1724-1726: ORENDÁIN, GRIMALDO Y RIPPERDÁ.

 

 

 

JUAN BAUTISTA ORENDÁIN.

 

De 31 de agosto de 1724 a 4 de noviembre de 1724, gobernó como Secretario de Estado Juan Bautista Orendáin.

El caos gubernativo de los últimos tiempos perduraba y la muestra más significativa era el hecho de que Campoflorido, antiguo Secretario de Despacho de Hacienda, atacara a Fernando Verdes Montenegro, nuevo Secretario de Despacho de Hacienda, el hombre de confianza de Mirabal, hasta lograr que fuera cesado en octubre de 1724. Le acusaba de desidia e ignorancia de los temas de Hacienda, es decir, un personaje que estaba allí solamente por el título y la política, sin mostrar capacitación alguna para el cargo.

Campoflorido defendía que Hacienda debía ser gestionada desde una dirección única, y no con intermediarios y dobles autoridades en algunos temas. Además, los gestores de Hacienda debían ser personas conocedoras del tema de impuestos, y no políticos de un determinado partido o tendencia. En 1725 enfermó Campoflorido y se retiró de la política.

 

 

JOSÉ DE GRIMALDO.

 

En 4 de noviembre de 1724 fue de nuevo Secretario de Estado José de Grimaldo, y estaría en el cargo hasta 12 de diciembre de 1725, fecha en que fue sustituido por Ripperdá. Orendáin, el hombre de confianza de la reina, se mantuvo como Secretario de Hacienda y más tarde sería enviado a Viena como embajador. Grimaldo tomó el poder por sí mismo, y en la práctica, se autonombró Secretario de Estado. José Grimaldo recuperaba su puesto como Secretario de Estado, pero no todas sus competencias, pues Orendayn, en esos meses pasados, se había granjeado el favor de la reina y tenía vía libre para inmiscuirse en asuntos de Gobierno, mientras sirviera a los intereses de Isabel de Farnesio.

 

El Gobierno de José de Grimaldo estaba integrado por:

Secretario de Estado y Despacho Universal volvía a ser José de Grimaldo y Gutiérrez Solorzano, marqués de Grimaldo / 12 de diciembre de 1725: Ripperdá.

Secretario de Despacho de Guerra, 1721: Baltasar Patiño hasta 1737.

Secretario del Despacho de Hacienda desde 4 de septiembre de 1724, Juan Bautista Orendáin Azpilcueta / 12 de diciembre de 1725: Juan Guillermo Ripperdá.

Secretario de Despacho de Justicia y Gobierno Político, José Rodrigo Villalpando.

Secretario de Despacho de Marina e Indias, Antonio Sopeña.

 

Los hombres fuertes del nuevo Gobierno eran: Juan de Herrera y Soba, obispo de Sigüenza, como Presidente del Consejo de Castilla (sustituía a Luis de Mirabal y Espínola) quien estuvo en el cargo hasta junio de 1726; José de Grimaldo, Secretario de Estado y Despacho Universal; y Juan Bautista Orendáin confidente de la reina.

 

Un acontecimiento importante que suele pasar desapercibido en este momento de Gobierno de Grimaldo, es que en 1725, los jesuitas abrieron un Seminario de Nobles en Madrid a imagen de los que ya existían en Barcelona y Valencia y el que abriría en 1777 la Real Sociedad Vascongada en Vergara. Eran colegios para hijos de alta nobleza y alta burguesía. Y los jesuitas estaban abiertos a los nuevos conocimientos científicos mucho más que otras órdenes religiosas, siempre dentro de las limitaciones que imponía la ortodoxia católica.

 

 

Política exterior de José de Grimaldo.

 

Las conversaciones de Cambray no progresaban. Isidro Casado de Acevedo y Rosales marqués de Monteleón, el antiguo embajador plenipotenciario español en Utrecht, pidió a Francia y Gran Bretaña que instalasen a Carlos de Borbón Farnese en los ducados italianos y que apoyaran esta exigencia con una flota británica y un ejército francés. Gran Bretaña y Francia se negaron a reanudar una guerra que estaban tratando de evitar en Cambray.

Carlos VI de Austria empezó a desconfiar de Gran Bretaña y Holanda cuando estas potencias denunciaron la ilegalidad de la Compañía de Ostende, una compañía comercial alemana qué él había fundado en 1722 para dar salida a la industria alemana. Pero esa empresa era la competencia de las compañías británicas y holandesas, y no eran compatibles. Cuando Rusia, el enemigo secular del Imperio Austriaco, empezó a buscar una alianza con Francia, Carlos VI se sintió abandonado y traicionado por todos.

España también se sentía decepcionada porque ni Gran Bretaña ni Francia le hacían caso en Cambray, ni cedían ante sus pretensiones sobre Italia, lo cual encolerizaba a la Farnese cuando hablaba de estos temas.

Austria y España decidieron pactar entre ellas, sin hacer caso a los negociadores de Cambray, conversaciones que se pueden dar por terminadas en estas fechas.

 

 

JUAN GUILLERMO DE RIPPERDÁ.

 

Los siguientes hijos de Felipe V, en línea masculina, después de Fernando el príncipe de Asturias, eran ya hijos de Isabel de Farnesio, y su madre decidió casarles con archiduquesas austriacas de modo que llegasen a poseer el máximo de territorios italianos, lo cual debía negociar personalmente con el emperador Carlos VI de Austria, negocio difícil pues Carlos VI no reconocía a Felipe V como rey de España, y tampoco se había firmado todavía la paz entre Austria y España. La política de Carlos VI de Austria tenía como prioridad el que España no volviese nunca a Italia, todo lo contrario de las aspiraciones de Isabel de Farnesio. Pero Isabel de Farnesio no se arredró por ello y envió a Viena a un delegado personal, un aventurero holandés, completamente desconocido en política, y que precisamente por ello, no levantaba sospechas, e incluso se le podría desmentir con facilidad si había problemas. Era nada más ni menos que Johann Willem de Ripperdá barón de Ripperdá, un holandés poco inteligente y poco culto, lleno de fantasías, mentiroso, codicioso, intrigante, pero cuyas maldades habían pasado desapercibidas en la torre de Babel en que se había convertido la corte de España a partir de 1715. Había motivos para desconfiar de Ripperdá: Felipe V le había nombrado supervisor de la fábrica de textiles de Guadalajara porque era holandés y prometía traer las técnicas holandesas y su gestión había sido un completo fracaso. Ya Alberoni le había expulsado de ese cargo de supervisor, por ineficaz. Pero, tras caer Alberoni, Felipe V le volvió a nombrar supervisor de todas las fábricas del reino. Felipe V demostró torpeza al dejarse embaucar por un farsante locuaz, pero la Corte entera estaba plagada de farsantes. Isabel de Farnesio estaba tan obsesionada por Italia que parecía no ver otros asuntos españoles que los que se encaminaran a dominar los Estados patrimoniales de su familia italiana.

Ripperdá presumía de sus buenas relaciones con Carlos VI de Austria y con Eugenio de Saboya, los dos personajes más populares de la Europa Central en ese momento: El charlatán, Juan Guillermo de Ripperdá barón de Ripperdá, prometía arreglar las diferencias entre todos, y como era lo que todos querían oír, le encumbraron a lo más alto del poder. Era una reacción patética de Gobiernos en decadencia, y un gran fracaso para España. Y la reina le creyó, y le envió a Viena.

 

Johann Willem de Ripperdá, 1680-1737, VIII barón de Ripperdá, había nacido en Groninga y se había educado en el colegio de los jesuitas de Colonia en el catolicismo más estricto. Pero más tarde se había hecho protestante con el fin de poder medrar en Holanda. Así, en 1715 había sido designado embajador de Holanda en España, y pudo conocer que España era un caos, donde cualquier charlatán tenía sus oportunidades. Se ofreció al cardenal Giudice para negociar con los británicos como si él tuviera especiales relaciones con ellos, y también se ofreció a Alberoni para lo que éste desease. No hizo mayor carrera por el momento, pero sí conocimientos personales. En 1718 volvió a Holanda, donde fue relegado a puestos inferiores, y entonces abandonó esos trabajos en Holanda y se fue a España por su cuenta, donde veía más posibilidades de medrar. Se hizo católico de nuevo, porque en España era preciso serlo, y así agradó a Alberoni tras una declaración pomposa de que el catolicismo era la verdadera fe. Logró convencer a los reyes de España de que podía dirigir una fábrica de paños en Guadalajara (primero se instaló en el castillo de Azeca y luego en Guadalajara en noviembre de 1719) y traer técnicos holandeses y franceses que la pusieran en cabeza de la industria europea, e hizo una gestión pésima, pues fabricó mucho más de lo que era capaz de vender, lo cual iba a parar a almacenes donde se deterioraba. Durante el reinado de Luis I intentó que le subvencionaran otra fábrica más grande, de hasta 1.000 telares. Alberoni se dio cuenta de que Ripperdá era un impostor, pero los reyes seguían confiando en él y no pudo expulsarle. Y entonces Ripperdá dio el salto definitivo hablando con Isabel de Farnesio: le prometió negociar con Austria el asunto de los ducados italianos, lo que quería oír Isabel. E Isabel de Farnesio le dio el empujón definitivo que le haría embajador de España en Austria y Secretario de Estado y Despacho Universal de España más tarde.

El primer paso del embaucador, tuvo lugar en las crisis matrimoniales de marzo de 1724, matrimonios concertados entre Francia y España, cuando Ripperdá dijo que él tenía mucha amistad con Eugenio de Saboya y con varios personajes ingleses, y se presentó como el hombre idóneo para negociar con Austria, convenció a Felipe V a Isabel Farnese y en noviembre de 1724 fue enviado a Viena.

 

 

Crisis entre Francia y España.

 

El Gobierno de Francia tenía miedo de que Felipe V heredase Francia, pues Luis XV tenía muy mala salud, y tras morir Luis I, la sucesión en Felipe de Anjou significaría la unión legal de España y Francia. Así que se echó atrás en el compromiso de casar a Luis XV con María Ana de España y devolvió la infanta a la Corte española.

En noviembre de 1724, Francia supo de las conversaciones de Ripperdá en Viena e intentó parar un posible tratado entre España y Austria. Las medidas diplomáticas de presión tomadas, fueron equivocadas: devolvieron a la infanta María Ana Victoria a España en febrero de 1725, rompiendo su compromiso de matrimonio con Luis XV. España contestó que devolvería a la prometida del infante Carlos, la Beaujolais, junto a la reina viuda Luisa Isabel de Orleans. Las relaciones estaban rotas. Francia perdió toda oportunidad de que España la escuchase. Entonces Francia, que hasta entonces trataba de buscar la alianza de España y Austria, acabó por aliarse a Inglaterra y se reanudó la guerra. Francia e Inglaterra firmaron la Alianza de Hannover en septiembre de 1725.

La Corte de Madrid se encolerizó y expulsó a los diplomáticos franceses, al tiempo que comunicaba a los embajadores españoles en Versalles y Cambray que se recogía a María Ana en Saint Jean Pie de Port, y que se expulsaba de España a Luisa Isabel de Orleans, viuda de Luis I de España, y a su hermana Felipa Isabel, hechos que tuvieron lugar el 17 de mayo de 1725.

Los hechos estaban dando más oportunidades a Ripperdá, el cual hablaba a la Corte española de lo que ésta quería oír.

En 1725, Luis XV de Francia decidió acabar con la inseguridad del trono de Francia, cuando tenía 15 años de edad y se casó con María Leszczynska, hija del destronado rey de Polonia Estanislao Leszczinski. La bisexualidad de Luis XV le llevaba más a fiestas de otro tipo, y apenas pisaba en palacio, pero le hizo 10 hijos a la reina María.

Para España, la ruptura de relaciones con Francia también suponía condiciones peores para negociar, y se dio carta abierta a Ripperdá para sus negociaciones en Viena. Un pillo, con las manos libres y mucho dinero, hizo enseguida un Tratado absolutamente desfavorable para España.

 

 

Ripperdá en Viena.

 

Y la Corte española decidió pedir a Austria conversaciones por separado, al margen de Cambray, y enviar a Ripperdá a Viena. Ripperdá salió para Viena en noviembre de 1724. Debía proponer los matrimonios de María Teresa de Austria para Carlos y de María Ana de Austria para Felipe. Una de las parejas debía reinar en Alemania e Italia.

Llegado a Viena, tras sus mentiras de tener buenas relaciones con todos, empezó a dar grandes fiestas a fin de conseguir contactos, las buenas relaciones que había dicho que tenía, y enseguida se abrió camino a fuerza de regalos y sobornos, hasta que pudo hacer llegar uno al mismísimo emperador. Los gastos de Ripperdá eran inmensos, pero a costa del Tesoro español.

En 1725, España y Austria dejaron de confiar en las conversaciones de Cambray, y decidieron hablar entre ellas. Ripperdá era el hombre de España en Viena. En Cambray no había más que discusiones inútiles sobre quién tenía más derechos a diversos territorios, incluida España.

En enero de 1725 tuvieron lugar las conversaciones entre Ripperdá y Carlos VI de Austria:

Ripperdá supo que María Teresa de Austria tenía ya un pretendiente del gusto de la emperatriz Isabel Cristina, el duque Francisco de Lorena, pues les parecía mal negocio casar a la heredera de Austria con un segundón español, como era Carlos de Borbón Farnese. En todo caso, podrían hablar de matrimonio con España si el novio era Fernando de Borbón y Saboya, príncipe de Asturias. Ripperdá vio muy complicados los tratos matrimoniales y se pasó a hablar de negocios, para los cuales no tenía mandato. Estaba en contra de Ripperdá el general Starhemberg porque no quería una alianza con la España que había combatido recientemente, y también la emperatriz y la infanta María Teresa, porque querían a Francisco de Lorena como esposo de ésta. Entonces Ripperdá ofreció dinero español al emperador para financiar la guerra en Alsacia y el emperador puso mucha atención a esta promesa y se puso a conversar.

Ripperdá prometió a Carlos VI negociar con España monopolios de comercio en territorios españoles, de América y Filipinas, y obtener que se reconociera la Pragmática sanción, sugiriendo que tenía influencia suficiente para hacerlo, que era también lo que Carlos VI quería oír. Un gran argumento frecuente en las conversaciones de Ripperdá era que Francia había hecho un desaire imperdonable a España al devolver a la infanta María Ana y no quererla para Luis XV. Ripperdá era un intrigante nato, sin escrúpulos, capaz de engañar a todos, ambicioso, ambiguo en cuestiones religiosas, mal negociador, pésimo gestor, pero capaz de llevarse el dinero donde lo encontrase.

Las conversaciones España-Austria tuvieron lugar en Viena desde enero de 1725, y en ellas proponía un pacto en los siguientes términos: Felipe V renunciaba al trono de Francia y se comprometía a respetar las cesiones de Utrecht; Carlos VI renunciaba al trono de España e Indias y se comprometía a colaborar para que Gibraltar, Menorca y Cerdeña volviesen a España como posesiones de pleno derecho. Felipe V apoyaría a la Compañía de Ostende. España y Austria firmarían una alianza ofensiva y defensiva.

El 9 de marzo de 1725, Ripperdá envió a España un tratado a formalizar con el emperador de Austria, y otro a formalizar con el Imperio Austríaco:

El tratado con el emperador Carlos VI de Austria era el de los matrimonios, lo cual había tenido dificultades hasta la expulsión de María Ana Victoria, pero se había allanado enseguida a partir de ese acontecimiento.

El tratado con el Imperio Austriaco era el llamado Primer Tratado de Viena, aprobado en España en 30 de abril de 1725.

 

EL TRATADO CON EL EMPERADOR DE AUSTRIA.

 

Era un conjunto de dos acuerdos, el uno de intereses comerciales del emperador, y el otro de intereses matrimoniales del emperador.

En el Pacto de Relaciones Comerciales, un tratado público, España otorgaba a la Compañía de Ostende y a los súbditos del emperador la cláusula de nación más favorecida en todos los territorios de la monarquía de Felipe V.

En los Acuerdos Matrimoniales, un tratado secreto, los monarcas de España y Austria acordaban matrimonios entre sus hijos sin precisar quiénes.

Los acuerdos matrimoniales presentaban algunos inconvenientes leves, que se resolvieron inmediatamente: El problema de que Carlos de Borbón Farnese estaba comprometido con la hija del regente de Francia, príncipe de Orleans, se resolvió ofreciendo a ésta la mano del infante de España Fernando de Borbón (sería Fernando VI de España), que siendo heredero por delante de Carlos, era un buen negocio para los franceses.

 

 

EL TRATADO CON EL IMPERIO AUSTRIACO.

 

Lo firmaban Juan Guillermo conde de Ripperdá por España, y el príncipe Eugenio de Saboya, conde de Zinzendorff y conde de Starhemberg por Austria. Estaba integrado por dos acuerdos, el uno de Paz General de España con Austria de abril de 1725, y el otro de Alianza entre España y Austria de mayo de 1725.

 

En el Tratado de Paz General de España con Austria, de 30 de abril de 1725 era público y es conocido generalmente como Primer Tratado de Viena:

España ofrecía a Austria:

Felipe V de España reconocía a Carlos VI de Austria como emperador, renunciaba al trono francés y confirmaba la cesión a Austria hecha en Utrecht de los territorios de Países Bajos e Italia.

Apoyo para la Compañía de Ostende, ventajas comerciales de nación más favorecida (que se le permitía superávit comercial, como se les había concedido a ingleses y holandeses en otros acuerdos recientes) en el comercio peninsular y americano.

Alianza defensiva y reconocimiento de las conquistas que Austria había hecho durante la Guerra de Sucesión,

Apoyo al elector de Sajonia como candidato al trono polaco

Perdón general para los austracistas de 1705-1714 y devolución de las propiedades que se les habían confiscado.

Austria ofrecía a España:

Carlos VI reconocía a Felipe V como rey de España e Indias.

La renuncia del emperador Carlos VI a sus derechos sobre España e Indias,

El apoyo a España en sus reivindicaciones de Gibraltar.

El reconocimiento de la legalidad de los Borbones en el trono español, la aceptación de los acuerdos tomados por la Cuádruple Alianza sobre territorios italianos.

El infante de España Carlos de Borbón (Carlos VI de Nápoles, y luego Carlos III de España) se casaría con la archiduquesa María Teresa de Austria, hija mayor del emperador Carlos VI de Austria, y a la muerte del emperador, serían entregados a Carlos de España, en dote, los países hereditarios de la casa de Austria en Alemania.

El infante de España Felipe de Borbón, se casaría con la archiduquesa María Ana, rechazada por Francia dos meses antes, y recibiría en dote los ducados de Parma, Toscana y Plasencia como ducados feudatarios de Austria.

Y complementariamente, ambas potencias podrían conceder el Toisón de Oro, y se reconocían recíprocamente el derecho de sucesión para reinar pacíficamente en cada Estado.

 

El Tratado de Alianza entre España y Austria, era secreto y se establecía una alianza defensiva entre ambos reinos. Fue firmado el 1 de mayo de 1725:

Carlos VI de Austria y Felipe V de España colaborarían entre ellos en caso de ataque a cualquiera de sus territorios por un tercero.

Carlos VI se comprometía a pedir a Gran Bretaña que restituyera Gibraltar y Menorca a España.

España daría amnistía a los austracistas españoles a fin de restablecer la paz en Cataluña.

 

 

El triunfo de Ripperdá en España.

 

El Barón de Ripperdá volvió a España como un gran triunfador, y como recompensa fue nombrado embajador en Viena, duque de Ripperdá y Grande de España. También Orendáin fue nombrado marqués de la Paz.

En verano de 1725 llegaron de Viena los textos de los acuerdos firmados por Ripperdá y su lectura causó una gran decepción entre los diplomáticos españoles: Ripperdá había cedido en todo lo que España se negaba a aceptar en Cambray y en Utrecht: había cedido en que Parma, Toscana y Plasencia eran austríacas, en que España retiraba sus guarniciones de esos ducados, en que no se entregarían a los infantes de España sino simplemente se declaraba que en el futuro éstos tendrían derecho de sucesión, en que había reconocido la Pragmática Sanción, y en que había cedido el monopolio español sobre América a la Compañía de Ostende. El triunfo de Ripperdá equivalía al fracaso de España. El problema era convencer de ello a Isabel de Farnesio.

Si en España los acuerdos causaron conmoción, en Europa se quedaron estupefactos. Lo que no se había conseguido en Utrecht ni en Cambray, la paz definitiva entre España y Austria, lo había conseguido Ripperdá en dos meses. Las potencias abandonaron Cambray, cuyas conversaciones ya no tenían sentido, pues todo estaba resuelto.

Pero los tratados de España y Austria tenían contenidos económicos inaceptables para Francia y Gran Bretaña: Gran Bretaña no iba a aceptar que se cediera el comercio americano a la Compañía de Ostende, pues eso significaba la ruina de sus compañías comerciales. Desde ese momento, dijo que Gibraltar no se devolvería nunca. El Gobierno británico encargó a Stanhope la averiguación de si Ripperdá estaba loco, en cuyo caso debía ser apartado del poder, o cumplía órdenes del rey de España, en cuyo caso debía amenazar con la guerra.

Francia se sintió preocupada por la potencia militar nueva que significaba el conjunto de España y Austria, y por la pérdida de influencia sobre España, sospechada desde 1715, pero patente en 1725. En ese año, tras la crisis del papel de John Law en 1720, había hambre en Francia, y España decidió no enviarle grano para castigarla, lo cual creó mal ambiente entre ambas Cortes.

Ripperdá se vino arriba y amenazó con apoyar la restauración de los Estuardo en Gran Bretaña y con atacar Gibraltar a toda costa. El barón de Ripperdá, alardeando ante estos países de sus logros en Austria, empeoraba el ambiente internacional.

El 27 de septiembre de 1725, Felipe V propuso una línea política en los casamientos de los infantes españoles, concretando el acuerdo matrimonial con el emperador de Austria: El príncipe Fernando de Borbón y Saboya se casaría con Bárbara de Braganza. La infanta María Ana Victoria, la rechazada por Luis XV, se casaría con José de Portugal, príncipe de Brasil.

El 4 de octubre de 1725 se ordenó a Ripperdá volver a España, cesando como embajador, y se nombró embajador en Viena al barón Luis Ripperdá, hijo de Juan Guillermo de Ripperdá.

 

 

Alianza Gran Bretaña – Francia en 1725.

 

Londres se propuso acabar con Ripperdá a toda costa. Gran Bretaña buscó entonces la colaboración de Francia y el 3 de septiembre de 1725, Gran Bretaña (Charles Townshend), Francia (François Marie deBroglie), Hannover y Prusia (John Christopher de Wallendrodt) llegaron al Tratado de Herrenhausen o Alianza de Hannover[1]: Cada potencia reconocía sus respectivos territorios a los demás, sus posesiones y sus empresas comerciales. El ganador indiscutible de esta maniobra política fue Gran Bretaña, que vio reconocidos a los Hannover, aceptadas sus nuevas posesiones de Utrecht, y respetado su derecho a comerciar en todo el mundo. Ello incluía mantenerse en Gibraltar y Menorca. A esta Alianza se sumarían más tarde: las Provincias Unidas de Holanda en 9 de agosto de 1726; Suecia el 14 de marzo de 1727; y Dinamarca el 16 de abril de 1727. Dinamarca había ocupado Holstein-Gottorp en 1720 y quería que se lo reconociesen internacionalmente. En 1728, Prusia abandonaría la Alianza de Hannover para pasarse al bando hispano austríaco.

Carlos Federico de Hosltein atacó Schleswig, y ello fue amenaza de empezar una guerra, pues Rusia estaba dispuesta a atacar a Suecia.

Apoyándose en esta liga de países, Gran Bretaña pudo poner mercantes en el Báltico, como los tenía en el Mediterráneo, España y América. España confisco algunos barcos ingleses, los que pudo apresar y Gran Bretaña declaró la guerra a España.

En 1726, cayó el Gobernante de Francia, duque de Borbón, y fue sustituido por el cardenal André Hercule de Fleury, quien estuvo dirigiendo Francia entre 1726 y 1743. El cardenal Fleury arbitró para que el enfrentamiento no fuera a más, y la cosa se redujo a un ataque en Gibraltar.

 

 

La Segunda Alianza de Viena.

 

El 5 de noviembre de 1725, Austria ratificó su acuerdo de 30 de abril, Primera Alianza de Viena, y en 26 de enero de 1726, España hizo su ratificación, en sendos acuerdos secretos. Fueron denominados Segunda Alianza de Viena. Eran secretos porque iban en contra de los tratados de Herrenhausen. Firmaron Eugenio de Saboya, Starhemberg, Zinzerdorf y Ripperdá:

Se ratificaban los acuerdos matrimoniales de abril (sin especificar quién se casaría con quién), pero especificando que si Carlos VI moría, la mayor de las archiduquesas se casaría con Carlos de Borbón Farnese, lo cual le convertiría en emperador.

Felipe V garantizaría la Pragmática Sanción reconociendo a María Teresa como heredera del trono de Austria.

Ni Felipe V, ni Carlos VI de Austria casarían a ninguna de sus hijas con franceses.

Las Coronas de España, Francia y Austria no serían acumulables.

Se ratificaban la ayuda mutua en lo político, lo económico y lo religioso. España ratificaba su apoyo a la Compañía de Ostende en Asia Oriental.

Se ratificaban la ayuda militar mutua en caso de guerra, con los objetivos de una posible desmembración de Francia y una derrota de Gran Bretaña: en caso de victoria sobre Gran Bretaña, España se quedaría con Gibraltar y Menorca; en caso de victoria sobre Francia, Austria se quedaría con Flandes, Alsacia, los Tres Obispados y el Franco condado, mientras España se quedaría con Cerdaña y el Rosellón.

Por su parte, Austria reconocía los derechos exclusivos españoles de comerciar con América. España abonaba una gran cantidad de dinero a Austria.

 

La Segunda Alianza de Viena de 5 de noviembre de 1725 era un tratado impreciso, elaborado en términos generales, más bien una respuesta a las provocaciones francesas e inglesas. Significó el principio de una nueva guerra. Era absurdo, desmesurado, imposible. Pretendía nada menos que acabar con las dos potencias del momento: Francia e Inglaterra. En pago a este servicio, Ripperdá fue nombrado duque de Ripperdá y Grande de España, al tiempo que Orendáin, Secretario de Despacho de Estado, que también tenía parte en el negocio, fue nombrado marqués de la Paz.

 

El 11 de diciembre de 1725, Ripperdá estaba en Madrid, de vuelta de Viena por segunda vez, y venía con un nuevo discurso: para tener la seguridad de ratificar un tratado tan importante para España, debía gobernar en España una persona de confianza de Carlos VI de Austria. Y se le eligió a él.

Se colocó en el Gobierno como personajes secundarios, a Grimaldo y a Orendáin, dependientes en todo de Ripperdá. Baltasar Patiño, marqués de Castelar, fue enviado a Venecia. José Patiño fue enviado a Bruselas. Sopeña fue también exonerado. Y Ripperdá pasó a ser Secretario de Despacho Universal.

 

 

El Gobierno Ripperdá, 1725-1726.

 

Isabel de Farnesio no era una mujer preparada intelectualmente para gestionar un Gobierno y necesitaba apoyarse en alguien. Una vez que le habían quitado a Alberoni, necesitaba otro gestor, y el hombre que le parecía a ella que dominaba las cancillerías europeas era Ripperdá. Johann Willem de Ripperdá pasó, convenientemente, a llamarse Juan Guillermo de Ripperdá.

El 12 de diciembre de 1725 se nombró “Secretario de Estado y Despacho Universal” a Juan Guillermo de Ripperdá, barón de Ripperdá[2], duque de Ripperdá a partir de este momento con categoría de Grande de España. Estaría en el cargo cuatro meses, hasta 14 de abril de 1726. Tenía sus propias habitaciones en Palacio para que viviera con su mujer, y tenía acceso a los cuartos del Rey y de la Reina. No se especificó de qué negociado era Secretario, pero se entendía que, como hombre de confianza del rey, podía sugerir temas a todos los demás Secretarios, y de hecho gestionaba los asuntos exteriores, lo cual quiere decir que era, de facto, Secretario de Estado Universal, aunque el titular de la secretaría de Estado fuera Grimaldo. Grimaldo sólo gestionaba los asuntos de Italia y Portugal, pues Ripperdá era tenido como experto en el resto de cancillerías europeas. Ripperdá pidió las Secretarías de Marina, Guerra e Indias y se convirtió en un supersecretario, con poder inmenso.

Los personajes que podían fiscalizar la gestión de Ripperdá fueron alejados de la Corte:

José Patiño, Intendente de Marina en Cádiz, fue enviado como embajador a Bruselas, ocupando su puesto de Intendente General de Marina en Cádiz Gaspar de Narbona.

Baltasar Patiño, marqués de Castelar, fue enviado como embajador a Viena. La Secretaría de Guerra, Marina e Indias la gestionó Ripperdá.

Fueron destituidos Antonio Sopeña, de Marina e Indias; Francisco Arriaza, Superintendente de Rentas.

Otros muchos personajes tuvieron que ceder sus cargos a amigos de Ripperdá. Ripperdá mostró poco respeto para con los que destituía, y el padre Bermúdez, confesor del rey, le llamó la atención, a lo que le contestó Ripperdá que se limitase a dar la absolución al rey y procurase no meterse en otros asuntos.

 

El Gobierno de 1725-1726 se componía:

La Secretaría de Estado la llevaba, teóricamente, José de Grimaldo y Gutiérrez Solórzano, pero la gestionaba realmente Ripperdá. Grimaldo estaba al margen en muchas funciones de Asuntos Exteriores que se autoatribuía Ripperdá.

Secretaría de Guerra, Marina e Indias, Ripperdá.

Secretaría de Justicia, José Rodrigo Villalpando.

Secretaría de Hacienda: 12 de diciembre de 1725, figuraba como Presidente del Despacho, Ripperdá, pero de hecho la gestionaba Orendáin como Secretario del Despacho de Hacienda / en 1726 la gestionaría Francisco de Arriaza Medina (1669-1739) hasta 14 de mayo de 1726.

 

 

La gestión de Ripperdá.

 

La forma de gobernar de Ripperdá era la propia de los farsantes: discursos ampulosos, acusaciones a los gobernantes de anteriores Gobiernos, y nada en concreto como proyecto de gobierno.

La gestión de Ripperdá era un absurdo, y sin embargo no dejaba de tener aspectos positivos: puso barreras arancelarias a los tejidos extranjeros; impuso en la Corte el uso de tejidos nacionales; prohibió la entrada de tejidos extranjeros en Indias; mejoró el arsenal de El Ferrol y fomentó la flota; proyectó un Banco de Madrid que se constituiría a partir de fondos de bienes de la Iglesia.

Pero en política exterior, las amenazas de Ripperdá a Francia e Inglaterra eran absurdas y el dinero que se había prometido a Austria era imposible enviárselo, porque no se tenía. En abril y mayo de 1726 Austria reclamó las ayudas y ventajas comerciales prometidas por Ripperdá.

En un momento dado, se empezó a desconfiar de Ripperdá. Llegaron reclamaciones de Francia y de Gran Bretaña por cuanto Ripperdá había concedido favores a la Compañía de Ostende, perjudicando sus negocios. La reacción de Ripperdá fue absurda, apoyar a Jacobo Estuardo, el pretendiente al trono británico.

Se supo que el barón de Ripperdá había derrochado buenos modales y excelente palabrería apoyado siempre en alguna mujer importante, y que había engañado a todos, prometiendo a los reyes matrimonios muy ventajosos aportando España dinero, y una gran cantidad de dinero para que Austria conquistase Italia. Ripperdá había corrompido a las personas que debían aconsejar la firma del pacto. Königsegg le había comunicado en su día a Ripperdá que, a cambio de un dinero que Austria necesitaba, le nombrarían “Príncipe del Imperio Austriaco”. Y el problema sobrevino porque en España no había dinero.

Ripperdá, que había prometido mucho dinero sin contar con nadie, empezó a recortar presupuesto del Estado suprimiendo empleos y libramientos, con la ensoñadora esperanza de poder pagar lo que había prometido. Era un plan de ahorro drástico, que levantó muchas sospechas y provocó disgustos. Su popularidad cayó inmediatamente entre los españoles.

Felipe V anunció a Ripperdá que le exoneraba de la Presidencia de Hacienda. Con esta medida, el Secretario Universal ya no podría hacer salir dinero de España masivamente como se rumoreaba. Ripperdá se hizo el agraviado y amenazó con que en ese caso dimitiría de todos sus cargos, y Felipe V le contestó que estaba de acuerdo en que dimitiera. Se había apagado el farol. El 14 de abril de 1726, Ripperdá fue exonerado de todos sus cargos. Nunca más hubo Secretario de Estado y Despacho Universal.

La reina Isabel de Farnesio le otorgó a Ripperdá una pensión de 3.000 doblones, toda una vergüenza para esa reina después de saberse la actitud de un impresentable.

Ripperdá tuvo todavía otra de sus torpes ideas: pidió asilo en la embajada de Inglaterra, lo cual demostraba que además de torpe era un traidor, pues pactaba con el enemigo. La embajada de Stanhope fue asaltada por España y Ripperdá fue encerrado en el Alcázar de Segovia. En 30 de agosto de 1728, se escapó, y no se le volvió a ver.

Quedaban sobre el tapete muchos problemas generados por Ripperdá: Gran Bretaña y Holanda exigían limitaciones a la Compañía de Ostende, pues Ripperdá les había entregado el texto del Tratado de 5 de noviembre, que era secreto. La cólera de Gran Bretaña y Holanda la había provocado el mismo Ripperdá.

 

 

Gobierno Grimaldo

14 de abril de 1726 – 1 de octubre de 1726:

 

Secretario de Despacho de Estado, José Grimaldo y Gutiérrez Solórzano, marqués de Grimaldo. / 1 de octubre 1726: Juan Bautista Orendáin Azpilcueta, quien estaría hasta 21 de noviembre de 1734

Relaciones con Austria, Orendayn, marqués de la Paz.

Secretario de Estado del Despacho Universal de Hacienda, Francisco de Arriaza Medina, / 14 de mayo de 1726: Juan Bautista Orendáin Azpilicueta / noviembre de 1726:

Secretario del Despacho de Guerra, Baltasar Patiño marqués de Castelar.

Secretario de Despacho de Marina e Indias, José Patiño.

 

 

España y Ripperdá en evidencia.

 

Las contradicciones de Ripperdá se hicieron evidentes en España cuando llegó, en mayo de 1726, procedente de Austria y como embajador del emperador, el conde Lothar de Königsegg, un mariscal austriaco gallardo y majestuoso, que impresionaba a las mujeres y era la envidia de los hombres, pues decidió circular por Madrid en coche de seis caballos, alquilar un palacio lujoso y portar una vestimenta asombrosa para las costumbres españolas. Hacía todo esto porque tenían instrucciones de Eugenio de Saboya de ganarse a los reyes deslumbrándoles. Köningsegg era hombre de conversación agradable y buena planta, y pronto intimó con los reyes de España a quienes contó las negociaciones de matrimonios hechas por Ripperdá a base de prometer mucho dinero. Felipe V cayó inmediatamente en la tela de araña del enviado austríaco y le ofreció una residencia en Valsaín, el pueblo en que radica la Granja de San Ildefonso, y ello le permitió estar todas las tardes con los reyes de España paseando por los jardines de La Granja de San Ildefonso.

Los objetivos que le había encargado el emperador Carlos VI de Austria, eran promocionar la Compañía de Ostende y un apoyo de España a Austria en sus pretensiones de dominio austriaco sobre los Estados alemanes, incluido Hannover, cuna de la casa real británica. Y, por supuesto, reclamar el dinero que Ripperdá le había prometido.

Las cesiones a favor de la Compañía de Ostende molestaron a Inglaterra, Francia y Holanda, que veían perjudicadas a sus empresas comerciales respectivas. Y el gobernante de España empezó a caer en contradicciones, como prometer ayuda a los jacobinos ingleses, lo cual disgustó a los ingleses y a los franceses que no querían una nueva guerra.

Y por medio de Königsegg llegó a saberse que Ripperdá era un impostor. El conde austriaco contó que Ripperdá había engañado al rey de España diciéndole que tenía relaciones con personajes importantes de Austria, y había engañado al emperador de Austria diciéndole que le iba a entregar dinero español.

El 31 de diciembre de 1726 presentó credenciales Königsegg, con gran alarde y ostentación, como era su manera de ser.

 

 

Visión de España del conde Königsegg.

 

Königsegg le contó a Carlos VI de Austria una visión de España que nos es muy interesante: que España era muy pobre y estaba muy desierta; que las riquezas americanas pasaban por España sin detenerse hasta llegar a países extranjeros, a veces directamente, y a veces por la necesidad que tenía España de comprarlo todo; que España tenía materias primas, pero carecía de espíritu de trabajo, genio emprendedor y orgullo para llevar adelante empresas; que los españoles tenían a menos trabajar y se sentían orgullosos mientras morían de hambre; que los españoles eran ignorantes y rústicos, lo cual permitía a Inglaterra, Holanda, y Génova adueñarse del comercio americano, aunque estuviera prohibido, pues lo practicaban a través de hombres interpuestos; que las mercancías que llegaban a los españoles eran vendidas con gran usura, dando lugar a grandes fortunas, cuyos beneficiarios las empleaban en países extranjeros a los que se retiraban a vivir si eran investigados en España, y que la tierra codiciada por estos afortunados era sobre todo Italia, y dentro de Italia, Génova; que los Grandes de España eran más bien pobres, pues sus fincas producían poco y se gastaban mucho dinero en fastos; que el resto de los españoles era pobre y se gastaba en fiestas más dinero de lo que ingresaban; que las esposas de los españoles se entregaban a cualquiera que les ofreciera dinero o regalos, mientras los maridos, conscientes del hecho, se iban de casa por las noches aprovechando para pedir limosna; que los campesinos eran miserables, pagaban pocos impuestos al Estado y tenían muchos gastos debido a que las tierras que trabajaban eran de la Iglesia, la cual les exigía grandes rentas; que los eclesiásticos estaban exentos de impuestos, de modo que traspasaban a los campesinos lo que ellos debían pagar, pues el monto final a pagar por una provincia era una cantidad fija, y si había muchos exentos, los pecheros tocaban a más a pagar; que las familias españolas sabían de este privilegio eclesiástico y por ello procuraban tener un hijo eclesiástico, a cuyo nombre se ponían todos los bienes familiares, de forma que muchas familias no pagaban impuestos; que los ministros que querían poner coto a estos abusos fracasaban y eran expulsados pronto de su cargo, y así les había pasado a Orry, Amelot, Macanaz y Alberoni; que el clero, el rey y los nobles utilizaban la Inquisición como un instrumento de política en su beneficio.

Según Königsegg, las causas de la pobreza del campo español eran: la expulsión de los moros, los cuales cultivaban antaño el campo; el Tribunal de la Inquisición confabulado con los decretos papales, los cuales codiciaban la fortuna de los ricos y tendían a confiscar sus bienes cuando no eran suficiente dadivosos para con la Iglesia, o de lo contrario, si se resistían, les quemaban; la pérdida de población debido a la emigración hacia América; la poca fecundidad de las mujeres que a los 30 años ya eran viejas y antes de esa edad eran débiles y criaban hijos débiles que morían con facilidad, de modo que la endeblez física era hereditaria y era fruto de muchas generaciones hambrientas: el número infinito de órdenes mendicantes y otras órdenes religiosas en las que se refugian los hijos menores que no piensan heredar de sus padres; la pereza que era el vicio nacional pues nadie quería trabajar, comerciar, desplazarse, lo cual era aprovechado por algunos pocos para imponer precios abusivos; la justicia que era mala y dejaba muchos crímenes impunes y no recompensaba la virtud; las limitaciones del rey que, aunque se decía absoluto, debía respetar el Derecho Romano, las costumbres de cada región, obtener el consentimiento de las Cortes para hacer cualquier cambio o poner cualquier impuesto, ante lo cual, el pueblo estaba siempre presto a rebelarse, sobre todo en la Corona de Aragón, y ello originaba que el rey necesitaba ejércitos en pie de guerra en los reinos aragoneses, y ello generaba más gastos, mientras la amenaza continua de guerra con Francia no permite abordar el problema de ninguna manera; la costumbre de obtener recursos a base de préstamos, pues si el rey no se atreve a poner impuestos, debe tomar préstamos, y ello hacía que el Gobierno pagara muchos intereses y cada día se endeudara más; las inmunidades eclesiásticas, pues ellas hacían que muchos se pusieran al servicio de la Iglesia o se encomendaran a eclesiásticos, pues así el rey no actuaba contra ellos, e incluso ocurría que los delincuentes escaparan a la justicia refugiándose en sagrado, lo cual permitía todo tipo de inmoralidades, siempre que el autor fuera piadoso y católico de modo que fuera protegido por eclesiásticos; la costumbre de los españoles de no servir en el ejército más allá de tres días de camino lejos de sus pueblos, lo cual les hace desertores, pero es costumbre acogerles en sagrado y así éstos se burlaban de los militares, de modo que de cada 100.000 reclutados, era raro obtener 40.000 soldados; el abuso de los reclutadores, sobre todo extranjeros, pues aprovechan la circunstancias legales españoles, reclutaban inválidos, enclenques y enfermos que, una vez entregados al ejército, los capitanes reclutadores estaban obligados a admitirles pues llegaban con un contrato del rey, pero no les servían para nada.

Y además, siguiendo los informes de Königsegg, la corrupción era muy grande: los ingresos del rey de España, que ascendían a casi 20 millones de escudos, y que ya eran reducidos a juicio de Königsegg, se administraban peor, pues los asentistas e intermediarios abusaban de los campesinos pagándoles muy poco, y del rey, cobrándole mucho cuando se lo colocaban al ejército, cuando los aduaneros colaboraban con los contrabandistas, cuando los recaudadores de estancos escondían parte del producto, cuando los gobernantes de Indias practicaban una gran estafa sistemática pidiendo hombres pistolas y uniformes para soldados que no existían, y luego vendían esos productos en provecho propio, y cuando alguno era descubierto, utilizaba parte de lo así robado para corromper a su perseguidores.

Las riquezas de los gobernantes estafadores y corruptos solían desaparecer, porque si compraban bienes raíces esas compras les delataban, así que lo común era enterrar tesoros y gastar cuanto más podían hasta que se acabaran.

Para poder poner orden en Indias, se necesitaría una flota de 10 ó 12 navíos, y unos 12.000 ó 15.000 hombres, con oficiales honestos que vigilasen a los Virreyes y al resto de los funcionarios.

Además, el malfuncionamiento era lo normal en España: había infinidad de funcionarios del Estado que no hacían nada, juros y vales reales que no tenían respaldo económico, no se pagaba con puntualidad al ejército y a los funcionarios hasta el punto de que los retrasos en las pagas a veces llegaban a 3 y 4 años, las campañas bélicas eran constantes, los barcos de guerra eran de mala calidad porque no se reparaban adecuadamente, había pocos generales capacitados para mandar un ejército y a menudo había que recurrir a contratar extranjeros, había pocos políticos preparados para ejercer un cargo en la Administración y ello llevaba a contratar franceses e italianos.

Y por encima de todo ello, la estupidez: los españoles despreciaban irracionalmente todo lo francés, inglés u holandés, y la reina tenía una obsesión enfermiza por colocar a sus hijos en Italia, los ministros españoles no hacían seguimiento inmediato y correcto de los acontecimientos políticos europeos. Los ministros eran poco sólidos, a menudo incapaces, y el monarca confiaba muchas veces en eclesiásticos y militares, los cuales tampoco están bien preparados pero le son fieles, y el resultado es que a cada problema surgían respuestas diferentes y discordantes, y así, ningún asunto llegaba a buen fin, un día se derogaba lo legislado el día anterior, y lo que en otros países se realizaría en meses, en España podía durar muchos años.

Respecto al proyecto de Gobierno de Ripperdá, Königsegg le dijo a Carlos VI de Austria que Ripperdá pretendía arrendar todas las rentas del rey, cesar a 21.000 funcionarios, destituir a los que hubieran adquirido grandes patrimonios, suprimir personal de la Casa del Rey, aumentar el ejército hasta los 100.000 hombres y bien pagados a partir de los 54.000 infantes y 5.000 jinetes disponibles en el momento, tener siempre 15 ó 20 navíos útiles, lograr una justicia pronta y eficaz, limitar las inmunidades eclesiásticas y los privilegios del clero así como las adquisiciones que hacía el clero, conseguir el orden público entre los civiles y entre los militares, reformar las Indias a fin de hacer notorios los abusos allí cometidos y ser capaces de que el Estado recaudase más, y recuperar Gibraltar, lo cual ya tenía en camino porque se lo había hablado a Francia y a Inglaterra, negociar con las potencias la colocación de Carlos en Italia, y dar una salida a la petición de privilegios para la Compañía de Ostende que pedía Austria. Es decir, que Ripperdá presentaba bastante bien sus proyectos y parecía un hombre entendido, según Königsegg.

También informó el embajador austriaco de las cuentas del Estado español tal y como él las veía, desbrozando distintas partidas.

 

No hay nada más que decir ni comentar, después de leer el informe Königsegg.

 

 

El momento económico de España en 1726.

 

Ripperdá había llegado al poder en un momento especialmente sensible de la industrialización española, cuando estaba concluyendo la fase de proteger la instalación de nuevos talleres, presente desde el principio del reinado de Felipe V, y se empezaba a considerar las posibilidades de proteger la comercialización de los productos. En 1723 se protegía la instalación de una Fábrica de Paños en Segovia, en 1738, Esteban Canals y Buenaventura Canet pusieron en Barcelona una fábrica de indianas, lo cual continuaba el espíritu industrializador. Esta fase estaba dando signos de agotamiento, y ya en 1730 conocemos un conflicto laboral en la fábrica de paños de Guadalajara. La siguiente fase, al momento siguiente de ser expulsado Ripperdá, fue proteger la comercialización: en 1726 se dio el decreto protector de las industrias de paños y sedas; en 1728 se prohibió importar lienzos estampados de algodón y seda; en 1731, se legalizó la Compañía de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, una de las grandes comercializadoras de España; en 26 de julio de 1757 se decretará el libre tránsito de mercancías dentro del país.

 

 

La guerra España-Inglaterra en 1726.

 

En 1726, en la guerra contra España, los ingleses atacaron el norte de la península Ibérica, los españoles atacaron a los barcos ingleses que comerciaban ilegalmente en América y fueron sorprendidos, pues no se había castigado ese comercio ilegal últimamente. En 1727, España asedió una vez más Gibraltar, con igual resultado que siempre, pues la Armada británica cañoneaba a los atacantes y abastecía de armas y alimentos a los defensores llanitos.

 

 

Consecuencias del fiasco Ripperdá.

 

Con Ripperdá, Isabel de Farnesio había aprendido una cosa: los extranjeros tampoco eran de fiar, no garantizaban una buena gestión de Gobierno, podían ser tan sinvergüenzas como los españoles. El problema no era “españoles o extranjeros”, sino hombres honrados o pillos de altura. Escoger gobernantes entre nobles ineptos era irracional desde el punto de vista del gobernante, y una estafa desde el punto de vista del estamento nobiliario. Escoger extranjeros desconocidos, de buena presencia, tampoco garantizaba un servicio mejor. Era preciso escoger hombres con garantías probadas en el servicio a la Administración, fueran nobles o no.

Entonces empezó a desconfiar de todos: Grimaldo cayó en octubre de 1726 porque la reina descubrió que estaba en conversaciones con Stanhope. En realidad, la reina descubrió que Stanhope conversaba con el príncipe Fernando y sospechó que éste quería pedir que fuera válida la abdicación de Felipe V una vez que él fuera mayor de edad, y la reina consideró que Grimaldo posiblemente estuviese implicado en el proyecto del príncipe.

Isabel de Farnesio convenció a Felipe V para que expulsara a Grimaldo y al padre Bermúdez. Acusaba a Grimaldo de ser favorable a Inglaterra y a Bermúdez de ser favorable a Francia. Ella decía ser proaustríaca y antibritánica.

 

 

[1] Se firmó en Herrenhausen, una localidad de Hannover.

[2] Johan Willen Ripperdá, 1680-1737, VIII barón de Ripperdá, era natural de los Países Bajos y descendiente de españoles. En su país había abjurado del catolicismo y abrazado el calvinismo para medrar en política, y así consiguió ser nombrado embajador en Madrid. Fue bien acogido por Alberoni, pues tenía buen trato y magnífica palabrería, y se pasó al catolicismo de nuevo. Alberoni le nombró en 1718 Superintendente General de las Fábricas Reales y así entró en la camarilla de Isabel de Farnesio. Entonces presentó al rey un plan de regeneración y solución de todos los problemas de España, absolutamente idílico y fantasioso, que el rey creyó. Felipe V le envió en 1725 a Viena a negociar la paz con Austria, y Ripperdá volvió anunciando sus éxitos, por lo que fue nombrado duque de Ripperdá, recibió pensiones y bienes, y acabó siendo nombrado Secretario de Estado, y luego de Guerra, Marina y Hacienda. En 1726 se conoció la verdad de lo sucedido en Viena, que había comprometido a España en una nueva guerra, que pagaría España, y la noticia cayó como una bomba. Dimitió de todos sus cargos, pero no le sirvió de nada, pues fue encarcelado. En 1728 huyó a Inglaterra, vía Portugal, y de allí a los Países Bajos, donde de nuevo se hizo calvinista, pero ya no tuvo las oportunidades de medrar que había tenido en 1715 y en 1725. En 1731 se instaló en Tánger y reinició su táctica seductora, prometiendo al sultán Abd Allah la conquista de Ceuta y la consecución de un gran imperio, y cautivando a su madre. Incluso se hizo musulmán. Pero cuando la madre del sultán murió, Ripperdá cayó en desgracia y lo perdió todo, viviendo pobremente hasta su muerte en 5 de noviembre de 1737.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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