ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA EN ÉPOCA DE FERNANDO VI, 1746-1759

 

 

 

 

ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA

EN LA ÉPOCA DE FERNANDO VI, 1746-1759.

 

    Durante el reinado de Fernando VI, 1746-1759, se confirmó la incapacidad de la Universidad española para evolucionar hacia los nuevos saberes y aparecieron colegios paralelos a la Universidad como el Colegio de Médicos y Cirujanos de la Marina (Cádiz 1748).

Y en el reinado siguiente aparecerían el Colegio de Cirugía de Barcelona 1764, el Colegio de Cirugía Médica de San Carlos en Madrid 1787, escuelas de veterinaria, escuela de mineralogía, jardín botánico, laboratorio de química, escuela de ingenieros de caminos, puentes y canales, escuela de comercio y diversos observatorios astronómicos como los de Cádiz 1753, San Fernando 1757 y Madrid 1790.

Aparecieron pensiones, becas, para estudiar en países extranjeros, tanto para profesores como para alumnos e incluso se concedió alguna para extranjeros como Humbolt, Bonpland o Pablo Loeffling.

La Inquisición no era un freno absoluto, no un freno total al conocimiento para el movimiento ilustrado y sus ideas: En este tiempo había permisos especiales para que algunas personas pudieran leer algunos libros, poseerlos en sus casas, sin que actuara el tribunal. El Consejo de Castilla deseaba que la censura de la Inquisición no fuese drástica y no colaboraba en denunciar a nadie como había pasado en épocas anteriores. Pero los grupos más conservadores se negaban a aceptar esas publicaciones y la difusión de esas ideas, y las cosas no eran tampoco fáciles en España.

El tema que interesó a más ilustrados fue la explicación de la decadencia de España y su posible recuperación. Y con este fin llegaron a unas conclusiones: que se debían desarrollar las ciencias útiles como matemáticas y física, química y mineralogía, que se debía renovar el sistema educativo para que fuera posible el punto anterior, que había que estudiar los males de la economía española y ponerles remedio, que había que estudiar las nuevas teorías políticas que estaban surgiendo en Europa (liberalismo y librecambismo), pero que había que rechazar los ataques a la religión católica.

Para luchar por estas reformas, crearon unos periódicos que las divulgaban, intentaron entrar en las cátedras universitarias y en los ministerios de gobierno y elaboraron informes de reformas políticas y económicas. Pero llegados a un determinado punto chocaban con la Inquisición que dominaba las altas estructuras de poder y con la Compañía de Jesús que dominaba la enseñanza media. La Compañía de Jesús tenía muchos hombres ilustrados, pero unos límites claros en cuanto se tocaban temas de la Iglesia católica y el Papa. Y los ilustrados españoles siempre se detuvieron en los puntos en que podían ser tachados de heterodoxos.

 

 

 

ACADEMIAS Y TERTULIAS HUMANÍSTICAS

en tiempos de Fernando VI:

 

La Academia del Buen Gusto fue una tertulia literaria en casa de Josefa de Zúñiga condesa de Lemos, que funcionó en Madrid entre 1749 y 1751.

En 1751 apareció la Real Academia Sevillana de Buenas Letras fue fundada por Luis Germán y Ribón en Sevilla en 1751 para investigar el patrimonio cultural andaluz.

La Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, funcionaba desde 1729 como Academia de Buenas Letras, pero en 1751 alcanzó el patrocinio real, se tituló Real Academia.

En 1752 abrió la Real Academia Geográfico Histórica de los Caballeros Voluntarios, en Valladolid, en el edificio actual de Capitanía General. Desapareció en 1800.

En 1757 apareció la Academia de Ciencias Naturales y Buenas Letras de Málaga, liderada por Manuel Fernández Barea.

En 12 de abril de 1752 tuvo reconocimiento oficial la Real Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Era dirigida por el escultor Doménico Olivieri, el pintor Corrado Giaquinto, y el arquitecto Juan Bautista Sachetti. El origen de esta institución data de la academia privada que había abierto Doménico Olivieri en 1741. La idea había sido ya propuesta mucho antes, por Antonio Meléndez en 1726, sin éxito. En 1744, el rey decidió reunir una Junta Preparatoria, que se reunió por primera vez en 13 de junio de 1744, a la que Felipe V asignó los locales de la Real Casa de Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid. El 5 de abril de 1751 se le asignaron estatutos y el 12 de abril de 1752 se fundó la Real Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando. En 1754 fue nombrado Protector Ricardo Wall Devreux, y Viceprotector Tiburcio Aguirre. En 1757, esta Real Academia tuvo unos segundos Estatutos, que supusieron una refundación de la Academia, pues se la habilitaba para dar clases, con sistema de estudios reglado, y otorgar títulos en las tres Bellas Artes más en Grabado. Se nombraron Consiliarios de ella a grandes títulos de la nobleza. Se le concedió un presupuesto con el cual compró modelos de arcilla para dibujar y esculpir, y contrató personas para posar, además de otorgar becas para roma para los mejores alumnos. A partir de ese momento, en el que obtenía la protección del rey, hubo cierta disputa por dirigirla, por un lado los nobles, y por otro, los artistas, acabando esa disputa con la destitución de Mengs como profesor, quien, expulsado de la academia, regresó a Italia. En 1773 se le concedió el local, que sería su sede definitiva, en el Palacio de Goyeneche, Alcalá 13 de Madrid. Para entonces la academia contaba con más de 500 alumnos, y llegaría a los 1.000 en 1800. En 1774, Doménico Olivieri y el marqués de Villarias redactaron el Estatuto de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Con la aparición de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, se abrió la lucha entre la pervivencia de las formas barrocas, incluso las muy acentuadas propias de Churriguera de principios de siglo, con las nuevas tendencias del neoclasicismo. El pueblo seguía con su gusto por lo exageradamente decorado, manifestado en arcos, efigies, funerales, coronaciones, canonizaciones, beatificaciones…

La arquitectura de los ilustrados tendía a ser más social. En vez de palacios y monumentos, se interesaban por la urbanización, los museos, fuentes y jardines que limpiaran el aire y organizaran la ciudad, arbolado, alumbrado público, diseño de fábricas, limpieza de calles y de cementerios… La ventaja de los ilustrados era que las obras del público eran efímeras, mientras las suyas eran permanentes y, poco a poco, iban convenciendo.

Aunque nos excedamos en el tiempo histórico anunciado al principio de este capítulo, conviene tener en cuenta la labor de la Real Academia de San Fernando:

En 1786 se creó la Comisión de Arquitectura para supervisar los edificios públicos, tanto de nueva construcción como los reformados. En 1844 se creó la Escuela de Nobles Artes, con reglamento en 1845 y estatutos en 1846, momento en que pasó a denominarse Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En esos estatutos desaparecieron los académicos honorarios y se separaron las especialidades de pintura, escultura y arquitectura.

En 1864 hubo nuevos estatutos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1873, otra vez nuevos estatutos para denominarse Academia de Bellas Artes de San Fernando (sin el “real”). En 1875 de nuevo adoptó el adjetivo “Real”. En 1937 se creó el Instituto de España, que englobó a todas las academias.

La incidencia de la Real Academia de Bellas Artes fue grande, o tal vez coincidió con el cambio de gustos en el arte, pero se notó un cambio importante en los gustos artísticos españoles: una menor incidencia del barroco y mayor del clasicismo. El problema planteado desde la Academia era si los artistas podrían realizar sus propios gustos o deberían seguir los encargos de los protectores o mecenas. Los mecenas eran conservadores y la academia se mostraba clasicista. Ganaron los artistas y, en el último tercio del siglo XVIII, impusieron el aprendizaje del clasicismo y de las reglas del arte. Entre estos clasicistas surgió cierto interés por el gótico, que hasta entonces era considerado una arte más europeo que nacional.

 

 

Arquitectura de época de Fernando VI.

 

Continuando el barroco, en 1751 fue mandado por Isabel de Farnesio construir el Palacio de Riofrío, en Segovia, cuando estaba apartada de la Corte, pero abandonó las obras al llegar al trono su hijo Carlos III en 1759. Las obras se terminaron en 1762.

Pero a partir de 1751, fecha de fundación de la Academia de Bellas Artes en Madrid, se notó con fuerza la tendencia al neoclasicismo en España. El Estado intervenía en la arquitectura y el fruto de esa intervención era una difusión del neoclasicismo.

Las obras de arquitectura neoclásicas son más bien del reinado de Carlos III y las citaremos en su momento.

 

 

Escultura de tiempos de Fernando VI.

 

La escultura del XVIII se concentró en pocos lugares como Murcia, Sevilla, Córdoba, Valladolid y Madrid, casi todo en barroco:

En Murcia destaca Francisco Salzillo, 1707-1783, como continuador del barroco. Salzillo hizo el Prendimiento en 1736 y Las Angustias de la iglesia de San Bartolomé en 1741, la Oración del Huerto y el San Jerónimo de la Iglesia de Jesús, y la Dolorosa de la iglesia de Jesús en 1756.

En Cataluña, Ramón Amadeu, 1745-1821, hizo belenes mediocres.

Pero también hay una aparición del neoclásico en la escultura:

Francisco Gutiérrez hizo La Cibeles de Madrid.

Juan Pascual de Mena hizo el Neptuno de la Plaza de Neptuno de Madrid y Santa María Egipciaca en Valladolid.

Manuel Álvarez hizo la fuente de Apolo en Madrid.

 

 

Otras artes.

 

La cerámica de calidad se producía en Manises, Alcora, Talavera, Toledo y Segovia. Destaca la porcelana del Buen Retiro (llamada porcelana china en lenguaje popular).

El vidrio se trabajaba en Barcelona, Cervelló, Mataró, Cadalso, y la Real Fábrica de La Granja.

La seda se trabajaba en Valencia, Toledo, Sevilla, Granada y Málaga.

Los bordados aparecieron por doquier.

Las tapicerías buenas eran de la Real Fábrica de Santa Bárbara de Madrid, 1720.

La ebanistería se trabajaba bien en el Real Taller de Ebanistería de Madrid, 1763.

El bronce servía para hacer cajas, tabaqueras, lámparas, candelabros, cajas de relojes…

La orfebrería en plata era trabajada en la Real Escuela de Platería de Madrid, 1778, además de los sitios tradicionales de Córdoba y Santiago de Compostela.

También hubo rejas monumentales para balaustres.

 

 

Pintura del XVIII.

 

En pintura resultó fundamental en el siglo XVIII la creación de la Real Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando en 1752 en Madrid, con secciones de pintura, escultura, arquitectura y grabado. Lo más importante era el premio de la Academia, las seis becas para ir a Italia, que se conseguían por concurso abierto de todos los pintores de España. Los concursantes debían ejecutar un tema de mitología o de historia propuesto por la Academia. En Roma les recibía un director de estudios nombrado desde Madrid. El primer becado fue Francisco Preciado de la Vega y luego hubo muchos extranjeros.

Del mismo año de 1752 es la Escuela de Santa Bárbara en Valencia que luego, en 1768 evolucionaría a Academia de San Carlos.

 

 

 

ACADEMIAS CIENTÍFICAS

En tiempos de Fernando VI.

 

En 11 de noviembre de 1748 se abrió el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, una institución seria para cultivar la medicina científica, para profesionales al servicio de la Armada. Lo fundaba Pedro Virgili Bellver[1], 1699-1776. Virgili había conocido en Algeciras a Jean de La Combe, cirujano francés de Felipe V, y decidió abandonar el ejército para ponerse al servicio de este médico. La Combe quería una Escuela Médica para el hospital de la Armada de Cádiz, y convenció a Virgili para viajar a Cádiz. En 1743 le envió a París a perfeccionar el arte de la cirugía, convirtiéndose Virgili en un gran cirujano. En 1748 Virgili propuso a Ensenada el proyecto de Escuela Médica, y Ensenada lo admitió. El Real Colegio de Cirugía de Cádiz estaba adscrito al Hospital de la Marina de Cádiz. Los estudiantes cursaban tres años de anatomía, cirugía general y saberes clínicos, al cabo de los cuales, los mejores alumnos eran becados para los mejores colegios de Europa del momento. En 1757, el Colegio de Medicina expedía ya títulos de bachiller en filosofía de igual valor a los títulos universitarios. En 1791 expediría títulos de bachiller en medicina, pero el plan de estudios era mucho más amplio, requería cinco años y dentro de él se cursaban estudios de física experimental, química, botánica, fisiología e higiene, además de los ya dichos para 1748.

El Real Colegio de Cirugía de Cádiz fue modelo para los de Barcelona 1764, Madrid 1780, Burgos 1799 y Santiago 1799. Todos ellos, a partir de 1791, otorgaron títulos de medicina que antes estaban reservados en exclusiva a la Universidad.

En 1748-1753 se constituyó la Academia del conde de Peñaflorida en Azcoitia, una institución privada gestionada por Francisco Xavier María de Munibe e Idiáquez, 1723-1785, VIII conde de Peñaflorida, José María de Eguía y Aguirre, 1733-1803, marqués de Narros, y Manuel Ignacio Altuna. Esta academia se interesó por la nueva ciencia y trataba distintos temas: los lunes, matemáticas; los martes, física; los miércoles, historia y literatura; los jueves, concierto; los viernes, geografía; los sábados, actualidad; los domingos, concierto. Su sede era el Palacio de Intxausti en Azcoitia, casa del conde de Peñaflorida.

En 1756 apareció la Academia Médica de Jaén, de duración efímera.

En 1760, Virgili intentó repetir la experiencia del colegio de cirugía de Cádiz en Barcelona, pero el caso fue más difícil porque se oponía la Universidad de Cervera, que reclamaba el monopolio que Felipe V le había concedido sobre Cataluña. En 1764, se abrió el Real Colegio de Cirugía de Barcelona, ligado al Hospital de Santa Cruz.

La universidad de Valladolid se había interesado por el tema de la medicina en 1731, y la de Salamanca en 1748. Pero las Universidades no aportaron nada a la introducción y progreso de las nuevas ciencias, porque siguieron inmersas en doctrinas teológicas y aristotélicas, como las que hemos citado en el caso de fray Antonio José Rodríguez.

La renovación del saber no vendría de la Universidad, sino de las Academias Militares, que sí tenían necesidad de buenos cirujanos, farmacia, medicina, y tenían medios suficientes para aprender en Europa y enseñar en sus colegios.

 

 

 

MÚSICA DE LA ILUSTRACIÓN[2].

 

España en la Edad Moderna cultivaba la música sacra. Los organistas españoles, contratados en las capillas de las catedrales y conventos, eran muy cotizados en toda Europa como excelentes músicos. En la primera mitad del XVIII destacaron José de Elías, José Nebra, Joaquín Martínez de la Roca, Antonio Martín Coll e Ignacio Pérez. En la segunda mitad de siglo destacarían Sebastián Alvero, Antonio Literes, Miguel Rabaza, José Polo Moreno, Antonio Soler, Manuel Blasco de Nebra, Ramón Ferreñac, Juan Vila, Francisco José Olivares, José Lidon, Juan Sessé, Basilio Sessé, Narciso Casanovas y otras decenas más de una larga lista.

La música no sacra, era considerada inferior, bastarda, propia de comedias, enseñada por el diablo, y era mal vista por la Inquisición. Así que en Italia se desarrolló un tipo de música y en España otro distinto, según el papel de la inquisición en cada uno de esos territorios. La música italiana cultivaba virtuosismos en el instrumento y efectos de voz en los cantantes, para lo cual abrió escuelas de canto y escuelas de instrumentos, así como cultivó la polifonía con variedad de instrumentos de sonido agudo, combinados con graves, mientras en España se guardaba la seriedad del órgano, tal vez acompañado alguna vez por otro instrumento. Durón introdujo violines en la música sacra de la Capilla Real en tiempos de Carlos II, y eso se consideraba muy innovador.

Al igual que, en el teatro, Lope y Calderón habían salido de los dramas sacros en el XVII, con triunfo de Lope porque era popular, y éxito de Calderón porque era el protegido de la elite gubernamental, la música necesitaba salir de las iglesias y acercarse a los gustos del público. El público demandaba alegría, risas, canciones que aprenderse.

La ópera no fue nunca popular en España, pero tenía seguidores entre las clases cultas de Madrid, Cádiz, Barcelona y algunas capitales de provincias.

Tenemos noticias de que en 1622 se representó en la corte de Aranjuez, en privado, un drama armónico cantado por 13 damas de la reina, ayudadas por coros de profesores de la Capilla Real, a petición de Isabel de Farnesio, la esposa de Felipe IV. Y de que en 1625 se presentó en público una obra cantada, con canto en medio de la declamación del texto.

Por esos años, Italia hacía una música más moderna en dramas líricos que evolucionaron y acabaron denominándose óperas. La ópera es un espectáculo lírico-dramático lleno de personajes caracterizados y escenarios cambiantes, cuyo montaje resulta de alto costo y en el que se privilegia a la música sobre el texto o argumento. Sus defensores alegan que la música expresa mejor los sentimientos que las palabras. Sus detractores dicen todo lo contrario. Italia desarrolló una música profana, que sería la triunfadora a final del siglo XVII en Francia y Austria y se impondría definitivamente en el XVIII.

Tenemos noticias de una ópera española de 1660, Celos aun del aire matan, de Calderón e Hidalgo, que traía la moda italiana a España. Y sabemos de una zarzuela anterior, El laurel de Apolo, de 1658, también de Calderón e Hidalgo.

La música distinta llegaba a España desde Italia, y los mejores músicos españoles jóvenes, iban a Italia a perfeccionarse, de modo que, si tenían éxito se quedaban, y si fracasaban, volvían a España. Cuando volvían a España, se colocaban en capillas de catedrales y conventos y volvían a la música sacra.

Domenec Miquel Terradellas tuvo éxito en Italia en 1739-1751. El español Domenec Miquel Terradellas, 1713-1751, fue principalmente autor de música sacra, aunque intentó, con poco éxito, una incursión en la ópera en 1738, con la obra Astarto. También hizo serenatas y sinfonías, pero su fuerte era la música sacra.

David Pérez tuvo éxito en Italia en 1739, y luego pasó a Portugal en 1752 y estuvo en Londres.

Diego Nasell escribió alguna ópera en Nápoles en 1748-1749.

Igualmente trabajó en Italia, en música sacra, Josep Portell, 1679-1759.

Pero otros no fueron tan afortunados: volvieron a España, y tuvieron que volver a la música sacra para poder vivir, como fue el caso de Francisco Javier García, 1731-1809, que al volver se hizo sacerdote y cultivó la música sacra, y de Manuel Gaytán Arteaga que se colocó en Córdoba e hizo música sacra el resto de su vida.

 

La ópera española en el siglo XVIII.

El éxito de Luis XIV en Francia ayudó a valorar en España la música nueva, simplemente porque esa música había triunfado en Francia.

Cuando Felipe V regresó de Nápoles en 1703, se trajo compañías de ópera y se impulsó la representación de música italiana. Llegaron de Italia cantidad de músicos: Alexandro Scarlatti, Leonardo Leo, Nicola Porpora, Francesco Feo, Leonardo Vinci, Francesco Durante, Giam Francesco de Majo, Giobanni Battista Martini, Juan Bautista Pergolesi…

La llegada masiva de los músicos italianos se produjo en el reinado de Felipe V. En época de Felipe V empezó a perder valor en el teatro la llamada “poesía” española, que muchas veces no era más que versos grandilocuentes y ampulosos de poco gusto. Y se promocionaron en teatro las tramas sentimentales. Y en los entreactos se metió un espectáculo musical para atraer al espectador, o en su lugar el sainete, lo cómico, lo satírico, lo que hacía reír, lo que tenía doble sentido…

El italiano Francesco Bartoli solicitó un local en la calle de Alcalá para hacer representaciones, local que funcionó entre 1709 y 1725. Tras la muerte de Bartoli, los miembros de la compañía trataron de reorganizarse y malvivieron hasta la apertura del Teatro de Caños del Peral y del Coliseo del Buen Retiro.

Los compositores españoles hicieron algunos pinitos en el campo de la ópera:

Sebastián Durón, 1660-1716, había intentado el éxito con La Guerra de los Gigantes de 1710.

Más tarde aparecería Antonio Literes, 1673-1747, que acercó la música española al gusto italiano.

La ópera española fue fundamentalmente cosa de italianos venidos expresamente para ello. La ópera era un acontecimiento elitista por dos razones, por su larga duración, de varias horas, y por estar cantada en idiomas extranjeros, italiano y francés. Eso era odiado por las masas incultas, lo cual era la oportunidad de los compositores españoles para competir con los profesionales italianos que estaban llegando con profusión a ganar dinero a España. Los italianos daban sesiones en plazas públicas y pueblos grandes, dando a conocer el nuevo espectáculo europeo, la ópera, hasta que la moda pasó o los españoles se cansaron de esos espectáculos. A los autores españoles, les quedaba, o bien competir con otros géneros similares, o bien traducir al español las composiciones líricas italianas de los grandes maestros. Hicieron lo uno y lo otro.

Francesco Coradini, 1700-1769, llegó a España en 1728 y trajo a España varias óperas italianas a partir de 1731, y también compuso dramas, zarzuelas y alguna ópera.

En 1722, el marqués de Scoti, embajador de Parma, fue nombrado Director y Juez de Cómicos y dio puerta abierta a los italianos y su ópera. Pidió un local adecuado para ese espectáculo y se le dio Caños del Peral. Contrató al arquitecto italiano Sachetti y en 1738 abrió Caños del Peral (situado en el solar que hoy es el Teatro Real) capacitado para dar espectáculos de ópera.

La disputa o polémica entre músicos era agria en esos tiempos. Los españoles conservadores consideraban que la música italiana era exagerada y afeminada, con demasiada orquestación y demasiados juegos vocales en el canto, y más aún, los bailarines en el ballet parecían una auténtica exageración innecesaria.

Pero algunos maestros de música sacra, que tenían puestos de trabajo en las capillas de catedrales y conventos, sufrieron las influencias italianas, empezaron a hacer demostraciones de virtuosismo, siempre sin salirse mucho de lo clásico.

El rey Felipe V promocionaba representaciones de ópera en el Coliseo del Buen Retiro. Farinelli fue el Director de este teatro y propuso muchas óperas italianas a partir de 1737. Felipe V había contratado a Carlos Broschi Farinelli, un castrato napolitano cantante, y éste permaneció en España hasta 1760, fecha en que fue expulsado de España y marchó a Bolonia.

En 1738 apareció en España la primera compañía italiana de ópera, que se defendía ofreciendo ópera y ópera bufa.

Los músicos españoles que competían con la música oficial subvencionada italiana, actuaban en el Corral de la Cruz y en el Corral del Príncipe.

Junto a Luis de Misón, en Madrid destacaba el músico José de Nebra, cuyo nombre completo era José Melchor Baltasar Gaspar Nebra Blasco 1702-1768, el cual era fundamentalmente compositor litúrgico, un genio en lo suyo, pero también escribió algunas óperas y zarzuelas entre 1729 y 1747. El camino de ilustrar al pueblo por la música en las catedrales y las iglesias que tuvieran órgano no dio resultado alguno. El pueblo gustaba de música facilona, villancicos de letras horrorosas, y canciones de semana santa lúgubres. Los compositores de música sacra trataban de ganar algún dinero componiendo dentro de la moda musical.

 

En tiempos de Fernando VI, 1746-1759, y su esposa Bárbara de Braganza, que eran melómanos y les gustaba mucho la ópera, se trajeron a muchos italianos a España: Niccoló Jommelli, 1714-1774; Giacomo Facco, 1676-1753; Francesco Corselli, 1705-1778 (el cual estuvo en España de 1733 a 1778); Francesco Coradini, 1700-1769 (estuvo en España en 1728-1769); Giovanni Battista Mele, 1701-¿?, (estuvo en España 1735-1752).

 

El público español quería otra cosa distinta de la seriedad impuesta por la ópera: En España gustaría más adelante la ópera bufa, la tragedia jocosa, la comedia musical, la opereta y la zarzuela. En España se creía que la letra era tan importante, o más, que la música con que se cantaba, y que por tanto la zarzuela y los espectáculos llamados menores podían expresar mejor el mensaje del autor que la ópera propiamente dicha.

Igualmente, el público decidió que el teatro era demasiado serio y aburrido. El teatro y la música, sobre todo la tonadilla, caminarán juntos un buen trecho. Para llevar gente al teatro se introdujo la música, y la música del teatro no podía ser la misma que en la iglesia.

La participación de la música en el teatro se hizo en los entreactos, en los cuales actuaban cantantes y tonadilleras. Se puso de moda un teatro que combinaba declamación, canto, baile, disparos de mosquetes, fuego de pólvora y otros efectos que trataban de impresionar a un público aburrido ante los espectáculos habituales de la música y el teatro. En los entreactos, se introdujeron en el espectáculo sainetes, entremeses, mojigangas y canciones, unos espectáculos que se dieron en llamar “zarzuelas” y tienen poco que ver con el género zarzuela que hoy conocemos. Particularmente triunfaba la tonadilla, la cual a veces tuvo más aceptación que la obra de teatro que se representaba. Destacaron las cantantes María Calderona, Francisca de Castro, Bernarda Ramírez, Luisa Romero, Mariana Romero, la Borja, María de Quiñones “la Patata”, y los cantantes Cosme, Godoy, José Romero, Gil Parrado, Juan Ranc. Lo importante es que atraía al público la música diferente a la música sacra que se veían obligados a escuchar en los actos litúrgicos. Las obras de teatro e incluso muchas obras musicales, salvaban la taquilla por esta música popular que se intercalaba en los intermedios.

El intermedio, que era muy largo con objeto de cambiar decorados en el escenario, daba tiempo para dos espectáculos complementarios, dos tonadillas en cada intermedio o bien una tonadilla y un baile.

Viendo el éxito de las actuaciones jocosas, los autores de ópera introdujeron la ópera bufa. Pero la ópera siguió siendo en España para minorías. E incluso en los intermedios de la ópera, aparecieron actuaciones complementarias, como en el teatro.

La tonadilla fue reinventada por Luis de Misón, 1727-1766, músico catalán de padre francés que en 1748 se hizo oboísta y flautista para la Capilla Real de Madrid y tocaba en los conciertos del Buen Retiro y de Aranjuez. La tonadilla popular de mal gusto, fue reemplazada por una tonadilla también popular, pero con gracia y gusto. En 1757 escribió su primera tonadilla, Una Mesonera y un Arriero, para ser cantada por dos mujeres (Teresa Garrido y Catalina Pacheco “la Catuja”), y se inició un género de tonadillas “hechas para el pueblo por gente culta”. Luego escribió Los Pillos, para ser cantada por dos hombres (Manuel Pla y Antonio Guerrero). Misón dio mucha gracia a las canciones, y los temas trataban de amores, un tema muy aceptado por el pueblo y se hicieron muy populares, lo que le impulsó a escribir más de un centenar de tonadillas. Con este éxito inicial, escribió 3 zarzuelas, 3 comedias, 8 entremeses, 16 sainetes y 12 sonatas para flauta, viola y bajo.

La tonadilla la cantaban entre uno y cinco personajes, que relataban en el canto los amores de gente del pueblo, o de gente importante, “usías”, o amores pastoriles, siempre con gracia, con gestos que hacían reír, con tonadilleras que chasqueaban al público hablando de frutas y hortalizas que en la calle tenían doble sentido. Los estribillos eran coreados por todo el público. La pieza tenía introducción, fábula, episodio, solución y estribillos al final.

Destacaron las tonadilleras Teresa Garrido, Catalina Pacheco, Rosalía Guerrero (especialista en letras bufas), María Ladvenant, María Antonia Guzmán (especialista en payas y viejas), María La Chica (especialista en remedos jocosos), Mariana Alcázar (especialista en lo jocoso), Teresa Segura, María Mayor Ordóñez, Juana Garro (especialista en papeles de gitanas), Joaquina Moro (especialista en papeles de viejas). Y los tonadilleros Manuel Guerrero, Juan Ladvenant, José Molina “el Entremoro” (especialista en papeles jocosos de arrieros andaluces), Diego Coronado (especialista en papeles jocosos), y Ambrosio Fuertes (especialista en Zarzuela).

Estos buenos cantantes también hacían “playback” para actores que no sabían cantar, de modo que se colocaban entre bastidores y le hacían la canción al actor, mientras éste simulaba ser el que cantaba. Los artistas debían ganarse la vida como podían.

 

Los españoles crearon la zarzuela. Esta obra cantada, tuvo su origen en el teatro de la Zarzuela, y de él tomo el nombre. El teatro de la Zarzuela tomó el nombre de un zarzal de las afueras de Madrid, en el que a principios del XVII, el cardenal infante don Fernando se construyó un palacete, en cuyo lugar, Felipe IV decidió en 1634 representar óperas cómicas, oír canciones de profesionales y escuchar música de todo tipo, también la popular. En este palacio se inventó una obra con música e instrumentos populares españoles, texto en español, y gracia en el desarrollo de la trama, que podía haberse llamado opereta, pero que acabó denominándose zarzuela. Nada que ver con la mezcolanza de teatro, baile y tonadilla que, como espectáculo, se venía denominado zarzuela en la primera mitad del XVIII. Las primeras zarzuelas se inspiraron en temas ya tocados por Lope de Vega y Calderón de la Barca, temas ya conocidos del público. Ramón de la Cruz, en la segunda mitad del XVIII, abandonó los temas heroicos y legendarios e introdujo los temas costumbristas, y la zarzuela acabó de perfilarse tal y como la conocemos hoy.

A la caída de Ensenada, Farinelli fue Director de los espectáculos musicales y se excedió trayendo cantantes e instrumentistas italianos. Trajo los mejores, pero significó un gasto inmenso. Además, las funciones eran gratuitas y en los entreactos se repartían refrescos gratis a los asistentes. Llegaron a España compositores como: Francesco Corselli, Francesco Corradini, Juan Bautista Mele, Joaquín Laudi, Doménico Scarlatti… Se trajeron cantantes como: Francesco Giovanni, Antonio Bufalini, José Gallicani, José Lucholi, Antonio Bertoluci, José Canovay… Se contrataron instrumentistas como Miguel Geminiani, Gabriel Ferri, Cosme Perelli, Pablo Jacco, Francisco Landini, Antonio Marquesini, Felipe Sabatini, Jose Bonfantti, Francesco Fayni, Manuel Philipis, Carlos Millorini, Bernardo Alberic, Domingo Porretti, Cristiano Rinaldi, que tocaban violín, contrabajo, violoncello y oboe. Los españoles eran considerados buenos instrumentistas en flauta, trompa, y clarín.

A la muerte de Fernando VI, Farinelli tuvo que dejar la Corte de Madrid, por sus excesos en los gastos dichos.

 

La ópera no gustó demasiado a Carlos III ni a Carlos IV. El estilo cambió, y evolucionó a ópera jocosa, cuyas representaciones tuvieron mucho más éxito de público en el Teatro del Buen Retiro y en el Teatro de Caños del Peral, pues eran representadas en español por compañías españolas.

Con Carlos III, la ópera se representaba más en pequeños círculos familiares de nobles y diplomáticos. Y el Teatro Caños del Peral fue cedido a la Junta de Hospitales de Madrid para dar funciones benéficas de óperas y ballets. El conde de Aranda creó un “Teatro de los Reales Sitios” que era una compañía que acompañaba al rey por los diversos palacios en que éste pasaba el año.

 

En la segunda mitad del XVIII, hubo buenos músicos españoles:

Triunfó en Italia el español Vicente Martín Soler, 1754-1806.

Discípulo de José de Nebra y de Antonio de Literes en la Capilla Real de Madrid, fue José Lidón, 1748-1827, también organista como sus maestros y compositor de más de sesenta obras de música sacra, pero que también hizo pinitos en sonatas y fugas para órgano y un cuarteto de cuerda, además de música para ópera.

En 1760 llegó a España Josep Durán, procedente de Italia, el cual había estudiado en Italia con Terradellas. En España se dedicó a difundir las obras italianas, óperas, dramas jocosos y operetas, pero su éxito fue moderado y volvió a Roma en 1763, donde tampoco triunfó.

En 1760, Pablo Esteve presentó también tonadillas para los entreactos del teatro y la ópera.

Vicente Martín Soler, 1754-1806, difundió en la década de los setenta dramas jocosos, en 1777 se volvió a Italia y encontró de moda los ballets para los entreactos de las funciones de ópera, y compuso varios ballets. En 1781 compuso óperas para teatros privados, con éxito desigual.

En 1783, Aranda pidió que la ópera se representase en español y las óperas fueron traducidas y adaptadas, reduciendo su duración a un máximo de dos horas y media y transformándolas algunas a zarzuelas. La orden de cantar en español fue reiterada en 1799.

Doménico Rossi fue un empresario que reabrió Caños del Peral en 1787. Carlos III le concedió el teatro nuevo a los hospitales de Madrid junto al monopolio de óperas italianas y españolas y comedias en días intermedios a las funciones de ópera. Entonces surgió un grupo elitista de aristócratas que gustaban de la ópera, del baile francés del minué, y ellos iban a Caños del Peral todas las semanas. El ambiente social dio un cambio radical cuando permitieron asistir juntos a los hombres y mujeres en los mismos espacios y sin necesidad de que las mujeres se cubrieran. Sólo se exigía guardar silencio y la debida compostura.

La élite musical estaba en los teatros fijos de Madrid, Cádiz y Barcelona, y también había funciones esporádicas en Valladolid, Sevilla, Granada y Zaragoza, por temporadas.

 

Para finales del XVIII, el teatro de vidas de santos había desaparecido y los autosacramentales habían sido prohibidos desde 1768.

 

En tiempos de Carlos IV, la ópera vivía de subvenciones del Estado, muy cuantiosas, hasta que Godoy, en 1799, decidió retirar las subvenciones. No se podían sostener a costa del Estado estos espectáculos en plena crisis económica de emisión de deuda sin control, y de guerras sucesivas. La música sacra continuó porque no dependía de estas subvenciones, pero la música moderna no pudo.

En tiempos de Carlos IV estaban de moda las tonadillas y zarzuelas de Francisco Pareja y las de Blas de la Sierra.

Los muchos gastos y el trabajo incompetente de algunos compositores llevaron a la ruina al Teatro Caños del Peral.

En 1821 se volvió a admitir la ópera en italiano, porque los grandes cantantes italianos tenían muchas dificultades para retener la letra en español.

En 1856 se abriría el Teatro de la Zarzuela que hoy conocemos, un teatro para promocionar a los músicos españoles, tanto en ópera como en Zarzuela.

 

 

 

 

LAS CIENCIAS DE LA NATURALEZA

A mediados del siglo XVIII.

 

A mediados del XVIII, surgió en España un nuevo campo del saber científico como independiente: Al tiempo que la química, física y biología se mostraban como cosas distintas a la medicina, también se desgajó de estos estudios de medicina otra serie de prácticas, como la geología, paleontología, sismología, zoología, botánica… que venimos en llamar Ciencias Naturales.

Poco antes, en 1727 se discutía sobre los hallazgos de Concud, 6 kilómetros al nordeste de Teruel, donde aparecían grandes animales petrificados. Feijoo dijo que eran los restos de una gran batalla. Clarasid, en 1737, dijo que eran seres marinos y terrestres petrificados.

En 1746, Pierre Barreire descubrió nummulites en Gerona.

En 1752 se abrió el Real Gabinete de Historia Natural en el Palacio del Prado, lugar que hoy ocupa el Museo del Prado. Lo había pedido Alejandro de Ulloa. Al poco tiempo, la institución cambió su sede al Palacio de Goyeneche, compartiendo espacios con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Fue dotado con las colecciones reales, la del criollo Franco Dávila, y la del alemán Jacob Forster, y reunió una serie de minerales, animales disecados, plantas y el “tesoro del Delfín” que eran piezas de cristal de roca talladas. Actuó como museo y como centro de estudios de mineralogía, botánica y zoología. La obra se quedó en un mero catálogo, exposición y estudio de la cristalografía y zoología en esqueletos, y no dio el salto necesario hacia las ciencias. El inventario de minerales españoles había sido hecho casi siempre por extranjeros contratados en España y Antonio de Ulloa representaba un cambio, pero no el cambio definitivo.

En 1753 llegaron a España los alemanes Andrés Keterlin y su hijo Juan Keterlin, y el químico francés Agustín de la Planche, los cuales debían poner en marcha el Gabinete de Historia Natural, pero el proyecto decayó a la caída de Ensenada en 1755. Los Keterlin fueron destinados a estudiar las minas de Almadén. Agustín de la Planche al Laboratorio de la Platina.

En 1754, José Torrubia observó fósiles en Montjuich.

En 1755, José Quer Martínez, 1695-1764, cirujano del Regimiento de Soria, creó un Jardín Botánico en Migas Calientes, al norte de Madrid (en 2001, se inauguró por allí el Jardín Botánico Alfonso XIII). Quer se desplazó por tierras de Gerona, donde estaba de guarnición, y por otros puntos de Cataluña, y más tarde por Aragón y Valencia, observando y recogiendo plantas. Tuvo ocasión de recoger algunas en Argel, con motivo de intervención de su regimiento en este lugar. Conoció al cisterciense Antonio José Rodríguez y, juntos, visitaron el Moncayo reconociendo su flora. Con ocasión de un viaje a Italia, visitó los Jardines Botánicos de Nápoles y de Roma y, a su regreso a España en 1746 concibió la idea de hacer lo propio en España. Utilizó los jardines de los duques de Atrisco y del conde de Miranda para plantar semillas, y aprovechó para completar su colección visitando las tierras de Madrid y de Extremadura. Al fin, consiguió el interés de Fernando VI, y en 1755 se abrió el Jardín de Migas Calientes. Luego visitó Burgos, León, Asturias y Galicia, y acabó teniendo una colección de plantas representativas de toda España. En 1781, el Jardín de Migas Calientes sería trasladado a Madrid, al Prado. El traslado lo hizo Casimiro Gómez Ortega. El problema de José Quer fue no utilizar la taxonomía de Linneo, con la que se entendían los botánicos europeos, y su obra no fue comprendida en Europa. Antonio Palau Verdera añadió al Jardín Botánico la taxonomía de Linneo y el éxito fue muy grande, surgiendo jardines botánicos por toda España.

En 1751 llegó a Madrid Pedro Loefling y dio a conocer la obra de Linneo, que desde entonces se estudió en la Universidad.     Pehr Löfling, conocido en España como Pedro Loefling, 1729-1756, era un sueco que había estudiado medicina en Upssala en 1745, donde colaboró con Linneo en la elaboración de Filosofía Botánica. Linneo tenía interés en recoger muestras de plantas en los territorios de la Corona española, y la Corona española tenía interés en conocer los suelos españoles. En 1751 se llegó a un acuerdo y Löfling pasó a España donde en los dos siguientes años recolectó unas 1.300 plantas en los alrededores de Madrid. Llegó en plena efervescencia de estudios médico botánicos, cuando los españoles querían jardín botánico, cátedra de botánica, y expediciones botánicas por todo el mundo. En 1753 se formó un equipo con Pehr Löfling, Benito Paltor (médico botánico, nacido en Valencia, que en 1758 publicó Iter Hispanicum describiendo plantas de España y América), Antonio Condal (médico botánico), Bruno Salvador Carmona (dibujante, 1737-1801) y Juan de Dios Castel (dibujante), que partió hacia Venezuela en 1754. Löfling murió de fiebres tropicales en 1756 y sus trabajos fueron publicados por Linneo en 1758, Flora Cumanenses.

El entusiasmo por los nuevos estudios fue tan grande que el Gobierno organizó expediciones a Chile, Perú y Nueva España para estudiar la flora y fauna, entre las que destacó la de Malaspina.

En 1752 se abrió el Laboratorio Metalúrgico o Casa del Platino en Madrid.

En 1752 llegó a España William Bowles, 1721-1780, un irlandés que había estudiado Leyes en Inglaterra e Historia Natural, química y metalurgia en París. Allí conoció a Antonio de Ulloa, el cual le recomendó en España para la mejora de las minas de Almadén, pero no se limitó a estudiar esas minas sino que recorrió España para localizar minerales, bosques y cultivos. Guillermo Bowles, en 1756 viajó por España y Juan Pedro Saura le acompañó en este viaje. En 1775 pudo publicar Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España, obra en la que comentaba la geología, flora y fauna españolas. También escribió Memoria sobre la minas de Almadén, e Historia de las langostas en España.

En 1754 se abrió un Observatorio Astronómico en Cádiz, que en 1798 se trasladaría a San Fernando, para que el estudio de los guardiamarinas fuera correcto.

En 1757 aparecería la Academia de Ciencias de Madrid.

En 1758 abrió en Barcelona la Real Junta de Comercio de Barcelona, institución privada que tenía una Escuela de Náutica, Escuela de Botánica, Escuela de Química y Escuela de Mecánica.

 

 

 

AMBIENTE DE POLÉMICA SOBRE LA ILUSTRACIÓN

a mediados del XVIII.

 

Los españoles que podían leer a Montesquieu o Rousseau eran muy pocos, ni siquiera el 1% de la población. Eran sin embargo una minoría influyente, miembros de la pequeña nobleza, burgueses, médicos, abogados, escritores… También lo clérigos podían leer a los ilustrados, pero no querían hacerlo, excepto algunos como fray Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764, y el padre Enrique Flórez 1702-1773, que se saltaron las normas aceptadas y leyeron.

Pero fue suficiente para en la segunda mitad del siglo originar una generación de políticos que habían leído a los ilustrados: Pedro Rodríguez de Campomanes 1723-1803, conde de Floridablanca 1728-1808, conde de Aranda 1719-1798, Gaspar Melchor de Jovellanos 1744-1811.

La ilustración estaba calando entre los españoles, pero todavía a mediados del XVIII había una fuerte oposición de los conservadores, que además tenían el poder de la Inquisición: En 1752, Jaime Pastor, que opositaba a la cátedra de Filosofía de la Universidad de Valencia, fue denunciado ante la Inquisición por Manuel Miralles. Y la polémica salió a la luz: Mayans apoyó a Pastor, habló con el inquisidor y logró que la Inquisición se inhibiese en el tema. Se impuso el criterio de separar la verdad científica y la verdad religiosa como cosas distintas.

En el campo, de los eclesiásticos, la polémica era más dura, pues entre ellos estaban los ultraconservadores, que contaban, o pensaban que estaba de su parte, la Inquisición:

Jaime Caresmar Alemany, 1717-1791, estudió con los jesuitas en Barcelona y fue abad del monasterio premonstratense de Belpuig de las Avellanas desde 1754, demostró que San Severo de Barcelona, un santo local, no había existido nunca y que varios milagros atribuidos a Santa Eulalia eran falsos. Ello demuestra que algunos religiosos estaban sometiendo las creencias religiosas a examen racional.

En Salamanca,      Felipe Bertrán, 1704-1783, (cuyo primer apellido es citado como Bertrán y como Beltrán, y el segundo apellido es citado como Casanova, Serrano o García según qué documentos), es conocido como el obispo de Salamanca innovador, porque llegó a ser obispo de la ciudad. Era de Castellón y en 1721 había estudiado filosofía y artes en Valencia, y en 1724 teología, por lo que pudo conocer a los novadores valencianos. Fue catedrático de Santo Tomás en 1735 en Salamanca. En 1739 pasó a servir a Ginés Rabassa de Perellós y Lanuza, marqués de Dos Aguas. En 1763 consiguió el obispado de Salamanca. En 1764 recomendó la expulsión de los jesuitas que efectivamente tuvo lugar en 1767. En diciembre de 1774 fue nombrado Inquisidor General y en 1775 se instaló en Madrid, desde donde protegió en lo que pudo a los jansenistas españoles. En 1779 abrió seminario conciliar en Salamanca en el antiguo Colegio del Espíritu Santo (La Clerecía), que había sido de los jesuitas. En 1782 autorizó la traducción de la Biblia al castellano. Trató de reformar los sermones a fin de que fueran más acordes con la religión y menos con sentimentalismos y falsas tradiciones religiosas.

Mateo Aymerich, 1715-1799, jesuita, profesor de Cervera en 1745-1751, de Barcelona, y más tarde de Gandía, escribió en 1747 Systema antiquo novum jesuiticae philosophiae, y en 1756 Prolusiones Philosophiae. Trataba de introducir ideas científicas nuevas en el saber tradicional universitario.

En Cervera, José Finestres formó un grupo de profesores jesuitas: Bartolomé Pou, Blas Larraz, Luciano Gallissá, Tomás Cerdá, que intentaron aceptar las nuevas ideas literarias y filosóficas de su tiempo, con las limitaciones que imponía la disciplina de una orden religiosa católica.

En la sociedad seglar, y en determinados ambientes reducidos, la libertad de pensamiento se imponía: La Asamblea Amistosa Literaria de Cádiz de 1755, servía para hablar todo tipo de temas ilustrados, desde matemáticas y física, hasta geografía e historia y antigüedades, pasando por higiene. La gestionaba Jorge Juan en su casa.

También hubo ejemplos que sirven para demostrar la incidencia de la ilustración al tiempo que la resistencia al movimiento ilustrado. El más conocido es el del Padre Isla:

José Francisco Isla de la Torre y Rojo, 1703-1781, fue un niño prodigio que se graduó como bachiller en leyes en 1714, a los 11 años de edad, y se hizo jesuita en 1719, a los 16 años de edad, teniendo mucha afición por las sátiras y los chistes escatológicos, aunque tenía buen cuidado de esconder su nombre en ello. Estudió filosofía y teología en Salamanca y fue profesor de filosofía y teología en distintos colegios de la orden de San Ignacio. En 1758 publicó, bajo el pseudónimo de Francisco Lobón de Salazar, La Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zote, por lo que aparece a veces como ilustrado, por crítico de la sociedad de su tiempo, pero más bien era un inconformista. El argumento de Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, trata sobre un ignorante entrenado para hacer sermones sin saber lo que decía, pero haciendo sermones pomposos, pedantes y con mucha retórica. Fray Gerundio de Campazas, era una crítica a los sermones de su tiempo. Los sermones eran escuchados por gente que no tenía radio ni televisión, y veían en el sermón una ocasión de pasar una o dos horas escuchando algo diferente a cotidiano. Muchos curas y frailes se aprovechaban de esta circunstancia, los unos ignorantes, los otros maliciosos, para hacerse protagonistas por unos minutos. El padre Isla critica el barroquismo y culteranismo de los sermones, y la propia mentalidad que se solía defender en ellos, e incluso a los mismos predicadores. Los más afectados por las críticas del padre Isla fueron los del clero regular mendicante, los freyres, que vivían exclusivamente de esta actividad taumatúrgica. Los freyres llevaron el tema en 1760 a la Inquisición, quien prohibió la primera parte, y evitó la publicación de la segunda parte. En 1768 se publicó de todos modos la segunda parte, porque fray Gerundio era muy popular. Se alegó que era literatura irónica fina. También era una crítica a las Escuelas de Latinidad, una sátira a los maestros, de los que tenía una idea estereotipo de que eran muy ignorantes aunque estupendos “pendolistas” (calígrafos), lo cual les conducía a métodos exclusivamente memorísticos y a sistemas educativos basados en los azotes a los alumnos. La obra fue prohibida inmediatamente por la Inquisición. En 1767, la Compañía de Jesús fue disuelta, y José Francisco de Isla marchó a Córcega y después a Bolonia, donde enseñó en el Real Colegio de España de esa ciudad. En Bolonia fue considerado un tipo peligroso para todos, pues hablaba alegremente de todo y contra todo, incluso del Papa y del rey de España.

Entre las obras de José Francisco de Isla, encontramos Epistolario sobre temas de historia, Compendio de Historia de España, y Día Grande de Navarra, que era otra sátira sutil. En 1773, disuelta la Compañía, escribió cosas para uso interno de un grupo de antiilustrados, como el Memorial en nombre de…la Compañía de Jesús… a SM el rey Carlos III, y Anatomía del Informe Campomanes, publicado en 1782, un año después de su muerte, en el que defendía la limitación del poder real y que el jansenismo estaba corrompiendo a la Iglesia española. No era pues un ilustrado, pero sí había calado en él el racionalismo crítico.

 

 

LA HISTORIA A MEDIADOS DEL XVIII.

 

En 1758 y 1759 aparecieron las obras más significativas de Andrés Marcos Burriel, 1719-1762, jesuita que había estudiado teología en Toledo y en Murcia, y que fue profesor en Toledo, Murcia y el Colegio Imperial de Madrid, y del Seminario de Nobles de Madrid. También fue profesor de filosofía peripatética en Alcalá. Colaboró con Flórez en su Historia Sagrada. Fue amigo de Mayans. Ensenada y Carvajal le encargaron recoger documentos de la historia eclesiástica y civil española para probar documentalmente la cuestión del “patronato real” como universal sobre todas las iglesias de España. Y trabajó los archivos de la catedral de Toledo y otros archivos españoles a fin de probar el derecho de los reyes españoles al regalismo. Luchó por extender las misiones de Alta California y a tal fin preparó mapas del territorio. En 1757 escribió Noticia de la California y su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente, en tres volúmenes, y en 1758 escribió Paleografía Española. Utilizó el pseudónimo de Francisco Antonio González Valdivielso.

    Francisco Pérez Bayer, 1714-1794, era valenciano y estudió teología en Valencia y, luego, Derecho en Salamanca, mostrándose ilustrado. Fue profesor de hebreo en Valencia y en Salamanca y realizó un trabajo de base para la historia con el Catálogo de la Real Biblioteca de El Escorial, publicado en 1756 distinguiendo los libros en castellano, griego, latín, árabe y hebreo, proporcionando muchos documentos a Andrés Marcos Burriel. En 1769 publicó Por la Libertad de la Literatura Española, una crítica a la Universidad de su tiempo. Es mucho más conocido por Etimología de la Lengua Castellana, y por la Gramática Hebrea, y por los estudios numismáticos que empezó en Italia en 1754-1759 buscando documentos y monedas, y continuó por toda España. Campomanes y Ricardo Wall simpatizaban por él y fue nombrado preceptor de los infantes reales en 1767, desde donde promovió la reforma universitaria. En 1783-1794 dirigía la Biblioteca Real (Biblioteca Nacional) y se esforzó por criticar lo absurdo y supersticioso y legendario.

 

 

PERIODISMO DEL SIGLO XVIII.

 

Las empresas que trataban de editar hojas volantes y periódicos, duraban poco tiempo por distintas razones, la principal de ellas el coste económico, pero también los enemigos políticos y la Inquisición. Los periódicos hacían prosa cómica, crítica literaria, y relatos moralizantes y su estilo literario era soso. Los periódicos más conocidos son:

La Gaceta de Madrid se venía editando desde finales del XVII.

En 1735-36, “El Duende de Madrid” eran unas hojas copiadas en las que Fray Manuel de San José criticaba a los ministros.

En 1737-42 el “Diario de los Literatos de España” publicaba artículos sobre cultura y ciencia y el coste era pagado por Felipe V.

En 1747- “El Diario Pinciano” era publicado por la Universidad de Valladolid, la Academia y alguna Sociedad Económica.

En 1758 apareció el “Diario de Madrid” que se subtitulaba diario noticioso, curioso, erudito y comercial, público y económico.

En 1762 apareció “El Pensador” publicado por José Clavijo y Fajardo.

En 1765 apareció “El Belianis Literario”, un periódico satírico publicado por Juan López de Sedano.

También en 1765 apareció “El Semanario Económico”.

A partir de 1773 “El Diario Curioso Histórico Erudito” publicaba en Barcelona reportajes sobre arte, ciencia y discursos políticos.

En 1781 apareció “El Censor”

También en 1781 apareció “El Correo Literario de la Europa” que trataba de artículos de ciencias, artes y oficios.

En 1784 apareció el “Mercurio de España” que era una traducción del francés “Mercurio Histórico y Político” publicado desde 1738.

En 1784-1808 se publicó “El Memorial Literario

En 1786, Fray Pedro Centeno publicó “El Apologista Universal

También en 1786 se publicó “El Correo de los Ciegos de Madrid”

En 1787-1791 se publicó “El Correo de Madrid”.

En 1792 apareció el “Diario de Barcelona”.

También en 1792-1798 se publicó “El Correo Mercantil de España y sus Indias

En 1797 se publicó “El Semanario de Agricultura y Artes

En 1803-1805 se publicó “Variedades de Ciencias, Literatura y Artes” publicada por Quintana

Otra revista de fin del XVIII era “Cajón de Sastre”.

En 1790 apareció el Diario de Valencia, gestionado hasta 1801 por José de Choix y Pascual Martín. En 1808 tuvo mucha difusión porque difundía los partes oficiales de la Junta Suprema de Gobierno del Reino de Valencia. En 1812 se hizo afrancesado en manos de Javier de Quinto, director de policía y censor general, y de Pedro Estala. En 1813 se llamó Diario de la Ciudad de Valencia del Cid. En 1815 fue suspendido y reabierto por los absolutistas con el nombre de Diario de Valencia. En 6 de mayo de 1835 desapareció.

 

 

 

[1] Pedro Virgili Bellver, 1699-1776, era de un pueblo de Tarragona donde muy jovencito actuaba como barbero. A los a14 años de edad pasó al hospital de Tarragona como sangrador. Y a los 17 pasó a Montpellier durante 7 años a estudiar medicina. En 1724 ingresó como cirujano de los Reales Ejércitos y fue destinado sucesivamente a Tarragona, Valencia y Gibraltar, donde conoció a Jean La Combe, un gran cirujano francés que proyectaba una escuela de medicina en el Real Hospital de la Armada en Cádiz. Virgili abandonó el ejército para ponerse al servicio de La Combe. La Combe le utilizó como cirujano de la flota de Indias, y Virgili viajó a Venezuela, Nueva España y Cuba en tres viajes distintos. En 1743 decidió dar el salto definitivo e ir a París a hacerse cirujano especialista. Allí estuvo dos años y conoció a André Louis Levret. Escribió Memoria sobre la Broncotomía, publicado por la Academia de París. En 1747 elevó un memorial a Ensenada indicándole la falta de cirujanos en la Armada y la falta de calidad de los cirujanos, lo cual provocaba más muertes de las naturales en el ejército. En 1748, se dio la orden de abrir el Real Colegio de Cirugía de la Armada en Cádiz, escuela española que preparó magníficos cirujanos, que más tarde perfeccionaban saber y técnicas en París, Leyden, Bolonia y Londres. El Real Colegio de Cádiz sirvió para abrir otros muchos en España a lo largo del XVIII y se considera el inicio de la revolución médica en España, y también del interés por la química y ciencias naturales modernas. Carlos III despidió a Virgili porque traía sus propios médicos de Italia, y Virgili se puso a trabajar en un proyecto de Colegio de Cirugía en Barcelona, a lo cual se oponía la Universidad de Cervera que tenía la exclusiva universitaria en Cataluña. Abrió su Real Colegio de Cirugía de Barcelona en 1764 con iguales características que tenía el de Cádiz.

[2] Claudio Cascales, La ópera española en el siglo XVIII, en la www.

Cambridge University Press, La Música en España en el siglo XVIII, editado en España por Malcolm Boyd y Juan José Carreras en Madrid 2000.

Rocío de Frutos Domínguez, El debate en torno al canto traducido. Análisis de criterios interpretativos y su aplicación práctica.

Mariano Soriano Fuertes, Historia de la música Española desde la venida de los fenicios hasta el año 1830.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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