GOBIERNO ORENDÁIN, 1726-1734: PERIODO 1726-1729.

ORENDAYN Y PATIÑO en 1726-1729.

 

 

 

 

Gobierno de Orendayn, 1726-1734.

1 de octubre de 1726- 21 de noviembre de 1734.

 

Secretario de Estado, Juan Francisco Orendáin Azpilcueta[1], marqués de la Paz / 1733: José Patiño. En 21 de noviembre, a la muerte de Orendáin en 1734 fue Secretario de Estado José Patiño Rosales interinamente, dos años, hasta 26 de noviembre de 1736, cuando entró Sebastián de la Cuadra Llarena, marqués de Villadarias.

Secretario de Marina e Indias, José Patiño Rosales[2]

Secretario de Guerra, Baltasar Patiño Rosales, marqués de Castelar / En 1730, cuando Baltasar Patiño fue designado embajador en Versalles, José Patiño se quedó también este ministerio/ 1731: José Patiño.

Secretario de Estado y Despacho Universal de Hacienda, Juan Bautista Orendáin Azpilicueta, marqués de la Paz / 3 de noviembre de 1726: José Patiño. (Superintendente General de Rentas: José Patiño) / 23 de noviembre de 1736: Mateo Pablo Díaz de Lavandero.

Secretario de Justicia y Gobierno Político, José Rodrigo Villalpando. Fue de Secretario de Justicia desde 1717 a 1740.

En junio de 1726 fue Presidente del Consejo de Castilla Pascual Villacampa y Pueyo, quien permaneció en el cargo hasta enero de 1727.

En enero de 1727 llegó a la Presidencia del Consejo de Castilla Andrés Orbe Larreátegui y permaneció en el cargo hasta 1733.

 

La política exterior española seguía en la misma dirección, pues Orendáin era un hombre de Isabel de Farnesio, e Isabel se llevaba bien en ese momento con Carlos VI de Austria y con el embajador austriaco Königsegg. El principal punto de esta relación era la protección de la Compañía de Ostende.    Tras el fracaso de Ripperdá, la reina se moderó en sus ansias de colocar a sus hijos a toda costa en Italia y empezó a mirar más por los intereses generales de España. Aunque tenía a Orendáyn en el Gobierno, su intervención personal en asuntos de Estado fue, en adelante, más moderada.

Y en Marina e Indias apareció un italiano nacido en Milán, medio español pues era descendiente de gallegos, para una nueva etapa de Gobierno, José Patiño Rosales. Milán era en ese momento territorio español. José Patiño había demostrado gran efectividad en su cargo de Intendente de Extremadura en 1711, y por ello había sido destinado a Cataluña a implantar el Real Catastro, donde volvió a mostrar su eficacia. En 1717, Alberoni había reparado en las grandes dotes de Patiño y le había hecho Intendente General de la Armada, Superintendente de Sevilla y Presidente del Tribunal de Contratación para trabajos de la Armada. Patiño había demostrado capacidades por encima de lo esperado siendo capaz de levantar dos escuadras en 1717 y 1718. Su caída no se debía a un fracaso personal, sino que fue arrastrado por la caída de Alberoni, pero era un hombre que había demostrado su valía.

También cambió un personaje tan importante como el Confesor Real, despidiendo a Gabriel Bermúdez para dar paso al irlandés Guillermo Clarke, ilustrado y jansenista, quien permanecería en el cargo hasta 1742. A Bermúdez le destituía la reina, la cual le sorprendió en el cuarto del rey, en teoría confesándole, pero en la práctica entregándole una carta del cardenal francés Fleury, gobernante de Francia, lo cual interpretó como conspiración. El nuevo confesor, Clarke, había sido confesor de Königsegg y era rector de un colegio de jacobitas escoceses.

El hombre fuerte en Francia en ese momento era André Hercule de Fleury, y la política de este cardenal intentaba estar a bien con todos, con la Liga de Hannover, en la que estaba Gran Bretaña, y con España, de la que dependían los negocios franceses de Indias. España le pedía la adhesión de Francia al Tratado de Viena, pero Gran Bretaña rechazaba el artículo secreto de dicha paz en el que Austria se comprometía a apoyar a España en la recuperación de Gibraltar, y por tanto, la convivencia con ambos bandos era imposible. De hecho, al almirante inglés Hozier estaba atacando las Antillas, el istmo de Panamá y Portobelo. Como consecuencia a estos hechos, Patiño recibió la orden de preparar 20.000 hombres para la guerra, e Isabel de Farnesio, por consejo de Königsegg, despidió de España a todas las personas afectas a Gran Bretaña y a Francia. La política de Fleury en España había fracasado.

 

 

José Patiño.

 

La entrada de José Patiño en Hacienda en 3 de noviembre de 1726, significó un cambio importante para España:

La economía se debía incentivar, tanto en la Península como en América, y había que comunicar ambos territorios, atacados por franceses e ingleses, y establecer un comercio fuerte, del cual redundarían muchos ingresos para Hacienda, y ese dinero, bien gastado, debía dar lugar a una Armada poderosa y un ejército capaz, que garantizarían la continuidad de la prosperidad económica y del comercio. El plan de Patiño tenía sentido: Patiño protegió la fábrica de paños de Guadalajara, prohibió la importación de tejidos estampados en 1718 y 1728 para dejar abierto ese mercado español a los españoles, renovó las prohibiciones a la exportación de lanas, dio normas a favor de las fábricas españolas de paños y sedas, reordenó la Junta General de Comercio y Moneda continuando la labor de Uztáriz, liberó de alcabalas y cientos a las primeras ventas de los industriales a fin de incentivar la producción nacional, y desgravó la adquisición de materias primas textiles. El Gobierno de Patiño significa la defensa del comercio americano, adopción de una política mercantilista, la preocupación por los problemas financieros y comerciales, gestionados por Uztáriz, que en 1730 reorganizó la Junta General de Comercio y aprobó la Compañía de Caracas.

 

El comercio se estaba perdiendo, en parte porque Francia, a cambio de su cooperación en la Guerra de Sucesión de 1700-1715, se había adjudicado ventajas comerciales en América y España. Y porque Gran Bretaña se había tomado por su cuenta, y luego legalizado en Utrecht, ventajas comerciales a costa de España. Estas ventajas fueron consideradas derechos por los británicos.

En el tema monetario, España se había acostumbrado al vellón, plata mezclada con cobre, lo cual permitía al Estado emitir mucha moneda pues la plata escaseaba, pero también estaba provocando inflación. En 1680 eran conscientes del problema y hubo una devaluación drástica del vellón para limitar la producción de esta moneda desincentivando su acuñación, pero el problema continuó. En Aragón y Cataluña se hizo una unificación de monedas con Castilla, y su antigua moneda divisionaria, el ardite, recibió un valor inferior al real para proteger la moneda castellana, lo cual provocó la desaparición del ardite en el mercado, moneda de más calidad adquirida más barata de su valor real. En 1723 Patiño reguló la ley y el peso de las monedas españolas. En 1726 se subió el valor del oro y de la plata para evitar su exportación (un escudo pasó a valer 18 reales, y un peso fueron 10 reales de vellón). En 1728 se subió el valor del real de a ocho a 10 reales de plata o 20 reales de vellón, pero no se conocían muy bien los mecanismos monetarios y no se hizo una política monetaria adecuada. En 1730 reorganizó la Casa de la Moneda. En 1737 aumentó de nuevo el valor de la plata cifrando el valor del peso en 20 reales de vellón. Ante la falta de plata, tuvo que emitir moneda de cobre, lo cual fue un retroceso que generó inflación, que era lo que Patiño quería evitar, pero aún así, retiró las piezas monetarias antiguas, más ricas en plata, y unificó la moneda en Castilla.

Se considera que, con Patiño, empezó una nueva etapa de la política española, en cuanto la diplomacia española se independizó de Francia, se inició la reconstrucción naval, se defendieron los intereses mediterráneos de otra manera, aunque se permaneciera en la línea general de reivindicar lo perdido en Utrecht.

Patiño era considerado un hombre eficaz y que sabía escoger a sus colaboradores, pues contrataba a personas valiosas y no a nombres importantes. Sus grandes hallazgos fueron José de la Quintana, José del Campillo y Zenón de Somodevilla, con lo cual podemos decir que la influencia de José Patiño de alguna manera se extendió durante 30 años en el gobierno de España.

Patiño aspiraba a una reforma integral de la Administración, cosa nunca imaginada como posible hasta entonces, y sus discípulos intentaron lo mismo, aunque esa reforma perdurara muchos años, pues era muy complicada.

Patiño había leído a Colbert, Sully y a Uztáriz, y sabía de qué iban las reformas en Europa, pero sobre todo era un hombre práctico y con sentido común y buen instinto. Escogió como temas importantes a reformar por su Gobierno los de la moneda, comercio exterior e industria nacional, y no estuvo nada desencaminado, pues fueron los problemas españoles de los cien años siguientes.

Se considera que con Patiño empiezan los verdaderos ministerios contemporáneos, o Gobierno de tipo contemporáneo, aunque persistiera el Consejo de Castilla. La causa de que pensemos así, es que hizo desaparecer el Consejo de Gabinete, o grupo de hombres de confianza del rey que había gobernado desde 1701, que tan malos resultados había dado al entregar el poder a Ripperdá.

Patiño tenía mucha experiencia de Gobierno, pues había sido intendente de Cataluña en 1711, e Intendente General de Marina con Alberoni, y dio un giro a la recaudación de Hacienda elevando a puestos en el Gobierno a algunos antiguos arrendatarios de los impuestos del Estado, “la patiñada”, a los que hizo Tesoreros Generales del Estado, como era el caso de Torrenueva y de Verdes Montenegro.

No es que Patiño fuera un genio que hallase la solución definitiva a los problemas de España, pero fue mucho mejor que sus antecesores del siglo XVIII y fue capaz de potenciar el mercantilismo mediante una política monetaria más o menos acertada, e intentó la equidad tributaria, aunque ese ideal no estaba al alcance de esta época.

José Patiño tenía un orden de prioridades muy propio de los ilustrados del XVIII: primero era la economía, las fábricas, para disponer de materias para exportar, el comercio para dar salida a la producción fabril, y la moneda para hacer posible la fabricación y el comercio; segundo era la Hacienda, para tener un Estado fuerte y capacitado; tercero, fortalecer la Marina y el ejército, y con ello se podría tener un comercio fructífero y seguro.

La política de Patiño tenía dos grandes enemigos internacionales, Francia y Gran Bretaña. Con el desarrollo de la industria y el comercio español, ambos perdían empresas muy importantes, básicas en sus economías, pues Francia perdía sus privilegios comerciales y Gran Bretaña perdía su mercado si España lograba una escuadra poderosa que protegiera el Caribe y el Estuario de El Plata. Francia notó enseguida los nuevos aires de la política española, antes incluso de la llegada de Patiño, pues en 1720 vio restringidos sus privilegios comerciales en España. Si la Compañía de Ostende que intentaba levantar Carlos VI de Austria, provocó tantas conversaciones y tratados internacionales en su contra, no podía ser menos con la Compañía de Caracas, Compañía de Filipinas, la navegación de particulares a América permitida a mediados de siglo XVIII, y las medidas tomadas para la persecución del contrabando a raíz del “Extracto legal” de Dionisio Alsedo. El que España tomara las riendas de su propio comercio y del comercio colonial español, podía hacer fracasar a las grandes empresas europeas del XVIII.

 

 

Nueva política comercial.

 

Las compañías comerciales fueron posibles cuando la Casa de Contratación y la Junta de Comercio y Moneda aceptaron romper el rígido monopolio comercial con América. Las nuevas compañías se fueron haciendo cargo del comercio indiano al tiempo que desaparecían las flotas de indias, las de Tierra Firme y las de Nueva España. Incluso la Casa de Contratación perdió su sentido.

Patiño basó la recuperación de la industria española en el proteccionismo y el arbitrismo, y aunque era difícil abrir mercados a precio y calidad competitivos, hizo progresar la industria española, un poco. Arbitrismo es una teoría económica española, propia de los siglos XVI y XVII, por la que insignes teóricos como Luis Ortiz, Sancho Moncada, Tomás de Mercado y Pedro Fernández Navarrete, enseñaron que el rey debía tomar “arbitrio”, es decir decretos de medidas, soluciones, políticas activas como reformas monetarias o reformas fiscales, en beneficio de la economía del reino. El arbitrismo fracasó y fue sustituido por la fisiocracia de Quesnay, y, más tarde, por el liberalismo de Adam Smith.

 

 

Nueva política con los asentistas.

 

Había dos grandes campos de actuación de arrendadores de impuestos del Estado, el cobro de impuestos propiamente dicho y la realización de trabajos para el Estado, sobre todo para la Marina.

En 1716, Patiño pretendió corregir los excesos que algunos asentistas estaban cometiendo en la recaudación.

En el tema de la Marina, Patiño tenía que luchar contra ricos y poderosos asentistas, o contratistas de obras para el Estado, que tenían como propio el negocio de arrendar funciones públicas. Pero sustituir a los asentistas de los arsenales y astilleros no era fácil, pues era necesario un gran capital que instituyera industrias complementarias, y una gran fuerza política para contrarrestar la de los asentistas tradicionales, relacionados con la nobleza y la monarquía. Eso significaba posibilidad de obtener crédito público, y en una España en bancarrota constante, ello era un deseo más que una posibilidad.

Patiño puso al frente de la intendencia de Marina a Zenón de Somodevilla, 1702-1781, personaje que será conocido en la historia como el Marqués de la Ensenada.

En 1726 creó los Departamentos de Marina de El Ferrol, Cádiz, Cartagena y La Habana, construyéndose barcos en El Ferrol y La Habana y manteniendo la flota de guerra en los cuatro citados.

 

 

Nueva política de Hacienda.

 

En el tema de Hacienda, las necesidades eran muy grandes y las soluciones adoptadas para recaudar más y gastar menos, solían ser equivocadas, demasiado simples. El problema eran los excesivos gastos del ejército debido a las continuas guerras en que entraba España, y la mala administración del tema militar.

Patiño significó una nueva época de presión fiscal desmesurada con el fin de pagar la guerra: Para solucionar el problema de Hacienda, además de corregir el tema de los asentistas ya citado, Patiño redujo la rentabilidad de los juros, vendió el patrimonio real en Valencia y se puso a gestionar directamente el cobro de deudas de los Grandes y Títulos. Reglamentó las Aduanas para recaudar más Rentas Generales, decidió pagar los intereses de la deuda, pero no las amortizaciones, a fin de inspirar confianza al pagar los intereses y no soltar dinero en devoluciones. A pesar de todo ello, se calcula que dejó una deuda pública equivalente a seis años de presupuesto del Estado.

 

 

Fracaso de Patiño en Hacienda.

 

En 1719 se ordenó un “donativo” que era costoso de recaudar y que no era proporcional a la riqueza del contribuyente, pues para que fuera proporcional, debía conocerse, siquiera con aproximación, la riqueza de cada persona. No fue posible establecer un sistema proporcional justo, adecuado a la realidad. Y tras el fracaso consiguiente, se volvió a la tradición de poner arbitrios (en plural significa impuestos), valimientos y recursos extraordinarios votados en Cortes, es decir, todo tipo de impuestos medievales y modernos repartidos por estimación.

La recaudación no era suficiente, y tuvo que recurrir al aplazamiento de pagos por servicios civiles a la Administración.

En 1723 y 1725 pretendió corregir los abusos en la administración de rentas, sobre todo en la renta de la sal, pero en los nuevos gestores surgieron tantas corruptelas o más que en los anteriores, y aquello fue un fracaso.

Bernardo Francisco Aznar, Contador General de Millones, en 1727 pidió la reforma fiscal, pero nunca se hizo una reforma completa y en profundidad, sino que se adoptaron parches, lo cual se convirtió en un tejer y destejer continuo pues cualquier reforma tenía perjudicados, y dar gusto a todos era condenarse a no hacer nada.

La situación de Hacienda que se encontró Patiño era de recaudación estimativa socialmente injusta: Fernández Albadalejo dice que en 1722 el 48% de los ingresos de Hacienda eran de Rentas Provinciales, el 23% de estancos, y el 13% de Rentas Generales (aduanas). La realidad en los años siguientes es que se incrementó la recaudación en el estanco del tabaco y los derechos de aduanas por la gestión directa del Estado, pero no había reformas serias en el sistema de impuestos a fin de que pagaran los que más tenían. Pero como los gastos crecieron mucho más que los ingresos, el déficit se incrementó, llegando a significar en 1737 el 60% de un presupuesto anual.

Pero Patiño no logró la reforma a la que aspiraba, porque necesitaba la amistad de los hombres de negocios que prestaban a Hacienda. La necesidad de que le siguieran prestando, aplazó para más tarde el problema de los asientos de impuestos y rentas, y Patiño acabó agobiado por sus propias contradicciones: en los últimos años de su gobierno, perdió la confianza del monarca, fracasó en política exterior pues Luis XIV firmó una paz por separado abandonando a España, y las sátiras del El Duende Crítico acabaron con su imagen.

Patiño conocía que la mitad de la mercancía llegada a Cádiz no pagaba impuestos, y trató de ser riguroso en ese puerto a fin de que los comerciantes de Cádiz pagaran algo más. También apeló a los aristócratas para que cedieran en pagar un poco más, pero éstos se negaron en redondo.

 

 

Refuerzo del sistema de Secretarías de Despacho.

 

Patiño logró que el poder pasase a los Secretarios de Estado y Despacho, pero los nobles formaron un grupo difuso, poco organizado, que los historiadores llaman “partido español” y también “partido castizo” y “partido fernandino” en tiempos de Fernando VI (y también en tiempos de Fernando VII), que se oponía a estos Secretarios poderosos y al advenimiento de extranjeros. Este grupo, en 1724 se había opuesto al regreso de Felipe V al trono y, en su lugar proponían la sucesión en el príncipe Fernando, casado con la portuguesa Bárbara de Braganza (Fernando VI 1713-1759). Fernando era el único hijo varón vivo, a partir de 1724, de María Luisa Gabriela de Saboya, pues Carlos III, 1716-1788, era ya hijo de Isabel de Farnesio.

 

 

La guerra de Gibraltar de 1727.

 

Esta guerra se luchó en dos escenarios, Gibraltar y El Caribe. La causa de la guerra era el comercio con América que España había cedido a la Compañía de Ostende, de Austria, en detrimento del comercio británico, y secundariamente del francés.

 

Los antecedentes eran una alianza entre Gran Bretaña y Francia, Alianza de Hannover de 3 de septiembre de 1725, a la que se fueron sumando posteriormente Prusia, Holanda, Suecia y Dinamarca, en la vieja práctica de estar con el vencedor. Suecia y Dinamarca se adhirieron a la Liga de Hannover en 1727.

Había un problema pendiente en el Báltico, donde había aparecido Rusia con 82 barcos de guerra, y amenazaba con eliminar de aquellos puertos comerciales a Prusia, Suecia, Holanda y Dinamarca, los cuales se sumaron a Gran Bretaña, 120 barcos de guerra, y a Francia.

En 1726 parecía empezar otra guerra Europea en el momento en que Inglaterra atacó el Báltico para bloquear a la escuadra rusa. Catalina de Rusia se alió con Austria y estaba por tanto en el bando de España.

También en 1726, sin haberse declarado la guerra entre Gran Bretaña y España, se estaban atacando ambos países. El 15 de julio de 1725 había salido de Cádiz la flota de América, 15 barcos acompañados por 3 barcos de guerra, los cuales habían llegado a Veracruz el 21 de septiembre. Iban a las ferias americanas de Veracruz, Portobelo y Cartagena. Mandaba la flota Antonio Serrano. En Cartagena estaba Francisco Cornejo con otros 14 mercantes y 3 barcos de guerra.

Una escuadra inglesa fue a Santoña a atacar este puerto de corsarios que les molestaba, y otra a Panamá a capturar la flota española. También se dio orden a los corsarios del Mediterráneo para que atacaran barcos españoles. Francis Hosier salió de Plymouth el 9 de abril de 1726 con destino a Jamaica a fin de capturar la flota española. Se dirigió a Portobelo (Panamá) la feria más importante del Caribe, donde estaba el navío de permiso que era el Royal George. Llegó a la ciudad y bloqueó el puerto, exigiendo a cambio de retirarse, la entrega del Royal George y 4 millones de pesos. Se le entregó el barco inglés y el dinero, pero no se retiró. Entonces los españoles contraatacaron y capturaron el Prince Frederick con 2 millones de pesos.

Antonio Gaztañeta zarpó de Cádiz con 4 barcos de guerra con intención de levantar el sitio de Portobelo, y se dirigió a Veracruz y más tarde a La Habana, el puerto mejor fortificado de los españoles en el Caribe. Allí se enteró de que Hosier estaba atacando Tierra Firme (Venezuela y Colombia) y decidió ir a Cartagena de Indias, cargar 31 millones de pesos y llevárselos a La Habana burlando a Hosier que pensaba que los españoles estarían paralizados por el miedo.

A finales de 1726 cayó enfermo Luis XV de Francia, y ello preocupó mucho a Europa, pues la muerte de Luis XV podía dar nuevos problemas. Felipe V de España envió a Francia al abate Montgon, un protegido del duque de Borbón y del padre Daubenton, con la misión de informarse sobre posibles simpatías en Versalles hacía Felipe V. Debía llevar a cabo su misión discretamente hasta tener maduro el asunto, y una vez seguro, presentar ante los Estados Generales Franceses una carta de Felipe V pidiendo ser nombrado rey de Francia.

Montgon contactó con los partidarios de Felipe de España, pero fracasó en el intento de que Fleury abandonase la alianza con Inglaterra y se sumase a una alianza Austria-España-Francia. Al contrario, Fleury, en 31 de marzo de 1727, pidió al emperador de Austria que se sumase a una coalición con Inglaterra y Francia. Montgon había fracasado de pleno. Felipe V, que ya soñaba con ser rey de Francia, recayó en su enfermedad maniático depresiva cuando supo que Austria aceptaba conversaciones con Gran Bretaña y Francia, las cuales tendrían lugar en Soissons. Felipe V mostraba repugnancia a sus deberes como rey y declaró Gobernadora a su esposa, retirándose a descansar. Sólo la reina podía entrar a su cuarto a hablar un poco, y los infantes a besarle la mano. La reina despachaba con los Secretarios de Despacho. Como se necesitaba la firma del rey, todo andaba lento, cuando no paralizado.

El 24 de enero de 1727, Gaztañeta decidió el regreso de la flota española de Indias, en tres grupos, para reducir el riesgo de captura británica. Todos llegaron, un grupo a Cádiz en 5 de marzo, y los otros dos grupos a La Coruña en 8 de marzo. Hosier había fracasado. Entonces Hosier organizó una feria en Cartagena de Indias, intentando obtener alguna ganancia del viaje que había hecho, y Francisco Cornejo fue a atacarle.

En enero de 1727, el embajador español en Londres reclamó Gibraltar argumentando que Gran Bretaña había ocupado el istmo y no había respetado la cláusula de mantener la religión católica en la Roca, pues había hecho venir moros y judíos a la colonia, todo lo cual anulaba los Tratados de Utrecht. Robert Walpole contestó en 17 de enero de 1727 que nunca entregaría Gibraltar.

El 28 de enero de 1727, Jorge I de Inglaterra denunció la alianza Austria-España, junto con las pretensiones de España sobre Gibraltar, atacó a la Compañía de Ostende y solicitó del Parlamento la guerra a España.

España tomó medidas agresivas, como represalias comerciales, apoyo a los jacobitas británicos, apresar un navío británico de la Compañía del Mar del Sur (el Prince Frederik), compañía que era la verdadera intrigante en todo el asunto del comercio americano que querían los ingleses, y dio orden al embajador en Londres, Pozobueno, para que abandonara Londres (17 de enero de 1727). Exigió que cesase el bloqueo de Portobelo que hacía Hozier, y concentró tropas frente a Gibraltar.

 

La acción de guerra española en Gibraltar en 1727:

El 11 de febrero de 1727 España envió a Gibraltar a Cristóbal de Moscoso y Montemayor, I Duque de Algete y I conde de las Torres de Alcorrín, marqués de las Torres, un incompetente jefe de la fuerza militar, auxiliado por Jorge Próspero de Verboom[3] como ingeniero jefe de operaciones. El asedio de Gibraltar comenzó el 22 de febrero de 1727.

Luchaban en Gibraltar, unos 16.000 españoles, 900 caballos, y 100 cañones (algunos textos hablan de 25.000 hombres) sitiaban a 5.000 británicos, pero Torres y Verboom no se llevaban bien y no coordinaban los ataques. Torres ordenó a Verboom hacer minas por debajo de la roca de Gibraltar y hacer saltar toda la roca. Verboom desaconsejó ese proyecto por inviable. Torres lanzó su infantería contra el istmo, lo cual fue combatido por los ingleses simplemente con piedras arrojadas desde lo alto de la peña de Gibraltar. Los británicos concentraron su flota en Gibraltar mandada por Charles Wager y abastecieron en todo momento de comida y pertrechos a los gibraltareños, lo cual hizo inútil el ataque español, que no contaba con flota para atacar a los británicos. Los españoles construyeron más tarde un campamento de ataque, denominado “línea de contravalación de Gibraltar”, que acabaría siendo llamado “Línea de la Concepción”.

El 19 de junio de 1727, España levantó el sitio de Gibraltar. España aceptó lo pactado en los Preliminares de París, lo que incluía la persistencia de los ingleses en Gibraltar.

 

En el Caribe los ingleses lo estaban pasando peor, pues en Cartagena de Indias se declaró la peste y murió Hosier. Entre la peste, enfermedades tropicales y los naufragios, los británicos perdieron 4.000 hombres. Los barcos enviados al Caribe, un tanto viejos, fueron atacados por la carcoma, y tuvieron serios problemas de reparaciones. Un barco nuevo no duraba ni veinte años en esas aguas calientes. El almirante Hopson, sucesor de Hosier en el mando, decidió retirarse a Jamaica, pues muchos de sus navíos se estaban pudriendo debido a las aguas del Caribe, y salvó lo que pudo. España también había perdido tres barcos y muchos hombres en las tempestades del Caribe.

Inglaterra capturó los navíos de la Compañía de Ostende que era un negocio austriaco. Cuando España atacó Gibraltar en 1727, Carlos VI de Austria se apresuró a firmar la paz con la Liga de Hannover, dejando abandonada a España.

En cuanto al gran objetivo de la flota británica en el Caribe, capturar la flota española, el 5 y 8 de marzo de 1727 llegó la flota de Indias a España: la mitad, al mando de Antonio Gaztañeta, llegó a Cádiz el 5, y la otra mitad fue a La Coruña el 8 de marzo. Sólo un navío llegaba en malas condiciones y se refugió en Lagos (Portugal) pues era perseguido por 5 navíos ingleses. Los ingleses habían fracasado.

Y el asedio se levantó el 6 de marzo de 1728 en el Acta de El Pardo. El 14 de marzo de 1727, Stanhope abandonó Madrid. En 1729 se haría la paz con Inglaterra.

 

 

La paz europea de mayo de 1727.

 

Francia y Austria no querían la guerra, y Fleury propuso a Austria que la Compañía de Ostende suspendiera actividades a fin de calmar con ello a Gran Bretaña.

El 21 de mayo de 1727, Francia propuso la paz y se ofreció como mediadora entre Inglaterra y Austria-Alemania que, en 31 de mayo de 1727 firmaron la paz, dándose por acabado el conflicto en Austria, Francia, Inglaterra y Holanda. España estaba ausente en estas negociaciones. Los reunidos decidieron darse un plazo de cuatro meses para lograr la paz definitiva, convencer a España de que cesase en sus hostilidades, prometieron que la Compañía de Ostende no trabajaría los próximos cuatro años. España se sintió traicionada por Austria.

Austria decidió hacer la paz por libre y firmó en 31 de mayo de 1727 con Francia un Acuerdo de Paz, abandonando a España. Se llamó Preliminares de París. En el acuerdo se preveía que cesarían las hostilidades en Tierra Firme (Venezuela y Colombia), se suspendería por 7 años la Compañía de Ostende y se restablecería el comercio británico en los términos en que estaba en 1725. Además se convocaría un Congreso de plenipotenciarios para redactar el definitivo Tratado de Paz.

Los Preliminares de París, comprometían a España, sin que esta potencia estuviera en París. Los embajadores de Inglaterra (Keene), Francia (Rottembourg), Holanda (Vandermier), y Alemania (Köenigsseg) pusieron condiciones durísimas para que España pudiese acceder a las conversaciones de paz, condiciones que suponían ceder previamente en todo lo que se iba a discutir: levantar el sitio de Gibraltar, devolver las presas hechas a los ingleses, devolver a Inglaterra los privilegios comerciales de que gozaba antes de la guerra, y retirarle al Imperio Austro-alemán los privilegios comerciales comprometidos recientemente y que podían dañar intereses británicos, franceses y holandeses.

Francia exigió que España levantase el sitio de Gibraltar y España cedió en junio de 1727 y levantó el sitio. España decidió adherirse a los Preliminares de París y se ordenó al duque de Bournonville, embajador de España en Viena, que así lo manifestase. Bournonville se reunió con Zinzendorf, Richelieu, y el ministro de Holanda y firmó los Preliminares de París en 13 de junio de 1727. Felipe V se sorprendió de que Bournonville hubiera cedido ante las potencias europeas, pero aceptó la firma al año siguiente.

En 1727 se aprovechó para dar oficialmente por terminado el Congreso de Cambray, reunido desde 1720. No hubo resultados importantes de siete años de conversaciones, porque nadie se comprometió a nada. La situación no era la misma que en Utrecht 1713-1714, pues en Utrecht las potencias europeas se repartían los despojos del imperio español en Europa, pero en Cambray 1727 nadie ganaba nada y a nadie interesó comprometerse demasiado.

Pero una vez aceptada la paz, Carlos VI de Austria decidió aplazar la cuestión de los matrimonios de las archiduquesas austriacas pactados con España. Entonces Patiño supo que se debía preparar para una guerra.

 

 

Acontecimientos de 1727.

 

En 11 de junio de 1727 murió Jorge I de Gran Bretaña, 1660-1727, rey George I of Great Britain, 1714-1727, y elector de Hannover Georg Ludwig von Hannover, 1698-1727. Le sucedió su hijo Jorge II de Gran Bretaña e Irlanda, 1683-1760, rey de Gran Bretaña en 1727-1760, conocido también como el elector de Hannover Georg Augustus von Hannover, 1727-1760. La paternidad de Jorge I fue puesta en duda pues en 1694 se acusó a su madre de haber tenido el niño con otra persona diferente a su marido Jorge I.

En junio de 1727, entró el rey Felipe V de España en depresión y nombró a Isabel de Farnesio Gobernadora Regente. Felipe V, en ese momento, no quería saber nada de asuntos de Gobierno. Patiño pasaba a dirigir la política española sin traba alguna. En 1728 la enfermedad se agravó, y la reina se lo llevó a Andalucía para ver si con el buen clima se aliviaba. Los reyes fueron a los Reales Alcázares de Sevilla, donde en 1729 se firmaría la paz definitiva con Inglaterra o Acuerdos de Sevilla, pero mientras tanto, estaban lejos de Madrid. En Sevilla, el rey empeoró y en 1728 entró en la fase mental más grave de su vida. En 1733, los reyes decidieron volver a La Granja de San Ildefonso y, allí, la salud del rey mejoró, pero le quedaron manías ya para siempre como recibir de noche a las audiencias públicas y privadas. Esa manía la continuó Isabel cuando se quedó viuda.

Durante la etapa depresiva profunda del rey, 1727-1733, las riendas del Gobierno las llevó la reina. Y Patiño demostró ser un gobernante de altura de miras, que intentaba las reformas oportunas, lo cual fue una suerte para España.

En 1727 llegó la masonería a España instalándose la primera logia en la Calle Ancha de San Bernardo de Madrid con el nombre de Las Tres Flores de Lis, pero conocida popularmente como La Matritense. Fue fundada por el inglés Wharton. Un masón importante sería Aranda que, en 1760 crearía la Gran Logia, llamada después de 1780 Gran Oriente y que disponía de unos 30 centros. A Aranda le sucedería, como jefe de la masonería de Gran Oriente, el conde de Montijo, quien logró abrir unos 420 centros masónicos por toda España. En 1809, el Gran Oriente se dividió en cuatro sociedades llamadas Gran Oriente de España (conde de Montijo), Supremo Consejo de España (Azanza), Supremo Consejo del Grado 33 (conde de Tilly), y Gran Oriente Español (Murat).

En julio de 1727 nació el infante Luis de España, príncipe de España, y Luis XV de Francia aprovechó para iniciar relaciones escribiendo una felicitación. Proponía el nombramiento de un intermediario y España escogió al conde Rottembourg, que inmediatamente fue nombrado por Luis XV embajador francés en España. Y Francia intentó retomar relaciones con España dirigiéndose a Isabel de Farnesio. Pero la reina de España se dirigió al embajador con altanería y malos modos, acusándole de haberse vendido a los ingleses.

Gran Bretaña se inquietó cuando supo que Francia tenía embajador en Madrid, e inmediatamente envió a Benjamin Keene para que estuviera presente en las negociaciones que pudiera haber entre España y Francia.

Plan de paz Rottembourg: Rottembourg propuso como solución de paz que Gibraltar fuera español, que España entregase a Gran Bretaña el “Príncipe Federico” apresado recientemente en Veracruz, y que Gran Bretaña ordenase a Hossier y Wager retirarse de las Indias españolas. Isabel de Farnesio quiso introducir un punto por el que los ducados italianos pasasen a los infantes españoles, pero no se le aceptó. La reina se incomodó mucho y acabó por poner nerviosos a los embajadores francés e inglés. La reina preguntó a Patiño si podía hacerse una guerra a Francia y Gran Bretaña, y Patiño le contestó que España no tenía potencia militar para eso. Entonces la reina se lo preguntó a Köenigsseg, el embajador de Austria-Alemania, quien le dijo lo mismo, y añadió que Austria no participaría en esa guerra caso de declararse. Y Felipe V se puso muy malo, y todos creían que se moría. Fue llevado a El Pardo.

El 3 de diciembre de 1727, Juan Bautista de Orendáin el marqués de la Paz accedió a las demandas de Francia e Inglaterra. Se desistió de la guerra.

 

En 6 de marzo de 1728, España aceptó firmar los Preliminares de Paz de París. Lo hizo Juan Francisco Orendáin Azpilcueta, marqués de la Paz. La paz preliminar se firmó en 6 de marzo de 1728 en la Convención de El Pardo, o Preliminares de El Pardo, limitándose a aceptar las condiciones impuestas por los aliados meses antes:

Se retiraba el cerco de Gibraltar, se devolvía el “Prínceps Frederick”, se restauraban los privilegios comerciales concedidos a Inglaterra en Utrecht y se aceptaba asistir al próximo Congreso de Soissons.

Y se respetaba el libre comercio de los ingleses en Indias. Por los aliados estaban presentes el conde de Morville (Francia), Horace Walpole (Inglaterra), Guillermo Borrel (Holanda), y el barón de Fonseca (Austria). Se hacía en espera de un Congreso que debía reunirse en Soissons y donde se regularían todas las cuestiones aún pendientes.

El entendimiento entre España y Gran Bretaña era imposible porque ésta entendía que desde Utrecht tenía derechos a privilegios comerciales en España y en América, lo cual redundaba en contra de los intereses comerciales prometidos a Francia y que también deseaba Austria (Compañía de Ostende). España supeditaba todo a que le fuera devuelto Gibraltar, y Gran Bretaña se negaba a entregar la llave del Mediterráneo, es decir del comercio del sur de Europa y Norte de África, que se le podía cerrar en cualquier momento si no dominaba el estrecho.

 

 

1728, año de paz.

 

En 6 de marzo de 1728, España decidió ir a recoger a Francisco Cornejo que se había quedado en Cartagena de Indias desde la guerra de 1727, y envió para ello a Manuel López Pintado con 4 barcos de guerra (8 de mayo de 1728 salió de Cádiz), y a Domingo Justiniano con otros 4 barcos de guerra, y a Rodrigo Torres con 2 barcos de guerra (salió el 15 de mayo), los cuales llegaron al Caribe en julio, reuniéndose allí una flota de 15 barcos de guerra españoles. Era una magnífica ocasión de acabar con los ingleses de Jamaica y de todo el Caribe, pero decidieron ser caballerosos, y no atacarles.

En marzo de 1728, Felipe V aceptó las peticiones de paz que le hacían desde Francia y Austria desde un año antes, y dio por terminada la Guerra de Gibraltar en los Preliminares de París. España había fracasado en la toma de Gibraltar y los británicos en la captura de la flota en Portobelo.

A partir de marzo de 1728, España se esforzó en buscar aliados, antes de que se reuniera el Congreso de Paz, pero era una cuestión difícil: Francia ya tenía su alianza con Austria y aspiraba a una alianza con Gran Bretaña que le permitiera vivir en paz. Austria era un aliado difícil para España, pues basaba su alianza con España en las ventajas comerciales y territoriales que pudiera obtener a costa de España y ni siquiera estaba dispuesta a ceder en el matrimonio entre Carlos de Borbón Farnese con una archiduquesa austriaca heredera del trono del imperio. Austria se negaba en redondo a admitir guarniciones militares españolas en Parma, Toscana y Piazenza. En realidad, Austria sólo aspiraba a que las naciones reconocieran la Pragmática que permitía heredar a las hijas de Carlos VI la corona imperial. Las conversaciones con Gran Bretaña eran imposibles, pues Gran Bretaña pedía privilegios comerciales en España y en América, y España decía que sin devolución de Gibraltar no había conversaciones posibles sobre el tema comercial, a lo que Gran Bretaña se negaba en redondo, pues Gibraltar era la llave del comercio británico en el Mediterráneo.

 

 

El Congreso de Soissons, 1728.

 

André Hercule de Fleury, gobernante de hecho de Francia y Cardenal desde 1726, convocó el Congreso de Soissons el 14 de junio de 1728.

La paz europea definitiva se negoció en el Congreso de Soissons en 14 de junio de 1728, con los mismos protagonistas que los Preliminares de El Pardo: Francia, Inglaterra, Holanda, Austria, España, más los representantes de Suecia, Dinamarca, Polonia, Lorena, Palatinado y Prusia.

Por España estuvieron presentes como plenipotenciarios Miguel José de Bournonville duque de Bournonville (la Historia General dice conde de Bournonville), Álvaro José de Navia Osorio marqués de Santa Cruz del Marcenado, Joaquín Ignacio de Barrenechea Erguiñigo (mayordomo de la reina) y Melchor de Macanaz. El ambiente era de desconfianza mutua con el resto de las delegaciones.

Era imposible conciliar a Austria con España, pues cada uno quería conseguir sus intereses en Italia: Isabel de Farnesio quería el matrimonio de María Teresa de Austria con un príncipe español y obtener Parma y Toscana. España pidió el matrimonio de Carlos de Borbón Farnese con la archiduquesa que quedaba viva, María Teresa, pues la segunda había muerto y Carlos VI de Austria se negó.

Carlos VI quería volverse atrás respecto a la concesión de los ducados italianos a España y lo que más le interesaba era que fuera reconocida la Pragmática que permitiría reinar a María Teresa.

España exigió que como cuestión previa le fuera devuelto Gibraltar amenazando con suspender el asiento de negros y el navío de permiso pactados en Utrecht.

Inglaterra se negó a devolver Gibraltar y, por supuesto, a devolver lo robado en corso durante las contiendas.

Francia propuso que España abandonase las reivindicaciones sobre Gibraltar y sobre los Ducados italianos, prometiendo que más adelante se apoyaría un reparto equitativo de Italia entre Austria y España. La cuestión era inaceptable para España y para Austria.

Los plenipotenciarios se reunían dos o tres veces por semana, más bien para cazar o pasear juntos, pues cada uno reiteraba sus posiciones y se iban a sus residencias sin haber acordado nada. Tras muchos banquetes, cacerías y paseos, cada uno se volvió a su casa sin haber decidido nada.

El cardenal Fleury estaba en París y todos iban a consultarle. Se les ocurrió entonces una tontería que tuvieron por idea brillante y definitiva: hacer un Tratado de Paz “provisional”, por 14 años, que así pudiera ser aceptado por todos, pues los defectos se podrían enmendar a corto plazo. Ni España ni Austria aceptaron, pues todo el mundo sabe que, en política, lo provisional se convierte en definitivo y en un derecho a reclamar por los que salen privilegiados en la provisionalidad. En eso consiste lo que hemos calificado de tontería.

Isabel de Farnesio ordenó que el objetivo principal fueran los ducados italianos y propuso como táctica renunciar en principio a los matrimonios con Austria y proponer una alianza de todos contra Austria, a fin de forzar al imperio a ceder. Era muy complicado. Barrenechea llevó el plan ante el cardenal francés Fleury, y éste se puso en plan diletante, sin resolver ni pronunciarse en nada, hasta que la reina Isabel de Farnesio se cansó y ordenó que los españoles fueran a hablar con el británico Townshend.

Felipe V seguía recluido en sus habitaciones, al margen de todo, y hasta concibió la idea de volver a abdicar, esta vez directamente en Fernando de Borbón, y retirarse a La Granja. Se lo comunicó al Consejo de Castilla sin que se enterase a tiempo la reina, cosa muy difícil. La reina se enteró cuando el documento ya había salido de Palacio, pero logró interceptarlo y destruirlo.

 

 

Nuevas empresas comerciales.

 

No fue fácil abrir nuevas empresas comerciales: La Compañía Guipuzcoana de Caracas fue creada por el rey con el apoyo de Legarra. Los vizcaínos intentaron la Compañía Bilbao Buenos Aires, pero fracasó. En 1733, Patiño intentó la Compañía de Filipinas, pero fracasó (fue recreada en 1785, cincuenta años más tarde). En 1734 se creó la Real Compañía del Reino de Galicia. En 1740 se creó la Compañía de La Habana.

Para proteger la industria nacional y las ventas de estas compañías comerciales, en 1726 se decretó que los españoles no podrían vestir sedas ni paños que no estuviesen fabricados en España.

Otra manera de combatir a los británicos, y también a los franceses, era crear compañías comerciales españolas que hicieran competencia a las extranjeras.

 

 

       La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas.

 

En 25 de septiembre de 1728 unos guipuzcoanos de San Sebastián fundaban la Compañía de Caracas, o Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, teniendo el rey dos tercios de las acciones. La compañía tenía por objetivo llevar manufacturas a América y traer cacao, oro, plata, tabaco y cueros de Venezuela, artículos que estaban comercializando los holandeses en contrabando. En 1730 hizo su primer viaje y la realidad fue que el precio del cacao bajó en los siguientes 20 años a la tercera parte, al tiempo que muchos años repartía dividendos del 20 al 33%. Tenía derechos a armar dos buques al año, que salían de San Sebastián y de Pasajes con productos europeos, y regresaban con oro, cacao, azúcar, tabaco, cueros, haciendo necesariamente escala en Cádiz para su registro y pago de las tasas correspondientes, pero la mercancía no la podían descargar hasta estar en Guipúzcoa. En 1732 obtuvo el monopolio de navegación entre Caracas y España, que fue primero por 10 años y desde 1742 por tiempo indefinido. En 1734 tendría permiso para enviar un número ilimitado de buques a este comercio y entonces la producción venezolana de cacao se multiplicó por dos en los siguientes quince años. También el tabaco, índigo y algodón multiplicaron su producción. Con la formalidad del registro en Cádiz, esta compañía tenía libertad de navegación, desde todos los puertos del Cantábrico, y el monopolio de comercio entre la zona desde la desembocadura del Orinoco hasta el río Hacha y el puerto de San Sebastián. Con ello, estaba rompiendo el monopolio de Sevilla-Cádiz, al menos en lo que respecta al cacao. Era un magnífico negocio, que repartía dividendos de entre el 20 y el 33% anuales. Los barcos utilizados eran 13 para el transporte transoceánico y 19 de cabotaje y guardacostas navegando por Venezuela. Su mayor problema era luchar contra los ingleses y holandeses, que desde Curaçao, hacían contrabando en Venezuela intentando captar el cacao venezolano para ellos. Cuando la Compañía de Caracas intentaba bajar los precios, los productores venezolanos salían a vender a Curaçao, y eso era lo que tenían que combatir los 19 guardacostas de la Compañía. En 1739 obtuvo también el monopolio sobre Maracaibo. Pretendía el monopolio sobre toda Venezuela, pero nunca lo consiguió. En 1742, la Compañía de Caracas obtuvo el monopolio del comercio del cacao venezolano. Tenía factorías en La Guaira, Puerto Cabello, Caracas, Coro, Barquisimeto, San Felipe y Guayana y capacidad de comercio con Cumaná, Margarita y Trinidad. En 1749, los venezolanos se sublevaron y esta actitud duró hasta 1756. La causa de la sublevación era que los venezolanos tenían el privilegio de disponer de un tercio de los barcos que llegaban a sus puertos para sus propios negocios, y la Compañía de Caracas se negó a respetarles este privilegio.

En 1749, el venezolano Juan Francisco de León exigió la disolución de la Compañía de Caracas. Empezaba la decadencia de la compañía comercial. Y en 1752 hubo en Venezuela una insurrección por la política de precios, hasta el punto de que el Gobierno de España tuvo que intervenir y fijar precios, pero entonces la Compañía dejó de ganar al nivel en que venía haciendo desde 1732. En 1752, la Compañía se trasladó a Madrid e incorporó accionistas venezolanos. Entonces empezaron a subir los precios, pero los dividendos bajaron al 5%. En 1756 logró la libertad para exportar vinos y aguardientes y con exención de derechos. Empezaba el desarrollo de una zona americana diferente, Caracas. La Compañía de Caracas empezó a invertir en la fábrica de armas de Plasencia, tejidos de Valdenoceda, León y La Rioja, molinos de Tierra de Campos, destilerías de aguardiente de Estella y Viana, una compañía ballenera, comercio de esclavos… Se empezó a arruinar en 1766-1772 y se pasó a la especulación y el contrabando. En 1778, con la libertad de comercio llegó su ruina y se vendió a la Real Compañía de Filipinas. Las guerras de 1761-1763 y de 1779-1783 con Inglaterra le vinieron mal a la Compañía, pues los británicos atacaban sus barcos para favorecer su propio comercio de cacao. En 1785 se fusionó con la Compañía de Comercio de Barcelona, dando origen a la Compañía de Filipinas.

 

Compañías de comercio interior: La idea de crear grandes compañías para el comercio internacional fue seguida por otra iniciativa de crearlas para el comercio interior, y así algunos empresarios pedían privilegios o concesiones en monopolio para Aragón, Extremadura, Toledo, Granada, Sevilla… Dejamos para un poco más abajo los Cinco Gremios Mayores de Madrid. De las demás, la que más duró fue la de Aragón, y sólo subsistió 30 años. El fracaso de todas ellas plantea que no había condiciones de mercado, que el autoconsumo era la norma del campesino español, y de cada pueblo como conjunto cerrado, en general.

Para favorecer a estas compañías de comercio, en 1728 se tomaron medidas proteccionistas prohibiendo importar lienzos pintados y tejidos de algodón de Asia, o imitaciones de los mismos fabricadas en otros países de Europa, las llamadas indianas.

Inglaterra se sintió afectada por la pérdida de ventas que suponían las prohibiciones españolas.

Patiño se temía la guerra, y dedicó muchos esfuerzos a modernizar los astilleros que había abierto desde 1726, fomentar la industria auxiliar de éstos, regular las levas y matrícula de la mar (reclutamientos de marina), reorganizar el ejército y su armamento (1734), nuevos regimientos de inválidos (1738) que se ocupaban de la intendencia y liberaban así a los útiles para el servicio. En la mentalidad de Patiño, la marina de guerra debía proteger al comercio español.

 

 

Los Cinco Gremios Mayores de Madrid.

 

En 1733 se formó el consorcio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, la empresa comercial, industrial y gestora española más importante del siglo XVIII. Los cinco gremios asociados inicialmente, que dieron nombre a la empresa, eran sedas; mercería; especiería y droguería; joyería; paños y lencería. Estos gremios anticiparon un dinero al rey a cambio del arriendo de tercias y alcabalas, que hasta entonces habían administrado distintos gremios desde 1679. Pronto se convirtieron en un banco que recibía depósitos, pagando por ellos del 0 al 2,5%, y concedían préstamos. Los mejores clientes de los Cinco Gremios eran la Iglesia y los nobles, pues depositaban en ellos el ahorro y recaudación del diezmo, las rentas del alto clero y de la nobleza y buscaban créditos cuando lo necesitaban. Pero su mejor negocio era la administración de tributos a la Corona y el préstamo al rey, abastecimiento de ejércitos, promoción de la industria, negocios comerciales con Europa y América, para lo cual constituyeron muchas empresas como Compañía de Paños 1748, Compañía del Gremio de Especiería, Mercería y Droguería 1748, Compañía de Lienzos o de los mozos 1755 y otras Compañías Generales para la administración de rentas reales 1734, para la seda 1752 y otras. Recaudaban las rentas reales, negociaban los vales reales, explotaban las reales fábricas, el Canal de Aragón, los seguros marítimos… Se arruinaron a fines del XVIII y principios del XIX con diversas guerras, pero el golpe definitivo fue la independencia americana. En 1829 se anunció la quiebra, en 1846 se decretó el cierre, y en 1884 tuvo lugar la disolución definitiva.

 

 

La crisis política de 1728.

 

En 1728, Felipe V entró en fase aguda y grave de la depresión que se le había manifestado en junio de 1727, y manifestó obsesiones enfermizas de abdicar, de dormir de día y estar despierto toda la noche, molestando a todos los de su alrededor. Sólo en los periodos de declaración de guerra se volvía “normal”, pero muy excitado, porque en esos momentos entraba en fase de ánimo en alza.

En 1728, la reina Isabel de Farnesio escribió al Presidente del Consejo de Castilla, Andrés del Orbe y Larreátegui arzobispo de Valencia, para que convocara al Consejo de Castilla y anunciara la abdicación de Felipe V a favor de Fernando de Borbón Saboya. El arzobispo advirtió a la reina de su error, retiró la carta y se llevó a Sevilla al rey para evitar una crisis mayor. Así se dio por solucionada la crisis.

 

 

 

LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA DE PRIMERA MITAD DEL XVIII.

 

 

Reales Academias en Madrid.

 

En 1726 apareció el primer tomo del Diccionario de la Academia. Se pudo hacer gracias a la intervención del Rey, pues había muchas personas opuestas al proyecto. La Real Academia Española se había fundado en 3 de octubre de 1714, sobre la base de la tertulia del marqués de Villena, mayordomo mayor del rey, para trabajar precisamente en el Diccionario citado, un diccionario que fuese lo más copioso posible, que anotara las voces y las frases debidamente comprobadas que eran de uso cortesano, anticuadas o del pueblo bajo, aunque parecieran bárbaras. Debía ser la constancia de los que se hablaba en España.

En 1733 nació en Madrid una tertulia literaria-médico-quirúrgica-física, en la calle Montera, en casa del farmacéutico José Ortega Hernández, que en agosto de 1734 pasó a llamarse Academia Médica Matritense y el 13 de septiembre de 1734 tuvo estatutos propios. El 15 de julio de 1738 obtuvo protección real y apoyo de Joseph Cervi, uno de los médicos del Rey, que fue presidente perpetuo y honorario del Protomedicato.

La Real Academia de la Historia no existió hasta 14 de mayo de 1736, sobre la tertulia de Julián de Hermosilla. Uno de los contertulios, Blas de Nasarre, trasladó la tertulia a la Biblioteca Real aprovechando que él era bibliotecario mayor del rey, y así empezó la primera reunión de esta academia. Su objetivo quiso imitar a la Academia Española, pues se propuso hacer un “Diccionario Histórico Crítico de España”. El 17 de junio de 1738, Felipe V otorgó a los académicos de Historia la protección real. Fueron directores de la Real Academia de la Historia, Agustín de Montián, el conde de Torrepalma y Pedro Rodríguez Campomanes.

La Academia de Bellas Artes es de 18 de julio de 1744. Igualmente a las anteriores, se hizo tomando la base de una tertulia que se celebraba desde 1706 en el estudio de Juan Villanueva, y otra que desde 1741 funcionaba en casa del escultor italiano Domingo Oliveri. Oficialmente fue la tertulia de Domingo Oliveri la que se convirtió en Academia. La circunstancia de la necesidad de una academia de arte, surgió cuando en navidad de 1734 se quemó el Alcázar Real, y numerosas piezas de arte dentro de él, pensándose en la construcción del Palacio Real, lo cual iba a necesitar muchos artistas y era preciso descartar a los falsarios y mediocres. Una Academia de Bellas Artes seleccionaría los artistas y aprobaría los mejores proyectos, y supervisaría la realización de los mismos. Es decir, que la Academia se convirtió en un organismo ejecutivo que vigilaba la marcha de las obras del Palacio Real. En 1752, la Academia cambió de nombre para denominarse Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 

 

La Escuela de Medicina de Sevilla.

 

Para entender el esfuerzo médico para salir de la ignorancia, quizás haya que empezar hablando de Diego Mateo Zapata Mercado, 1664-1745, un judeoconverso murciano que estudió en Valencia y Alcalá según el saber tradicional, pero hacia 1700 llegó a Madrid y cambió sus ideas por las de la ciencia moderna, declarándose escéptico como era necesario ante el poder de la Inquisición. En 1700, pidió a Felipe V la fundación de una Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias en Sevilla. En 1716 se le ocurrió escribir Diálogos Philosóficos en defensa del atomismo y respuesta a las impugnaciones aristotélicas del R.P.M. Francisco de Polanco. Como Polanco era obispo de Jaén, se consideró una ofensa al catolicismo que un médico refutara a un obispo. En 1721, fue arrestado por la Inquisición en Cuenca y condenado por judaizante, y tuvo que vivir el resto de su vida medio escondido en Madrid, bajo la protección de los ilustrados.

En 1722, Martín Martínez publicó Medicina Sceptica. Martínez era un médico sevillano que vivió de 1684 a 1734 y poseía amplios conocimientos de anatomía y cirugía. Martín Martínez obtuvo la contestación de Bernardo López de Araujo en 1725 en el “Centinela médico aristotélica contra Scépticos en la cual se declara ser más segura y firme, la doctrina enseñada en las Universidades españolas”. Por boca de López de Araújo, los médicos anticuados protestaban.  En 1730, Martín Martínez publicó Philosophia Scéptica, extracto de la Phisica antigua y moderna, de modo que refutaba ideológicamente la posición de los conservadores. Simultáneamente, José Cervi publicaba en Madrid Pharmacopea Matritensis, otro hito renovador

El 29 de agosto de 1729, Felipe V expidió una Real Célula a favor de la Sociedad de Medicina de Sevilla, apoyándola frente a la Universidad, y calificó a la Sociedad de Medicina como baluarte del progresismo, nombrando a su médico personal, José Cervi, presidente de la misma. Felipe V apostaba por la modernidad.

 

 

La escuela de matemáticas de Valencia.

 

1723 fue un año destacable en las matemáticas. Fue el año en que murió Tosca, un hombre que enseñó matemáticas en Valencia a muchas personas.

Tosca formaba parte de un grupo o Academia Matemática, originado en el interés del sacerdote Baltasar Íñigo, 1656-1746, que reunió en su casa una tertulia de teólogos que se interesaron por los saberes científicos que aportaba el siglo XVIII. En 1680, Tosca ya estaba interesado por los saberes matemáticos. En este grupo, destacaron Juan Bautista Corachán y Tomás Vicente Tosca, Manuel Martí Zaragoza, y Mayáns.

Juan Bautista Corachán, 1661-1741, puede ser considerado el segundo hombre del grupo de sacerdotes, teólogos y matemáticos de Valencia, porque en 1681 publicó Ameno y deleitable jardín de Matemáticas, un manual de matemáticas que, aunque se interesaba por todas las ciencias, como el resto del grupo, y en 1696 fue catedrático de matemáticas en la Universidad de Valencia. También escribió Rudimentos filosóficos, su principal obra para algunos, aunque para nosotros quizás sea más importante el que tradujera al español a Descartes.

El tercer hombre, cronológicamente hablando, sería Tomás Vicente Tosca, 1651-1723, formado en un saber enciclopédico tradicional que comprendía la gramática, filosofía, teología, griego, hebreo e italiano, pero él añadió las matemáticas. En 1675 se ordenó sacerdote. En 1707 inició su obra Compendio Matemático, que tuvo 8 volúmenes y terminó en 1715. También escribió Compendium Philosophicum en 1721, y Apparatus Philosophicum. Muchos de los matemáticos aparecidos en años posteriores estuvieron en los grupos de estudio de Tosca. En el Compendium Philosophicum, en 5 tomos, además de filosofía, incluía conocimientos de física, medicina, astronomía, mineralogía, botánica y zoología, y en eso radica su valía, en ampliar el horizonte del conocimiento hasta el nivel de su siglo. Sabemos que en la Universidad de Valencia se leía a Locke y a Descartes.

Junto a estos novatores, debemos considerar la figura de Mayáns, matemático cartesiano autor de Avisos del Parnaso. Gregorio Mayáns Siscar, 1699-1781, era valenciano y estudió Filosofía y Derecho en Valencia con el grupo de novatores citado, lo que condicionó el resto de su vida. En este tiempo se interesó por la filología, la historia y la literatura y leyó a Locke y a Descartes. Pero Mayáns es la generación siguiente a ellos. En 1719, pasó a la Universidad de Salamanca a continuar Derecho y allí se reencontró con Manuel Martí Zaragoza, uno de los novatores valencianos, que le hizo conocer a autores españoles renacentistas, de modo que viera que existía algo más que los clásicos. Se doctoró en Valencia en 1722. En 1723-1733 era ya catedrático de Código Justiniano en la Universidad de Valencia y allí permaneció 10 años discutiendo con sus compañeros porque él quería unos estudios con más contenido moderno, incluidos los fueros valencianos. Era laico, pero estaba interesado en destruir las supersticiones religiosas, reformar a los predicadores y cambiar los estudios humanísticos. En 1733, fue nombrado bibliotecario del Rey, por lo que se trasladó a Madrid. En 1734 Huerta publicó su España Primitiva, un libro lleno de fábulas y errores que fue apoyado por las academias madrileñas como algo importante, y entonces Mayáns salió atacando aquel cúmulo de falsedades que sólo eran una historieta que quería contar el origen del cristianismo en cada ciudad española, pero todo era falso. Mayáns presentó a Patiño un proyecto de reforma de la enseñanza, pero no fue atendido por el político. En 1737, Mayáns publicó Orígenes de la Lengua Española, libro tenido como el inicio de una asignatura nueva, la filología. Como no estaba bien pagado, ni lograba un cargo en la Corte, en 1739 regresó a su pueblo de Oliva (Valencia), en una época mala para él, pues hasta el padre Enrique Flórez, y Feijoo le criticaban. En cambio, el benedictino Martín Sarmiento, 1695-1771, le apoyaba. En 1742 fundó la Academia Valenciana para publicar cosas de lengua, filosofía, jurisprudencia e historia de cualquier autor que supiera de ello. La Academia duró muy poco. En este momento, se encontró con la obra del padre Enrique Flórez, publicada a partir de 1742. También apoyó a Nicolás Antonio en su Censura de Historias Fabulosas de 1742. Mayáns era netamente antiescolástico, novador puro, y atacaba al clero ignorante y a los frailes y monjas que caían en la superstición alegando los pobres que era ortodoxia católica. Y en 1753 le llegó su oportunidad de medrar, cuando Ensenada le encargo la preparación del Concordato de 1753 de modo que fuera defendido el regalismo. En 1766, Manuel Roda, Secretario de Gracia y Justicia, le concedió un sueldo perpetuo como alcalde honorario de Casa y Corte, y le encargó un informe sobre los estudios españoles, con intención de reformar la enseñanza del clero. Mayáns fue un poco violento en sus palabras para con los curas y frailes ignorantes, pero no era antirreligioso. También criticó los mitos de la Historia de España, como la venida de Santiago a España, las hazañas de los conquistadores, la colonización de América… en este sentido, trató de publicar la Censura de Historias Fabulosas de Nicolás Antonio, pero no logró. Sus ideas sobre la reforma de los estudios universitarios chocaban frontalmente con los intereses establecidos en las Universidades, y no hubo reformas de estudios importantes en la España del siglo XVIII. Tuvo enfrente a los jesuitas, pues sus ideas religiosas estaban próximas a las del cardenal italiano Enrico Novis, cuyas obras fueron puestas en el Índice en 1747 porque la Compañía de Jesús las consideraba peligrosas.

 

 

El tradicionalismo erudito.

 

Quizás no sería justo cerrar este capítulo hablando sólo de los novatores, cuando el ambiente general español era conservador. Los conservadores se negaban a que se leyera a los novatores, pero las mismas refutaciones que los autores hacían, muestran que habían visto, y quizás leído, trabajos sobre la ciencia moderna.

Juan Martín de Lessaca escribió en 1724 Colyrio Philosophico Aristotélico Tomístico con un discurso Philosófico Médico en respuesta a otro, refutando teorías de los novatores ilustrados.

Luis Lossada, 1681-1748, escribió Dissertatio Praeliminaris ad Phisicam, de nova vel innovata philosofía, quae cartesiana, corpuscularis et atomística vocitatur.

Los jesuitas de Cervera tuvieron una disputa interna sobre la ciencia moderna, lo que demuestra que algunos se sentían atraídos por las nuevas ideas.

 

 

El padre Feijoo.

 

En 1726 empezó a publicarse el Discurso del Teatro Crítico Universal, de Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, 1676- , teólogo de Oviedo. Lo novedoso de este hombre fue que acusó a los teólogos conservadores católicos de dañar a la Iglesia cuando sus clérigos atacaban temerariamente, sin saber de qué hablaban, a la filosofía moderna, pues ello se convertiría con el tiempo en una magnífica arma en manos de los herejes para calumniar a los católicos. Había más bien que separar el plano de la religión del plano de la ciencia, y dejar que la ciencia progresase por sí sola, y se equivocase, si llegaba el caso, por sí sola. Por eso, se dedicó a divulgar saberes de medicina, astrología, eclipses, cometas, Descartes, Gassendi, y cientos de temas más, entre ellos el papel social de la mujer. A pesar de ser catedrático católico y monje, fue objeto de dicterios, calumnias, cartas anónimas con amenazas, escritas por los conservadores católicos.

La impugnación más seria a su obra, empezada en 1726, la tuvo en 1729 en el “Anti Teatro Crítico sobre el primero y segundo tomo del Theatro Crítico Universal, en que se impugnan veintiséis y se le notan setenta descuidos”. El autor de este ataque era Salvador José Mañer, 1676-1751, un novator, que encontró cerca de 900 errores a Feijoo, y fue contestado anotando 400 errores en su réplica, y como luego participaron más personas, se originó una polémica, tormenta en un vaso de agua, porque todos eran novatores.

 

 

[1] Juan Francisco Orendáin Azpilcueta, 1683-1734, marqués de la Paz, 1725-1734, entró en la Corte de mano de Grimaldo, habiendo sido antes representante de los intereses de comerciantes vascos en Madrid. Fue miembro del Consejo de Castilla, a partir de entonces tuvo muchas diferencias con Grimaldo. En mayo de 1726 fue Secretario de Estado (Exteriores y Jefe de Gobierno) y Secretario de Estado del Despacho Universal de Hacienda, momento culmínate de su carrera política. Murió el 21 de octubre de 1734.

[2] José Patiño Rosales, 1666-1736, había nacido en Milán en una familia originaria de Galicia, que servía en los ejércitos españoles en Milán. Su padre, Lucas Patiño Ibarra señor de Castelar, había servido en los ejércitos españoles en el Milanesado. Su madre, Beatriz Rosales Foncini, era hija de los condes de Bayalate. José Patiño fue novicio en un seminario de jesuitas, durante 11 años, los cinco últimos en Roma, pero no llegó a ordenarse sacerdote. En 1701, su familia optó por el bando de Felipe V, lo cual fue un acierto, y en 1793 José Patiño se trasladó a España, con el problema de que hablaba muy mal el español. En 1707 fue uno de los seis consejeros del Consejo de Órdenes Militares, primer cargo oficial que le permitió hacer ver su valía, y en 1708 se le concedió el título de caballero la Orden de Alcántara para que no desentonase con el cargo que ostentaba. En 1711 comenzó su verdadera carrera política cuando fue nombrado Intendente para Extremadura, cargo de nueva creación que debía ocuparse de abastecimientos al ejército y recaudación de hacienda en la Guerra de Sucesión en el frente portugués. Se mostró como un hombre de buen humor, templado, devoto, de pocas palabras pero gustoso de introducir gracias en la conversación. Era alto, de cara aguileña, mirada penetrante, torpe de manos, y algo desordenado, pues tomaba notas en cuartillas sueltas y sin ordenar, que a veces se le mezclaban y causaban desazón. No tenía reparo a invitar su mesa a gente que no conocía de nada, incluso extranjeros. Por su buena gestión en Extremadura, el 21 de marzo de 1713 fue nombrado Intendente para Cataluña, el frente de la Guerra de Sucesión más importante del momento, al tiempo que se creaban oficialmente las Superintendencias. Tomó posesión del cargo en septiembre de 1714, cuando se tomó Barcelona. Además de cuidar de las tropas, se ocupó de imponer el “catastro” o contribución similar a las rentas provinciales castellanas, pero más racional y socialmente más justo. A principios de 1715 se le encargó el asedio de Mallorca y reclutó barcos catalanes, franceses y genoveses que conquistaron Mallorca el 15 de junio de 1715, imponiendo los Decretos de Nueva Planta en Mallorca en noviembre de 1715. En 9 de octubre de 1715 se habían impuesto en Cataluña. El 31 de agosto de 1715, Patiño fue llamado a Madrid, dándose la circunstancia de la muerte de la reina María Luisa de Saboya, y llegada, en diciembre de 1715 de una nueva reina, Isabel de Farnesio. Con Farnesio venía Giulio Alberoni. Entonces se quitaron los gobernantes franceses y Alberoni se fijó en Patiño, al que en enero de 1717 hizo Intendente General de Marina, Superintendente del Reino de Sevilla y Presidente del Tribunal de la Casa de Contratación, todo al tiempo, que era el cargo de administración de gastos de Hacienda más importante de España en ese momento. En 9 de febrero de 1717 se incorporó a su destino en Sevilla. El 8 de mayo de 1717 trasladó la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, con gran disgusto de los sevillanos. En su puesto de Cádiz preparó una flota, que se sumó a las de Alicante y Barcelona y se puso al cuidado de José Patiño, reuniendo entre los tres enganches militares 30 barcos de guerra y 340 transportes, que fueron a conquistar Cerdeña y Sicilia. Las campañas de Cerdeña y Sicilia derrocharon gran parte de las economías que Patiño había hecho, pero ese gasto debemos ponerlo en el debe de Alberoni, y no en el de Patiño. En 6 de junio de 1717, se publicaron las Ordenanzas de la Armada, unificando flotas españolas en una sola. En 1719, tras la caída de Alberoni, Patiño fue procesado y absuelto. En 1720, Patiño regresó a Cádiz tras la derrota ante la Cuádruple y la firma de la Paz de Cambray que había supuesto la caída de Alberoni. En 1724, había abierto el arsenal de La Carraca (Cádiz). En 1725, Ripperdá estaba dispuesto a alejar de España a sus críticos, y enviaba a Baltasar a Venecia y a Patiño a Bruselas, pero Patiño no se marcho por intercesión de la reina. El 12 de mayo de 1726 cayó Ripperdá, y la reina y el conde de Koenigsegg,o Königsseg, embajador de Austria recién llegado a Madrid, entregaron el poder a Patiño. José Patiño fue al principio Secretario de Marina e Indias. Su hermano Baltasar Patiño fue general y Secretario de Guerra en 1726 con José Patiño como líder del Gobierno. Su hermano Diego Patiño fue canónigo de la catedral de Milán. José Patiño permaneció célibe toda su vida. José Patiño recibió más tarde la Secretaría de Despacho de Hacienda, y la Intendencia General de Rentas, los cargos más complicados de gobernar en se momento español, y ante la eficacia demostrada, en 1731 se le dio la Secretaría de Guerra, cuando su hermano fue designado embajador en Versalles, y en 1732 la Secretaría de Estado, cuando Orendáin enfermó. De hecho, la labor de Secretaría de Estado, las relaciones exteriores, las gestionaba Patiño desde 1728. Cuando José Patiño murió, el rey hubo de pagar el entierro y las misas, pues el finado no poseía dinero alguno.

[3] Joris Prosper Verboom, 1665-1744, I marqués de Verboom, era un neerlandés que en 1692 sucedió a su padre como Ingeniero Jefe del ejército español en los Países Bajos. Demostró idoneidad, y en 1709 fue llamado a España a organizar un Cuerpo de Ingenieros militar, para lo cual reclutó 7 flamencos y dos franceses que fueron profesores de decenas de ingenieros españoles. Como ingeniero militar, planificó las labores técnicas del sitio de Barcelona en 1713-1714, la construcción de la Ciudadela de Barcelona en 1715, los proyectos de remodelación del Barrio de la Ribera y de la Barceloneta (que se realizaron en 1753), las labores técnicas del sitio de Mesina en 1718, la fortificación de Santoña en 1726, las labores de defensa de Ceuta y Algeciras, reforzadas en 1731-1735 por la línea de contravalación de Gibraltar.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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