EL EQUIPO VILLARÍAS – CAMPILLO: 1741-1743.

 

 

José Campillo 1741-1743

 

El 27 de febrero de 1741 tomó la responsabilidad de la Secretaría de Estado del Despacho de Marina e Indias y de la Secretaría del Despacho de Guerra José del Campillo Cossío[1], mientras Sebastián de la Cuadra y Llarena marqués de Villarías seguía como Secretario de Despacho de Estado, y en este momento asumió también la Secretaria de Despacho de Justicia, pero no tomaba decisiones de líder. José Campillo se convirtió en el líder del Gobierno, sustituyendo en ello a Gerónimo Uztáriz.

Campillo era un demagogo que diciendo generalidades se ganó al ejército y a las clases influyentes en política. Campillo había enviado algunos memoriales al rey criticando la gestión de Hacienda y pidiendo más dinero para el ejército a fin de que fuese posible la conquista de Italia. La reina hizo dimitir a Verdes Montenegro para poner en su lugar a Campillo. Se optó por abandonar la política realista de Verdes Montenegro, y adoptar una política supeditada a los intereses de la reina, intereses militares en Italia.

En marzo de 1741, José del Campillo Cossío se hizo cargo de temas de la Secretaría de Hacienda, y cuando en 27 de septiembre de 1741 murió Verdes Montenegro, ocupó la Secretaría de Estado del Despacho de Hacienda. Con ello acumulaba tres Secretarías de Despacho de las cinco existentes: Marina e Indias, Guerra y Hacienda. Las otras dos, la ejercía Villarías.

Incluso algunas funciones de Estado también eran gestionadas por Campillo: Campillo gestionó la participación de España en la Guerra de Sucesión de Austria. Esa función le debía corresponder en puridad a Sebastián de la Quadra Llarena, Secretario de Estado, pero este hombre prefería delegar poder en el nuevo “supersecretario” o secretario de múltiples Secretarías de Estado, que era Campillo. Campillo es el segundo gran poder del siglo XVIII, tras lo que había sido Patiño. Había sido intendente en la Guerra de Sucesión e Polonia, en el ejército de Italia y en el reino de Aragón, es decir, era un golilla. Campillo era partidario de seguir reforzando las Secretarías de Despacho en detrimento de los Consejos, igual que había hecho Patiño.

Y mientras tanto, el Rey de España daba pena: en una nueva nueva depresión, el rey deambulaba por Palacio sucio, con barbas y andrajoso. La reina decidió organizar representaciones teatrales, hacer bailes en la Corte (que nunca se habían hecho en tiempos de Felipe V) y contratar a Carlo Broschi “Farinelli” que entonces estaba en Inglaterra con un contrato perpetuidad muy bien pagado. El nuevo ambiente creado por la reina, y las actuaciones de Farinelli, le vinieron muy bien al rey, que decidió lavarse, salir a cazar e incluso pasar revista a las tropas.

 

 

Gobierno del equipo Villarías-Campillo.

 

En Estado, continuaba Sebastián de la Cuadra Llarena, marqués de Villarías, hasta 4 de diciembre de 1746.

Marina e Indias, José Campillo Cossío.

Hacienda, desde octubre 1741: José Campillo Cossío.

Guerra, José Campillo hasta 1743.

Justicia, Sebastián de la Cuadra Llarena, marqués de Villarías, interinamente

 

 

La actuación política de Campillo.

 

El problema europeo del momento era la Guerra de Sucesión de Austria, en la que España esperaba anular los Tratados de Utrecht y obtener de nuevo sus territorios europeos. El problema de España era la situación de quiebra de Hacienda. Resolver esos dos problemas simultáneamente no era posible, pues para el primero no se disponía del dinero suficiente, y para el segundo no bastaba con recaudar más, si luego se gastaba en proyectos militares que sólo reportaban grandes gastos. Los únicos beneficiados eran el “orgullo” del ejército y los intereses de Isabel de Farnesio. De hecho, el tema de las relaciones con América, de interés primordial para España, quedó muy postergado.

En esta línea      de perseguir los éxitos militares por encima de las necesarias reformas, en 1742 apareció un nuevo cuerpo de caballería, los húsares y en 1743, Campillo sacó adelante un decreto revitalizando el Consejo de Guerra, un paso atrás en la tendencia a eliminar los Consejos a favor de las Secretarías de Despacho. El ejército era lo primero para Campillo.

En 1743, tras la muerte de Guillermo Clark, confesor del Rey, a finales de 1742, Campillo puso como Confesor Real a Jaime Antonio Fevre, jesuita y regalista, el cual sirvió a Felipe V hasta su muerte en julio de 1746, y continuaría en el cargo con Fernando VI hasta 1747. Su reformismo causó incomodidad entre los católicos conservadores españoles y en Roma, y fue cambiado en 1747, pero por otro reformista regalista, aunque menos sospechoso de jansenismo.

 

 

Hacienda y José Campillo.

 

Para tener éxito en el proyecto militar europeo, era urgente recaudar más en Hacienda. Pero el verdadero problema de Hacienda había sido pasado a segundo plano en el momento en que se despidió a Juan Bautista Iturralde en enero de 1740 y a Fernando Verdes Montenegro en febrero de 1741. El problema prioritario pasó a ser la propia guerra de Sucesión de Austria a fin de negociar la recuperación de territorios para España y para los Farnese. Las medidas de urgencia a fin de gastar más en el ejército no parece que fueran las más adecuadas en situación de quiebra del Estado español.

Se podía argumentar que venciendo en la guerra se podrían solucionar algunos problemas de España, pero ello nos parece hoy improbable. Financiar la absurda guerra por los ducados italianos, en la Guerra de Sucesión de Austria, no tenía posibilidades de éxito.

Campillo tomó medidas urgentes para recoger dinero: tomó las reservas del Fondo de Amortización de Juros; impuso un donativo forzoso a los asentistas y arrendadores de rentas del Estado desde tiempos de Felipe V; negoció un préstamo con los comerciantes de Madrid; creó la Superintendencia de Rentas Generales para que la Administración percibiera directamente estos impuestos en 11 provincias.

Campillo intentó un impuesto extraordinario del 10% de los ingresos de todo tipo, algo que parece muy moderno y progresista para su época, pero en la letra pequeña eximió de ese impuesto al clero, a los médicos, los abogados, los trabajadores y a los comerciantes extranjeros… Y como no había catastros ni censos de población fiables, el impuesto se calculó en bruto y se le adjudicó a cada ciudad una cantidad que debía recaudar según sus ingresos estimados. Las ciudades no encontraron medio de recaudar el impuesto extraordinario y la mayoría de los regidores decidió poner nuevos gravámenes a los productos que se comercializaban en los mercados, lo cual fue castigar a las clases pobres. Puso las cosas al común de la gente mucho más duras que las había puesto Verdes Montenegro, pero tenía de su parte al ejército y a la reina.

En 1741, un decreto Campillo se propuso no seguir vendiendo cargos públicos. La venta de cargos se había producido cada vez que los monarcas necesitaban dinero, y eso empezó en tiempos de Carlos I, sobre todo a partir de 1545, y había sido frecuente en el XVII. Esta venta desmoralizaba al país, pues los cargos vitalicios expoliaban a los vecinos con impuestos, se adueñaban de terrenos en propios y baldíos, y buscaban su propio interés al margen del interés común. El decreto de 1741, cortó la venta de cargos nuevos, pero no recuperó los vendidos, que eran ya muchos (no se recuperarían hasta 1835, año en que se hicieron electivos esos cargos). La gente compraba los cargos por las prerrogativas honoríficas que conllevaban, por eximirse de obligaciones personales como el ejército y de obligaciones reales como ciertos impuestos, y también para hacer negocio alquilando los impuestos y el cobro de multas, así como la gestión de los abastos, todo lo cual daba mucho dinero. Los cargos más vendidos fueron el de regidor perpetuo y el de alcalde ordinario perpetuo.

En un proyecto a más largo plazo, 1741-1749, Hacienda se hizo cargo de un montón de impuestos dispersos, englobados en las rentas provinciales. Con ello, eliminó encabezamientos y arriendos. Se trataba de: alcabalas, cientos, millones, servicio ordinario, servicio extraordinario, quince al millar, martiniega, tercias reales, fiel medidor, renta del aguardiente y licores, quinto y millón de la nieve, renta del jabón, sosa y barrilla, diezmo del aljarafe y ribera de Sevilla, cargado y regalía, renta de la abuela, renta de población, renta de la seda, renta del azúcar, renta de yerbas, renta del viento, servicio de milicias, moneda forera, frutos civiles, derecho de internación…

La supresión de intermediarios arrendadores de impuestos tiene como finalidad obtener más recursos para el Estado con menos presión sobre los ciudadanos. Posiblemente ése fuera el objetivo de Campillo, pero ese fin no es tan seguro cuando no hay catastros ni censos de población para repartir equitativamente esos impuestos. De la complejidad del problema a que nos estamos refiriendo diremos: el 10 de octubre de 1749 se intentaría sustituir las rentas provinciales por un impuesto único, pero el problema de falta de catastros y censos seguía en pie exactamente igual. El 7 de julio de 1770 se pondría en vigor el impuesto único, pero dio malos resultados y tuvo que ser retirado en 1776 y volver a los viejos impuestos. En 1785 se volvería inclusive a los encabezamientos. Las rentas provinciales fueron abolidas en Cádiz el 11 de agosto de 1809 por la Junta Suprema Central, y el 13 de septiembre de 1813, las Cortes las sustituyeron por una contribución directa a cobrar sobre riqueza territorial, industrial y comercial, es decir, que estaban en el punto mismo en que había tropezado José Campillo en 1741 y Ensenada años más tarde. Y de nuevo aparecieron los mismos problemas de falta de censos y catastros y Fernando VII restableció las rentas provinciales en 23 de junio de 1814. y otra vez, en 30 de mayo de 1817, Fernando VII intentó reemplazar la rentas provinciales por una contribución directa fijada cada año por el Estado (quedaban exentas Navarra, País Vasco, y los cascos de capitales de provincia y lugares que cobraban derecho de puertas). Y otra vez las rentas provinciales tuvieron que ser restauradas el 9 de julio de 1823. Sólo en 1845 se suprimieron definitivamente las rentas provinciales.

En 1742 se revocaron algunas de las prohibiciones de importación de tejidos de seda y algodón, pues el mercado aparecía completamente desabastecido. Era un síntoma de lo poco realista que era la nueva política económica.

 

 

Política americana de Campillo.

 

Las ideas de Campillo sobre América no se quedaron en simple teoría, sino que se propuso que el Estado español ahorrase en gastos americanos e ingresase más dinero de los negocios de Indias.

Para ello, ordenó suprimir la protección militar a las flotas que comerciaban con América, y sustituir esa actividad comercial por navíos de registro, naves particulares que simplemente debían ser registradas al entrar y salir de España y América, para pagar los correspondientes impuestos. Los “registros” fueron a veces apresados por los ingleses, pero ello no representaba un gran daño para España y el negocio fue bien hasta que los apresamientos fueron demasiados y surgió el miedo en las empresas particulares. En esos momentos, faltaban abastecimientos de los puertos americanos, y los franceses aprovechaban para vender con grandes beneficios e incluso pérdida del cliente para los españoles. Cuando los registros funcionaron bien, el abastecimiento era más rápido que el de las flotas, acudía directamente al puerto que hacía la demanda. En 1739-1754 cruzaron el Atlántico 753 barcos, a una media de 47 por año, una cifra 50% más alta que en los veinte años anteriores. Además se abrieron destinos nuevos como Buenos Aires, Chile y Perú. La idea resultó buena y Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada continuaría con ella, lo que dio gran impulso a las compañías comerciales. Igualmente, la idea de supresión de los asientos de Rentas Reales, fue una idea que perduró en el tiempo.

 

 

Muerte de Campillo.

 

Campillo sólo estuvo en el poder año y medio, pues murió en 11 de abril de 1743, y no sabemos hasta dónde estaba dispuesto a llegar en las reformas, salvo por unos escritos personales de los que hablaremos más adelante. Lo objetivo es que dejó a España inmersa en una guerra de la cual no se podía esperar ningún fruto positivo para el conjunto de los españoles. La guerra será heredada por Ensenada.

 

 

Los divertimentos de Campillo,

o escritos que nunca publicó.

 

     En febrero de 1742, Campillo Cossío escribió un divertimento que nunca publicó, “Lo que hay de más y de menos en España”, y pocos meses después “España Despierta” y al año siguiente “Nuevo sistema de Gobierno económico para la América”. El 11 de abril de 1743 murió. Los llamo divertimentos porque le servían para entretenerse haciendo proyectos políticos de salón. Campillo, en estos escritos, decía lo obvio, pero no ponía remedio racional a nada. De haberse publicado, serían escritos populistas propios de un charlatán.

En “Lo que hay de más y de menos” hizo un diccionario completo, letra a letra, de los males del país: Hay de menos, agricultura, y de más, abandono; hay de menos, baluartes militares, y de más, bastones (altos cargos militares); hay de menos, comercio, y de más, contribuciones; hay de menos, educación, y de más, escritores de mala calidad; hay de menos, fábricas, y de más, frailes comerciando y fabricando en competencia desleal; hay de menos, Gobierno; hay de menos hospicios, y de más, hurtos, pobres y ladrones; hay de menos, inventos e industria, y de más, Indias, unos negocios que sólo producen dinero a los extranjeros y problemas al Estado español; hay de menos, justicia, y de más, letrados; hay de más, leyes; hay de menos, maestros, y de más, putas; hay de menos, navíos y madera, y de más, negociantes, asentadores viles que buscan estafar al Estado; hay de menos, obras públicas, y de más, ociosos; hay de menos, población, y de más, emigración a América; hay de menos, premios a emprendedores, y de más, privilegios; hay de menos, quintas para el ejército, y de más, quejas; hay de menos sentido de la realidad, y de más, relajación de costumbres y vicios en los empleados públicos; hay de menos, sabios, y de más, soberbia; hay de menos, trigo, y de más, tributos, hay de menos, virtud, y de más, vicios.

En “España despierta”, escrita pocos meses después de la anterior, hace comentarios a algunos temas ya expuestos en la obra anterior, y defiende que España está dormida y debe despertar sobre todo en algunos puntos que le parecen más importantes para volver a ser tratados:

El monarca, debe elegir buenos ministros, debe servir a dios, a la república y al mérito, debe ser amigo de los amigos verdaderos, ayudar a los negocios y castigar a los delincuentes.

Los ministros deben ser españoles y leales a España, hábiles a la vez que buenos, elegidos entre personas inteligentes y no entre eclesiásticos, los cuales tienen otras obligaciones distintas a la de servicio al Estado, y deben dedicarse con exclusividad al cargo.

La agricultura debe tener más mulas, y no se deben ver las mulas tirando de coches de señoritos, y debe tener más bueyes y menos corridas de toros. Debe haber más pósitos que apoyen a los agricultores en los años malos, y debe haber más población dedicada a ese trabajo.

Los repartimientos no deben estar adulterados de forma que paguen más los pobres que los ricos.

Y luego repite muchas ideas ya expuestas en “lo que hay de más y de menos en España”.

En febrero de 1743 escribió una tercera obra, que se publicaría en 1789, titulada Nuevo Sistema de Gobierno Económico para la América. Exponía consejos para mejorar las relaciones de España con Indias. Su tesis, contradecía las afirmaciones hechas en los dos libros citados anteriormente, cuando había dicho que América sólo era una fuente de gastos para España, y un negocio para los extranjeros. En este escrito explicaba que España debía aprovecharse de las riquezas americanas en su conjunto y no sólo de los metales preciosos como venía haciendo hasta la fecha. Proponía cobrar más impuestos en América, mejorar las comunicaciones trasatlánticas, establecer compañías comerciales privadas, y hacer reformas administrativas. Había que beneficiar a los comerciantes españoles aunque fuera a costa de los criollos americanos. Calculaba Campillo que, en el momento, sólo el 20% de la demanda americana era satisfecha con productos españoles. Exponía que los ingleses no eran particularmente hábiles, ni sabios, ni más liberales que los españoles, sino más racionales y coherentes. España tenía más territorio en América que Francia y que Inglaterra y tenía más minas, y sin embargo no obtenía la riqueza que los otros estaban obteniendo de las Indias. España no había entendido que debía enriquecer a sus vasallos, vivificar la agricultura y artes, industria y comercio, porque ello haría más rico al país.

En lo que toca a relaciones con los indios, exponía que se debían cobrar menos impuestos a los indios, darles algún tipo de defensa frente a los administradores, ejercer menos dureza con los indios pues ello no generaba ningún beneficio para España y sí odio hacia España, valorar más el capital humano que la riqueza material de las minas americanas. Los ingleses y franceses habían dado más libertad a sus indios y de ello habían obtenido ventajas. Los franceses proporcionaban a los indios instrumental de caza, pesca y labranza, y ello agradaba a los indios, la convivencia resultaba buena y el resultado había sido que los intercambios se habían multiplicado por cuatro en los últimos años. Había también que terminar con los repartimientos de indios.

Respecto al mejor cultivo de las tierras americanas, aconsejaba trasladar familias españolas a América, subvencionando a las que se quisieran ir, y llevando a las gentes ociosas españolas, gitanos y prostitutas, de modo que se vieran obligados a trabajar para sobrevivir. En este punto se desconfiaría de llevar extranjeros, pues había diferencias culturales, sobre todo de religión, que generarían problemas, pero se podía admitir extranjeros que estuvieran preparados técnicamente y fueran buenas personas.

Se debían nombrar intendentes que promovieran la riqueza americana con el objetivo de redistribuir la tierra, ponerla en cultivo y dar salida a sus frutos, para lo cual era imprescindible crear caminos, postas y correos y refugios para los caminantes y transportistas. Se debía evitar que hubiera zonas despobladas. Había que romper el prejuicio de que los indios no tienen espíritu de trabajo, porque en realidad no tenían ocasión de trabajar, y si bien es cierto que algunos tenían entendimiento limitado, no hacía falta que todos los miembros de una sociedad fueran inteligentes, bastaba que unos pocos lo fuesen y organizasen a los demás. Había que crear pósitos. Había que crear ciudades nuevas. Había que buscar especias nuevas.

En cuanto a los errores de la Administración, se debían suprimir los abusos de los gobernantes, que no observaban las leyes y luego daban informes falsos, se debían poner visitadores, hombres honestos e íntegros, que informasen al rey de las mejoras necesarias en tierras americanas y que no se parasen en minucias, sino en temas importantes como gobierno eclesiástico, Universidades, tribunales, beneficios, obras pías, bienes en manos muertas… hacer mapas de los territorios, hablar con las personas para conocer sus problemas.

El comercio americano debería mejorarse suprimiendo impuestos que los hacen más caros que los extranjeros y luchando contra los intereses creados por la costumbre de comprar productos franceses y británicos. Los abastecimientos libres de derechos incrementan el comercio porque los productos resultan más baratos y ello da salida a la producción nacional. Los franceses pagan pocos impuestos: un 5% al llegar a América, y un 5-20% al regreso, estando algunos productos libres de impuestos. El sistema de palmeo, o sistema por volumen de los fardos era un error y había que ir al impuesto ad valorem. Los franceses hacían que sus barcos dejasen una fianza en puerto, que debían recoger al volver de América, lo cual aseguraba la vuelta del barco, y en Inglaterra ocurría algo parecido. En Inglaterra y Francia todas las personas tienen permiso para comerciar en colonias, los franceses desde un solo puerto y los ingleses desde todos los puertos. Lo único que se exige es que todos los productos sean originarios del propio país, que los barcos sean de fabricación nacional y que la tripulación sea nacional. El comercio francés y británico era dirigido por los Gobiernos a fin de que no hubiera saturación de mercados. Los fletes debían ser más baratos a fin de que la mercancía llegase a América a mejor precio. Se debían pagar menos derechos al llegar a España, a fin de que el mercado americano se amplíe y de ello se recaudará más. Se debía establecer un sistema de giro entre España y América mediante avisos y correos regulares. Se deben instituir compañías de seguros. Eran muy interesantes los productos chinos porque eran muy baratos y su precio se podía incrementar en 50% o 100% con las consiguientes ganancias. Por otra parte consideraba que, en su tiempo, los caudales americanos más perjudicaban a España que la beneficiaban. Se debía proporcionar el azogue a precios más razonables y sanear las minas importando técnicas sajonas, de modo que la producción de plata fuera mayor y a precio más barato. El comercio americano se debía organizar en cuatro bloques: comercio español con América; comercio interamericano; comercio de Nueva España con Asia; y comercio con los indios independientes.

Se debía estimular a los indios a vestir al estilo español, porque así se convertirían en demanda para los productos españoles. Bien entendido que se haría con libertad para vestir, pero haciendo visibles las diferencias entre la pobreza india y el bienestar español, a fin de que se estimulasen a imitar a los españoles.

Se debía entender de una vez que no se podían controlar 4.000 leguas de costas americanas y que los sistemas de vigilancia no eran la solución a los problemas comerciales.

Se debía evitar que lo que predicaban los clérigos fuera distinto de lo que practicaban, se debía evitar que el clero fuera tan numeroso y que ingresase en el clero gente sin vocación, sólo como medio de vida, y para ello había que restringir las muchas capellanías fundadas en América, y hacer que las monjas pagasen dote para ingresar en convento, a fin de garantizar las verdaderas vocaciones. Igualmente se podría exigir a los monasterios españoles que educasen a los indios en América.

Y en cuanto a la actividad fabril, era absurdo industrializar América, porque en España hay demasiadas fábricas y ya no dan salida a su producción, recomendando que América proporciones materias primas y España envíe productos elaborados a América.

Esto era en fin lo que escribía Campillo en sus ratos libres. No tuvo traducción política alguna.

 

 

 

 

LA GUERRA DE SUCESIÓN DE AUSTRIA, 1740-1748:

La guerra en 1741-1743.

 

 

División de Europa en dos bloques:

El 5 de junio de 1741 se firmó el Tratado Franco Prusiano, primer eje de la guerra.

El 25 de junio de 1741 se firmó la Alianza Austro-Británica, segundo eje de la guerra. Como Gran Bretaña estaba asociada a las Provincias Unidas de Holanda, este segundo eje comprendía a Gran Bretaña, Holanda y Austria.

En la guerra, cada Estado iba a por unos objetivos particulares, y no existía un plan común, unos objetivos generales. Sólo, la idea de cada monarca de poder hacerse con cuantos territorios pudiera en cada ocasión, sin importar los medios ni la moralidad de los mismos. Quizás sea inexacto hablar de ejes o bloques.

 

El papel de España en el bloque de Francia.

El primer eje de la guerra que hemos citado pretendía unir a Francia, Prusia, España, Baviera, Sajonia y Cerdeña, pero esta alianza era mucho más endeble que su oponente, y de hecho se fue rompiendo, desgajando unas veces, pasándose al otro bando otras, hasta quedar en muy poco.

En este bloque, España no pudo hacer un acuerdo con Cerdeña-Saboya, porque ambos aspiraban a los mismos territorios italianos, lo cual era incompatible. Cerdeña resultaba aliado de Francia porque no podía hacer frente al ejército francés, y así, el enemigo-rival de España era aliado de Francia, una posición muy complicada que se manifestaría más adelante con cambios de bando de Cerdeña.

España estaba ligada a Francia por el Primer Pacto de Familia de 7 de noviembre de 1733. Por ello, quedaba en lo que hemos denominado primer eje.

Hay que tener en cuenta que, desde 1739, España estaba en guerra con Gran Bretaña en la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, guerra que en 1741 alcanzaba su punto más duro en el ataque a Cartagena de Indias por una de las flotas británicas más grandes de todos los tiempos. Gran Bretaña fracasó en lo que podía haber significado la expulsión de España de sus colonias americanas y sustitución de la metrópoli de Madrid por la de Londres. Gran Bretaña perdió una magnífica oportunidad de expulsar para siempre a España de América, porque España equivocó de nuevo los objetivos, dando prioridad a conseguir Italia, cuando lo verdaderamente importante, rentable, y digno de solidaridad con sus propios súbditos, era América. Si Inglaterra fracasó, fue porque los americanos defendieron a España con todo su ahínco, cosa difícil de entender para los británicos.

España completó sus alianzas mediante:

El Tratado de Nynphenbourg de 28 de mayo de 1741, de España con Baviera. Carlos Alberto de Baviera apoyaba el establecimiento del español Felipe de Borbón Farnese en territorios italianos, a cambio de que España le aportara dinero y apoyo diplomático en futuros acuerdos con terceros países.

El Tratado de Francfort de 20 de noviembre de 1741, hecho por España con el elector de Sajonia y rey de Polonia.

El Tratado de San Ildefonso de 18 de julio de 1742, de España con Dinamarca, por el que se establecía la amistad, navegación y comercio entre ambos países. El tratado fue gestionado por el marqués de Monteleón desde Hamburgo, y no era fácil porque Dinamarca exigía el pago del dinero entregado al archiduque Carlos en 1704-1714, a lo que España respondía que ese dinero se lo reclamasen al emperador de Austria que era quien les había pedido el dinero. Las negociaciones iban mal, pero Carlos VI de Nápoles le dijo a su padre Felipe V que necesitaba vender el trigo de Sicilia. Dinamarca se envalentonó y pidió entonces libertad de comercio en puertos españoles, protección de la Armada española sobre sus barcos cuando navegaran en el Mediterráneo, libertad para vender textiles en España e Italia, licencia para acuñar moneda de cobre española, ser nombrados intermediarios de los productos escandinavos para vender en España, y declararla país más favorecido (con capacidad para exportar más de lo que importaba). Las peticiones danesas eran desmesuradas e imposibles, pero José Campillo dijo que se aceptaran, con la intención de no cumplirlas, lo que llevaría a la ruptura entre ambos países en 1753.

 

 

Acciones de guerra en 1741.

 

Prusia venció a los austríacos en Mollwitz en 10 de abril de 1741, cerca de la ciudad polaca de Wroclaw, en la zona de confluencia actual de Polonia, Chequia y Alemania. Con ello, los prusianos se consideraron dueños de Silesia, su objetivo en la guerra. Se considera que esta campaña es la primera de la Guerra de Sucesión de Austria.

La primera sorpresa de los contendientes fue que Federico II de Prusia, rey desde 1740, había sido capaz de levantar un ejército e invadir Silesia en diciembre de 1740. Hasta entonces, Prusia no había tenido un protagonismo especial en Europa, y se había aliado a Francia, con intención de tener un aliado frente a Austria. Austria le tuvo que dedicar toda su atención e incluso abandonar un poco el sur, y hasta Francia vio cómo sus generales pedían entrar en guerra no siendo que Prusia se quedara con todo el imperio austríaco.

La sorpresa continuó, porque Prusia fue la primera en ver que aquello era una guerra de desgaste sin sentido alguno para casi nadie, y Prusia se retiró de la guerra en 1742, una vez conseguidos sus objetivos.

 

Francia, que también iba a lo suyo, aunque en teoría no estaba todavía en guerra, hizo entrar a los ejércitos de Mallebois en Westfalia, oeste de Alemania, y firmó con Hannover un acuerdo en 25 de septiembre de 1741, por el que éste ducado se declaraba neutral en la guerra. Otro ejército franco bávaro entró en Bohemia y su capital Praga el 25 de noviembre de 1741, y en Linz, hoy en Austria, al sur de Praga. Para no estar en guerra, como decía, el cardenal Fleury, estaba tomando buenas posiciones de lucha y conquista.

 

Carlos Alberto de Baviera, se coronó rey de Baviera en 1741. El 24 de enero de 1742, Carlos Alberto de Baviera se hizo coronar Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Francfort, adoptando el nombre de Carlos VII, y fue el antagonista de María Teresa de Austria, quien se había casado con Francisco Esteban de Lorena en 1736, e hizo coronar Emperador a su marido en 1745, a la muerte de Carlos VII. Carlos Alberto de Wittelsbach, Elector y Rey de Baviera, emperador del S.I.R.G. tenía en su apoyo a Francia y a España. Fue derrotado por Austria y expulsado de Baviera, pero logró recuperar sus Estados en 1744.

 

España fue de las primeras en poner en esta guerra todo lo que tenía: El 4 de noviembre de 1741 salió de Barcelona un ejército español con destino a Orbetello, en el límite sur de la Toscana, mandado por el duque de Montemar, y cuya misión era atacar la Toscana y el Milanesado desde el sur. El cardenal Fleury prestó unos navíos de guerra para escolta de estos transportes de tropas y abastecimientos. Otro ejército español salió de Cataluña por los Pirineos, mandado por Felipe de Borbón Farnese y por el conde de Glimes, con el fin de entrar en Saboya y Niza y atacar el norte de Italia desde el este.

España fracasó en la invasión del milanesado. Hizo movimientos muy lentos y dio tiempo a que soldados austriacos volvieran a Módena, y a que Saboya ayudase a Austria.

 

 

Replanteamiento de la guerra en 1742.

 

En 1742 cambió por completo el aspecto de la Guerra de Sucesión de Austria:

María Teresa de Austria logró un pacto con la Dieta de Hungría para que ésta le aportara un ejército, mandado por Khevenhüller, el cual reconquistó Alta Austria, Baviera y llegó a Munich en 23 de febrero de 1742. Carlos Alberto de Baviera fue desplazado de sus territorios patrimoniales.

El 21 de febrero de 1742 cayó Walpole en Gran Bretaña y dio paso a un Gabinete belicista presidido por Carterer.

El 11 de junio de 1742, Federico II de Prusia se retiró de la guerra, tras un fracaso en el intento de conquista de Moravia, y una intermediación de Gran Bretaña que le indicó que debía abandonar. Firmó con María Teresa los Acuerdos de Breslau en los que María Teresa le cedía Silesia y el condado de Glatz a cambio de su retirada y neutralidad en la guerra. Era un aliado menos contra Austria, un frente menos en el norte, lo cual permitió a Austria reconquistar Praga y Bohemia en la segunda mitad de 1742, y fortalecerse en Austria, Hungría, Bohemia y Baviera.

A la vista del cambio de fuerzas que se estaba produciendo, Carlos Manuel III de Cerdeña, rey de Cerdeña en 1730-1773 y duque de Saboya, el hombre que deseaba los mismos territorios que España, decidió abandonar la coalición con España y llegar a acuerdos con Austria, al estilo de Prusia, firmando con Austria la Convención de Turín, el 1 de febrero de 1742, por la que Saboya se comprometía a defender Milán, Parma, Piacenza y Módena contra los españoles. Lógicamente, esperaba quedarse al final de la guerra con esos territorios.

En agosto de 1742, llegó a Nápoles una escuadra británica que amenazó con bombardear la ciudad si Carlos VII de Nápoles, el español Carlos de Borbón Farnese, no firmaba la neutralidad en la Guerra de Sucesión de Austria. Igualmente debía firmar un compromiso de no cooperación con los ejércitos españoles que estaban en Italia.

El duque de Montemar entendió que la situación en el Milanesado era distinta, puesto que peligraban sus abastecimientos y se preveía un ataque muy duro desde Saboya y desde Austria, y se retiró al sur en septiembre de 1742.

 

El fracaso de España en 1742: El 18 de julio de 1742, José Campillo Cossío en nombre de Felipe V de España, y Federico Luis barón de Dehn en nombre de Cristian VI de Dinamarca, hicieron un tratado de amistad, comercio y navegación llamado Tratado de San Ildefonso, ya citado más arriba, que duró hasta 1753. España ofrecía ventajas comerciales a Dinamarca a cambio de su neutralidad.

El conde de Glimes, al servicio de España, atacó Saboya en septiembre de 1742 y resultó un fracaso. Inmediatamente fue sustituido por el Marqués de Mina, quien recuperó Saboya a fines de año y obligó a Carlos Manuel III de Cerdeña y duque de Saboya a abandonar Chambery, ciudad cuna de los Saboya, al sur de Ginebra.

España estaba fracasando en toda la línea italiana, tanto por parte de Glimes como de Montemar. Se cree que los fracasos se debieron a las injerencias de José Campillo, dirigiendo la guerra a distancia.

En 1742, España sustituyó a Jean Bonaventure Thiery Dumont[2] conde de Gages como Comandante en Jefe de los ejércitos españoles en Saboya por Jaime Miguel de Guzmán-Dávalos y Spínola[3], II marqués de la Mina, quien permanecería en la guerra hasta 1749.

 

 

La Guerra de Sucesión de Austria en 1743:

 

1743 fue, en conjunto, el año de consolidación de María Teresa en Austria y el del fracaso de Francia en Alemania, donde De Boglie fue derrotado en Baviera y la tuvo que abandonar, y Noailles fue derrotado en Dettingen (Baviera) por las tropas de Jorge II de Hannover, rey de Gran Bretaña desde 1717, apoyadas por Gran Bretaña.

El 29 de enero de 1743 murió el cardenal Fleury a los 89 años de edad, y Luis XV tomó personalmente el gobierno de Francia y la responsabilidad de la guerra.

En febrero de 1743, España, o más bien Isabel de Farnesio, concedió el mando de las tropas de Felipe de Borbón Farnese a Juan de Gages, conde de Gages, el cual atacó al austriaco Taun, que llevaba soldados austríacos y sardos, en la batalla de Campo Santo de 8 de febrero de 1743, que fue de tremendo desgaste para ambas partes, con el resultado de que Gages se tuvo que retirar hacia Nápoles y mantenerse a la defensiva durante el resto del tiempo de guerra. El marqués de La Mina, el jefe de las fuerzas españolas en Saboya desde 1742, no atacó en todo el año 1743. Francia y España esperaban una alianza con Cerdeña, pero ésta no se produjo.

España y Francia (que oficialmente no había entrado todavía en guerra) fueron derrotadas en Campo Santo el 8 de febrero de 1743 (Gages derrotado por Taun) y en Trebia-Piacenza el 15 de junio de 1746 (Liechtenstein derrotó a Felipe de Borbón Farnese y a Maillebois). También los ejércitos de Gran Bretaña, Austria, Hannover y Hesse, derrotaron a Francia en Dettingen en junio de 1743.

El 11 de abril de 1743 murió en España Campillo, un belicista, y fue sustituido por Ensenada, más pacifista.

Inglaterra buscó apoyos de otras potencias y encontró en 13 de septiembre de 1743, Pacto de Worms, a Austria, Saboya y Cerdeña, lo cual ponía en dificultades a Francia. Carlos Manuel III de Cerdeña recibía una buena cantidad de dinero, unos territorios en el milanesado y el ducado de Piacenza, a cambio de reconocer la Pragmática de Austria, es decir, la legalidad de María Teresa de Austria como sucesora en el trono de Austria.

En 1743 tomó la dirección del Gobierno de Francia, Luis XV, nacido en 1710, rey en 1715, casado en 1725, pero manejado hasta entonces por personas más sensatas que él, como fue la regencia del duque de Orleans 1715-1723, el Gobierno del Duque de Borbón 1723-1726, y el Gobierno, en la sombra pero efectivo, en 1726-1743, del cardenal André Hercule de Fleury 1653-1743. Luis XV no estaba capacitado para tan complicada tarea, y de hecho llevaron el peso del Gobierno, alternativamente, la marquesa de Pompadour y la duquesa de Du Barry.

Entonces Francia sugirió a España el Segundo Pacto de Familia, o Tratado de Fontainebleau, que se firmó en 25 de octubre de 1743, siendo protagonistas el príncipe de Campoflorido por Felipe V, y Amelot por Luis XV: en él, Francia obtenía el apoyo de España en la guerra de Austria y en la de Saboya, comprometiéndose ambos en no hacer paces por separado, y Francia apoyaría a España en sus pretensiones de colocar a los infantes españoles en los ducados italianos (Milán, Parma, Piacenza serían para el infante Felipe, y Nápoles y Sicilia serían para el infante Carlos) y en la reconquista de Menorca y Gibraltar. Además, Francia declararía la guerra a Inglaterra y ayudaría a España a quitarle a Gran Bretaña los privilegios del asiento de negros y el navío de permiso, además de a recuperar Gibraltar y Menorca. El pacto se declaró secreto. En consecuencia del pacto, España declaró la guerra a Cerdeña en 30 de septiembre de 1743, la guerra a Inglaterra en 15 de marzo de 1744, y la guerra a Austria el 26 de abril de 1744. España no ganaba nada. Ganaba en todo caso Isabel de Farnesio colocando a sus hijos, y sólo hipotéticamente, solo recibiendo apoyo en ese tema. Igualmente recibía apoyo en los temas de Menorca y Gibraltar, y a cambio ponía ejércitos en Saboya que costaban dinero y hombres. Se estaba defendiendo el interés privado de la reina con el esfuerzo público del Estado español.

Y el conflicto de la Guerra de Sucesión de Austria terminó siendo lo de siempre en los últimos siglos: Inglaterra luchando contra Francia y España.

España y Francia terminaban el año 1743 en situación de debilidad progresiva, pues habían abandonado la guerra sus aliados Prusia y Cerdeña. El Tratado de Fontainebleau de octubre de 1743, era una auténtica trampa para España, pues Francia, oficialmente, no había entrado todavía en guerra en la Guerra de Sucesión de Austria. Y en la ayuda de Francia a defender el Caribe contra Inglaterra había truco: Francia podría seguir comerciando libremente en América, con el pretexto del abastecimiento a sus barcos de guerra.

 

 

 

 

LA CULTURA ESPAÑOLA EN ÉPOCA DE FELIPE V

 

 

Cansancio español ante los novatores.

 

Diego Torres Villarroel, 1694-1770, catedrático de Matemáticas de Salamanca, fue un personaje extraño, que comprendió que era más fácil vivir como adivinador del futuro y astrólogo que como científico, así que se dedicó a la astrología y los almanaques. En 1743, en Vida, ascendencia, nacimiento crianza y aventuras del Doctor don Diego de Torres Villarroel, se presentó a sí mismo como loco, ignorante, lleno de desvaríos, necio, vano y defectuoso, lo cual era una base literaria para criticar la ignorancia, pompa, estupidez y ansias de trepar de los tradicionalistas y de los novatores por igual. Torres Villarroel significa para nosotros que los movimientos intelectuales se habían corrompido y las modas eran utilizadas, como siempre desde la Edad Media, para colocarse. Así, Torres Villarroel expuso las miserias de la Universidad.

 

 

La prensa en época de Felipe V.

 

La prensa era un extraordinario vehículo de conexión de ideas entre personas de la minoría ilustrada, los que vivían en Madrid y los de provincias, los que salían al extranjero y los que permanecían en el país. Decimos prensa cuando una publicación aparece regularmente, tiene una redacción colectiva y está abierta a un público amplio, de lo contrario estaríamos hablando de folletos o de hojas informativas o de otro producto. En estos términos, es difícil hablar de prensa en el siglo XVIII, pero debemos ser abiertos en este concepto para entendernos mejor.

La prensa del XVIII proporcionaba información científica y filosófica, y también proyectos políticos, críticas políticas, e información económica. La mayor parte de los temas eran lugares comunes de ámbito moral, casi siempre intemporales y significativos, pues no esperaban su lectura inmediata, sino a lo largo del tiempo, años tal vez. Algunos de estos lugares comunes eran los objetivos de la ilustración, exaltación de la España antigua falseando la realidad, defensa de una España renovada, crítica de la sociedad, de la vida religiosa y de las costumbres españolas, noticias literarias y de bellas artes, así como su crítica… Los periódicos hacían prosa cómica, crítica literaria, y relatos moralizantes y su estilo literario era soso.

La tirada mayor no sobrepasaba los 800 ejemplares. Es excepción La Gaceta de Madrid que llegó a tirar 12.000 ejemplares.

A lo largo del XVIII pudo haber unos 135 periódicos, de vida más o menos efímera, dos años como referencia. Madrid conoció unos 69 periódicos, algunos de ellos clandestinos. La otra mitad, apareció en diversas ciudades españolas. En general, criticaban a los clérigos ignorantes, a los petimetres (que sólo sabían gozar del lujo y de la moda), comentaban los problemas matrimoniales de la gente bien, los acontecimientos festivos y religiosos, las celebraciones populares… y defendían el progreso en la educación y en una religión “ilustrada”, es decir, racional y libre de supersticiones y supercherías.

Podemos citar[4] los siguientes títulos:

En 1722 apareció en México “Gaceta de México y Noticias de Nueva España”, publicación que se mantuvo seis meses y volvió a aparecer en 1728 bajo la dirección de Juan Francisco Sahagún Arévalo, permaneciendo en la calle dos años.

En 1735-36, “El Duende Crítico” de Madrid eran unas hojas copiadas en las que Fray Manuel de San José criticaba a los ministros, los satirizaba. Aparecía los jueves, era manuscrito, hostigaba a Patiño y al rey. Manuel de San José era un portugués que actuaba como portavoz del partido aristocrático, y aprovechaba el convento para hacer las copias durante la semana. El duende era muy popular en las tertulias de Madrid. Se declaraba cristiano-católico.

En 1737-42 el “Diario de los Literatos de España” publicaba artículos sobre cultura y ciencia y el coste era pagado por Felipe V. Lo redactaban unos clérigos llamados Juan Martínez de Salafranca, Leopoldo Jerónimo Puig y Francisco Xavier de la Huerta y Vega. Era trimestral. Trataba temas eruditos de literatura y daba noticias de publicaciones nuevas, e incluso de adelantos científicos. Criticaba la literatura nacional de mala calidad. Sus críticas eran rigurosas. La tirada era pequeña, y Enciso le atribuye unos 1.500 ejemplares.

En 1738 apareció “El Mercurio Histórico Político” de las manos de Salvador José Mañer, con periodicidad mensual o bimensual. Trataba de temas de economía, política, y literatura más o menos vacía. En 1756 funcionaba “El Mercurio de España con 42.000 ejemplares al año (Enciso le atribuye 5.500 ejemplares) controlado por el Gobierno. En 1780, este periódico editaba 61.500 ejemplares anuales. Era mensual, sin profundidad intelectual y con poco espíritu renovador. (Según otra fuente, en 1784 pasaría a llamarse El Mercurio de España). Se editó hasta 1830. En 1739 y hasta 1741 apareció “El Mercurio Literario” de José María Herrero.

En 1740-1742, el virrey de Perú publicó en Lima “La Gaceta de Lima”, publicación que tenía como finalidad reproducir La Gaceta de Madrid, de modo que se divulgaran las leyes que dictaba Felipe V en España.

Efhemérides Barométrico Médicas, salió en 1737-1742 con periodicidad mensual.

El resto de los periódicos serían de mucha menor difusión y tendrían unos 500 ejemplares diarios de media.

 

 

[1] José del Campillo y Cossío, 1693-1743, nació en Alles (Asturias). Fue educado por un canónigo de Córdoba, Antonio Maldonado, que le inclinó por el Latín, Filosofía y Teología, sin duda para hacer de él un sacerdote. En 1713 abandonó al canónigo y al Seminario, y se puso a servir a Francisco de Ocio, intendente general de aduanas en Sevilla. En 1717 fue a Madrid y trabajó en Marina y Guerra, destinándosele a Cádiz, Sevilla, Santoña y Guarnizo (1726), teniendo último destino como intendente militar en La Habana, para pasar en 1733 a ser intendente del ejército en Italia y en 1737 intendente de Zaragoza y en 1739 Intendente General de Aragón. En 1741 fue Secretario de Hacienda en febrero, y de Guerra, Marina, e Indias, en octubre. Había sido denunciado por la Inquisición por haber leído libros prohibidos y establecido contactos con herejes. En 1737, como Intendente de Aragón, se enemistó con Gaspar de Molina, Gobernador del Consejo de Castilla, quien le acusó de malversación de fondos. También se enfrentó al Duque de Montemar, líder del “partido español o fernandino” o que significó la destitución de Montemar en su mando militar.

[2] Jean Bonaventure Thiery Dumont, 1682-1753, conde de Gages, pasó toda su vida en las Guardias Valonas de España.

[3] Jaime Miguel de Guzmán –Dávalos y Spínola, 1690-1767, II marqués de Mina, había estado en 1732 en la campaña de Orán, y en 1734 en la batalla de Bitonto , por lo que era un experto en la guerra. En 1742 le fue confiado el mando de los ejércitos en Saboya. En 1749 pasó a gobernar Cataluña y destacó por su política ilustrada y reformista, mejorando los accesos a Barcelona, empedrando sus calles, dragando el puerto, poniendo la ópera en el Teatro de Santa Cruz. Murió en Barcelona en 1767.

[4] Es muy interesante la obra de YANET ACOSTA MENESES, La Información Agraria en España, desde sus orígenes hasta la agenda 2000. Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Ciencias de la Información. Departamento de Historia de la Comunicación Social. Madrid 2007 y 2008.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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