LA ILUSTRACIÓN EN LA ESPAÑA DE FELIPE V.

PERIODO DE PLENITUD, 1737-1746.

 

A mediados del siglo XVIII, al final del periodo que estamos considerando, la difusión de las ideas ilustradas era grande en ambientes cultos españoles y ello alarmó a algunos personajes por el peligro de ateísmo, deísmo y materialismo.

No obstante, no debemos magnificar el movimiento ilustrado: los españoles que podían leer a Montesquieu o a Rousseau eran muy pocos, ni siquiera el 1% de la población. Eran sin embargo una minoría influyente, miembros de la pequeña nobleza, burgueses, médicos, abogados, escritores… y algunos clérigos como fray Benito Jerónimo Feijoo, 1676-1764, y el padre Enrique Flórez, 1702-1773. Pero fue suficiente para, en la segunda mitad del siglo, originar una generación de políticos que habían leído a los ilustrados: Pedro Rodríguez de Campomanes 1723-1803, José Moñino y Redondo conde de Floridablanca 1728-1808, Pedro Pablo Abarca de Bolea conde de Aranda 1719-1798, Gaspar Melchor de Jovellanos 1744-1811. Según Jesús de Galilea una revolución se hace con unos pocos hombres, como la sal en la comida, y según Vladimir Ilich Ulianov las minorías se tornan en mayorías en el momento adecuado.

Entre 1734 y 1737 podemos situar el inicio de la ilustración española plena. Hay muchas coincidencias que nos sugieren abrir una época nueva en el estudio de la historia: la aparición de las Academias a partir de 1729 y sobre todo la Real Academia de la Historia en 1738; la expedición de Pierre Bouguer por América, acompañado por los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa en 1735; la publicación de Medicina Vetus et Nova de Piquer Arrufat en 1735; la aparición de la filología española en 1737 con la publicación Los Orígenes de la Lengua Española, de Mayans; la aparición del neoclasicismo con la publicación de Poética de Luzán, en 1737; la llegada a España de Scarlatti en 1733 y de Farinelli en 1737. Y otras muchas.

El final del periodo, que hemos puesto en 1746, es más caprichoso, lo hemos hecho coincidir con la muerte de Felipe V, sólo porque nos viene bien metodológicamente, pero la realidad es que deberíamos prolongarlo hasta la crisis de la burbuja de papel o de los vales reales, a final de siglo XVIII.

 

 

Valoración del movimiento ilustrado español.

 

Con las limitaciones dichas, en España se leyó a Montesquieu tanto en Cartas Persas, que es una crítica a toda la sociedad del Antiguo Régimen, como en El Espíritu de las Leyes, que es una reivindicación de la conveniencia de la división de poderes del Estado en legislativo, ejecutivo y judicial, y de la conveniencia de que la nobleza asuma esas funciones. También se leyó a Voltaire que criticaba el autoritarismo y a la Iglesia. Y a Rousseau que hablaba de la desigualdad social y de la necesidad de la vuelta a la igualdad primigenia por medio del sentimiento y la conciencia individuales. No se leyó tanto a los autores británicos y mucho menos a los alemanes.

Los centros de difusión de las ideas ilustradas eran las ciudades, tanto las universitarias, pero no gracias a la enseñanza oficial impartida, sino a los disidentes universitarios, como otras ciudades donde hubo Sociedades Económicas de Amigos del País a partir de 1764, y Academias, Academias de estudiosos que eran centros de reunión de intelectuales de una tendencia determinada, y Academias Militares que eran centros de estudios oficiales del ejército.

La medicina y las matemáticas eran campos punteros en el avance y transformación intelectual. Los médicos ilustrados querían resultados prácticos y no discusiones aristotélicas. A mediados de siglo XVIII, los escépticos o eclécticos empezaron a ser atacados, ya no sólo por los tradicionalistas galénicos y aristotélicos, sino por los propios ilustrados que argumentaban que ya no había ninguna duda en cuestiones de medicina sobre la utilidad y verdad médica, por lo que ya no servía el escepticismo-eclecticismo. El eclecticismo era una doctrina filosófica que daba muchas posibilidades o soluciones a cada problema sin inclinarse por ninguna. El evitar las discusiones sobre la verdad final, permitía a los profesores enseñar casi todo, dejando a cada uno que escogiera lo que más le convencía.

La Universidad se colocó entre los organismos más conservadores y retrógrados. El problema de la enseñanza era mucho más grave de lo que se pudiera pensar a primera vista, pues muchas universidades, mayores y menores, estaban otorgando títulos a personas que no hacían ningún tipo de estudios, lo cual fue denunciado varias veces al Consejo de Castilla durante la primera mitad del XVIII. El problema en las Universidades Menores a veces rayaba en el escándalo: En concreto se denunció a las universidades de Irache, Santo Tomás de Ávila y Osuna por expedir títulos ilegalmente.

En España, el gran tema de la Ilustración era la explicación de su decadencia como potencia mundial y las soluciones para volver a ser una potencia internacional. Quedaba fuera de toda consideración el deísmo, pues en España todos eran indefectiblemente católicos. El tema del deísmo ni se planteaba.

Los ilustrados españoles centraron sus esfuerzos en exponer remedios para la decadencia económica de España, y con este fin, llegaron a unas conclusiones: Que se debían desarrollar las ciencias útiles como matemáticas y física, química y mineralogía, que se debía renovar el sistema educativo para que sea posible el punto anterior, que había que estudiar los males de la economía española y ponerles remedio, que había que estudiar las nuevas teorías políticas que estaban surgiendo en Europa (liberalismo y librecambismo), pero que había que rechazar los ataques a la religión católica.

La Inquisición era un freno, pero no un freno absoluto, no total, al conocimiento del movimiento ilustrado y sus ideas. En este tiempo había permisos especiales para que algunas personas pudieran leer algunos libros, poseerlos en sus casas, sin que actuara el tribunal. El Consejo de Castilla deseaba que la censura de la Inquisición no fuese drástica y no colaboraba en denunciar a nadie como había pasado en épocas anteriores. Pero los grupos más conservadores se negaban a aceptar esas publicaciones y la difusión de esas ideas, y las cosas no eran tampoco fáciles en España.

Otra cosa es que las ideas se quisieran divulgar entre la gente común: Para luchar por sus ideas, los ilustrados españoles crearon unos periódicos que las divulgaban, intentaron entrar en las cátedras universitarias y en los Secretarías de Despacho y elaboraron informes de reformas políticas y económicas. En ese campo, sí que chocaron con la Inquisición que dominaba las altas estructuras de poder y con la Compañía de Jesús que dominaba la enseñanza media. Los ilustrados españoles siempre se abstuvieron en los puntos en que podían ser tachados de heterodoxos.

La lectura tenía mala fama. El ambiente inquisitorial buscaba herejes entre los lectores. Los ilustrados tenían por delante mucho trabajo en su propósito de cambiar la sociedad, pues necesitaban del libro y del periódico para difundir ideas nuevas, pero estos medios estaban fuertemente controlados por la Inquisición y eran sospechosos de inicio. Los ilustrados no tenían alternativa: si querían luchar contra los sermones de los explotadores de las conciencias simples en beneficio de su propio pecunio, y contra la opinión pública que era temida por determinar quién era culpable y quien inocente, y movía a las autoridades religiosas y civiles a actuar, tenían que hacer algo, tenían que logar que el pueblo leyese. La Inquisición era temible, pues los declarados culpables perdían sus bienes, eran encarcelados o castigados a galeras, o con otras penas menores, pero señalados socialmente como peligrosos. Pero había que escribir para romper el bucle.

Lo primero que se les venía a la cabeza era publicar las ideas de Voltaire, Montesquieu, Rousseau y la Enciclopedia en general, difundidos en síntesis, en extractos que pudieran ser admitidos sin incurrir en delito perseguido por la Inquisición. Ello llevaba a la lectura de esos autores de forma clandestina, pero evidente. Los periódicos daban noticias de libros y de las ideas principales contenidas en ellos, omitiendo las peligrosas. Ello llevaba a cierta curiosidad entre los universitarios, los que estaban en ese momento en la Universidad, y los que habían pasado por ella.

En política la racionalización intentaba abordar el tema de los impuestos:    En Hacienda se tendió a simplificar el número de impuestos y dejar los verdaderamente productivos recaudándolos en un organismo único, del que sólo quedaron excluidos Navarra y el País Vasco. Los impuestos fueron racionalizados teniendo en cuenta la riqueza rústica y la urbana sin dejar exento a nadie (pero quedaron exenciones a nobles, eclesiásticos y funcionarios). El proyecto se programó en 1736. Posteriormente Ensenada hizo un catastro de bienes españoles en 1749-1750, que levantó muchas controversias, y no terminó bien por caída de Ensenada en 1754, pero que Carlos III retomó y surgieron nuevos problemas, pues de la riqueza hallada se derivaban impuestos a pagar. El proyecto se abandonó en 1776.

 

 

LAS ACADEMIAS CIENTÍFICAS.

 

Academias de humanidades:

1729: Academia de las Buenas Letras en Barcelona se fundó en 1729, y en 1752 alcanzó la protección real por la que se denominó Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Mantuvo cinco cátedras que impartían sus contenidos en castellano, con algunas inclusiones de los dialectos antiguos populares. Fue la base de la recuperación de los dialectos de la zona oriental peninsular, pero ya en la segunda mitad del XIX, mucho más tarde. Tras un esfuerzo de Barcelona en esta recuperación, trataron de unificar los dialectos, a lo que llamaron “idioma catalán” ya en el siglo XIX.

En 1738 apareció La Academia del Trípode en Granada la gestionaba Alonso Verdugo Castilla III marqués de Torrepalma (caballero Acólito Aventurero) y la protagonizaban tres clérigos que eran José Antonio Porcel (caballero Floresta), Alonso Dalda (caballero Peña Devota) y Diego Nicolás Heredia (caballero Yelmo de Plata). Asistían otros invitados como Luis José Vázquez (caballero Doncel del Mar). Probablemente su primera reunión fuera hacia 1738 y la última en 1748. Trataban de cultivar el estilo literario de Góngora, al que consideraban un gran maestro de las letras.

1739, apareció la Real Academia de la Historia. Nos ocuparemos más abajo ampliamente de este tema.

En 1741 se creó la Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando. Era una idea del escultor del rey Domingo Olivieri, academia que en 1747 pasó a ser “Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando”, cuando Fernando VI le concedió su protección. El director provisional fue el escultor Felipe de Castro. Evolucionaría más tarde a escuela oficial de arte, y la conoceremos como Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero eso ocurrió años más tarde.

1742, hubo un intento de Academia Valenciana, promovida por Gregorio Mayans, pero que fracasó. Era un proyecto de publicar obras de literatura.

 

Academias de ciencias.

En 1736 se abrió la Academia de Matemáticas de Barcelona, cerrada en 1760.

En 1736 se abrió la Academia de Matemáticas de Cádiz, también cerrada posteriormente para pasarse a Segovia.

1731 En Valladolid apareció la Academia de Medicina y Cirugía de Valladolid, en 1731,

En 1740 surgió en Cartagena la Academia Médico Práctica, pero duró poco tiempo.

En 1743 surgió en Madrid un segundo grupo de médicos, menos importante que los anteriormente citados, el de la Sociedad Médica Nuestra Señora de la Esperanza, que duró mientras tuvo la protección del infante don Luis y la reina viuda Isabel de Farnesio, pero languideció más tarde.

Estos intentos de renovación médica no tenían capacidad económica para ponerse ellos mismos al día con el saber europeo, y mucho menos para abrir instituciones de difusión de esos conocimientos. Eran simples aficionados.

 

 

 

LA EXPEDICIÓN DE MEDIDA DEL ARCO MERIDIANO.

 

Lo más interesante en ciencia de toda la primera mitad de siglo XVIII fue la medida del arco del meridiano, hecho por Francia con la protección del rey Louis XV. El problema era determinar si el arco máximo meridiano era mayor o menor que el arco máximo ecuatorial. La finalidad era tener una idea de la figura y dimensiones de la Tierra, si la Tierra estaba achatada por los polos, o lo estaba en el ecuador. La solución que aportaron los científicos franceses fue medir el meridiano en el polo y en ecuador. Louis XV envió dos expediciones, la una al polo norte, en Laponia, en la que fueron el físico sueco Anders Celsius, y el matemático francés Pierre Louis Moreau de Maupertuis, y la segunda al ecuador en Ecuador, en la que fueron el geógrafo Charles Marie de la Condamine, 1701-1774, el físico Pierre Bouguer, 1698-1758, el astrónomo Louis Godin, 1704-1760, y el naturista Joseph le Jussieu, 1704-1779. Como iban a tierras españolas en el Pacífico, decidieron ser acompañados por oficiales españoles, y España designó para esa misión a Jorge Juan Santacilia, 1713-1773, y a Antonio de Ulloa, 1716-1795. Los jovencitos españoles, 22 y 19 años, aprendieron muchas matemáticas y mucha astronomía durante el viaje, con motivo de que ayudaban a hacer la triangulación entre vértices geodésicos.

La expedición del ecuador salió en 1735 de Francia, llegó a Cuba y se dirigió a Panamá, cruzó por tierra el istmo, y se embarcó para Perú. Allí la expedición se dividió en dos grupos que viajaron por tierra por caminos diferentes y llegaron a Quito en junio de 1736. El método de trabajo fue muy bueno, pues situaron puntos geodésicos en lo alto de los montes y triangularon la superficie. Ello les permitió medir un grado del arco meridiano entre Quito y Cuenca. Luego decidieron medir tres grados del arco ecuatorial, lo cual completaba el trabajo con más riqueza que la expedición de Laponia. Como el arco ecuatorial resultaba mayor que el arco meridiano, se llegó a la conclusión de que el planeta Tierra estaba achatado en los polos, es decir, que no era una esfera, sino un elipsoide.

Diversas circunstancias hicieron que hubiera desavenencias entre los expedicionarios, y La Condamine cruzó la cordillera y descendió el Amazonas, encontró un barco holandés y regresó a Amsterdam; Godin se fue a Panamá, por donde habían llegado, y regresó a Europa; Bouger viajó por tierra a Quito (Ecuador) y de allí a Cartagena de Indias, donde subió a un barco francés que le llevó a Nantes.

Jorge Juan Santacilia, 1713-1773, a su vuelta a España en 1744, quiso difundir lo investigado, lo que significaba el triunfo de Newton, Copérnico y Galileo, autores prohibidos en España, e intervino la Inquisición. La obra de Jorge Juan, Observaciones Astronómicas y Físicas, de 1748, tuvo muchos inconvenientes ante la Inquisición. Al final no se retiró del mercado, por intervención de un jesuita, el padre Burriel[1], con argumentos propios del eclecticismo.

Jorge Juan, en 1748, demostraba conocer el análisis infinitesimal (matemáticas sublimes, como se llamaba en aquellos días), ciencias náuticas, dilatación de los metales, dilatación del aire, velocidad del sonido, y por supuesto, sabía medir el meridiano terrestre como le habían enseñado los franceses. Jorge Juan advirtió que lo que pasaba en España era absurdo, que en toda Europa se admitía a Copérnico y a Newton, y que España estaba cometiendo un error muy grave.

Antonio de Ulloa de la Torre Giralt, 1716-1795, había nacido en Sevilla y se había hecho guardiamarina. Su primer éxito fue descubrir el platino en Ecuador en 1735. Estuvo preso en Londres y regresó a España en 1746, fecha en la que empezó su labor como ilustrado: fundó un Gabinete de Historia Natural (actual Museo Nacional de Ciencias Naturales), un Observatorio Astronómico en Cádiz, y un laboratorio de metalurgia. En 1758 volvió a América a intentar recuperar la mina de mercurio de Huancavelica, trabajo en el que fracasó, y regresó a España en 1764. Trabajó en la mejora de las comunicaciones postales entre España y Perú, enviándolas por Buenos Aires en vez de por La Habana. Trabajó en la creación del astillero de Veracruz (México).

A partir de la expedición de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, el fariseísmo de la Administración española fue grande: podía sostener la Inquisición y apoyar a los teólogos y filósofos de pensamiento antiguo, al mismo tiempo que se mandaba hacer observatorios astronómicos y enseñar en las escuelas de Marina y Artillería las teorías correctas de la física moderna.

 

 

RENOVACIÓN EN ARQUITECTURA.

 

En 1735 llegó a España Filippo Juvara, 1678-1736, un siciliano de familia de decoradores-arquitectos, que aprendió el oficio familiar en Sicilia, pero marchó a Roma para ser sacerdote y allí se interesó por la arquitectura, destacando en los proyectos de teatros y escenarios para teatros. Esa fama le llevó a Turín en 1714, donde se le encargó un teatro, la iglesia-monasterio de Superga en 1717-1731, y el castillo-palacio de Palazzina di Stupinigi 1729-1731, la Basílica de la Natividad y la ampliación de la ciudad de Turín. Creció su fama y en 1719 Juan V de Portugal le encargó el Palacio de Mafra, y luego viajó a París y Londres para terminar de aprender. En 1735 llegó a España y Felipe V le encargó los trabajos de los Sitios Reales, pero Juvara murió al año siguiente. Había dirigido el trabajo de la fachada de la Granja de San Ildefonso y planificado obras en Palacio Real. Los palacios de Madrid, Aranjuez y la Granja tuvieron como arquitecto principal a Giovanni Battista Sacchetti y otros arquitectos en 1738-1764, aunque la capilla de palacio se debe a Ventura Rodríguez en 1749.

Ventura Rodríguez Tizón, 1717-1785, apareció como gran arquitecto a partir de 1749. Hijo de Antonio Rodríguez, profesor de arquitectura, aprendió bien el diseño, y Juvara se fijó en él en 1735 para los planos de Palacio Real. A la muerte de Juvara, Sacchetti le mantuvo en ese trabajo, y aprendió el trabajo de arquitecto. En 1749, Fernando VI le encargó la capilla del Palacio Real de Madrid y ello significó el salto a la fama. Le encargaron la iglesia de San Marcos de Madrid, 1749-1756, la terminación de la Basílica del Pilar de Zaragoza en 1750-1753, el trasparente de la girola gótica de la catedral de Cuenca, la decoración del monasterio de la Encarnación de Madrid en 1755-1767. En 1760, se vio postergado por el nuevo rey, Carlos III, que tenía su propio arquitecto, Francesco Sabatini, y le gustaba el francés Jacques Marquet para terminar Aranjuez, pero las obras no le faltaron a Ventura Rodríguez: convento de los agustinos filipinos de Valladolid, Real Colegio de Cirugía de Barcelona (hoy Real Academia de Medicina), ayuntamiento de Haro (La Rioja), biblioteca y fábrica de vidrio de La Granja, palacio de Liria, palacio de Altamira (hoy Istituto Europeo di Design), palacios del infante don Luis de Borbón, palacio de Boadilla del Monte (Madrid), palacio de la Mosquera en Arenas de San Pedro, palacio municipal de Betanzos (La Coruña), palacio de Almanzora (Almería), acueducto de Noáin (Navarra), fachada de la catedral de Pamplona, iglesia del monasterio de Silos (Burgos) en el que no tuvo empacho en derribar la iglesia románica y construir la suya encima. En 1766, fue nombrado supervisor general de las obras del Estado en toda España y revisó y modificó muchos planos de obras municipales, atribuyéndosele decenas de proyectos, que muchas veces sólo supervisaba. En Cádiz, se le atribuye participación en las obras de la catedral, aunque las obras se prolongaron desde 1722 a 1838.

En Galicia destacó Fernando de Casas Novoa, 1670-1751, que desde 1738 se hizo cargo de la fachada del Obradoiro, y que también había construido el claustro de la catedral de Lugo 1711, la iglesia de los dominicos de Betanzos, el Colegio de las Huérfanas de Santiago de Compostela en 1714, el Convento de las Capuchinas de La Coruña, la Iglesia del convento de Belvís en Santiago en 1725, la capilla de Nuestra Señora de los Ojos Grandes de la catedral de Lugo 1726, la iglesia de los benedictinos de Villanueva de Lorenzana, y la fachada del Obradoiro de Santiago de Compostela en 1738-1751, obras empezadas en el XVII por Peña del Toro y Domingo de Andrade y terminadas por Casas Novoa, incluida la Torre de las Campanas situada a la derecha mirando desde el exterior.

 

 

Otros arquitectos de la época Felipe V.

 

En arquitectura triunfaba el churrigueresco con José, Alberto y Joaquín Churriguera, Narciso Tomé, Fernando Casas Novoa. Usaban la estípite, el baquetón, las cúpulas…

José Benito de Churriguera, 1665-1725, planificó Nuevo Baztán.

Alberto de Churriguera es conocido por la Plaza Mayor de Salamanca.

José Joaquín de Churriguera es conocido por el Colegio de Calatrava de Salamanca.

Pedro Ribera es muy conocido por el Puente de Toledo en Madrid.

Narciso Tomé, por el “trasparente” de la catedral de Toledo.

Leonardo de Figueroa, por el Colegio de San Telmo.

Vicente Acero, por la catedral de Guadalajara y la catedral de Cádiz.

Conrad Rudolf, por la fachada de la catedral de Valencia.

Hipólito Rovira Broncandel, por el palacio del marqués de Dosaguas en Valencia.

La arquitectura estuvo muy influida por arquitectos italianos, mientras la escultura y pintura tenía influencias francesas.

 

El edificio más insigne de la época fue el Palacio Real de Madrid, cuyo proyecto se encargó a Felipe Juvara en 1734, el cual falleció en 1736 sin poder iniciar las obras. Entonces se hizo cargo del proyecto Juan Bautista Sachetti, 1690-1764, que era discípulo de Juvara, y en 1736 construyó la fachada del jardín y entregó los primeros trabajos al rey. Pero hacía falta mucho dinero y las obras se paraban con facilidad tanto por falta de dinero como por accidentes con víctimas humanas, y se vio que iba para largo.

El segundo edificio significativo de la época de Felipe V fue La Granja de San Ildefonso. La idea de construir un palacio surgió en 1717, cuando Felipe V estaba de cacería por Valsaín y descubrió la ermita de San Ildefonso, propiedad de los Jerónimos y un palacio en ruinas que se había incendiado en 1686. Entonces decidió construirse para sí un palacio en aquel lugar y, el 23 de julio de 1720 compró la finca o granja de la ermita de San Ildefonso y sus alrededores, pues pensaba construir a lo grande. Inmediatamente, ese mismo verano, se empezó a construir una residencia para él y le encargó a Teodoro Hardemans un pequeño edificio con torres en los ángulos, a la manera de un alcázar. Pero el rey pasaba cada vez más tiempo en Valsaín y más ratos viendo la obra y fue añadiendo bloques: una iglesia, unos jardines, unas fuentes.

El tercer gran Palacio de Felipe V fue el Palacio de Aranjuez.

 

 

 

ESCULTURA Y PINTURA DE LA ÉPOCA FELIPE V.

 

 

Escultura barroca.

 

La escultura del XVIII se concentra en pocos lugares como Murcia, Sevilla, Córdoba, Valladolid y Madrid.

En Murcia destaca Francisco Salzillo, 1707-1783, que hará el Prendimiento en 1736 y Las Angustias 1741 de la iglesia de San Bartolomé, la Oración del Huerto y el San Jerónimo de la Iglesia de Jesús, y la Dolorosa 1756 de la iglesia de Jesús.

En Valencia, en 1744, Ignacio de Vergara Gimeno hizo una portada monumental en alabastro en la fachada del palacio del Marqués de Dosaguas.

Pedro Roldán en Sevilla.

Luisa Roldán, “la Roldana”, que hizo La Macarena.

Pedro Duque de Cornejo.

José de Mora en Granada.

José Risueño en Granada.

Francisco Salzillo en Murcia.

 

 

Pintura barroca.

 

Bernardo Lorente Germán, 1680-1759.

Acisclo Antonio Palomino, 1655-1726.

Antonio Viladomet, 1678-1755.

Michel Ange Houasse, 1680-1730 que era decoracionista francés y diseñaba cartones de tapices lo mismo que hacía retratos.

Ranz, retrato de Felipe V.

Van Loo, retrato de Felipe V.

Andrea Procaccini.

 

 

 

LA MEDICINA ILUSTRADA.

 

La medicina moderna se difundía por España a partir de 1735 gracias a Andrés Piquer Arrufat, 1711-1772, el cual era de un pueblo de Teruel y en 1727 se trasladó a Valencia a estudiar filosofía, pero conoció a los médicos expertos en anatomía, Juan Bautista Longás y Antonio García Cervera, y en 1734 se puso a estudiar medicina. Frecuentó la amistad de Mayans, que le protegió y favoreció. En 1735, con 24 años de edad, publicó Medicina Vetus et Nova, un libro que tuvo 5 ediciones. En 1742 llegó a catedrático de anatomía en la Universidad de Valencia y siguió publicando: en 1745 Física Moderna Racional y Experimental, en 1747 Lógica Moderna, y en 1751 Tratado de Calenturas. En esta fecha se fue a Madrid como médico de cámara de Fernando VI, formó parte del Real Protomedicato y fue vicepresidente de la Real Academia de Medicina. Es el prototipo de novador y de ilustrado. Hacia 1757-1770, Moyano le dio a conocer a Hipócrates y, en 1771, publicó la Segunda Edición de la Lógica Moderna, que es considerado como un libro de mucha altura, criticando las ideas vigentes desde el Renacimiento sobre Hipócrates. Para esta época ya ha evolucionado mucho en su pensamiento, pues en 1768 escribió su Discurso del Mecanismo, que corrige su antigua posición mecanicista y se hace ecléctico (tal vez por conveniencia frente a la Inquisición) , defendiendo que la razón y la experiencia deben coordinarse, pues la razón tiene su punto de apoyo en la experiencia, y la experiencia, que es la mera constatación de los datos sensibles, puede ser elevada a la categoría de ciencia por medio de la razón, si se elabora y ordena correcta y adecuadamente. Nos dice que observación, experimento y experiencia son cosas distintas, pues experiencia es el conocimiento racional de las cosas físicas deducido de las observaciones y experimentos. La mera observación sensorial aporta datos inconexos, que deben ser racionalizados. El experimento debe ser interpretado correctamente en su significado. Y tras la racionalización de las observaciones, e interpretación correcta de los experimentos, llegaremos a la experiencia o conclusiones racionales. En medicina, opinaba que el cuerpo humano actuaba como una serie de máquinas de la industria y la artesanía, que la observación y el experimento eran fundamentales. Curiosamente, no aceptó nunca el microscopio. Más tarde evolucionó hacia medicina teórica, y pierde interés para nosotros. En cuanto a la postura ecléctica de Piquer, se muestra en su teoría de que la verdad está esparcida en varios sistemas filosóficos, los cuales suelen mezclar aciertos con falsedades. Las falsedades deben ser cuidadosamente entresacadas de todos los sistemas de pensamiento y llegar a alguna conclusión cercana a la verdad, por lo que no conviene estar atado a ningún sistema, escuela o autor.

Francisco Sanz de Dios y Guadalupe, era licenciado en medicina por Salamanca y fue médico en Medina del Campo, Guadalupe y médico de cámara del rey. Defendía la iatroquímica. En 1743 se publicó Medicina práctica de Guadalupe, en seis tomos donde interpretaba la fiebre como un proceso interno del cuerpo para eliminar fermentos extraños, y luego hablaba de distintas patologías con mucho orden y sistematología.

Pascual Francisco Virrey y Monge, -1743, estudió en la Universidad de Zaragoza y fue profesor en la de Valencia. Escribió en 1737 Tyrocinio Práctico sobre medicina interna, en 1739 Palma Febril sobre fiebres, en 1743 Cirugía Práctica sobre fisiología y patología, y en 1746 Promptuario Aphorístico sobre aforismos de Hipócrates.

 

 

LA HISTORIA ENTRE LOS ILUSTRADOS.

La Aventura de Gregorio Mayans.

 

En 1725 aparecieron los “Comentarios de la Guerra de España y Historia de su Rey Phelipe V el Animoso desde el principio del reinado hasta la paz general de 1725” de Vicente Bacallar Sanna[2] marqués de San Felipe, donde con estilo homérico se ponían nombres y apellidos a todos los sucesos, bélicos y políticos habidos en España desde la muerte de Carlos II al reinado de Luis I, sucesos demasiado recientes, cuyo relato no gustaba algunos contemporáneos. Felipe V mandó retirar del mercado esta obra que, sin embargo, resulta de lo más interesante para nosotros.

Como no podía ser menos, la ilustración influyó fuertemente en los estudios de historia. En 1734, Montesquieu publicó Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, rechazando el azar en la historia y hablando de causas morales y físicas para explicar la historia. Y a partir de entonces hubo otra visión del pasado. La idea de Montesquieu era que es necesario estudiar las causas y los procesos que han conducido a una determinada situación económica, social, política… para que fuese posible su reforma. Hegel llegaría en el XIX a afirmar que la verdad de las cosas se conocía estudiando la forma como se han gestado, su historia. Pero ya desde el XVIII tenemos ideas similares en varios autores de los que hemos entresacado a Montesquieu.

En España, en 1738, se creó la Real Academia de la Historia a partir de la tertulia de Juan de Hermosilla. Y con este respaldo aparecerían catálogos de publicaciones, diccionarios y biografías. La Real Academia de la Historia era en principio la tertulia de Juan de Hermosilla, fundada en 1735. En 1736 se trasladó a la Biblioteca Real. En 1738, con el apoyo de Felipe V se convirtió en Real Academia de la Historia. Dedicó sus esfuerzos y dinero a hacer excavaciones, investigación de archivos, biblioteca. Su primer director fue Agustín de Montiano. Se introdujo la paleografía, arqueología, numismática, epigrafía, y con ello se mejoraron los estudios históricos. Como era moda en la época, hacer historia de las cosas, se pusieron a hacer un diccionario histórico crítico, pero era un proyecto demasiado ambicioso en el que fracasaron. Tuvieron éxito en elaborar una colección de documentos diplomáticos y en un diccionario geográfico.

Efectivamente, la moda de la historia se impuso fuertemente a mediados del XVIII: Mayans estudió la historia de la lengua castellana, Leandro Fernández de Moratín la historia del teatro, Sarmiento la historia de la poesía, Jovellanos y Capmany la historia del derecho, Flórez la historia de la Iglesia española… Pero no sólo se trataba de estudiar la historia de todo, sino que se imponía la opinión de estudiar la historia-verdad, rechazando la historia precedente que se consideraba fabulada y buscando documentos que pusieran bases firmes a lo expuesto, y criticando los viejos valores tradicionales y criterios para hacer historia. Al final se concluía que la historia era educativa y debía servir para que sus estudiosos reformaran la sociedad entera.

El representante de la historiografía ilustrada durante el reinado de Felipe V, fue Gregorio Mayans Siscar, acusado de novator, heterodoxo, antipatriota… Ello se debió a que Mayans hizo crítica feroz contra historias de España que circulaban porque estaban escritas por personas tenidas por prestigiosas, y se enfrentó por ello a la Inquisición. Gregorio Mayans Siscar, 1699-1781, era valenciano. Su primera idea fue ser clérigo, y estudió en la Facultad de Artes, 1714-1716, a fin de pasar luego a Leyes y Cánones, y estudió Filosofía y Derecho en Valencia con profesores novadores, lo que condicionó el resto de su vida pues leyó a Locke y a Descartes. En filosofía simpatizó con las teorías de Erasmo. En este tiempo se interesó por la filología, la historia y la literatura. Mayans es la generación valenciana siguiente a Tosca, Corachán y Baltasar Íñigo. En 1719, pasó a la Universidad de Salamanca a continuar Derecho y allí se reencontró con Manuel Martí Zaragoza, uno de los novatores valencianos especialista en historia de Grecia, que le hizo conocer a autores españoles renacentistas, de modo que viera que existía algo más que los clásicos. Se doctoró en Valencia en 1722. En 1723-1733 era ya catedrático de Código Justiniano en la Universidad de Valencia y allí permaneció 10 años discutiendo con sus compañeros porque él quería unos estudios con más contenido español y moderno, incluidos los fueros valencianos. Era laico, pero estaba interesado en destruir las supersticiones religiosas, reformar a los predicadores y cambiar los estudios humanísticos.  Ya en 1725 había escrito Oración de alabanza de las obras de Diego Saavedra Fajardo, una crítica a los autores que aceptaban y repetían mitos absurdos como históricos. En 1730 opositó a la “pavordría secundaria de Leyes” de Valencia y fracasó. La causa fue que Mayans se había opuesto a ceder las aulas de Gramática a la Compañía de Jesús, y los jesuitas influyeron en su contra. Entonces, Mayans decidió que por el camino clerical no tenía futuro y abandonó el clero, en el que había llegado a tonsurado. En 1733, fue nombrado bibliotecario del Rey, por lo que se trasladó a Madrid. En Madrid daba consejos sobre la buena enseñanza de la Gramática, Retórica, Aritmética, Filosofía, Oratoria… y recomendaba los mejores autores que conocía. En Derecho, aconsejaba leer solamente las leyes en uso y abandonar toda la parafernalia de leyes romanas y leyes antiguas españolas. También aconsejó enseñar algo de Derecho en las escuelas e imprimir todas las leyes vigentes, y sin comentarios, todas juntas en un solo libro, es decir, el Código Legal. En 1737, Mayans publicó Orígenes de la Lengua Española, libro tenido como el inicio de una asignatura nueva, la filología, donde analizó la obra de los principales escritores españoles por él conocidos.

En 1738 Francisco Javier Huerta y Vega, 1697-1752, académico de Historia y Académico de Lengua, publicó España Primitiva, historia de sus reyes y monarcas desde su población hasta Chisto, un libro lleno de fábulas y errores que fue apoyado por las academias madrileñas como algo importante, y entonces, en 1739, Mayans, en Censura a la España Primitiva, salió atacando aquel cúmulo de falsedades que sólo eran una historieta que quería contar el origen del cristianismo en cada ciudad española Mayans afirmaba que todo era falso. Mayans demostró que Huerta sólo estaba divulgando, como si hubiera descubierto un cronicón antiguo, una sarta de tonterías inventadas y escritas por José Pellicer en el siglo XVII. Mayans también negaba las hazañas de los conquistadores en la colonización de América que circulaban falsamente en los libros. La reacción de los académicos fue pedir a Mayans que retirara su Censura a la España Primitiva.

Durante el resto de su vida, Mayans no tuvo “suerte”. Mayans presentó a Patiño un proyecto de reforma de la enseñanza, pero no fue atendido por el político. Como no estaba bien pagado, ni era “popular” en la Biblioteca de Madrid, en 1739 regresó a su pueblo de Oliva (Valencia), en una época mala para él, pues hasta el padre Enrique Flórez, y el padre Feijoo le criticaban, aunque el benedictino Martín Sarmiento, 1695-1771, le apoyaba. Al volver a Valencia se encontró que había perdido su cátedra de Código, pues el claustro no había aceptado la persistencia de un sustituto tanto tiempo. Entonces concibió una idea para ganarse la vida recibiendo subvenciones estatales, y así pensó en la Academia Valenciana. En 1742 fundó la Academia Valenciana para publicar cosas de lengua, filosofía, jurisprudencia e historia de cualquier autor que supiera de ello. Recogían datos reales y documentos de historia de España en los que basar los relatos de historia. La Academia Valenciana duró muy poco. Mayans no cejó en sus ideas y editó, en 1742, Censura de Historias Fabulosas de Nicolás Antonio, obra que criticaba al jesuita padre Higuera y negaba la veracidad de los relatos sobre la venida de Santiago a España. Los jesuitas nunca se lo perdonaron. Calificaron sus ideas como próximas a las del cardenal italiano Enrico Novis, cuyas obras fueron puestas en el Índice en 1747 porque la Compañía de Jesús las consideraba peligrosas. En 1746 Mayans prologó y publicó Advertencias a la historia del padre Juan de Mariana, libro de Gaspar Ibáñez de Segovia, 1628-1708, marqués de Mondéjar, insistiendo en errores voluntarios de los llamados historiadores. Mayans era netamente antiescolástico, novador puro, y atacaba al clero ignorante y a los frailes y monjas que caían en la superstición alegando que ello era ortodoxia católica.

A partir de 1742, Mayans conoció la obra del padre Enrique Flórez, publicada a partir de 1742. El padre Flórez, aunque en la trinchera contraria a la Mayans, también tuvo el mérito de buscar en archivos los documentos sobre los que basaba sus historias, en vez de repetir leyendas y dichos populares más o menos estúpidos, como hacían otros. El padre agustino fray Enrique Flórez Setién y Huydobro, 1702-1773, había estudiado en Salamanca, Valladolid, Ávila y Alcalá, donde se doctoró en teología y trabajó como catedrático de teología en Alcalá. En 1732 escribió una Teología Eclesiástica en seis volúmenes. Era miembro de la Inquisición y ejercía como visitador de librerías, lo cual le permitía utilizar los catálogos de fin del XVII y primera mitad del XVIII. Decidió abandonar la cátedra en 1742 cuando publicó Clave Historial con que abre la puerta a la historia eclesiástica y política, que tuvo 16 reimpresiones en el XVIII y principios del XIX, donde hizo una síntesis de historia de España. A partir de entonces, se dedicó a leer archivos y escribir la historia de cada diócesis española y portuguesa. La España Sagrada. Teatro geográfico histórico de la Iglesia de España… alcanzó 29 volúmenes en tiempos de Flórez Setién y se escribirían 27 volúmenes más después de su muerte. Este libro fue muy leído en siglos posteriores. En 1747 publicó el primer tomo. Era una empresa similar a otras iniciadas años antes en Francia e Italia. Flórez llegó a publicar 42 tomos. Manuel Risco, 1735-1801, publicó dos tomos que Flórez dejó en preparación y añadió hasta el tomo 42. Antolín Merino, 1745-1830, publicó en 1814 hasta el tomo 47. Después de 1836, Pedro Sainz de Baranda, Vicente de la Fuente, Carlos Ramón Fort en 1859, Eduardo Jusué en 1917 y Ángel Custodio Vega en 1957 llegaron hasta el tomo 56. El padre Flórez 1702-1773 en La España Sagrada, trataba de levantar una moral y unos valores nuevos, cristianos por supuesto. Presentaba documentos inéditos, y además criticados, de forma que criticó la tradición histórica. Trató de hacer una historia sagrada más rigurosa que la que se venía enseñando y en ello estaba apoyado por la Real Academia de la Historia. El contenido de su libro presenta una geografía eclesiástica antigua, el origen de las sedes episcopales, una por una, con su evolución histórica y su estado actual, el origen del cristianismo en España. La clave de que ese inmenso trabajo fuera posible era que el rey quería argumentos en pro del patronato real y necesitaba otra historia diferente. El padre Rávago estaba dispuesto a dar al rey lo que necesitaba y Flórez hizo el trabajo. La importancia del padre Flórez radica en la depuración de las fuentes, distinguiendo las auténticas de las falsas, y para ello utilizó un equipo interdisciplinar. En 1761, escribió Memorias de las Reinas Católicas, Historia genealógica de la Casa Real de Castilla y de León, en dos volúmenes.

 

Volviendo a Gregorio Mayans, en 1753 le llegó su oportunidad de medrar, cuando Ensenada le encargó la preparación del Concordato de 1753 de modo que fuera defendido el regalismo. En 1757 escribió Retórica. En 1766 cayó Esquilache y ganaron puestos en el Gobierno Aranda y Roda, ambos amigos de Mayans. En 1766, Manuel Roda, Secretario de Gracia y Justicia, le concedió un sueldo perpetuo como alcalde honorario de Casa y Corte, y le encargó un informe sobre los estudios españoles, con intención de reformar la enseñanza del clero. En ese informe, Mayans fue un poco violento con los clérigos, aunque él era de ideas religiosas y había estado a punto de ser clérigo, y afirmó que mientras no se destruyese la Compañía de Jesús y se acabase con los Colegios Mayores no sería posible reformar la enseñanza. Los jesuitas fueron expulsados en 1767 y la reforma de los Colegios Mayores se haría en 1787, pero Mayans se había ganado demasiados enemigos. Mayans propuso cambiar la Universidad mediante un Reglamento General de Universidades al cual tuvieran que someterse todas ellas, pero Campomanes prefirió ser cauto y consultar las reformas con las Universidades de Salamanca, Valladolid, Santiago y Alcalá y llegar a un acuerdo con cada una por separado, y no hubo Reglamento General de Universidades. Mayans propuso una Gramática Latina obligatoria y común, pero sólo logró imponerla en Valencia y Zaragoza, pues las demás Universidades protestaron en nombre de su autonomía, y decidieron tener cada una su propio texto. En 1775, Mayans fue rector en Valencia, cuando tenía 76 años y no tenía capacidad de lucha. Murió seis años después, en 1781.

 

Pedro José García de Balboa, 1695-1772, conocido como el padre Martín Sarmiento, nombre que se puso al ingresar en el convento de benedictinos, fue profesor en distintos conventos, y en 1723-1730 coincidió con Benito Jerónimo Feijoo, lo cual influyó mucho en su vida, pues demostró gran interés por las lenguas vivas, la botánica, la medicina y por todo el movimiento ilustrado que la mayoría de los eclesiásticos condenaban y Feijoo defendía. Así pudo opinar que Mayans no estaba tan desencaminado como la opinión católica se esforzaba en divulgar. En 1775, tras su muerte, se publicaron algunos de sus escritos, entre los que destaca Historia de la Poesía y Poetas Españoles.

 

 

 

LITERATURA ILUSTRADA.

 

En el campo de la literatura, los libros se importaban del extranjero. La importación anual se elevaba a 350.000 libros de Venecia, 200.000 de Amberes y 100.000 de diversos lugares como Lausana, Ginebra, Lyon y París. Con ellos aparecieron varias bibliotecas.

La mayor parte de los libros eran de teología o derecho, pues la ciencia circulaba más en cartas personales e incluso de mano en mano.

Las tendencias nuevas eran neoclásicas y hablaban de imitar a Aristóteles y a Horacio y afirmaban que ya lo estaban haciendo los escritores del XVII. Quisieron criticar a Góngora y sus seguidores, pero era difícil prescindir de esas corrientes porque muchas palabras se habían hecho ya de uso común (candente, estro, exhalar, flébil, fúlgido, inerte, letal, linfa, ominoso, opimo, pinífero, proceloso, refulgente, umbrífero…).

En la lucha a favor del castellano como idioma vehicular de la literatura, se valoraron y difundieron los autores del siglo XVI y XVII, Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Cervantes y Santa Teresa, creando una especie de halo alrededor del llamado “siglo de oro español”.

Las tendencias nuevas eran neoclásicas y hablaban de imitar a Aristóteles y a Horacio y afirmaban que ya lo estaban haciendo los escritores del XVII. Quisieron criticar a Góngora y sus seguidores, pero era difícil prescindir de esas corrientes porque muchas palabras se habían hecho ya de uso común (candente, estro, exhalar, flébil, fúlgido, inerte, letal, linfa, ominoso, opimo, pinífero, proceloso, refulgente, umbrífero…).

La prosa mejoró mucho, se hizo más sencilla. Pero se estaba siguiendo una tendencia francesa similar y eso llevó a la introducción de muchos galicismos. Cadalso y Feijóo creían que enriquecían la lengua, y otros escritores decían que se empobrecía. Juan Pablo Forner (1756-1797) fue contrario a los galicismos y enseñaba que había que recurrir a los clásicos castellanos. Moratín y Quintana también eran puristas.

Ignacio de Luzán escribió en 1737 “Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principales especies” en pleno espíritu neoclásico, imitando a los clásicos griegos y romanos con pretensiones docentes y moralizadoras, porque intentaba cambiar la realidad en la que vivía. Sus reglamentaciones triunfaron hacia 1789, después de su muerte. Era algo que ya se había hecho en Italia, y que Luzán trasladó a España. Defendía que el teatro debía tener un propósito decente y moral, promover las reformas políticas, sociales o morales, que lo representado debería parecer auténtico al espectador, que no se podía exigir un público culto peor la pieza tampoco debía ser un pasatiempo sin contenidos, y que no se podía abusar de los “tranquillos”, convencionalismos, situaciones inverosímiles, absurdos, enredos, excesos, desorden, despropósitos y trucos del gracioso.

En el teatro se impuso la norma de la unidad de acción, tiempo y espacio, lo cual quiere decir que una obra de teatro debe ocurrir en un solo lugar, narrar una acción única y no dilatarse en el tiempo más allá de cuatro horas.

Luzán tuvo la suerte de tantos otros ilustrados españoles: Se acusó a Luzán de afrancesado y surgió la polémica sobre lo que debía ser el teatro.

 

 

El teatro ilustrado.

 

En el mundillo del teatro, se discutía si era mejor la tradición o la modernidad: Al público le gustaba la comedia, con mucho decorado, mucho maquillaje, espectáculo, y acompañamiento musical. La comedia de magia tenía muchos efectos especiales, ruidos y fuego, transformaciones, mutaciones, desapariciones, encantamientos, duendes, diablos, enanos y gigantes, y sobre todo mal gusto por escenas de sexo. También se escribieron comedias heroicas militares, con intrigas de Palacio, traiciones, conspiraciones, amores tópicos, disparos, fuegos que llenaban de humo el escenario… Otro tipo de comedia que gustaba era la sentimental y lacrimógena, que era la que más llenaba las salas exponiendo las dificultades que ocurrían entre esposos o novios de distinta clase social. Igualmente gustaban las representaciones de vidas de santos con muchos milagros y prodigios. Triunfaban los profesionales del sermón, y de los autos sacramentales. En el teatro dramático se representaba mucho a Calderón, Moreto, Rojas Zorrilla, Matos, Candano, y Alarcón. No gustaban ni Lope de Vega ni Tirso de Molina.

Los nuevos autores trataban de copiar a Calderón, dar gusto a las autoridades religiosas y entretener al público con lo que el público demandaba. Antonio de Zamora, 1665-1728, escribió comedias religiosas y comedias de figurón[3]. José de Cañizares, 1676-1750, hacía comedia de magia, vidas de santos, entremeses y mojigangas. Tomás Añorbe y Corregel, 1686-1741, hacía comedias de santos pecadores. Más adelante, triunfó Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla, 1731-1794, el cual escribió tragedias, comedias y sainetes buscando la acogida popular y éxito en el teatro, por lo que se convirtió en el referente a atacar por los ilustrados. Hoy, se considera que todo el teatro del XVIII fue vulgar, aunque sabemos que tenía bastante elaboración detrás de sus planteamientos simples.

 

En un campo social más elevado, gustaba más la zarzuela que la ópera, y la ópera dramática y la ópera jocosa más que la ópera clásica. Y muchas veces, en una obra de teatro sería, lo que gustaba era el sainete del entreacto.

En general, cuando no se trataba de vidas de santos, los reaccionarios decían que el teatro fomentaba el vicio y la inmoralidad y, por ello, algunos obispos y clérigos peroraban contra el teatro. También acusaban al teatro de ser un medio de perder el tiempo y aumentar la holganza en la sociedad.

Los autores ilustrados tenían por delante mucho trabajo por hacer: intentaban el cambio desde la comedia hacia la tragedia, la crítica social, nuevos héroes. El teatro ilustrado en general, se configuró como instrumento de difusión de ideas ilustradas o de ridiculización de supersticiones. Pero la difusión de las ideas ilustradas a través del teatro no llegaba a las clases populares, verdadero objetivo de la ilustración:  El teatro era caro, la entrada costaba, de media, 10 cuartos, y las lunetas (palcos) eran todavía más caras, aunque el patio era más barato. Los asientos delanteros se reservaban para las mujeres. Las jovencitas iban a palcos laterales para verlo mejor sin ser observadas. Además, sólo había teatro permanente en Madrid y en Cádiz.

 

En medio de las tendencias populachera y culta, surgió la zarzuela, especie de comedia con inclusiones de canto, que sí era aceptada por el gran público y servía a los intereses ilustrados. La zarzuela era la otra cara del teatro que podían utilizar los ilustrados, y así se hicieron zarzuelas como Briseida, Los Segadores de Vallecas, Los Cazadores y El filósofo aldeano de Ramón de la Cruz.

 

La sala de teatro también evolucionó: en el siglo XVII, en la sala de teatro era muy importante la “tertulia” o anfiteatro cubierto, desde el que los eclesiásticos y nobles podían ver la función sin ser vistos por el público en general. Pero en el siglo XVIII, cuando los nobles se hicieron pasar sus propias representaciones, a la tertulia acudió gente de menor rango social, y fue evolucionado, degradándose hasta llegar al despectivo “gallinero” actual.

Los espacios alrededor del patio, por encima del patio, hoy llamados palcos, se llamaban “la cazuela” y eran reservados a las mujeres, a fin de preservarlas del desorden que reinaba en el patio.

El patio era el espacio para el público en general, donde la gente permanecía de pie durante las horas que duraba la función y el sainete. Era donde se voceaba, se piropeaba a las mujeres de arriba, se pataleaba, y se peleaban casi siempre…

Las compañías de teatro tenían un galán y una primera dama como fijos, y cada obra en concreto, contrataba un actor segundo (el bueno buenísimo) y un actor tercero (el malo malísimo), además de actores secundarios diversos. Había actrices famosas, cuya popularidad era muy grande entre las clases burguesas madrileñas o gaditanas.

 

A finales del XVIII, Moratín impondría para el teatro la norma de la unidad de acción, tiempo y espacio, lo cual quiere decir que una obra de teatro debe ocurrir en un solo lugar, narrar una acción única y no dilatarse en el tiempo más allá de cuatro horas.

 

 

MÚSICA ILUSTRADA.

 

En 1733 se instaló en Madrid Doménico Scarlatti, 1685-1757, el cual había compuesto óperas e Roma desde 1715 y representaba lo más actual de la música europea del momento. En España, se interesó por el folclore andaluz y compuso 555 sonatas, y estuvo tan a gusto que se hizo llamar Domingo Escarlati.

En 1737 llegó a España Carlo Broschi “Farinelli”[4]. Venía de la mano de Felipe V e Isabel de Farnesio. Asombró a los españoles durante veinte años con su canto.

Felipe V trajo a España a Carlos Broschi Farinelli, que compuso óperas aligeradas a fin de que parecieran zarzuelas al gusto madrileño, pero también llegó la música de cámara con Scarlati, Brunetti, Manfredi, Boccherini y, aunque no estuvo personalmente, el maestro de moda era Haynd.

 

 

 

 

EL DRAMA DE LOS ILUSTRADOS ESPAÑOLES CATÓLICOS.

 

La enseñanza de los jesuitas era en sí misma origen de un problema personal en cada uno de sus miembros. A mediados del XVIII, José Finestres trató de conformar un grupo de jesuitas renovadores de la pedagogía en Cervera. En ese grupo estaban Bartolomé Pou, Blas Larraz, Luciano Gallisá y Tomás Cerdá y estaría Mateo Aymerich. Era un grupo de jesuitas que admitía la crítica y buscaba alumnos críticos, y no simples repetidores de textos mal aprendidos y peor comprendidos. Era un racionalismo crítico, subordinado a los supuestos metafísicos a que se veían obligados a admitir debido a su fe católica. Además, el espíritu de servicio les llevaba a servir a la orden donde y en el campo en que se les ordenase, de modo que nunca podían profundizar demasiado en un campo del saber. La orden les mandaba hoy ser profesores de filosofía en Alicante y mañana profesores retórica en Barcelona, pasado de latín en Pontevedra, y obedecían en todo. José Finestres y Monsalvo, 1688-1777, era doctor en Derecho, se preocupó por la Historia de Grecia y Roma y también estudio lengua. Tomás Cerdá 1715-1791, había estudiado matemáticas en Marsella, y fue profesor de filosofía en Zaragoza, de teología en Gerona y de matemáticas en Barcelona y en el Colegio Imperial de Madrid. Blas Larraz, 1721-1796, fue catedrático de humanidades en Cervera, y expresó perfectamente la idea que estamos exponiendo declarándose tradicionalista pero dispuesto a aceptar novaciones cuando éstas eran buenas, adaptables y asimilables al sistema tradicional. Luciano Galliza Costa, 1731- , fue profesor de retórica, de filosofía, de teología, y admitía la crítica literaria y las ideas filosóficas nuevas. Mateo Aymerich, 1715-1799, escribió en 1747 Systema antiquo novum jesuiticae philosophiae, y en 1756 Prolusiones Philosophiae, tratando de incorporar ideas científicas nuevas al sistema tradicional de la enseñanza. Este grupo de renovadores, encontró la oposición de muchos otros compañeros enseñantes.

El espíritu de Cervera es trasladable a muchos otros colegios de jesuitas de España. Se impartían conocimientos del nuevo nivel científico, pero no se accedía a todos los autores y ciencias posibles por causa de la fe. El problema terminó entre los jesuitas en 1767, con la expulsión, pero perduró entre otros religiosos, y no religiosos, durante mucho más tiempo. Sólo los que tenían algún conocimiento de ciencias tuvieron acceso a los nuevos conocimientos de la ilustración, pero para lograrlo había que salir de España o romper con las barreras que ponían los mismos religiosos que daban rudimentos de la nueva ciencia.

 

En 1745, el cisterciese de Veruela, Fray Antonio José Rodríguez, en Nuevo Aspecto de la Theología médico moral…, se planteaba multitud de cuestiones: afirmaba que la mujer no podía ser virgen y madre al mismo tiempo, que las mujeres debían obedecer a su marido y éste cuidar de ellas, en qué condiciones se podía escupir después de comulgar… Pero en una de esas cuestiones se plantea que el bautismo sólo se puede hacer con agua destilada, lo que le lleva a definir qué es agua destilada, si vale la de lluvia, y cómo no valen los líquidos vegetales, como vino o aceite, “porque los elementos son inmutables”. No obstante, uno de los censores, Antonio Bozal, opinaba en su crítica que nada se adelantaría en ciencias si cada hombre se conformase con lo que ya había antes de él. Y Antonio José Rodríguez opinaba que los teólogos deberían conocer los nuevos saberes para poder juzgarlos mejor. Fray Antonio José, quitaba el miedo a la ciencia diciendo que casi siempre se puede pedir al maleficiante que deshaga el maleficio, y en concreto, el médico, debe saber de las nuevas ciencias.

 

Andrés Piquer Arrufat, 1711-1772, valenciano, se licenció en filosofía y medicina en Valencia en 1734, y aprendió anatomía, con Juan Bautista Longás y Antonio García Cervera. En 1735 publicó Medicina Vetus et nova, obra por lo que le hemos citado anteriormente. En 1742 fue catedrático de anatomía en Valencia y defendió la disección y la observación al microscopio. En 1745 publicó Física Moderna racional y experimental, obra en la que atacó el creacionismo y defendió la racionalización y el experimento científico. En 1747 publicó Lógica Moderna, y en 1751 Tratado de Calenturas. En 1751 pasó a Madrid, estuvo en la Real Academia Médico Matritense, y en el Real Protomedicato. En 1762 publicó Institutiones Medicae ad usum Scholae Valentinae y en 1764-1766 Praxis médica.

 

 

[1] Andrés Marcos Burriel, 1719-1762, había estudiado en el colegio Imperial de Madrid, donde se conocían las teorías heliocéntricas, e ingresó en los jesuitas en 1731. Fue profesor de gramática y de filosofía y, por alguna razón, enviado forzosamente a Alcalá, desde donde apoyó a Jorge Juan. Después de varios servicios al Estado, y al padre Rávago en concreto, sobre las regalías españolas, fue rehabilitado y en 1756 enseñó teología en Toledo, y filosofía en 1760 en el Colegio Imperial. Además, sabemos que era amigo de Gregorio Mayans Siscar, por lo que debía conocer el heliocentrismo.

[2] Vicente Bacallar Sanna, 1669-1726, marqués de San Felipe era natural de Cerdeña, pero de familia valenciana. Se educó en el ejército español y fue Gobernador de Cerdeña. En 1700 optó por Felipe de Anjou y, como Cerdeña se hizo austracista, él se marchó a España. en 1714 fue embajador de España en Génova. Fue miembro fundador de la Real Academia Española.

[3] La comedia de figurón presentaba a un personaje importante al que se hacía aparecer como grotesco y ridículo para gusto de los espectadores.

[4] Farinelli, 1705-1782, era un castrato napolitano al que su familia sacrificó en pos del éxito como cantante, y fue uno de los pocos casos de éxito (otros muchos acabaron como clérigos desconocidos). Triunfó a partir de 1720 porque sobrepasaba los límites esperados de la voz humana. Fue exhibido en Roma, Viena, Venecia, Milán y Bolonia, donde en 1727 Antonio María Bernacchi le enseñó técnicas de canto depuradas. Luego fue exhibido en Londres y París, y en 1737, Felipe V le llamó a España para una actuación, y se quedó 25 años cantándole al rey cada noche.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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