EL GOBIERNO CARVAJAL, 1746-1754:

años 1746-1747

 

En 4 de diciembre de 1746, Villarías dimitió, recomendando para el puesto de director de la política española a Carvajal.

José Carvajal y Lancáster fue nombrado Secretario de Despacho de Estado, Decano del Consejo de Estado, Gobernador del Consejo de Indias, y Presidente de la Junta de Comercio.

José Carvajal y Lancáster, 1698-1754, aunque como hijo menor segundón no tuviera los títulos familiares, era un aristócrata, pues era hijo del marqués de Linares y conde de la Enjarada, hermano menor de Juan Carvajal y Lancáster duque de Abrantes y Grande de España, sobrino del marqués de Valdefuentes. Su apellido inglés le provenía de que su madre, portuguesa, era descendiente de ingleses. Había nacido en Cáceres en 1698 y había hecho el “cursus honorum” propio de la nobleza que aspiraba a cargos de Gobierno: colegial en San Bartolomé de Salamanca, Oidor de la Chancillería de Valladolid, consejero en el Consejo de Indias. En su contra tenía un corto curriculum en la administración, pues había estado en el Congreso de Francfort al lado del conde de Montijo, había trabajado en la Secretaría de Despacho de Indias y nada más. Poseía un carácter severo y rígido lo cual daba confianza a Fernando VI. Contaba a su favor que era muy laborioso y responsable de sus actos, lo que le hacía a veces lento de decisión.

Carvajal era ante todo el hombre de confianza de Fernando VI, un monarca con poca capacidad de decisión, que confió en Carvajal como el hombre serio y responsable, y en Ensenada como el emprendedor y reformista. En 1746, Carvajal había sido nombrado “Decano del Consejo de Estado y ministro de Estado”. Decano equivale a Presidente o a Gobernador, términos todos utilizados en el XVIII, lo que parecía indicar que Fernando VI le preparaba para jefe de Gobierno.

Carvajal creía que el Gobierno debía ponerse en manos de los más preparados, de gente con talento, pero además debían ser aristócratas porque sólo entre los aristócratas se encontraban individuos que pudieran ejercer el Gobierno sin la tentación de lucrarse de él y de colocar a sus allegados. Porque en lo tocante a los gobernantes, no importaba tanto que fueran talentos en Derecho como que fueran honrados. Carvajal era amigo del duque de Huéscar, el primogénito del duque de Alba. Carvajal era un pacifista, de igual modo de pensar, en este tema, que Fernando VI.

Pero Carvajal necesitaba a Ensenada por un problema de personalidad, de carácter. Carvajal no era capaz de hacer bromas, de tener confidencias con nadie, de jugar, bailar, salir de parranda, y en esas condiciones no estaba al tanto de lo que se decía y ocurría en la Corte. Para eso necesitaba a Ensenada.

Carvajal era partidario de revitalizar el Consejo de Estado, que había quedado inoperante desde 1701, pero que él entendía que debía reunir a las personas más valiosas del reino, Grandes, Generales, Presidentes de los Consejos, Inquisidor General, Arzobispos importantes… para aconsejar al rey. El Consejo de Estado nunca había tenido funciones ejecutivas, sino se limitaba a aconsejar al rey, que era quien tomaba las decisiones políticas. No incluía a todos los Presidentes de los Consejos, sino sólo a los personajes que el rey designaba como de su confianza. Tampoco había un número definido de vocales, sino los que el rey quería. Carvajal representa el partido nobiliario español, el que seguirá a Aranda, el que dará los golpes de estado de El Escorial y Aranjuez.

 

 

Al lado de Carvajal gobernaba Zenón de Somodevilla marqués de la Ensenada. Ensenada provenía de familia de simples hidalgos, tenía 18 años de reconocidos servicios en el Despacho de Marina, era flexible, amigo de fiestas, poseía don de gentes, y era muy rápido en sus decisiones, y le gustaba delegar responsabilidades, lo que le permitía abarcar muchos temas al mismo tiempo.

Ensenada había servido a Carlos VII de Nápoles en 1733-1736, año en que fue hecho marqués, y conocía a muchos amigos de tiempos de Italia, estaba siempre de broma, se mostraba amigo de todos, organizaba continuamente fiestas y cenas, y era un vividor y un intrigante. Carvajal no sabía si despreciarle, le llamaba En-sí-nada, o admirarle por sus capacidades de conocer a las personas y comprometerlas para colaborar en tareas de Gobierno.

Ensenada era un hombre práctico, siempre preparando medios, astilleros y cañones para el ejército, siempre atento a buscar relaciones sociales que le pudieran ser útiles.

Ensenada era un golilla, hecho entre los pasillos de la administración, conocedor de las interioridades de la misma.

Ensenada, por su parte, era un trepa astuto e inteligente, que había ascendido colaborando con Gobiernos anteriores, y supo flotar cuando todos se hundían a la caída de Isabel de Farnesio. En efecto, nada más llegar al poder Carvajal, se hizo una limpieza de viejos colaboradores de Isabel de Farnesio, pero Ensenada se salvó. Cayeron:

Antonio Pedro Nolasco de Lanzós y Taboada, IV Conde de Maceda, quien se había opuesto a que Bárbara de Braganza estuviera presente en las deliberaciones de los Secretarios de Despacho,

Melchor de Macanaz, colaborador de Isabel de Farnesio, al que envió a Breda a negociar en 1746 y le encarceló en mayo de 1748 utilizando la Inquisición (se creía amigo de Ensenada, pues habían colaborado anteriormente, pero fue expulsado mientras Ensenada fue aupado al poder)

Carlos de Arízaga, ayo de Fernando VI, colaborador de Villarias, líder del Partido vizcaíno.

El francés marqués D`Argenson, que se oponía al Pacto de Familia y a la presencia de España en Italia, lo cual consideraba un esfuerzo inútil, sustituyéndole por Puisieulx.

Febvre, Confesor Real.

Sebastián de la Quadra, marqués de Villarías, Secretario de Estado.

La propia Isabel de Farnesio, la reina viuda, que fue expulsada a La Granja.

Ensenada había sabido prever la catástrofe de los partidarios de la Farnesio, de la “Parmesana” como decían sus enemigos, y se ofreció a Carvajal y a Bárbara de Braganza desde el primer momento. Y aunque había sido del equipo anterior, fue admitido en el de Carvajal – Bárbara de Braganza – y el Duque de Huéscar. Utilizó en principio al Padre Rávago, Confesor Real, y a través de él llegó a Fernando VI y Bárbara de Braganza, a los que cayó bien con sus adulaciones. También cameló al cantante de ópera Farinelli, que tanto gustaba a la reina. Y Ensenada, no sólo se quedó, sino que se convirtió en un hombre con mucho poder.

 

 

Escritos de Carvajal y de Ensenada.

 

Carvajal escribió poco, y al final de su vida: el Testamento Político, y Pensamientos, en 1753.

Ensenada escribía mucho, varias “Representaciones” que presentaba al rey, y que eran ensayos sobre soluciones a diversos problemas de Estado, e “Idea de lo que parece preciso en el día”, escritos con los que se reivindicaba de alguna manera a sí mismo como fuente de ideas y soluciones.

 

 

El equipo de Carvajal quedó configurado así:

4 de Diciembre de 1746 – abril de 1754.

 

Secretario de Estado y Relaciones Exteriores, José de Carvajal y Lancáster[1].

Secretario de Despacho de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, marqués de la Ensenada.

Secretario de Despacho de Gracia y Justicia, 3 enero 1747: Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías interinamente / 8 octubre de 1747: Villarías en propiedad / 1748: Alonso Caso Muñiz Osorio, marqués de Campo Villar.

A Villarias, el anterior Secretario de Estado, Jefe del Gobierno, se le daba en 4 de enero de 1747 un puesto considerado secundario, pero dentro del Gobierno. En 1748 se le eliminaría incluso de ese puesto.

 

Carvajal tenía competencias para reservarse para él los asuntos que le parecieran importantes en Estado, Guerra, Indias y Hacienda, y resultaba el jefe de todo el Gobierno, de hecho. Por eso no tenemos duda de que el hombre fuerte del Gobierno, era Carvajal, y no Ensenada como se puede leer en algunos tratados antiguos. Carvajal, además de Secretario de Despacho Universal de Estado, presidía la Junta de Comercio, en teoría competencia de Hacienda y de Indias, y por tanto terreno político de Ensenada. Carvajal podía controlar a ensenada en todo momento. El Gobierno estaba concebido como un contrapeso de poderes. José de Carvajal permaneció en el cargo y funciones descritas hasta 9 de abril de 1754, fecha en que falleció.

 

Carvajal era lo más próximo a un Jefe de Gobierno actual, que se había conseguido hasta el momento. Su nombramiento gustó mucho a la reina portuguesa Bárbara de Braganza, pues ello le permitía a ésta trabajar por la amistad de España con Portugal y Gran Bretaña. La reina gestionó algunas neutralidades españolas que favorecieron a Gran Bretaña, pero nunca se sirvió de los recursos españoles en su propio provecho como acostumbraba a hacerlo Isabel de Farnesio.

En teoría, el nombramiento de José de Carvajal era el triunfo del “partido español”, es decir de los aristócratas, puesto que un aristócrata, Carvajal, estaba en Secretaría de Estado, y otro, Villarías, en Gracia y Justicia, pero en la práctica se entregaba a Ensenada un enorme poder pues gobernaba en los despachos económicos y militares. El trabajo de un golilla no era muy valorado en la época, aunque iría creciendo en fama y notoriedad hasta el punto de hacer olvidar a Carvajal en los libros de texto del XIX y del XX, y situar como figura clave a Ensenada.

Ensenada era el hombre de confianza de Carvajal. Carvajal le confiaba las Secretarías de Despacho de contenido económico y militar porque Carvajal quería españolizar la Corte, en lo cual estaba de acuerdo el Padre Rávago. Y en esa españolización, tras eliminar a muchos colaboradores de Felipe V, reformistas franceses e italianos, quedaban pocos hombres de confianza de Carvajal, el duque de Huéscar y pocos más.

Para Fernando VI, la opción de tener a ambos en el Gobierno, significaba la neutralidad frente a Inglaterra. Era una neutralidad complicada, pues se estaba a la expectativa de que cualquiera de los dos, en cualquier momento, podía atacar las colonias americanas, y ambos, Ensenada y Carvajal, lo sabían. Ensenada luchaba en medio de una contradicción básica, su deseo de tener una flota muy poderosa para proteger el comercio y las posesiones americanas, y la crisis de Hacienda que no le permitían grandes gastos militares. El peligro de perder las posesiones americanas a manos, bien de Inglaterra, bien de Francia, era muy real, y la necesidad de protegerlas muy grande, por ello Ensenada se dedicó mucho más a la Marina que al ejército de tierra.

El equipo Carvajal – Ensenada falló cuando murió Carvajal en 8 de abril de 1754 y Ricardo Wall y el Duque de Huéscar se enteraron de la gran farsa que Carvajal y Ensenada habían jugado ante el rey Fernando VI contándole batallitas, y lo malo no fue que se enteraran, sino que lo denunciaron al rey Fernando VI, el cual despidió a Ensenada y entró en depresión profunda.

Cuando murió Carvajal, en 1754, Ensenada perdió al organizador y terminaría perdiendo él mismo la confianza del rey cuando declaró a Carlos de Nápoles que el Tratado de Límites con Portugal en tierras de Paraguay había sido un error de Carvajal.

 

 

El polémico padre Rávago.

 

Recordemos que el Confesor Real era la figura intermedia entre los Secretarios de Despacho y el Rey, pues el confesor tenía acceso diario a las habitaciones del Rey, y los Secretarios no. El Confesor Real era una persona fundamental en el Antiguo Régimen porque preparaba ante el rey, de forma favorable o no, los proyectos que los gobernantes le iban a presentar poco después.

El jesuita francés Antonio Fevre, Confesor Real desde 1743, se había mostrado reformista y había intentado suprimir el derecho de sucesión en las coadjutorías católicas. En 1744 había logrado un decreto de Jovellanos en este sentido, lo que dio lugar a algunos roces entre El Vaticano y los jesuitas[2]. Era por tanto de confianza de los reyes españoles. Sin embargo, Fevre fue cesado el 17 de abril de 1747 y sustituido por Francisco Rávago Noriega el 9 de junio de 1747, también jesuita y reformista, pero menos discutido en esa época, quizás por ser español y no francés. Lo sería años después, tras ver su actuación. Consideremos un momento su polémica actuación:

Francisco Rávago Noriega, 1685-1763, jesuita, era nieto de los duques de Estrada, profesor de Filosofía y Teología en Salamanca, Valladolid y La Sorbona, rector de San Ambrosio en Valladolid.

Fue nombrado Confesor Real por su convencimiento regalista, lo cual entendía como derechos del rey sobre cuestiones que no fueran de fe. También servía al rey como Consejero de la Inquisición, y promovía la edición de un nuevo Índice de la Inquisición española, que encargó a los jesuitas José Carrasco y José Casani, cuya labor más importante era incluir en él todos los libros que sonaran a jansenismo, entre ellos la Vindiciae Augustiniae e Historia Pelagiana del cardenal Enrico Noris, 1631-1704.

Hubo cierto revuelo entre los agustinos españoles, pues Noris era agustino, porque se condenaba a un cardenal católico, cuya obra había sido autorizada por Roma. El Papa Benedicto XIV sacó del Índice romano a Noris, y la polémica creció en España, porque la Inquisición española se negaba a sacarlo de su Índice español de libros prohibidos. También Benedicto XIV se indignó porque España osaba contradecirle. Fernando VI, o mejor, Rávago, alegó derechos de regalía. La polémica continuó hasta que se produjo el despido del confesor Rávago, en 1755, y el inquisidor Francisco Pérez de Prado Cuesta, obispo de Teruel, fue cambiado por Manuel Quintano Bonifaz, quien retiró del Índice español la obra de Noris, y volvió la paz entre agustinos y jesuitas, y entre el Rey español y el Papa.

Rávago simpatizaba con Ensenada, un hombre de palabra fácil y dado a la alegría en el trato y la diversión, y no congeniaba tanto con Carvajal, a quien consideraba demasiado adusto, demasiado rígido en el trato personal. Proporcionó a Ensenada en 1734 el cese del Presidente del Consejo de Castilla Gaspar Molina y Oviedo, obispo de Málaga, para poner en ese puesto un hombre del gusto del gobernante, Nicolás Manrique de Lara y Polanco, marqués de Lara desde 1739.

Ravágo chocaba en su concepción política con la reina, la cual defendía los intereses de Portugal, mientras Rávago defendía la alianza con Francia. Dado que Portugal era aliada de Gran Bretaña y ésta enemiga de Francia, los conflictos eran frecuentes.

 

 

El equipo de Ensenada.

 

Ensenada tenía un equipo personal que le permitía saber cosas de todos y nadar en aguas revueltas guardando al mismo tiempo la ropa. El equipo de Ensenada es una de las cuestiones que más han llamado la atención de los historiadores en los últimos años. Era muy amplio[3]:

Carlos de Arízaga, que había sido ayo suyo.

Agustín de Pablo Ordeñana, 1711-1765, brazo derecho de Ensenada en todos los asuntos de los que éste se ocupaba, sobre todo de Hacienda.

Alonso Pérez Delgado oficial mayor de Secretaría de Marina, que se encargaba de los asuntos militares emprendidos por Ensenada.

Jaime de Guzmán Dávalos y Spínola, 1690-1767, II marqués de Mina, al que situó en Barcelona como Capitán General de 1749 a 1767, y reformó la ciudad proyectando el barrio de la Barceloneta, mejorando los accesos a la ciudad, empedrando e iluminando las calles.

José Carrillo de Albornoz y Montiel, 1671-1747, I duque de Montemar, Secretario de Guerra en 1737-1741,

José Joaquín de Montealegre, 1692-1771, marqués de Salas, embajador de España en Venecia;

José Francisco de Isla de la Torre y Rojo, el Padre Isla, jesuita, profesor de filosofía y teología, autor de Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

Toribio Ventura de la Cruz Gasca de la Vega, marqués de Revilla, ministro en Parma;

Alfonso Clemente de Aróstegui, embajador en Nápoles, y su secretario Juan Rice de la Calzada.

Manuel Ventura de Figueroa, embajador en Roma;

El marqués de Benditela;

Jaime Mesones de Lima, embajador en París;

El marqués de Puentefuerte, embajador en Estocolmo;

Luis Ferrari, oficial en la Secretaría de la embajada de París;

Antonio Sastre, consejero del Real Giro en París;

Francisco Ventura Llovera, consejero del Real Giro en París;

Miguel de Ventades, consejero del Real Giro en Londres;

Francisco Antonio de Ibarrola, consejero del Real Giro en Roma.

Francisco Bermúdez, Consejero del Real Giro en Roma.

Y otros muchos que puntualmente le sirvieron para temas de corta duración.

 

 

Diferencias entre Carvajal y Ensenada.

 

El pensamiento de Carvajal y el de Ensenada eran semejantes, pues ambos buscaban promover los intereses económicos de España. Los dos buscaban la independencia de España respecto a Francia y a Gran Bretaña, sin depender de ninguna de las dos, pues ambas entendían la amistad con sumisión completa a sus intereses respectivos. Los dos buscaban que España pudiera ponerse de lado de uno u otro en las conferencias internacionales, sin llevar un papel predeterminado y marcado por una potencia exterior a España.

Pero es cierto que hubo bastante descoordinación entre ellos. Carvajal trabajó más los acuerdos diplomáticos, mientras Ensenada trabajaba el desarrollo del Ejército y la Armada a fin de que el comercio fuera posible, y no se entendieron bien en ello, pero los fines eran los mismos.

Tanto Carvajal como Ensenada, eran críticos respecto al sistema de Gobierno de los Consejos, en los que veían exceso de personal, inutilidad de gastos, irracionalidad en que hubiera una prelación entre Consejos de modo que los nobles hicieran un “cursus honorum” ascendiendo de uno a otro, sobre todo sin entender muchas veces del tema de que les encargaba. Carvajal creía en la necesidad de un Jefe de Gobierno como el Primer Ministro de otras monarquías de occidente, que efectivamente ejerciera poder sobre todos los asuntos de Gobierno importantes.

En la práctica diaria de gobierno Carvajal y Ensenada tenían algunas diferencias de detalle, dentro de un acuerdo en lo esencial, que era defender el poderío de España en América.

Para lograr ese objetivo, tenían algunos puntos de vista diferentes: Ensenada era contrario a Inglaterra y querían una escuadra española fuerte para defender el Atlántico, mientras Carvajal no veía posibilidades a que España se impusiese sobre Inglaterra y quería un pacto con Inglaterra. Ensenada era partidario de la amistad con Francia, la potencia segunda que, sumada a España, equilibraría las fuerzas frente a Inglaterra. Carvajal era consciente de que bajo el paraguas de la amistad con España y de la protección al comercio español en el Caribe, Francia también se había introducido comercialmente en América, y sus productos eran de hecho legales bajo el privilegio de abastecimiento de los navíos de guerra franceses. Por supuesto, los navíos no se limitaban a autoabastecerse, sino que realizaban un boyante comercio de importación y exportación para Francia. Era un asunto complicado el que un país, Gran Bretaña, quisiera la “libre navegación de los mares”, es decir, que le dejaran comercio libre, y el otro, Francia, bajo la excusa de defender a España de Inglaterra estuviese practicando el comercio libre en América.

No es cierto el estereotipo de la historiografía tradicional de que Carvajal fuera anglófilo y Ensenada francófilo: Carvajal, en su momento, pensó salir de la sumisión a Francia que España había mantenido en el primer cuarto del siglo XVIII, y para ello necesitaba intentar una alianza con Gran Bretaña, la otra gran potencia, para lo cual utilizaba a Portugal, aliado de Gran Bretaña, a través de la reina de España, que era portuguesa. Pero Carvajal rechazó en su momento acuerdos con Gran Bretaña que eran desventajosos para España. Tampoco es cierto que Ensenada fuera francófilo a ultranza, pues incluso fue de opiniones antifrancesas en los últimos años del reinado de Felipe V. Ensenada mostró hostilidad hacia Francia cuando Ensenada quiso establecer industrias españolas y compañías de comercio, y ello molestó a Francia, porque significaban competencia y hasta la pérdida posible del mercado americano para Francia. Pero Ensenada era consciente de que el enemigo que se quería infiltrar en las colonias americanas era Inglaterra, y que por tanto, antes o después, habría enfrentamientos de España con Inglaterra.

Ensenada, por su parte, se sentía más astuto que Carvajal, y también despreciaba un poco a su protector. Sobre todo le desagradaba de Carvajal la idea de éste de que España pudiera conseguir la paz con todos, lo cual le parecía una idea simple, tonta, imposible, si se conocía un poco de las intenciones de Gran Bretaña respecto a América y al Mediterráneo. Ensenada pensaba que la guerra era inevitable a corto o largo plazo, y que lo mejor era prepararse con una buena flota.

Carvajal, mientras tuviera a su lado a Ensenada, tenía información de Madrid, y también de Italia, París, Londres y otros lugares de Europa. Por eso se convirtió en el protector que mantenía a Ensenada en la Corte. Para las grandes cuestiones tenía su propio equipo o facción política denominada en aquel mundillo “la cofradía”, detalle que tampoco le gustaba a Ensenada.

Y había una segunda razón por la que Ensenada era conveniente en el Gobierno: la enfermedad depresiva del rey. Ensenada le trataba muy bien y este trabajo actuaba a su favor a los ojos de Carvajal y de Bárbara de Braganza. Ensenada era capaz de levantar el ánimo del rey diciéndole que “tenía un papel crucial en la historia de España”, que se estaba logrando la paz en todos los frentes, que se recaudaba mucho dinero, todo lo cual era muchas veces falso, y también le hablaba al rey de las fiestas que estaba preparando, las cuales eran verdad. Bárbara de Braganza, que no era tonta, y estaba en las deliberaciones del Consejo de Secretarios de Despacho, sabía de las mentiras que Ensenada le contaba al rey, y estaba de acuerdo con ellas, lo mismo que Carvajal, porque así tenían al rey fuera de la fase depresiva en muchos momentos.

El mayor problema entre Carvajal y Ensenada eran las injerencias del uno en los asuntos del otro, lo cual era inevitable en el organigrama de la Administración impuesto por Fernando VI: los Asuntos Exteriores pertenecían a Carvajal, pero la aplicación de los acuerdos adoptados eran cosa de Ensenada; los asuntos de Indias eran cosa de Ensenada, pero Carvajal tenía derecho a intervenir y de hecho lo hizo en el caso de las Compañías de Comercio; divergían en la prioridad de asuntos económicos, pues Carvajal, en su calidad de Presidente de la Junta de Comercio, pensaba que lo más importante era la política industrial, mientras Ensenada creía que sin comercio no servía de nada la industria; y Ensenada se entrometía a menudo instigando a los reyes a hacer nombramientos que, en teoría le correspondían a Estado, es decir a Carvajal, e igualmente aconsejaba al rey en las relaciones con Felipe de Borbón Farnese y su Ducado de Parma y sobre todo, en la negociación del Concordato de 1753, del que Carvajal se enteró cuando ya estaba negociado y a punto de firmarse. Esas fricciones significan que había falta de coordinación entre los gobernantes españoles, pero quizás la coordinación la debiera haber gestionado el rey, que no gestionaba casi nada en el Gobierno, pues prefería otras actividades.

En los temas en que menos rivalidad hubo fue en los de Marina y ejército, y comercio con América y Hacienda, ocupaciones en las que Ensenada era buen gestor.

En conjunto, en los ochos años de Gobierno, Carvajal y Ensenada hicieron una buena labor de Gobierno, pusieron talento y voluntad, y lograron reformas importantes y positivas.

Y mientras tanto, España defendía que América era un monopolio comercial español, lo cual sólo era un principio teórico. Todo era un poco absurdo desde el punto de vista español, y estaba muy claro desde el punto de vista de las otras potencias. Por eso Carvajal tenía muy claro que había que negociar con Gran Bretaña e independizarse del proteccionismo francés.

 

 

El problema de las alianzas exteriores.

 

Benjamin Keene temía que si España crecía como potencia económica, tuviera suficiente capacidad como para inclinar la balanza a un lado o a otro entre Gran Bretaña y Francia, según decidiera España, y ello le daba miedo porque temía que España se inclinaría muchas veces a favor de Francia, dadas las disputas con España por Utrecht, es decir, Gibraltar, Menorca, Asiento de Negros, Navío de Permiso, establecimientos británicos en América y contrabando inglés. Keene escribía que España apoyaría a quien le diera más ventajas y le exigiera menos.

España sabía que, en condiciones normales, el ejército de Francia era el más poderoso en Europa, y que la flota británica era la más poderosa en el mar. España era consciente de que Francia había tomado la costumbre, desde tiempos de Luis XIV, de inmiscuirse en los asuntos españoles, declarándose competente para resolverlos por sí misma incluso al margen de España. También España era consciente de que Gran Bretaña abusaba de su poder en el mar para no respetar los derechos de los demás, en una política que llamaba “libertad de los mares”. Respecto a Portugal, Carvajal y Ensenada pensaban en la conveniencia de una política de cooperación, pero Portugal recelaba de España, porque España siempre había tendido a utilizarla en el siglo XVI y XVII.

Carvajal y Ensenada asumían que Gran Bretaña y Francia serían siempre enemigos entre sí, pues se disputaban el comercio mundial en el Mediterráneo, América, Asia y, por supuesto, Europa continental. En ello iba el futuro de sus industrias nacionales. Y la pieza fundamental en el comercio era la América española.

Carvajal y Ensenada coincidían en que era preciso reclamar Gibraltar y Menorca a Gran Bretaña como pago a los privilegios comerciales que se le otorgaban, pero Gran Bretaña veía necesario mantener las llaves del Mediterráneo, que eran Lisboa, Gibraltar y Menorca.

Carvajal veía fundamental que España conservase las Indias. Pero también era obvio que no se podían conservar las Indias sin flota, que era imposible luchar contra el contrabando, cuando cientos de barcos británicos y franceses desembarcaban mercancías en todas partes, y España no tenía capacidad para vigilar tantos miles de kilómetros de costas, sobre todo luchando contra la complicidad de muchos criollos, cuyo negocio, y no pequeño, era comprar la mercancía de contrabando y tratar de venderla en sus prósperos establecimientos comerciales.

El mayor peligro para perder por completo el dominio del mar era la alianza entre Gran Bretaña y Holanda, cuya unión suponía una fuerza naval superior a la de España y Francia juntas.

La alianza con Francia, en los Pactos de Familia había resultado decepcionante en Aquisgrán 1748. Francia había dejado a España apartada mientras resolvía sus propios asuntos, y los Pactos de Familia no habían sido respetados. En el gobierno español no se confiaba en Francia. Pero no era fácil librarse de la tutela de Francia sin la amistad de otras potencias. Los aliados de España, podían ser Portugal para los problemas americanos, o Austria para los problemas continentales europeos.

Para superar las amenazas de Gran Bretaña en el comercio americano no cabía más que la astucia, cultivando la amistad al tiempo que se exigían compromisos de finalizar los privilegios comerciales y las ocupaciones territoriales. Y en esta política, había que tener mucho cuidado en no caer en la trampa británica de cooperar contra los intereses de Francia, a fin de no granjearse gratuitamente un enemigo, que no era el de España, sino el de Gran Bretaña, y que entregaría a España en brazos de Gran Bretaña si España era poco espabilada.

En definitiva, Carvajal y Ensenada querían un nuevo equilibrio europeo, una España fuerte no subordinada a otra potencia, capaz de mantenerse neutral en los conflictos entre Gran Bretaña y Francia, e incluso de inclinar la balanza a uno u otro lado, de forma que pudiera negociar ventajas para sí de ambos contendientes.

 

 

 

ETAPAS DEL GOBIERNO DE CARVAJAL, 1746-1754.

 

El periodo de Gobierno de Carvajal, de siete años de duración, antes de la muerte de Carvajal en abril de 1754, tuvo varias etapas:

De renovación de estructuras y resolución de problemas pendientes hasta 1747.

De discrepancias entre Ensenada y Carvajal a partir de 1747.

De errores de mucho peso a partir de 1750.

 

 

Primera etapa Carvajal:

La renovación de estructuras de poder en 1747.

 

Nuevo equipo de Gobierno: Una de las primeras labores de Carvajal, fue “limpiar” la Secretaría de Estado de “vizcaínos”, como se llamaba a los colaboradores de Villarías, pues Sebastián de la Cuadra marqués de Villarías había colocado a sus paisanos vizcaínos en el Gobierno como representantes de la nobleza conservadora del “grupo antiguo” (por vizcaínos debemos entender en este momento vascos, como Uztáriz u Orendain, y partidarios del vizcaíno marqués de Villarias en general). Pero eran muchos los colocados y durarían muchos años. Carvajal se propuso poner en el Gobierno a hombres del “grupo reformador” y continuar las reformas que España necesitaba.

Los destituidos fueron Macanaz, Villarías, Maceda y otros.

En 3 de julio de 1747, Isabel de Farnesio fue desterrada a La Granja para que dejara de intrigar en la Corte. Pero Isabel sabía que ella volvería a gobernar España, pues Fernando VI era impotente y su hijo Carlos sería el heredero. De momento decidió que sería ella la que gobernaría en La Granja.

Las nuevas incorporaciones al equipo de Carvajal fueron:

Luzán, secretario de la embajada de París.

José Carpintero, encargado de las oficinas del Estado.

Jaime Mesones, ministro en las conferencias de paz.

Ricardo Wall, embajador en Londres.

Alonso Caso Muñiz-Osorio, marqués de Campo Villar, en Secretaría de Gracia y Justicia, ya en 1748. Alonso Caso Muñiz-Osorio marqués de Campo Villar, era otro colegial que había hecho el cursus honorum de juez de Audiencia, Chancillería y funcionario en Justicia. Este hombre hizo una gran campaña a favor de los colegiales, y también de los jesuitas. Siendo Secretario de Justicia, llama la atención que no participase en la negociación del Concordato de 1753, tal vez porque se oponía a recortar privilegios de la Iglesia.

 

Otra labor de Carvajal fue dividir los poderes económicos entre distintas personas, de forma que nadie acumulase demasiado poder, y así la antigua Superintendencia de Hacienda, que acumulaba en una sola persona la Presidencia del Consejo de Hacienda, o en su caso Secretaría de Hacienda, además de los cargos de Presidente de la Casa de la Moneda, de la Junta de Comercio, de la Junta de Juros y de la Junta de Tabaco, se dividiría entre tres cargos diferentes:

El Superintendente, que se ocuparía de la supervisión de los intendentes civiles y militares.

El Secretario de Estado y Despacho de Hacienda.

Y el Gobernador del Consejo de Hacienda, que sería un magistrado.

Ensenada aparecía como el gran coordinador a las órdenes de José de Carvajal y Lancáster. Aunque pareciera que tenía mucho poder, en la práctica estaba por todos lados limitado por la presencia de Carvajal.

 

 

 

GUERRA DE SUCESIÓN DE AUSTRIA, 1740-1748:

    El final de la guerra, 1746-1748.

 

En 1746, los contendientes estaban cansados, agotados, sin recursos y con dificultades para dominar a sus propios pueblos. Los españoles no eran diferentes y tanto los nobles como los militares, además del pueblo, protestaban contra una guerra en la que España no ganaba nada, y perdía hombres y dinero. Jaime de Guzmán Dávalos y Spínola, II marqués de la Mina, comandante en jefe de los ejércitos españoles en Saboya le comentó al rey que la guerra favorecía a Francia y tal vez a Isabel de Farnesio, pero que perjudicaba a España.

En 1746, muerto Felipe V y expulsada Isabel de Farnesio del Gobierno, las prioridades de la política española cambiaban. Se iría definitivamente a la paz. Pero no se consideraba honesto salir de la guerra abandonando a los aliados, ni se consideraba educado desairar a Isabel de Farnesio. Se ordenó que la reina madre se retirase a La Granja de San Ildefonso, desde donde en el futuro trató de intrigar como lo había hecho durante los 35 años últimos, pero ya no fue lo mismo. Se decidió salir de la guerra negociando. Además, España seguía en guerra contra Inglaterra en América, y la enemistad con Francia no convenía para nada.

Carvajal organizó una red diplomática con hombres de su confianza: Sotomayor en Lisboa, duque de Huéscar en París, y Mesones de Lima que iría a Aquisgrán en su momento. La emperatriz María Teresa también llamó a Grimaldi para negociar en Viena. El británico Benjamin Keene se presentó en Lisboa a entablar conversaciones con España, pero no hubo resultados.

En 1747 hubo conversaciones en Breda entre el conde de Sandwich y Melchor de Macanaz. Y en la segunda mitad de 1747, se presentó en Londres Ricardo Wall, con ánimo de conversar con Newcastle.

Las instrucciones de Ricardo Wall eran, prioritariamente negociar la devolución de Gibraltar, y defender los intereses del infante de España en Italia, y como temas secundarios, rescindir el asiento de negros y navío de permiso a Inglaterra. Las negociaciones fracasaron, tal vez porque los ingleses no estaban dispuestos a ceder en los temas principales, tal vez porque Jaime Velaz de Medrano marqués de Tabuérniga, que debía colaborar con Wall, empezó a introducir desconfianzas pensando que Wall era francófilo (los historiadores calificaron más tarde a Wall como anglófilo).

 

 

Negociaciones de Lisboa en 1747.

 

Las negociaciones de paz de Lisboa cambiaron desde enero de 1747. Carvajal desconfiaba de Francia, aunque seguía cooperando con ella pues había un ejército conjunto en Italia. Pero la idea de Carvajal era librarse cuanto antes del compromiso de luchar en Génova, Provenza y Piamonte. Ensenada y el marqués de Mina se opusieron a la política de Carvajal y discutieron seriamente.

Carvajal recomendó que fuera el ejército de Nápoles el que atacara, un ejército enteramente español. Ensenada se opuso razonando que la empresa requería muchos gastos y tenía pocas garantías de victoria. Carvajal no entendía cómo Ensenada se entrometía en todo y cómo tenía la habilidad de poner de su lado a Huéscar y a Sotomayor.

 

 

La guerra en 1747.

 

En febrero de 1747, los ejércitos hispano franceses tomaron Provenza, pero a partir de esa época, los españoles dejaron de ser considerados aliados en igualdad de condiciones, para ser subordinados a Francia. Tras Provenza cayeron en sus manos Niza, Villafranca y Ventimiglia. El jefe del ejército francés era Belle Isle, y éste decidió no discutir con los españoles pero tampoco hacerles caso. Atacó por los Alpes en Exilles a Carlos Manuel de Saboya. El austríaco Schulenburg consideró que la acción era grave, y levantó el sitio de Génova para ir a ayudar a Carlos Manuel de Saboya. La batalla principal tuvo lugar en julio.

El 17 de abril de 1747, Luis XV hizo un manifiesto a los holandeses asegurándoles que Francia no iba contra ellos, sino contra los ingleses y austríacos y sus colaboradores en Holanda. El manifiesto sentó mal en Holanda, y Sandwich aprovechó para separar definitivamente a Holanda de Francia, ofreciendo apoyo monetario a los disidentes holandeses para acabar con la república de Holanda, que había durado desde 1702 a 1747, e instaurar al estatúder Guillermo IV de Nassau.

Luis XV entregó el ejército de Flandes a Mauricio de Sajonia, el cual invadió Holanda, abril 1747.

Los holandeses reaccionaron nombrando Guillermo IV de Nassau (yerno de Jorge II de Gran Bretaña) Estatúder, eliminando la república, 1702-1747, e intentando expulsar de Holanda a los franceses. Guillermo IV, que no tenía cualidades militares, entregó el ejército holandés a Cumberland.

España consideró que Macanaz estaba poniendo en peligro la alianza con Francia, y Huéscar pidió su sustitución, lo cual agradaría a Francia, Austria, Portugal y Gran Bretaña, pues Macanaz sólo era un obstáculo en todas las conversaciones, pues pedía la anulación de todos los tratados que afectaban a España a partir de 1701.

Las conversaciones de paz no avanzaban ni en Breda, ni el Lisboa, ni en Londres, ni en Viena. Keene traía a Lisboa un texto de Preliminares de Paz que no atendía a las reivindicaciones españolas. Félix Fernando Masones de Lima y Sotomayor, III duque de Sotomayor, representante de España, tenía altas reivindicaciones. Y Austria, tras sus éxitos de finales de 1746, se puso en plan maximalista también, exigiendo Nápoles y Sicilia. Era imposible el entendimiento.

Carvajal decidió salir del punto muerto de las negociaciones intentando revitalizar la alianza de España con Francia. Pero, a comienzos de mayo de 1747, Francia invadió territorio holandés y las cosas se ponían aún peor.

El 20 de mayo de 1747 hubo una declaración conjunta de Dutheil (Francia) y Macanaz (España) para trasferir las conversaciones de Breda a una ciudad del Imperio, que más tarde se decidió que fuera Aquisgrán. Macanaz abandonó Breda y quedó confinado en Huy. Las conversaciones de Breda se terminaron.

El 2 de julio de 1747, Mauricio de Sajonia, al servicio de Francia, tomó Lawfeldt tras una gran victoria, y ofreció la paz a Gran Bretaña, pero Newcastle respondió con evasivas.

El 17 de julio de 1747 se enfrentaron en el norte de Italia, en L`Asiette, el francés Belle Isle con el austriaco Schulenbourg y los franceses fueron derrotados, pero Schlenbourg había abandonado el sitio de Génova. Tras este episodio, la guerra en Italia se paró. El resultado era que Carlos Manuel de Saboya había quedado subordinado a Austria, al igual que el ejército de España en Italia había quedado subordinado a Francia. Como Holanda quedaba subordinada a Gran Bretaña, el número de contendientes con poder de decisión disminuía.

El inglés Newcastle decidió dilatar las conversaciones de paz hasta tener mejores bazas que jugar y atacó Provenza, pero en verano de 1747 los franceses y españoles avanzaron y tomaron Génova, Niza y Ventimiglia en 1747, y los franceses solos estaban avanzando en los Países Bajos españoles. Los ingleses comprobaron que ni Guillermo IV de Holanda, ni María Teresa de Austria tenían voluntad de continuar la guerra y en diciembre de 1747 iniciaron conversaciones para un Congreso de Paz que sería conocido como Paz de Aquisgrán.

El 16 de septiembre, Lowendal, subordinado de Mauricio de Sajonia, tomó Berg-op-Zoom en una segunda victoria francesa.

 

 

[1] José de Carvajal y Lancáster, 1698-1754, nació en Cáceres y era hijo del marqués de Linares y de una portuguesa, hija de un inglés de la familia de los Lancáster. Estudió en el Colegio Mayor San Bartolomé de Salamanca. Fue oidor de la Real Chancillería de Valladolid y miembro del Consejo y Cámara de Indias. Fue secretario de Campillo, que le protegió. En 1746, Felipe V le hizo presidente de la Junta de Comercio y Moneda y Carvajal fomentó el establecimiento de fábricas y Reales Compañías de Comercio en Extremadura, Zaragoza, Granada, Sevilla y Toledo. Al cambiar el rey, Fernando VI le hizo Secretario de Estado.

[2] Leandro Martínez Peñas, El Confesor del Rey en el Antiguo Régimen. Editorial Complutense, 2007.

[3] José Luis Gómez Urdáñez, Carvajal, Ensenada: un binomio político.

Césare Taracha, El Marqués de la Ensenada y los servicios secretos españoles en la época de Fernando VI. Universidad Católica de Lublin.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *