FELIPE V, 1715-1746

    La época independiente del reinado de Felipe V,

         o época de Isabel de Farnesio.

 

 

 

 

LA ÉPOCA DE ALBERONI 1715-1719:

Años 1715-1716.

 

Sincronización de monarquías europeas del XVIII

Francia        Luis XIV        -1715-       Luis XV             -1774-             Luis XVI –   1791

Inglaterra Ana Estuardo -1714- Jorge I -1727-   Jorge II  -1760-     Jorge III

España  1700-        Felipe V        -1746- Fernando VI – 1759-    Carlos III -1788

Austria    1705- José I -1711- Carlos VI -1740- Mª Teresa – 1780- José II

Prusia    1701- Federico I -1713- Guillermo I -1740-       Federico II               -1786

 

Francia     1789- Rev. Francesa -1814- Luis XVIII-1824- Carlos X-1830

Inglaterra 1760-      Jorge III       -1820-             Jorge IV                  – 1837

España   1788- Carlos IV- 1808-José I- 1814-  Fernando VII         – 1833

Austria -José II -1790 – Leopoldo  -1792-     Francisco II            -1835

Prusia     Federico Guillermo II   1797-   Federico Guillermo III       – 1840

 

 

Nuevo equilibrio europeo de potencias en 1715.

 

Europa cambió a principios del siglo XVIII, no sólo porque Francia dejó de ser potencia indiscutible en el oeste europeo al aparecer Gran Bretaña, sino también por la aparición de Prusia en el nordeste. En 1618, el ducado de Prusia se había unido a Brandeburgo. En la Guerra de los Treinta años fue consciente de su inferioridad militar y, tras 1648, decidió tener un ejército, lo que significaba una nueva potencia europea. Con este ejército, el duque Federico III de Prusia negoció la ayuda a Austria en la Guerra de Sucesión Española, y en 1701 obtuvo la consideración de reino, con el título de Federico I de Prusia. La situación fue reconocida en Utrecht 1713, y ello significaba un nuevo juego de equilibrios militares en Europa del Este:

Gran Bretaña tenía una nueva alternativa a jugar para una alianza frente a Francia, y ya no sólo la alianza con Austria.

Francia también podía jugar entre Austria y Prusia en sus intereses en el Este, al tiempo que tenía la alianza de España por el sur, lo que la confería influencia en toda Europa. La alianza con España era muy ventajosa para Francia en cuanto a la apertura del comercio americano. En 1715, tras la muerte de Luis XIV de Francia, gobernó este país, hasta 1723, una regencia de 14 miembros, presidida por el duque de Orleans. Pero las intrigas de la segunda esposa de Luis XIV, contra Orleans, daban esperanzas a Felipe V para recobrar el trono de Francia.

En 1715, España no tenía un ejército como para enfrentarse a Gran Bretaña (5 veces menos barcos de guerra) o a Francia (10 veces menos soldados), así que tenía que pensar en alianzas con Gran Bretaña, Francia o Austria. Felipe V estaba relacionado familiarmente con Francia, porque era el heredero al trono francés, cosa que no le importaba demasiado, pero sobre todo estaba interesado en recuperar para su Corona el Milanesado, Cerdeña y Nápoles, que habían sido adjudicadas a Austria, y Sicilia, que había sido adjudicada a Saboya.

España era el mayor imperio colonial del XVIII, y las pretensiones británicas y francesas siempre se basaban en abrirse camino a la participación en el comercio americano, e incluso las cuñas abiertas en España (Gibraltar y Menorca) tienen relación con el comercio mediterráneo, pero también con el americano. Tras el Tratado de Utrecht, España no veía a Francia como enemigo sino como aliado. El enemigo era identificado con el imperialismo comercial británico.

En efecto, Gran Bretaña y España eran las potencias europeas con mayores discrepancias entre ellas, por la pérdida española de Gibraltar y Menorca, por la pérdida española de territorios italianos gracias a la acción de la armada británica, y por la intromisión de Gran Bretaña en el Caribe, principalmente en el Istmo de Panamá y en Cuba.

La postura de Luis XIV de Francia respecto a estos problemas fue hábil: se mostraba como el mediador entre Austria y España, para solucionar los problemas en Italia; también defendía que España lograse una economía americana fuerte a fin de tener oportunidades comerciales para Francia.

 

 

Muerte de Luis XIV en septiembre de 1715.

 

En febrero de 1715, Alberoni pidió cambio de embajador francés para eliminar a Saint Aignan que estaba apoyando la formación de un “partido español” para eliminar la influencia italiana. Luis XIV envió al Príncipe de Cellamare, sobrino de Giudice, un italiano que debía promover la influencia francesa en España. Cellamare hizo mal su trabajo y no estuvo preparado en un momento clave del mismo, la muerte de Luis XIV.

Y en 1 de septiembre de 1715, falleció Luis XIV. Francia estaba en crisis sucesoria, y como estas crisis daban lugar últimamente a guerras europeas, su preocupación era evitar la guerra, para lo cual se negaba a dar sus derechos a Felipe V de Borbón. Cellamare pudo presentar a Felipe V como candidato al trono de Francia, pero no lo tenía previsto, y Felipe, II Duque de Orleans[1], se adelantó y se quedó con el Gobierno francés a título de Regente de Francia en nombre de Luis XV.

El Regente de Francia, Duque de Orleans, tuvo malas relaciones con Felipe V, lo que fue aprovechado por Carlos VI de Austria en sus reivindicaciones contra España. Austria había obtenido en Utrecht el Milanesado, Mantua, Nápoles y Cerdeña, pero se quejaba de no haber obtenido Sicilia, porque en sus planes veía que esta nueva posesión le abriría las puertas para dominar Parma, Toscana y Saboya, es decir, la totalidad de Italia.

 

 

Alberoni en el Gobierno de España.

 

Giulio Alberoni había llegado a España en diciembre de 1714, con Isabel de Farnesio la nueva esposa de Felipe V de España. No era ningún cargo importante, sino consejero de la reina, lo que le permitía ser el verdadero gobernante de España. A la muerte de Luis XIV en septiembre de 1715, Alberoni eliminó al partido francés de Giudice y Cellamare, y se apoyó en españoles, pero no en los Grandes de España.

Alberoni jugó a un cambio de relaciones exteriores y firmó una alianza con Gran Bretaña en noviembre de 1715 a fin de compensar el bloque que habían formado Austria y Francia, en el que salía perjudicada España. Hasta entonces, Luis XIV había sido un impedimento para abrir este tipo de relaciones, pero una vez muerto se podía intentar. Se habló con Paul Methuen, antiguo embajador inglés en Lisboa y ahora Secretario de Estado británico y se llegó a un acuerdo el 14 de noviembre de 1715 en el que:

Se le concedió a Gran Bretaña el status o tratamiento de nación más favorecida, se le concedieron aranceles favorables a los comerciantes ingleses en España y se le autorizó para proveerse de sal en isla Tortuga.

Se prometía que España no apoyaría a Jacobo Estuardo.

España se mostraba dispuesta a olvidar sus reivindicaciones sobre Gibraltar y Menorca.

El acuerdo España-Gran Bretaña estaba negociado sobre muy malas bases, pues lo habían gestionado: George Bubb, un joven de 24 años que se mostró como un “trepa” británico que no tenía nada que envidiar a los de la Corte española; Ripperdá, embajador de Holanda en Madrid, que era un corrupto y mentiroso; y Alberoni, un “trepa” italiano dueño del Gobierno de Madrid.

Alberoni, Ripperdá y Bubb simpatizaron inmediatamente porque su personalidad era similar. Los tres eran considerados muy honestos caballeros, y entre ellos se fraguó el tratado de amistad. Enterado Giudice del contenido del documento, se negó a firmarlo, y fue firmado por el marqués de Bedmar, Presidente del Consejo de Guerra, en un momento de debilidad. Ripperdá pidió en Londres una recompensa para Alberoni por facilitarles el tratado, y luego se quedó con la mayor parte de la misma iniciando su fortuna personal. Bubb llevó a Londres el mensaje de que Italia debía ser protegida frente a Austria, porque Austria pretendía poseer Sicilia y ello cerraría el Mediterráneo a Inglaterra, mientras que Alberoni le había prometido darle todo tipo de ventajas comerciales. Todo se basaba en mentiras urdidas entre los tres. A medida que los personajes se fueron desprestigiando, el acuerdo perdía valor.

Pero aun así, Stanhope no quiso apoyar las pretensiones españolas en Parma y Toscana sino que prefirió, en 5 de junio de 1716, un acuerdo con Austria que le garantizara a Jorge I el ducado de Hannover, territorio alemán que era la nueva casa real británica y una cabeza de puente para entrar en el mercado alemán.

Felipe V se enfureció con Alberoni, pero ya no se pudo hacer nada.

 

Desde el punto de vista británico, el desacuerdo entre Francia y España le daba su oportunidad a Gran Bretaña de ser potencia líder en el Mediterráneo, cosa que no había imaginado hasta este momento histórico. Tenía bases en Lisboa, Gibraltar, Menorca y Sicilia, es decir todo el camino del Atlántico al Mediterráneo. Era llamativo que el Mediterráneo quedase en manos de una potencia foránea, hasta entonces tenida por exclusivamente atlántica. Pero era que España creía ver en la alianza con Gran Bretaña la oportunidad para recuperar el liderazgo mediterráneo.

Austria no era una potencia marítima, por lo que tenía difícil mantener por sí sola la presencia en el Mediterráneo, en Italia. Saboya sí conocía el mar, pero era una potencia demasiado pequeña como para competir con los grandes. En principio, Saboya vio en Sicilia una gran oportunidad de acercarse al comercio Mediterráneo, y creyó que podía mantener la isla dando facilidades a Gran Bretaña, de modo que ésta protegiese sus posesiones. Confiaba en que Gran Bretaña no iba a quitarle la isla, como sí podían hacerlo Francia, España o Austria.

Génova, Venecia, Toscana y los Estados Pontificios no contaban en el juego estratégico europeo del Mediterráneo, y ni siquiera en el dominio de Italia. Tras la muerte de Luis XIV surgió en Italia un aire de liberación frente a los austríacos, y Alberoni estuvo en todo tiempo enterado de ello.

 

En España, Alberoni e Isabel de Farnesio se dedicaron algún tiempo a convencer a Felipe V de que debía abandonar sus pretensiones al trono de Francia, y de que era más factible conseguir territorios en Italia. Pero este cambio de política implicaba eliminar a Giudice, un hombre profrancés.

 

 

 

Fuerza militar española en 1715.

 

El ejército español de 1715 tenía 37 regimientos divididos en batallones:

La infantería nacional era denominada a veces “cuerpos de veteranos”. Residía, en tiempos de paz, en guarniciones y plazas fuertes y castillos. Contaba con 30.000-50.000 hombres según los momentos. Algunas unidades estaban integradas por extranjeros. Los soldados estaban armados con fusil y bayoneta. Los batallones de infantería se componían de 13 compañías, y cada compañía tenía un capitán, un teniente, un subteniente, dos sargentos y tres cabos. La organización y la disciplina eran gestionadas por un Director General, Inspectores Generales e Inspectores Territoriales.

La caballería estaba integrada por caballería ligera, guardias de corps, y dragones (hasta 1742 no habría húsares). En 1720 había 20 regimientos y cada regimiento tenía 13 compañías. Cada compañía tenía 2,3 ó 4 escuadrones y estaba gestionada por un capitán, un teniente, un alférez, un sargento y tres cabos.las autoridades máximas de caballería eran el Inspector de Caballería para caballería ligera, y el Inspector de Dragones para los dragones.

En 1718 se reglamentó las funciones del ingeniero, que eran elaborar planos y mapas, hacer y reparar fortificaciones, almacenes y muelles, levantar fábricas reales, construir caminos, canales, puertos, hospitales, cárceles, iglesias y monasterios.

En 1728, los ingenieros eran ya un cuerpo estable y se habían convertido en el motor de la ciencia y la tecnología española.

 

 

España en su política exterior en 1716.

 

La forma de abordar España el problema mediterráneo fue un tanto complicada: por una parte estaban las conveniencias políticas y comerciales españolas, y por otra “el secreto de los Farnesio”, señores de Parma, es decir, la ambición de poseer toda Italia. Los momentos y formas de actuación española no fueron los idóneos. Se culpa a Isabel de Farnesio de ambición puramente familiar y personal, de colocar a los suyos, pero Felipe V la había escogido como reina de España precisamente por sus ambiciones sobre Italia. El que Italia quedase en manos de los Farnesio o de España, era algo por resolver en el futuro. Al final ya sabemos que se perdió todo en manos de Saboya. Pero en esta fase del siglo XVIII, España y Parma promovían una política antiaustríaca que buscaba recuperar los territorios italianos.

Según estas ideas, a partir de 1716, Isabel de Farnesio negoció por colocar a su hijo Carlos, y en años posteriores también a su hijo Felipe. El 20 de enero de 1716 ya había nacido Carlos, el primer hijo de Isabel de Farnesio, apenas un año después de llegar a España. Ello le daba a la reina de España fuerza para negociar en Italia. A Isabel le interesaban, para empezar, Parma y Toscana, pues creía que las familias de esos ducados se extinguirían, y que ella tenía derechos sucesorios a ellos, lo que redundaría a favor de sus hijos. España cambiaba un poco la política de dominar Italia, por la de conseguir los ducados de Parma y Toscana como primera fase del objetivo final. La ruptura de relaciones entre el Regente de Francia, duque de Orleans, y Felipe V, no favoreció en nada ninguno de los dos proyectos.

El 25 de mayo de 1716, Alberoni se apresuró a hacer un nuevo tratado con Londres dándole más facilidades al navío de permiso, pero la concesión no sirvió para hacer cambiar a Stanhope. Alberoni intentaba la reversión de las alianzas europeas, que en ese momento perjudicaban a España. Rompió con el duque de Orleans Regente de Francia, y trató de acercarse a Gran Bretaña. Pero la jugada le salió mal a Alberoni. Stanhope negoció su propio sistema de alianzas:

El 5 de mayo de 1716, Inglaterra había firmado un tratado con el imperio austro alemán.

Y a continuación Stanhope usó al abate Dubois para hacer unos tratados con Francia. El 9 de octubre de 1716 y 28 de noviembre de 1716 Inglaterra y Francia firmaron acuerdos por los que Francia reconocía como legítima la sucesión protestante a la Corona británica, y concedía ventajas comerciales a Holanda, y puntos al establecimiento comercial británico.

Los acuerdos culminaron en el Tratado Dubois–Stanhope de 2 de enero de 1717, que se convirtió en la Triple Alianza de 4 de enero de 1717 entre Gran Bretaña, Francia y Holanda, de la que quedaba excluida España.

Lo que había pasado era que, frente a la propuesta de una alianza con España, lo que le proponía Alberoni, Jorge I de Hannover rey de Gran Bretaña prefirió poner a salvo los intereses de Hannover, y Stanhope los intereses de Gran Bretaña.

Las bases de estos acuerdos era no permitir acciones de fuerza españolas en Italia, hacer cumplir a España los acuerdos de Utrecht, y otorgarse ayuda mutua entre los tres contra cualquiera que quisiera violar los acuerdos de Utrecht. Carlos VI de Austria debería renunciar al trono de España definitivamente, y Felipe V de España debía renunciar definitivamente a los Países Bajos, Nápoles, Milán y Cerdeña, como decía el tratado de Utrecht.

Los acuerdos de mayo de 1716, Inglaterra-Austria, no fueron aplicados, pues el emperador Carlos VI hizo pasar un ejército austríaco por Génova, para forzar al duque de Saboya a permutarle Sicilia (de Saboya pasaría a Austria), por Cerdeña (de Austria pasaría a Saboya). Ello contradecía el Tratado de Utrecht y los principios de la Triple Alianza de La Haya. Y de nuevo se violaron los acuerdos de Utrecht cuando el embajador español en Roma, José Molinés, que había sido nombrado Inquisidor General en España, viajó hacia España con salvoconducto papal, y se detuvo en Milán, donde fue detenido. La conclusión es que los acuerdos de 1716 y 1717 se estaban tomando contra España.

Alberoni recurrió entonces al Papa como intermediario entre Austria y España y le ofreció ayuda contra los turcos, enviando a Baltasar de Guevara con la armada veneciana que iba a atacar Corfú (agosto de 1716). Era el momento en que Eugenio de Saboya había vencido a los turcos en Peterswerdein el 5 de agosto de 1716. Y Carlos VI de Austria se vino arriba e invadió Génova. Esta acción austríaca molestó al Papa, a España y a Gran Bretaña, pero Stanhope se calló porque Austria apoyaba la sucesión de los Hannover protestantes a la Corona británica. Vista esta posición diplomática, a Alberoni no le quedaba otro recurso para adueñarse de los ducados italianos que la guerra directa, la invasión de Cerdeña y Sicilia, forzando los acontecimientos.

 

 

Madrid: La torre de Babel en 1716.

 

La Corte de Madrid era un panal de intrigantes, en el que Alberoni entendió que debía deshacerse de muchos de los que le habían acompañado a la hora de su llegada. Tenemos noticias de que la Corte se había convertido en una “Torre de Babel” en la que se intrigaba en todos los idiomas europeos, empezando por la reina, seguida por Alberoni, Giudice, los embajadores británico y francés…

El Presidente del Consejo de Castilla era Luis de Mirabal y Spínola, quien permaneció en el cargo hasta 1724.

El triunfo de Alberoni se hizo patente en 20 de enero de 1716, cuando Isabel de Farnesio tuvo su primer hijo, Carlos, quien sería con el tiempo rey de Nápoles, y rey Carlos III de España. Alberoni fue padrino del niño en el bautizo de febrero de 1716, lo que demuestra su total dominio de la voluntad de los reyes. Isabel de Farnesio y Alberoni fueron desde el primer momento un mismo equipo.

El cardenal Giudice sintió enseguida en su tela de araña particular la intromisión de Alberoni. Alberoni decidió puentearlo, y tratar directamente con el representante del Papa en Madrid, Aldobrandi, labor que correspondía al Secretario de Estado y al confesor del Rey padre Daubenton. Aldobrandi entendía que el hombre con quien debía hablar era Alberoni para no perder tiempo en intermediarios.

Francia decidió echar abajo a Alberoni y envió a ese trabajo en España a Louville. Este embajador francés montó una intriga de curas, a cuyo frente estaba Giudice y el confesor real Daubenton, y trataron de desacreditar a Alberoni. Éste se enteró de la trama y expulso fulminantemente a Louville de España en el verano de 1716. Daubenton escribió entonces una carta al rey lamentando una decisión “autoritaria y excesiva” de Alberoni. Felipe V le contestó que la orden de expulsión la había dado el rey y que, en adelante, lo que Francia tuviese que decir se lo comunicase al embajador de España en París. Las relaciones entre Francia y España se distanciaron mucho y Francia buscó una alianza con Gran Bretaña, la cual firmaron el 28 de noviembre de 1716, ratificándolo el 2 de enero de 1717 en la Triple Alianza de La Haya.

Giudice, el posible rival de Alberoni, fue privado de su cargo de tutor del príncipe en 12 de julio de 1716, protestó y renunció a su cargo de Inquisidor General, renuncia que le fue aceptada. En los siguientes días, Giudice acusaba a Alberoni de querer llevarse los dineros españoles a Parma, por lo que fue expulsado de España en 27 de enero de 1717. Alberoni tras la dimisión y expulsión de Giudice, llegó al máximo de poder sobre el Gobierno español, aunque nunca tomó ningún cargo oficial de Gobierno. Alberoni se convirtió en un valido todopoderoso.

En la “torre de Babel” jugaban un papel importante la reina y las nodrizas: La reina no confiaba en los médicos españoles y, en cada uno de sus tres partos, hizo venir de Francia, desde París, a Clement. Este personaje francés también contaba en la Corte española. Y unos personajes muy importantes en Palacio eran las nodrizas y amas de los infantes, no tanto por tener privilegio de hidalguía y una renta vitalicia, como por tener permiso para entrar y salir de Palacio cuando querían, lo cual era muy cotizado y pagado por gente interesada (embajadores, ministros, pretendientes…). Cada infante, mientras mamaba, tenía sus propias nodrizas, y después de esta fase pasaban al cuidado de un ama, con privilegios similares. Las nodrizas y amas debían ser de buen temperamento, corpulentas, de buen color y buen parecer, de sangre limpia y libre de enfermedades. Debían ser transportadas siempre en coche para no dañar su cuerpo, a fin de que estuvieran en buenas condiciones para hacer su trabajo. Las nodrizas eran dos o tres, más una sustituta por si alguna caía enferma o se le retiraba la leche.

De la Torre de Babel madrileña, salió ganando Alberoni. No sería por mucho tiempo.

 

 

Problemas de personalidad de Felipe V.

 

El rey Felipe V empezó a decepcionar a los españoles muy seriamente a partir de 1717. A veces parecía pro francés, olvidando los intereses de los españoles. A menudo no parecía cuerdo. Era un obseso del sexo con la reina, y obseso también por confesarse, no tenía fe en sí mismo y necesitaba apoyarse en otra persona siempre, la reina y el confesor. Había sido educado para que se sometiera en todo a su hermano mayor, el destinado a ser rey de Francia, y la educación represiva había generado en él demasiados complejos y manías, sobre todo por ser escrupuloso de conciencia. Esa personalidad deficiente, había hecho en años pasados que aguantara las humillaciones a que le sometía Luis XIV y sus embajadores, recordándole a menudo que sin Francia él no era nada. Así que se sentía insignificante y desgraciado. Y a partir de 1717 empezó a dar síntomas de desequilibrio, de temer a todo, de sentir que era traicionado por todos y no darse cuenta de los que en verdad le traicionaban. El resto de su vida. Felipe V fue un enfermo mental.

En 1717, Felipe V se encerraba en sus habitaciones y sólo permitía acceder a ellas a su confesor, Daubenton; en 1721 tenemos un descripción del Rey Felipe V, la cual decía que era una persona avejentada, de expresión vacía, cuerpo encogido, muy inclinado y con las piernas torcidas. Las cosas irían a peor en años sucesivos: en 1727, el rey insultaba a la reina y la golpeaba, al tiempo que exigía misas diarias, a veces más de una, y comuniones, chillaba, se mordía a sí mismo, cantaba por la noche y se obsesionaba en estar despierto no siendo que le envenenaran durante el sueño; en 1732 volvió la obsesión religiosa junto a silencios prolongados durante días, violencia física, obsesión por no afeitarse ni cambiarse de ropa, que olía horrorosamente; en 1738 daba alaridos en cualquier momento del día o de la noche y sólo se calmaba cuando Farinelli le cantaba cinco canciones, siempre las mismas, y el rey cantaba a dúo con el artista, terminando con nuevos alaridos y expulsión de Farinelli de la cámara real.

El rey Felipe V no se separaba nunca de su mujer, ni de día ni de noche, requiriéndola sexualmente cada poco tiempo, pero era Isabel de Farnesio quien le tenía así controlado de modo que no se le acercara ninguna persona no deseada por ella. El rey tenía un horario muy estricto y repetitivo: tras dormir con su esposa, se levantaba más bien tarde, y se ponía a leer en la cama, unas veces libros de devoción religiosa, y otras, papeles de Estado, mientras la reina hacía punto de lana o bordaba. Hacia las diez de la mañana recibía al Secretario de Estado sin levantarse de la cama, y con la reina presente al lado, con las labores en la mano, pero el oído en la conversación. A mediodía, hacía que les vistieran a él y a la reina, y juntos, daban alguna audiencia, oían misa y almorzaban. La reina comía muy abundantemente pues Alberoni no paraba de prepararle comida italiana (ravioli, albóndigas, salchichas, trufas…) mientras el rey sólo comía gallina cocida, tres veces al día. Y se iban “de caza”, a matar animales. Regresaban por la tarde y merendaban, recibían algunas visitas, cenaban y se acostaban. En este espacio, antes de acostarse, dedicaban algún tiempo a los hijos de la Farnesio, pero ninguno a los hijos de la reina anterior, Luis y Fernando.

Felipe V aparecía en todo momento como abatido y la Corte empezó a murmurar que era por el excesivo uso del sexo con la reina, pero cuando el médico Burlet se atrevió a decir al rey que tanto sexo no era conveniente para la salud, Isabel de Farnesio le mandó despedir. Algunos clérigos pronosticaron entonces mal futuro al rey, pero la reina Farnesio reaccionó contratando 150.000 misas por la salud del rey y 50.000 para la suya propia, y los clérigos se callaron.

Los más perjudicados en el modo de vida de los reyes de España eran Luis y Fernando de Borbón, los hijos de Felipe V y María Luisa Gabriela de Saboya, que no veían casi nunca a su padre, y su educación era francamente deficiente e inadecuada. Acabaron haciendo grupo contra Isabel de Farnesio.

Y empezaron las decisiones raras, incomprensibles, de Felipe V: en 17 de febrero de 1716 prohibió los bailes de máscaras en todo el reino bajo multa de 1.000 ducados (una fortuna) de forma que sólo la reina podía dar bailes y fiestas con batallas de confeti, actuaciones de bufos, comediantes y músicos… Todo ello era extraño, pues a Felipe V no le gustaba aparecer ante la gente, ni hablar en público, y se sentía molesto cuando la multitud le aplaudía. Pero lo más extraño de todo en la vida diaria del rey, era que, en cualquier momento del día o de la noche, todos los días había un momento en que exigía la presencia de su confesor, cuando el rey se sentía agobiado por su conciencia, pues era muy escrupuloso y se consideraba muy pecador. Los confesores lo tenían muy fácil con este rey, porque podían exigirle o recomendarle lo que quisieran, dentro de la prudencia.

La familia real vivía en Aranjuez desde el primer miércoles de Pascua hasta la antevíspera de San Juan, en junio, y entonces se trasladaban a Madrid hasta el 20 de julio. En este preciso día, en plena canícula, se iban a La Granja de San Ildefonso en la Sierra de Segovia, donde vivían hasta el 6 de diciembre. En esta fecha se volvían al Alcázar de Madrid hasta el 2 de enero, en que iban a El Pardo. Y el sábado de pasión, víspera del Domingo de Ramos, en abril, se iban a Madrid de nuevo.

 

 

Los planes de Farnesio y Alberoni en 1716.

 

Julio Alberoni actuaba como un valido, sin más cargo que el de embajador de Parma en Madrid, pero favorito de la reina. Para mantenerse, debía estar muy despierto las veinticuatro horas del día y no cometer ningún error que no se pudiera tapar. Su táctica era cocinar mucho para la reina (la cual estaba engordando a ojos vistas cada año a causa de tanta comida italiana), despachar con los reyes en camaradería, ir a las “cacerías” regias a las cuales llevaba bocaditos de comida para los reyes, asistir a las fiestas de los reyes a las que solía aportar ostras como “delicatessen”, y acompañar a los reyes a la hora de acostarse para hacer los comentarios oportunos. Alberoni estaba ocupadísimo y no podía disfrutar de nada en Palacio, pues debía estar atento a lo que en cada momento estaba ocurriendo, y a preparar el momento siguiente diplomáticamente y en la cocina.

Y esta preocupación de Alberoni no era una bagatela, pues organizar la llegada diaria y coordinada de viandas, comediantes y músicos, requería tiempo y dedicación. En segundo lugar, tenía que vigilar a los chismosos y chismosas de Palacio, lo cual requería mucha mano izquierda[2]. Y tampoco era un trabajo menor el calmar a la reina, que tenía cierta tendencia a la altanería, a mostrarse airada y poco sociable, y enseguida se cansaba de las cosas cuando se hablaba de un asunto complejo. Si la reina decía que se marchaba, también lo haría el rey, y los planes del día de Alberoni se vendrían abajo. En esos momentos de tensión y enfado de la reina, Alberoni se acercaba a ella y le contaba unos chistes, unos chismes de la Corte, unas futesas, y solía tener el don de calmar a la reina. Y en el caso de que no lo consiguiera alguna vez, tenía que preocuparse porque en ese momento nadie accediera a hablar con la reina y ésta metiera la pata en asuntos de Estado, y con bagatelas y mojigangas irla calmando, recurriendo en último término a describirle a la reina cómo ellos dos iban a dominar Italia e iban a colocar a los hijos de Isabel de Farnesio, y que la reina tendría palacios y riquezas en Italia para retirarse, hasta hacerla ensoñar y conseguir que se calmara. Otras veces, la reina entraba en fase depresiva y pensaba en que se iba a quedar viuda y no tendría ni un territorio al que retirarse, pues en Parma no la quería su hermana, y otras ciudades de Italia recelaban ahora de ella. También calmaba a la reina un comentario de que conseguirían un ducado italiano para sus hijos. Tal vez a raíz de estas conversaciones le sobrevino a la reina la obsesión por dominar Italia, o tal vez ya la tuviera desde antes y Alberoni se limitara a cultivarla.

El eje director de los planes de Alberoni y Farnesio fue el dominio de Italia. Para sus planes en Italia, Alberoni y la reina, necesitaban una financiación que debía salir de los impuestos, una flota que se debía construir, y reclutar unos ejércitos que debían ser dotados de armamento y municiones, y para que todo ello fuera posible se debía crear primero riqueza, la cual debía salir de las manufacturas y el comercio con América. Y para que la recaudación fuera efectiva se debía reprimir el contrabando y poner orden en la Administración.

En el campo de estas reformas que permitieran una política posterior más agresiva, Alberoni quiso aplicarlas a todos los palos de la baraja con que pensaba jugar: a Parma, a la Corona de Aragón y a los reinos de Castilla. Por lo tanto, las reformas de Orry, Macanaz y Berwick eran necesarias y debían ser puestas en práctica.

Alberoni propuso en 1716 reformas en Parma en cuanto a administración, hacienda, moneda, comercio con América y apertura de fábrica de manufacturas. Estaba preparando la entrada de España en Italia.

 

 

Impuestos nuevos en la Corona de Aragón.

 

Otra nueva baza a preparar era que los territorios de la Corona de Aragón contribuyeran efectivamente según lo proyectado (en 1713 Equivalente de Valencia, 1714 Contribución Única de Aragón, y noviembre de 1715 Catastro en Cataluña y Talla General en Mallorca). Había que poner en marcha esas reformas, aunque en su momento hubieran sido calificadas de “francesas”. Recordemos que se había decidido imponerles una cantidad fija y global, que ellos mismos debían repartir entre sus vecinos y que además subió poco por año, menos que las Rentas Provinciales que pagaba Castilla y de las los aragoneses estaban exentos.

El 25 de enero de 1716 se dio el decreto de la “Única Contribución” de Aragón por el que los aragoneses debían pagar una cantidad anual en repartimiento. Los pueblos pagarían en función del número de habitantes, y los vecinos en proporción a sus rentas, caudales y haciendas, no quedando exenta la nobleza, pero sí los pobres de solemnidad. Esta contribución fue suprimida en 1813, restablecida en 1814, derogada en 1817, restablecida en 1823 y eliminada definitivamente en 1845.

En Cataluña, ese impuesto se llamó Real Catastro, y se impuso también en 16 de octubre de 1716 de forma que la cantidad global de impuestos no la repartían los nobles y representantes de las ciudades, sino se repartía desde el Estado proporcionalmente a la riqueza en fincas rústicas y urbanas (Catastro Real) y actividades laborales y comerciales (Catastro Personal), lo que significaba que la Iglesia y la nobleza pagaban impuestos, a veces muchos impuestos, y los artesanos y comerciantes también. La situación contrastaba con la realidad de que en Castilla los nobles e Iglesia estaban exentos de impuestos. El Catastro Real era un impuesto que tasaba todas las haciendas particulares, casas, fincas urbanas, fincas rurales, sus frutos y valores, y gravaba sobre todas las personas, nobles o tercer estado. El Catastro Personal era un impuesto que se cargaba sobre las industrias y comercios, es decir, en los temas no relacionados con la hacienda familiar, y la nobleza quedaba excluida de este impuesto. Para cobrar estos impuestos fue necesario hacer dos catastros, el de lo real para localizar y evaluar las tierras y fincas urbanas, su producto y sus circunstancias, y el de lo personal para evaluar la ganancia en actividades industriales y comerciales de cada individuo, especificando su oficio, tratos que hacía habitualmente y negocios fortuitos que le podían salir.

En Valencia se cobró realmente el Equivalente desde 1717.

Mallorca pagó la Talla poco después de Cataluña.

Los nuevos impuestos aragoneses no estaban planificados como un castigo. Racionalizaban la recaudación. Sustituían a otros que Castilla pagaba. La diferencia era que en Castilla eran muchos y muy complicados, y en la Corona de Aragón se había intentado simplificarlos.

La idea era poner un sistema similar en Castilla, pero Castilla no lo aceptó nunca, porque no había catastro y el impuesto era demasiado aleatorio. Otra cosa fue que los cálculos del impuesto a recaudar no fueron buenos, y tal vez hubo mala intención de alguien al exigir cantidades altísimas, de poner un impuesto sobre los que ya existían, en vez de sustituir el viejo sistema de impuestos por éste más moderno, pero el sistema era teóricamente mucho más moderno y eficaz que los viejos impuestos. En años sucesivos se rebajó la cuantía a cobrar.

El “equivalente” de Valencia, “única contribución” de Aragón, el “catastro” de Cataluña, o la “talla” de Mallorca, debían permitir a partir de 1714 repartos fiscales más equitativos que los de Castilla, proporcionales a la riqueza realmente existente. Pero en la práctica, las contribuciones se impusieron con abuso en las cantidades exigidas, y sobreponiéndolos a los impuestos ya cobrados, en vez de sustituirlos.

Un impuesto similar al de los territorios aragoneses se trató de imponer en Castilla en 1749, pero se fue aplazando y todavía se intentaba aplicarlo en 1770. La “contribución única” de Castilla, sustituta de rentas provinciales, no podía ser aceptada en los términos que se planteó. De ello se siguió un sinfín de reformas impositivas, que abarcó todo el siglo XVIII y fue más allá.

El nuevo sistema recaudatorio de Hacienda se convirtió en un problema, no por la idea de repartir de forma diferente, sino por la concepción misma del Estado como una “la hacienda del rey” de la que se podía sacar cuanto se pudiese en beneficio de los intereses del “dueño del cortijo”, en este caso el rey y la reina y Alberoni. Es decir, se podía planificar hacer una guerra, calcular los gastos previsibles, y decidir recaudarlos repartiendo entre territorios.

 

En Castilla se intentó hacer una simplificación de impuestos similar a la de Aragón, pero fue imposible. En estos últimos territorios, la ocasión de la derrota y los Gobiernos militares con ejército de ocupación presente, hicieron más fácil la implantación efectiva de los nuevos impuestos, a pesar de que los primeros cálculos fueron desmesurados a ojos vistas y tuvieron que ser rebajados en años posteriores. En Castilla, era preciso hacer previamente un censo de población y un catastro de bienes raíces, lo cual era complejo para el nivel técnico de la época, y resultó imposible cuando surgió una oposición generalizada a las reformas impositivas.

Castilla ya pagaba las Rentas Generales y las Rentas Provinciales.     Las “Rentas Generales” eran un impuesto que gravaba los productos de exportación y que eran particulares de cada reino y ahora se unificaron. Las “Rentas Provinciales” eran impuestos estimativos sobre la riqueza de cada provincia, muchas veces basados en estudios de siglos anteriores, que los corregidores, o intendentes en su caso, repartían entre los partidos judiciales, y éstos entre los pueblos, y los regidores entre los vecinos, todo ello de forma estimativa de la riqueza del país, y siempre tras eliminar de ese pago a los exentos por privilegio. Aparte de esos, había impuestos al consumo de la sal, el tabaco y otros monopolios o estancos. Estos impuestos citados eran el principal recurso de Hacienda.

También se intentó poner un impuesto sobre la tierra, pero fracasó. Saber la riqueza realmente existente, quiénes eran sus poseedores, y eliminar las exenciones de pago, eran fundamentales para que España volviera a funcionar económicamente.

Fernando VI y el Marqués de la Ensenada intentaron en 1749 introducir en Castilla el mismo sistema catastral antes descrito, pero fracasaron.

Quedaron siempre exentos de los nuevos sistemas de impuestos los territorios de Navarra, Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, por privilegio especial.

 

 

La Nueva Planta de la Audiencia de Cataluña.

 

En 15 de enero de 1716 se publicó el decreto para la Nueva Planta de la Real Audiencia del Principado de Cataluña:

El poder supremo de la Audiencia se le concedía al Capitán General, al que se consideraba representante del rey, jefe de las fuerzas armadas, gobernador general y presidente de la Real Audiencia.

Se creaban corregidores creando corregimientos que sustituían a las antiguas veguerías. El corregidor tendría autoridad sobre varios regidores municipales de pueblos de su comarca o corregimiento. Los regidores eran designados por el corregidor.

Las causas en la Audiencia se substanciaban en castellano y no en latín ni en catalán, pero la lengua catalana no fue prohibida en la calle ni en otras instancias de Gobierno.

Se quitó la jurisdicción criminal a los señores de la tierra en sus propias fincas, jurisdicción que pasó al alcalde de cada pueblo.

Se confiscó la tierra a los señores que se demostró que habían sido desafectos a Felipe V, lo cual tenía como finalidad eliminar revueltas del campo en el futuro.

Se creó la Universidad de Cervera, eliminando las seis universidades existentes en el momento. Las viejas universidades estaban desacreditadas y eran dependientes de órdenes religiosas. Se cree que fueron los jesuitas los que sugirieron esta reforma. Los catalanistas alegan que se hizo porque muchos viejos alumnos de las universidades se habían declarado austracistas. En Cervera se impuso la universidad única y quedó en manos de los jesuitas adquiriendo un nivel similar a otras universidades españolas del momento, pero muy superior a las universidades suprimidas.

 

 

El Real Acuerdo como instrumento político

de sometimiento de Aragón.

 

Desde 1707 y 1711 funcionaba en la Corona de Aragón el Real Acuerdo, todavía no bien definido en sus funciones. Se impondría sucesivamente en todos los reinos aragoneses, estando ya desarrollado en 1716, cuando se instauró en Valencia:

Por el sistema de Gobierno Regional impuesto tras la derrota de los reinos aragoneses:

el Capitán General tenía mando militar, presidía las instituciones y nombraba funcionarios reales.

La Audiencia tenía algunas funciones gubernativas y las jurídicas en general.

El Intendente se ocupaba de temas económicos en general, y de la recaudación de hacienda especialmente.

El Real Acuerdo consistía en que en algunos temas de Gobierno, altas funciones gubernativas y decisión en grandes pleitos ya vistos por alguna Sala de Justicia, sobre todo contenciosos, el Capitán General debía buscar la aprobación de la Audiencia en reunión de algunos representantes de la misma presididos por el Capitán General y Presidente por tanto del Real Acuerdo. Era una aprobación teórica, más bien consiliaria, pues en caso de desacuerdo se imponía la opinión del Capitán General, y ésa fue la norma. Tengo entendido que el Real Acuerdo se reunía dos veces por semana y que el Capitán General no solía asistir, sino que enviaba a un delegado suyo.

Valencia se diferenció del resto de la Corona de Aragón en que muchos otros territorios de la Corona conquistados más tarde que Valencia, recibieron por imposición, hasta tener un Derecho propio, el derecho civil aragonés, lo que hicieron valer en sus Decretos de Nueva Planta en 1715-1716, mientras Valencia nunca tuvo vigente ese derecho civil aragonés, ni antes ni después de los Decretos.

Los virreyes de Aragón fueron sustituidos por Capitanes Generales, conservándose solamente el Virrey en Navarra. Se crearon nuevos virreinatos en Nueva Granada (Venezuela) 1718, y La Plata (Argentina) 1778.

 

 

La Nueva Planta en Castilla.

 

La Nueva Planta de Castilla (tema ya visto en los apartados 18.1.13; 18.1.14; y 18.1.16), o reforma completa de la Administración, le venía muy bien a los planes de Alberoni. Con la Nueva Planta, España aparecía por primera vez como un solo Estado, una sola ley, unas solas instituciones para todo el territorio, excepto el País Vasco y Navarra, que habían luchado de parte de Felipe V. Desde 1709 hubo unas solas Cortes en España, aunque las Cortes se limitaron a votar impuestos pues los Borbones gobernaban mediante Pragmáticas emanadas del rey.

Fueron excepciones:

Navarra, que conservó el título de reino, conservó sus Cortes con derecho a votar sus propios impuestos, una Diputación Permanente de las Cortes, un Consejo, una Cámara de Comptos, moneda propia, privilegio de que todos los funcionarios fueran obligadamente navarros, leyes civiles propias, exención de quintas aunque no de servicio militar en caso de guerra, derecho a que todos sus impuestos fueran invertidos en Navarra excepto un subsidio que voluntariamente las Cortes cedían al Rey y el establecimiento de aduanas con Castilla situadas en la línea del Ebro.

Guipúzcoa tuvo derecho a fueros propios, aunque tuvo que aceptar oficiales del Rey para Capitán General (que residía en San Sebastián), Comisario de Marina (también residente en San Sebastián), Alcalde de Sacas (de exportaciones) y una Diputación y un corregidor que eran ambulantes por San Sebastián, Tolosa, Azpeitia y Azcoitia.

Vizcaya tuvo derecho a fueros propios, aunque tuvo que aceptar oficiales reales en el Corregidor, el Teniente General de Corregidor que residía en Guernica y los Tenientes ordinarios residentes en Durango y Avellaneda. El gobierno era integrado por el Corregidor y dos diputados generales. El gobierno de Bilbao se entrega a los mercaderes en detrimento de los labradores que pierden su poder para siempre. El gobierno de los mercaderes utilizará siempre los fueros para que Bilbao tenga un monopolio comercial para toda Vizcaya y para que no salga una competencia en Cantabria.

Álava era gobernada por un Alcalde Mayor, nombrado por el Consejo de Castilla, adjunto a Diputado General elegido por la Junta cada tres años.

 

Las Chancillerías de Valladolid y Granada y sus Audiencias correspondientes se ocupaban de las apelaciones desde escalones inferiores de la justicia. En 1707 se crearon dos Chancillerías nuevas, Zaragoza y Valencia, pero fueron rebajadas a la categoría de Audiencias en 1711 y 1716 respectivamente. La Chancillería era presidida por un magistrado togado, mientras la Audiencia era presidida por un Capitán General.

 

 

[1] Felipe de Borbón, II duque de Orleans, 1674-1723, era sobrino de Luis XIV, y por su nacimiento no estaba destinado a nada importante en Francia, pues sería siempre un segundón de la familia. Además se mostró torpe a caballo y en actividades físicas propias de la guerra. Pero estaba dotado de inteligencia, memoria y capacidad de trabajo y él iba a cambiar su propio destino. Por otra parte, su situación personal y social era deplorable: Luis XIV le casó con Francisca María de Borbón, hija ilegítima de Luis XIV, llamada en la Corte “Madame Lucifer”, un ejemplo de vida libertina y desorden sexual, lo que compensó Felipe II de Orleans gozando de las amantes que le venían en gana. En 1692 fue destinado a dirigir el ejército francés y se mostró muy inteligente moviendo las tropas, lo que le hizo ganar algún prestigio. Y las circunstancias de la vida eliminaron a todos los hijos de Luis XIV y a sus nietos, sobre todo en los terribles 1712-1714, antes de la muerte de este rey. En 1715 heredó Francia un niño, Luis XV, y Felipe II de Orleans aprovechó para declararse Regente de Francia, a la que gobernó hasta 1722. Combinó su extraordinaria inteligencia para la política, con sus costumbres de vida libertina, y acabó arruinando al país, hasta el punto de decidirse los franceses a proclamar mayor de edad a Luis XV en 1722. Todavía en 1723, Luis XV nombró a Felipe II duque de Orleans primer ministro de Francia, pero falleció a los pocos meses.

[2] Uno de los problemas a vigilar por Alberoni eran las cartas del abate Maggiali que, desde Parma, escribía a la reina por medio de la condesa Somaglia, la cual utilizaba a Laura Pescatori para llegar a la reina. Laura Pescatori había sido nodriza de Isabel de Farnesio y se había ido con ella a Madrid, teniendo el privilegio de las ayas y nodrizas de entrar y salir de Palacio y acceder a las habitaciones reales cuando quisieran. Pero la Pescatori era una avarienta y continuamente estaba pidiendo dinero, a la reina y a cuantos conocía en Palacio. Incluso había obtenido el permiso para instalarse en casa de Alberoni a vivir, a lo cual accedió Giulio Alberoni para no desairar a la reina. Pero la Pescatori decidió sablear a diario a ambos, un día porque no tenía para zapatos, y otro para vestirse. Cuando la Pescatori observó que gran parte del éxito de Alberoni era cocinar comida italiana, se puso a cocinar para la reina, colaborando en cebarla. La Pescatori era un peligro en la Corte, pues estaba dispuesta a ser corrompida por cualquiera. Otro de los problemas eran las cartas de la Princesa de los Ursinos que llegaban a Palacio a cualquiera de las ayas o cocineras, para saber chismes de Isabel de Farnesio y utilizarlos contra la reina. Como se enteró de que la reina era tan viciosa del sexo como Felipe V, le envió desde París tres mozos que se la ofrecieran. La reina no accedió a tener trato con ellos, y se libró de una trampa maliciosa.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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