LA OBRA DE ENSENADA en agricultura, caminos y canales, ejército, enseñanza.

 

 

Campaña contra los privilegios.

 

Como contradicciones de la política, observamos que al tiempo que se otorgaban privilegios industriales, se pensaba que los privilegios no eran correctos:

En 1752, Ensenada abordó el tema de la picaresca en los negocios, y el 24 de julio de 1752 derogó los privilegios y monopolios, tanto de compañías como de particulares, decretando la exención de alcabalas y cientos en primera venta para todos los fabricantes del reino, así como exenciones de derechos de importación para todos. Trataba de acabar con los privilegios que eran la base de la competencia desleal que hacían los pillos. Entonces se encontró con que el tema era más complicado de erradicar de lo inicialmente supuesto: la Junta General de Comercio protestó y reclamó privilegios o indemnizaciones para los que los habían perdido, y en 1753, Ensenada se vio precisado a devolver el derecho de tanteo a los demandantes, advirtiendo que no podían usarlo contra otros fabricantes, lo cual era escribir en el agua. Se dio permiso general, a todos los fabricantes, para fabricar en peor calidad, menos peso, y diferentes dimensiones de las piezas, lo cual era un ataque a los gremios y un paso hacia la libertad de empresa. También se derogó el monopolio de exportar a Portugal que tenían la Compañías de Extremadura, Granada y Toledo, que sufrieron así una gran pérdida.

El proyecto de Ensenada de acabar con el fraude industrial fracasó porque Hacienda necesitaba dinero y en 1756 volvieron los antiguos impuestos a la exportación, pero el negocio de los empresarios pillos y pícaros bajó mucho a partir de 1756.

 

 

 

PROGRAMA DE FOMENTO DE LA AGRICULTURA.

 

Se suprimieron las tasas que al paso de granos cobraban las provincias, a fin de abaratar precios y dar más salida al producto.

Se anuló la venta de tierras que la Corona había hecho en 1738 y se devolvieron esas tierras a las aldeas a fin de mejorar el nivel de vida de los españoles más pobres.

En 1748 se revocó la orden de roturar los baldíos y ordenó que volviesen a ser tierras de pastos los que todavía no se hubiesen roturado.

En 16 de marzo de 1751 se creó la Superintendencia General de Pósitos, dependiente de la Secretaría de Estado y Despacho Universal de Gracia y Justicia, para fomentar la creación de nuevos pósitos. Los pósitos eran silos o graneros, casi siempre de propiedad municipal, o de fundaciones religiosas, que hacían funciones bancarias de préstamo y financiación para los agricultores. También facilitaban alimentos en préstamo a lo largo del año y simiente en la temporada correspondiente. Los pósitos o almacenes de grano eran muy antiguos, y en el siglo XVII habían entrado en decadencia por los abusos de sus administradores, lo cual retraía a los agricultores a la hora de utilizarlos. En el siglo XVIII volvieron a tener auge con la creación de esta Superintendencia. De hecho, en 1751 quedaban en España 3.371 pósitos que disponían de 3.693.699 fanegas de trigo y 17 millones de reales en metálico, y en 1773 había 5.255 pósitos que disponían de 6.901.272 fanegas de grano y 42 millones de reales en metálico. Y además habría que contabilizar 2.865 pósitos de fundaciones religiosas, mucho más pequeños, que disponían de 708.528 fanegas de grano y 732.501 reales de vellón en metálico. Los pósitos eran muy abundantes en Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía, menos abundantes en Aragón, Valencia y Cataluña, y casi no había ninguno en Galicia, zona cantábrica y Navarra. Los pósitos favorecieron mucho la agricultura hasta fines de siglo XVIII, cuando el Estado los arruinó. La Superintendencia de Pósitos funcionó hasta 1792.

En agosto de 1756 se decretó la libre exportación de cereales, vinos y aguardientes, sin necesidad de presentar guías del producto ni pagar derechos, pero era una medida poco útil porque España era deficitaria en cereales. Sólo servía para que algún magnate vendiera en el exterior. La libertad de precios no daría alegrías a los agricultores: En 1757 hubo una manifestación en Crevillente por la libre fabricación y venta de harinas, pues los precios eran demasiado altos.

En 1758 se hizo un primer decreto de supresión de privilegios de la Mesta, que definitivamente será desprotegida cuando en 1779-1788 se autorice a los propietarios a cercas sus fincas con vallas.

 

 

PROGRAMA DE OBRAS PÚBLICAS.

 

Este plan se llevó a cabo sin que las condiciones económicas españolas fueran las idóneas, pues 1753 es citado como año de malas cosechas, y 1754 igualmente.

 

 

a-carreteras.

En 1749, en obras públicas, Fernando VI responsabilizó a los pueblos de cuidar y reparar los caminos en sus términos municipales.

En 1749 se inició la construcción de la carretera de Madrid a La Coruña. Al coronar el Guadarrama puso una columna rematada con un león, de donde, popularmente, a veces se llamó a este puerto “Puerto del León”. La carretera de Madrid a La Coruña no se terminó.

En 1749 se inició la carretera de Reinosa – Santander, con el objetivo de llegar hasta Burgos. Por esa carretera debían subir las harinas de Valladolid llegadas hasta Alar del Rey. Puso a trabajar a los soldados y la obra se terminó en 1753. El contratista fue Marcos de Vierna, el ingeniero que la diseñó Sebastián Rodolphe, y los inspectores de obra, Enrique Stolinger hasta 1752, y más tarde Jaime Vrevich. La carretera se hizo con mínimo de 6,5 metros de ancho con un sistema romano de construir una caja, reforzarla con muros laterales abriendo desagües múltiples, rellenarla de piedra machacada y terminarla con un recebo fino. Se necesitaron 974 pasos transversales de agua. En 1753 terminaron las obras.

Santander fue promocionada como puerto alternativo a Bilbao en el comercio de lanas, que llegaban a la ciudad desde el Consulado de Burgos. En 1754 se le dio a Santander el obispado y categoría de diócesis propia, y en 1755 el título de ciudad.

Los vascos reaccionaron ante el proyecto de Santander. Los vascos de las Juntas Generales de Vizcaya pidieron en 1751 reparar y abrir nuevos trazados en la carretera de Burgos a Bilbao al tiempo que ellos construían otra por su cuenta de Irún a Bilbao. Tardaron 22 años en tener su carretera.

 

Hay que advertir que la red de carreteras española, como tal red, se diseñó en 1761, reinando Carlos III, cuando gobernaba Ricardo Wall y ejercía de ministro de Hacienda el marqués de Esquilache, que fue quien se encargó del proyecto. Veremos el tema en su momento.

 

 

b-programa de pantanos y canales 1753-

 

Los proyectos de Ensenada en el tema de irrigación eran colosales y se atrevió a considerar las obras abandonadas desde el siglo XVI, y planificar muchas más, pero lógicamente no pudo:

El Canal de Castilla era en principio un macroproyecto de construcción de cuatro canales conectados entre sí: “Canal del Norte” desde Olesa, cerca de Reinosa, al río Carrión en Monzón de Campos; “Canal de Campos”, desde el río Carrión en Grijota, hasta Paredes de Nava y Medina de Rioseco; “Canal del Sur”, desde Palencia a Valladolid y Tudela de Duero; y “Canal de Segovia”, desde Villanueva de Duero (cerca de Simancas) hasta Segovia. Era un proyecto faraónico, e incluso lo sería para los medios técnicos del siglo XXI si se pensara en algo así.    Las obras hidráulicas habían sido abandonadas desde el siglo XVI (Carlos I) y se retomaron en 1740 la Acequia del Jarama, 1753 Canal de Castilla (Canal de Campos), y 1756 Compañía de Navegación del Tajo.

En 1753 se inició la obra del Canal de Campos, obra del ingeniero francés Le Maur y se reiniciaron unas obras de 208 kilómetros de longitud casi hechas en 1753-1779 y terminadas en el siglo XIX. Los desniveles se salvarían con esclusas como las de Frómista y acueductos como el de Abádanes, y el canal se regularía con dársenas como las de Alar del Rey, Medina de Rioseco y Valladolid.

Ninguno de los cuatro canales del conjunto del Canal de Castilla fue concluido y el de Segovia ni siquiera fue empezado. En 1777 se paró la obra por falta de dinero, cuando ya se llevaba mucho hecho (en 1786, el viajero Joseph Townsend dijo que había visto construidas 20 leguas de este canal, unos 110 kilómetros). En 1792 se unió el Canal del Norte con el Canal de Campos, comunicando Alar del Rey con Medina de Rioseco, lo cual fue suficiente para que surgieran harineras en el camino que llevaba hasta Santander por el Camino de Reinosa.

Las obras del Canal de Castilla, tal como ahora lo conocemos, se reanudaron en 17 de marzo de 1831 y se acabarían en 1852, resultando construidos por fin 270 Km. entre Alar del Rey y Valladolid.

En 1756 se terminó el Canal de Tauste. La empresa del Canal de Tauste no podía hacer frente a las obras del canal que había iniciado en el XVI y pidió ayuda en el XVII. En el XVIII, las obras fueron unidas a las del Canal Imperial de Aragón, y Pignatelli se encargó de ambos canales y terminó lo que es la cabecera del proyecto, el Canal de Tauste.

 

Otras obras se quedaron pendientes:

El canal de Urgel, que no se terminó hasta 1861.

La Acequia Real del Júcar, que databa del XIII, pero se concluyó en el XVIII.

Canal del Huéscar a Cartagena, ideado por Carlos I en 1537, y retomada la idea en 1633 y 1777. Pero este proyecto de canal navegable se encontraba con la dificultad insuperable de no tener agua y se retomó en 1815, 1878, 1926 y 1970, cuando se hizo por fin un pantano y se realizó definitivamente.

El canal del Manzanares, otro proyecto de Felipe II dentro del macroproyecto de navegar desde Aranjuez, en el Tajo, por el Jarama, hasta el Manzanares y Madrid. El proyecto se abandonó en 1862. El tramo del Canal desde el Manzanares al Jarama, fue abandonado cuando se iba por la mitad y lo incautó en 1779 el Estado que lo terminó a su costa.

Y en España había otro proyecto abandonado: El Canal del Guadarrama, el cual pretendía unir Torrelodones y Aranjuez y para que tuviera agua constante se hizo el pantano del Guadarrama. El proyecto era un pantano de 92 metros de altura, pero en 1799 una crecida se lo llevó cuando no estaba terminado.

 

Los proyectos de Ensenada en obras hidráulicas eran inviables por muchas razones:

La mayor parte de las empresas privadas que se encargaban de las obras, iban a maximizar ganancias, cuando no a estafar al Estado, y las obras se paralizaban y los proyectos fracasaban en cuanto cesaba el aporte masivo de dinero estatal.

Los proyectos eran calculados a muy bajo coste, y cuando en la realidad aparecían las dificultades que decuplicaban los costes, eran reconsiderados, y muchas veces abandonados.

Los arrendatarios y aparceros no tenían mucho interés en las nuevas obras de regadío que mejorarían la productividad del campo. Al contrario, las nuevas obras significaban elevación de rentas a pagar al dueño de la finca y elevación de los impuestos para Hacienda, para las obras y por los productos obtenidos. Además, se corría el peligro de pérdida del arrendamiento o aparcería (más en este segundo caso) si el contrato era a corto plazo, pues el amo de las fincas aumentaría sus demandas y la posibilidad de que llegaran nuevos colonos era muy real. Los que más ganaban eran los propietarios.

 

 

PROGRAMA DE CONSTRUCCIÓN NAVAL.

 

En 1748 se inició un programa muy importante de construcción de barcos de guerra y dotación de la Marina:

Se hicieron las Ordenanzas Generales de Joaquín de Aguirre, capitán de navío, se suprimió el almirantazgo creado en 1737 sin objetivo claro.

Se hicieron unas Ordenanzas de Montes para aprovechar la madera en la construcción naval,

Y en 1751 se puso la Matrícula de Mar para enrolar marineros en la Armada.

 

En 1750 regresó Jorge Juan de su viaje de espionaje industrial-militar. En 1745 se había enviado a Jorge Juan[1] a visitar los astilleros franceses (con el nombre de Monsieur Monmor) y en marzo de 1749, a visitar los ingleses (con el nombre de Mr. Josues), hasta que fue descubierto como espía y hubo de huir en septiembre de 1750. Jorge Juan trajo de su viaje varias conclusiones: los británicos trabajaban con mejor calidad de madera, y la madera era tratada previamente para evitar la polilla, y tenían buena organización eliminando mucho peso inútil, tenían tripulaciones muy entrenadas y buenos cañones. Además de tomar apuntes de diseos de barcos y de máquinas, Jorge Juan compró libros y adquirió instrumentos, de ambos países.

Antonio de Ulloa también actuó en espionaje industrial-militar: fue a Francia con el pretexto de estudiar matemáticas, y lo que en realidad hizo fue observar los astilleros de Toulon, Lorient, Brest y Rochford, y otros establecimientos fabriles que nada tenían que ver con la marina.

La conclusión era que los barcos franceses eran más grandes y mejores en maniobrabilidad.   El barco francés era grande y rápido. El barco inglés era sólido y con gran potencia de fuego.

Otra conclusión que se sacó de este espionaje, fue que la tecnología española de construcción naval, la propia de construcción del buque, era mejor que cualquiera de las dos citadas. Lo que había que mejorar, eran los aspectos ya dichos, de carga, peso muerto y marinería.

A todo esto, se añadió la idea de Ensenada de fortificar las posiciones militares, construyendo enormes fortalezas en tierra, de modo que no fueran fácilmente asaltables por cualquier navío en cualquier momento.

España empezó a construir barcos de “modelo francés” grandes de 74 cañones (los había más grandes pero no eran muy marineros).

El resultado de este programa naval fue que España pasó de tener 33 barcos de guerra en 1751 (18 navíos de línea y 15 barcos menores) a 77 buques de guerra en 1758, y a 119 buques de guerra en 1774, alcanzando el máximo en 1795 con unos 200 barcos. Para valorar estas cifras hay que tener en cuenta que Inglaterra tenía a mediados del XVIII unos 280 barcos de guerra (100 navíos de línea y 180 barcos menores). España no era primera potencia naval, ni segunda, pero sí llegó a poseer una escuadra digna de ser tenida en cuenta.

En conclusión, Ensenada aprovechó la paz para construir una flota capaz de atender las necesidades españolas en tiempos de paz. Estas necesidades eran: patrullar el Caribe (Veracruz, Portobelo, Cartagena, Caracas, La Habana, y eventualmente Florida, Honduras, Puerto Rico y las pequeñas islas del Caribe), estar presente en el Estuario de La Plata, controlar la ruta del Pacífico en Valparaíso, Guayaquil, Callao, defender Filipinas, y defender el Cantábrico además de los puertos de El Ferrol, Vigo, Cádiz, Gibraltar, Málaga, Cartagena, Barcelona, y también estar presente en Sicilia, Nápoles y patrullar el Mediterráneo para amedrentar a los berberiscos. Contempladas las necesidades españolas en bloque, ya no parece tan grande la flota que construyó Ensenada.

España nunca podría ser líder naval, pero podía aspirar a ser el árbitro en las contiendas navales entre Francia e Inglaterra. España debía ser un país creíble, capaz de prescindir de Francia o de Inglaterra para sus misiones navales. Su política no debía centrarse en si pedir la protección de Francia o la de Inglaterra, sino en tener una fuerza propia que fuera tenida en cuenta por los demás. Ensenada aumentó el presupuesto de la Marina y del ejército y con ello pudo incrementar el número de marineros y el de barcos. Los oficiales tenían formación específica. Los arsenales accedían a innovaciones técnicas.

¿Por qué era necesario un programa naval? ¿Por qué España debía gastar tanto dinero en una flota militar? Había unas razones: los productos británicos pagaban pocos impuestos al entrar en el mercado español, mientras los productos españoles pagaban altos impuestos si querían entrar en el británico. Inglaterra exigía monopolio cerrado en sus colonias al tiempo que exigía “libertad de los mares” en las colonias españolas. La contradicción no necesita discusiones. Y la explicación era que Inglaterra tenía una poderosa fuerza naval e imponía sus caprichos a los demás, ponía barcos en Río de la Plata desde sus bases en Río de Janeiro y Colonia de Sacramento, y sus mercancías llegaban hasta El Perú. Ponía mercancías en los puertos de Costa firme desde sus bases de Trinidad, Curaçao y Jamaica, y sus productos llegaban a Cartagena, Portobelo, Veracruz y todas las islas del Caribe. La explicación era la potencia naval inglesa y la debilidad naval española para impedir estos abusos.

 

Los arsenales militares.

En 1745 se había trasladado a Cartagena el astillero de Barcelona, y se aprovechó para construir un gran arsenal dirigido económicamente por Francisco Barroso y técnicamente por Sebastián Feringan Cortés. En 1756, se trasladó el arsenal de El Ferrol, muy pobre hasta entonces, al otro lado de la ría, con mucho más espacio (dos muelles almacenes, talleres, dársenas de construcción y reparación de buques, 6.000 obreros), y empezó a ser un centro fabril importante dirigido por Cosme Álvarez. Este arsenal, junto a las Atarazanas de La Carraca en Cádiz (creadas por Patiño en 1725 y mejoradas en 1753), Astillero de Guarnizo (Cantabria) y Astillero de La Habana (creado en 1723 utilizando el dinero de México y la madera tropical), podían construir muchos barcos.

De 1754 a 1758, España construyó más de 25 navíos de guerra y construiría a mucho más ritmo en los años siguientes. Se logró una producción de seis navíos al año. El programa que Patiño había preparado desde principios de siglo se potenciaba a los niveles que Patiño hubiera deseado y nunca logró.

La contratación de los ingenieros Briant y Tournell para diseñar barcos, permitieron un gran impulso al proyecto Enseñada, que en pocos años puso en marcha 43 navíos de línea y 11 fragatas, que no pasaron desapercibidas ni para Inglaterra ni para los franceses.

La construcción masiva de barcos significaba también otros problemas de abastecimiento de materiales: los palos se compraban en Suecia; la madera corriente requirió un esfuerzo muy grande para la Cordillera Cantábrica, donde se talaron cerca de tres millones de árboles en el siglo XVIII, produciendo la deforestación consiguiente, que dejó huellas para siempre en el paisaje. Si en 1700-1750, España había construido unos 70 barcos y el bosque podía regenerar ese consumo de madera, en 1750-1780, cuando el consumo se duplicó o fue más allá, la deforestación de la mitad este de Cantabria, Navarra y el Pirineo Catalán se hizo con caracteres irreversibles. Afortunadamente para España, el país era autosuficiente en brea, alquitrán, esparto y cáñamo[2]. La mayor deficiencia española era la ingeniería naval, y había que importar técnicos extranjeros, los cuales tardaron bastante tiempo en formar alumnos en España, pues el nivel científico de los posibles alumnos no era el adecuado. Y en esta política de contratación de extranjeros resultaron cosas llamativas, como que se contratasen más técnicos, diseñadores y artesanos ingleses, para fabricar modelos de barco franceses.

Otro problema derivado de la apertura de arsenales era buscar mano de obra: la mano de obra corriente se reclutó entre trabajadores agrícolas y entre vagabundos y gitanos (los cuales también eran itinerantes), gente poco sociable en general, dada al tumulto, que hubo que reeducar y acabó siendo una mano de obra eficaz.

 

 

MEJORAS EN EL EJÉRCITO.

 

Ensenada fue eficaz, entre otras cosas, porque conocía el tema, pues llevaba muchos años trabajando en temas militares: en 1732 había estado en la reconquista de Orán, en 1733 en la expedición a Nápoles, y en 1737 había sido Secretario del Almirantazgo, cargo recientemente creado a imitación de Gran Bretaña.

En lo que respecta al ejército peninsular español, Ensenada dotó al ejército de caballos y cañones y estableció depósitos de municiones en Barcelona, Mallorca, Cádiz y El Ferrol. También hizo fortificaciones, especialmente en Cataluña. Y puso en los mandos del ejército a gente con experiencia de mando y de combate, y no a nombres, descendientes de ricas casas nobiliarias. Por ejemplo, Sebastián de Eslava, vencedor en 1741 en el sitio de Cartagena, fue promovido en 1749 a Capitán General de Andalucía y recibió el encargo de organizar un comité para la reforma de la política americana.

En 1752 se cambió el arma del ejército de infantería. Se desechó el fusil de 16 (16 balas por libra de plomo) por el del 19, es decir, para balas más pequeñas. En años sucesivos fueron bajando los calibres de la bala hasta el 21. En 1757, Aranda consideró que las balas eran demasiado pequeñas y se volvió al calibre 19, y los fusiles de bala pequeña fueron enviados a América y repartidos entre las Milicias Provinciales. Complementariamente, se mejoró la tecnología militar con la fundición de cañones en Sevilla y Barcelona, se pusieron fábricas de municiones en Navarra y Guipúzcoa, se construyeron fortificaciones en Cataluña de cara a posibles invasiones francesas, y se mejoró la vida diaria del soldado con mejores uniformes, cuarteles, cría caballar, escuelas militares y pagos con puntualidad. Pero, cuando cayó Ensenada, en 1754, cayó también su reforma militar y no hubo continuidad.

En 1759, los batallones de infantería tenían 10 compañías cada uno. Las compañías de fusileros tenían 53 hombres y las de granaderos 43 hombres.

En cuanto al ejército americano, Ensenada tomó una decisión discutible: levantaría un pequeño ejército colonial con batallones fijos reducidos, apoyado en una milicia ciudadana amplia, de modo que la actuación de las tropas españolas se produjera sólo puntualmente y en conflictos graves. El tema no es que fuera absurdo, pero era poco coherente con la política de quitarles cargos políticos y militares a los criollos, y sobre todo con la política de no darles libertad de fabricación y de comercio, pues de la frustración en estos temas se podían esperar rebeliones, una vez que tuvieran los hombres y las armas adecuadas. Como los criollos no tenían acceso a los cargos del ejército, colocaron a sus hijos como capitanes de los cuerpos de milicias urbanas, que fueron algo más que milicia ciudadana, y se convirtieron en el cuerpo militar alternativo al ejército de profesionales españoles, de donde salió una facción “española” y varios grupos militares “patriotas”.

 

 

REFORMAS MILITARES.

 

Las reformas en la Marina y el ejército hechas por Ensenada y Carvajal, tenían como finalidad el fortalecer la neutralidad activa, es decir, mostrarse con derecho a opinión, aunque no se participase en la guerra o conflicto internacional de cada momento.

En 1 de marzo de 1748 se iniciaron reformas en el ejército elaborando las Ordenanzas de la Armada, redactadas por el capitán de navío Juan de Aguirre y Oquendo (Ordenanzas de S.M. para el Gobierno militar, político y económico de su Armada Naval). Estas, serían seguidas por las Ordenanzas del Ejército de 1749-1768 (Ordenanzas de S.M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus Exércitos), que fueron el remate considerado perfecto y que fueron extendidas a la Marina en 1769. Estas ordenanzas sustituían a las de 1728.

Las reformas borbónicas sobre el ejército fueron profundas pues se cambiaron los tercios por regimientos, se armó a los soldados con fusil con bayoneta, se hicieron fábricas de cañones y bombas en Barcelona, Sevilla, Liérganes, La Cavada, Toledo y Ripoll y se construyeron astilleros como el Real Astillero de Guarnizo, reservando los bosques al Estado a fin de obtener madera para esos trabajos.

Durante la Guerra de los Siete Años, 1756-1763, algunos oficiales españoles acudieron a los campos de batalla europeos como observadores. Por ejemplo, estuvo en esa situación Alejandro O`Reilly en 1759 y 1760, y aprendió de los mariscales Contades, D`Estrées y D`Broglie.

 

Resultado de las reformas militares.

España era una potencia militar terrestre secundaria: Ya hemos contado más arriba que Inglaterra tenía más del doble de potencia naval que España. En cuanto a la potencia terrestre, Ensenada sabía que Francia tenía unos 377 batallones de infantería y 235 escuadrones de caballería, mientras España, en el mejor de los casos, podría movilizar 133 batallones y 68 escuadrones, incluyendo las Milicias Provinciales. Además, la necesidad de proteger las ciudades costeras y las fronteras españolas, dejaba útiles solamente 59 batallones y 43 escuadrones. España no podría hacer nada frente a Francia, en caso de que ésta decidiera invadir España.

Los veteranos podrían aportar al ejército español, en caso de mucha necesidad, hasta 9 batallones, poco útiles pues eran personas mayores, y las Milicias Provinciales podrían aportar 2 batallones más, Aragón quizás 6, y Cataluña otros 4, pero era muy poco.

Se decidió reclutar extranjeros, cosa que se había demostrado peligrosa y cara, y muchas veces contraproducente, en los últimos tiempos. Ya había 28 regimientos de extranjeros y creaban demasiados problemas de vez en cuando. Ensenada renovó el vestuario militar, creó fundiciones de cañones y fábricas de armas, mejoró los cuarteles, impulsó la cría caballar, protegió las escuelas militares, hizo pagar los haberes con puntualidad, y promovió nuevas ordenanzas para guardias de Corps y Reales Guardias de Infantería. El proyecto de reforma militar, encargado a Lucas de Spínola en 30 de agosto de 1749, quedó interrumpido por la muerte de este general en 1750, y se encargó de él Sebastián de Eslava y Lazaga, que terminó su proyecto en 1751. Floridablanca y el rey Fernando VI dilataron su aprobación final, y el rey murió en 1859 sin aprobarlo.

 

 

Innovaciones en la recluta militar.

 

Hasta 1751 la responsabilidad de las levas de soldados recaía en el justicia local, pero en este año se atribuyó a los intendentes. En 1759 se atribuiría a los jueces ordinarios, los cuales debían apoyarse en los párrocos, los oficiales médicos y los funcionarios del Estado presentes en la localidad.

Los problemas de reclutamiento eran varios:

Cuando no se encontraban suficientes vagos y malentretenidos como para cubrir el cupo de bajas asignado, los encargados los buscaban de forma irregular incluso en pueblos cercanos, lo cual creaba conflicto con esos pueblos. Por eso se ordenó que las reclutas se hicieran en todas partes en los mismos días, que el procedimiento fuera sumario, que hubiera testigos fidedignos de que efectivamente eran vagos de la localidad, y se le dio posibilidad de apelar al vago.

La conducción de los vagos y malentretenidos era costosa. Primero se hacinaban en cárceles, y más tarde se reunía un grupo grande para ser conducidos a destino. Las cárceles de vagos eran difíciles de gestionar por los tumultos y fugas que se solían producir. Se encargó de su gestión al ejército.

La Marina creó “cajas de reclutamiento” para que los vagos fueran conducidos a ellas desde las cárceles de los pueblos, a fin de acortar la estancia en las cárceles. En 1775, las cajas fueron sustituidas por los depósitos abiertos en Cartagena, Cádiz, Zamora y El Ferrol.

Las levas de Madrid eran especialmente peligrosas porque los desórdenes en cárceles de vagos podían afectar a la Corte, al tiempo que una concentración excesiva de malentretenidos en las calles hacía también muy peligrosa la ciudad y los vagos eran caldo de cultivo de desórdenes públicos, sobre todo si estaban organizados y provocados por gente interesada en el tumulto.

El reclutamiento de vagos significaba también un conflicto de jurisdicciones entre las autoridades civiles y militares, pues la autoridad civil era la encargada de recoger los vagos y vagabundos y pretendía quitarse de en medio a los más, mientras el ejército descartaba a todos los que podía, a los de peor calaña, que eran precisamente los que querían quitarse de en medio las autoridades civiles.

 

En cuanto a los requisitos para ser soldado: Se exigía una talla de dos varas castellanas (1,67 metros), pero como no estaba fijada la longitud de una vara, se ponía la excusa de que la vara local era más pequeña y enrolaban a gente de hasta 1,40 metros. En 1779 se adoptó un patrón, y se hicieron 44 barras de hierro iguales, que se distribuyeron entre los Capitanes Generales e intendentes, a fin de que la vara fuera igual en toda España. Se exigía tener más de 16 años y menos de 36 años, en algunas circunstancias menos de 44, pero no había forma de probar la edad, y los reclutadores aprovechaban para quitarse de encima a los que detestaban como vecinos. El ejército pedía que al menso, los reclutas carecieran de vicios feos, pero eso era también difícil de probar en los reclutamientos.

Los reclutas eran incorporados a los destinos peores del ejército, y en todo caso, incorporados a “compañías viejas” es decir a compañías con muchos veteranos, de modo que los vagos no fueran un grupo dominante y peligroso para la compañía.

 

 

 

 

NIVEL CULTURAL A MEDIADOS DEL XVIII.

 

En 1748 se creó el Real Colegio de Cirugía de la Armada en Cádiz, primera institución de enseñanza superior al margen de la Universidad y que acabaría teniendo rango universitario. Su nivel científico era muy superior al de la mayoría de las Universidades españolas de su momento.

En 1749, 3 de enero, empezó a reunirse en Madrid, Calle del Turco (hoy Marqués de Cubas) la Academia del Buen Gusto, una tertulia literaria, poética, iniciada por Agustín Montiano Luyando El Humilde, y Alonso Verdugo Castilla conde de Torrepalma El Difícil. Se reunían en casa de Josefa de Zúñiga condesa de Lemos y marquesa de Sarriá, y solían asistir Blas Antonio Nasarre El Amuso, José Villarroel El Zángano, Diego Torres Villarroel, Luis José Velázquez marqués de Valdeflores el Marítimo, Ignacio de Luzán, José Antonio Porcel Salablanca El Aventurero, el duque de Béjar El Sátiro, el conde de Saldueña El Justo Desconfiado, y otros. La tertulia se cerró bruscamente en 1751.

En 1751 se abrieron los Colegios de Artillería de Cádiz y Barcelona, con cuatro cursos y asignaturas de física, matemáticas e ingeniería. Barcelona cerró en 1762 y poco después lo hizo Cádiz. Anteriormente había habido Colegios de Artillería desde tiempos de Carlos I en 1542 en Burgos, Barcelona y Milán, y de Felipe II en Mallorca, pero las escuelas cerraban por falta de profesorado competente y falta de recursos. En 1764 se abriría el Colegio de Artillería de Segovia, cerrado en 1825 y reabierto más tarde, siendo el germen de la academia de Artillería.

En 1747 se reunían en el País Vasco “Los Caballeritos de Azcoitia” una tertulia que daría lugar en 1764 a la Real Sociedad Vascongada.

En 1752 se abrió en Madrid la Academia de Bellas Artes que tenía como peculiaridad el que enviaba todos los años 6 alumnos becados a Roma a estudiar con un determinado profesor y sus becas duraban 6 años. Empezó como cátedra de Arquitectura en 1752, pero se le añadió la de Perspectiva en 1766 y Anatomía y Matemáticas en 1768. Fueron profesores de esta Academia Ventura Rodríguez, José Hermosilla, (y Sacchetti, Carlier y Bonavia como profesores honorarios).

 

Toros: en época de Fernando VI, casi desapareció la costumbre de que los nobles alancearan toros desde un caballo, pues Felipe V había intentado eliminar las fiestas de toros, y no las consideraba dignas de un noble, aunque consideró oportuno tolerarlas a partir de 1725. Cuando volvieron los toros, cada vez más se impuso el toreo de la plebe, toreo a pie.

 

 

La Enseñanza en tiempos de Fernando VI.

 

En el reinado de Fernando VI llegaron a España las Escuelas Pías, una fundación hecha en Roma por el español José de Calasanz para educar y recoger a los niños pobres que vagaban por las calles de las ciudades.

Bárbara de Braganza fundó además un “Seminario de Señoritas Nobles” en el convento de las Salesas de Madrid. La reina tuvo interés en introducir en España a las Religiosas de la Visitación de Nuestra Señora, dedicadas a la educación de los niños de los nobles y burgueses, y desde 1748, hubo así Salesas Reales en España.

Estos proyectos educativos crecerían en tiempos de Carlos III cuando se ordenó que los bienes de los jesuitas expulsados sirvieran para crear escuelas de niños en los pueblos importantes. Posteriormente, las Sociedades Económicas crearon otras escuelas.

Las Cortes de Navarra hicieron obligatoria la enseñanza primaria en 1795 y Godoy proyectó hacer una enseñanza gratuita generalizada en 1806 según ideas de Pestalozzi (Suiza 1746-1827).

La enseñanza secundaria estaba desde el siglo XVII en manos de los jesuitas y su centro principal era el Colegio Imperial de San Isidro en Madrid, fundado por Olivares. Tras la expulsión, el colegio se llamó Estudios Reales de San Isidro. En este centro de enseñanzas medias madrileño, se impartían matemáticas, física experimental, y derecho internacional.

Las villas y ciudades importantes que no tenían Universidad, crearon “colegios” copiando el modelo jesuita. De alguna importancia son el Real Seminario de Vergara y el Instituto Asturiano de Gijón 1794.

Las Universidades eran numerosas, unas 24, y estaban en completa decadencia en el XVIII. El Consejo de Castilla decidió nombrar Directores Perpetuos de las Universidades, que eran los propios consejeros del Consejo de Castilla, y estos Directores nombraban inspectores y censores (que solían ser los fiscales de Chancillerías y Audiencias) para controlar las Universidades.

La reforma de la Universidad se hizo fundando Colegios al margen de la Universidad, colegios de Medicina y Cirugía, sobre todo en el ejército, Escuelas de Veterinaria, Observatorios Astronómicos, Jardines Botánicos, Escuelas de Mineralogía, Laboratorios Químicos, Escuelas de Ingenieros de Caminos, Escuelas de Comercio, Reales Academias… instituciones todas que intentaban crear un nuevo saber al margen de la Universidad.

 

 

Continuidad de las reformas de Carvajal y Ensenada.

 

La labor de Ensenada y Carvajal fue cortada en 1754 tras la muerte de Carvajal y posterior despedida de Ensenada, pero era una tendencia necesaria, y sería continuada por otros posteriormente, de modo que la figura de Ensenada se fue engrandeciendo con los años. Enraizaba con las reforma de Patiño y se continuará con Floridablanca.

 

[1] Jorge Juan Santacilia, 1713-1773, quedó huérfano a los 3 años de edad, y fue educado por sus tíos Antonio Juan y Cipriano Juan. En 1729 ingresó en la Real Compañía de Guardias Marinas de la Escuela Naval de San Fernando y allí aprendió geometría, trigonometría, astronomía, navegación, hidrografía, cartografía, dibujo, música y danza, y principalmente, se aficionó a las matemáticas de Newton. Como alumno distinguido, junto a Antonio de Ulloa, se embarcaron en la expedición de la Real Academia de Ciencias de París, dirigida por Louis Godin, para ir a Ecuador a medir el meridiano, pues se sospechaba que no medía lo mismo que el ecuador. En la misión, aprendió mucho de los franceses, y al regresar en 1744 le comunicó al rey y a Ensenada el gran retraso técnico que España padecía. Aprovechando sus conocimientos de francés, visitó Brest y París, como Messieur Monmor, y copió todos los avances científicos y técnicos que pudo. En marzo de 1749 repitió la aventura en Londres como Mr. Josues, y logró ser admitido en la Royal Society, hasta que fue descubierto en septiembre de 1750 y tuvo que huir a toda prisa. En 1751-1754 aplicó sus conocimientos en El Ferrol renovando los astilleros al lado del ingeniero Francisco Llobet. En 1757 fundó el Real Observatorio de Madrid.

[2] El esparto y el cáñamo necesitan pudrirse en agua unas cuantas semanas antes de ser utilizados, por lo que muchos territorios se convirtieron en zonas hediondas, que deterioraron el medio ambiente.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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