardar o peinar la materia prima textil).

El Correo Mercantil, publicado en 1792-1798, daba noticias de máquinas existentes en Francia, Italia e Inglaterra, mostrando interés por ese fenómeno técnico, pero los españoles compraron pocas máquinas porque no parecían rentables en España, con un mercado limitado debido a su fragmentación. Un mercado tan inmenso como el hispanoamericano estaba fragmentado en muchos muy pequeños, demasiado fragmentado para hacer rentables las máquinas.

 

 

Dificultades de la revolución técnica española.

 

España tenía muchas dificultades para lanzar la revolución técnica, previa a la revolución industrial: los inventores pedían protección al Estado para que se respetaran sus inventos, unos privilegios para su explotación, mientras los gremios pedían que no se instalaran máquinas, pues dejaban en el paro a mucha mano de obra. Ambas cosas retrasaban la difusión técnica, y eran los gobernantes quienes debían dar órdenes con decisión e inteligencia para conciliar intereses, y no ceder al populismo. No hubo suficiente criterio racional, sentido común, para hacerlo. En 1820, se dio una ley para proteger a los inventores, mucho más tarde que Inglaterra o en Francia, y además la ley se derogó, se renovó, y se dudó mucho en su aplicación. La revolución industrial española se retrasaba.

Andalucía siempre tuvo muchas dificultades en sus iniciativas empresariales. La causa parece ser que era la falta de mercado interno, la pobreza del jornalero y del obrero, muy mal pagado. Las industrias se montaban pensando en un mercado exterior, América o Gibraltar, que coyunturalmente se hundía, y con ello fracasaba todo el tinglado industrial.

Cataluña y el País Vasco fueron las regiones de más éxito industrial, seguramente por su proximidad a Francia, lo cual había generado sociedades más igualitarias con posibilidad de mercado interno. Además, el ejército, siempre presente a ambos lados de la frontera francesa de los Pirineos, era un gran consumidor y muy seguro. Cataluña producía aguardientes y otros productos frutales, los cuales aportaban capital a la sociedad agrícola para constituir una clase media. Y una vez establecida una clase media, estaba asegurada la demanda de quincallería, productos de cuero, ropa y clavazón. Además, la tradición proporcionaba una mano de obra preparada por la industria tradicional para las actividades industriales más modernas y unos canales de comercialización ya hollados por otros con anterioridad. La principal carencia de Cataluña eran los barcos, pues sus naves eran de poca calidad, válidas para el Mediterráneo, pero no preparadas para la gran navegación alrededor del mundo. A veces, tenía que enviar sus productos a Sevilla o a Santander, de donde salían barcos mayores y de más fortaleza en el mar.

Cataluña alcanzó en el siglo XVIII problemas nuevos no conocidos en el resto de España, como el empleo de mujeres y niños con salarios miserables, que funcionaban al margen de los gremios, y eran concentrados en locales en las afueras de las ciudades.

El aumento de la población catalana produjo dos consecuencias inmediatas que fueron aprovechadas por los inversionistas: por una parte, subieron los precios de los alimentos, por otra bajaron los salarios pues era escaso el trabajo. Los industriales comprendieron que había que romper con los gremios, pues era necesario producir más, para hacer rentables las inversiones, y les era necesario el trabajo a domicilio y utilizar a los campesinos no agremiados. Producir en masa y exportarlo hacia el norte del Mediterráneo era la oportunidad de hacer dinero. Esta dinámica tuvo lugar entre 1730 y 1760, y en la segunda mitad del XVIII ya habían logrado sus objetivos. Primero fue el sector textil, y luego siguieron el papel, cuero y quincallería. Se realizó así la protoindustrialización, dando trabajo extra e ingresos extraordinarios al campesino y aprovechando los canales de comercialización de la agricultura para ir introduciendo productos industriales.

El paso siguiente en la industrialización, la concentración de trabajadores y máquinas en un solo punto, o factory system, sólo era posible en el sector algodonero, fabricando estampados de calidad a precios baratos, los cuales tuvieron mucha salida en América. Los comerciantes estaban más interesados en este desarrollo de la industria de estampados de algodón que los propios industriales.

En 1760-1770, empezaron las dificultades cuando Cataluña no podía hacer frente a la competencia británica y francesa. Entonces pidió proteccionismo al Estado. Quería exenciones para la importación de algodón en rama americano y con ello creó un sector de hilado suficiente para iniciar la industria de paños. Y a partir de 1780 se pasó a la mecanización industrial, a la máquina moderna, comprando Spinning Jennies y Water Frames inglesas, seguidas de la Mule Jenny. La mecanización llevó enseguida a la saturación de los mercados americanos, el principal mercado catalán, y el reto de fin de siglo fue abrir nuevos mercados. Para esas fechas, unos 100.000 obreros trabajaban en las hilaturas del algodón y otros 100.000 en las manufacturas de tejidos de algodón estampados. La sociedad catalana se había transformado.

Y con la guerra de final de siglo, contra Inglaterra, vino la crisis: los viajes a América se hicieron peligrosos, los barcos eran capturados y hundidos, muchos no se atrevían a salir, y muchas fábricas tuvieron que cerrar. Las únicas fábricas que salieron adelante fueron las que concentraron tejido y estampado en la misma fábrica y concentraron más maquinaria. Y entonces se lanzaron a la conquista del mercado peninsular aprovechando las carreteras de Ensenada, Esquilache y Floridablanca. Una vez enviados agentes a todas las ciudades españolas importantes, la industrialización del resto de España fue casi imposible, pues los demás no habían superado el estadio gremial ni habían avanzado hacia la gran mecanización, no habían desarrollado su agricultura y no disponían de excedentes en el campo que proporcionasen capital, ni de clases medias que proporcionasen mercados nuevos. La ineficaz política de los ilustrados del XVIII en materia social, hizo irreversible la situación. Cataluña se quedó para siempre como el centro productor textil de España.

Además, Cataluña exportaba a América aguardientes, vinos y frutos secos, y en menor cantidad, armas y sedas.

 

En el resto de España, el sector agrario no generaba grandes cantidades de capital, ni salarios altos en algunos sectores de modo que se constituyese una clase media con poder adquisitivo alto. Y con demanda escasa, no se encontraban inversores. El negocio del resto de España consistía en comprar fincas, rurales o urbanas, a fin de arrendarlas, o trabajarlas mediantes aparceros o jornaleros, pero muchas veces con simples horizontes especulativos, aprovechando la ruina de algunas familias, la muerte de alguien seguida de dificultades financieras…

El mercado de Indias cada vez estuvo más alejado de las posibilidades de los españoles en general, pues no se podía competir con franceses, ingleses, holandeses y catalanes. El mercado de productos primarios, alimentos y artículos de poca elaboración industrial, sí era el español, pero el gran mercado de los productos de alta tecnología, estaba fuera de su alcance. América ya no era un mercado español a fines del XVIII, por muchas leyes y monopolios con que se quisiera argumentar.

La guerra, a partir de 1796, hizo que Galicia perdiera sus mercados americanos del lino. La salida de muchos gallegos fue enrolarse en barcos que se dedicaban al corso.

El único mercado español importante, aparte de Cataluña, era Madrid. Sobre todo a partir del plan de carreteras de Esquilache en 1761, para los cuales se dedicó un impuesto especial, el de la sal. Pero las inversiones necesarias eran muchas y los recursos limitados, y las carreteras tardaban mucho y se hacían con mala calidad para cubrir objetivos. Con malas carreteras y precios caros, los viajeros eran pocos, y el servicio de posadas malo, las diligencias escasas. Los viajeros se movían muchas veces en mula, con guardias y criados suficientes para su seguridad, pero ello hacía el viaje caro, o de lo contrario se exponían a las muchas partidas de bandoleros.

 

 

Las dificultades impositivas.

 

Desde el punto de vista del sistema impositivo, vital para un lanzamiento industrial, España podía haber funcionado bien de cara a una revolución industrial, pues no funcionaba peor que los países de su entorno. Pero padecía algunos males:

Las contribuciones directas eran demasiado bajas.

Los clérigos y nobles pagaban cargas públicas, pero habían inventado un sistema para que les fueran devueltos los impuestos indirectos, las “refacciones” o devoluciones de lo cobrado por Hacienda. Los clérigos recibían con carácter mensual un abono en compensación por los gastos en impuestos pagados, calculados grosso modo.

Los monopolios del Estado eran rentables, pero el Estado se había metido en demasiados gastos y debía ceder su explotación a intermediarios que abusaban del sistema.

España tenía exceso de pequeñas cargas al transporte y venta de mercancías, y demasiados impuestos indirectos, lo cual dificultaba el comercio interior.

El fisco no distinguía entre españoles y extranjeros, pues a los asentados en España los consideraba españoles, lo cual era introducir a los competidores extranjeros en el mercado español, sin que hubiera reciprocidad en los países de origen de esos extranjeros a los que se reconocía la nacionalidad española.

La tierra no tributaba propiamente, sino por atribución de una supuesta riqueza, muy difícil de medir. Los tributos provenían más bien de las rentas generales (aduanas), y de las rentas provinciales (alcabalas, cientos y millones) en proporción estimativa a la riqueza de cada región, de cada pueblo y de cada vecino, estimación que frecuentemente no se correspondía con la realidad.

Los impuestos municipales resultaban a menudo más altos que los estatales, ofreciendo el municipio menos servicios.

 

 

Una iniciativa hacia la industrialización.

Las Sociedades Económicas de Amigos del País.

 

Desde 1748, los hidalgos y clérigos de Azcoitia se reunían para estudiar literatura, historia, geografía, matemáticas, física, actualidad y música en casa del conde de Peñaflorida. También elaboraban proyectos de desarrollo para su pueblo y región y dieron lugar a la Sociedad Vascongada de Amigos del País. Elaboraron un Proyecto de Agricultura, ciencias y artes industriales, industria y comercio para Guipúzcoa en 1763.

Por entonces se oyó que existían asociaciones filantrópicas para favorecer el desarrollo y la educación social, en Berna y en Dublín. Y en 1764 decidieron fundar la Sociedad Bascongada de Amigos del País, patrocinada por Javier María de Munibe conde de Peñaflorida.

Tomaron decisiones importantes y otras que no lo eran tanto: elaboraron consejos higiénicos para la construcción de las casas, enseñaron la bomba de agua que había inventado Manuel Gamarra, aconsejaron que no se desnudase a los niños para bautizarles, sino sólo de medio cuerpo para que cogieran frío, aconsejaron abrir una Escuela de Náutica en San Sebastián, intentaron multiplicar las escuelas rurales, se preocuparon por la ortografía, gramática y sintaxis españolas, aconsejaron que también se estudiara vasco, adquirieron la Enciclopedia en 1772 (pero la depositaron en manos del vicario de San Pedro en Vergara porque no estaba autorizado tenerla).

El conde de Peñaflorida había estudiado en el colegio de los jesuitas de Toulouse, en Francia, y pensó traer a España las sociedades francesas de filantropía. En 1765 obtuvo autorización de Grimaldi para el funcionamiento de su Sociedad y Carlos III declaró que debía ser imitada en otras provincias.

Esta institución se abrió en 1764 a Álava y Vizcaya, pero todavía era poco significativa en el conjunto de España. El conde de Peñaflorida convocó a algunos caballeros vascos y les explicó lo que ellos estaban haciendo y se podía hacer en los otros territorios vascos. Entonces se inventó el nombre de Sociedad de Amigos del País.

En 1766 se imprimieron unos estatutos con el anagrama de tres manos unidas y el lema de “iru-bat-eskua” y pasaron a tener su sede en Vitoria. Se reunían anualmente durante seis días y constituían comisiones de Agricultura y Economía Rústica, Ciencias y Artes útiles, Industria y Comercio, Historia y Buenas Letras. Hicieron escuelas de primera enseñanza en Bilbao, Vitoria, Vergara. Enviaron becarios a América y a Europa. Difundieron el saber sobre agricultura, ganadería, industria del hierro y crearon el Real Seminario Patriótico Vascongado de Vergara.

A la expulsión de los jesuitas en 1767, la Sociedad Vascongada pidió un local para una escuela y se le dio el Real Seminario de Vergara, que se llamó desde entonces Real Seminario Patriótico Vascongado de Vergara, y sirvió para impartir clases de matemáticas, geografía, historia, latín, francés, música, baile y florete, para lo cual se contrataban los profesores adecuados, incluso en el extranjero. Este colegio fue destruido y reconstruido en 1804 con el nombre de Real Seminario de Nobles, y se cerró definitivamente en 1808.

En 1774, Campomanes obligó a adquirir su Discurso sobre el Fomento de la Industria Popular, (cuya redacción se atribuye a Manuel Rubín de Celis). En ese discurso se recomendaba crear Sociedades para difundir las luces y la economía, al estilo de cómo lo había hecho la Sociedad Bascongada. Desde entonces, los Intendentes promovieron las Sociedades Económicas de Amigos del País.

En 1775 se copió una institución similar en Madrid, llamada Sociedad Económica Matritense, que pretendía ser una escuela de tejidos, hilados y encajes para mujeres, escuela de sordomudos, escuela de maquinaria, escuela de agricultura, economía y taquigrafía, y que daba premios por restaurar viejos oficios y por inventar máquinas. La obra más importante por la que se conoce a la Sociedad Económica Matritense es el inicio del Informe sobre la Ley Agraria que encargó a Jovellanos.

Una vez conocida la idea, se puso de moda hacer Sociedades Económicas de Amigos del País y surgieron la de Zaragoza 1776, Escuela de Seda de Valencia 1777, Sevilla 1777, Arte de Fabricar Aceites de Palma de Mallorca 1778, Tudela 1778, Segovia 1780, Oviedo 1781, Santander 1798 (Sociedad Cantábrica)… llegando a haber 63 sociedades en España en 1804. No tuvieron Sociedad Económica de Amigos del País: Barcelona, Cádiz y La Coruña, ciudades desarrolladas en lo comercial e industrial.

En 1787 se admitió a las mujeres y se formaron Sociedades Económicas femeninas, organizadas por mujeres y para mujeres.

Los párrocos y personas similares eran considerados socios natos de las Sociedades Económicas, puesto que siempre se habían dedicado a difundir ideas. Efectivamente, los párrocos colaboraron, y ello contribuyó a la expansión rápida de estas instituciones.

En general, en las sociedades económicas de amigos del país se hablaba de la necesidad de incrementar la población, y de mejorar la agricultura y ganadería introduciendo mejores semillas, abonos, aperos de labranza modernos, bueyes y mulas. También trabajaban en explorar las posibilidades industriales de su zona, promover la enseñanza y la educación, recuperar socialmente a las “clases estériles” (es decir, mendigos y vagos), valorizar el trabajo considerándolo un honor y no un castigo divino o social, y de reivindicar el papel importante de la mujer en la sociedad.

En 1786, las Sociedades Económicas empezaron a decaer. Nadie colaboraba en serio. Eran muchas veces fachada para lucimiento de unos pocos. Fueron perdiendo progresivamente recursos humanos y económicos. La época de creación y apoyo a las Sociedades Económicas, 1764-1786, había sido muy corta.

 

 

Retraso industrial español a fines del XVIII.

 

A juzgar por el censo de 1787, trabajaban en la industria un 14% de la población activa española. En 1799 se declaraban obreros 268.781 personas y se decía que había 128.606 fábricas en España.

 

Castilla se quedó atrasada desde el principio porque se puso muy poco interés en la industria de las grandes empresas o no se vieron posibilidades al vapor por las necesidades de carbón que ello suponía. Castilla fabricaba navajas, mantas, tejidos, cerámica, hoces, loza, cueros, calzado, sillas, papel, sombreros… pero no tuvo interés en renovarse, en hacer grandes inversiones reducir número de talleres y ampliar la producción en las fábricas nuevas. Los talleres de los conventos hacían la suficiente competencia para que los demás no se atrevieran a iniciar la gran producción, y los conventos tenían suficiente con una actividad artesanal complementaria, sin que les interesase demasiado el salto a la gran producción. Castilla tenía el problema de la falta de integración y vertebración territorial, que la periferia compensaba con transportes marítimos. Castilla se esforzaba en salir al mar, pero Oporto estaba separado por una frontera, Bilbao por unos fueros que se hacían pagar caro las necesidades castellanas y Santander y Gijón estaban al otro lado de una cordillera por la que no pudo circular ni un carro hasta después de 1754 y con dificultades a partir de esa fecha debido a las inclemencias del clima de montaña.

 

La cornisa cantábrica se beneficiaba de su situación geográfica que la relacionaba con Europa y se dedica a la exportación de vinos e importación de trigo en años de mala cosecha, cuando el gobierno decide importarlo.

También cabe destacar las industrias harineras de Santander, molinos de río y de marea, capaces de moler para la exportación y el consumo.

Los primeros en darse cuenta del fracaso español en el comienzo de la industrialización fueron los súbditos de América. Los americanos enseguida percibieron la escasez de la oferta española y la bajada de precios de los productos ingleses y franceses. En los años 1796 a 1802, abandonaron el hábito de comprar productos españoles y adquirieron el de buscar otros de más calidad o más baratos. España empezaba a perder América 120 años antes de su independencia política.

 

Carlos III retomó la idea de industrializar el país haciendo que el Estado abriera diversas fábricas: una fábrica de paños y bayetas en Burgos 1763, de algodones en Ávila, de porcelanas en el Buen Retiro de Madrid, de papel en Alcoy, de vidrio en Barcelona y también dio leyes protectoras de no importar tejidos de algodón en 1770 y la ley del arancel de 1773 que gravaba las importaciones con un 5% en la frontera y un 10% en el mercado de venta.

Carlos III favoreció una industria textil en Cataluña a partir de 1790 (máquinas textiles a vapor), un comercio en la costa mediterránea y una banca nacional (Banco de San Carlos 1782), industrias algodoneras en Ávila, porcelanas en el Buen Retiro.

Pero las industrias abiertas por el Estado, eran de productos suntuarios, muy débiles antes las crisis, y sólo significaban una oportunidad de industrialización y no la industrialización misma que debía basarse en los productos de consumo frecuentes, los que soportan mejor las crisis. En ese sentido era preciso dar paso a la iniciativa privada.

 

En 1775 se atacó el problema de base que había impedido la industrialización o las iniciativas de los particulares y se dio la libertad de empresa, prohibiendo a los gremios monopolizar las actividades industriales y liberalizando las importaciones de materias primas y maquinaria. Con ello surgieron maestranzas (fábricas de armas) en Oviedo, Sevilla, Toledo, y arsenales de Cádiz, El Ferrol y Cartagena, pero que no eran suficientes para cubrir una amplia gama de productos que asegurase la continuidad, pues estas maestranzas dependían mucho del Estado.

Las industrias con más futuro en este aspecto, las de fabricación de indianas (tejidos de algodón como los importados de la India) empezaron a abrirse en Cataluña a principios del XVIII. Carlos III decidió proteger estas industrias catalanas en 1771 y los catalanes intentaron utilizar algodón americano, pero con poco éxito. La familia Canals logró un buen teñido de paños que salvaba el comercio de los mismos y a finales del XVIII había en Cataluña unas 3.000 fábricas de tejidos en las que trabajaban unos 100.000 obreros. Las máquinas se importaban de Inglaterra.

En 20 de agosto de 1788, Carlos III prohibió la entrada en América de paños extranjeros, lo que molestó a los criollos, y a los franceses e ingleses. La medida fue revocada por Carlos IV en 1789 en un decreto que decía que los extranjeros podrían exportar a América, siempre que llevasen el doble de productos españoles que extranjeros, medida que no se cumplió nunca y, de hecho, casi toda la carga de estos barcos de material extranjero era de origen extranjero.

 

1808 fue una crisis industrial importante porque los técnicos franceses fueron expulsados de España. Fueron sustituidos por alemanes.

 

 

EL FRACASO DEL DESPEGUE INDUSTRIAL ESPAÑOL.

 

La capacidad de compra de un agricultor, factor decisivo a la hora de encarar una revolución industrial en una sociedad agrícola, era muy precaria. Una manera de aumentar la demanda potencial era disminuir sus impuestos y pagos: diezmo, primicia, voto y casuales a la iglesia (todo junto podría suponer un 10% de impuestos), rentas al propietario, y contribuciones al Estado, variables cada año e imprevisibles por tanto, en función de lo que exigiese el rey lo cual dependía del volumen de la deuda, apremio de los prestamistas, guerras emprendidas… A todo esto hay que añadir la frecuencia de las malas cosechas, sequías típicas del clima mediterráneo en transición al desértico como es el español. De 1764 a 1783 hubo años normales o de meteorología favorable, pero de 1784 a 1793 hubo 10 años secos muy duros, el año 1800 fue catastrófico en cuanto a la pérdida casi total de las cosechas, y así, de forma imprevisible, los ciclos de escasez y hambre se suceden siempre.

A favor del agricultor se hicieron algunas cosas: se roturaron terrenos que antes le pertenecían a la Mesta y con ello se esperaba un mejor abastecimiento de alimentos.

Pero el arranque económico se convirtió en un fracaso, o en un aplazamiento para más adelante, una vez que no se podían superar viejos problemas agrarios:

El problema del clima árido español, diferente del europeo, tomado globalmente es superior a las posibilidades humanas, pero en épocas pasadas se había superado en zonas muy puntuales con regadíos (romanos y árabes). Algo se podía hacer, y algo se intentó en el Ebro, Pisuerga, Murcia y otras comarcas en menor medida.

Ello nos sugiere que el problema era una falta de capitalización, de los particulares o del Estado, que no estaban a la altura de hacer presas o canales como se habían hecho en la antigüedad. Esta falta de capitalización nos explica también la dificultad de los particulares de ensayar aperos de labranza distintos y cultivos distintos.

La influencia de teóricos ignorantes también tiene su importancia en el fracaso general por la desconfianza que imprimen en el campesinado hacia las innovaciones. Cuando los teóricos se empeñaban en que hay que arar más profundo, como se hacía en Europa, los campesinos sabían que si lo hacían se quedaban sin suelo y preferían seguir “arañando” el suelo aunque los “cultos” les dijeran que no se hacía así en Europa. Cuando los teóricos les decían que los burros y mulos eran símbolos de pobreza y que había que cambiar a bueyes, los campesinos se preguntaban con qué hierba iban a alimentar a esos bueyes en Castilla, Andalucía y Extremadura. Cuando los expertos les decían que había que eliminar el barbecho, ellos sabían que eso es imposible.

La costumbre de que la propiedad no fuera plena a fin de que la tierra fuera compartida por rebaños que a menudo son de los nobles o de la Iglesia, hacía que los campesinos estuvieran sometidos a la servidumbre de levantar las cosechas a fecha fija, y que los ganaderos no tuvieran tierras propias. Ello se traducía en luchas seculares entre campesinos y ganaderos que perjudicaban el desarrollo de ambos sectores.

El conservadurismo agrícola es muy difícil de erradicar: El latifundio tiende al conservadurismo en el caso de la explotación indirecta, y el minifundio, siempre.

Los arriendos en los que el arrendatario no tenía la certeza de continuación, significaban mal trato de la tierra. En general, en estas circunstancias, cuando la renta es alta ocurre que las únicas mejoras las puede hacer el dueño, pero ello va en contra de sus intereses inmediatos pues no recibe subidas proporcionales de las rentas. Cuando la renta es baja, el dueño no está incentivado para hacer reformas.

La puesta en cultivo de baldíos, propios y comunales significaba poner en producción tierra de inferior calidad y bajada consiguiente de rendimientos, que es lo contrario de lo que se pretendía inicialmente, bajar los precios del grano. A veces se pusieron en cultivo muy buenas tierras, pero otras veces se esquilmaron fincas, bien por la inexperiencia de los nuevos cultivadores o por la poca seguridad de continuidad en su explotación. Con ello desaparecieron tierras de pastos para los pastores y los pobres perdieron el apoyo que podía prestarles el tener unos pocos animales en cada casa.

Las malas comunicaciones impedían un comercio primario, que es importantísimo en el inicio de una Revolución Industrial. La venta de huevos, gallinas, corderos, queso, embutidos, verduras, frutas, etc., en las ciudades, debería haber prestado a los agricultores unos ingresos extraordinarios y unos precios más atractivos. Con malas comunicaciones, el agricultor debía vender en el mismo pueblo a precios muy bajos y, a veces, no rentables, mientras algún especulador llevaba el producto a la ciudad para venderlo muy caro. Con ello, perdía el agricultor y el habitante de la ciudad.

La dispersión de las parcelas de la explotación multiplicaba el trabajo inútilmente.

Las guerras y el bandolerismo endémico y gamberrismo hacían que no fuera aconsejable el cultivo que no se podía vigilar y defender.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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