LA LLEGADA DE CARLOS III AL TRONO DE ESPAÑA.

 

Apuntes biográficos.

 

Carlos de Borbón Farnese había nacido en 16 de marzo de 1716 en el Real Alcázar de Madrid. Era hijo de Felipe V y de Isabel de Farnesio (Farnese en el original italiano), la heredera de la Casa de Parma.

En 1731 fue enviado a Parma, donde fue tutelado por Dorotea Neoburgo, la duquesa viuda, y allí permaneció 4 años. En 1731-1735 estuvo gobernando Parma, Piacenza y Toscana, como duque. En 1734 había actuado como jefe del ejército de Nápoles que conquistó Nápoles en 1734.

En 1735, el Tratado de Viena concedió Nápoles a España, y Carlos fue coronado rey de Nápoles y Sicilia con el nombre de Carlos VII de Nápoles. Gobernó estos territorios en 1735-1759. En Nápoles había encontrado un gran colaborador, Bernardo Tanucci, quien le siguió aconsejando muchos años después de salir de Nápoles en 1759. En Sicilia-Nápoles había tratado de reducir el poder de los barones y de los señores en general, frenar a los clérigos que intentaban entrometerse en el Gobierno, y había firmado un Concordato con Roma en 1741. Había mejorado la ciudad de Nápoles, excavado Pompeya y Herculano, protegido las artes y las letras, e introducido las ciencias en la enseñanza. Por ello, cuando llegó a España en diciembre de 1759 venía precedido por la buena fama de ser eficaz.

En 1738, a los 22 años de edad, Carlos se había casado con María Amalia Walburga de Sajonia, entonces de 14 años, hija del rey de Augusto III de Polonia, anteriormente conocido como Federico Augusto elector de Sajonia. Tres ocupaciones llenaban los días de la reina: fumar tabaco, rezar a San Jenaro y cuidar sus embarazos. Como mujer muy religiosa, devota de San Jenaro, hizo que su marido creara la Orden de San Jenaro. María Amalia se había educado en Dresde, preferentemente en idioma francés, aunque su idioma paterno era el alemán.

María Amalia y Carlos tuvieron un montón de hijos apellidados de Borbón Sajonia: María Isabel en 1740-1742, María Josefa Antonia 1742-1742, María Isabel 1743-1749, María Josefa Carmela en 1744-1795, María Luisa en 1745-1745, Felipe Pascual Antonio 1747-1797 (deficiente mental), Carlos Antonio Pascual 1748-1819 (futuro Carlos IV), María Teresa 1748-1749, Fernando Antonio Pascual 1750-1825 (que sería rey de Nápoles), Gabriel Alonso 1752-1788, María Ana 1754-1755, Antonio Pascual Jenaro en 1755-1817 y Francisco Javier Antonio 1757-1771. De trece hijos, siete no superaron los seis años de edad. Todos nacieron en Nápoles.

Cuando Carlos III fue coronado rey de España en 10 de agosto de 1759, tenía 43 años, traía cierta experiencia de gobierno, y cierta madurez personal. Era el primer Borbón en España sano de mente, y además estaba sano de cuerpo.

Gobernó en España de 1759 a 1788 como Carlos III.

 

 

Personalidad de Carlos III.

 

Un año después de su llegada a España, murió su esposa María Amalia de Sajonia. Fue otro acontecimiento importante que influyó en su personalidad. María Amalia encontró a España desagradable, con unos pueblos de estampa miserable, y unos Sitios Reales que le parecían fríos y sin gusto. Madrid mismo, le parecía una Babel donde se intrigaba en todos los idiomas. Había tenido 13 hijos en Nápoles y añoraba aquellas tierras. Murió en septiembre de 1760 en el Buen Retiro. Y el rey viudo se dedicó a la “caza”, al gobierno y a la familia. No hizo frivolidades ni dispendios como otros reyes europeos, incluso eliminó a Farinelli de la Corte. Doménico Scarlati ya había muerto. Y desaparecieron las grandes funciones de ópera.

Carlos III estableció una rutina de nomadismo por los Sitios Reales: Carlos III vivía en El Pardo desde 7 de enero a sábado santo; en Aranjuez, desde miércoles de resurrección a fines de junio; en Madrid, desde fines de junio al 17 ó 18 de julio; en La Granja de San Ildefonso, desde esas fechas de julio a 7 u 8 de octubre; en El Escorial, los meses de octubre y noviembre; y en Madrid, el resto del año hasta 7 de enero. Las únicas excepciones a esta rutina eran los días que salía a cazar por más de un día. Vestía una chupa de campo, pero se ponía encima de la chupa una casaca con botones de diamantes, para la ceremonia de recibir gente.

Era bajito, delgado, enjuto, labio inferior prominente, nariz muy grande. Era flemático, reflexivo, ponderado, frío, firme en sus decisiones, tenaz, consecuente, rutinario, puntual, conservador, formalista, testarudo, maníaco del orden y de los horarios, llano en el hablar. Era pacífico, amable, austero. No le gustaban los espectáculos en general, y menos los relacionados con la música. Tenía poca imaginación. Era lento de pensamiento, pero profundo si se tomaba el tiempo suficiente, y como tenía buena memoria y atención sostenida, captaba lo esencial, y era capaz de recapacitar.

Carlos III no era un portento de inteligencia, pero tenía sentido del equilibrio, sentido común para elegir ministros capacitados y con dedicación al cargo, y no por sistema miembros de familias importantes, algunas veces inteligentes y otras veces no. Cumplía siempre su palabra, contra la costumbre de los reyes absolutos de desdecirse cuando les venía en gana. Era una persona seria e íntegra, y llevaba una vida ejemplar, que también exigía a sus 13 hijos (seis de ellos muertos jóvenes).

Tomaba chocolate todos los días para desayunar, mientras aprovechaba para estar con sus médicos. Trabajaba poco, de 8 a 11 de la mañana para despachar papeles, y un poco más para recibir, y enseguida comía, dormía la siesta y se iba a “cazar” hasta el anochecer. Antes de retirarse, recibía a algunos ministros, cenaba, y se acostaba a las 22,00 horas, en punto. A veces, no despachaba por la mañana, y organizaba una sesión matutina de caza.

Se dedicaba a la caza para huir de la enfermedad de la melancolía que había acabado con su padre Felipe y con su hermano Fernando. Hay que forzar el diccionario para admitir por buena la expresión “caza” a lo que era tiro a unos animales prácticamente mansos que cientos de ojeadores hacían pasar por delante de los reyes a docenas, y varios criados les cargaban las escopetas a los invitados del rey y al rey, para que el rey matase unas docenas, a veces centenares de animales en una sola tarde, sin levantarse de su silla de caza puesta en el apostadero. Le gustaba tanto la matanza de animales, que ordenaba organizar “batidas de caza” (conducciones de animales al apostadero) hasta dos veces al día. Hay que tener en cuenta que los Sitios Reales eran criaderos de animales: corzos, ciervos, liebres, conejos, grajillas, gaviotas, tordos, palomas, zorros, lobos y jabalíes, para el rey. Tras una matanza o hecatombe de animales, en la que se disparaba a todo lo que se movía, le gustaba comer abundante, para lo cual los sirvientes tenían preparada siempre comida y vino para el momento en que el rey lo pidiera.

Una vez muerta su mujer, María Amalia de Sajonia, Carlos III no tuvo aventuras amorosas posteriores, como tampoco las había tenido anteriores. Esto rompe el mito de que los Borbones son de determinada manera.

Carlos III es considerado un ejemplo de monarca ilustrado porque vivió en una época de grandes ilustrados europeos como Kaunitz en Austria, Choiseul en Francia, Berstorf (padre e hijo) en Dinamarca, Du Tillot en Parma, Calvalho marqués de Pombal en Portugal, y Floridablanca en España. Pero la imagen creada por los historiadores dista bastante de la realidad.

 

Carlos III no era propiamente un ilustrado, aunque es tenido como el prototipo de la ilustración española. Más bien, gobernó en el momento en que en España se extendieron las ideas ilustradas. No había leído demasiado, sino más bien poco, ni era un intelectual, ni le gustaban los actos culturales, ni era un novator científico. Ni siquiera le gustaba gobernar, porque ello era tomar decisiones, pero encontró hombres que las tomaran en su lugar.

Lo poco que Carlos III podía tener de ilustrado era su filantropía. Esta filantropía que nosotros vemos desde nuestro tiempo actual, actuaba en su persona más bien como providencialismo: como creyente en la divina Providencia, creía que Dios le había colocado en el puesto de rey para que velara por la felicidad de sus vasallos, y procurara su bienestar por medio del fomento de la agricultura, la industria y el comercio, y para velar por la moral pública, la instrucción, la ciencia, la literatura y las artes. Seguía considerándose absoluto como sus antecesores, pero consideraba que él se debía al pueblo, lo que sí es un poco la idea de rey ilustrado.

Carlos III había conocido las nuevas ideas deístas que circulaban por Europa, pero Carlos III era profundamente religioso, devoto, y no quería dejarse influenciar por las nuevas ideas religiosas. Rezaba al levantarse, oía misa todos los días, rezaba al acostarse, se encomendaba a la Inmaculada Concepción y a san Jenaro de Nápoles y creía que Dios le guiaba en su providencia.

Ello no era óbice para que exigiera la defensa de los intereses de la Corona frente al poder temporal de la Iglesia y que considerase incorrecto, o al menos excesivo, el interés de muchos eclesiásticos por acumular riqueza y poder político. Carlos III, con ello, dibujó lo que sería el despotismo ilustrado español: muy religioso al estilo convencional y tradicional de asistir a los actos religiosos, pero entendía que la Iglesia católica cometía abusos como cualquier otra institución humana, y había que controlarla y limitarla.

Su providencialismo era un defecto de su personalidad, pues cuando tomaba una decisión se empeñaba en mantenerla, creyendo que era la voluntad de Dios todo lo que viniera como consecuencia. Por eso mismo, le importaban poco las desigualdades sociales, porque creía que ésa era la voluntad de Dios. Tuvo oportunidad de rebajar la riqueza de la nobleza y el clero, pero entre su fe en la providencia, por una parte, y su miedo a los conflictos, por otro lado, prefirió no hacer nada.

Lo que no toleraba en los nobles eran los escándalos sexuales y amorosos. Por lo demás toleraba el modo de vida nobiliario. Lo dicho no obsta para admitir que hubo casos puntuales en que actuó contra algún noble, como cuando le privó al duque de Alba de la recaudación de las alcabalas, las cuales reportaban al duque 800.000 reales al año, toda una fortuna.

Mantenía la autoridad del rey sobre sus ministros, y exigía que los dirigentes de la Iglesia Católica le obedecieran también. Era muy celoso de su intimidad personal y familiar. Carlos III tuvo el acierto de nombrar gobernantes reformistas a los que sugirió tener un ejército fuerte y una armada que permitiera el control territorial de América y la protección al comercio americano. Tras 1766, motín de Esquilache, nombró gobernantes un poco más conservadores, pero reformistas en todo caso.

El modo de vida de Carlos III que hemos tratado de describir, era considerado muy austero en la época, pues las otras Cortes europeas hacían ostentación y todo tipo de gastos e invitaciones a compartir con el rey. Pero lo que se escribía sobre los reyes tiene poca credibilidad para nosotros, pues se hacía para consumo de las masas. Domínguez Ortiz dice que Carlos III vivió un endiosamiento casi faraónico. Inició ya su reinado con acciones espectaculares, porque había estado en Parma y en Nápoles y tenía mucha experiencia de Gobierno como Carlos VII de Nápoles. Creía en que la espectacularidad epataba a las masas y éstas se tranquilizaban con ello.

 

 

La época de Carlos III.

 

La época de 1759-1788 es la del Despotismo Ilustrado por antonomasia en toda Europa. Era una época inmediatamente posterior a la publicación en Europa de las grandes teorías que habían criticado la sociedad, la religión y el pensamiento y habían exaltado las bondades del poder absoluto objetivamente. Era la época de las reformas en Europa.

Respecto al ciclo económico que le tocó vivir, la época de Carlos III es el final de un ciclo económico, 1735-1785, caracterizado por un alza de precios. En cuanto a la teoría económica dominante en esos años, el mercantilismo ya estaba pasado de moda y se creía en la necesidad de producir por encima de la de exportar.

La época de Carlos III, 1759-1788, significa la cumbre del reformismo ilustrado económico español, dedicando especial atención a la agricultura, de la que poco se habían ocupado los reyes hasta entonces. Como principales acciones económicas de gobierno destacamos:

Limitó los privilegios de la Mesta en beneficio de la agricultura.

Hizo estudio de un proyecto de ley agraria para cambiar la estructura de la propiedad rústica.

Inició un plan de abastecimientos hidráulicos.

Dio libertad de comercio de granos y abolió algunas tasas que pagaban estas mercancías.

Favoreció los arrendamientos a largo plazo.

Promovió el reparto equitativo de uso de los bienes comunales entre los agricultores.

Promovió la colonización de Sierra Morena.

Creó Manufacturas Reales.

Concedió privilegios y exenciones a algunas manufacturas privadas.

Hizo venir a España a maestros artesanos y operarios diversos.

Restringió las prerrogativas de los gremios.

Dignificó el trabajo manual.

Renovó el nivel técnico en las industrias.

Estimuló la entrada de capitales extranjeros.

Rebajó los derechos de exportación de las manufacturas españolas.

Suprimió los derechos de importación a las materias primas en las que España era deficitaria y le eran necesarias.

Puso muchas trabas a las importaciones que competían con productos españoles, y restableció el “derecho diferencial de pabellón” para que los barcos españoles pagasen menos que los extranjeros.

Racionalizó los impuestos reduciendo la alcabala y los millones, que eran gravámenes sobre productos de primera necesidad que resultaban muy impopulares.

En 1785, empezarán días de alteraciones bruscas de los precios y del sistema crediticio, una época diferente desde el punto de vista económico. Coincide con el final del reinado de Carlos III.

Con Carlos III se acabó una etapa en la que España quería estar en la geopolítica internacional en todos los frentes, como venía haciendo desde 1517. Carlos IV tuvo una política de menos miras internacionales, y ello le dio mala fama entre los historiadores.

 

 

La España de segunda mitad del XVIII.

 

La idea que los extranjeros tenían de España era negativa: Massón de Morvilliers en un artículo para la Enciclopedia escribía: “¿Qué se debe a España?: El pernicioso influjo del catolicismo en la civilización y en la vida de los pueblos”.

Sobre España pesaba ya una leyenda negra forjada sobre todo por Felipe II, el poderoso sobre el que se habían cargado todas las maldades del mundo: la Inquisición, la tortura, incluso la de su hijo, la imposición del catolicismo por las armas, la guerra continua…

Los liberales españoles del XIX se empeñarán en forjar otra leyenda negra sobre los reyes españoles del XVIII, pero muchas de estas cosas no son sino programas políticos y campañas en contra del absolutismo llevadas a cabo por unos pocos “revolucionarios”, que se llamaron a sí mismos liberales. No tienen por qué ser toda la verdad.

Desde nuestro punto de vista, en el XVIII hubo muchos cambios sobre la política señorial y absolutista de la Edad Moderna, cambios que precisamente dieron oportunidades a los revolucionarios liberales del XIX. Sin la obra de los ilustrados, no hubiera habido tampoco revolución liberal tal y como la conocemos.

La Ilustración mantuvo sistemas políticos de la Edad Moderna (propios del XVI y XVII), como no podía ser de otro modo, privilegios medievales y modernos, pero también razonó que esos privilegios eran una injusticia y que debían ser cambiados. Evidentemente hubo cambios en el XVIII: Por ejemplo, la lucha por mantener las regalías frente a las exigencias del Papa, y las decisiones de expulsar a los jesuitas, hubieran sido inconcebibles en el siglo XVI y el XVII. Y las Manufacturas Reales, los Pósitos y las Sociedades Económicas, absolutamente contradictorias con sistemas que despreciaban al tercer estado en siglos precedentes, muestran que las cosas estaban cambiando. Pero también hubo mucha continuidad con lo precedente.

Entre los dispuestos a cambiar la sociedad estaban los ilustrados-liberales y los revolucionarios. Aunque no existieron liberales antes del siglo XIX, usamos el término ilustrados-liberales para denominar a aquella parte de los ilustrados que estaban dispuestos a ceder en sus privilegios de clase, y que se denominarían liberales en el XIX.

En cuanto a los ilustrados-liberales, creemos que solamente cuando los nobles y clérigos vieron muy en peligro sus privilegios, vieron también nacer de entre ellos a ciertos personajes “liberales”, es decir, dispuestos a ceder esos privilegios. Una vez en el XIX, los liberales de las clases altas, se llamarán burgueses a sí mismos, pero muchas veces observamos que en el XIX no habían cambiado los apellidos de las familias que gobernaban el conjunto del país en el XVIII, sino solamente la razón por la que gobernaban: antes lo hacían por poseer privilegios, después por poseer la riqueza y la preparación intelectual que la riqueza proporciona a los ricos. Los burgueses ya existían desde hacía mucho tiempo y, en el siglo XVIII, no cayeron en desgracia como concepto, sino que se revalorizó socialmente la palabra “burgués” entre las clases altas.

En cuanto a los “revolucionarios”, los más procedentes de las clases de baja nobleza y campesinos medios que podían aspirar a un poquito más, muchas veces observamos que se trató de meros populismos disfrazados con la palabra de moda en aquellos tiempos, “ilustrados” en el XVIII y “liberales” en el XIX, y que los verdaderos ilustrados en el XVIII, o liberales en el XIX, los respetuosos con los derechos y libertades de todos y cada uno de los ciudadanos, eran minoría.

Pero los cambios no eran nada fáciles: Carlos III, cuando llegó a España, se propuso erradicar la masonería, como ya había tratado de hacerlo en Nápoles. Calificaba a estas asociaciones de sectas peligrosas de dependencia extranjera, y afirmaba que sus socios se comprometían bajo juramento a servir a intereses extranjeros, iniciando una leyenda sobre la masonería que no se comparece con la realidad. La masonería tenía en Italia ciertos componentes nacionalistas, los carbonarios, pero en Francia y España eran asociaciones de cristianos que luchaban en secreto por la extensión de las ideas ilustradas, a veces por el deísmo, y a veces por los cambios políticos que les favorecieran. Pero no podemos considerar que la masonería estuviera arraigada en España a la llegada de Carlos III, aunque pudo haber grupitos esporádicos dirigidos por extranjeros de paso en España. La masonería se extendería durante la Guerra de la Independencia, a principios del siglo XIX. La Inquisición no la había detectado todavía en 1812, y no podemos dudar de que este tribunal no la buscase y persiguiese, ni creemos que los masones fueran tan hábiles como para burlar a la Inquisición.

Siendo la masonería unos grupos o asociaciones que querían cambiar la sociedad, junto a algunas “tertulias” de eruditos y agrupaciones de militares, desde el principio, el cambio social se presentaba muy difícil. El rey Carlos III ya venía dispuesto a impedirlo aun antes de que arraigara en España ese asociacionismo.

 

 

Carlos III en 1758.

Preparación de la llegada.

 

Carlos VII de Nápoles preveía que iba a ser rey de España desde el momento de la muerte de Bárbara de Braganza, en agosto 1758, pues el rey Fernando VI resultó incapacitado por la depresión psíquica que sufría y todos sabían además que era impotente. Inmediatamente, Carlos decidió tomar posiciones en Madrid y envió a sus hombres: Stéfano Reggio príncipe de Yacci, embajador de Nápoles en Madrid; Isabel de Farnesio, madre de Carlos III; Ricardo Wall el irlandés probritánico que había influido tanto sobre las relaciones exteriores en tiempos de Ensenada y Carvajal; Joaquín de Zúñiga, duque de Béjar. Efectivamente, las previsiones se cumplieron y el rey Fernando VI murió un año después que su mujer, en agosto de 1759.

La primera preocupación de Carlos III fue la guerra que se estaba luchando en Europa, pues España acababa de salir de la Guerra de Sucesión de Austria, 1740-48, en los comienzos del reinado de Fernando VI, 1746-1759, y Europa estaba de nuevo en guerra, la Guerra de los Siete Años, 1756-1763, en los años finales del reinado del monarca más pacifista de la Historia de España, Fernando VI y los primeros de Carlos III, rey en 1759-1788. En ambas guerras, se jugaba el poderío de España en América pues los ingleses querían las costas de los Estados Unidos, y los franceses la Luisiana, y ambos querían el Canadá. En 1741 se había visto un asalto inglés a Nueva Granada, cuyo virreinato fue creado ex profeso para defenderse de los británicos. Y en adelante se confirmó la tendencia, aunque las posiciones británicas y francesas no se verán nunca tan claras como a principios del XIX: en 1806 se verá un asalto inglés a Buenos Aires, y en 1808 el intento de Napoleón de dominar América a través de tomar la Corona de España. La perspectiva histórica nos hace ver que los británicos iban a por América española, por muy ilegal que aquello pareciese.

Fernando VI se había negado a entrar en la nueva guerra, pero el tema era difícil y había que tomar una posición respecto a los combatientes: Si se entraba en guerra, se dejaban las puertas abiertas a nuevos aspirantes a desplazar a España de sus colonias americanas. Si no se entraba, los vencedores estaban dispuestos a repartirse esas colonias. La decisión final, en 1761, Tercer Pacto de Familia, será entrar al lado de Francia, como ya era tradicional.

Luis XV de Francia se quiso atraer al futuro rey de España y le insinuó el gran peligro que México corría si Inglaterra se hacía con toda América del Norte. Isabel de Farnesio apoyó a Francia redactando un memorial con los agravios ingleses al comercio y navegación españoles.

Carlos, sin ser todavía rey de España, mandó reforzar las fuerzas navales en Veracruz, Cartagena de Indias y La Habana, así como las fortalezas costeras. Murió por entonces Sebastián Eslava[1], Secretario de Despacho de Guerra, y Carlos ordenó a Wall que se declarara a sí mismo Secretario de Guerra, que en ello tendría el apoyo del futuro rey Carlos.

 

Al abandonar Nápoles, el 6 de octubre de 1759, Carlos VII dejó como rey a Fernando de Borbón Sajonia, 1751-1825, noveno de sus hijos, tercero varón, pues tuvo en cuenta que el mayor, Felipe, era deficiente mental y el segundo, Carlos, lo reservaba para rey de España. Como Fernando tenía nueve años de edad, dejó al frente del Gobierno a Bernardo Tanucci marqués de Tanucci. La coronación de Fernando en Nápoles se produjo el 6 de octubre de 1759. Fernando IV de Nápoles sólo tenía 8 años de edad. Más tarde sería conocido como Fernando III de Sicilia.

En Nápoles, Carlos VII había construido el Palacio de Caserta, un acueducto para llevar agua a Nápoles diseñado por Vanvitelli, el Palacio de Capodimonte en Nápoles, el Hospital General, una fábrica de porcelanas, una fábrica de mosaicos de piedra dura, un teatro de la Música en San Carlos de Nápoles y también había realizado las excavaciones de Pompeya y Herculano en 1750.

 

 

Carlos III en 1759.

Arreglo de los asuntos de Nápoles.

 

Siendo ya rey Carlos III, desde 10 de agosto de 1759 se hizo cargo de la regencia su madre Isabel de Farnesio durante cuatro meses, hasta la llegada de su hijo en 9 de diciembre de 1759. La Farnesio abandonó su residencia de San Ildefonso en Segovia y se trasladó al Buen Retiro de Madrid. Carlos se sintió un tanto alarmado, pues conocía lo gustosa de manejos que era su madre, y ordenó no tomar decisiones hasta que él llegara a España. Lo más importante era no entrar en guerra, ni con Inglaterra ni con Francia.

Carlos no quería abdicar el trono de Nápoles en su hermano Felipe, el derrochador que pasaba sus gastos personales a la Corona de España. Pero para cumplir el Tratado de Aquisgrán de 1749, Felipe debía ceder Parma y Guastalla a Austria (donde reinaba María Teresa), y Plasencia a Cerdeña-Saboya (donde reinaba Víctor Amadeo). Entonces Carlos VII de Nápoles propuso un arreglo a Austria y a Cerdeña que consistía en que Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia) fueran para uno de sus hijos, Felipe se mantuviera en Parma, Placencia (Piacenza) y Guastalla, y Austria y Cerdeña recibieran una indemnización. Complementariamente, Isabel, la hija primogénita de Felipe de Parma, se casaría con el archiduque José (José II de Austria), y María Luisa, hija segunda de Carlos VII de Nápoles, se casaría con el archiduque Leopoldo de Austria.

 

 

Llegada a España de Carlos III.

 

Fernando VI había muerto el 11 de agosto de 1759, y Carlos III fue proclamado rey de España e Indias el 11 de septiembre de 1759. Carlos había preparado su llegada al trono de España con antelación, pues en 1754 había entregado un poder a su madre Isabel de Farnesio para que, en caso de que falleciera Fernando y él estuviera fuera de España, se hiciera cargo del poder provisionalmente. Esta disposición coincidió con el testamento de Fernando VI, que dejaba como heredero a su hermano Carlos y nombraba Reina Gobernadora a su madrastra hasta la llegada de su hermano. El 5 de agosto de 1759, pocos días antes de morir Fernando, Carlos había ordenado que ningún asunto de gravedad, en Consejos y Tribunales, se resolviese sin consultarle a él personalmente.

Carlos III llegó a Barcelona el 17 de octubre de 1759, y fue recibido con grandes fiestas, en un ambiente que contrastaba con la hostilidad que Cataluña había mostrado para con los anteriores Borbones. Carlos III contribuyó a la alegría general otorgando el perdón por deudas del catastro, es decir, de contribución por la riqueza personal, y también recibió memoriales de quejas y peticiones.

Alcanzó Zaragoza el 28 de octubre y se detuvo allí hasta 1 de diciembre por enfermedad de su mujer, la tuberculosis pleuropulmonar de que moriría un año más tarde (alguna fuente dice que fue el sarampión lo que sufrieron los reyes en Zaragoza), presentándose en Madrid el 9 de diciembre de 1759.

En 17 de julio de 1760 se reunieron las Cortes en Madrid, Iglesia de San Jerónimo, para jurar rey a Carlos III. En las Cortes, el rey debía jurar servicio al reino, y los súbditos, fidelidad al rey. También era preciso que las Cortes reconocieran como heredero a Carlos IV. La apertura tuvo lugar en el Buen Retiro el 17 de julio asistiendo los prelados de España, los diputados de Aragón, Valencia, Cataluña y Navarra, y los procuradores de las ciudades de Castilla.

El primer punto a aprobar en esas Cortes, fue que se reconociese como patrona de España e Indias a la Purísima Concepción, sin perjuicio del patronato de Santiago. Se estaba tratando de agradar a la reina María Amalia de Sajonia, de acentuada religiosidad, la cual se había hecho construir una capilla para orar, con un cristo y una calavera como objetos relevantes, ponía el “nacimiento” en navidad, y trajo esa costumbre napolitana a España. La Iglesia española decidió celebrar la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre.

Los siguientes puntos de las Cortes de 1760, fueron los obvios del juramento de fidelidad. Por último, tocaron el tema del sucesor:

Carlos III se enfrentaba en esos primeros días de reinado a un problema de peso, que era la Ley Sálica de 1713. Esta ley, conocida por no dejar reinar a las mujeres, prohibía también reinar a los varones no nacidos en España, y ése era el caso de su hijo Carlos, futuro Carlos IV, al que pretendía hacer jurar como Príncipe de Asturias.

En caso de no aceptar las Cortes a Carlos como heredero, los derechos le correspondían a Felipe de Borbón Farnese, conocido como Felipe de Parma, 1720-1765, duque de Parma, Plasencia y Toscana en 1734, ducados que le fueron arrebatados en 1738 para entregar Parma y Plasencia a Austria y Toscana al duque de Lorena, quien en 1739 se había casado con la hija mayor de Luis XV de Francia, lo cual posiblemente le incapacitaba para reinar en España según el Tratado de Utrecht. En 1748, en los Preliminares de Aquisgrán, le fueron conferidos los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla. Felipe tampoco había nacido en España.

En caso de no aceptar a Felipe de Parma, los derechos le correspondían a Luis Antonio Jaime de Borbón Farnese, 1727-1785, quien en 1735 había sido nombrado arzobispo de Toledo y cardenal presbítero de Santa María della Scala. En 1741 había abandonado la carrera eclesiástica, que nunca le había gustado, y se había casado con María Teresa de Vallabriga y Rosas, de quien tuvo tres hijos. Tampoco había nacido en España.

Carlos no planteó el problema y todos hicieron como que no existía, presentó a su hijo como Príncipe de Asturias y a sí mismo como rey, y las Cortes les aceptaron en 1760.

 

 

Inicio del reinado de Carlos III.

 

Carlos III empezó su reinado con cierta impopularidad por varios motivos: porque se trajo consigo a los italianos Grimaldi y Esquilache, y España estaba cansada de extranjeros; por los malos resultados obtenidos en la Guerra de los Siete Años, 1756-1763; por la elevación de los precios del pan debido a las malas cosechas; y por la liberalización del comercio de granos que hizo Esquilache.

El rey Carlos III por su parte, también encontró un Madrid desagradable, sucio y poco ordenado, y decidió cambiarlo. Parte de esta mala impresión pudo deberse a que María Amalia de Sajonia murió en 27 de septiembre de 1760 de pleuropulmonía, un año después de llegar a España, y a que el rey ya no se casó nunca más. María Amalia también había manifestado que Madrid era una ciudad desagradable para vivir.

Con los años, la relación entre Madrid y Carlos III mejoró:

urbanizó Madrid, prohibió tirar las aguas sucias a la calle, hizo plazuelas en las confluencias de calles. Y los madrileños reconocieron el progreso que veían en su ciudad.

Igualmente, sería valorado por los españoles en general porque hizo bastantes proyectos para el desarrollo agrario: extensión del regadío, libertad de comercio de granos, solución al pleito entre agricultores y ganaderos, medidas para favorecer los arrendamientos a largo plazo y reparto de comunales entre agricultores.

 

Otros temas que Carlos III encontró de actualidad a su llegada fueron:

El proyecto de catastro de Ensenada. Los temas de las reformas económicas, le parecían bien a Carlos III, quien continuaría en ellas con gran impulso hasta 1766, y haciéndolas más lentamente a partir de esa fecha, pero sin cesar en ellas. No se consiguió terminar.

El concepto de política exterior que había seguido Fernando VI, que era de paz armada y diplomacia exterior activa, a fin de conseguir la neutralidad a toda costa.

Y el tema de más rabiosa actualidad, que era la actitud desafiante del “partido español” o “castizo”, un grupo nobiliario y eclesiástico que reivindicaba el poder para un “Consejo” de nobles y eclesiásticos, ante los cuales el rey no fuera sino el brazo ejecutor de la política que ellos decidían. Era como un Parlamento de nobles y eclesiásticos, que dispusiera de la soberanía. El problema se cortó de cuajo celebrando Cortes en San Jerónimo de Madrid, en las que los nobles y eclesiásticos tuvieron que jurar al rey y al príncipe de Asturias, aceptando con ello el absolutismo borbónico. Fue un gesto de autoridad, que acabó con las intrigas palaciegas durante muchos años, aunque volverían bajo el liderazgo de Aranda. Carlos III concedió algunas “mercedes” a los nobles, como que los nobles catalanes volviesen a poder llevar espada, gestos sin mucha trascendencia, que acallaban a algunos. Los nobles y clérigos se quisieron hacer fuertes en las Universidades aprovechando la circunstancia de que los Colegios Mayores se habían convertido en instrumentos suyos, y en vía de promoción para sus hijos. Los partidarios del absolutismo del rey, contrarios a privilegios nobiliarios y eclesiásticos, centraron sus esfuerzos en acabar con esos colegios mayores, con ese modelo de enseñanza en el que los colegiales tenían garantizados los cargos del Estado.

 

Carlos III insistió en su poder absoluto: Exigió de sus secretarios que se le consultase todo, se gestionase la solución de las cosas, y se le volviesen a presentar los proyectos para su aprobación y firma. No iba a estar ausente de la política como Felipe V o Fernando VI.

Y el 23 de diciembre de 1759 se ordenó que todos los eclesiásticos, regulares y seculares, que no tuviesen justificada su estancia en Madrid, definitiva o temporal, volviesen a sus destinos de origen a ocuparse de los oficios que les habían sido encomendados. Con ello, desaparecían de la Corte un buen número de intrigantes.

Carlos III se trajo de Nápoles a varios italianos, lo que recordaba que Felipe V se había traído a los franceses e Isabel de Farnesio a los italianos. Pero sólo incluyó en el Gobierno a Squillacci, en Hacienda, el cual desplazaba al conde de Valparaíso. José Fernández de Miranda y Ponce de León, duque de Losada, 1706-1783, otro hombre venido con Carlos III, no era propiamente italiano, pues había nacido en Oviedo de familia española y en 1731 había sido gentilhombre de cámara para Felipe V. Pero se había ido a Italia con Carlos, y en 1749 había recibido el nombramiento de Caballerizo Mayor del rey Carlos VII, y el de duque de Losada. Al regresar a España, Carlos le trajo consigo y le hizo Sumiller de Corps, Gobernador de la Real Cámara.

El primer Confesor Real del rey fue José Calzado, un franciscano natural de Bolaños (Ciudad Real), por lo que era conocido como José de Bolaños. Estuvo en el cargo hasta 1761 y recomendó a Eleta como su sucesor. Joaquín de Eleta y la Piedra, también franciscano, fue Confesor Real durante 27 años, hasta 1788, no sólo de Carlos III sino también de los infantes, y acumuló cargos eclesiásticos durante su periodo de confesor y también fue Inquisidor a partir de 1764.

 

 

[1] Sebastián Eslava Lazaga, 1685-1759, fue en 1740 el primer Virrey de Nueva Granada con la misión específica de defender la costa sur del Caribe de los ataques británicos. El ataque grande, con visos de invasión y ocupación, tuvo lugar en 1741 a las órdenes del almirante inglés Vernon y de Chaloner Ogle, con 37 navíos de línea, 12 barcos más pequeños y 130 transportes, que fueron sobre Cartagena de Indias y fueron rechazados por el español Blas de Lezo. En 1742 Vernon repitió el ataque y volvió a fracasar. En 1754, Eslava fue nombrado Secretario de Despacho Universal de Guerra, hasta su muerte en 21 de junio de 1759.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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