EL GOBIERNO CARVAJAL, 1746-1754:

             AÑOS 1747-1754

 

 

Segunda etapa Carvajal,

A partir de septiembre de 1747, hasta 1750:

 

El periodo de armonía entre Carvajal y Ensenada, el de renovación de estructuras de poder, se acabó cuando Carvajal intentó la paz de España con Gran Bretaña por separado, en septiembre de 1747 y decidió abandonar la alianza con Francia en abril de 1748.

 

La guerra a finales de 1747.

 

El 11 de septiembre de 1747 tuvo lugar la entrevista de Lieja entre Puyzienlx (Francia) y Sandwich (Gran Bretaña). Francia intentaba entenderse a solas con Gran Bretaña, pero no fue posible otro entendimiento que el de reunirse en Aquisgrán.

España, en septiembre de 1747, vio perdido casi todo en Italia, y se apresuró a negociar una paz por separado con Bretaña, antes de que se reuniera un Congreso definitivo, en el que las potencias que decidirían serían otras.

El 17 de septiembre de 1747, Carvajal instó a Keene para negociar una paz por separado entre Gran Bretaña y España. España argumentaba que estaba dispuesta a firmar la paz con Austria si ello era necesario para conseguir una alianza con Gran Bretaña. Carvajal, de España, nombró a Ricardo Wall como intermediario en Londres, y le dio instrucciones para reivindicar Gibraltar, la supresión del asiento de negros y del navío de permiso. En estas condiciones, Wall fue recibido con cortesía, pero no se negoció nada con él, limitándose Gran Bretaña a decir que en próximas conversaciones se tendrán en cuenta las pretensiones de Felipe de Borbón Farnese sobre Parma y Piacenza, siempre que se encontrara una compensación adecuada para el rey de Cerdeña y estuvieran de acuerdo el resto de los interlocutores. Es decir, que era lo mismo que no comprometerse a nada.

Carvajal ordenó a los diplomáticos españoles conseguir a toda costa la paz por separado con Gran Bretaña, a Wall en Londres y a Sotomayor en Lisboa. Gran Bretaña entendió que España jugaba a la desesperada y no quiso escucharles.

Gran Bretaña decidió aprovechar el momento para imponer una serie de exigencias difíciles de aceptar por sus oponentes, Francia y España: demolición de las fortalezas de Dunquerque, cesión de Louisburg y el sometimiento de España a la política inglesa. Se negociaba en Breda (Holanda) y en Lisboa (Portugal). Ni siquiera cedía Gibraltar o renunciaba al asiento de negros.

Al rey portugués Juan V no le pareció bien la iniciativa española de negociar por separado con Gran Bretaña, puesto que él estaba negociando la paz entre todos los contendientes y todos habían formado hablar sus diferencias en Lisboa.

Gran Bretaña se mostró escéptica ante la nueva posición española y empezó a pensar si no sacaría más ventajas en Breda que en Lisboa. Las conversaciones de Lisboa perdieron interés para todos.

 

Austria negoció su paz con Francia a espaldas de España y de Inglaterra. Cuando Inglaterra propuso la paz en abril de 1748 ya llevaban mucho tiempo conversando Austria y Francia.

España, una vez fracasados sus intentos de negociar con Gran Bretaña, y ante la inminencia de un Tratado de Paz internacional, decidió volver a intentar el acercamiento a Francia, pero el francés Puyzienls se había enterado del fracaso de las negociaciones España-Gran Bretaña y se mostró distante.

En ese momento, Austria ofreció a Francia una alianza por separado, buscando salvar los territorios italianos para Austria. En febrero de 1748, Austria presentó unos Preliminares de Paz en los que aceptaba a Felipe de Borbón Farnese en Parma y Piacenza, pedía la devolución de todas las conquistas hechas durante la guerra, y la anulación de los Tratados de Worms, Dresde y Breslau, es decir, pretendía recuperar Cerdeña y Prusia. Francia le respondió que aceptaba las propuestas si se le cedía Toscana, o en su defecto Saboya y Niza, o en su defecto y como tercera opción, Parma y Piacenza. Francia, al igual que Gran Bretaña, trataba de obtener las máximas ventajas para ella.

 

 

 

EL FINAL DE LA GUERRA DE SUCESIÓN DE AUSTRIA.

 

 

Los preliminares de paz de Aquisgrán.

 

En 30 de abril de 1748 comenzaron a negociar, en Aquisgrán, Francia (conde de Saint Severin) e Inglaterra (Sandwich), a los que se sumaría Holanda (Bentinck) más tarde, los Preliminares de Paz de Aquisgran. El sistema escogido era que los grandes acordaran entre ellos las líneas generales de la paz, y que luego se adhirieran los pequeños, si lo deseaban.

El acuerdo de Francia e Inglaterra se hizo en pocas horas, el 30 de abril, porque todo estaba claro para Francia. Francia pedía pocas cosas para ella misma, solamente Cap Breton en Canadá, y las fortificaciones de Dunquerque, pero llevaba en la cartera asuntos que afectaban a muchos otros países.

 

La posición de Francia era la siguiente:

Restablecimiento de la República de Génova, la cual se había regido desde 1005 por un Consejo Mayor integrado por las 200 familias más influyentes, los cuales elegían cada dos años Duces o Dogos, a manera de copresidentes de la República, y habían sido fuertes en alianza con Carlos I y Felipe II de España, dominando Córcega y Cerdeña.

Restablecimiento del ducado de Módena, feudatario del Papa y vacante desde 1597, porque el Papa, deseando recuperarlo para sí, no aceptó como legítima la sucesión de Alfonso II de Este en su primo Cesare, alegando que Cesare era hijo de una concubina de Alfonso I de Este.

Las reivindicaciones españolas. En este punto, Francia traicionaba los Pactos de Familia hechos con España, pues le reconoció a Inglaterra el asiento de negros indefinidamente y no por veinte años como se decía en Utrecht.

El principal objetivo de Francia era la paz, y le importaban poco las condiciones o si debía pactarla con la Austria de Kaunitz o con la Inglaterra de Sandwich.

 

Los Preliminares de Paz de Aquisgrán de 30 de abril de 1748, acordaban:

Que el infante español Felipe de Borbón Farnese tuviera Parma, Plasencia y Guastalla, pero que si su hermano Carlos heredaba España, y Felipe pasaba a ser rey de Nápoles-Sicilia y, en ese caso, los derechos de los ducados pasarían a Austria (Parma y Guastalla) y a Cerdeña (Plasencia).

En segundo lugar, los dos negociadores, Inglaterra y Francia, atribuyeron Gran Bretaña derechos de indemnización española por los años que no había disfrutado del asiento de negros y navío de permiso. Los derechos, o privilegios, habían caducado en 1744, pero Gran Bretaña quería seguir disfrutando de ellos.

La navegación en América quedaría regulada de acuerdo a los antiguos tratados.

La soberanía de Holanda se discutiría en el Congreso General de Aquisgrán.

La deuda de España a la Casa de Hannover, en ese momento reyes de Gran Bretaña, se discutiría en el pleno.

 

En los preliminares de Aquisgrán, se echaba en falta que Francia había cedido en cuanto a reivindicar Gibraltar y Menorca para España, y reivindicar el Milanesado para Felipe de Borbón Farnese. España consideraba que Francia estaba traicionando el Pacto de Familia entre ambos Estados. Además, Fernando VI de España, en su concepto patrimonial del Estado, consideró una afrenta personal que no se le hubiera tenido en cuenta en los Preliminares. Carvajal ahondaba en la herida manifestando que el honor de España había sido herido por el hecho de que Gran Bretaña se quedase unilateralmente con el asiento de negros y el navío de permiso.

 

España y Austria quedaban aparentemente al margen de los Preliminares de Aquisgrán de 30 de abril de 1748, pero Austria ya había negociado con Francia. Era España la que quedaba fuera.

Los Premiliminares de Paz significaron la ruptura entre los políticos españoles. Carvajal decidió abandonar la alianza con Francia, pues había negociado por su cuenta marginando a España y faltando el Pacto de Familia. Carvajal buscó la alianza de Portugal, Gran Bretaña y Austria, los excluidos de los Preliminares, y propuso unos mínimos de acuerdo entre ellos y España, que eran que Gibraltar y Mahón fueron entregados a España, que se negociara un acuerdo sobre la interpretación de la libre navegación en los mares, sobre el contrabando y sobre el asiento de negros. Ensenada opinaba que esa postura en política internacional era equivocada, pues España no estaba en condiciones de prescindir de Francia, y no creía que Gran Bretaña abandonase su política de expansión territorial y comercial en América y en el Mediterráneo.

En esas condiciones, el 28 de junio de 1748, España se adhirió a las negociaciones de Aquisgrán. Se envió como ministro plenipotenciario a Jaime Masones de Lima y Sotomayor, hermano del embajador español en Lisboa que había gestionado las conversaciones de Lisboa, Félix Fernando Masones de Lima y Sotomayor III duque de Sotomayor. España alegó en Aquisgrán, por iniciativa de Carvajal y Huéscar, que Gran Bretaña había dejado de practicar el negocio del asiento de negros y navío de permiso a lo más cinco años, en 1739-1745, y que el compromiso de Utrecht se podía alargar esos cinco años, pero no más. Jaime Masones firmó con Sandwich la prolongación de los privilegios británicos sin especificar por cuánto tiempo. Y una vez alcanzado este acuerdo, España se incorporó a las negociaciones en 28 de junio. El tema de la deuda de España con la Casa de Hannover, y en ese momento rey de Gran Bretaña, por unos ejércitos utilizados en 1674, se decidió concertar amigablemente su liquidación.

 

 

La paz de Aquisgrán, 1748.

 

El 18 de octubre de 1748 se llegó al acuerdo final de Aquisgrán con presencia de gran número de negociadores: Francia (conde de San Severin y caballero de la Porte), Inglaterra (conde de Sandwich), Austria (Wenceslao Antonio de Kaunitz-Rittberg), España (Jaime Masones de Lima), Cerdeña-Saboya (caballero Osorio y conde de Chavana), Holanda (conde de Bentrinck, barón de Wassenaer, burgomaestre de Amsterdam, barón de Borselle, Onno Zwier de Haren), Módena (conde de Monzono), y Génova (Francisco Doria).

 

Se acordaron los siguientes puntos:

Se establecía el statu quo ante bellum de los acuerdos de Westfalia 1648, Utrecht 1713, Baden 1714, Triple alianza de la Haya de 1717, Cuádruple Alianza de Londres de 1718 y Paz de Viena de 1738, tratados todos que quedaron confirmados.

Se garantizaba la corona de Austria a María Teresa de Austria y Francisco de Lorena.

Génova era reconocida independiente en Carlos Manuel III de Saboya y Cerdeña, duques de Saboya. Se le entregaba la parte del Milanesado ocupada por Francia durante la guerra.

Cerdeña-Piamonte recibía parte del Milanesado, la misma comprometida en el Tratado de Worms, pero no el Placentino (Piacenza) que pasaba a Felipe de Borbón Farnese. La Casa de Saboya renunciaba al ducado de Plasencia (Piacenza) a favor de Felipe de España, hijo de Isabel de Farnesio.

Prusia ganaba Silesia y Glatz, que le había entregado Austria al comienzo de la Guerra de sucesión de Austria.

Piamonte ganaba ciudades en el Milanesado pero perdía Piacenza.

Carlos de Borbón, hermano de Fernando VI se proclamaba rey de Nápoles y Sicilia y si Carlos reinaba en España, su hermano Felipe podría reinar en Nápoles y Sicilia y, en ese caso, sus posesiones de Parma y Guastalla pasarían a Austria, y Plasencia (Piacenza) a Cerdeña.

El príncipe Felipe de Borbón Farnese, recibía Parma, Piacenza y Guastalla, pero con derecho de reversión a Austria. Fue muy famoso en su tiempo por sus despilfarros y fiestas en Parma, Guastalla y Piacenza, cuya cuenta de gastos pasaba a España para que su madre la pagara. En Aquisgrán se discutió si Felipe necesitaría investidura, y en caso afirmativo, si la debía pedir al emperador o al Papa, pero Carvajal consiguió que se declarase que no necesitaba investidura. La reversión de los ducados, si Felipe accedía al trono de Nápoles o si moría sin hijos varones, beneficiaría a Austria y Cerdeña.

Inglaterra cedía a Francia Louisbourg (Cap Breton) y recibía de Francia Madrás (en la India). España prolongó los privilegios a Inglaterra sobre el asiento de negros y el navío de permiso, cuatro años más, lo cual hacía que caducaran en 1752, es decir, cuatro años después del Tratado de Aquisgrán.

Francia abandonaba los Países Bajos, algunas plazas holandesas ocupadas durante la guerra, Saboya y Niza, países ocupados durante la guerra, pero ganaba territorios en América (Louisbourg entonces, conocido como Cap Bretón, en Canadá). Dunquerque podría mantener las fortificaciones terrestres, pero debía demoler las marítimas.

Austria cedía a Carlos Manuel III de Saboya-Cerdeña parte del Milanesado. También cedía a Felipe de España, hijo de Isabel de Farnesio, el ducado de Parma, Piacenza y Guastalla. Austria obtenía el reconocimiento internacional de la Pragmática Sanción, es decir, la legitimidad de la emperatriz María Teresa como emperatriz de Austria-Alemania y reina de Hungría, así como el derecho de sucesión en ese cargo a sus hijos y descendientes.

 

El 28 de octubre de 1748 firmó España el acuerdo de Aquisgrán, el 8 de noviembre firmó Austria, y el 20 de noviembre de 1748 firmó Cerdeña, completándose las aceptaciones del tratado.

 

 

Repercusión de la Paz de Aquisgrán en España.

 

España había fracasado en el plan de tener negociaciones propias con Gran Bretaña y quedaba como un subordinado de Francia. Y además, restableció el comercio de negros a favor de Gran Bretaña, motivo por el cual había aceptado a Francia como aliado contra Gran Bretaña tantos años atrás. En 1750, Gran Bretaña renunció a su derecho al asiento de negros a cambio de 100.000 libras, lo que demuestra que no era ése el objetivo de la South Sea Company, sino otro mucho más amplio, el libre comercio en América, y tal vez el dominio territorial de la zona.

España seguía ciega en mantener el monopolio comercial sobre América. Ciega, porque hacía mucho tiempo que lo había perdido, no lo tenía en el momento, ni lo podría tener más adelante nunca. Los agentes extranjeros en Cádiz, los contrabandistas franceses, holandeses e ingleses en connivencia con criollos americanos, el comercio directo de franceses, holandeses y británicos con América, el comercio escondido bajo el telón del aprovisionamiento de buques de guerra, y el comercio intercolonial, daban cifras de escándalo que negaban la existencia de ese monopolio. Y en vez de reconocer la situación y reconducirla a fin de obtener los mejores resultados, los políticos españoles se empeñaron en negar la realidad.

Aquisgrán no gustó a España. Lo aceptó como la paz posible, pero además se debía complementar con otros tratados que garantizaran las posesiones italianas para los infantes españoles, que mantuvieran la dinámica continental europea sin predominio de ninguna de las dos partes, y que mantuvieran las Indias bajo dominio español.

España, en la Paz de Aquisgrán, ganaba Parma, pero ello puede ser visto como un fracaso, pues aspiraba a dominar Milán.

 

Surgieron en España dos grupos de opinión:

El uno capitaneado por Ensenada, partidario de la alianza con Francia, pero sabía que Francia había traicionado a España varias veces, en cuanto encontraba ventajas en otra parte, y que a la postre, Francia quería el mercado español y americano, por lo que necesitaba ser fuerte militarmente para no ser manejado como un muñeco;

El otro, capitaneado por Carvajal, prefería una aproximación a Portugal y a Inglaterra, pero sabía que los ingleses supeditaban la política y la moral a sus intereses comerciales, contra lo que habría que estar preparados con una buena escuadra.

Ambos grupos sabían que, cuando llegase el momento, se optara por Francia, por Inglaterra, o por la neutralidad, la posición habría que mantenerla con un ejército y una armada poderosos. De todas maneras, la inversión en armas era más barato que los gastos en guerras que se habían llevado desde tiempos de los Austrias, y Ensenada tuvo recursos para construir una flota respetable en El Ferrol, Cádiz, Cartagena y el mayor de ellos, La Habana.

 

El fin de la Guerra de Sucesión de Austria supuso en España 11 años de paz, cosa inusual en la España del XVIII, y fue la época en que Ensenada aprovechó para equilibrar las cuentas del Estado, hacer una red de comunicaciones interiores peninsulares y fomentar la construcción naval en El Ferrol y Cartagena, y también en el astillero de La Carraca (Cádiz) que había creado Patiño.

 

 

Repercusión de la Paz de Aquisgrán en Europa.

 

La paz fue recibida en Europa con alivio. Pero el final de la guerra no había sido normal, ni la paz fue completa, ni dejaba satisfechos a los países afectados.

La Paz de Aquisgrán abría un periodo de ocho años de “guerra fría”, abría una larga disputa entre Francia e Inglaterra por las colonias, sobre todo asiáticas de Oriente Medio y la India, pero también norteamericanas, y España aparecía como la víctima de ambos. Todos los países se rearmaron al máximo, y la situación condujo a una nueva guerra, la Guerra de los Siete Años 1756-1763. Las alianzas internacionales cambiaron a menudo, según expectativas de cada país, y España no fue una excepción.

Carvajal recibió presiones francesas para entrar en guerra contra Inglaterra y presiones inglesas para luchar contra Francia. Carvajal y Enseñada rechazaban esas invitaciones, pues ambos querían la paz, sabían que España no podía afrontar otra guerra.

Gracias a Ensenada, España mantendrá amistad con Francia, pero no será un satélite de Francia como la primera época de Felipe V, ni un instrumento en manos de italianos y de la Farnesio como la segunda época de Felipe V.

 

La prensa de mediados del siglo XVIII.

 

En este punto del siglo, el interés por la prensa subió bastante en España, pues aparecieron periódicos en provincias. El nuevo estilo hacía un periódico que se podía leer con meses o años de retraso, pues incluía noticias de ciencia, divulgación, literatura, economía y crítica costumbrista.

De 1741 a 1760 nacieron 14 periódicos. Citamos los más conocidos:

En 1747- “El Diario Pinciano” era publicado por la Universidad de Valladolid, la Academia y alguna Sociedad Económica.

En 1758 apareció el que sería con el tiempo “Diario de Madrid” que se subtitulaba “Diario Noticioso, Curioso, Erudito y Comercial, Público y Económico”. En 1788 pasó a llamarse Diario de Madrid. Era el primer diario de ámbito nacional que circulaba en España, y estaba dirigido y editado por Francisco Sebastián Manuel Mariano Nipho y Cagigal, natural de Alcañiz, que firmaba como Manuel Ruiz de Uribe. Era el primer diario de España y segundo de Europa (el primero había sido Daily Courant en Inglaterra). Publicaba trabajos eruditos y costumbristas e incluía publicidad de ventas, compras y pérdidas. El primer artículo era el curioso-erudito, a lo que seguían anuncios comerciales de casas, alimentos, muebles, ropas, con precios de las cosas… y avisos de robos, extravíos, demandas de servidumbre y cartas de los lectores. Cerró en 1918.

En 1760 apareció “Caxón de Sastre” que era tanto una antología literaria, como también moralizante sobre política y costumbres. Quincenal, también publicada por Nipho. Se vendía por suscripción. Duró hasta 1761.

 

 

 

 

Tercera etapa de Carvajal, 1750-1754.

Tratados complementarios a Aquisgrán.

 

El Tratado de Aquisgrán de 1748 fue completado en 1749-1752 con otros acuerdos:

En 1749 se casó a la infanta María Antonia de Borbón Farnesio, 1729- 1785, con el príncipe Víctor Amadeo de Saboya y Cerdeña, 1726-1796, quien sería Víctor Amadeo III de Cerdeña.

El Tratado de Límites con Portugal se firmó en enero de 1750.

El Tratado de Indemnización y Comercio con Gran Bretaña se firmó en octubre de 1750.

El Tratado de Aranjuez se firmó en junio de 1752.

 

La guerra no había terminado en 1749 con el Tratado de Aquisgrán 1749, sino sólo en Europa. Inglaterra y Francia se disputaban territorios en India y Estados Unidos. En ambos casos España, presente en Florida, México y Filipinas, era un aliado fundamental para cualquiera de los dos. Los franceses y los ingleses se disputaban la amistad española y pagaban a distintas gentes de Madrid para lograr acuerdos con España.

Los británicos Newcastle y Belford encontraron un magnífico colaborador en el embajador español en Londres Ricardo Wall (Wall era un irlandés que se había enrolado en el ejército español y había hecho carrera dentro de él) y el embajador inglés en España Keene, y éste buscaba convencer a Carvajal, mientras Ensenada era partidario de la amistad con Francia. Los ingleses lograron las simpatías de la reina Bárbara de Braganza, y los franceses se trabajaron las simpatías de los hermanos del rey, Felipe de Parma y Carlos de Nápoles. Felipe de Parma se casó con una hija de Luis XV de Francia y Carlos concedió a Inglaterra ventajas comerciales en Nápoles. Keene pidió el beneplácito de Fernando VI para enviar a Nápoles al embajador que pedía Carlos, con el fin de congraciarse con España. Carvajal daba buenas palabras de amistad entre el Rey Cristianísimo y el Rey Católico, y no se decidía por nadie. Entonces los ingleses decidieron que había que acabar con Ensenada, cosa que lograrían en 1754.

La política en tiempos de Fernando VI, gestionada por Carvajal, fue de paz y neutralidad, dentro de la tendencia general de que Ensenada era francófilo y Carvajal anglófilo. Preparan una flota de guerra y sobre todo preparan una oficialidad de marina que debía estar entre lo mejor de su tiempo. Esta política conseguiría que Inglaterra renunciase a los privilegios comerciales obtenidos en Utrecht y a la colonia de Sacramento en El Plata, teóricamente portuguesa, pero desde donde se vendían productos británicos. Pero la presión por seguir vendiendo en América no cesaría, sino al contrario, se incrementaría progresivamente.

 

 

El error político de Carvajal y Ensenada:

         Los proyectos de paz 1750-1752.

 

El error de Carvajal y Ensenada a partir de 1750, fue concebir un proyecto de paz, que agradaba al rey como idea general, pero que costaba mucho dinero a España, más de lo que España podía pagar. Un segundo aspecto de este error, fue no comunicarlo al rey, sino tenerle engañado para mantener su enfermedad depresiva controlada: el proyecto de paz incluía el Tratado de Límites hispano portugués de 13 de enero de 1750, Tratado hispano inglés de 5 de octubre de 1750, y el Tratado de Aranjuez sobre Italia de 14 de junio de 1752.

El Tratado de Límites requería una gran inversión para levantar planos de casi toda América del Sur; el Tratado con Gran Bretaña de 5 de octubre de 1750 incluía una indemnización a la Compañía de los Mares del Sur de 100.000 libras en concepto de pérdidas en la explotación del negocio del asiento de negros y navío de permios; el Tratado de Aranjuez sobre Italia incluía grandes indemnizaciones a Parma y a la Princesa de Saboya, a cambio de su asentimiento.

Y al error de 1750-1752, se sumaron una serie de acontecimientos que actuaron en contra de España, contra los que no se estaba en condiciones de reaccionar debido al mal planteamiento hecho de principio. Estos acontecimientos desfavorables fueron:

El suceso de la muerte de Juan V de Portugal en 31 de junio de 1750 y la llegada al trono de su hermano José I de Braganza, hermano de Bárbara de Braganza, lo cual significó una política antiespañola gestionada por Sebastián José de Carvalho (futuro marqués de Pombal) que paralizó los trabajos de los límites en América, y las relaciones comerciales con España.

La postura general de los jesuitas respecto al Gobierno español, a raíz del Tratado de Límites de 1750, los cuales hacían una muy mala propaganda de España cuando hablaban en el extranjero, y una política aduladora y servil cuando se entrevistaban con el rey Fernando VI, lo cual generó un mal ambiente en la Corte que dañó mucho a los Gobiernos españoles, pero que también acabó con su expulsión en 1767.

Y además, tras el Tratado de Aranjuez de 14 de junio de 1752, Felipe de Borbón Farnese se disgustó mucho en Parma con Fernando VI, su hermanastro, y Carlos VII de Nápoles rechazó de plano las negociaciones hechas por su hermanastro. Felipe y Carlos querían Italia para ellos, y no negociaciones y arreglos.

Y posiblemente no se negoció de la mejor manera la solución a los problemas con Hamburgo y Dinamarca, los cuales dejaron de suministrar material de guerra y construcción de barcos al norte de África, los corsarios que atacaban a los comerciantes y ciudades españolas, pero no he encontrado la contrapartida española, en los textos de historia que he consultado, lo cual me sugiere algún problema, dado el frecuente servilismo de los historiadores de la época a los políticos.

Y Gran Bretaña aprovechó el desconcierto español para organizar una política agresiva contra España, ocupación de territorios en América y ataques a barcos españoles en corso, a pesar de que teóricamente, había un acuerdo en 1750.

La política exterior española se complicó mucho, pues Ensenada disimulaba y quería llegar a una amistad con Gran Bretaña, mientras no le concedía más ventajas comerciales y hostilizaba a los británicos en Honduras. Carvajal quería convencer a todos que lo que pasaba entre España y Gran Bretaña no eran más que pequeños incidentes y le decía a Keene que había que negociar. La idea de Carvajal era una Compañía Comercial mixta, hispano inglesa, que comercializara el palo Campeche, el mejor tinte para los productos textiles, pero los empresarios textiles nunca estuvieron de acuerdo en compartir sus enormes beneficios con España.

 

 

Tratado de Límites con Portugal.

 

En 13 de enero de 1750, España (Carvajal) firmó un Tratado de límites con Portugal (vizconde de Silva y Téllez), tratado en el que se intentó fijar los límites de Brasil, tanto en el Estuario de La Plata, como en el Amazonas:

Sacramento, la colonia portuguesa-brasileña establecida al norte del estuario, enfrente de Buenos Aires, y centro del contrabando de la zona, pasaba a España, y Portugal recibía territorios del Paraguay y renunciaba a navegar el Río de la Plata. Para anular la actividad de esta colonia, España había fundado en 1728 la ciudad de San Felipe de Montevideo, en la misma orilla del estuario que Sacramento, pero en la boca del mismo, y había instalado allí una flota militar, lo cual dificultaba la entrada y salida de buques que circulaban entre Sacramento y Río de Janeiro. El éxito de Montevideo era muy limitado, pues las mercancías que pasaban eran mayoritariamente británicas, y Gran Bretaña estaba presente en Río, y protegía la navegación, en alta mar, de los barcos de contrabandistas, mientras los criollos de Buenos Aires y del Paraná, protegían el contrabando inglés desde infinidad de puertos fluviales en el interior. Portugal y España eran conscientes de que un acuerdo sobre Sacramento no resolvería el tema del contrabando, pero lo pondría un poco más difícil a los suministradores y a los receptores de las mercancías fraudulentas. Había cientos de ensenadas en medio de la selva cuyas actividades eran incontrolables y que se podían cambiar periódicamente de emplazamiento, de modo que los vigilantes no encontraran nunca a los contrabandistas. A fines de 1746, Bárbara de Braganza había pedido a su padre, Juan V de Portugal, negociaciones sobre el tema de Sacramento, que no le interesaba a Portugal, pues la colonia le significaba gastos, mientras los beneficios eran para los británicos. Juan V nombró embajador extraordinario en Madrid al Vizconde de Vilanova de Cerveira. Pero ni los contrabandistas portugueses-brasileños, ni los contrabandistas bonaerenses querían un pacto entre España y Portugal, que iría en contra de sus negocios. Los contrabandistas, intermediarios de Gran Bretaña en el comercio de la zona, ganaban mucho dinero en su actividad. Acevedo Cutinho propuso a España cambiar Sacramento por un territorio de la Banda Oriental, al este del Paraguay. Y propuso que la negociación se llevara en secreto, pues había muchos intereses sobre la zona y sabían que provocaría desacuerdos y descontentos en Madrid y en Lisboa. En marzo de 1749, los portugueses insinuaron que esos territorios del este podían ser el oeste de Santa Catarina y Río Grande del Sur, pero ello chocaba con una gran dificultad, pues se estaba hablando de territorio de reducciones de los jesuitas. Las reducciones eran extensos territorios en donde los jesuitas tenían privilegio de que no entraría nadie español, y ellos organizaban a los indios en comunas. En concreto, en las zonas en negociación, al este del Uruguay, había siete reducciones de indios además de la ciudad de Santa rosa en Mojos: San Miguel, Santo Ángel, San Nicolás, San Juan, San Luis, San Borja, y San Lorenzo. España aceptó la propuesta, a pesar de que significaba un enfrentamiento con la Iglesia. El acuerdo se firmó el 13 de enero de 1750 y fue ratificado en Lisboa el 26 de enero y en Madrid el 7 de febrero.

El pacto sobre Sacramento incluía que, en caso de guerra, las colonias portuguesas declararían neutralidad. Los jesuitas protestaron y, de hecho, no dejaron acceder a los brasileños a tierras del Paraguay en muchos años. La colonia de Sacramento era una colonia portuguesa situada frente a Buenos Aires, al otro lado del estuario del Plata. Los portugueses se habían expandido desde Sacramento hacia Río Grande en el sur de Brasil actual. Se le ofreció a Portugal Ibicuy, un territorio de misiones de los jesuitas que está hoy al norte de Argentina y sur del Paraguay. Los jesuitas se negaron a abandonar sus misiones. Apelaron al Padre Rávago, confesor del rey, y éste, que había dado su visto bueno al tratado cambió de opinión y el tratado no se ratificó. Ensenada se opuso al proyecto y allí empezó su decadencia como ministro.

 

Respecto a las fronteras en el Amazonas, un territorio inexplorado, era preciso establecer las fronteras en tierras que hoy son Venezuela y Perú. Alejandro de Gusmâo, Secretario de Estado portugués propuso hablar del tema.

En la frontera con Venezuela, habían aparecido nuevos problemas pues los holandeses y los franceses se habían establecido en la Guayana aprovechando que aquello era un territorio deshabitado, y ello les venía bien para su contrabando de hombres (esclavos) y de mercancías. España estaba dispuesta a ceder el sur de Venezuela y la zona del Amazonas entre la Montaña de Castillos Grandes y el nacimiento del Ibicuy. Pero no se logró nada con la diplomacia, pues Portugal prefería a su socio británico que le compraba vinos y frutas.

En la frontera con Perú, Portugal quería romper los límites que le imponía el Tratado de Tordesillas, pues de hecho estaba ya ocupando un territorio 3.000 kilómetros al oeste de la línea occidental acordada. El acuerdo de las conversaciones entre España y Portugal sobre el Amazonas fijó un punto, la desembocadura del Yapurá en el Marañón (alto Amazonas) a unos 3º sur y 65º Oeste, a partir del cual hacia el oeste todo sería español, y hacia el este sería portugués.

Al este del continente, toda la desembocadura del Amazonas, por ambos márgenes, sería portuguesa. Los límites quedaban muy imprecisos, pero era una base para futuras negociaciones en las que se concretaría más.

En el sur de Brasil, España estaba dispuesta a ceder las misiones de los jesuitas al este del río Uruguay, es decir, a desplazar de aquellos lugares a 30.000 indios guaraníes, para que los agricultores portugueses-brasileños hicieran el negocio de apropiarse de muchas tierras a bajo precio. España entraba en el peligroso tema de sacrificar a unas tribus, sus casas y sus fincas, aunque les diera otras tierras a muchos kilómetros de distancia. Los jesuitas protestaron, como es lógico. Y los nuevos amos del territorio, los portugueses-brasileños eran los hasta entonces “cazadores de esclavos”, que siempre habían castigado a los indios guaraníes con sus redadas. Desde el momento del Tratado de Límites, los guaraníes no aceptaron ni a los portugueses cazadores de esclavos ni a los españoles que les habían vendido. Se rebelaron. Fueron vencidos en febrero de 1756, tras sufrir unos 1.300 muertos. Y después de todo, los comerciantes portugueses-brasileños, intermediarios en el contrabando de productos ingleses y de esclavos guaraníes, no querían de ningún modo abandonar la Colonia de Sacramento, boicotearon el tratado y apoyaron al marqués de Pombal, contrario a cualquier tratado con España. Por el camino de la diplomacia no había salidas, y además éstas eran peores que el problema que se trataba de solucionar.

 

Complementariamente, se acordaba la neutralidad de toda América del Sur en caso de conflicto entre España y Portugal, y la ayuda mutua en caso de conflicto con terceras potencias que quisieran introducirse en la zona.

Todo estaba acordado y aprobado, cuando murió Juan V de Portugal el 31 de julio de 1750. Entonces el Gobierno de Portugal pasó a manos de Sebastián José Carvalho futuro marqués de Pombal, con el cargo de Secretario de Estado. Carvalho era un furibundo antiespañol y se opuso frontalmente al tratado ya firmado, e hizo reconsiderarlo. El 17 de enero de 1751 se fijó un nuevo acuerdo en las fronteras del sur y se dejó pendiente el acuerdo sobre las fronteras del norte. Por su parte, en España, los jesuitas se negaron a trasladar sus poblados de indios a otras tierras, aunque había muchas disponibles, y los indios guaraníes iniciaron una rebelión. En 1757, el embajador portugués protestó por la actitud de los jesuitas.

Cuando murió Fernando VI en agosto de 1759, el Tratado de límites con Portugal estaba todavía en discusión, y Carlos III, el nuevo rey de España, decidió anular todo. El acuerdo se retomaría más tarde y se firmó en 12 de febrero de 1761.

 

 

Tratado de Indemnización y Comercio

con Gran Bretaña

 

En 5 de octubre de 1750, Carvajal negoció con Keene un Tratado de Indemnización y Comercio con Gran Bretaña. Era un contencioso viejo, y ya antes de los Preliminares de Aquisgrán, Masones de Lima y Sandwich habían firmado un preacuerdo en Viena por el que Gran Bretaña renunciaba al privilegio del asiento de negros y el navío de permiso, que de todas formas estaba caducado desde 1744. El precio para España era un acuerdo futuro que quedaba por determinar.

El 13 de febrero de 1749 se presentó en Madrid Benjamin Keene a negociar este acuerdo que él llamaba de compensación o del “equivalente” a las pérdidas por cese de beneficio británico, y trató de incluir en las negociaciones no sólo el “equivalente”, sino el pago de deudas antiguas de España, la reducción del derecho de aduana en un 6% para los barcos británicos, el reconocimiento de un Tratado particular hecho por los ingleses con la villa de Santander en 12 de septiembre de 1700, y la ratificación del Tratado de Comercio de 1715.

España se negó a discutir el paquete en bloque, y decidió tomar en primer lugar solamente el primer punto. Gran Bretaña alegó que la Compañía del Mar del Sur había tenido pérdidas por cese de negocio durante algunos años, y España debería compensarla con un nuevo contrato de asiento de negros y navío de permiso, por plazo indefinido en el tiempo. Alegó también que España debía compensar a Gran Bretaña por las presas hechas en las últimas décadas, a lo que Carvajal contestó que no podía hacerlo porque muchas presas eran legales, pues llevaban contrabando a territorio español, pero España tuvo que ceder en muchos de estos casos para evitar la ruptura de las conversaciones.

Se halló por fin la cantidad reclamada por Gran Bretaña, y resultó una cantidad mucho menor que lo que la opinión pública británica imaginaba, pues era un asunto mitificado en la prensa y en el Parlamento, que había ido creciendo en dimensiones en boca de la gente con el tiempo. Y entonces surgió una sorpresa para los británicos: la South Sea Company (Compañía de los Mares del Sur) había obtenido en Utrecht el asiento de negros y el navío de permiso por 30 años, pero pagando un canon anual al rey de España, que nunca había sido pagado y que la opinión pública británica nunca había mencionado. Keene se halló en verdaderas dificultades y logró introducir en las conversaciones al embajador de Portugal y al marqués de la Ensenada, con los que se sentía más a gusto hablando, pues Carvajal era como una pared firme defendiendo los derechos de España. Pero Keene no era menos tozudo. Carvajal propuso, como punto de salida del impasse, prorrogar por seis años los privilegios británicos y ratificar el Tratado de 1715, y dar por saldada la deuda española. Keene evaluó la deuda en 300.000 libras, una cantidad negociable. Carvajal le ofreció 100.000 libras y seis años de prórroga de los privilegios. Keene bajó sus pretensiones a 200.000 libras y renovación de los privilegios por tiempo ilimitado. Por fin, Keene admitió que sólo se pagarían 100.000 libras, siempre que se prolongasen los privilegios ilimitadamente. Y el 5 de octubre de 1750 hubo acuerdo. Fue ratificado en Londres en 5 de noviembre de 1750 y en Madrid en diciembre de 1750. Pero el texto aprobado y ratificado no fue el definitivo, pues Carvajal le metió un gol a Keene pactando en Aquisgrán que España pagaría 100.000 libras y cuatro años de prórroga en los privilegios, lo cual, descontando lo que la Compañía del Sur debía a España, y lo que debía pagar por los cuatro años de prórroga, se quedaba en nada. Complementariamente se pactaba que el saldo sería abonado por España en los siguientes tres meses y que ambas partes renunciaban a toda vieja reivindicación dineraria pasada. Inglaterra pidió también poder abastecerse de sal en la Sonda de la Tortuga, sin pagar derechos por ello. Inglaterra reconoció la integridad de los territorios españoles en América como una unidad política indivisible.

En definitiva, en 1750, Londres renunció al asiento de negros y al navío de permiso, a cambio de cuatro años más de explotación, y una indemnización de 100.000 libras (que se consideraban ya saldadas), a lo que había que sumar la consideración en adelante de país más favorecido y la bajada de los impuestos a la importación y exportación al nivel de los que regían en tiempos de Carlos II, en el siglo anterior.

Keene no se quedó corto pidiendo, pues llegó a exigir exención total de pago de derechos para los barcos ingleses en puertos españoles, lo cual no se le concedió. España empezaba a ser tratada como una “colonia” más, a la que se imponían condiciones leoninas, como le había sucedido ya a Portugal.

El Tratado con la villa de Santander no aparecía citado en ninguna parte del nuevo tratado y por tanto los ingleses perdían los privilegios en este puerto del norte de España.

 

Francia se enteró del Tratado de Indemnización y Comercio en 18 de noviembre de 1750, cuando todo estaba pactado y ratificado, lo cual gustó mucho en Londres, como si hubieran roto la alianza España-Francia.

Carvajal sentía que había cedido un tanto, pues no había conseguido Gibraltar ni Menorca, pero calló prudentemente porque esperaba que, en un ambiente de amistad, se podría llegar en algún momento a dialogar sobre estos temas.

Los asuntos del comercio americano no quedaron resueltos en este Tratado, pues la idea de base de la política británica era inaceptable: España consideraba que las Indias eran un territorio cerrado comercialmente, propiedad de la Corona española, y Gran Bretaña defendía “la libertad de los mares” expresión que entendía como que podía comerciar en todas partes del mundo. Es el viejo problema del liberalismo de los más poderosos, en cuya relación libre siempre aplastan al débil, lo cual genera bonitas palabras del más fuerte, pero una realidad odiosa como consecuencia.

 

 

 

El Tratado de Aranjuez de 1752.

 

En 14 de junio de 1752 se firmó el Tratado de Italia o Tratado de Aranjuez, constituyendo una alianza militar entre España (Carvajal), Austria (Esterhacy y Migazzy) y Toscana (Francisco de Lorena, duque de Toscana), por el que las partes se comprometían a garantizar la paz y respetar los territorios de los demás. Cerdeña-Saboya se sumó a este tratado. No lo aceptó Carlos VII de Nápoles porque creía que era una injerencia de España en los asuntos napolitanos, sus asuntos.

María Teresa de Austria actuaba como duquesa de Milán y el emperador Francisco, su marido, como duque de Toscana.

Por cierto, se utilizó al cantante Farinelli como intermediario para iniciar las conversaciones.

En Italia, Carlos de Borbón Farnese estaba en Dos Sicilias, y Felipe de Borbón Farnese era duque de Parma, Plasencia (Piacenza) y Guastalla. España estaba cómoda en esa situación y quería estabilidad y neutralidad en los conflictos italianos a fin de que no se modificase el statu quo.

El problema era que a las dos potencias tradicionalmente dominantes, Austria y España, se había sumado la Casa de Saboya, que eran reyes de Cerdeña y duques de Piamonte. Los reyes de Cerdeña trataban de mediar entre las dos potencias exteriores a fin de obtener las máximas ventajas territoriales para ellos. No obstante, la zona se mantuvo estable todo el resto del siglo, con la excepción de Córcega, que pasó a Francia en 1764.

Las claves de la paz italiana fueron varias: los primeros signos de conciencia de ser italianos de algunos habitantes de la región, el matrimonio de María Antonia de España con Víctor Amadeo de Saboya, heredero de Cerdeña, y el Tratado de Neutralidad entre España, Cerdeña y Austria de 14 de junio de 1757 en Aranjuez.

Respecto al primer punto, algunos italianos empezaron a mostrarse incómodos con la forma de pensar tradicional, en la que Italia sólo era un concepto geográfico y políticamente estaba integrada por multitud de ducados y señoríos, que se mantenían gracias a la ficción admitida por todos de que eran feudos del emperador o del Papa. Era una ficción, porque los feudos no existían desde la Edad Media, tres siglos atrás, y sólo el emperador y el Papa tenían interés en mantener la ficción para sacar provecho de ello cada vez que había ocasión.

En el punto del matrimonio de María Antonia con Víctor Amadeo, hay que decir que María Antonia era hermana de Fernando VI y Víctor Amadeo era heredero de Saboya. El rey de Saboya pidió a España una dote exorbitada, 500.000 escudos de oro, tomándolo como un negocio personal, y España aceptó. El 3 de diciembre de 1749 hubo capitulaciones, el 12 de abril de 1750 esponsales y el 31 de mayo de 1750 matrimonio.

En el tercer punto, el Tratado de Neutralidad, Europa entera tenía interés en terminar con las disputas italianas que llevaban a tantas guerras. Francia lo pidió sin éxito, luego lo hizo la emperatriz María Teresa, pero con un tratado con España exclusivamente, pues invitar a todos era entrar en un callejón sin salida que daría lugar a más conflictos. El pacto se hizo entre Viena y Madrid y cuando estuvo hecho se le presentó a Cerdeña-Piamonte, que lo aceptó.

El 14 de junio de 1752 se firmó el acuerdo en Aranjuez y se sumaron Parma y Toscana, con lo cual estaban todos de acuerdo. Los puntos importantes del Tratado eran:

Se garantizaban todos mutuamente sus dominios en Europa.

Se reconocía la Pragmática Sanción austríaca.

Austria y España se reconocían mutuamente la cláusula comercial de nación más favorecida en los puertos europeos.

Se otorgaban ayudas militares a Parma y Toscana (motivo de su interés por estar en el Tratado).

Se dejaba en suspenso el contencioso entre Austria y España por el Toisón de Oro, cuya administración reivindicaban ambos países desde la muerte de Carlos II de España en 1700.

 

La diplomacia francesa y Ensenada lucharon en contra de este acuerdo. Francia se veía apartada en un tema que había manejado y dirigido casi siempre anteriormente. El problema de Ensenada era que se perjudicaban los intereses de Nápoles. De ello surgieron algunas discrepancias entre Ensenada y Carvajal.

 

 

El tema del norte de África.

 

España tenía interés por luchar contra los corsarios del norte de África: Argel, Trípoli, Túnez y Marruecos. No sólo atacaban barcos mercantes, sino también pueblos españoles, peninsulares y baleáricos, de la costa. España había pedido ayuda en el tema a Gran Bretaña, pero ésta dijo que no era cosa suya. Ensenada pidió negociaciones a Marruecos, pero Marruecos no contestó en mucho tiempo.

El primer problema a solucionar era Hamburgo, la ciudad alemana que en 22 de febrero de 1751 había hecho un tratado con Argel para facilitar a esta ciudad anualmente y sin fecha límite, armas pesadas, pólvora y todo tipo de armamento, así como madera, jarcia y todo lo necesario para construir barcos. El 19 de octubre de 1751, España prohibió el comercio con Hamburgo y se originó cierto escándalo, en el que Francia pidió a Hamburgo que reconsiderase el tema, Hamburgo lo reconsideró, y España restableció relaciones con Hamburgo en 14 de mayo de 1752 y octubre de 1752. ¿Cuáles fueron las contrapartidas que pagó España?

El segundo problema africano era Dinamarca, la cual se había enfadado porque España le había retirado un privilegio de 18 de julio de 1742 por el que sólo pagaba el 50% de los derechos de aduana en puertos españoles. En represalia, Cristian VI de Dinamarca hizo una alianza con el bey de Argel para entregarle armas y materiales de construcción de barcos, y más tarde repitió los acuerdos con Trípoli, Túnez y Marruecos, todos los enemigos de España. Además, Dinamarca pretendía vender esos artículos a los africanos en Cádiz, puerto más seguro y cómodo que los africanos mismos. España declaró en 26 de agosto de 1753 que no podía aceptar el comportamiento de Dinamarca, ni el uso de Cádiz para ir en contra de los intereses españoles. El 22 de agosto de 1757 se llegó a un Convenio de Amistad y Comercio de La Haya, en el que Dinamarca renunció a sus actividades comerciales con el norte de África. ¿Cuáles fueron las contrapartidas ofrecidas por España?

 

 

El Concordato de 1753.

 

En años anteriores a 1753, el Papa reclamaba el patronato regio que los reyes españoles ejercían desde el siglo XV. Eso había provocado un conflicto a principios del XVIII y ahora se resolvía el contencioso aceptando el Papa lo que antes discutía como impropio. Lo habían preparado Ensenada, el confesor Francisco Rávago[1] y Manuel Ventura Figueroa auditor de La Rota y delegado de España en Roma, para los asuntos religiosos.

El principal objetivo de Ensenada en el Concordato de 1753 era limitar la enorme cantidad de dinero que cada año salía de España para Roma, sobre todo por las llamadas provisiones de beneficios o nombramientos de obispos, arcedianos, deanes, canónigos, cuyos cargos eran comprados a buen precio por los aspirantes, porque daban luego muy buenas rentas.

En el Concordato de 11 de febrero de 1753, que sustituía al de 1737, Fernando VI llegó a un acuerdo con el Papa Benedicto XIV en dos mesas de negociación, la una oficial y pública, entre el nuncio y el embajador español en la Santa Sede, Portocarrero, y la otra privada y secreta entre algunos delegados del Papa, por una parte, y el confesor real Padre Rávago y el marqués de la Ensenada, por la otra. Así los asuntos más polémicos podían ser tratados sin escándalos externos. Firmaron Manuel Ventura Figueroa en nombre de Fernando VI y el cardenal Valenti en nombre de Benedicto XIV.

El tema de fondo era el regalismo, idea que defendía que los asuntos materiales, económicos y administrativos civiles, pertenecen al Estado y debían ser abandonados por la Iglesia. Era una idea común en toda Europa del XVIII, ya planteada por Lutero en el XVI, y de tensión máxima en los países católicos, Austria y España. José II de Austria es citado en la historia como el monarca regalista por excelencia. El regalismo iba unido a otra corriente interna de la Iglesia, denominada “jansenismo español” por la que algunos obispos reclamaban mayor poder frente al Papa y sobre y frente a las órdenes religiosas, que debían someterse al ordinario de cada diócesis. Frente a estos jansenistas, surgieron voces reaccionarias que defendían el poder absoluto del Papa, y serían conocidos en el siglo XIX como “ultramontanos”, porque vistos desde Alemania y Austria, defendían que el poder provenía de más allá de los montes de los Alpes, es decir, de Roma. En España, el problema era tanto religioso como político: la Corona de Aragón se había declarado pro austríaca en masa, incluido el clero y, sobre todo, el clero, el más ferviente defensor del archiduque. Los políticos de Felipe V se enfrentaban al clero catalán, valenciano y aragonés, y los Decretos de Nueva Planta, bastante racionales y justos, fueron tachados de injustos y abusivos por este clero ultramontano, y recogidos en este sentido después por los nacionalistas sucesivos. Resultaba que la intervención del Estado en la Corona de Aragón era superior a la de Castilla antes de los Decretos de Nueva Planta, y por ello, debemos interpretar esta posición del clero como predominantemente política, falseadora de los hechos históricos. El Papa se había equivocado duramente en 1709 en su política de estar siempre con el vencedor, cuando creía que el archiduque estaba a punto de vencer en Italia y en España, y se había declarado austracista. Las cosas cambiaron pocos años después y no había manera de rectificar, por lo que se huyó hacia adelante, condenando a los Borbones y negando todo lo que se proponían reformar. En 1717 se llegó a un acuerdo de convivencia entre el Estado español y la Santa Sede. En 1737 hubo un nuevo acuerdo. En 1753 se firmaría el acuerdo definitivo, el primer concordato[2].

Fernando VI, a través de Ensenada, exigió que el patronato real o patronato regio fuera considerado una regalía, es decir, un derecho del rey no dependiente de ninguna concesión magnánima del Papa, y por tanto debía ser considerado como no modificable. El patronato real era el derecho de presentación por el que el rey proponía los candidatos a obispo que había de nombrar el Papa en España y América. En la práctica, el rey de España nombraba a los obispos españoles y americanos. Era patronato sobre España e Indias, pero no Patronato Universal. Ensenada quería el Patronato Universal y lo obtuvo en 1753: El patronato universal era el derecho de presentación a todos los beneficios eclesiásticos (obispados, canónigos, abades y beneficiados) en todos los dominios de la Corona, y era una aspiración de Fernando VI. El patronato real como privilegio se mantendría en territorio español hasta 1977.

El Patronato Universal ampliaba el patronato real, de modo que el Estado no sólo proponía obispos, sino también canónigos, abades y beneficiados e igualmente proponía la erección de catedrales iglesias y conventos y hospitales. El privilegio del rey era de nombrar párrocos, obispos y abades excepto los muertos en marzo, junio, septiembre y diciembre que quedaban todavía en manos de la Iglesia. Los curatos eran obtenidos por concurso que dirigía el obispo, el cual presentaba dos candidatos a la autoridad civil y ésta escogía al cura que le gustaba. Fernando VI obtenía también el regium exequatur, permiso del rey para publicación de libros, bulas y papeles de la Iglesia.

El padre Rávago apoyaba las demandas de Ensenada, y el Papa Benedicto XIV, partidario de la conciliación y del diálogo no supo negarse a las peticiones españolas. Los españoles alegaron la existencia de agravios para la Corona en cuanto que el Papa se llevaba de España dinero por las bulas papales, las dispensas matrimoniales, y los beneficios de sedes vacantes y las limosnas. El Papa estuvo de acuerdo. Los cardenales de la Curia Romana se encolerizaron porque la pérdida de ingresos eran recursos de menos que les tocaban a ellos, que los tenían concedidos. Entonces se les ofreció a los cardenales una compensación “por beneficios cesantes” de 1.300.000 pesos y unos regalos personalizados para el Papa y los cardenales afectados que costaban otro tanto. Ensenada consideró un bien negocio para España pagar una gran cantidad de una vez y dejar de pagar las anualidades que se estaban dando a Roma.

Benedicto XIV exigió poder expedir bulas (que los cristianos tenían que comprar), excepto en Granada, Canarias e Indias que eran territorios gobernados por la Corona española en este aspecto religioso desde el descubrimiento de América. También exigió 52 beneficios concretos, los más significativos y mejor dotados, de manera que no pudieran ponerse en duda nunca.

El cierre de la negociación en estos términos significaba que el rey de España se quedaba con la concesión de unos 50.000 beneficios, de los cuales, un centenar, eran sedes episcopales y cargos de cierta importancia (una vez excluidos los que el Papa se había reservado), y el resto eran carguillos de canónigos y beneficiados, con rentas muy escasas. La consecuencia de este acuerdo era que la Dataría y Cancillería Apostólica (El Papa), no recibirían en adelante las annatas por estos 50.000 cargos. Los negociadores romanos pidieron por ello una indemnización, y se les concedieron 310.000 escudos romanos en deuda consolidada al 3% anual, o sea un pago anual de 9.300 escudos.

El Concordato derogaba las llamadas “reservas pontificias” o impuestos que cobraba el Papa en España, como annatas y expolios. La Iglesia católica recibió una suma de dinero (1.143.333 escudos romanos, y una renta anual para el nuncio), a cambio de ceder los expolios (herencias de los eclesiásticos muertos). El Papa cedió al Estado español los “expolios y vacantes” (rentas y bienes que dejaban los eclesiásticos a su muerte), un beneficio que era variable, pero que venía a reportar por término medio entre 1 y 5 millones de reales (los gastos anuales del Estado español eran de unos 650 millones de reales). La donación papal se continuaría en 1757 con la concesión del “subsidio”, o impuesto sobre las rentas e ingresos eclesiásticos, que producían unos 3,5 millones de reales al año.

Otro de los recortes de privilegios que se hizo a Roma fue la supresión de pensiones y premios en cédulas bancarias que Roma concedía con cierta prodigalidad. Expliquemos esto: muchos clérigos españoles viajaban a Roma a pedir “para buenos fines”, y Roma les concedía una pensión, que luego pagaba España, o les concedía un dinero de cédulas bancarias, que eran adelantos que determinados bancos de Roma hacían al Papa sobre la previsión de ingresos que debían llegar de España en años futuros.

El Concordato establecía los campos de jurisdicción papal y de jurisdicción monárquica, pero el asunto no quedó al gusto del Consejo de Castilla ni de Fernando VI, aunque acabaron aceptando lo que había, porque el Papa no concedió el patronato universal, ni cedió en las dispensas matrimoniales (permiso para casarse entre familiares hasta quinto grado, gran fuente de ingresos de la Iglesia), ni en los asuntos de patronatos laicales que daban buenas rentas a la Iglesia.

Se llegó a un acuerdo el 11 de enero de 1753. El Papa concedía el Patronato Universal, mucho más que el derecho de presentación de obispos y cargos eclesiásticos importantes, que era el patronato real tradicional. En el acuerdo, que daban reservados al Papa 52 beneficios concretos que se especificaron. El resto de beneficios, pasaban a ser controlados por el rey. Se firmó el 11 de febrero.

La Iglesia española estuvo en general de acuerdo con el patronato universal de 1753. Las discrepancias de la Iglesia española con el Estado eran por otros motivos.

Las consecuencias del Concordato de 1753 fueron que España, desde ese momento, pagaba mucho menos a Roma en concepto de bulas, dispensas, expolios y vacantes. Roma se enfadó mucho con la pérdida de ingresos que sufría a partir de ese momento. La aportación de la Iglesia al Estado empezaba a ser importante, aunque todavía no colaborase al nivel que le correspondía en justicia.

El Concordato se consideró un triunfo de los regalistas moderados. Pero España estaba pagando compensaciones a Roma, igual que se pagaban a Inglaterra, a Portugal y a otros y el Estado iba a la quiebra.

El Confesor Real ganó mucho poder con el Concordato de 1753. La función menos importante del confesor era confesar al rey. Lo principal era la capacidad para seleccionar a los candidatos a obispo y a altos cargos de la Iglesia. Este poder le creaba al Confesor Real algunos amigos, los afortunados, y muchos enemigos, los postergados.

Rávago tuvo enfrentamientos con las Órdenes religiosas sobre derechos y jurisdicciones de cada parte, el Confesor y el General. También tuvo enfrentamientos con el clero secular, el cual estaba descontento porque los regulares sangraban y atosigaban al pueblo pidiéndole limosnas, lo cual redundaba en menos ingresos para ellos, menos limosnas y donativos para las parroquias.

Rávago era un antijansenista duro. Creía que el jansenismo debilitaría la fe del pueblo. En cambio, el Regalismo de patronato universal, mantendría al pueblo en el cristianismo porque el rey sería el primer interesado en que ello ocurriera así.

Rávago se enfrentó al Papa Benedicto XIV que defendía al agustino Enrico Noris, calificado por los jesuitas de jansenista. Noris sería perdonado y sus obras retiradas de índice en 1758.

Rávago se opuso a la beatificación del obispo de Puebla (México) porque éste había hecho algunos comentarios en contra de los jesuitas.

 

 

Conspiración contra Ensenada en 1754.

 

Cuando ocurrió la muerte de Carvajal, el 8 de abril de 1754, los ingleses creyeron que estaban a punto de perder el pulso con Francia para lograr a España como aliado. A Carvajal le consideraban su posible interlocutor, mientras calificaban a Ensenada de francófilo.

Entonces los ingleses neutralizaron al padre Francisco Rávago Noriega y al cantante Farinelli privándoles de toda información y haciendo que las negociaciones se pusieran en manos del duque de Huéscar, al que proporcionaban sus comunicados. Ensenada inició unas conversaciones de alianza con Francia y en Francia se hablaba de atacar juntos a los ingleses en el Golfo de México.

Inglaterra urdió un complot en 1754 haciendo que llegasen a manos de Fernando VI documentos en los que se decía que Ensenada preparaba unos ataques a Inglaterra en el Golfo de Méjico. El rey, se puso a investigar y encontró que Carvajal y ensenada le habían estado engañando durante años, hablándole de paz, de prosperidad de Hacienda, de progreso económico, y ocultándole los verdaderos problemas y medidas de Gobierno. El rey se enfadó mucho con Ensenada y le confinó en Granada el 20 de junio de 1754 y paralizó el programa naval emprendido por éste. El rey acusó a Ensenada de enriquecerse injustamente, pero no hubo pruebas, porque éste no era el problema. También se detuvo a los colaboradores de Ensenada, Agustín Pablo de Ordeñana, confinado en Valladolid, y al abate Mongrovejo, confinado en Burgos.

 

 

[1] Francisco Rávago 1685-1763 nació en Tresabuela (Cantabria), se hizo jesuita y estuvo en Valladolid, Salamanca y Roma. Fue confesor real sustituyendo a Fevre. Era regalista (partidario de ciertos derechos del rey sobre la Iglesia), antijansenista, y defensor de la Inquisición.

 

[2] Otros concordatos se firmarían en 1851, 1953 y 1979.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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