ACTIVIDAD INDUSTRIAL EN TIEMPOS DE FELIPE V

 

 

 

El atraso industrial español

   en el conjunto del siglo XVIII.

 

La industria española, considerada a nivel mundial y en su tiempo, era importante a fines del XVIII: Se calcula que en el algodón de Barcelona trabajaban unos 100.000 obreros, en la lana de Guadalajara unos 24.000, en la seda de Valencia unos 4.000 telares y en la seda de Granada unos 2.000 telares. Granada tenía también paños de lana. Sevilla tenía fábrica de tabacos. Cádiz tenía tonelería y reparación de buques. Santander exportaba harina, cueros, madera y cestería. Bilbao exportaba mineral de hierro.

Si decimos que España, en el siglo XVIII, estuvo atrasada, económica y tecnológicamente, nos referimos respecto a su entorno europeo: carecía de técnicos laborales en las nuevas tecnologías y tenía una pésima red de comunicaciones para comercializar los productos. España en el XVIII, estaba en plena fase artesanal, con muy pocas excepciones y no muy duraderas, cuando Europa había saltado al maquinismo desde finales del XVII. En España, el maquinismo entraría en el sector del algodón, a fines del XVIII, con un siglo de retraso.

Las causas de esta falta de desarrollo industrial eran el respeto excesivo a las viejas costumbres, el conservadurismo de los gremios que no permitían innovaciones técnicas, las barreras comerciales impuestas por todas partes en protección a lo ya existente, el sistema fiscal antiprogresivo que condenaba a la mayoría de la población a vivir endeudada, fuera del mercado potencial, el menosprecio social y legal hacia el trabajo manual, la insuficiencia financiera puesto que el dinero se invertía en fincas rurales y urbanas buscando rentas o especulación, y la escasa demanda para los productos españoles tanto en el exterior como en el interior, pues eran de baja calidad y un tanto caros por estar gravados con demasiados impuestos, el encarecimiento de los precios en los transportes dada la mala calidad de los mismos, los muchos impuestos al comercio para compensar que no se podían cobrar impuestos a la riqueza personal de cada español. En estas condiciones, el español con algunas posibilidades económicas prefería intentar fortuna en América, mediante el comercio especulativo, o vivir de rentas en España, o tal vez ingresar en el ejército o en la Iglesia a fin de ser recompensado con unos ingresos fijos.

El prototipo de industria era el pequeño taller artesano de cara a un mercado local, o a veces de cara a un mercado exterior, pero siempre un taller pequeño.

La única industria con posibilidades de más desarrollo que el simple taller, era la textil, pero la costumbre hacía difícil su evolución. El hilado era cuestión de mujeres que trabajaban en sus casas en ratos libres. Únicamente la labor de tejido se hacía en talleres, pero se hacía por métodos manuales y eso no requería instalaciones más complicadas que el taller. El comerciante a grandes distancias escaseaba y por tanto el capital y el incentivo para producir más era escaso, y así no se produjo la revolución textil que estaba ocurriendo en Inglaterra.

Castilla optó en el XVIII por el modelo francés de desarrollo, unas industrias patrocinadas por el Rey, las Manufacturas Reales, que en España se llamaron Reales Fábricas. Ello implica que se creía que el mal estaba en la falta de técnicos, falta de calidad, de conocimientos y de cierto empuje inicial, cosas todas ciertas, pero no básicas. El problema de fondo era la mala distribución social de la riqueza que eliminaba mercados potenciales interiores amplios, la falta de un sistema impositivo socialmente justo que gravaba donde podía, y era en el comercio, y la falta de comunicaciones que integraran los mercados regionales españoles en uno sólo. Al no tocar los problemas de fondo, todas las soluciones y ayudas fueron un fracaso, antes o después.

Castilla se quedó atrasada desde el principio porque se puso muy poco interés en la industria de las grandes empresas o no se vieron posibilidades al vapor por las necesidades de carbón que ello suponía. Castilla fabricaba navajas, mantas, tejidos, cerámica, hoces, loza, cueros, calzado, sillas, papel, sombreros… pero no tuvo interés en renovarse, en hacer grandes inversiones reducir número de talleres y ampliar la producción en las fábricas nuevas. La nobleza no confiaba en una actividad de resultados mucho más inseguros que la tierra. Los conventos no fueron líderes en la industrialización, sino que más bien, sus talleres de tipo tradicional, hacían la suficiente competencia para que los demás no se atrevieran a iniciar la gran producción, y los conventos tenían suficiente con una actividad artesanal complementaria, sin que les interesase demasiado el salto a la gran producción. Castilla tenía el problema de la falta de integración y vertebración territorial, que la periferia compensaba con transportes marítimos. Castilla se esforzaba en salir al mar, pero Oporto estaba separado por una frontera, Bilbao por unos fueros que se hacían pagar caro las necesidades castellanas, y Santander y Gijón estaban al otro lado de una cordillera por la que no pudo circular en condiciones normales ni un carro hasta después de 1754, y con dificultades a partir de esa fecha debido a las inclemencias del clima de montaña.

La cornisa cantábrica se beneficiaba de su situación que la relacionaba con Europa y se dedicaba a la exportación de vinos e importación de trigo en años de mala cosecha, cuando el Gobierno decidía importarlo.

Los problemas de la industria naciente se contagiaban de los propios de la agricultura, la falta de capitalización por falta de clases medias que formaran una demanda potencial suficiente.

La industria sedera de Valencia no encontró posibilidad de expansión de mercados y acabó siendo dominada por la de Lyón.

La industria algodonera de Barcelona progresaba gracias a la importación de maquinaria extranjera, a la prohibición de importaciones de tejidos (1771) y la reserva del mercado americano, fundamentalmente el mexicano. En 1790 ya tenía máquinas textiles a vapor. El proteccionismo se les fue haciendo progresivamente más necesario, cuando la tendencia debería haber sido al revés, hacia la liberalización, pero ésta significaba el desastre. El proteccionismo suele llevar a mantener tecnologías obsoletas, a fin de evitar gastos de inversión, y a precios estables que pierden el trend de la bajada general de precios de los mercados más evolucionados.

La industria textil de Béjar era pequeña comparada con Cataluña.

Los primeros en darse cuenta del fracaso español en el comienzo de la industrialización fueron los súbditos de América. Los americanos enseguida percibieron la escasez de la oferta española y la bajada de precios de los productos ingleses y franceses. En los años 1796 a 1802, abandonaron el hábito de comprar productos españoles y adquirieron el de buscar otros de más calidad o más baratos. España empezaba a perder América 20 años antes de su independencia política.

Las cosas fueron mal para la industria española a principios del XIX con el bloqueo inglés y la guerra, y los puestos de trabajo se perdieron, viéndose reducida la producción y los puestos de trabajo en más del 50% en 1808.

 

 

El fallido despegue industrial.

 

España inició la Revolución Industrial al mismo tiempo que el resto de sus vecinos de Europa occidental, pero con peores resultados. El primer movimiento en los inicios de una revolución industrial es el desarrollo de un factor productivo ya existente a fin de crear una demanda potencial y unas posibilidades tecnológicas, lo que técnicamente se denomina take of. Al igual que Gran Bretaña y Francia, España empezó estimulando la producción agrícola como factor de take of, tanto en sus rendimientos (que eran bajos, como de 5 a 1), como en la extensión de la tierra cultivable por roturación de comunales. Pero el clima árido no permitía cultivar tierras marginales sino una vez cada seis años, o de lo contrario se agota la tierra para muchas décadas, y la rotación de cultivos, que ensayó Inglaterra con éxito, era casi imposible en España. El paro estacional y las catástrofes naturales debilitaban la demanda. Las condiciones naturales no era lo peor que sufría España, sino que había otros condicionantes que impedían las formación de capital y la fortaleza de una demanda potencial. El sistema de tenencia de la tierra, cuyo producto se dividía entre señores, grandes arrendatarios y trabajadores. La posición especulativa de los grandes que muchas veces desabastecía el mercado, si encontraba demanda exterior, o producía el fenómeno contrario de abundancia excesiva. La falta de un sistema crediticio. La falta de comunicaciones internas que encarecían muchísimo el producto a las pocas jornadas de transporte del mismo. La competencia desleal de los estamentos privilegiados. Los excesivos impuestos para sufragar un Estado en continuas luchas por dominar territorios para el rey. La corrupción de los recaudadores de impuestos que duplicaban y triplicaban el monto de los impuestos en su propio beneficio. Las exenciones y ocultaciones en los impuestos.

En esas condiciones, la esperanza española era América, que América comprase los productos que era necesario producir para desarrollar el país. Se instaló una industria en Cataluña a partir de 1790 (máquinas textiles a vapor), un comercio en la costa mediterránea y una banca nacional (Banco de San Carlos 1782). Se roturaron terrenos que antes le pertenecían a la Mesta y con ello se esperaba conseguir el autoabastecimiento de alimentos.

El arranque económico se convirtió en un fracaso, o en un aplazamiento para más adelante, una vez que no se podían superar los viejos problemas agrarios:

El problema del clima árido, un clima diferente del europeo, era superior a las posibilidades técnicas del momento español. En épocas pasadas el problema se había superado con regadíos (romanos y árabes) en algunos territorios, por pequeños que fueran, pero el XVIII no tenía capacidad para emprender obras de la magnitud que se necesitaban. Ello nos sugiere, a primer vistazo, que el problema era una falta de capitalización, de los particulares o del Estado, que no estaban a la altura de hacer presas o canales como se habían hecho en la antigüedad. En una segunda consideración, más reflexiva, encontramos que las pocas inversiones que se hacían chocaban con la falta de caudal de los ríos, lo cual las hacía irrentables. Esta falta de capitalización nos explica también la dificultad de ensayar aperos de labranza distintos y cultivos distintos. Tras esta sugerencia inicial, el estudio de las realizaciones efectivamente emprendidas en el XVIII nos lleva a contemplar cómo se intentaron pantanos y acequias en climas áridos y no en climas húmedos, y eso nos hace pensar en un problema mucho más complejo.

La influencia de teóricos ignorantes también tiene su importancia por la desconfianza que imprimen en el campesinado hacia las innovaciones. Cuando los teóricos se empeñaban en que había que arar más profundo, como se hacía en Europa, los campesinos sabían que, si lo hacían, se quedaban sin suelo, porque favorecían la erosión, y preferían seguir “arañando” el suelo aunque los cultos les dijesen que no se hacía así. Cuando los teóricos les decían que los burros y mulos eran símbolos de pobreza y que había que cambiar a bueyes y caballos, los campesinos se preguntaban con qué hierba iban a alimentar a esos bueyes en Castilla, Andalucía y Extremadura, y a qué precio comprarían los caballos. Cuando los expertos les decían que había que eliminar el barbecho, ellos sabían que eso era imposible en España.

La costumbre de que la propiedad no fuera plena a fin de que la tierra fuera compartida por rebaños que a menudo eran de los nobles, hacía que los campesinos estuvieran sometidos a la servidumbre de levantar las cosechas a fecha fija, y que los ganaderos no tuvieran apenas tierras propias. Ello se traducía en luchas seculares entre campesinos y ganaderos que perjudicaban el desarrollo de ambos sectores.

El latifundio tiende al conservadurismo en el caso de explotación indirecta, y el minifundio tiende al conservadurismo siempre.

Los arrendamientos en los que el arrendatario no tiene la certeza de continuación, significan mal trato de la tierra. Cuando la renta es alta ocurre que las únicas mejoras las puede hacer el dueño, pero ello va en contra de sus intereses inmediatos.

La puesta en cultivo de baldíos, propios y comunales significa poner en producción tierra de inferior calidad y bajada consiguiente de rendimientos, que es lo contrario de lo que se pretendía inicialmente, es decir, bajar los precios del grano. A veces se pusieron en cultivo muy buenas tierras, pero otras veces se esquilmaron fincas, bien por la inexperiencia de los nuevos cultivadores o por la poca seguridad de continuidad en su explotación. Con ello desaparecieron tierras de pastos para los pastores y los pobres perdieron el apoyo que podía prestarles el tener unos pocos animales en cada casa.

Las malas comunicaciones impedían un comercio primario, que es importantísimo en el inicio de una Revolución Industrial. La venta de huevos, gallinas, corderos, queso, embutidos, verduras, frutas, etc. en las ciudades, debería haber prestado a los agricultores unos ingresos extraordinarios y unos precios más atractivos. Con malas comunicaciones, el agricultor debe vender en el mismo pueblo a precios muy bajos y, a veces, no rentables, mientras algún especulador lleva el producto a la ciudad para venderlo muy caro. Pierde el agricultor por un lado, y el habitante de la ciudad por el otro.

La dispersión de las parcelas de la explotación multiplica el trabajo inútilmente.

Las guerras, el bandolerismo endémico y el gamberrismo hacen que no sea aconsejable aquel cultivo que no se pueda vigilar y defender.

Por todas esas circunstancias, el factor de despegue take of, que debía producir capital y mercados, no se produjo con el éxito e inmediatez que había funcionado en Inglaterra o Francia.

 

 

El modelo teórico británico.

 

El objetivo final de la revolución industrial era el paso al factory system, esto es: concentración de la producción y mano de obra en un solo recinto, iniciativa empresarial con gran capacidad de capital, leyes que hicieran posible la inversión de capital, concentración de obreros, y situación de la fábrica, máquinas adecuadas a grandes ritmos de producción, dedicación exclusiva del obrero a la fábrica, y producción en masa que sólo es posible en un mercado libre que ofrezca salida constante al producto.

Los objetivos intermedios son domestic system, sistema en el que el campesino produce en sus ratos libres algún artículo para introducir en el mercado, lo que le produce algún ingreso extraordinario con el que convertirse en mercado potencial, cosa imposible en España donde no existen mercados amplios, sino locales; y el putting out system, o verlag system, en el que el campesino recibía unas herramientas y unas materias primas de un comerciante que le impone unas condiciones de trabajo y de calidad del producto, y recogía el producto semielaborado pasado un tiempo, para llevarlo a otros talleres que hacían el terminado del producto. Al final del proceso, el comerciante tenía que vender el producto. Muchas veces, los propios campesinos colaboradores en el proceso productivo eran clientes del mercader-fabricante.

 

 

El modelo productivo industrial

de la España del XVII.

 

El modelo a sustituir, era el de producción dispersa en pequeños talleres, complementarios o iguales, pero casi siempre especializados cada uno en una fase del proceso productivo, cada uno de ellos con tecnología distinta, lo cual producía calidades diferentes. La finalidad de la sustitución, que aparecía como ventajosa, era poder instalar maquinaria de gran potencia, lo cual a su vez requería energía de gran potencia. El resultado debía ser una producción notablemente mayor, que requeriría de mercados más amplios, y ello no era posible sin desarrollo social completo, que elevase el poder adquisitivo general, sin acabar con las restricciones por zonas cerradas existentes por concesiones políticas, y sin acabar con las restricciones regionales y locales.

A finales del siglo XVII la actividad “industrial” española era de tipo artesanal. Por ejemplo: En 1683, Sebastián Medrano fabricaba ornamentos litúrgicos en seda. En 1686, Martí Piles adquirió un torno de hilar, que servía para cualquier materia prima, incluida la seda. En 1692 se introdujo el “telar de ingenio” en Madrid, y Francés Potau lo utilizaba para producir cintas y listonería. En 1714, Molero fabricaba ornamentos litúrgicos en Toledo[1].

En 1703 el Estado encargó a Naranjo Romero hacer una lista de fábricas textiles existentes en España y lugares en donde hubiese proyectos de hacer algo. Este señor encontró fábricas:

de tejidos de seda: en Cuenca, Guadalajara, Soria, Burgos, Palencia, Toledo, Córdoba y Jaén, gestionadas por técnicos franceses.

de holandas (lienzo fino para camisas y sábanas) y mantelerías: en Galicia, pero de mala calidad.

Tenemos noticias de la existencia de una fábrica de paños finos en Valdemoro (Madrid), propiedad de José Aguado Correa; de fábricas de paños, papel y curtidos en La Olmeda, Illana y Nuevo Baztán (Madrid) propiedad de Goyeneche y de su hijo, el marqués de Belzunce; de una manufactura de tapices en Pastrana (Guadalajara) propiedad del duque del Infantado; de una manufactura de tafetanes (tejidos en seda) y medias en La Rioja, propiedad del conde de Aguilar; de diferentes manufacturas de Fernández de Isla para abastecer a la Marina el cual tenía manufacturas en Santander, Bilbao, Cádiz, Murcia, Madrid, Valencia y Lisboa, y abastecía de víveres a El Ferrol, comercializaba grano en Castilla, y madera para los astilleros.

Aunque esta lista no sea completa, nos sugiere que la demanda de vestimenta religiosa, y la de vestimenta nobiliaria, así como las necesidades militares, poco flexibles, eran el fundamento de algunos talleres de la Edad Moderna; que había que lograr una demanda fuera de esos ámbitos para la necesaria expansión industrial; que las dimensiones de los talleres eran muy pequeñas.

 

 

Necesidades para un nuevo sistema industrial.

 

Tratamos de mostrar que las transformaciones económicas globales no son fáciles ni sencillas, no son cosa de la voluntad de tres o cuatro políticos o de media docena de empresarios, ni se resuelven por sí mismas espontáneamente una vez alcanzadas unas determinadas condiciones políticas o sociales:

Se requería un sistema financiero que permitiera al inversor capitalista comprar las maquinarias y edificios y pagar a los obreros regularmente. Las inversiones necesarias para el cambio de modelo industrial suelen estar al límite de lo que una sociedad se puede permitir. Las nuevas necesidades financieras hicieron que los pequeños talleres no pudieran subsistir, y los grandes los fueron adquiriendo y concentrando la producción.

En el siglo XVIII, el capital fijo (taller e instrumental) necesario para poner una fábrica era relativamente poco respecto al capital circulante (dinero necesario para el funcionamiento diario), y también el capital circulante era por entonces poco vistas las cifras desde hoy. Pero las disponibilidades de capital eran también mucho más pequeñas.

Una fábrica pequeña costaba la inversión de entre 300.000 y 1.000.000 de reales, para unos 12-20 telares. Las grandes, de 300 telares o más, requerían una inversión enorme para la época. Por eso se explica la intervención del Estado.

Y ello condujo a la concentración técnica durante un largo proceso secular. En primer lugar, se concentró la gestión, pero enseguida surgió la conveniencia de concentrar la mano de obra y de poseer las mejores técnicas, la mejor maquinaria, para tener la máxima calidad, lo cual significaba más competitividad y mejores ventas. Y casi enseguida, la necesidad de cooperación laboral entre los trabajadores y especialización en distintas fases del proceso productivo, hasta llegar al taylorismo del XIX, y fordismo de principios del XX. España ya no accedió a esas fases del desarrollo industrial a su tiempo.

Para hacer posible lo dicho, no sólo hacía falta cambiar las leyes, sino también diversos obstáculos jurídicos, lo que implicaba colaboración de los políticos en contra de los intereses creados en la sociedad contrarios al desarrollo.

Y quizás lo más difícil de todo es que era preciso cambiar las costumbres sociales y las organizaciones gremiales. Los gremios existían en comercio e industria, como es conocido, pero también en agricultura, ganadería, pesca… y el gremio monopolizaba su sector laboral en un territorio completo. El gremio garantizaba una calidad del trabajo, pero a precio alto y con tendencia al conservadurismo tecnológico y mantenimiento del número de agremiados, o ampliación de los mismos. El gremio protegía el trabajo, pero cortaba las posibilidades de enriquecerse a los más ricos y espabilados, a costa de garantizar los ingresos de los más pobres. Con ello, no había posibilidad social de obtener productos más baratos, lo cual es la esencia del progreso. Progreso no es más que el acceso de más capas de la sociedad a los beneficios del mercado. El gremio tampoco era completamente autónomo, pues estaba sometido a las ordenanzas municipales, las cuales estaban por encimas del gremio y eran otro escalón jurídico a reformar. El gremio estaba protegido también por las leyes del Estado, las cuales también debían ser reformadas, autorizar innovaciones técnicas y laborales, importaciones, políticas de precios…

Hacían falta unos empresarios. Y las posibilidades de gestión del empresario eran muy pocas. En general. Los costes previstos eran muy elevados para las ganancias en expectativa, y la capacidad de generar capital nuevo era pequeña. Una de las causas de todo ello era que los comerciantes no podían comercializar las cosas a su gusto, porque los gremios les impedían entrar en ferias y mercados.

Los que tuvieron oportunidades de comercializar productos con ganancias fueron algunos nobles, algunas órdenes religiosas e instituciones benéficas, algunos maestros gremiales que cambiaron a la industria libre, algunos extranjeros, algunos mercaderes que se convirtieron en empresarios empezando por comercializar productos agrarios y tratando de exportarlos, algunas compañías por acciones integradas por nobles y funcionarios, el Estado alguna vez, todos ellos, fueron los iniciadores de la revolución industrial en España.

Había que hacer negocios rentables. La industria no solía ser rentable y ello significaba pocos estímulos para invertir: los costes de producción eran altos; el abastecimiento de materias primas era complicado pues la lana se exportaba masivamente y los precios eran altos en España, el gran productor; además, la lana había que comprarla por anticipado para asegurarse los suministros, pues es un producto de oferta rígida; los impuestos, calculados para las actividades gremiales, eran altos, pues se sumaban los estatales, municipales, y señoriales y cargaban varias veces sobre el proceso productivo tanto en las materias primas, como en los alimentos necesarios para los trabajadores (que condicionaban el nivel de salarios) a pesar de que el Estado trataba de conceder exenciones y privilegios, pero el sistema funcionaba mal y las exenciones eran efectivas para los grandes, pero más difíciles de hacer cumplir en otros muchos casos; la tecnología era pobre porque los reglamentos gremiales impedían importar tecnología más actualizada y porque lo caro del producto exigía unas ventas masivas para amortizar la inversión, ventas que eran imposibles cuando los gremios luchaban en contra de ellas; la competencia entre empresarios hacía difícil la salida del producto, sobre todo cuando se competía con productos importados.

Y sobre todo ello, debemos suponer una moralidad de cada una de las partes, de los capitalistas financieros, de los técnicos que debían gestionar las empresas, de los políticos, de los nobles y eclesiásticos que iban a ver perjudicados sus derechos ancestrales, de los nuevos empresarios que no debían enriquecerse a corto plazo y abandonar, de los ciudadanos que perdían la protección del gremio… Sin un espíritu de moralidad, con el fallo de cualquiera de las partes, el tinglado completo se puede venir abajo.

 

En estas condiciones, el empresario tipo del XVIII era un oportunista que aprovechaba las grietas del sistema, al borde de la legalidad o fuera de ella. Podía introducir tejidos nuevos y alegar que no estaban en las reglamentaciones gremiales y municipales, como era el caso de anascotes (tejidos de lana para delantales y otros vestidos baratos de mujer), barraganes (telas de cabra o camello para abrigo), lanillas (tejido poco consistente de lana fina), camelotes (tejidos similares a los barraganes pero teñidos en bandas o cuadros o de manera geométrica especial), droguetes (tejido de lana con listas y flores entre las listas). También introducía género nuevo, como las medias, entonces usadas principalmente por los hombres.

Muchas veces eran los extranjeros los que introducían renovaciones técnicas aprovechando sus exenciones y privilegios. Algunas veces eran los españoles los que salían a Europa occidental y conocían los adelantos tecnológicos que estaban funcionando en Francia, Holanda o Inglaterra. Pero la salida de técnicos estaba penada en estos países, y las condiciones que se debían ofrecer a los técnicos para convencerles de que vinieran a España, tenían que ser muy favorables. Y el empresario español todavía tenía que abordar el problema de que podía contratar un charlatán que le timaba durante algún tiempo y no sabía nada del proceso productivo por el que cobraba. Los españoles contrataban tintoreros de paños para conseguir colores de moda, siderúrgicos que consiguieran mejor arrabio, metalúrgicos que hicieran mejor hierro y acero, impresores, cirujanos, ingenieros…

 

 

Las Reales Fábricas.

 

Felipe V mandó abrir Reales Fábricas, versión española de las manufacturas reales francesas.

Las Reales Fábricas, en puridad, eran empresas creadas a iniciativa del Estado, financiadas enteramente por Hacienda y gobernadas por funcionarios estatales. En las puramente estatales, el Estado era el promotor, el gestor y el financiador. El Director de la Real Fábrica respondía ante Hacienda y la Junta de Comercio de su gestión. Algunas de ellas estaban vinculadas a monopolios del Estado como la moneda, pólvora, naipes, tabaco, azufre, cobre, plomo… y otras a sectores en que competían con la iniciativa privada.

Las manufacturas reales debían servir como ejemplo a iniciativas privadas, como escuela a nuevos artesanos cualificados y como método de propaganda de los nuevos mecanismos y máquinas que existían en Europa en ese momento.

Pero, al calor de las subvenciones y del prestigio que otorgaba la presencia del Estado, surgieron otras Reales Fábricas con protección del Estado, con capital parcial del Estado, con algún privilegio estatal. Ambos modos de manufactura real, las públicas y las coparticipadas, tenían privilegios y exenciones reales.

A menudo eran mixtas, con iniciativa estatal y gestión privada, pero controlada por el Estado. En este caso, la propiedad era compartida: tenían ayuda estatal que podía ser con compromiso de devolución de la misma a un plazo, o sin devolución (a fondo perdido), o por acciones. Aunque el Estado estuviera en minoría de capital, exigía tener un control sobre sobre la gestión administrativa y económica de la empresa.

Pero en muchos casos, las Reales Fábricas, muchas veces no eran “reales”, es decir no eran promovidas por el Rey, ni “fábricas”, sino conjunto de talleres asociados a los que se concedía el título de “real fábrica”. Gustaban de denominarse Real Fábrica porque ello acarreaba ciertas prerrogativas de exenciones de impuestos y permiso para exhibir las armas reales en sus productos e instalaciones por el prestigio que ello confería.

Muchas reales fábricas, no eran verdaderas empresas, y duraban poco.

Incluso las grandes factorías conocidas como Reales Fábricas, tenían muchos, cientos y miles de talleres artesanales asociados en el entorno geográfico. Por ejemplo, una fábrica de paños tenía cientos, miles, de ruecas en casas particulares de los pueblos cercanos.

 

Las Reales Fábricas obtenían privilegios por unos años, pero, transcurridos éstos, los privilegios se renovaban con facilidad y regularidad. Estos privilegios, muchas veces tenían poco que ver con la producción propiamente dicha, pues consistían en la exención de servicio militar para los agremiados y operarios del taller, talleres o fábrica, o exención de obligación de alojamiento militar, y otras veces sí tenían relación con la producción: ciertas desgravaciones fiscales en la adquisición de materias primas y en las primeras ventas de producto elaborado, y el derecho a utilizar el título de “Real Fábrica” colocando el dibujo de las armas reales en los productos y en la fachada del establecimiento.

 

Política de industrialización:

El estímulo de estas manufacturas se aplicó a los monopolios del Estado (como la Fábrica de Tabacos de Sevilla), a las necesidades de la Corte (como la Fábrica de Tapices de Madrid, o la Fábrica de Cristal de San Ildefonso en La Granja), a la revitalización de regiones en decadencia textil (como la Fábrica de Tejidos de Talavera de la Reina, o la Fábrica de Paños de Segovia) y a instaurar industria nueva (como la Fábrica de Tejidos y Estampados de Algodón, de Ávila).

Todas las Manufacturas Reales fueron ruinosas, por mala administración, mala ubicación (lejos de los centros productivos y de sus mercados naturales) y mala organización que generaba altos costos de producción y precios no competitivos.

Los principales creadores de Reales Fábricas de tiempos de Felipe V fueron Alberoni y el barón de Ripperdá.

 

 

Magnitud del fenómeno de las Reales Fábricas.

 

Sólo a fin de dar una idea del fenómeno, aporto una lista de Reales Fábricas, que no es exhaustiva, ni la tengo estudiada a fondo para tener seguridad de las fechas, localizaciones, etc. Es un tema que tengo por estudiar. Trato de mostrar que se abrieron durante todo el siglo y algunas ya venían del siglo anterior, y que afectaban a la totalidad de las regiones españolas:

 

Real Fábrica de Plomo de Presidio (Almería) hacia 1640.

Real fábrica de Mantelería, estaba en La Coruña y funcionaba desde 1685.

Real Fábrica de Paños de Chinchón 1702,

Real Fábrica de Artillería en Sevilla 1717.

Real Fábrica de Paños y Sarguetas de San Carlos en Guadalajara, 1718.      La Real Fábrica de Tejidos de Guadalajara fue creada en 1718 y fue la iniciativa más importante en este ramo. La creó Ripperdá, trayendo de Holanda a 50 operarios tejedores a los que instaló en el castillo de Azeca. En 1719 pasaron a su emplazamiento definitivo en Guadalajara. Los costes de producción siempre fueron altos y la calidad baja, lo cual no permitía vender ni el mercado interior ni en el exterior. Se culpó de ello a las escasas dotes directivas de los jefes, a la injerencia de Hacienda, a los malos tratos inferidos a los extranjeros que hizo que pronto todos regresaran a Holanda, a la discordia provocada por el embajador inglés entre los directivos y obreros a fin de eliminar competencia a los productos británicos. En 1723 todavía no se vendía apenas nada. Entonces se decidió que el Estado cediese la empresa a un particular, pero nadie quería el encargo. En 1734 se encontró mercado para paños y sarguetas (paños decorativos con rayas o con diagonales) y empezaron las primeras ventas. Se abrieron comercios en Valencia, Barcelona, Zaragoza, Madrid, Burgos, Valladolid, Jaén, Granada, Sevilla, Cádiz y Puerto de Santa María, abandonando el monopolio de ventas en Madrid, y se consiguió que en 1747 no hubiese pérdidas. Pero en 1750 se crearon fábricas sucursales en San Fernando y en Brihuega, y se volvió a las pérdidas, pues no había mercado para todos. Se recurrió a medidas extraordinarias como exención de todo tipo de impuestos a la exportación, exención de alcabalas, cientos y bolla catalana, pero no se consiguió vender. En 1757 se entregó la comercialización de los paños por 10 años a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, empresa que decidió bajar los salarios, evitar los paros por descoordinación de suministros, importaciones de lana más barata y disminución de días festivos de los trabajadores, pero ello provocó gran conflictividad laboral, y en 1767, los Cinco Gremios abandonaron. Guadalajara era una fábrica grande, pues en 1791 tenía 300 telares de paños finos, 350 telares para sarguetas, 2.400 obreros y 15.000 hilanderas en la provincia y provincias cercanas a las que se compraba el hilado. Brihuega y San Fernando cerraron, y las pérdidas de Guadalajara comenzaron a crecer notoriamente, hasta que en 1808 la Fábrica de Paños de Guadalajara cerró.

Real Fábrica de Paños de San Fernando de Henares 1746-1766 (puede que existiera una desde 1705),

Real Fábrica de Loza y Porcelana en Alcora 1727.

Real Fábrica de Tapices en Madrid 1720. La Real Fábrica de Tapices se abrió en 1720, con el nombre de Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, en Madrid bajo la dirección del flamenco Jacobo van der Goten, -1724, (quien tuvo un hijo llamado Jacobo van der Goten, muerto en 1768, que gestionó una filial de la fábrica en Sevilla. La fábrica funcionaba haciendo contratas o asientos con la Dirección Artística de pintores de Cámara del Rey, realizándose varios de estos contratos: el primero fue de 1720; el segundo contrato fue de 1744, cuando se decidió unir la Fábrica de Santa Bárbara (de la Puerta de Santa Bárbara de Madrid) con la Fábrica de Santa Isabel, denominándolas a partir de ese momento Real Fábrica de Tapices. En 1746 se le dio el emplazamiento definitivo en la Puerta de Santa Bárbara, de donde la filial sevillana se llamará también Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara; en 1750 se hizo el tercer contrato debiendo la Real Fábrica de Tapices encargarse de la conservación y restauración de todas las tapicerías y alfombras de los Sitios Reales de España, lo cual fue una gran ventaja para la fábrica. En 1774 introdujo los cartones costumbristas españoles a todo color, que tuvieron muchas venta y fueron famosos por el trabajo de Goya; En 1838 se hizo la cuarta contrata; en 1860 se vendió a los Stuyck y decayó la demanda real, y creció la particular, lo cual condujo a fabricar muchas más alfombras, que eran la demanda de los burgueses del XIX. En 1936 pasó a llamarse Manufactura Nacional de Tapices y alfombras.

Real Fábrica de Hojalata de San Miguel, en Júzcar (Málaga) 1731.

Real Fábrica de Vidrios y Cristales en La Granja de San Ildefonso (Segovia) tuvo cuatro momentos de arranque: 1727, cuando el catalán Ventura Sit se puso a fabricar vidrios para ventanas y para espejos del Palacio adjunto; 1736, cuando a iniciativa de Isabel de Farnesio la Hacienda Española se hizo cargo de la financiación, fue dotada con un local muy grande, y se llamó Real Fábrica, permaneciendo Ventura Sit en la dirección; 1746, cuando el francés Dionisio Sibert comenzó la fabricación de cristales al plomo labrados al estilo francés; y 1750, cuando el alemán Juan Eder inició la fabricación de cristales entrefinos. La causa de tantos cambios es que la fábrica se quemó dos veces, y se rehízo otras tantas. Cada nuevo director suponía un cambio en la línea de producción esperando hacer rentable la empresa, y ello se debía a que no se vendía la gran producción que allí se hacía, lo cual daba lugar a un gran almacén en Madrid, donde entraba mucho más producto del que salía. En 1828 lo compró un particular en la esperanza de hacerlo rentable, y en 1849 cerró.

Real Fábrica de Tabacos en Cádiz 1741.

Real Fábrica de Indianas de Barcelona en 1741, que eran varias fábricas del entorno geográfico barcelonés, base del desarrollo textil catalán del XVIII.

Real Fábrica de Pólvora en Granada, 1745.

Real Fábrica de Sedas en Talavera de la Reina 1748.

Minas de plomo de Linares, 1748.

Real Fábrica de Paños de Brihuega 1750-1835. Dependía de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara.

Real Fábrica de Paños de Grazalema (Cádiz) hacia 1750.

Real Fábrica de Paños de Santa Bárbara en Ezcaray, 1752.

Real Fábrica de Lencería en la Granja de San Ildefonso, “La Calandria”, 1759-1807, fabricó lienzos para lencería y mantelería.

Real Fábrica de Salitre de Sevilla en 1757.

Real Casa de Munición en Linares (Jaén) 1757.

Real Fábrica de Sombreros en San Fernando de Henares (Madrid) 1758.

Real Fábrica de Tabacos en Sevilla, 1758. La Fábrica de Tabacos de Sevilla valdría, en 1729, 5.844.270 reales.

Real Fábrica de Lencería de León, 1759-1769. Fabricaba lencería, mantelería, lonas, medias, gorros, fajas, hilo y guantes.

Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro, Madrid, llamada popularmente Fábrica de China, apareció en 1760.

Reales Fábricas de Artillería en Jerez de la Frontera, 1761.

Real Fábrica de Armas en Toledo, 1761.

Real Fábrica de Artillería en Liérganes y La Cavada (Cantabria) 1763.

Real Fábrica de Paños y Bayetas de Antequera (Málaga) de 1765.

Real Fábrica Salinera de San Antonio de Osma en Sevilla, 1766.

Real Fábrica de Hilar Sedas a la Piamontesa, Murcia 1770.

Real Fábrica de Lonas, en Granada, hacia 1770.

Real Compañía de Hilados de Algodón, Barcelona 1772-1847. A partir de 1847 continuó sin protección real.

Real Fábrica de Paños de Segovia, 1773-1862

Reales Fábricas de Latón, Cobre y Cinc, Riópar, en San Juan de Alcaraz, 1773-1990.

Real Fábrica de Naipes de Macharavieja (Málaga), 1776-1815.

Real Fábrica de Platería Martínez, Madrid 1778.

Real Fábrica de Aguardiente en Guayaquil, 1778.

Real Arsenal de La Carraca en San Fernando (Cádiz) 1780.

Real Fábrica de Aguardientes, Naipes y Papel Sellado en Madrid 1781.

Minas de cobre de Riotinto (Huelva) 1783.

Real Fábrica de Armas y Municiones en Orbaiceta 1784.

Real Fábrica de Holandillas y Bocacíes, Madrid 1785. Fabricaba mercería, especiería y droguería.

Real Fábrica de Hilados y Tejidos de Algodón, en Ávila 1787.

Real Fábrica de Relojes, Madrid 1788.

Real Fábrica de Abanicos en Madrid 1788, propiedad de Eugenio Prost.

Real Fábrica de Cera en Madrid 1788-1834.

Real Fábrica de Lonas, Vitres e Hilazas, en Cervera de Río Alhama, 1790.

Real Fábrica de Loza en Sagardelos (La Coruña) 1791.

Real Fábrica de Azulejos en Valencia 1795-1900.

Real Fábrica de Aguardientes y Licores en Puerto de Santa María (Cädiz), 1797.

Real Fábrica de Abanicos en Valencia 1797.

Real Fábrica de Coches de Madrid, cerró en 1800.

Real Fábrica de Paños en Alcoy, 1800.

Real Fábrica de Tabacos en La Coruña 1804-1857.

Real Fábrica de La Moncloa en Madrid, 1817, fabricaba cerámica.

 

Real Fábrica de Hilados de Algodón en Ávila,

Real Fábrica de Bayetas de Úbeda (Jaén).

Real Fábrica de Jarcia en Puerto Real (Cádiz).

Real Fábrica de Papel de San Fernando de Henares (Madrid).

Real Fábrica de Plomo de Fuente Victoria (Almería).

Real Casa de la Moneda en Sevilla.

Real Fábrica de Tabacos en La Habana.

Real Fábrica de Tabacos en México.

Real Fábrica de Tabacos en Madrid.

Real Fábrica de Pólvora en México.

Reales fábricas de Hojalata de Fontameña (Asturias).

Real Fábrica de Acero de San Ildefonso (Segovia).

Real Fábrica de Hules, en Cádiz, fabricaba hules de seda y lienzos finos hacia 1803.

Real Fábrica de Sedas de Valencia.

Real Fábrica de Cañones en Placencia de las Armas.

Real Fábrica de Armas en Trubia.

Reales Fábricas de Pólvora en Villafeliche.

Reales Fábricas de Pólvora en Murcia.

Real Fábrica de Pólvora en Madrid.

Real Fábrica de Artillería en Jerez de la Frontera.

 

 

 

Industria de la lana.

 

La industria textil lanera del XVIII estaba diseminada por toda la península en talleres familiares, u obradores, dotados de utillaje muy atrasado, rueca y telar manual, propio del siglo XVII, y trabajados por personas que lo tomaban como oficio complementario a la agricultura y ganadería. Tenían unas ruecas y entregaban el producto a un empresario pequeño que lo comercializaba. En general, los trabajos en lana fina se exportaban, y los paños ordinarios y baratos como las bayetas, estameñas, sayales, cordelletes, se vendían en el mercado interior.

Tenemos noticias de obradores textiles laneros:

en toda Castilla (Madrid, Toledo, Cuenca, Ávila, Palencia, Burgos, Segovia, Béjar),

en Cataluña (Sabadell, Tarrasa, Igualada, Monistrol, Esparraguera, Olesa, Moyá),

en Aragón (Zaragoza, Tarazona, Barbastro, Albarracín, Teruel)

en Valencia (Alcoy, Engüera, Bocairente, Onteniente),

en La Rioja (Ezcaray, Santo domingo de la Calzada),

en Andalucía (Antequera)

En Castilla, las zonas productoras de paños de lana más importantes estaban en Segovia y Béjar:

En Segovia, se venía fabricando desde el XVI y el XVII, cuando esa industria era notable en la zona, pero en el XVIII estaba en decadencia y en 1776 quedaban unos 120 telares en la provincia (en tiempos de Felipe IV, hacia 1650, se contabilizaron 347 telares). En el siglo XVIII se trató de revitalizar la actividad a base de exenciones fiscales, pero ése es un remedio eventual para situaciones puntuales y no sirve para catástrofes de tipo estructural, donde lo que había que cambiar era casi todo, las máquinas, mano de obra, materias primas, productos ofrecidos… Se contrató a Louis de Proust, químico de la academia militar, para que aportase tintes que mejorasen el colorido, y fue la única innovación, poco duradera, pues Prout se marchó enseguida de Segovia.

En Béjar, los textiles se fabricaban desde el siglo XIII, pues se aprovechaba la lana de las cabañas extremeñas. En 1691, los duques de Béjar contrataron algunos artífices flamencos que renovaran el modo de trabajar, construyeron batanes, importaron máquinas, redujeron las cargas fiscales sobre los productos textiles aprovechando que ellos mismos eran los gobernadores de la zona, y obtuvieron el privilegio de abastecer al ejército español, un mercado seguro. En 1761 tenían 177 telares.

 

 

El algodón en tiempos de Felipe V.

 

Las Reales Fábricas pretendían que surgieran nuevas iniciativas particulares que difundieran la industrialización. Estas reales fábricas debían ser un seminario, o semillero, en donde se formasen técnicos, al lado de técnicos extranjeros traídos expresamente desde el extranjero. Por tanto, no importaba que fueran deficitarias pues se entendía que eran un remedio temporal.

Así pues, en 1728 se prohibió importar lienzos estampados y en 1737 se prohibió exportar seda en rama.

En esas condiciones, la esperanza española era América, que América comprase los productos que era necesario producir en España para desarrollar el país, para servir de factor de despegue. La iniciativa sólo cuajó en Cataluña.

Después de 1730, Cataluña puso fábricas de indianas, empezando por hacer estampados sobre tejidos importados. En 1740 ya eran bastantes los talleres que utilizaban algodón americano para sus indianas, pues habían empezado con algodón africano, pero los malteses, que comercializaban ese algodón subieron mucho los precios, y se pasaron al algodón americano. Hacia 1760-70 empezará a fabricar telas y entonces surgirá una gran demanda de hilo, con lo que hubo que ponerse a fabricar hilo a final del XVIII. En 1772, los fabricantes de tejidos de algodón catalanes se unieron en la Compañía de Hilados de Algodón con el único propósito de adquirir algodón colectivamente, pues la fabricación seguía siendo individual de cada fábrica. Hacia 1797, las dificultades en la navegación con América, incrementadas a partir de 1804, pusieron en problemas el abastecimiento de algodón. Cuando se restableció la paz, a partir de 1813, resurgió la actividad. Por tanto, hacia 1827, estaba muy dispuesta a importar máquinas hiladoras selfacting (en España denominadas selfatinas) y se produjo la modernización. El mercado era Cataluña y las regiones españolas próximas.

 

 

El lino y cáñamo.

 

La industria del lino y el cáñamo se caracterizaba por la dispersión en talleres pequeños. Al igual que el resto de la industria textil española, la estructura del trabajo era irracional, la tecnología atrasada, lo que daba como resultado poca especialización, escasa calidad del producto y precios altos. En este sector, destaca la escasez de materias primas, que había que importar del extranjero. En el último tercio del XVIII se importó lino de Rusia y de Holanda.

El sector del líno y cáñamo no era una actividad tan pequeña, pues daba trabajo a unas 48.000 personas a fines del reinado de Carlos IV.

La producción principal, un 65%, era de tresanderas y cintas; la de precios más altos, un 30%, de lienzos finos y extrafinos; y la de menos cuantía era la de encajes.

La región mayor productora de tejidos de lino y cáñamo era Galicia, con talleres en Ribadeo, Vivero, Mondoñedo, Santiago, Tuy, Vigo, pero casi siempre con trabajadores que compaginaban las labores del campo con las textiles. En Sada (La Coruña) había una fábrica de manteles y servilletas con 11 telares, y una fábrica de jarcia y lona para abastecer a la Marina.

Los proyectos de revitalizar la actividad en Galicia, a finales del XVIII, fueron un fracaso, pues se basaron en poner un impuesto nuevo (2 maravedís al comprar un azumbre[2] de vino) y no gustaron a la gente, significando el fracaso de las iniciativas para abrir nuevas empresas con esos fondos.

También había talleres en Aragón, en Valencia (Villena, Elda, Alcoy, Bocairente, Onteniente, El Grao, y Castellón), en Cataluña (Agramunt, Bañolas, Capellades, Cardona, Vich), en Granada (Loja, Huéscar, Marbella, Guadix, Antequera), en Murcia (Cartagena, Murcia y Lorca).

Gran parte de la producción de cáñamo y lino servía para jarcias y lonas para la flota española, militar y civil.

 

 

La seda.

 

Producida por China desde el III milenio a.C. llegó a España en el siglo IX a través de Bizancio y los musulmanes. Enseguida en Las Alpujarras se pusieron muchas moreras y vendían capullos a Almería, Málaga, Córdoba y Baeza. Córdoba fue el gran centro productor de seda en el X. Cuando Córdoba cayó en el siglo XI, los productores de seda fueron Sevilla y Granada.

En el siglo XV y XVI, España era un gran productor de seda y había aparecido una fábrica en Toledo, gran competidor de Granada. También fabricaba Sevilla para exportar a América. Las moreras se habían extendido por el litoral valenciano y las cultivaban los moriscos. Levante producía ante todo seda cruda y semielaborada para otros centros sederos.

En España había mucha tradición de consumo de seda en forma de terciopelo, pañuelos, cortinas, medias, listonería (o adornos en forma de cinta o cordón), filadis (o puntillas para bocamangas, cuellos, sombreros, vestidos en general), pasamanería (adornos para cortinas y similares, como borlas, cordones, flecos).

La expulsión de los moriscos a principios del XVII fue un duro golpe para esta industria, y cayó mucho la producción al desaparecer moreras en Las Alpujarras.

La industria cayó en manos de los gremios, lo cual fue negativo en el sentido de que no se innovó tecnológicamente. Francia aprovechó para poner sus fábricas de seda en el sur del país. Las nuevas tecnologías se incorporaron en el XVIII en Valencia y los ilustrados protegieron esta actividad concediendo proteccionismo, prohibición de exportar materias primas y de importar manufactura sedera francesa, y liberando a estas empresas de los gremios.

La seda tenía cinco ramos o gremios, que eran el del arte mayor de la seda; el del arte menor de la seda (tejidos estrechos como cintas y galones); el de cordoneros, pasamaneros y botoneros; el de torcedores de seda; y el de tintoreros. La enumeración de los gremios nos da idea de las principales labores de ese trabajo.

 

 

La industria militar tradicional.

 

En el siglo XVIII se concedió al Cuerpo de Artillería el monopolio de fabricar pólvora, cañones.

En el XVII, Felipe III había puesto una fábrica de pólvora en Murcia, que luego se llamaría Fábrica de Pólvora de Murcia, pero se fabricaba pólvora en Granada, Murcia, Villafeliche, Alcázar de San Juan y Manresa.

Los cañones se fabricaron en Málaga desde fines del XV hasta el siglo XVII, en la Fundición de Bronces de Sevilla desde 1540, en la Maestranza de Artillería de Sevilla desde 1587. En 1634, el Estado se hizo cargo de la fabricación de cañones y creó la Fábrica de Artillería de Sevilla, que asumió a las anteriores existentes en la ciudad. En el XVIII había fábricas en Pamplona, Valencia, Barcelona y Sevilla. Los cañones para barcos eran fabricados en Liérganes y La Cavada (Cantabria) y en 1764 pasaron a depender del Estado y del cuerpo de Artillería.

Las armas portátiles se fabricaban en Éibar, Plasencia, Elgóibar, Orio y Orbea.

Las armas blancas se hacían fundamentalmente en múltiples fraguas de Toledo.

Los proyectiles se hacían en 1536 en talleres del País Vasco, pero muchos artilleros preferían fabricar sus propios proyectiles pues el calibre de cada cañón resultaba diferente. En 1791 se fabricaban en Sagardelos (Lugo). En el XIX a partir de 1844 se fabricarán en Trubia (Asturias).

Las reparaciones de armas se hacían en las Maestranzas de Sevilla, Mallorca, Barcelona, Segovia, Cartagena, La Coruña, Cádiz y Málaga. Estos talleres también hacían montajes, atalajes y utensilios auxiliares diversos.

 

 

La industria siderúrgica.

 

Es una industria antigua: En el siglo XII se había generalizado el batán para batir más el hierro, pero ello requería de presas, casas, máquinas… y significaba una necesidad de capital que hizo que el negocio quedase reservado a minorías burguesas o colectividades. Los concejos levantaron a veces ferrerías comunales que arrendaban a los ferrones. Los nobles, mercaderes y ricos campesinos se asociaban para levantar una ferrería. Con ello, creció la ferrería vasca y decayó la catalana.

En el siglo XVI se inventó el martinete, gran mazo que servía para transformar los bloques en barras y chapas.

Por esta época se distinguieron las ferrerías mayores, que se dedicaban a producir hiero dulce, de las menores que transformaban los bloques de hierro en otros productos.

En el siglo XVII, España quedó muy retrasada respecto a Europa y sólo se mantuvo la industria militar en Liérganes y La Cavada (Cantabria 1628-1637), en Molina de Aragón 1540. Incluso en estos sitios la mano de obra cualificada era flamenca. Fabricaban cañones y balas de cañón.

La siderometalurgia española estaba en depresión desde el primer tercio del XVII. Tuvo una ligera recuperación a partir de 1715, debido a la política de Patiño y Ensenada de reconstruir una flota, y la circunstancia de que Inglaterra compraba, debido a que Inglaterra estaba agobiada, a principios del XVIII, por la falta de madera para sus altos hornos. Inglaterra compraba hierro en bruto en Bilbao y también anclas para barcos.

La siderurgia vasca se vio favorecida desde 1702, cuando se prohibió la entrada en América de hierro extranjero y se quitaron los aranceles de venta al hierro bruto (no al hierro labrado).

Pero, a mediados del XVIII, Inglaterra había pasado de la madera al carbón, y había arrastrado a muchos países europeos, y España perdió sus exportaciones, pues Suecia y Rusia se convirtieron en exportadores a precio más barato. A los precios españoles, sólo el proteccionismo salvó a los fabricantes españoles de no perder el mercado interior español.

 

 

[1] Pilar Benito García, La Seda en Europa Meridional desde el Renacimiento hasta la aparición del mecanismo Jacquard

[2] Un azumbre es muy poco más de dos litros de vino, 2,016 exactamente. La unidad de venta era el cuartillo, equivalente a medio litro.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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