EL EQUIPO VILLARÍAS- ENSENADA, 1743-1754:

Etapa 1743 – 1746.

 

Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada[1] fue nombrado Secretario de Despacho de Hacienda en 21 de mayo de 1743 en sustitución del fallecido José Campillo. También había sido intendente en el ejército de Italia, que parecía el paso obligado para saltar desde puestos reservados a la baja nobleza a puestos más altos. Ensenada era un golilla. Creía que los togados no siempre sabían resolver cuestiones de Gobierno, las cuales se aprenden con la práctica, es decir, que la genética y la práctica daban la energía necesaria para saber llevar un alto cargo de Gobierno. Era bueno que los consejeros fueran togados para que entendieran de las leyes que iban a aplicar, pero también era necesario que fueran enérgicos y mantuvieran sus opiniones y las del Gobierno, de forma que pudieran desempeñar la doble función de los Consejos y las Secretarías, jurídica y gubernativa. Por eso era de ideología manteísta, porque los manteístas no sólo tenían que triunfar en los estudios, sino luchar duro en la Administración hasta ascender. Tampoco entre los colegiales, nobles titulados, el carácter siempre estaba asegurado, y era injusto reservar puestos de la Administración a hijos de nobles no preparados para ejercerlos.

Al igual que había sucedido en la etapa anterior con el equipo Campillo-Villarías, Ensenada ensombrecía a Villarías, aparecía como verdadero gobernante de España.

Con el correr de los acontecimientos, Ensenada, al acceder a las diversas Secretarías de Despacho, se vio encerrado por los compromisos de gobierno, por el mismo rey, y no pudo terminar las reformas en las que creía. Tampoco los golillas aseguraban un buen gobierno: los golillas que llegaban al Gobierno se veían entre dos fuegos: la reina que imponía unos objetivos e intereses distintos a los de España, y el “partido español” o nobiliario que quería mantener a toda costa los privilegios de la nobleza y el clero.

Ensenada entendía que el rey era la fuente exclusiva de poder, soberano en su misma persona. El rey debía, por tanto, controlar todas las instituciones del Estado de forma fehaciente, aplicando técnicas que permitan hacer efectivo el conocimiento de la realidad política y el ejercicio del poder sobre esa realidad.

Pero las reformas que se hubieran de hacer en España, requerían no sólo de la voluntad del rey, sino de las buenas ideas y planes reformistas colocados en lugares con poder de decisión, como las Secretarías de Despacho, y de la aceptación de la opinión pública. Y cuando faltaba uno de estos tres requisitos, la reforma se venía abajo, porque alguien claudicaba.

Ensenada tenía claro que el objetivo principal era fortalecer el poder del Estado a fin de hacer posible la propuesta de reformas y su financiación, pero ello suponía atacar los privilegios de la nobleza y del clero, y los privilegios territoriales de la Corona de Aragón y de las Vascongadas y Navarra. En este tema, había que elegir entre utilizar las estructuras existentes e ir innovando lentamente, u optar por la revolución. Ensenada no era un revolucionario.

 

 

El Gobierno en 1743-1746.

 

Desde 26 de noviembre de 1736, era Secretario de Estado Sebastián de la Cuadra Llarena, marqués de Villarías, y lo sería hasta 4 de diciembre de 1746, ya en el reinado de Fernando VI. También era Secretario de Despacho de Gracia y Justicia.

Ensenada asumió las otras tres Secretarías de Despacho en mayo de 1743, las que había dejado Campillo:

Secretario de Despacho de Hacienda, hasta 1754.

Secretario de Despacho de Guerra,

Secretario de Despacho de Marina e Indias.

 

 

Guerra de Sucesión de Austria, 1740-1748:

La guerra en 1743 – 1746.

 

En septiembre 1743, Inglaterra promovió el Tratado de Worms, una alianza entre Inglaterra, Saboya y Austria, que impedía la expansión francesa hacia el este.

Inmediatamente, en octubre de 1743, Francia declaró la guerra a Inglaterra y firmó con España el Segundo Pacto de Familia o Tratado de Fontainebleau:

Francia se comprometía a instalar al infante Felipe en Milán, Parma y Plasencia y garantizaba que el infante Carlos reinaría sobre Nápoles y Sicilia. También colaboraría con España en la recuperación de Gibraltar y Menorca.

 

En 1744 hubo un nuevo planteamiento de la Guerra de Sucesión de Austria, desde el momento en que murió el cardenal Fleury, experto en fraseología, en 29 de enero de 1744, y también murió Carlos Alberto de Baviera, Carlos VII emperador del SIRG, el 20 de enero de 1744. El hijo de Carlos VII no era belicista como su padre, y llegó a un pacto con María Teresa de Austria y se retiró de la guerra. En septiembre de 1745, el nuevo emperador sería el marido de María Teresa, Francisco Esteban de Lorena, emperador Francisco I, teórico rey de Austria, aunque en la práctica gobernaba su mujer. Y también murió José de Campillo el 11 de abril de 1744, un belicista Secretario de Estado en España. El nuevo Secretario de Estado español, Zenón de Somodevilla, pasó a tener el protagonismo del Gobierno español.

Tras la retirada de sus aliados, en 1744 Francia y España estaban solas frente a Austria, y ambos tenían objetivos distintos. Francia quería los Países Bajos y Alsacia. España quería Italia, empresa en la que Francia no tenía ningún entusiasmo.

Lo primero que cambió en Francia fue que declaró la guerra, la guerra a Gran Bretaña en 15 de febrero de 1744, y la guerra a Austria-Hungría en abril de 1744.

 

El fracaso del ataque francés de 1744:

El 19 de febrero de 1744 la escuadra franco española salió de Tolón para atacar al almirante Mattheus que tenía bloqueado el puerto de Tolón desde el principio de la contienda. La batalla se produjo en 22 de febrero de 1744 en cabo Sicié. Un combinado de ejércitos franceses y españoles atacó a los ingleses en Tolón. La batalla fue indecisa, con grandes pérdidas por ambas partes, pero los ataantes no lograron romper el bloqueo. Los españoles y franceses acabaron huyendo del campo de batalla. Los ejércitos de tierra que entraban en Piamonte fueron parados por los saboyanos y la flota que intentaba salir de Tolón para ir a Génova fue parada por los ingleses en febrero de 1744. Los marinos españoles dijeron que nunca más combatirían al lado de los franceses. El intento de mandar a Inglaterra al pretendiente Carlos Estuardo fue parado en el mar por los ingleses en marzo de 1744. Carlos de Nápoles subió con sus tropas hacia el norte, pero fue parado por tropas austríacas que bajaron desde Milán.

El 26 de febrero de 1744 Francia invadió los Países Bajos austríacos, pero entonces Federico de Prusia atacó Bohemia, y Francia dividió sus fuerzas y no pudo progresar en los Países Bajos.

En conjunto, la entrada de Francia en la guerra puede ser considerada un fracaso.

 

El ataque de Prusia en 1744.

Prusia volvió a la guerra en 1744, tras haberse retirado en 1741, y María Teresa retiró tropas de Milán para llevarlas a Austria. Los austríacos estaban ocupando Polonia y no podían atender a tantos frentes.

Inglaterra se buscó un nuevo aliado en Prusia, prometiéndole aceptar la posesión de Silesia, que Prusia ya tenía ocupada, a cambio de su cooperación. María Teresa de Austria aceptó la pérdida de Silesia y Prusia dejó de atacar a Austria. También logró un pacto entre Austria y Saboya por el que la primera se comprometía a llevar sus ejércitos a Italia.

En junio de 1744, Austria atacó en Alsacia, a las puertas mismas de Francia, pero tuvo que abandonar en agosto a la llegada de un ejército de Federico II de Bohemia.

En agosto de 1744, los austríacos decidieron acabar con los suministros que Nápoles enviaba a los españoles y franceses en la guerra de Lombardía, y enviaron al general Georg Christian Lobkowitz al sur, pero fue derrotado por Gages y los ejércitos españoles y napolitanos en Velletri, cerca de Roma, el 10 de agosto de 1744. Tras esta victoria, los francoespañoles lanzaron un ataque sobre Piamonte, pero fracasaron y se hubieron de retirar al llegar el invierno de 1744.

El 17 de noviembre de 1744, René Louis de Voyer, marqués D`Argenson, nuevo Secretario de Estado de Asuntos Exteriores de Francia, hizo un plan general de guerra que debía darle el control de toda Europa: ofrecería proteger a Holanda frente a Inglaterra; promovería una Liga de Estados Bálticos que se enfrentaran al expansionismo de Rusia; organizaría a los estados Alemanes para que, juntos, hicieran frente a Austria, crearía una Federación Italiana de Estados que hicieran frente a Austria y tampoco se dejaran gobernar por España, pues opinaba que debían ser gobernados por Cerdeña.

En Niza se produjo una discusión entre los generales franceses y los españoles. Los españoles Conti y La Mina querían atacar por la costa y llegar a Italia, mientras Francia quería un ataque en el interior de Francia y Alemania. El ataque fue un fracaso y Mina fue destituido.

El 18 de noviembre de 1744 fue nombrado Secretario de Estado de Francia el marqués D`Argenson, el cual decidió que no era posible contentar las ambiciones de España, Austria, Rusia e Inglaterra, pues cada una de ellas quería el dominio o predominio sobre toda Europa. Y abandonó los gastos que le originaba el Pacto de Familia.

Aunque D`Argenson no gustaba del imperialismo español, no dejó de cumplir lo pactado en octubre de 1743 en Fontainebleau, y el 18 de diciembre de 1744 casó a María Teresa de Borbón Farnese con el Delfín de Francia Luis Fernando, matrimonio ratificado en 23 de febrero de 1745.

 

En 1745

Los franceses progresaron en 1745 tomando Bruselas, derrotando a Carlos de Lorena y alcanzando Holanda. Se dio la orden a Mauricio de Sajonia para que invadiese Holanda y los ingleses la vieron perdida y estuvieron dispuestos a pedir la paz. Los franceses triunfaron en la batalla de Fontenoy en 11 de mayo de 1745, en la que Mauricio de Sajonia se hizo con gran parte de Flandes;

Federico II de Prusia, en febrero de 1745, atacó Silesia y se quedó con esa región.

En marzo de 1745, Gages marchó hacia el norte de Italia y llegó a Génova, donde rechazó a los austriacos. El infante Carlos de Borbón y Mallebois, progresaron por la costa, atravesaron Génova y llegaron al Piamonte en junio.

En abril de 1745, Carlos de Borbón Farnese tomó Niza.

En mayo de 1745, España logró un acuerdo con Génova, Francia y Nápoles, por el que los ejércitos españoles de Italia avanzarían desde los Estados Pontificios por la costa hacia el norte. Se puso al frente de estos ejércitos a Gages y a Maillebois. Conquistaron Vogliero, Serravalle, Tortona, Plasencia, y Parma en agosto y septiembre de 1745 y así, el marqués de Castelar pudo tomar posesión de Plasencia y Parma para España. El 22 de septiembre, los españoles tomaron Pavía. A continuación, Gages y Maillebois derrotaron a Carlos Manuel en Sassignano, y fueron sobre Alejandría, Valenza, Casale, Asti, que fueron ocupadas para Francia. En esas fechas, a Francia y España sólo les quedaba conquistar Milán y Mantua para dominar toda Italia.

En mayo de 1745, los franceses, a las órdenes de Mauricio de Sajonia, derrotaron a Gran Bretaña, Holanda y Austria, cuyo ejército era mandado por el duque de Cumberland, en Fontenoy (Flandes).

En junio se unieron en el norte de Italia los ejércitos franceses venidos desde el oeste y los españoles venidos desde el sur, unos 70.000 hombres. Con estas fuerzas, en lo que restaba del año 1745 ocuparon Piamonte, Parma, Piacenza y el Milanesado. Los españoles insistían en tomar Mantua para expulsar completamente a los austriacos de Italia.

Los electores de Baviera y Sajonia sacaron adelante el proyecto de elegir emperador a Francisco I, marido de María Teresa de Austria en septiembre de 1745.

La batalla de Bassigname en septiembre de 1745 en la que el francés Maillebois conquistó Milán.

Carlos Eduardo Estuardo desembarcó en junio de 1745 en Escocia y ganó Edimburgo y se dirigió sobre Londres, venció a los ingleses en Prestonpans y avanzó hasta Derby.

Por su parte, los británicos atacaban a los franceses en Canadá, venciéndoles en Cabo Bretón.

El 16 de diciembre de 1745 los franceses y españoles habían tomado casi toda Lombardía, incluyendo Milán. Felipe de Borbón Farnese entró en Milán el 20 de diciembre de 1745

La victoria estaba indecisa a fines de 1745. Pero el desgaste de los contendientes, de todos ellos, era palpable.

 

Conversaciones de paz a fines de 1745.

Y en las postrimerías de 1745 surgió en todas las Cortes europeas el deseo de entablar conversaciones de paz, pero cada una por separado:

El 25 de diciembre, Prusia hizo la paz con Austria. Prusia ganaba los territorios conquistados hasta ese momento a Austria, y Austria quedaba libre de un frente de guerra para poder dedicarse a Italia.

El 26 de diciembre de 1745, un acuerdo entre Cerdeña y Francia rompía lo estipulado en el Segundo Pacto de Familia de octubre de 1743: Francia le cedía Toscana a Carlos de Lorena, cuñado de María Teresa de Austria, y aceptaba dividir el Milanesado en cuatro partes, que se repartirían entre Carlos Manuel de Cerdeña, Felipe de Borbón, Venecia y Génova. Carlos Manuel de Cerdeña no aceptaba una federación de Estados italianos, sino que exigía el milanesado para Cerdeña, cediendo a cambio para Felipe de Borbón Farnese, Cremona, Parma y Mantua.

 

La guerra en 1746.

A Luis XV le era muy difícil explicar a Felipe V su decisión de pactar con Cerdeña y envió al embajador Louis de Guerapin de Vaureal, obispo de Rennes, a esa misión. D`Argenson advirtió al obispo Vaureal que lo más importante en su misión era no encolerizar a la reina, pues el rey era fácilmente manipulable. Pero la reina saltó de su asiento a las primeras palabras del embajador, en cuanto mencionó que Francia abandonaba la guerra. De pronto, la reina observó la cólera de Felipe V, cosa extraña en el depresivo rey, pero que sucedía cada vez que se hablaba de guerras. Felipe V le gritó al embajador francés que le habían arrebatado a España el Milanesado y encima el rey de Francia se permitía amenazarle. Felipe V envió a París al duque de Huéscar, con el mensaje de que España no aceptaría nada si no se la garantizaba el dominio de Italia.

Cuando se supo en España el acuerdo entre Francia y Cerdeña, los españoles se indignaron, y la guerra se detuvo, pues no querían luchar para Cerdeña, como resultaba de ese acuerdo. Ello dio tiempo a Carlos Manuel de Austria a reorganizar su ejército y pasar de la aceptación de la derrota en 1745 a una ofensiva.

El emperador Francisco I, Francisco Esteban de Lorena, viendo el ambiente francés de abandono de la lucha, intentó un acuerdo con Francia, que D`Argenson no aceptó. Entonces negoció con Federico II de Prusia la Paz de Dresde, 25 de diciembre de 1745, por la que se confirmaba que Silesia era prusiana a cambio de la neutralidad de Prusia en la guerra.

Carlos Manuel de Cerdeña se dio cuenta de las discrepancias entre Francia y España y decidió atacar a Francia tomando Asti y Alejandría. Felipe de Borbón Farnese decidió abandonar Milán.

El 8 de marzo de 1746, Huéscar recibió órdenes de Isabel de Farnesio para una nueva posición negociadora: España aceptaría el Tratado Francia-Cerdeña. Ya era tarde para renegociar.

El 1 de abril de 1746 los austríacos tomaron Parma. Más tarde, Liechtenstein atacó Piacenza y derrotó a Felipe de Borbón y a Maillebois, y conquistó San Giovanni y Rottofredo.

Luis XV fue consciente del error que estaba cometiendo y trató de salvar los muebles enviando a Noailles a Madrid a convencer a España de que no abandonase. Pero al mismo tiempo, D`Argenson estaba negociando con Holanda y Gran Bretaña en Bruselas colocar a Felipe de Borbón en Toscana y acabar de una vez la guerra. Francia y España se estaban traicionando el uno al otro.

Entonces, Felipe V decidió pactar por su cuenta, sin avisar a Francia, y envió a Grimaldi a Viena a negociar con María Teresa de Austria, pero la emperatriz, liberada de la guerra con Prusia, se sentía fuerte, presentó batalla en Lombardía y derrotó a los españoles y franceses en Plasencia el 13 de junio de 1746.

Y la contraofensiva austrosarda se produjo en marzo de 1746 y tomaron Milán. Vencieron en Plasencia en junio y conquistaron todo el norte de Italia.

Carlos Eduardo fue vencido en abril de 1746 en Cultoden. El último éxito de Francia fue la toma de Bruselas en febrero de 1746.

Francia, que quería los territorios belgas y saboyanos, fracasó al final de la guerra en 1746, a pesar de vencer en octubre de 1746 en Rocoux. España, que quería los ducados italianos, también fracasó. Austria ganó la guerra obteniendo algunos territorios polacos y la corona imperial alemana para Francisco de Lorena, marido de la reina María Teresa de Austria.

El 9 de julio de 1746 murió Felipe V de Borbón, y las relaciones de España con Francia se fueron enfriando progresivamente.

El 25 y 26 de diciembre de 1746 tuvo lugar la Convención franco sarda.

El 27 de diciembre de 1746 se produjo el Tratado de Dresde por el que Austria cedía a Prusia la Silesia.

La guerra estaba decidida a final de 1746, aunque el Tratado de Aquisgrán no se firmase hasta 1748, ya en tiempos de Fernando VI.

En España estaban convencidos de haber sido traicionados por Francia y entonces Francia envió a España al duque de Noailles. Los reyes de España comunicaron a Noailles que D`Argenson era un desvergonzado, y Noailles dijo que sí, cumpliendo su misión. Mientras tanto, en París, D`Argenson tramaba otro tratado de Paz, esta vez Francia-Holanda y tampoco se lo comunicaba a España. Cuando en España se tuvieron noticias de esta nueva traición francesa, Noailles no supo qué decir, excepto que él no sabía nada y no se lo habían comunicado.

Felipe V de España se afectó mucho por la marcha de las cosas en la guerra, y en los tratados con Francia, empeoró de su enfermedad y entró en apoplejía, de la que murió en 9 de julio de 1746.

 

 

La política de Ensenada en 1744-1746.

 

En 1744 se volvió a intentar casar a María Teresa Rafaela de Borbón Farnese, de 18 años de edad con el Delfín de Francia Luis Fernando. El matrimonio se celebró en 23 de febrero de 1745 y el embarazo inmediato de María Teresa molestó a Madame de Pompadour, favorita del rey, pero María Teresa murió tras el parto de una niña en junio de 1746, y la niña murió a su vez en 1748, por lo que el matrimonio no tuvo ninguna consecuencia para España ni para Francia.

En 1744 se abrió un lazareto en Algeciras, lugar retirado y fortificado para impedir entradas y salidas no controladas, en el que se recluía a infecciosos.

 

El 1 de mayo de 1745 se firmó el Tratado de Aranjuez, una alianza militar entre España, Francia, Nápoles, y Génova, con objeto de apoyar a Génova frente a Austria y Cerdeña en la Guerra de sucesión de Austria. Firmaron Sebastián de la Cuadra pro España, Luis Guido Guerapin Baureal por Francia, Esteban Reggio y Gravina por Nápoles y Jerónimo Grimaldi por Génova.

En 1745, se conminó a los gitanos a que regresasen a las poblaciones que tenían asignadas desde 1723 y se les dieron quince días para cumplir esta orden, advirtiendo que en caso contrario podían ser severamente castigados hasta la eliminación física. Este pueblo hindú, llegado a España a fines del siglo XIV, llevaba una vida errante, lo cual hacía imposible todo control y localización de los malhechores que había entre ellos, que eran muchos, pues no respetaban la propiedad privada y se consideraban con derecho a tomar lo que necesitaban para sobrevivir. Eran analfabetos, pero eso era normal en la España del XVIII, se movían en grandes grupos, y las mujeres echaban la buenaventura, al tiempo que los hombres estafaban con tratos engañosos, y robaban lo que podían. No eran cristianos, y si tenían ocasión, se instalaban en los templos, capillas y ermitas que encontraban abiertas, hasta que eran expulsados de ellas. Las órdenes del rey para asimilarles, eran que debían instalarse en pueblos de más de 1.000 vecinos (4.000-5.000 habitantes) y dedicarse a la agricultura. Se les prohibió expresamente los oficios de herrero, tratante de ganado. Se les prohibieron las armas. Igualmente se les prohibió hablar caló, vestir sus prendas tradicionales y vivir en chabolas alejadas del resto de la población a la que eran asignados. No hubo forma de aculturarles, y en 1748, Ensenada decidiría apresarles masivamente, apresó a unos 12.000, y trasladarles a los lugares dichos, y obligarles a cumplir lo dispuesto respecto a ellos.

En 1746 se ratificó la supresión de aduanas interiores asegurándose de que las lanas llegaban a Barcelona, para lo cual se pusieron unos “tornaguías” que controlaran que efectivamente los envíos iban a Barcelona. También se habilitaron los puertos de Puerto de Santa María, Málaga, Cartagena, Alicante y Valencia, para comerciar esas lanas destinadas a Barcelona.

 

El 9 de julio de 1746 murió Felipe V de enfermedad rápida, apoplejía (derrame cerebral), en pocos días. Felipe V había ido engordando mucho progresivamente a lo largo de su vida a fuerza de comer mucho y no hacer ejercicio. A su entierro, el 14 de julio, acudió el todo Madrid con reverencia y respeto. Fue enterrado en la Colegiata de San Ildefonso del Palacio de La Granja.

La reina viuda Isabel de Farnesio se quedó muy contrariada, pues perdía el ejercicio de un poder absoluto para pasar a no ser nadie en política, se fue a La Granja hasta su muerte en 1766. Se quedó ciega y casi sorda y vivía muy deprimida psicológicamente.

El nuevo rey de España, Fernando VI, que no era hijo de Isabel de Farnesio, permitió que la reina viuda permaneciese en Madrid, al igual que respetó a Villarías y Ensenada en sus cargos de Gobierno, pero pronto Bárbara de Braganza reclamó su sitio como reina, es decir, el apartamiento de Isabel de Farnesio, y en 1748, la reina viuda se tuvo que marchar a San Ildefonso. Volvería a Madrid en tiempos de Carlos III, su hijo, pero ya estaba muy vieja y ciega, y casi no podía decidir nada.

El 10 de agosto de 1759, cuando murió Fernando VI, el hijo de Felipe V y María Luisa Gabriela de Saboya, la reina Isabel de Farnesio pareció revivir, pues veía la posibilidad de que su propio hijo, Carlos III, reinase, y ella pudiese volver a tomar las riendas del poder. Tenía 77 años y puso todas sus energías en que Carlos fuera proclamado rey de España. Pero no tuvo la oportunidad de retomar el poder y anular a su hijo, como había anulado a Felipe V. Todavía en 1766, en el Motín de Esquilache, Isabel tuvo un rasgo de carácter cuando su hijo Carlos huyó a Aranjuez el 24 de marzo, pues no admitía que un rey huyese de la Corte. No quiso volver a Madrid y murió en Aranjuez el 11 de julio de 1766.

España estaba siendo derrotada en la Guerra de Sucesión de Austria, que acabará en la Paz de Aquisgrán de 1748. Europa tenía motivos para cerrar la Guerra de Sucesión de Austria e intentar sacar provecho de ella, pues aparecía en perspectiva otro botín más substancioso: España y sus Indias. Efectivamente, se establecieron conversaciones de paz en diciembre de 1747 en Aquisgrán, y se llegó a la paz en abril de 1748.

 

Como si se cerrara una época, en estos años habían muerto también unas pocas personalidades políticas católicas colaboradoras de Felipe V, como:

En 1742, el confesor irlandés del rey, el jesuita Guillermo Clarke que murió en 1742, ilustrado y jansenista, protector del matemático valenciano Gregorio Mayáns, a quien hizo bibliotecario real. Desgraciadamente, Patiño no supo distinguir entre la familia de Mayáns, que había sido austracista como tantas otras en el reino de Valencia, y el propio Mayáns, un hombre de mucha valía en las ciencias modernas, y Mayáns fue devuelto a Valencia en 1739.

En 22 de febrero de 1743, murió el cardenal Belluga, ilustre regalista, y pro borbónico, general defensor de Valencia y Murcia frente a los austracistas catalanes.

En agosto de 1744, murió el cardenal Molina, Gaspar de Molina y Oviedo, agustino, cardenal en 1737, Presidente del Consejo de Castilla desde diciembre de 1733 a agosto de 1744.

 

 

 

SIGNIFICADO HISTÓRICO DEL REINADO DE FELIPE V.

 

La época de Felipe V fue muy activa en cambios políticos, económicos, artísticos y culturales, muchos de los cuales se han atribuido injustamente a Carlos III, su hijo. La diferencia entre Felipe V y Carlos III, por la que luego éste se llevaría la fama de renovador, fue que Felipe V no se atrevió a dar la cara por los cambios que estaban promoviendo sus ministros, que se mostró un tanto cobarde a fuerza de parecer cauto, y prefirió aparecer como neutral y espectador, y adoptaba una posición ambigua con una vaguedad calculada para no comprometerse demasiado. El encargo que le había hecho Luis XIV de no destacar ni enfrentarse con nadie, lo llevó a rajatabla. Pero también sucedía que el rey era incapaz de enfrentarse a los escándalos, y los españoles eran muy dados a organizar escándalos de los cuales siempre sacaban tajada. Por ello, Felipe V permitió abusos de la Inquisición, y permitió otros muchos vacíos o lagunas en la línea reformista que había emprendido.

En realidad, Carlos III fue más cerrado de ideas que su padre, más censor, pero tuvo buenos colaboradores y se llevó la fama. Por ejemplo, fue Carlos III el que prohibió el uso del catalán en la enseñanza, cosa que se atribuye incorrectamente a Felipe V, que sólo lo prohibió en los tribunales y en la Administración.

Felipe V representa el “prerreformismo borbónico”. Decimos prerreformismo porque fue demasiado moderado y se conformó con reforzar la unidad del Estado sin intentar el cambio profundo del país, económico y social. Los Decretos de Nueva Planta fueron una reforma política sin apenas trascendencia, a pesar de que en la Corona de Aragón los bailes y vegueres fueran sustituidos por corregidores, el concell por el ayuntamiento o concejo y el procedimiento de insaculación para elegir veguer por la designación real (exactamente se hacía en las grandes ciudades por designación del corregidor, en las medianas y pequeñas, a propuesta de la ciudad, la Audiencia aceptaba o rechazaba al candidato).

La política de control del poder de la Iglesia, típicamente borbónica, era una actitud tradicional desde tiempos de Fernando el Católico y no tan innovadora como a veces se dice. La Iglesia española en general y el Papa en particular habían apoyado y se habían comprometido con Carlos de Habsburgo en lucha contra Felipe V y era la oportunidad de reformar las relaciones Iglesia Estado, por las que España enviaba a Roma grandes cantidades anuales de dinero, procedentes de sus inmensas propiedades, diezmo, primicias, bulas y otros ingresos. Felipe V no cambió nada en este aspecto y se perdió una gran oportunidad.

El cambio más importante en política económica fue la adopción de un proteccionismo que restringió las importaciones, lo cual perjudicó especialmente a Francia.    Felipe V impulsó el desarrollo económico de forma muy desequilibrada: hizo muy poco por renovar el campo español, y se dedicó más al intento de implantar una industria y un comercio nacionales. No obstante, repobló montes, procuró que no bajase el precio del cereal a fin de que no se arruinaran los campesinos medios y la nobleza (los que vendían), para lo cual permitía exportar tras las grandes cosechas (lo cual era absolutamente inútil, pues no existiendo comunicaciones los precios de movilizar el grano eran inabordables), para lo cual un organismo del Consejo de Castilla vigilaba la marcha de las cosechas y preveía la necesidad de dar los permisos de exportación. También Felipe V autorizó a que los municipios vendieran baldíos, y en este caso la Corona compró a veces lo que ya era suyo y le había sido usurpado muchos años antes. Al final de su reinado, desecó marismas en el bajo Segura y empezó el Canal del Jarama. En 1748 permitió roturar baldíos, lo cual era un remedio sin sentido a medio y largo plazo, pues la tierra de mala calidad se agotaba enseguida y era abandonada en pésimas circunstancias.

La industria se desarrolló poco o nada y destacó Béjar con su industria de la lana, Valencia con la seda, Barcelona con el algodón (Reus, Olot, Mataró, Sabadell y Tarrasa) y Liérganes y La Cavada con sus ferrerías.

En materia social, Felipe V mandó abrir hospicios y hospitales generales por todo el reino, que era el sentido de lo social que había en su tiempo, una mezcla de caridad y filantropía.

En lo cultural, en 1711 fundó la Real Librería y la dotó de una renta y de unos 800 libros que tenía en Palacio y unos 6.000 libros que compró en París, y además ordenó que fuera depositado allí un ejemplar de cada libro publicado en España. Nombró director de la Real Librería al padre Robinet, confesor real, y gestor y verdadero organizador de la misma a Gabriel Álvarez de Toledo, un filojansenista europeizante.

En Madrid, se creó un ambiente progresista en lo cultural que hizo pensar a Gregorio Mayans y a Manuel Martí que había un espacio para la modernidad, aunque pronto se dieron cuenta de que no era así, que la modernidad tenía sus límites en las verjas de Palacio, y se volvieron a Valencia. La revolución cultural fracasó en Madrid, centro de actividad de la nobleza y el clero, lo más reaccionario de la sociedad española del momento. Esa revolución cultural del XVIII se produciría en la periferia peninsular, en academias, sociedades literarias, sociedades científicas, escuelas militares, y casi siempre fuera de la Iglesia y de la Universidad, que eran el cortijo de la nobleza e Iglesia católica.

En Barcelona, surgió en 1729 la Academia de Buenas Letras tras la desaparición de la Academia de los Desconfiados en 1714. En ella estaban Dalmases, Feliú de la Penya, el padre Caresmar, el padre Ribera, el canónigo Pérez Bayer y otros.

 

 

[1] Zenón de Somodevilla y Bengoechea, 1702-1781, marqués de la Ensenada, era riojano de Hervías, de familia de hidalgos, o sea, nobleza pobre. Vivió en Azofra y Santo Domingo de la Calzada. Su padre murió en 1711, cuando Zenón tenía 9 años. Se hizo oficial supernumerario del Ministerio de la Marina en Cádiz e hizo carrera junto a Patiño y Campillo, que le hicieron comisario de varias expediciones de guerra. En 1725 fue Comisario de Matrículas de la Costa de Cantabria a las órdenes de José Campillo que era director del Astillero de Guarnizo. En 1728 volvió a Cádiz para ser Comisario Real de Marina. En abril de 1730 estuvo en Cartagena y en octubre del mismo año en El Ferrol. En 1732 fue comisario en la expedición a Orán. En 1733 volvió a Cádiz y fue designado comisario en la expedición a Nápoles. Por sus méritos en la campaña de Nápoles de 1733-1734, cuando preparó una flota de guerra, fue nombrado marqués de la Ensenada en 8 de diciembre de 1736 y Secretario del Almirantazgo en 1737. Dirigía la campaña de Saboya en 1742 y 1743, como Secretario del infante don Felipe, cuando fue nombrado Secretario de varios Consejos de Estado: Secretaría de Guerra, de Hacienda y de Marina e Indias, los que había detentado Campillo en años inmediatamente anteriores. No era un noble de alto linaje, sino de merecimientos propios. En 1754 decaerá, porque murió Carvajal en abril, y Ensenada le dijo a Carlos de Nápoles que el Tratado de Límites hecho con Portugal en tierras de Uruguay era un error de Carvajal. Entonces el inglés Keene protestó cuando Ensenada envió una flota a Honduras para terminar con los asentamientos ilegales británicos, y el 20 de junio de 1754 Ensenada fue destituido. En 1766 le enviarían confinado a Medina del Campo y allí murió.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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