ESPAÑA EN 1706-1707.

 

 

Economía de guerra en 1706.

 

En 1706 la presión fiscal extraordinaria se incrementó exigiendo a los funcionarios que pagasen el 5% de su salario.

El 22 de noviembre de 1706 se decretó que los que tenían rentas, fincas o derechos enajenados por la Corona, debían ingresar una annata (el beneficio de un año).

En 1706 dejó de importarse pólvora de Francia y España empezó a ser autosuficiente en este producto. Ello quería decir que las reformas de Orry estaban dando sus frutos. También se habían puesto fábricas en Navarra y Vizcaya, para balas y explosivos, aunque no se pudieron eliminar las importaciones en este sector económico-militar. Sobre todo se importaban cañones y pedernal. Una medida más discutible fue la decisión de cambiar el uniforme militar, lo cual tenía varios aspectos: por una parte se imponía un uniforme más sencillo, práctico y barato, más acorde a lo que se llevaba en Europa. Por otro lado, España no tenía fábricas de tejidos de algodón para fabricar masivamente uniformes, y se importaron de Francia, lo cual fue buen negocio para los fabricantes franceses.

 

 

La guerra en el Reino de Aragón en 1706.

 

En febrero de 1706, Felipe V intentó una gran ofensiva sobre Barcelona que, en teoría, debía acabar con la guerra. Era una decisión de Luis XIV. Los austracistas de Barcelona habían hecho una campaña de desprestigio del Virrey Francisco Velasco, cambiando el relato de la realidad, por la de un asesino metódico y cruel. En realidad, Velasco, que era contrario a la presencia de franceses en el Gobierno de Madrid, trató de negociar con las autoridades barcelonesas y catalanas, motivo por el que los franceses le acusaron de austracista. En 1705, con motivo de una sublevación austracista, detuvo y ejecutó a los líderes, y eso significó la campaña de deformación de noticias sobre el virrey, con el resultado de arrastrar los austracistas tras de sí a casi toda la población.

La Orsini decidió que a la campaña de Cataluña no fuera el Gobierno en pleno acompañando al rey, como era costumbre. Amelot y el Consejo de Estado entero permanecerían en Madrid, mientras al rey le acompañaría solamente el conde de Frigiliana, mayordomo mayor del rey. También recomendó que cada persona del Consejo de Estado se ocupara de un asunto concreto de Gobierno, a fin de multiplicar la eficacia.

El 14 de marzo de 1706, Felipe V se marchó a la campaña de Cataluña y puso su cuartel general en Caspe, mandando trasladar allí a cuantas fuerzas de la frontera portuguesa se pudiera. Pidió la ayuda del francés conde de Noailles, que estaba en El Rosellón, y al conde de Toulouse, que estaba al frente de una escuadra. También llamó a Tessé. Y cuando todos estuvieron reunidos, el 17 de marzo, salieron hacia Barcelona.

El primero en llegar a Barcelona fue Luis Alejandro de Borbón conde de Toulouse con la armada francesa, en 2 de abril, seguido de Felipe V y el duque de Noailles, que llegaron el 3 de abril.

El 6 de abril de 1706 iniciaron el asalto a Montjuich y cerco de Barcelona. Lérida socorrió a los sitiados, y el conde de Cifuentes salió de Barcelona para hacer guerra de guerrillas contra los borbónicos. El 21 de abril, los somatenes de Barcelona hicieron una salida sin consecuencias. El 7 de mayo llegó la noticia de la inminente llegada de una flota anglo holandesa, y el conde de Toulouse decidió retirarse.

El inglés John Leake, el holandés J.G. van Wassenaar y el inglés James Stanhope llegaron el 9 de mayo con 56 barcos, 10.000 hombres y dinero, de los que desembarcaron 8.000 soldados.

Entonces, Felipe V, en 11 de mayo, decidió también retirarse. La retirada de Felipe V fue un tanto complicada, buscando seguridad, pues lo hizo por Perpiñán (23 de mayo), Roncesvalles (25 de mayo) y desde allí a Madrid (6 de junio). La causa hay que buscarla en que las tierras de Aragón no eran seguras, y el camino que quedaba como más seguro era el francés.

Las informaciones de Felipe V eran buenas, pues Zaragoza se declaró austracista el 29 de junio de 1706.

Poco después, el 24 de septiembre de 1706 llegaron los ingleses a Palma. Inmediatamente, algunos mallorquines se declararon austracistas, y el virrey, conde de Alcudia[1], que sólo tenía 200 hombres, no opuso resistencia a los sublevados dirigidos por Salvador Truyols. Pusieron un nuevo virrey, el conde de Saballá[2]. Mallorca se convirtió desde entonces en el principal abastecedor de víveres y armas para Barcelona.

Menorca se entregó a los ingleses en octubre. Son destacables los cambios en Menorca, pues en 1707 sería borbónica, y en 29 de octubre de 1708 volvería a rendirse al inglés James Stanhope.

Por el oeste de la Península Ibérica, los ingleses estaban avanzando desde Lisboa, iban por Ciudad Rodrigo y se consideró más importante defender Madrid.

A final del año 1706, y teniendo en cuenta que Valencia se había declarado austracista el 16 de diciembre de 1705, todo el reino de Aragón estaba con Carlos III de Habsburgo.

España estaba dividida en dos bandos. Los españoles estaban del lado que territorialmente les había tocado por decisión de los nobles y magnates, Corona de Aragón o Corona de Castilla, aunque pensaran diferente respecto a Borbones y Habsburgos. Y los posicionamientos de los españoles eran un contrasentido en la conciencia de muchos, pues apoyar a la católica Austria, significaba al mismo tiempo estar del lado de los protestantes anglicanos y protestantes luteranos, y apoyar a los Borbones era estar de parte de los odiados ilustrados franceses. La solución adoptada en general fue apoyar al contrario a aquél que apoyaba su enemigo.

Si las contradicciones religiosas y culturales eran evidentes, las contradicciones políticas no lo eran menos, y hasta Luis XIV se quedó perplejo cuando Felipe V se atrevió a despedir al embajador D`Estrées, pues era Luis XIV quien estaba sosteniendo el trono de Felipe V. Luis XIV se lo hizo saber a su nieto Felipe, y éste tomó entonces conciencia de la trascendencia de sus actitudes con los franceses, se dio cuenta de que su abuelo podía abandonarle y quedaría inerme ante los aliados.

 

 

La Guerra de Sucesión Española en Europa.

 

En este momento de 1706, cuando Felipe V atacaba Barcelona, la Guerra de Sucesión Española había llegado al máximo de complejidad:

Hungría se había sublevado contra Austria.

Suecia luchaba contra Rusia por el dominio del Báltico.

Saboya luchaba contra Francia esperando dominar el máximo de territorios italianos.

Prusia quería ganar territorios a costa de Austria.

Gran Bretaña temía que la unión de España y Francia le hiciera perder sus negocios en Latinoamérica.

Portugal apoyaba a Gran Bretaña y estaba en guerra contra España.

La Gran Alianza de La Haya, derrotó a los franceses en Ramillies (Flandes) en mayo de 1706, y en Turín (Piamonte italiano) donde Eugenio de Saboya derrotó a los españoles en 1706. El príncipe Eugenio de Saboya y el inglés Malborough seguían siendo desde 1704 los mejores estrategas.

En junio de 1706, toda Europa pensaba que la guerra estaba decidida, pues Francia se retiraba, el archiduque Carlos estaba en Madrid, y los británicos dominaban Gibraltar desde 1704.

Para rematar la victoria, los ingleses decidieron tomar Tolón, la base marítima francesa del Mediterráneo, en agosto de 1706. Los austríacos y piamonteses atacaban por tierra, y los ingleses y holandeses, por mar. La base francesa resistió a duras penas y los franceses quedaron muy impresionados por el desafío que suponía que les hubiesen atacado en el centro mismo de sus defensas mediterráneas. Al año siguiente, los británicos y holandeses volvieron a atacar, y también fracasaron.

El 7 de septiembre de 1706 los austriacos lograron una importante victoria sobre franceses y españoles en el Adigio, un afluente del Po.

 

 

La ofensiva austracista en España en 1706.

 

El 19 de abril de 1706 cayó Alcántara en manos de los ingleses-portugueses, y el francés Berwick contraatacó sobre Coria, Almaraz, Plasencia y Ciudad Rodrigo.

En junio de 1706, los aliados del ejército de Portugal habían tomado Plasencia y Ciudad Rodrigo y se habían plantado en Salamanca amenazando Madrid. En Salamanca encontraron la primera hostilidad seria.

El 20 de junio de 1706, Felipe V ordenó que el Gobierno (Consejos, Tribunales, y la reina) se marchasen de Madrid, dirigiéndose a Guadalajara. Mandó venir a Berwick, se juntaron en Jadraque y Atienza (Guadalajara). La opinión general española era que debían huir a Andalucía, y la opinión francesa era que debían huir a Pamplona. No podía haber más contradicción entre los caminos, el sur o el norte. Los que tenían carruaje propio siguieron al rey, y los que no lo tenían arriesgaron ser acusados de colaborar con los austracistas. La reina optó por que sus joyas fueran al norte, a Francia, y las confió a Vazet, originándose una leyenda de la “Peregrina” y la “Sola”, pues aunque volvieron a España en 1708, desaparecieron de nuevo en 1811, y hasta el siglo XX no volvieron a aparecer. La reina, que estaba embarazada, también huyó al norte, hacia Burgos.

Peterborough y Stanhope exigieron de Carlos III de Habsburgo (archiduque Carlos de Austria) la conquista de Madrid, como referencia para poder influir en los políticos británicos. El 23 de junio, el archiduque salió de Barcelona camino de Madrid.

El 27 de junio de 1706, el portugués De las Minas y el inglés Galway entraron en Madrid y proclamaron a Carlos III de Habsburgo como rey de España. Llevaban 25.000 hombres.

El 29 de junio de 1706, el ejército de Carlos III de Habsburgo (archiduque Carlos de Austria), entró en Zaragoza. Felipe V ordenó al Gobierno que se retirase a Burgos. En Zaragoza, todos los ciudadanos franceses fueron expulsados de España. Los austracistas, y gran parte de Europa también, tenían la sensación de que la guerra se estaba terminando y de que habían vencido. Pero al llegar a Castilla, el archiduque se dio cuenta de que la sensación de apoyo de la gente cambiaba radicalmente, y la colaboración aragonesa se tornaba en hostilidad.

Carlos III entró en Madrid en 27 de junio de 1706 y recibió la primera sorpresa importante de la campaña: mientras muchos nobles se pasaban a su bando, Madrid se le amotinaba.

Se pasaron a su bando muchos nobles[3]: el cardenal Portocarrero; el duque de Oropesa; el marqués de Mondéjar; el conde de Cerdeña; Lorenzo Manuel Fernández de Córdoba conde de Santa Cruz; el conde de Lemos; el conde de Haro; Juan de Dios de Silva Mendoza duque del Infantado; el hermano de Infantado conde de Gálvez; Diego Felipe de Guzmán marqués de Leganés; Mariana de Neoburgo esposa del fallecido Carlos II; el marqués de Carpio; el conde de Palma; el conde de Amayuelas; el conde de Requena; el conde del Sacro Imperio; Luis Francisco de la Cerda Folc de Cardona y Aragón duque de Segorve-Cardona y de Medinaceli. La ciudad de Toledo y Alcalá, y la reina viuda de Carlos II. Repetimos que la sensación general era de victoria definitiva de los austracistas.

Felipe V recibió el consejo de que se marchara de España, pero contestó que no se iría. La decisión sorprendió a todos, pues un muchacho sin personalidad, resultaba que tomaba decisiones graves en el momento más crítico de su vida.

Pero en la parte popular las cosas eran muy distintas. En Madrid, los catalanes organizaron un Cuerpo de Guardia nocturno de 40 hombres, vestidos de migueletes, que se hizo objeto del odio de los madrileños por la represión y mal trato que ejercían sobre la gente, lo mismo de lo que se quejaban los austracistas respecto a los virreyes de la Corona de Aragón. Y además, los españoles se sintieron muy orgullosos de que su rey Felipe V hubiera decidido quedarse, y se apuntaron voluntarios a defenderle. En Madrid surgió la guerrilla contra Carlos III de Habsburgo. La comandaba Antonio del Valle y sus 400 jinetes que, actuando desde los alrededores, apoyaban a los alborotadores de Madrid que actuaban contra Carlos.

El 2 de julio, Carlos III de Habsburgo se proclamó rey en Madrid.

Y sin embargo, y a pesar de todo lo que las armas prestaban a ser interpretado, la posición de los austracistas en Madrid era insostenible porque el pueblo se amotinaba. Los ingleses y portugueses decidieron que había que evacuar la ciudad. El marqués de las Minas creyó que era imposible volver a Portugal, y organizó la retirada austracista hacia Valencia. Carlos abandonó Madrid dejando solamente dos escuadrones y el “Cuerpo de Guardia” catalán. El 4 de agosto hubo un motín contra los “catalanes”, los de este Cuerpo de Guardia y el resto de catalanes, incluida la casa de Benito Sala obispo de Barcelona, Cristóbal de Potau, José Rull y Francisco Comes, y la revuelta alcanzó a los castellanos que se habían declarado austracistas en los últimos días. Los partidarios de Carlos de Hasburgo se refugiaron en el Alcázar, y éste fue atacado por los 400 jinetes de Antonio del Valle, hasta que se rindieron 24 horas más tarde. Se pactaron unas condiciones de respeto a vidas y haciendas, pero en realidad fueron llevados presos a Alcalá, trasladados a Marchamalo, donde fueron apaleados y robados hasta dejarles desnudos.

Inmediatamente, Felipe V volvió a Madrid. Los aliados se retiraron por Tarancón (Cuenca), mientras Felipe V se dirigió a Uclés (Cuenca), y desde allí se volvió a Madrid, viendo que el enemigo, efectivamente, se retiraba. Berwick, tomó en primer lugar Cuenca, y persiguió a los austracistas que huían de Madrid, catalanes, valencianos, portugueses e ingleses, hasta Elche, Valencia, Orihuela y Cartagena. Carlos III entró en Valencia el 1 de octubre de 1706 con sensación de fracaso.

Francisco Ronquillo hizo una depuración de los austracistas conocidos de Madrid y en ella cayeron los nobles que se habían relacionado con el marqués de las Minas, los empleados que se habían quedado a servir a Carlos III, los jueces que habían integrado tribunales que juzgaron a borbónicos durante los días de ocupación de Carlos III, los que habían proclamado a Carlos III como rey de España, y los que habían colaborado de alguna manera con aquel Gobierno fugaz. Incluso se ordenó presentarse a las autoridades a todos los catalanes, aragoneses y valencianos residentes en Madrid. Unos fueron encarcelados en Pamplona, otros en Bayona, y los simplemente desterrados se dirigieron a Barcelona, donde ocuparon las calles pues nadie tenía comida ni alojamiento para darles. El duque del Infantado escribió al marqués de Mancera que la conducta de Ronquillo era propia de villanos y pícaros, carta que Mancera trasladó al rey, por lo que Infantado fue desterrado a Granada. La máquina represora fue implacable, concienzuda. Hasta la misma reina sintió repugnancia por los acontecimientos.

 

   De julio a septiembre de 1706,

como punto de inflexión de la guerra.

 

Las cosas cambiaron en pocos días de forma increíble en el verano de 1706: 15.000 voluntarios se presentaron en Jadraque y Sopetrán (Guadalajara) para servir a Felipe V. El duque del Infantado y el marqués de Mondéjar, que acompañaban al archiduque en su avance hacia Madrid, se pasaron al lado de Felipe V. Madrid se sublevó por Felipe V en julio.

Carlos III envió tropas al Alcázar de Toledo a liberar a la reina María Ana de Neoburg, viuda de Carlos II que estaba retenida allí. Los soldados austracistas llegaron a Toledo y, para celebrarlo, el arzobispo Portocarrero echó las campanas al vuelo y cantó el Te Deum. Por ello cayó en desgracia ante Felipe V.

Y Toledo se sublevó contra Carlos III de Habsburgo, así que el Archiduque no pudo permanecer en Madrid, ni podía hacerse fuerte en Toledo. En septiembre los austracistas decidieron retirarse hacia Valencia, siendo perseguidos hasta Uclés. Entonces un ejército francés entró desde Castilla La Mancha hacia Albacete y Murcia, se llegó hasta Cartagena y cortó la expansión de la zona “austracista” por el sur.

En las sublevaciones de Madrid y Toledo, tal vez tuviera trascendencia importante el que los ingleses fueran protestantes y no respetasen los ritos e imágenes católicas. Ello significó todo un escándalo entre los españoles, y una falta de tacto increíble entre los británicos. El clero católico, que parecía hasta entonces partidario cerrado de Carlos, vio aparecer en sus filas a partidarios de Felipe V.

La baza del clero, enemistado con los británicos, no pudo ser aprovechada, porque el francés Orry se empeñó en hacer incautaciones a los clérigos y éstos dudaban en qué bando ponerse. Finalmente el papa Clemente se pondrá del lado de Carlos de Austria en 1708, y Felipe V tomó represalias en 1709 cerrando el Tribunal de la Nunciatura y expulsando al nuncio.

En 26 de septiembre de 1706, el archiduque Carlos estuvo a punto de perecer en la retirada de Madrid. Al menos, pasó mucho miedo. Los políticos no estaban acostumbrados a pasar miedo, porque las cosas se las daban resueltas los militares, lo cual hacía que ordenaran con facilidad un ataque o declararan una guerra. En esta ocasión hubo una descoordinación cuando Carlos III ordenó al Marqués de las Minas salir el 27, y el marqués inició la retirada desde Iniesta en la noche del 26, medio día antes de lo convenido. El archiduque Carlos se encontró solo, acompañado por el conde Althann y dos pajes, y además se extravió. Tuvo que dormir una noche a la intemperie, perdido y sin defensas. Al día siguiente encontró a los suyos y retomó su vida ordinaria. Pero el miedo que había pasado le marcó para el resto de su vida. Y cuando llegó a Valencia, se encontró con que su ejército había sido derrotado en Almansa.

En octubre de 1706, los aliados abandonaron Madrid. Y tras la pérdida de Madrid, James Stewart conde de Galloway se replegó hacia Levante, tal vez para invernar. Pero Berwick no dejó pasar la oportunidad y atacó a Galloway desde Castilla la Nueva, mientras el obispo Luis Belluga[4] lo hacía desde Murcia.

Berwick había puesto su cuartel general en Jumilla (Murcia), y encontró la grata sorpresa de que todos los días le llegaban caballos, armas y hombres nuevos procedentes de todas partes de España. Cuando supo que tenía delante demasiados enemigos, se replegó a Chinchilla (Murcia) pues su intención era esperar al Duque de Orleans que llegaba de Francia con un ejército francés.

El año 1706 había empezado como una ofensiva de Felipe V, había evolucionado hacia el desastre de los Borbones, y había acabado en una victoria para el D`Anjou.

 

 

La moneda en España en 1706.

 

En 1706 la influencia francesa en España era tanta que circulaban libremente por España las monedas francesas: luis de oro, doblón y corona francesa. Las monedas españolas se valoraban en maravedises (unidad de moneda de cuenta) y eran el real de 34 maravedises, la pieza de a ocho de 272 maravedises y el ducado de 375 maravedises. También circulaban monedas de cobre de uno y dos maravedises, cobre con 1% de plata de cuatro maravedises y de ocho maravedises, y cobre con 6,95% de plata de uno y dos maravedises.

El escudo era una moneda que circulaba en Francia en el siglo XVI con el nombre de ecu, y Carlos V introdujo en 1535 en España acuñándola en oro. Se llamó escudo porque tenía el escudo de España en el anverso. Felipe V cambió la moneda ocupando el anverso un busto real y poniendo el escudo en el reverso, y la moneda fue denominada corona y se acuñaría hasta tiempos de Isabel II. Felipe V acuñó también medios escudos en 1738, que fueron llamados escudillos y duraron hasta Fernando VII. Antes de 1536, España acuñaba Excelentes de Granada, una moneda de oro de 23,75 quilates, equivalente a 375 maravedíes, pero fue sustituido por el escudo, porque éste tenía una pureza de 22 quilates, equivalente a 350 maravedíes, más acorde con la moneda de otros países europeos, lo que evitaba especulaciones y movimientos de dinero.

 

 

Nacionalización de correos.

 

Felipe V también nacionalizó las postas y correos incorporándolos a la Corona en diciembre de 1706. Ya funcionaban como estafetas o envío de correo en valija cerrada, desde 1610. Con la incorporación a la Corona, la estafeta va a evolucionar muy positivamente: Juan Tomás de Goyeneche organizó el servicio y en 1779 se fijaría una tarifa para cartas y paquetes según distancia de envío y peso de la valija. Y en 1850 se añadió el sello, un invento de Gran Bretaña en 1835 que llevaba consigo el sobre para las cartas. En España lo introdujo Fermín Caballero.

 

 

La recuperación de los borbónicos en 1707.

 

Ante el desastre de la pérdida de Madrid en verano de 1706, Luis XIV decidió enviar un segundo ejército a España, con el duque de Orleans[5] a su cabeza, pero no llegaron hasta 18 de abril de 1707. Sustituyó en el mando de los ejércitos peninsulares borbónicos al duque de Berwick. Se trataba de un gran esfuerzo francés, pues Francia, como Europa entera, estaba ya en estas fechas cansada de la Guerra de Sucesión Española. Las expectativas comerciales de Londres, París o Viena ya no compensaban los enormes gastos de guerra que estaban soportando.

El año 1707 es citado como año de mala cosecha y crisis de subsistencias. Y además, subieron algunos impuestos como el precio del papel sellado. Para el español de a pie, fue un año muy duro.

Para los borbónicos peninsulares españoles fue un año de victorias:

El 7 de marzo de 1707, Carlos III (archiduque Carlos de Austria) salió de Valencia con destino a Barcelona. Inmediatamente los borbónicos se echaron sobre Valencia: la ciudad de Alicante atacó desde el sur a Valencia, que seguía siendo austracista.

El 13 de abril de 1707, el ejército aliado o austracista fue sobre Yecla, pero fracasó en sus objetivos pues el francés Caballero D`Asfeld se había adelantado a huir hacia Montealegre. El 16 de abril, los aliados fueron sobre Montealegre, dirigidos por el portugués Marqués de las Minas.

El 21 de abril, el duque de Orleans, el refuerzo que enviaba Luis XIV se dirigió también a Valencia. Por su parte, el duque de Berwick iba hacia Caudete y Villena para aprovisionar paja y alimentos, y necesariamente debía pasar por Almansa. En Almansa encontró algunos hombres, que se pusieron a su servicio, y paja para los caballos.

 

Los aliados austracistas, el marqués de Minas y lord Galloway, quisieron cortar el paso de las fuerzas borbónicas en Almansa, antes de que llegara el grueso de las fuerzas borbónicas, las del duque de Orleans, pero fueron derrotados en 25 de abril por duque de Berwick[6]. En realidad, Berwick no quería luchar hasta la conjunción de fuerzas con el duque de Orleans, pero de pronto se dio cuenta de que estaba en superioridad, de que tenía 25.000 hombres y los que le perseguían sólo contaban con 15.000 (8.000 portugueses del Marqués de las Minas, 5.000 ingleses de Galway, 1.500 holandeses de Freisheim y el conde Dohna, y 1.000 hugonotes franceses dirigidos por Lislemarais), y decidió plantear la batalla. Fue una batalla de gran desgaste, en la que los borbónicos perdieron 5.000 hombres y los aliados 7.000[7]. Pero el resultado final era que los borbónicos recibirían en 24 horas los refuerzos de Orleans, mientras los aliados tenían muy difícil la reposición de sus bajas. Por lo tanto se consideró una victoria borbónica. Los aliados entraron en desánimo, y los borbónicos en ambiente de victoria una vez llegado el duque de Orleans.

El duque de Orleans llegó a Almansa el 26 de abril, un día después de la batalla, pero inmediatamente se hizo cargo de la situación y se ocupó de sacar consecuencias a la victoria: dividió sus fuerzas en dos ejércitos y mandó uno de ellos mandado por el mismo duque de Orleans a Zaragoza, el camino de Barcelona a Madrid, atacó Calatayud y tomó Zaragoza en 26 mayo de 1707. El otro ejército, mandado por Berwick fue sobre Valencia, y atacó Áyora, Requena (2 de mayo), Alcira, y la ciudad de Valencia (8 de mayo).

El 28 de abril de 1707 llegó a Madrid el brigadier Pedro Ronquillo (hijo del más famoso Francisco Ronquillo citado otras veces), comunicando la victoria de Almansa, lo cual le valió para ser ascendido a mariscal de campo. El 29 de abril llegó a Madrid el conde de Pinto corroborando la noticia.

El ejército de Berwick se dividió en dos para obtener consecuencias de la victoria de Almansa. El Caballero D`Ansfeld, con 20 batallones y 36 escuadrones, fue sobre Játiva, Denia, Alcoy y Alicante y Alcira, objetivos que culminó antes del 6 de junio, y liquidó las partidas austracistas de Baset y Ramos. Berwick se dirigió a Tarragona, Tortosa, Lérida, y Gerona. El archiduque Carlos intentó defender estas plazas enviando al landgrave Enrique de Darmstadt a Tarragona, y al conde Noyelles a Tortosa. A su vez, el duque de Orleans fue sobre Tudela, que tomó el 20 de mayo de 1707, y amenazaba Zaragoza, que pidió ayuda a Barcelona, pero no recibió ninguna porque el archiduque estaba en graves dificultades. El conde de la Puebla atacó Aragón con 3.000 soldados, y Zaragoza quedó así desprotegida, dando lugar a que Orleans entrara en la ciudad. Una vez tomada Zaragoza, Orleans esperó refuerzos de Berwick y el 31 de agosto de 1707 fue sobre Balaguer (Lérida) en persecución de Galway, que se retiró a Urgel en la frontera francesa. Sorpresivamente, Orleans no fue sobre Urgel para acabar con Galway, que estaba cercado, sino que se dirigió a Lérida y la tomó el 10 de noviembre. Tras Lérida, cayeron en manos de los borbónicos Tárrega y Cervera, y cuando se dirigían a Tortosa, un punto fuerte austracista, cambiaron de opinión y se fueron a Madrid. En estas incoherencias bélicas hay que tener en cuenta que Orleans era un intrigante y tenía amistad con el británico James conde de Stanhope, con el que intercambiaba de forma regular, recados, salvoconductos y prisioneros. Y uno de los objetivos de Orleans era librarse de Berwick, al que envió al Delfinado, y apuntarse los méritos de éste en España.

 

En junio de 1707, Berwick abolió los fueros valencianos. Fue un error. La población tomó como un castigo lo que era una reforma administrativa, y la mayor parte de los valencianos se puso de parte de los aliados y del archiduque Carlos.

Una vez tomadas Valencia y Zaragoza, ambos ejércitos confluyeron: El ejército de Berwick fue sobre Tortosa y se unió a Orleans en Zaragoza para atacar juntos Aragón y la Cataluña del interior: Fraga, Mequinenza, Lérida (noviembre de 1707), Urgel, Cervera, Tárrega y Morella. A fines de 1707 quedaban pocos focos austracistas resistiendo fuera de Barcelona: solamente Alcoy, Denia y Alicante. El 16 de octubre de 1707, Berwick fue nombrado Grande de España, y duque de Liria y de Jérica en honor a la batalla de Almansa ganada por él.

La campaña borbónica de 1707 se complementó en el oeste, la frontera de Portugal, en 4 de octubre de 1707 tomando Ciudad Rodrigo (Salamanca). La presumible derrota de 1706, había dado completamente la vuelta en un año.

Orleans intentó hacer política sucia en España intentando eliminar a la Princesa de los Ursinos, pero ésta se enteró de las maquinaciones del duque y denunció la vida licenciosa de los Orleans en París. Felipe II de Orleans no olvidó nunca la jugada de la Ursinos, y cuando fue Regente de Francia, en 1714, se lo hizo pagar.

 

 

Reformas de Macanaz en Valencia.

 

El 20 de junio de 1707 se le encomendaron a Melchor Rafael de Macanaz[8] las reformas administrativas que necesitaba Valencia, recién dominada en la guerra, para asimilarla a Castilla, y para ello, en octubre de 1707 se le hizo juez de confiscaciones. Éste tomó una decisión arriesgada: el 5 de diciembre de 1707 decidió obligar a los eclesiásticos valencianos a declararse fieles a Felipe V y a declarar sus rentas, lo cual no le gustó nada al clero, que le perseguiría en adelante toda su vida.

 

El 29 de junio de 1707 se produjeron los Primeros Decretos de Nueva Planta aragoneses suprimiendo los fueros de Aragón y de Valencia. La Nueva Planta se presentó mal, se hizo ver como que era un castigo a la rebelión contra el rey, y que se imponían por justo derecho de conquista, cuando las cosas hubieran sido más sencillas simplemente presentando la realidad de que era injusto mantener los fueros, privilegios, exenciones y libertades de que gozaban sus habitantes, no sólo por el daño que ello causaba a la Corona, sino por los abusos que significaba el disfrute que hacían los grandes en perjuicio de los pequeños. Si no se hizo así, fue porque los Grandes estaban de parte de Felipe V y no se quería agraviarles. De hecho, no se suprimieron privilegios y abusos de los grandes hasta pasado mucho tiempo.

En general, en los Decretos de Nueva Planta de Aragón y Valencia:

Quedaba abolido el “privilegio de extranjería” u obligación de que los altos funcionarios reales fueran naturales de esos reinos, lo cual había garantizado a los grandes el Gobierno y las derivaciones que de ello se infieren. A cambio de la abolición, los aragoneses podrían obtener cargos en el resto de España. El decreto no afectaba a las autoridades eclesiásticas. La concesión de cargos políticos a aragoneses no sucedió nunca en la práctica.

Se suprimían los Consejos Municipales que regían las ciudades de la Corona de Aragón, en concreto Aragón y Valencia que eran los territorios dominados por Felipe V, y se institucionalizaban los ayuntamientos de tipo castellano. Pero en 1715, el decreto afectó también a Mallorca, y en 1716 a Cataluña. Ello quería decir que se suprimían los Jurats representantes de gremios y grupos sociales, y aparecían los Regidores, los cuales eran designados por el rey. Los municipios más importantes serían gobernados por un Corregidor (en la práctica se nombró Corregidor al Comandante militar del plaza, pues eran tiempos de guerra). El corregimiento actuaba como una provincia contemporánea, pues comprendía el territorio cercano a la ciudad residencia del Corregidor. El Corregidor era ayudado, en las funciones municipales, por un Escribano Mayor experto en temas municipales. Todos los Escribanos Mayores fueron castellanos, y ello fue un error, visto desde nuestra perspectiva actual. El Decreto de los Consejos Municipales no significó la implantación automática del modelo castellano de municipio, sino la aparición de unos entes de carácter intermedio entre lo que había antes en Aragón y lo que se pretendía que hubiera. De todos modos, el municipio ya venía perdiendo autonomía desde la implantación de las monarquías autoritarias, pues de la democracia de los vecinos, se fue pasando a tener que aceptar imposiciones del rey, o intromisiones de los nobles, según los casos. Realmente, con el decreto de 1707, el municipio cambió bien poco. Pero en la Corona de Aragón, los municipios estaban arruinados y en crisis interna por la patrimonialización familiar que habían hecho de él algunos nobles y burgueses, y las reformas eran necesarias de suyo. El rey Felipe V aprovechó la reforma para controlar él un poco los ayuntamientos, los Consejos Municipales, y para modificar la gestión de las haciendas locales. El gran artífice del cambio fue el Intendente. Pero la aparición del Intendente no significó la desaparición inmediata de los abusos de las oligarquías locales, pues el rey no quería conflictos mayores y permitió la persistencia de privilegios. En teoría, los cargos municipales eran de nombramiento real, pero en la práctica, los oficios siguieron atribuyéndose a los que tenían posibilidades económicas, aunque ahora se les otorgaba un nombramiento real, y los nobles siguieron ejerciendo los oficios municipales igual que antes. Los nobles aparecían como partidarios del rey Borbón, y el rey se hacía la idea de que tenía apoyo en las ciudades de la Corona de Aragón, aunque todo fuera una farsa. A la contra, las clases burguesas, que veían alejarse sus posibilidades de dominar esos oficios y desplazar a la nobleza, se vieron perjudicadas y protestaron. Y el pueblo permaneció igual, pues ser explotado por los nobles o por los burgueses no era una situación de ventaja en ninguno de los dos casos. Por ejemplo, en Aragón se mantuvieron las elecciones de algunos cargos municipales por insaculación.

 

 

Situación de la Administración en España.

 

En el resto de España, durante los siglos XVI y XVII, muchas aldeas se habían convertido en villas, lo cual les daba el derecho a tener autoridades propias, no dependientes de la nobleza ni de la Corona. Ello era contrario a la idea autoritaria, pero derivaba del hecho de que el Rey necesitaba dinero y vendía los privilegios de villa a cambio del dinero que necesitaba urgentemente. Así que la situación en Castilla no se diferenciaba tanto como a veces se dice de la situación aragonesa. El paso de aldea de realengo a villa, tenía consecuencias visibles y objetivas: el rey procuraba mantener bosques y pastos, y las nuevas corporaciones villanas se repartían estos bosques, pastos, y tierras de labor reales, entre algunos privilegiados, nuevos ricos. Y una vez constituida una villa, los abusos sobre los bosques y pastos en las aldeas de su alrededor, eran fáciles, con la excusa de villa. Y con los nuevos ricos aparecía más caciquismo, muy fácil en los municipios de pequeño tamaño. Sólo Navarra y el País Vasco conservaron los “concejos abiertos” con participación de todos los vecinos.

Otra de las persistencias municipales, fue la de los cargos municipales comprados al rey por una familia durante los siglos pasados. Esos cargos patrimonializados se heredaban de generación en generación, y no fueron suprimidos en el XVIII.

De todos modos, hay que advertir que cada región tenía un modelo de municipio y ejercía las funciones municipales de forma distinta. Las funciones municipales son de tres tipos: Administración y Gobierno; Abastecimientos; Servicios.

En administración y gobierno, lo importante era la fijación y cobro de impuestos y el gobierno de las rentas propias del municipio, los propios. En este terreno, los abusos eran muchos y muy graves. Pero cada ayuntamiento era distinto porque tenía muchos o pocos comunales, de su propiedad. En general, si los propios y comunales eran muchos, y se administraban cobrando buenas rentas, los vecinos podían estar exentos de tributos municipales, e incluso recibir algún ingreso procedente de esos bienes. Si los propios y comunales eran pocos o ninguno, los vecinos estaban obligados a tributar para el municipio. Y cabía la posibilidad de gozar de los propios y comunales sin pagar los derechos que valían, o sin pagarlos en su integridad, lo cual era apetecible para los grandes ganaderos. En el caso de cobrar arbitrios municipales, el asunto era otra fuente de corrupción, pues el negocio se arrendaba con posibilidad de fraude y mala gestión. Y como el Estado no tenía medios para recaudar sus contribuciones estatales, aprovechaba los entes municipales de recaudación de arbitrios para recaudar sus impuestos, y el negocio se ampliaba. En caso de necesidad, el Estado podía traspasar sus impuestos a los municipios a cambio de un préstamo que le hicieran los recaudadores, y los únicos que perdían eran los vecinos en general, que iban a pagar mucho más durante años, tal vez para siempre. Los concejos abiertos podían protestar e incluso rechazar un trato como el descrito, pero los ayuntamientos cedidos a familias, no tenían opción ninguna, ante una familia que les gobernaba y se iba a aprovechar de una debilidad estatal para hacer una fortuna familiar. La toma de censos se podía hacer por tiempo largo e incluso por tiempo indefinido, y ello arruinaba al pueblo si eran altos. En teoría se podía redimir el censo, o préstamo, pero en la práctica, siempre aparecían gastos nuevos, réditos y otras circunstancias que prolongaban la vida del censo o lo agrandaban en adelante. Los abusos de los regidores, sobre todo de los propietarios de un cargo, eran notorios, pero nadie tenía interés en acabar con esas prácticas. Los regidores no tenían miedo a tomar empréstitos a cargo de la ciudad, lo hacían con cierta alegría. Felipe V fue el primero que puso un cierto límite a esta práctica prohibiendo vender propios y regulando la administración de arbitrios municipales. Fernando VI continuó la labor saneando la administración de propios y arbitrios. Pero para poder hacer algo tan complejo, se necesitaba un fuerte control del Estado sobre cada uno de los municipios, control que evitase los gastos extraordinarios no justificables, la adquisición de nuevas deudas, y las ventas de propios. Era demasiado complicado, y no se atacó en serio hasta 1760.

En abastos, las autoridades municipales tenían la misión de controlar el comercio del trigo, carne, pescado, aceite, jabón, velas y nieve. Y en estas mismas instituciones se percibían los impuestos estatales propios del comercio como alcabalas, cientos y millones. Las posibilidades de abuso eran muy grandes, y los cargos eran codiciados como fuente segura de enriquecimiento familiar.

El País Vasco y Navarra quedaron exentos de modificaciones legales, o de Nueva Planta se se prefiere, porque estaban contribuyendo de forma importante al triunfo de Felipe V: en abril de 1706, Navarra hizo un donativo de 450.000 reales; en noviembre de 1706, Vizcaya hizo un donativo de 60.000 reales; las rentas del obispado de Pamplona que quedaba vacante, calculadas en 325.000 reales al año, pasaron a Felipe V; y muchos hombres navarros y vascos se alistaron en el ejército borbónico. En estas condiciones, el rey no se atrevía a exigirles la renuncia a sus fueros. Pero en 1718 les tocó la reforma, porque ya se estaba intentando en Castilla y eran considerados parte de Castilla

 

 

Los cambios en Valencia.

 

En Valencia, el 7 de enero de 1708, D`Ansfeld ordenó ajustar la Justicia al modelo castellano, respetando los derechos de los señores y eclesiásticos valencianos, y el 15 de enero de 1708 se ordenó a D`Asfeld reglamentar la vida política y financiera suprimiendo el derecho valenciano. En Valencia se institucionalizaron tres poderes:

El militar, en la Capitanía General.

El gubernativo judicial, en la Chancillería, según modelo de las de Valladolid o Granada. La mitad de los magistrados serían castellanos, y la mitad valencianos, pero que manifestasen lealtad a Felipe V.

El financiero, en la Superintendencia.

Además se suprimió el derecho civil privativo de Valencia, lo que acarreó muchas protestas, que el rey no atendió, ni siquiera cuando visitó la ciudad en 1719 y prometió ocuparse del tema. Los campesinos valencianos quedaron defraudados porque no se iba a revisar el régimen señorial que soportaban, pues los señores habían apoyado a Felipe V, y además se vieron “castigados” con impuestos para mantener y cobijar las tropas.

De momento, en 1708, el Comandante General D`Asfeld[9] fue autorizado a gobernar Valencia con plenos poderes, de modo que la Chancillería quedó anulada en sus funciones gubernativas. Pedro Colón de Larreátegui, gobernador de la Chancillería, emprendió una campaña contra el Comandante Militar, pero Macanaz quería potenciar de momento la autoridad militar en territorios susceptibles de ser escenario de guerra. En 1710, Macanaz sugirió como solución el modelo americano, una Audiencia presidida por un militar. En 1714 se dio una solución al conflicto de intereses, nombrando nuevo Capitán General y un Presidente de la Audiencia togado. El Capitán General se constituía como jefe de la Milicia Urbana y gobernante del territorio. La Chancillería se constituía como Tribunal Superior de Valencia y perdía sus funciones gubernativas. En 1716, la Chancillería desapareció para dar lugar a la Audiencia de Valencia, presidida por el Capitán General. Valencia no obtuvo el restablecimiento de su Derecho privativo.

Los principales cambios producidos en Valencia fueron la introducción de la alcabala y el papel sellado y se hizo efectivo el hasta entonces teórico monopolio de la Corona sobre el tabaco.

Los nuevos impuestos complicaban mucho la recaudación de Hacienda, hasta el punto de que Melchor de Macanaz pediría en 1713 que no se aplicaran en Valencia esos nuevos impuestos, sino se cambiara el sistema impositivo.

Una de las medidas de mayor impacto para la unificación, fue la igualación de las monedas valencianas con las de Castilla, decisión tomada en 1708. La decisión pareció buena y se aplicaría a partir de 1714 en los demás territorios aragoneses.

 

 

Los cambios en Aragón.

 

El duque de Orleans entró en Zaragoza el 26 de mayo de 1707. El 30 de mayo se nombró un Virrey de Aragón, nuevos gobernadores territoriales, miembros de la Audiencia, y jurados de la ciudad nuevos. El Consejo de Gabinete decidió abolir los fueros y dar una Nueva Planta al Gobierno de Aragón. El arzobispo de Zaragoza, Antonio Ibáñez de la Riba Herrera, era partidario de abolir los fueros, pero Josef de Sisón y Ferrer defendía la persistencia de los fueros.

En Aragón, en junio de 1707, los fueros tradicionales fueron abolidos, pero el sistema administrativo siguió funcionando hasta 1710 con las instituciones tradicionales, entre las que destacó el Justicia, que permaneció hasta 1710. Las reformas no llegarían hasta 1711. Valencia fue reformada a partir de 1707, y Aragón a partir de 1711.

En 1707, en Aragón se introdujeron los impuestos nuevos del papel sellado y de las alcabalas, así como los monopolios reales sobre la sal y el tabaco. La alcabala se suprimiría en 1709 por las dificultades de recaudación.

El decreto de 29 de junio de 1707, eliminó las instituciones tradicionales. Se opusieron a ello el duque de Medinasidonia, el duque de Montellano y el conde de Frigiliana, porque era una tontería provocar el descontento aragonés. Apoyaron la medida de desposeerles de sus leyes, Amelot, Ronquillo, duque de Veragua, duque de San Juan, Macanaz y el arzobispo de Zaragoza. Las reformas continuaron hasta 3 de abril de 1711 y acabaron estableciendo cuatro órganos de poder:

El Comandante General tendría el poder militar, político y económico, presidiría la Junta de Hacienda para recaudar las rentas reales y presidiría la Audiencia.

La Chancillería, según modelo de las de Valladolid o Granada, sustituiría al antiguo Tribunal de Justicia de Aragón, excepto en materia eclesiástica. La mitad de los magistrados serían castellanos y la otra mitad aragoneses, pero hombres que manifestaran lealtad a Felipe V. (Cuando se rectificó el acuerdo y se aceptó el derecho privativo aragonés, la Chancillería fue rebajada a la categoría de Audiencia. El derecho privativo se reconocía en lo civil, pero no en lo criminal).

La Hacienda se reformaría imponiendo pagos de aduanas, alcabala, sal y tabaco, y centralizando la recaudación en Madrid. Las salinas aragonesas más productivas fueron nacionalizadas, unas nueve, y las demás cegadas e inutilizadas. Se impuso el pago de la “contribución única” como equivalente a las rentas provinciales que pagaba Castilla.

Se organizó el corregimiento y se nombró a Juan Jerónimo de Blancas corregidor de Aragón, y a Zaragoza se le impuso un Ayuntamiento con 24 regidores (eliminando los antiguos jurados elegidos por insaculación). A partir de 1707, se nombraron corregidores en las ciudades que se estaban conquistando, de modo que los comandantes militares de la ciudad se convirtieron en corregidores de la misma. La situación perduró hasta 1711.

En 1709, las Cortes de Madrid no tenían todavía una doctrina a aplicar a los territorios de la Corona de Aragón y se limitaron a jurar a Luis como Príncipe de Asturias.

 

La Nueva Planta en la Corona de Aragón, encontró problemas de organización. La autoridad de la Chancillería, más tarde la Audiencia, chocaba a menudo con la del Capitán General y Gobernador. Macanaz prefirió tener en Aragón jueces militares, que abogaban por la autoridad militar, mientras que los jueces civiles defendían que los militares se debían constreñir a sus funciones específicas, y no a las gubernativas y judiciales. Las disputas entre ambos grupos fueron frecuentes. El órgano de la Audiencia era colegiado, mientras la autoridad del Capitán General era personal, y éste tenía autoridad sobre la Audiencia. Desde 1711, se habían cedido al Capitán General todo tipo de competencias, económicas, jurídicas y gubernativas, presidía la Audiencia, vigilaba a los magistrados y ministros de la Audiencia, pero no podía intervenir en materia jurídica. No obstante, cuando no le gustaban las sentencias de los magistrados, se mostraba muy crítico, e incluso hubo ocasiones en que encarceló a miembros de la Audiencia de Mallorca. Y el problema era mayor cuando algún tema era competencia de ambos. El Capitán General se hacía odioso por su actitud prepotente, pero también porque los que detentaban el cargo solían ser aristócratas y militares, miembros de alguna orden militar, algunas veces extranjeros (el duque de Berwick fue Comandante en Jefe de las fuerzas de Felipe V en Cataluña y Valencia, mientras el príncipe de T`Serclaes Tilly lo fue de Aragón, y luego de Cataluña). Por eso se hizo necesario el Real Acuerdo.

Las Audiencias de la Corona de Aragón eran dirigidas por el Regente. El Regente era escogido de entre los magistrados de un tribunal distinto, a fin de que la persona no llegase corrompida por amiguismo y clientelismo. Cataluña contaba con dos Salas de lo Civil (cada una con 5 jueces y 1 fiscal) y una Sala de los Criminal (también con 5 jueces y 1 fiscal). Aragón contaba con dos Salas de lo Civil (con cuatro jueces cada una) y una Sala de los Criminal (con cuatro jueces) y un solo fiscal para todas las Salas. Valencia tenía dos Salas de lo Civil (con cuatro jueces cada una y un fiscal) y una Sala de lo Criminal (con cuatro jueces y 1 fiscal). Mallorca contaba con una sola Sala de Justicia (con 2 jueces de lo criminal y 3 jueces de lo civil) y un fiscal. La Audiencia contaba también con otros funcionarios (ministros en el lenguaje de la época), como Alguacil Mayor, Teniente Canciller del Sello Mayor, Escribanos de la Cámara (de los cuales uno, era Secretario del Real Acuerdo), Relatores, Procuradores, Abogados de Pobres, Alguaciles, porteros y otros. El número de jueces naturales del país, aunque previsto en la mitad, fue más pequeño (25% en Valencia, 32% en Cataluña, 40% en Mallorca, y 50% en Aragón). Generalmente, los magistrados, en su mayoría, procedían de Colegios Mayores, aunque algunos eran manteístas. Una de las lacras de las Audiencias eran los botiflers (naturales del país colaboradores de Felipe V) porque continuamente estaban exponiendo quejas y agravios recibidos por ellos y sus familias en la Guerra de Sucesión a fin de lucrarse con ello, y solían pedir puestos de trabajo como compensación. Otro de los problemas era que los funcionarios llegados de fuera, solían desconocer los problemas del país que iban a administrar, lo cual provocaba enfrentamientos con magistrados indígenas, que sí conocían la realidad. El conflicto solía acabar con denuncia ante el Capitán General.

Cada territorio de la Corona de Aragón recibió un Intendente.

Uno de los más notables renovadores del Estado fue José Patiño, que actuó en Cataluña: nombrado Intendente en 1713, Organizó una Junta Patrimonial que gobernaría el principado (y no era la Junta de Gobierno), una Escribanía Mayor que administraría el Real Patrimonio, la Diputación, la ciudad de Barcelona y controlaba a los funcionarios, una Contaduría del Catastro que era la recaudadora de impuestos de Catastro, y la tesorera de esos impuestos a favor del ejército, y una Oficina de Rentas Generales que cobraba los aranceles de aduana y era controlada directamente por el Intendente. En algo se notaba que Patiño había sido ya Intendente en Extremadura y tenía experiencia.

El Intendente es la realización de una idea de centralización y racionalización del poder, un funcionario nombrado por el Gobierno que se hacía responsable de la administración territorial. Primero, se pensó para la administración del ejército, luego se pensó que podía administrar territorios recientemente conquistados en los que estaba presente el ejército, de modo que además de suministrar al ejército alimentos y vituallas, también hiciese la recaudación de impuestos. Por fin se ampliaron sus funciones a policía y justicia, ya a final de la Guerra, en 1715, y se le entregó el gobierno de la ciudad en la que estaba asentado el Intendente, que desplazaba así al Corregidor. En 1718 se decidió entregarle también el gobierno provincial y casi todas las funciones de gobierno en ese territorio, tales como gobierno, hacienda, justicia, gestión militar, fomento del trabajo, industria, agricultura, ganadería, comercio y transportes. En el caso de que la misma persona fuese Intendente del ejército y de la provincia, su función recordaba mucho al Gobernador provincial actual. Había unos pocos intendentes militares y otros intendentes provinciales sin funciones militares.

El Intendente tenía muchas competencias: cuidar las fortificaciones militares, construir cuarteles, alojamientos, hospitales militares y conseguir pertrechos, estimular la industria militar, construir o comprar navíos de guerra, hacer contratas de suministros militares, hacer reclutamientos, pertrechar a la Marina, y en lo civil, hacer la política de abastos y estimular la actividad comercial. Sus competencias no se agotaban en Guerra y Hacienda, sino que también llegaban a algunas funciones de justicia y policía. El Intendente dependía de las Secretarías de Despacho de Hacienda y de Guerra, y se ayudaba de dos Secretarios. El Intendente de Aragón era Corregidor de Zaragoza. El Intendente de Valencia era corregidor de la ciudad de Valencia. En Cataluña las cosas eran diferentes.

 

En 1711, en Aragón, se pusieron dos Intendentes, que fueron José de Pedrajas para asuntos de Hacienda, y Rodrigo Caballero y Llanes para asuntos militares. En 1713, Rodrigo Caballero se quedó, como Intendente único, con todas las funciones.

Paulatinamente y a lo largo del siglo XVIII, los señores aragoneses perdieron el derecho de vida o muerte sobre sus villanos y vasallos. Los señores fueron sometidos a pruebas de legitimidad de su título de nobleza, invalidando los títulos comprados. Los funcionarios nombrados por los señores tendrían que ser ratificados por la Cámara de Castilla.

También en Aragón se perdió el derecho de extranjería, de modo que todos los españoles son naturales de todos los reinos de Felipe V, y cualquiera puede ejercer un cargo político en cualquier territorio.

El decreto de 15 de julio de 1707 suprimió la independencia del Sacro y Supremo Consejo de Aragón, que había protestado por el decreto de junio, pasando esta institución, que no desapareció del todo, a ser una Cámara del Consejo de Castilla. El Consejo de Aragón databa de tiempos de los Reyes Católicos. Sus consejeros fueron recolocados, tres en el Consejo de Castilla, tres en el de Italia, dos en el de Indias, uno en el de Hacienda y uno en el de Órdenes. Sus atribuciones pasaron al Consejo de Castilla. El gobierno de Cerdeña y Mallorca pasó a ser competencia del Consejo de Italia. La Orden de Montesa pasó al Consejo de Órdenes.

 

El decreto de 29 de junio se completó con otro de 7 de septiembre que mandaba reestructurar todas las Audiencias según el modelo o “planta” de las Chancillerías de Valladolid y Granada, y ello afectaba particularmente a la Corona de Aragón. Fueron nombrados funcionarios castellanos en Valencia y Aragón, y ello les afectó mucho, pues estaban acostumbrados a reservar sus cargos para naturales del país.

 

Los decretos anteriores se completarán en 3 de abril de 1711 con una Audiencia controlada por el Regente, que tendría Sala de lo Civil (según costumbres aragonesas), y Sala de lo Criminal (según leyes y costumbres castellanas), y un Gobierno Provisional controlado por un Comandante General que era, además, presidente de la Audiencia.

 

 

Debilidad borbónica en Italia y Flandes

La Guerra de Sucesión Española en 1707.

 

En el aspecto general europeo, a pesar de las victorias en España, Francia reconoció en 1706 su inferioridad y renunció a mantener más frentes de los que podía atender. Retiró sus fuerzas de Italia y concentró sus esfuerzos en los Países Bajos, terreno prioritario para Francia. En 23 de mayo de 1706, Malborough había vencido a Villeroy en Ramillies (Bravante) y los franceses habían tenido que abandonar casi todos los Países Bajos. El elector de Baviera, al mando de tropas valonas y españolas se había retirado a Mons. Luis de Borja marqués de Caracena había entregado Amberes a los británicos. Y era el momento de recomponer la estrategia en los Países Bajos: Luis XIV empezó sustituyendo al jefe de sus fuerzas en los Países Bajos, mariscal Marsin, poco después de la derrota de Ramillies, por el duque de Vendôme, quien hasta entonces había mandado las fuerzas francesas en Italia. Felipe de Vendôme también fracasó ante Malborough. El otro general francés en Italia, Berwick, fue enviado a España. En Italia, se perdió inmediatamente Lombardía y Saboya.

Vendôme no estaba de acuerdo con abandonar Italia y pidió permiso para terminar la campaña que estaba haciendo. Regresó a Italia, pero tras la derrota de Ramillies de 23 de mayo de 1706 se le ordenó incorporarse definitivamente a su mando en los Países Bajos. El encargado de terminar los asuntos de Italia fue el general Marsin, pero nada más llegar, fue derrotado por Eugenio de Saboya, acabando la acción en una huída francesa en desbandada. Saboya se había perdido. La guerra pasó al Piamonte, y Eugenio de Saboya proclamó rey de España a Carlos III de Habsburgo en Milán.

Luis XIV echó mano de la burocracia política, y propuso a Eugenio de Saboya abandonar toda Italia del Norte, cosa que ya estaba perdida, pero no logró nada positivo, pues deseaba la retirada de Eugenio de Saboya de la guerra.

Eugenio de Saboya consiguió permiso del Papa para utilizar los Estados Pontificios como paso y avituallamiento, a lo que accedió Clemente XI, y se acercó a Nápoles donde estaba el marqués de Villena defendiendo los intereses de España. Villena pidió ayuda a Francia y a Sicilia, pero no recibió nada.

El pro-austríaco duque de Telesse conquistó Aversa (10 kilómetros al norte de Nápoles) y obligó a Villena a abandonar Nápoles el 6 de julio de 1707. Telesse organizó un Gobierno en Aversa con él mismo, el marqués de Rofrano y el príncipe Chiusano.

El resto de Italia cayó en manos austríacas fácilmente, pues el marqués de Villena no podía por sí solo hacer frente a todo el ejército austríaco. Sólo Sicilia se mantuvo fiel a Felipe V. Cerdeña fue ocupada por los anglo-holandeses. Menorca fue ocupada por la misma escuadra anglo-holandesa en 1708.

 

En 1707, los austríacos se comportaban en Italia como tierra a esquilmar en beneficio de sus arcas. José I de Austria, 1705-1711, mandó sobre el Milanesado al príncipe Eugenio y sobre Nápoles al conde Thaun. El conde Thaun fue sustituido como virrey por el cardenal Vincenzo Grimani, que luchaba por Austria en contra del Papa. El cardenal le exigía al Papa que reconociese al archiduque Carlos como rey de España y que le cediese los territorios de Avignon y Benevento e incluso atacó a los Estados Pontificios en 1708. El Papa Clemente XI pidió ayuda a España y como los auxilios tardaban en llegar, se entregó a los austriacos y reconoció al archiduque Carlos como rey de España. La postura acomodaticia del Papa también fue valorada en Madrid como traidora a España. La reacción del Gobierno español fue lógica: expulsión del nuncio. Y a partir de ese momento, ya no hubo acuerdo posible con el Papa. Lo hubo ya tarde, en 1714, pero las relaciones ya no fueron nunca lo que habían sido en tiempos de los Austrias, cuando España pagaba una buena parte del presupuesto de la Iglesia católica.

El archiduque Carlos, desde España, viendo tan exitosa la campaña austríaca en Italia y tan ruinosa para él la de España después de Almansa, pidió a su hermano que le enviara a Eugenio de Saboya, pero se le contestó que éste era imprescindible en Italia y Países Bajos. Sin embargo, recibió el envío del conde Guidobaldo de Starhemberg, un hombre experto en la guerra, que fue nombrado Generalísimo de los ejércitos austracistas en España en 1708.

 

En la otra parte del Atlántico, en 1707, Carolina (Estados Unidos), aprovechó para atacar la Florida española, al tiempo que Nueva Inglaterra inglesa atacaba el Canadá francés.

 

Al concluir 1707, los franceses, sólo dominaban el Rhin en Alsacia, y allí también estaban siendo incomodados por el príncipe Luis de Baden y el conde de Frisia.

En 1707 los británicos decidieron conquistar España para Carlos de Austria, y Nápoles y Sicilia para quien se decidiese, e incluso invadir Francia y acabar con la prepotencia de Luis XIV. Pero las cosas se les iban a torcer, pues murió Luis de Baden y se perdió el apoyo del Rhin y la seguridad de que los franceses no pudiesen atacar Viena. También hubo derrotas en España, como hemos contado en el párrafo anterior. Los aliados debieron abandonar Zaragoza que ya no era segura y los franceses sitiaron Lérida. Las únicas plazas seguras en España eran Barcelona y Tarragona.

 

Luis XIV, casi perdida la guerra, utilizó sus armas políticas, y propuso una paz en los Países Bajos. Aprovechando el momento de incertidumbre, Luis XIV renovó las propuestas de paz a Holanda, lo cual eliminaría un socio de la coalición de La Haya muy importante, pero Inglaterra se opuso con fuerza. El intento de Luis XIV de concertar una paz por separado, sin contar con España, fue muy mal visto en España por Felipe V.

 

 

 

En el tema de Inglaterra, Luis XIV dio dinero al pretendiente al trono de Inglaterra, Jacobo III para desembarcar en Escocia y preparar una marcha sobre Londres. Por otra parte estaba dispuesto a negociar con el asiento de negros que Francia tenía desde 1701, y que antes habían tenido los británicos.

 

 

Felipe V a finales de 1707.

 

La posición de Felipe V de España en 1707 era de triunfo en la Península Ibérica y aislamiento internacional, pues Luis XIV trataba de abandonar la guerra y el Papa le había abandonado. Las reacciones fueron lógicas: xenofobia francesa y regalismo borbónico.

A pesar de las derrotas españolas en Milán y Nápoles, España mantuvo el Consejo de Italia gobernando sobre Sicilia, Cerdeña y Menorca. Pero cuando se perdió Sicilia, el Consejo dejó de tener sentido y se extinguió.

 

 

[1] Baltasar Cristóbal de Híjar y Monsoriu, conde de Alcudia, había llegado como Virrey en 1706. Sustituía a Juan Basilio de Castellví y Coloma, marqués de Villatorcas, conde consorte de Cervelló, en 1703 se hizo borbónico y obtuvo el cargo de Virrey de Mallorca desde 1704 a 1706. En 1710 Cervelló se pasó a los austracistas. El Conde de Alcudia, se retiró reventivamente a una fortaleza, y una vez comprabado que la población se sublevaba por los austracistas, se entregó.

[2] Juan Antonio deBoixadors conde de Salvallá fue virrey de Mallorca desde septiembre de 1706 a 1709.

[3] María José Casaus Ballester. La Casa de Híjar ante la entronización de Felipe V. Archivo Ducal de Híjar.

[4] Luis Belluga Moncada, 1662-1743, quedó huérfano de niño y un sacerdote ingresó a los hermanos en el convento de Religiosos Mínimos de San Francisco de Paula, los cuales en 1714 le ordenaron clérigo de primera tonsura, pasando luego a estudiar bachiller en Granada y doctorarse en Teología en 1686. El 19 de abril de 1704 fue nombrado obispo de Cartagena- Murcia y en 1706 virrey de Valencia y Murcia. Desde allí atacó a los aliados, siendo de gran utilidad a los borbónicos. En 1719 le hicieron cardenal. En 1724 renunció al obispado para vivir en Roma en donde ejerció altos cargos, una vez que era uno de los cardenales más populares.

[5] Felipe II de Orleans, 1674-1723, duque de Orleans 1701-1723, duque de Chartres, de Valois, de Nemours y de Montpensier, era sobrino de Luis XIV y primo segundo de Felipe V, esposo de Mademoiselle de Blois, hija bastarda de Luis XIV. Fue Regente de Francia en 1715-1722, y Primer Ministro en 1722-1723.

[6] Jacobo Fitz James duque de Berwick, 1670-1734, era hijo natural de Jacobo II de Inglaterra y se naturalizó francés cuando los Estuardo fueron expulsados. Luis XIV le nombró capitán general del ejército que debía apoyar a Felipe V y, en 1704 luchó en Extremadura fracasando en el intento de llegar a Lisboa, siendo sustituido a fines de año por Tessé. En 1706 fue nombrado mariscal de Francia y volvió a luchar contra los angloportugueses, y fracasó de nuevo. El 21 de octubre de 1706 tomó Elche. El 28 de abril de 1707 venció en Almansa. En mayo de 1707 recibió el mando del ejército de Valencia. Se le concedieron los ducados de Liria y Jérica, con propiedad de las tierras confiscadas en aquellas regiones. En 1708 regresó a París para volver poco después a luchar en Barcelona. En 1714 dirigió el ejército de Cataluña. Pasada la guerra y ya desde Francia, en 1719 recibió la orden de atacar Cataluña y Navarra simultáneamente, contra Felipe V. Murió en la Guerra de Sucesión polaca 1733-1735, sitiando Philipsburg.

[7] Como no era infrecuente en las tácticas británicas y lo veremos muchas veces en la Guerra de la Independencia de 1808, Galway retrocedió tácticamente sin avisar al Marqués de las Minas, y éste se vio atacado de flanco de forma inesperada por la caballería francesa que batía a su infantería, causando muchas bajas e hiriendo incluso al Marqués. Entonces, el Marqués de las Minas se retiró, y los que quedaron solos en el campo de batalla fueron Galway y Freisheim, que sólo pudieron resistir dos horas un ataque desde todos lados, rindiéndose 5 mariscales, 7 brigadieres, 26 coroneles, 1.000 oficiales de menor graduación y 7.000 soldados. El desastre aliado de Almansa en 25 de abril de 1707, fue pues muy importante.

[8] Melchor Rafael de Macanaz, 1670-1760, era hijo de un regidor perpetuo de Hellín (Albacete) y había estudiado en Valencia. En 1685 fue a Salamanca a estudiar Derecho y desde 1694 estaba en Madrid. En 1701 había entrado al servicio del marqués de Villena, y en 1704 al servicio del conde de San Esteban de Gormaz. En 1707 fue Juez de Confiscaciones en Valencia y se atrevió a confiscar bienes del clero. El arzobispo Antonio Folc de Cardona lograría en 1708 declarar nulos los procedimientos de Macanaz en Valencia, y en enero de 1710 logro su excomunión, con lo que Macanaz fue reo de la Inquisición y huyó de Valencia en febrero de 1710. En noviembre de 1709 llegarán a excomulgarle, por lo que Felipe V decidió que volviera a Madrid. Protegido por el equipo francés, fue a Aragón, otra vez como Juez de Confiscaciones, y tuvo un papel importante en la creación de la Real Audiencia de Aragón en 1711. El 2 de enero de 1714, presentó un “Pedimento” contra la inmunidad eclesiástica. En febrero de 1715, a la llegada de Isabel de Farnesio y Alberoni, salió para Francia sabiendo que la Inquisición le perseguía de nuevo. En 1748, fue engañado para que volviera, y le encerraron en el Castillo de San Antón (La Coruña).

 

 

[9] Claude François Bidal, 1665-1743, era un francés barón de Harsefeld en Suecia, Caballero d`Aspheld en Francia, marqués de Asfeld en España, que llegó a España en 1707 y participó en las batallas de Almansa 1707, Barcelona 1714, y Mallorca 1715. En 1735 fue nombrado mariscal de Francia. En España es citado a veces como Francisco Vidal.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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