ACTIVIDAD COMERCIAL EN TIEMPOS DE FELIPE V.

 

 

 

 

Las Compañías comerciales

 

Existían unas compañías comerciales que obtenían del rey el privilegio de monopolio sobre ciertos artículos, a cambio de una cantidad anual de dinero. Si la cantidad no era ingresada, el rey le podía conceder el privilegio a otra compañía. Este monopolio teórico estaba roto desde el principio, por la competencia británica y francesa, ilegal, pero muy abundante. Inglaterra había obtenido en 1713, Tratado de Utrecht, el derecho al asiento de negros y navío de permiso, en principio por 30 años, pero luego indefinidamente y sin límite de cantidades, y ello le permitía arribar a puertos americanos y vender todo tipo de mercancías con la excusa del comercio de esclavos. Los franceses, bajo el paraguas de la amistad y cooperación de las familias Borbón, habían penetrado en América de la misma manera, pues sus flotas de apoyo necesitaban vivaquear y ello se convertía en mercado abundante de productos franceses. Ambos países también vendían abundantemente en España a través de negociantes españoles que simulaban tener negocios propios, hombres de paja en lenguaje técnico. El resultado final era que los monopolios españoles a quienes realmente beneficiaban eran a los ingleses y franceses, pues los mercados desabastecidos compraban con facilidad sus productos. Y de rebote, el monopolista veía fracasar sus ventas pues encontraba saturados los mercados cuando presentaba sus mercancías, muy de vez en cuando, cada dos o cuatro años, cuando se organizaba la flota de Indias.

 

Compañías comerciales importantes en el comercio americano fueron

Real Compañía Guipuzcoana de Caracas 1728 (importación de cacao, añil de Venezuela) en San Sebastián, para Venezuela en monopolio,

Real Compañía de La Habana 1740 (importación de azúcar y tabaco de Cuba) en Sevilla,

Compañía de San Fernando, en Sevilla, para importación de productos americanos en general, en todo el territorio americano excepto Venezuela y Cuba, que eran territorio de otros monopolios.

Real Compañía de Comercio de Barcelona 1751 (productos americanos en general), para Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita,

Real Compañía de Filipinas a partir de 1783, para importación de productos asiáticos.

 

Y en el comercio peninsular:

Real Compañía de Ezcaray,

Real Compañía de San Carlos de Comercio de la Ciudad de Burgos 1733,

Compañía General de los Cinco Gremios Mayores de Madrid,

Real Compañía de Galicia

Compañía de Granada,

Compañía de Toledo,

Compañía de Extremadura.

 

Estas compañías se basaban en privilegios obtenidos del rey, de modo que actuaban como monopolios en determinadas zonas o para determinados productos. Estos privilegios terminaron en 1778 cuando se dio libertad de comercio. Las compañías del comercio americano se arruinaron a partir de esta fecha.

 

 

El servicio de correos.

 

En 1706 se nacionalizó el servicio de correos, pero se arrendaba por periodos de cuatro años a particulares.

En 1717 el Estado decidió administrar el servicio de correos directamente. No obstante el servicio fue malo hasta 1778 en que se dotó de medios complementarios.

Los servicios más importantes eran:

En 1761 el camino de Madrid a San Sebastián se calculaba en 95 leguas y estaba dotado de 34 postas para relevo de caballos, haciendo los viajeros el viaje en diez días (De Madrid a Burgos, 42,5 leguas, había 14 postas. De Burgos a Oyarzum, 41 leguas, había 15 postas, de Oyarzum a Bayona, 12 leguas, había 5 postas). Es decir que las postas estaban colocadas cada cuatro leguas en llano y cada dos en montaña.

El camino de Madrid a Barcelona se calculaba en 106 leguas y había 35 postas y también se tardaba diez días en el viaje, pasando por Guadalajara, Calatayud, Zaragoza, Lérida, Cervera y Barcelona.

El camino de Madrid a Cádiz se calculaba en 106 leguas y gozaba de 25 postas pasando por Toledo, Ciudad Real, Bailén, Córdoba, Sevilla y Jerez.

El camino de Madrid a La Coruña se calculaba en 101 leguas y gozaba de 26 postas pasando por Torrelodones, Medina del Campo, Astorga, Betanzos.

El correo avanzaba 22 leguas diarias (unos 120 kilómetros) y muchas veces era obligado continuar de noche pues las distancias diarias habían de ser cubiertas a toda costa, lo cual reducía el viaje a cuatro días y unas pocas horas más. Los particulares podían viajar con el correo, pero asumiendo las incomodidades propias del mismo.

A partir de 1764 el correo fue regular y llevó correspondencia y mercancías.

 

 

Las aduanas interiores.

 

En 1714 y 1717 se suprimieron aduanas interiores con Aragón y Cataluña, pero eso no significaba la libertad de comercio, sino que había que acabar con las reglamentaciones e instituciones creadas para evitar esa libertad, existentes por todas partes. Las rentas provinciales impulsaban a cada región a imponer cargas sobre los productos que pasaban por sus caminos (tercias reales, alcabalas y millones, bolla en Cataluña), para conseguir llegar al cupo de impuestos asignado por el Estado. Y las diferencias de pesos y medidas locales significaban inconvenientes de cálculo de beneficios, que se resolvían siempre mal, con incremento del precio.

En 1722 volvieron a instalarse las aduanas en el País Vasco y Navarra (Salvatierra, Bernedo, Campezo, Tolosa, Ataún y Segura).

 

 

La política arancelaria.

 

En el comercio interior influía mucho la política arancelaria: las aduanas estaban en manos de particulares, que abusaban de su uso cuanto podían. La corrupción de estas personas era muy conocida, y los extranjeros hacían arreglos con los aduaneros por los que a cambio de pasar sus productos por esa aduana en concreto, ofrecían una cantidad global importante, que era menos que la que tendrían que pagar producto a producto, y además les permitía saltarse todas las prohibiciones a la importación, pues sus lotes ya no eran revisados. Así los extranjeros pagaban menos derechos de aduana que lo que les hubiera correspondido en justicia y accedían al mercado español con ventaja. Cada puerto español, contratado con diferentes empresarios, tenía tarifas distintas, y ello también permitía especular a los pequeños importadores, pero no tanto como la corrupción que practicaban los grandes.

En diciembre de 1716 se ordenó que todos los extranjeros se sometieran a las leyes de comercio españolas.

En 1724, viendo que era imposible eliminar la corrupción, la Junta de Comercio tomó el rango de Superintendencia General bajo la autoridad de Fernando Verdes Montenegro, Secretario de Hacienda, y pretendió administrar las aduanas.

En 1726 se volvieron a arrendar las aduanas. El Estado necesitaba dinero, dinero adelantado, y el precio fue permitir el negocio sucio de las aduanas.

En 1740, Hacienda recuperó la administración de las aduanas definitivamente y José Campillo en 1741-1743, y Ensenada en 1743-1754, regularon el funcionamiento de las mismas y el cobro regular de aranceles. Lo más significativo fue que cambiaron el sistema de aforo, o cálculo general del impuesto a pagar por la cantidad de mercancías o volumen del mismo, por el cobro por el valor intrínseco de las mercancías.

 

 

Los barcos del siglo XVIII.

 

La carabela estaba ya en desuso en el siglo XVIII, pero quizás sea útil conocer sus características para entender la evolución de los barcos en la Edad Moderna. La carabela era un barco pequeño, de eslora de unos 30 metros, con bastante arrufo (curvatura de eslora), con tres mástiles dotados de velas latinas (con palo transversal inclinado sosteniendo vela triangular). Eran tripuladas por unos 25 a 30 hombres. Ejemplos de carabelas conocidos fueron la Pinta y la Niña de los hermanos Pinzón.

La nao tenía un francobordo (altura entre línea de flotación y cubierta) alto, y era un barco ancho, llevaba 3 palos o mástiles, con velas cuadradas, un castillo de proa y otro de popa y cargaba entre 100 y 500 toneladas. Los palos llevaban masteleros (empalmes para hacer más alto el palo) y cofas (plataformas en lo alto del palo). El casco era redondeado. Ejemplo conocido era la Santa María de Colón. Las más antiguas, dotadas de un solo palo, se llamaban cocas, pero desde el siglo XV ya llevaron 3 palos y se llamaron naos.

El galeón era un barco muy largo, de 40 ó 50 metros o más, originado en la galera mediterránea, también larga. Creado a partir de 1607, era más corto y un poco más ancho que la galera, pero daba la impresión de ser estrecho. Tenía castillo de proa (un poco atrasado sobre cubierta) y de popa muy alto. Contaba con espolón y bauprés, que alargaba su figura por delante. Llevaba cañones en dos cubiertas y en los castillos de proa y popa. Contaba con cuatro palos (trinquete, mayor, mesana y contramesana) con velas cuadradas en trinquete y mayor, y latinas en las mesanas. A veces los palos de mesanas estaban inclinados hacia atrás. La popa era de espejo plano. El puntal (altura entre quilla y cubierta, es decir, calado más francobordo) era alto. El arrufo (curvatura entre proa y popa) muy pequeño. Era un barco lento, pero de gran capacidad (500 toneladas los normales y hasta 2.000 toneladas el galeón de Manila).

La fragata era un barco ligero, rápido y maniobrable de tres palos, diseñado por los británicos y holandeses para atacar a los barcos españoles en el XVI y el XVII. Tenía hasta 400 toneladas. Carecía de castillos de proa y popa, y las bordas eran bajas, y llevaba en cubierta superior unos 30 a 50 cañones, no muchos, pero eso evitaba llevar demasiado peso. Tenía tres palos. Era el barco de guerra por excelencia en el siglo XVIII.

La goleta, barco aparecido en el XVIII, tenía dos palos con velas cangrejas o escandalosas (cuadradas que rotan sobre el palo) combinadas con otras triangulares.

El bergantín tenía dos palos muy altos, con velas cuadradas en trinquete, y cangreja en mayor en la parte de abajo y triangulares en la parte de arriba del palo mayor. Tres velas de cuchillo en el bauprés.

 

 

El Comercio exterior.

 

Dentro del comercio exterior, aunque impropiamente para la época, vamos a considerar el comercio con América, o comercio colonial. Era un comercio reservado a España, en teoría, pero en realidad estaba controlado por los ingleses y franceses y un poco menos los holandeses.

La peor circunstancia que tuvo que soportar este comercio fue la frecuencia de la guerra:

Guerra de Sucesión en 1700-1714

Guerra con los países de la Triple Alianza: Inglaterra Francia y Holanda, a los que se sumó Austria, 1718-1720 terminando en la Paz de Cambray 1724

Guerra contra Inglaterra y sitio de Gibraltar en 1725-1728

Guerra con Inglaterra en 1739

Guerra de Orán en 1731-1732

Guerra de Italia, consecuencia del Primer Pacto de Familia, contra Austria, en 1734-1735.

Guerra de la Oreja de Jenkis o de los Nueve Años, contra Inglaterra, 1739-1748, complicada con la Guerra de sucesión de Austria 1740-1748.

Guerra de los Siete Años, 1756-1763, en la que España fue neutral, pero los franceses estaban atacando a los ingleses en Menorca y ambos, contendientes, franceses e ingleses, atacaban barcos españoles con el pretexto de que ayudaban al enemigo. Incluso unos pescadores españoles en Terranova, fueron apresados por los ingleses en 1758. En 1759 los ingleses se instalaron en Honduras y practicaban el corso contra barcos españoles. En 1761 España se sintió obligada a firmar el segundo Pacto de Familia con Francia. En 1762 los ingleses atacaron La Habana y Manila. En 1762 España atacó Almeida (Portugal). La guerra acabó en 1763, con demasiados incidentes para España, que no participaba inicialmente en ella.

Guerra de las Malvinas en 1766-1774.

Guerra de Marruecos en 1774

Apoyo a la independencia estadounidense en 1777, con ataque a Gibraltar en 1779-1781 y a Menorca en 1781-1782, firmándose la paz con Inglaterra en 1783.

Guerra de Ceuta en 1790.

Guerra con Francia 1793-1795.

Guerra a Inglaterra en 1796, y ésta ocupa Menorca en 1798-1802, en que se hace la paz.

Tratado de Suministros de 1803 por el que España le paga la guerra a Francia, contra Inglaterra. Entrada en guerra contra Inglaterra en 1804- 1808.

Guerra de España (nombre internacional), o Guerra de la Independencia (nombre español) en 1808-1813, revirtiéndose las alianzas, de modo que Inglaterra es el aliado y Francia el enemigo.

Gran parte del comercio exterior estaba en manos de extranjeros, quienes formaban auténticas colonias en los puertos de Barcelona, Valencia, Málaga, Bilbao y Cádiz. Por ejemplo, en Cádiz, en 1791, había 8.734 extranjeros (5.000 italianos, 2.700 franceses, 350 portugueses, 270 alemanes y flamencos, y 270 ingleses e irlandeses).

 

La marina mercante española era pequeña para las necesidades de comercio españolas (peninsulares y americanas) y como indicador la Historia General facilita la cifra de 1802, cuando España dedicaba 932 buques con un total de 150.000 toneladas de registro bruto, mientras la flota británica del mismo tiempo tenía 1.396.000 toneladas de registro bruto, 11 veces más. El puerto con más barcos registrados era Cádiz con 260, seguido de Barcelona con 93, Mataró con 85, Málaga con 67, Santander con 59, Bilbao con 55, y otros menores.

 

Las importaciones fueron normalmente el doble de las importaciones, con índices de cobertura de las importaciones, distintos en cada año, variando entre el 28 y el 64% de las exportaciones. Sólo en 1827 se alcanzó una cobertura del 98%.

La mitad de las importaciones españolas peninsulares era de productos textiles, tanto materias primas como elaboradas. El segundo grupo en importancia eran los alimentos (sobre todo en años de malas cosechas) y se importaba harina, pescado, carne salada, manteca, legumbres y quesos. El tercer grupo en importancia eran las maderas, brea y alquitrán, casi todo para barcos. Venía luego el grupo de herramientas e instrumentos científicos y técnicos. Y por último, la bisutería, quincalla y vidrio.

España importaba de América añil, azúcar, café, y algodón en rama. Los productos que América enviaba a España para pagar sus consumos eran principalmente plata y oro, que representaba el 57% de sus exportaciones (algunos años el 73%), algodón en rama para Cataluña, lana de vicuña para la industria textil, colorantes como el añil, cochinilla, palo amarillo, palo Campeche (rojo), palo brasilete (afección de riñón), quina (paludismo y antipirético), purga de jalapa (purgante, laxante y para constipados), zarzaparrilla (diurético, antirreumático y para la gota), cobre (Perú), estaño (Perú), pieles y cueros, azúcar (Cuba), cacao (Caracas y Guayaquil), café (Guayana y La Habana), Vainilla (Veracruz), tabaco (La Habana, Santo Domingo, Guayana, la Guaira, San Agustín).

La causa de los altos precios de salida de los productos españoles eran las prácticas de monopolio y los altos impuestos cargados a los productos comercializados:

Desde 1503, se había concedido a Sevilla el monopolio del comercio con Indias, para así controlar mejor los contactos con América, pero el resultado fue nefasto, pues los sevillanos tomaron conciencia de sus posibilidades de poner precios altos, los que quisieran, una vez que los colonos americanos no tenían alternativa para comprar en otra parte e igualmente, podían fijar precios de importación, o de compra de los productos indianos, muy bajos, por la misma razón.

Los extranjeros se dieron cuenta del negocio sevillano, y copaban casi todo el comercio, siendo británicos, franceses, holandeses e italianos los que copaban casi todo el comercio, los que hemos llamado sevillanos. Al fin y al cabo vivían en Sevilla, pero no eran españoles. Además obtenían de sus países exenciones e impuestos que beneficiaban su negocio.

El sistema tenía para los españoles un inconveniente añadido, que también descubrieron los extranjeros: los barcos salían repletos y volvían repletos de riquezas, lo cual era un bocado apetecible para cualquier pirata. También para un corsario al servicio de su majestad el rey británico, de la cristianísima majestad francesa o de la monarquía holandesa. Ello implicaba grandes riesgos para los españoles, cuyos seguros se contrataban en Londres, París o Amsterdam, daban dinero a estos países, y encarecían los productos españoles un poco más. Las pérdidas por barcos perdidos hacían poco viables las empresas de comercio españolas, pero muy viables las europeo occidentales, sobre todo cuando capturaban la plata americana en los barcos que regresaban con ese producto para pagar las mercancías embarcadas desde Europa.

Otro inconveniente añadido para los españoles, era que, para hacer más seguro el comercio contra los piratas y corsarios, se impuso un sistema de flotas protegidas por fragatas, o de galeones armados. La flota era reunir a varios buques y protegerlos con barcos de guerra en su viaje. Los galeones eran grandes barcos, pero que tenían que llevar soldados, cañones y eran muy lentos. La fragata era un barco de protección a otros, rápido, pero no llevaba apenas carga útil. El inconveniente radicaba en que el comerciante debía esperar, un promedio de seis meses hasta que salía la flota. La alternativa era hacer contrabando o ir por libre en navíos de registro. Cuando llegaban a los puertos de destino, se encontraban los mercados saturados por visita de barcos extranjeros, y las expectativas de ganancias se venían abajo.

Un nuevo inconveniente era la no existencia de un arancel general o ley que regulara los derechos de aduana. De hecho cada puerto cobraba sus propias tasas, aunque esto no es importante para el monopolio de Sevilla. La circunstancia dañina en Sevilla-Cádiz, era que las tasas no se conocían hasta que, a última hora, el rey fijaba los derechos de importación y exportación en esa temporada, según sus necesidades o deseos reales. El comerciante no podía planificar bien su operación de exportación o importación, pues nunca sabía con la suficiente antelación los impuestos que iba a pagar.

Los derechos de importación-exportación eran altos, pues los expertos de la época hablaban casi todos de la necesidad de reducir estos derechos. Jerónimo de Ustáriz propuso reorganizar el sistema de flotas y galeones para dar más agilidad y frecuencia al comercio, y fabricar más barcos de guerra que protegieran el tráfico mercantil. Miguel de Zabala Auñón y Teodoro de Argumosa Gándara aconsejaron crear compañías de comercio y acabar con el monopolio del Estado. Bernardo de Ulloa, por el contrario, y dada su condición de sevillano, decía que no se debía cambiar el sistema de flotas ni crear compañías de comercio, sino hacer prohibiciones absolutas de introducir en Indias artículos extranjeros, al tiempo que se debía fomentar la industria española mediante el proteccionismo y exenciones fiscales a la exportación. Es decir, Ulloa quería mantener el privilegio para Sevilla.

 

Las exportaciones españolas peninsulares se seguían basando en la lana, que era un tercio de ellas, seguidas de productos agrícolas (principalmente vino y aguardiente que se enviaban a América), de los comestibles (azúcar, cacao, vainilla, tabaco que se traían de América y se reexportaban), y también se exportaban tintes y drogas.

España exportaba, productos de lana, lino, cáñamo y algodón, cuero elaborado, papel, zapatos, cristal, harinas de trigo, aceite, vino, frutos secos, que representaban el 5% del total de mercancías importadas desde América. El resto, eran productos extranjeros. Ello se debía a muchas causas. La principal eran los altos precios de los productos españoles, los cuales tenían dos componentes: altos impuestos españoles al comercio, y altos precios de salida de los productos. Sumados ambos factores, hacían precios poco atractivos, y más bien abusivos de cara al consumidor americano. Todo lo cual hacía a los productos extranjeros más baratos, y los americanos preferían artículos de contrabando europeos que podían conseguir en Honduras, Trinidad y las Trece Colonias norteamericanas, Guayanas, Martinica.

 

El comercio ilegal británico tendió a legalizarse en Utrecht 1713, cuando Gran Bretaña obtuvo permiso para enviar cada año un barco de 500 Tm. con mercancías para Veracruz, Portobelo y Cartagena de Indias, también tuvo derecho al asiento de negros concedido a la Compañía Inglesa del Mar del Sur en monopolio por 30 años, lo cual significaba poder introducir esclavos africanos en toda América española. Con estas condiciones, el contrabando era fácil y los ingleses se mostraron como unos descarados haciendo la interpretación de que tenían permiso para un barco, pero eso no impedía que otros muchos barcos cruzasen al Atlántico hasta el “navío de permiso”, evitando que éste pasara y repasara el mar en largos viajes, con pérdida de tiempo para comerciar.

 

Las cifras de comercio realizado fueron bajas a principios de siglo, y hubo un incremento importante a partir de 1740, hasta la crisis de 1762-1763. A partir de 1765 hubo recuperación comercial, con un incremento importante de 165% sobre periodo anterior, e incluso se dio la circunstancia de que, en 1778, el 40% de los productos exportados fueran españoles, cifra altísima para lo que era habitual, alrededor de un 26% en Cádiz. A partir de 1783 hubo un nuevo tirón hacia arriba y se llegó al máximo comercial en 1792.

 

En 1792, los principales puertos comerciales españoles eran:

Cádiz, por donde salían y entraban el 69% de las mercancías. Exportaba aguardiente, vino, cera, azafrán, pimienta, hierro, papel y textiles (camisas, medias, encajes, y sombreros), que representaban el 26% del valor de lo exportado, y también productos extranjeros como tejidos, quincallería, vidrio, papel y harinas, que representaban el 73% del valor de lo exportado.

Barcelona, el 13%, exportaba textiles, vino, aguardiente y frutos secos, con la peculiaridad de que el 75% eran de origen español, alcanzando algún año el 93%.

Santander, el 8%, exportaba harinas, vino, aguardiente, cerveza, sidra, hierro (barras y clavos) y loza como productos nacionales, y también lienzos holandeses, sedas francesas, paños ingleses y harinas norteamericanas.

Málaga, el 4%, exportaba vinos y el 97% del producto era nacional.

La Coruña, el 1,9%

Sevilla, el 1,1%

Y el resto cifras ya muy bajas.

 

 

 

LA PROPIEDAD EN EL SIGLO XVIII.

 

Los políticos del XVIII como Campomanes, Floridablanca o Jovellanos reconocían la necesidad de los mayorazgos para mantener el orden social de las familias nobles, pero eran contrarios a las vinculaciones, lo cual era un tanto contradictorio. El asunto era más fácil de resolver en el caso de la Iglesia y los bienes de los municipios, pero tenía sus problemas en cuanto a la nobleza. En la práctica, venían a decir que había que mantener las vinculaciones de las grandes casas (lo que llamaban mayorazgos), pero había que deshacer las vinculaciones de las pequeñas casas nobiliarias.

En 1738 se incorporaron a la Corona los bienes concejiles en baldío o que hubieran sido alguna vez de realengo, pero ello perjudicaba mucho a los agricultores y ganaderos y la orden fue revocada en 1747. Carlos III puso las tierras de los concejos bajo la dirección del Consejo de Castilla y éste se permitió hacer repoblaciones o entregar tierra a diversos colonos. La condición para acceder a la tierra era poseer una yunta de bueyes y no ser propietario de tierra, o ser bracero o jornalero sin tierra. Fueron muy pocas las tierras desamortizadas de esta manera.

En cuanto a los bienes de la Iglesia, el concordato de 1737 no se oponía a que fueran vendidos. Entonces se decidió que los bienes adquiridos después de 1700 pagasen tributo como si fueran laicos.

 

 

LOS SALARIOS EN EL XVIII.

 

Los salarios del XVIII se movieron siempre al alza, pero sólo en términos aparentes. Los salarios reales no pararon de bajar, porque los precios subían más. Pongamos que si los precios subieron un 100% a lo largo del siglo, los salarios sólo subieron un 20%. Podemos valorar la bajada de salarios, en términos reales, en un 30-40% aproximadamente.

Los jornales subieron mucho en Cataluña, donde las inversiones en agricultura e industria fueron grandes y había muchas demanda de mano de obra, pero también fue el sitio donde más crecieron los precios.

Los salarios de la industria eran más altos que en el campo. Y los de las nuevas empresas más altos que los de las ya asentadas.

Los salarios de los hombres eran más altos que los de las mujeres, y ello de forma muy acusada, pues una mujer podía cobrar entre el 70 y el 50% del salario del hombre. Se entendía que, en el trabajo agrícola, y en los fuertes trabajos de la industria textil, la mujer tenía menos capacidad, fuerza bruta, para realizarlos, y daba menos rendimientos.

Los salarios en la Administración eran muy dispares, y los había altísimos y muy bajos.

 

 

 

LA MONEDA DEL XVIII.

 

El siglo XVIII, como toda la antigüedad, tenía un gran desbarajuste monetario, cuyo mundillo era para expertos: había monedas castellanas, monedas aragonesas, monedas navarras, monedas imaginarias que se utilizaban como moneda de cuenta, para equivalencias entre las monedas reales en las muy grandes cifras y en las muy pequeñas.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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