FERNANDO VI Y SU ÉPOCA.

 

 

El personaje: Fernando VI.

 

Nacido en 23 de septiembre de 1713, era el cuarto hijo de Felipe V de Borbón y de María Luisa Gabriela de Saboya, el mayor de los hijos vivos desde 1726 (Luis Fernando (Luis I), 1707-1726; Felipe, 1709-1709; Felipe, 1712-1719; Fernando, 1713-1759). No tuvo atenciones de su madre, muerta en febrero de 1714, cuando él tenía cinco meses de edad. Su madrastra, Isabel de Farnesio, le veía como rival de sus propios hijos y no le quería cerca del rey, pues deseaba ser ella la “gobernanta” del rey, y Fernando no recibió preparación para ser rey. Le educaron en la religión católica hasta el punto que algunos creían que sería un religioso fanático, pero no lo fue. Recibió una educación deficiente, pues notaba el odio de Isabel de Farnesio hacia su hermano Luis y hacia él, y fue un jovencito falto de cariño, que buscaba acogida en los demás, y sólo lo encontró en su esposa Bárbara de Braganza. En la realidad era un jovencito indolente, perezoso, con muchos buenos propósitos que nunca llevaba a cabo, aficionado a los juegos de naipes y de apuestas, y más tarde, aficionado a la música, al teatro y a la ópera cuando estuvo casado. En estas condiciones se le ocurrieron tonterías como construir 15 barcos en Aranjuez, que no sirvieron para nada, como es natural. Era epiléptico y estaba un poco desequilibrado mentalmente, pero no tanto como su padre, al menos hasta que cayó en apoplejía en 1758. En 1724 fue proclamado príncipe de Asturias en el momento en que legalmente le correspondía ser rey, y lo fue su padre por segunda vez.

En 1729 se casó, cuando tenía 16 años de edad, con la portuguesa Bárbara de Braganza[1] (en 10 de enero de 1728 tuvieron lugar las capitulaciones y el 11 de enero de 1728 se celebró en Lisboa el matrimonio por poderes, pues Fernando no estuvo presente, entregándose la novia en Badajoz en 1729), y tuvo la suerte de entenderse bien con su esposa, una pacifista a ultranza, porque Fernando detestaba la guerra. Ambos eran también católicos creyentes. Bárbara no quería ducados italianos y no estaba obsesionada por Italia como la reina Isabel de Farnesio, y eso era una ventaja para España, pues España se ahorraba el pago de los caprichos de la reina. La reina Bárbara de Braganza era tenida en su época por fea y gorda, y tenía la cara llena de marcas de viruela, pero tenía buen carácter, era culta, tenía su propia biblioteca, hablaba varios idiomas y entendía de música. Fernando VI era impotente, y Bárbara, dos años mayor que él, le supo tratar bien.

Isabel de Farnesio, de paso que concertaba el matrimonio de Fernando, aprovechó para “colocar” a una de sus hijas, María Ana Victoria “Mina” de Borbón Farnese, de 11 años de edad, la cual se había casado en 1722 con Luis XV de Francia, pero había sido rechazada en 1725 “por ser demasiado joven”. En esta ocasión, se casó con José de Braganza, futuro José I de Portugal. Fue también Isabel de Farnesio la que decidió que Fernando se casase con Bárbara, y el matrimonio se hizo por orden del rey, sin que Fernando tuviera opción a opinar.

Isabel de Farnesio sabía que Fernando era impotente y sólo estaba esperando el momento de su muerte para coronar a uno de sus hijos como rey de España. Al principio de su reinado tenía pocas esperanzas, pues Luis Fernando era sexualmente normal, pero cuando Luis murió de viruela en 1726, estuvo segura de su triunfo, para lo cual sólo hacía falta que sus hijos sobreviviesen a Fernando.

Bárbara de Braganza estaba obsesionada por darle hijos al rey. Era corpulenta y avariciosa, y temía por su futuro si no llegaba a ser madre de un rey.

El matrimonio de Bárbara y Fernando era melómano y contrató italianos para que cantaran para él las óperas de moda, y tuvieron la suerte de ser servidos por Farinelli (ópera) y por Doménico Scarlatti (música). Los reyes gustaban de las fiestas de toros, de las diversiones, y también de ocuparse de obras de caridad cuando había catástrofes como terremotos o sequías, o corrientemente facilitando las escuelas pías. Gustaban del arte, el teatro, el baile, las recepciones en Palacio. Y como Ensenada era abierto a estos actos culturales, colaboró en que hubiera este tipo de acontecimientos en la Corte.

Fernando VI mostró gran desagrado al ver a la reina el día de su boda, pero más tarde se demostró que Bárbara de Braganza era una persona capaz y de mucha valía, y podía escuchar y despachar con los ministros, lo cual descargaba al rey de esos trabajos. La muerte de su esposa en 27 de agosto de 1758, causó gran dolor en el rey, que enfermó gravemente, y un año después murió. No tuvieron hijos. Bárbara había construido una iglesia, las Salesas, y allí fue enterrada, y también allí sería enterrado su esposo al año siguiente.

En 1746, Fernando heredaba el trono con 33 años de edad. Comenzó por apartar del Gobierno a Isabel de Farnesio, su madrastra, y la envió a San Ildefonso (Segovia). Isabel fue llamada a gobernar de nuevo en 1758, cuando murió Bárbara de Braganza y el rey enfermó, asumiendo el título de “reina gobernadora”, es decir, regente en vida del rey.

Fernando VI vivía en el Palacio del Buen Retiro, pues el Alcázar se había quemado en 1734, y el Palacio Real no fue habitado hasta 1764, aunque las obras continuaron hasta principios del XIX.

Fernando VI se mostró como recto de carácter, no era un inmoral, aunque los del partido español le tenían por indolente. La causa era que no aspiraba a dominar Europa ni a recuperar el imperio de los Austrias. Siendo joven fue captado por el “partido español”, un grupo de aristócratas, alta nobleza que se creía con derechos sobre el resto de los españoles, y además creían que en España sobraban los ministros extranjeros y que se debía recuperar el imperio perdido. Siendo rey, actuó de modo muy particular, pues lo primero fue deshacerse de extranjeros, pero no los sustituyó exactamente por miembros del “partido español o castizo”, sino que hizo compartir el poder a la Alta Nobleza con manteístas y golillas. Carvajal fue de la nobleza y Ensenada era golilla. Los manteístas eran estudiantes pobres, que no estaban en los colegios mayores ni tenían reservados los cargos por derecho de familia. Los golillas eran los que se promocionaban a sí mismos en la Administración del Estado, y muchas veces coincidían con antiguos manteístas.

Fernando poseía la finca de la Casa de Campo de Madrid, que le había regalado su hermano Luis en 1724, y además practicaba la caza también en El Pardo, Guadarrama, Aranjuez y Villaviciosa. Cazaban venados, lobos, zorras, perdices y liebres, según temporadas. Los Borbones llamaron cazar a matar animales, pero sin encontrar rastros, perseguirles, luchar con el animal y acabar matándolo que es el concepto de caza. Simplemente mataban lo que les ponían delante de las escopetas, o lo que les contaban que ellos habían matado.

Murió en Villaviciosa de Odón en agosto de 1759.

 

 

Significado histórico de la época de Fernando VI.

 

Fernando VI heredaba el trono en plena Guerra de Sucesión de Austria, en la que de discutía la posesión de Italia y de los Países Bajos, que España, o más bien Isabel de Farnesio, se había empeñado en recuperar para gloria de los Borbón Farnese. La Guerra había empezado en 1740 y duró hasta 1748. España estaba aliada a Francia por el Segundo Pacto de Familia de 1743 y luchaba contra Inglaterra, Austria, Saboya, algunos electores alemanes y Prusia. Fernando VI hizo la guerra hasta 1748, pero no hará ninguna otra guerra durante su reinado, lo que supuso 11 años de paz para España, todo un respiro para España respecto a lo ocurrido en los últimos siglos. España necesitaba liquidar la guerra, negociar la paz y, una vez conseguidos estos objetivos, hacer un nuevo planteamiento de relaciones exteriores, puesto que España ya no era el acólito de Francia como en 1700-1715, ni un país al servicio de la recuperación de los Ducados Italianos como en 1715-1746.

El nuevo equipo de Gobierno, ahora de españoles y no ya de franceses o italianos, tenía un plan para recaudar dinero y sanear las cuentas del Estado, y efectivamente lo recaudó aprovechando la coyuntura de paz internacional. Desgraciadamente mucho de ese dinero se dilapidó en obras de caridad y en caprichos faraónicos: en 1750 se perdonaron los impuestos a Andalucía y se envió trigo gratis porque había habido sequía; en 1755 se envió dinero a Lisboa porque había habido un terremoto; Fernando VI se empeñó en tener 15 barcos en Aranjuez; las fiestas con ópera, bailes, y cenas, que se habían olvidado en tiempos de Felipe V, regresaron con toda su pompa y gastos consiguientes, incluyendo el mecenazgo para con Scarlatti y Farinelli.

Evidentemente, Fernando VI y los nuevos equipos de Gobierno querían la paz, pero no a cualquier coste, no al precio de eliminar las posibilidades de supervivencia política y económica de España. Fernando VI tenía un concepto patrimonial del Estado, como casi todos los reyes de su época, así como los grandes políticos de la época como Carvajal, lo que incluía el derecho de poner la hacienda y la vida de los españoles al servicio de los intereses de alguien de la familia real. Igualmente, se creía bendecido por Dios con su fortuna y suerte, y creía que fortuna y autoridad personal debían ser respetadas en toda Europa y en el mundo. Por ello, se seguía apoyando a Felipe de Borbón Farnese, aunque sin guerra, y se seguía necesitando salvar al ejército español en Italia. España no iba a renunciar a un ejército poderoso, un ejército en paz, pero que permitiera negociar con fuerza. Esta era la posición de Ensenada. Pero sí que existían sectores que deseaban la paz a cualquier precio, hasta la renuncia y la humillación, y el sector intermedio, de Villarías, que opinaba que había que buscar una paz con Francia pero sin supeditarse a ella, y logrando por separado otras paces con Austria y con Gran Bretaña.

Era una época de paz, pero de “paz armada”, una tregua considerada necesaria para rearmarse. Ensenada quería un ejército poderoso y una Marina capaz de imponerse en el Atlántico y el Mediterráneo, pero los recursos del Estado no llegaban para ser la potencia que se había sido en el XVI. Ensenada contaba con 133 batallones de infantería (80.000 hombres), 68 batallones de caballería (8.000 hombres), y 8 batallones de marina (5.700 hombres), lo que podía parecer un ejército poderoso, pero las guarniciones peninsulares ocupaban a unos 50.000 hombres, y sólo quedaban disponibles los otros 51.000 para conflictos en el exterior, que distribuidos entre Italia, plazas africanas y América, quedaban reducidos a cifras demasiado bajas. Ensenada quería unos 20.000 hombres más y, como entre los españoles no había voluntarios, decidió reclutar a gente de milicias provinciales y a extranjeros.

Pero los ducados Italianos ya no eran el objetivo principal de la política española, sino que durante el reinado de Fernando VI, los negocios de producción y comercio, y el mercado americano cobrarán esa importancia capital que siempre deberían haber tenido.

El hermanastro de Fernando de Borbón Braganza (Fernando VI), llamado Carlos de Borbón Farnese (Carlos VII de Nápoles), estaba como rey en Nápoles desde 1734. La coronación de Carlos como rey de Nápoles había tenido lugar reinando en España Felipe V, su hermano de padre. También su hermanastro Felipe había obtenido Parma.

 

 

 

La llegada al trono de Fernando VI.

 

La llegada al trono de Fernando VI no era fácil, pues debía desplazar a la intrigante Isabel de Farnesio, la cual no paraba de decir que Fernando era un chico “un poco corto”, es decir, torpe. Pero además, había que hacer frente a la ruina de Hacienda, lo cual provocaba la debilidad militar y de infraestructura económica, y a una sanidad desastrosa por la que viruela, tifus, disentería, eran temibles en Madrid y las principales ciudades del reino, debido sobre todo a la suciedad, mal estado del agua potable y mal tratamiento de aguas fecales.

Pero Fernando VI partía con una gran ventaja en su reinado, las reformas hechas durante el reinado de su padre: Gracias a ellas, Fernando VI era verdadero rey de España, y con ello queremos decir que tenía autoridad sobre todo el territorio español, y autoridad en todos los campos de la Administración, sin trabas nobiliarias. Tenía una Administración que funcionaba, y una economía deficiente, pero en funcionamiento, y lo mejor, había heredado un cuadro de ministros eficaz, capaces de gobernar con honestidad. España estaba lo suficientemente reformada, tras el reinado de Felipe V, como para iniciar una nueva etapa, lejos de la decadencia de los últimos Austrias.

En 1746 fueron apartados del Gobierno los servidores de Isabel de Farnesio, y se mantuvieron los tenidos como fieles a Felipe V, como el marqués de Villarías (o Villarias) y Zenón de Somodevilla. Villarías era un líder del “partido vizcaíno”, grupo de vascos y navarros instalados en las Secretarías del Gobierno, cuyo líder aparente era Carlos de Arízaga. Ensenada tenía tras de sí un amplio respaldo, pues era del agrado de la reina, de Valparaíso, de Montemar, de Carvajal, y otros.

Sebastián de la Quadra, marqués de Villarías era de la élite nobiliaria, y trató de hacerse con los resortes del poder nombrando al conde de Maceda Gobernador político y militar de Madrid. Sebastián de la Quadra marqués de Villarías, fue situado en Secretaría de Estado.

Zenón de Somodevilla, no fue marqués de la Ensenada hasta 1736, y ello como fruto de sus servicios al ejército en la campaña de Nápoles. Era de familia de hidalgos, baja nobleza, natural de Alesanco (Logroño) y se había distinguido precisamente por 18 años al servicio de la marina española en Orán 1732, Nápoles 1733, es decir, era un hombre ascendido por méritos propios. Zenón de Somodevilla marqués de la Ensenada, tenía fuertes relaciones con hombres importantes del Gobierno considerados su equipo:

Fernando de Silva Álvarez de Toledo, duque de Huéscar (más tarde duque de Alba) fue nombrado embajador en París, negociando la Paz de Aquisgrán.

Félix Fernando Masones de Lima y Sotomayor, III duque de Sotomayor fue nombrado embajador en Lisboa, negociando la paz.

Melchor de Macanaz negociando en Breda.

Jaime Miguel de Guzmán Dávalos y Spínola II marqués de la Mina fue nombrado general de los ejércitos italianos.

Francisco Pérez de Prado y Cuesta, Inquisidor General.

Gaspar Vázquez Tablada, obispo de Oviedo, fue nombrado Gobernador del Consejo de Castilla en 1746-1749,

Francisco Díaz Santos, obispo de Barcelona, fue nombrado Gobernador del Consejo de Castilla en 1749-1751.

 

 

Población americana

en época de Fernando VI.

 

La población americana se calcula en unos 9,5 millones de personas en 1750. Francisco de Miranda eleva esa cifra a a 10,2 millones.

Humboldt la elevaba a 17,4 millones en 1823 lo que supondría un crecimiento importante en la segunda mitad del XVIII, un crecimiento del 80%. Rosemblat en el mismo año de 1823 dice que eran 18,8 millones de habitantes y Rodolfo Barón la pone en 15,8 que sería un buen crecimiento del 60% pero no tan fuerte como decíamos antes.

México tendría 4,7 millones al final del XVIII.

Cuba tendría 550.000 habitantes.

Puerto Rico tendría 300.000 habitantes.

Santo Domingo tendría 100.000 habitantes.

Guatemala tendría 369.000 habitantes.

El Salvador tendría 161.000 habitantes

Honduras tendría 100.000 habitantes.

Nicaragua tendría 140.000 habitantes.

Costa Rica tendría 40.000 habitantes.

Panamá tendría 60.000 habitantes.

Colombia tendría 1 millón de habitantes.

Venezuela 680.000 habitantes

Ecuador 424.000 habitantes.

Perú tendría 1,4 millones de habitantes.

Bolivia 800.000 habitantes.

Paraguay 97.000 habitantes.

Uruguay 30.000 habitantes.

Chile 500.000 habitantes.

Argentina tendría 400.000 habitantes.

 

El 19% de la población era blanca, el 36% era india y el 18% eran negros y mulatos, siendo el 27% de mestizos (albarazados, sambayos, barcinos o combujos). Los zambos, de negro e indio, eran pocos. La inmensa mayoría de los blancos eran criollos, y muy pocos eran españoles de nacimiento.

La mayor parte de los emigrados a América eran hijosdalgo, el 50%, siendo otros grupos menores los que se declaraban labradores, el 20%, y los que se declaraban artesanos, el 10%, seguidos por religiosos, letrados, mercaderes, pastores.

Así como en el XVI y XVII, los emigrantes eran andaluces y extremeños y castellano leoneses, en el XVIII predominaron los emigrantes vascos, cántabros, asturianos y gallegos, los que estaban haciendo un progreso económico gracias al maíz y la patata, que eran los que más emigraban.

La población americana era claramente racista y cada etnia iba a su iglesia por separado. En Caracas, los blancos iban a la catedral, los canarios a la iglesia de La Candelaria, los mulatos a Altagracia y los negros a San Mauricio.

En la Pampa tuvieron la osadía de no considerar importantes las razas y mezclarse negros, blancos e indios indistintamente, resultando un mestizaje, y por ello eran llamados gauchos y considerados una raza inferior.

Cada grupo tenía sus propios motes:

Los llegados de España eran gachupines en Méjico, chapetones en Nueva Granada, godos en Chile.

Los mulatos de Venezuela eran llamados pardos.

Los mestizos de Perú eran llamados collas y cambas.

 

 

 

[1] María Magdalena Bárbara Xavier Leonor Teresa Antonia Josefa de Braganza, 1711-1758, había nacido en Lisboa y era hija de Juan V de Portugal y de María Ana de Austria y se había casado con Fernando en 1729 teniendo ella 18 años y Fernando 16. Se casó en un juego de doble matrimonio en el que María Victoria de España se casaba también con el heredero de la Corona portuguesa. Bárbara estaba picada de viruelas. Hablaba seis idiomas, todos los de occidente europeo menos el inglés. Amaba la música y protegía a Carlos Broschi, alias Farinelli, y a Doménico Scarlatti para cantar óperas en el Retiro de Madrid y como embajador político. Desde 1746 fue una excelente mediadora entre las cortes de España y Portugal. Murió de una enfermedad el corazón en Aranjuez el 27 de agosto de 1758.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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