EL MARQUÉS DE CANALES EN 1703-1704.

Manuel Coloma Escolano, marqués de Canales.

 

 

1703, momento previo a la guerra peninsular.

 

El 3 de marzo de 1703 era evidente el peligro de guerra civil en la península, y Portocarrero ordenó la movilización general. Portocarrero redujo cargos y plantillas de funcionarios para ahorrar dinero para el ejército y pidió ayuda a Francia. Luis XIV tenía su armada en Andalucía protegiendo Cádiz y D`Estrées era la autoridad sobre esa armada. Luis XIV puso a su disposición a Orry, quien estaba en España desde 1701, para que gestionara los asuntos económicos. Portocarrero tenía intención de crear varios regimientos de 1.000 hombres cada uno. En ese momento, España acababa con los tercios que habían sido el elemento básico del ejército español desde el siglo XV y XVI. Se ordenó sacar un soldado por cada 100 vecinos, pero no había dinero para pagarles.

En 1702 y 1703, el Gobierno de España había funcionado en régimen de suspensión de pagos. En la Corona de Aragón, había una contradicción evidente entre las peticiones de las ciudades costeras, pidiendo más barcos de guerra porque veían demasiados buques enemigos cerca de sus costas, y la negativa a colaborar en los impuestos que hacía Felipe V. la implantación de impuestos como el equivalente, talla, catastro y contribución única, serían pocos años después una solución bastante lógica a esta contradicción. Otra cosa diferente es que las tropas se alojaban en casas particulares y causaban daños, molestias y gastos a las familias que les alojaban y a los pueblos que les acogían, en lo cual tenían toda la razón los vecinos de la Corona de Aragón.

Respecto a las noticias de la guerra en Europa, éstas eran favorables a Francia: el mariscal Villars venció el 9 de marzo en Kehl y fue capaz de bajar por el Danubio hasta Augsburgo. La acción de Villars desde el norte era complementada por Vendôme desde el sur, desde Italia, el cual venció a Austria el 20 de septiembre de 1703 en Höchstädt, población en el Danubio, cerca de Blenheim. El ambiente de victoria francesa se mantendría hasta las victorias de Marlborough en agosto de 1704 en Blenheim.

 

 

Portugal y Saboya

en la Guerra de Sucesión Española.

 

Portugal dudaba sobre su postura a tomar. En principio pensó en un papel de neutralidad que le permitiera continuar sus relaciones políticas y comerciales con España en la península y en El Plata. El emperador de Austria envió a Vesteink a proponerle que invadiera Extremadura, Galicia y Buenos Aires, prometiéndole la entrega de estas tierras al final de la guerra. Apoyaron la postura de entrar en guerra contra España, Juan Tomás Enríquez “Almirante de Castilla”, que había huido a Lisboa; el jesuita asturiano Juan Álvaro Cienfuegos Villazón, hombre al servicio del archiduque Carlos (sería nombrado cardenal en 1720); Diego de Mendoza, embajador portugués en Madrid. Estaba en contra de la guerra Nuno Álvarez Pereira de Melo duque de Cadaval, opinando que Portugal se arruinaría en la guerra contra España.

El 16 de mayo de 1703, Portugal ingresó en la Gran Alianza de La Haya. Firmaba el tratado el embajador de Inglaterra en Lisboa duque de Methuen, y el tratado fue conocido como Primer Tratado de Methuen. Ante la ineficacia de las flotas española y francesa, que no protegían el comercio americano para nada, Portugal decidió aliarse al dominante del Atlántico, Inglaterra, y seguir comerciando sin problemas con Brasil. La presencia de la flota anglo-holandesa en Cádiz y en Vigo estaba siendo decisiva. Los ingleses seguían sumando éxitos en 1703, pues Marlborough venció a los franceses y bávaros en Höchstädt (Baviera) y se aseguró de que Viena tuviera abierto un camino de suministros desde Alemania. Inglaterra parecía la potencia más fuerte. Los ingleses prometieron a Portugal pagar los gastos de la guerra y aportar 8.000 hombres. Los austriacos prometieron cederle a Portugal Extremadura, Galicia y el Estuario de El Plata.

También Saboya decidió luchar en el bando austríaco, inglés y holandés, y recientemente portugués, de la Gran Alianza de La Haya. En 1703, Víctor Amadeo II de Saboya pidió a España el Milanesado a cambio de su cooperación. Era una petición desmesurada, pues el objetivo de España era conservar Milán, y entonces Saboya, que había empezado la guerra del lado de Francia y España, se pasó a los austríacos. La postura decidida de Inglaterra, pesó en los cálculos de conveniencia de estar en uno u otro bando.

El 31 de julio de 1703, Felipe V se quejaba a su abuelo de que había sido engañado para venir a España, de que el país era muy pobre, no tenía tropas ni armas, y que era mentira que llegara a España un río de plata, como le habían contado, pues la realidad era que las fortalezas estaban semiderruidas y, en casi todas, no estaba completa la guarnición. Felipe V no estaba muy optimista esos días.

Los españoles austracistas se reunían en secreto con el fin de organizar una conspiración. Su líder era el Conde de Cifuentes. Pero no fueron bastantes ni estuvieron en condiciones de actuar hasta 1705.

 

 

George Rooke en Cádiz y en Vigo.

 

El 23 de agosto de 1703, una escuadra británica de 30 navíos mandados por George Rooke, ancló frente a Cádiz. En esta escuadra estaba también Jorge Darsmstadt. El 26 de agosto desembarcaron en Rota sin que los españoles reaccionaran contra ellos. Fue la reina de España la que reaccionó ordenando combatirles. No se aceptó la orden de la reina argumentando que los españoles estaban en inferioridad. Ningún gaditano colaboró con los británicos desembarcados y éstos se limitaron a saquear a las órdenes del duque de Ormonde. Principalmente iban contra los almacenes de mercancías que se iban a embarcar para América, y al final resultó que muchas de las mercancías saqueadas eran británicas y holandesas, lo cual llevó a una investigación en Londres, pues se consideró una vergüenza el saqueo, dado que se habían saqueado a sí mismos. Esta acción británica fue también muy negativa para sus intereses políticos, pues los andaluces aprendieron lo que se podía esperar de los británicos y holandeses y se creó un ambiente contrario a ellos durante el resto de la guerra, y mucho tiempo después.

Por este tiempo, debía llegar a Cádiz una flota de 17 galeones, escoltada por tres navíos españoles y 15 navíos franceses, procedentes de Indias. Los galeones estaban a cargo de Manuel de Velasco y la flota militar de protección a cargo del almirante Chateau-Renault. Alertados por los avisos, se desviaron a Vigo. Como la descarga era muy lenta debido a la burocracia española, los ingleses de Cádiz pudieron llegarse a Vigo, hundir algunos barcos y saquear algunos almacenes, y de nuevo resultó que gran parte de lo robado era británico y holandés, pues el contrabando tenía esas paradojas.

 

 

Segundo Tratado de Methuen.

 

En 12 de septiembre de 1703, el archiduque Carlos de Austria fue proclamado rey de España en Viena con el título de Carlos III de España. Los aliados decidieron desembarcar en Lisboa aprovechando la amistad de Pedro de Portugal y la legitimidad de Carlos.

El portugués Manuel Teles da Silva marqués de Alegrete, firmó con el embajador inglés en Lisboa, lord John Methuen, el Tratado de Comercio, conocido como Segundo Tratado de Methuen el 27 de diciembre de 1703. Teniendo en cuenta el tratado de 16 de mayo de 1703, éste sería continuación del primero, o se trataría del Segundo Tratado de Methuen, lo que varía en distintas fuentes consultadas. El tratado constaba de sólo tres artículos: Portugal se sumaba a la Alianza de La Haya contra Felipe V de España (con Gran Bretaña, Provincias Unidas, Prusia, Austria y Saboya); Portugal compraría telas de algodón británicas; Inglaterra compraría vino portugués. Se considera que es el tratado más corto de la historia de la diplomacia y el más efectivo.

El resultado práctico para Inglaterra era que Portugal acogía y reparaba barcos británicos en sus puertos (Lisboa y Río de Janeiro), y ponía 27.000 hombres al servicio de los ingleses. Inglaterra accedía al mercado de Portugal y de Brasil, desde donde pretendían captar el mercado de El Plata. Empezaba en Inglaterra la idea de quedarse con el mercado americano entero, también el español.

De momento, Portugal salvaba su comercio, pero a la larga, entraba en peligro de perder Brasil a manos británicas. A cambio de todas estas concesiones, Portugal recibía promesas, para cuando triunfara el archiduque de Austria y obtuviera la Corona de España, pues en ese mismo momento, Portugal recibiría las plazas de Badajoz, Alcántara, Alburquerque, Vigo, Bayona, Tuy, Laguardia y otras en España, además de las tierras al sur del Río de la Plata (Argentina). La alianza de Methuen nunca fue rota en los dos siglos siguientes.

A largo plazo, el resultado del tratado, que estuvo vigente hasta 1842, fue nefasto para Portugal, pues las importaciones de paños británicos eran muchísimo más caras que las ventas de vino portugués, y el saldo tenía que pagarlo con oro y diamantes que provenían de Brasil. Portugal trató en adelante de poner restricciones arancelarias a las importaciones desde Inglaterra, pero Inglaterra no le consintió nunca modificar el Tratado de Methuen. De alguna manera Portugal se convertía en una colonia británica desde el punto de vista comercial, lo que se conocería en el XIX como “imperialismo económico”. Al mismo tiempo, desde Río de Janeiro, los ingleses apoyaban las pretensiones portuguesas sobre Río de la Plata y la colonia de Sacramento, pues les interesaba el mercado peruano que se canalizaba por esos puertos y subía por el Paraná. El inconveniente era que España no les dejaba el libre comercio en El Plata.

La postura de Portugal de aliarse con Inglaterra en contra de los intereses de Felipe V, tenía su importancia en América. Los comerciantes criollos españoles se plantearon su papel en el nuevo conflicto: un monopolio de España y Francia, posiblemente arruinara sus negocios como intermediarios de los contrabandistas británicos y holandeses, y como empresarios en relación con empresas británicas, haciendo ellos mismos el contrabando. Los aliados fueron conscientes de estos movimientos criollos e inmediatamente enviaron delegados a Caracas, Santa Fe, Cartagena, Lima y México. Buenos Aires fue la ciudad que se declaró borbónica sin duda alguna desde e primer momento y ayudó a Felipe V en septiembre de 1704 atacando Sacramento (Colonia), para lo cual utilizó 4.000 soldados indios que se pusieron bajo las órdenes de cuatro capellanes jesuitas. En Perú, el virrey conde de Monclova admitió a los comerciantes franceses como aliados y se puso al servicio de Felipe V hasta su sustitución en 1707, momento en el que el nuevo virrey, marqués de Casteldosríus se mostró borbónico fervoroso y simpatizante de Luis XIV, postura que permaneció hasta 1710. En Potosí, se proclamó rey a Felipe V en 1701. En México, el conde de Moctezuma tenía ciertas simpatías hacia los Habsburgo y fue sustituido inmediatamente. Pero en América se generó un nuevo problema para España: ante la necesidad de dinero, se vendieron cargos a los criollos ricos y la justicia y la Administración americana se deterioraron al tiempo que los criollos ganaban expectativas que conducirían a los movimientos independentistas a partir de 1810.

La posición política de los americanos es fácil de entender teniendo en cuenta que ellos se relacionaban preferentemente con Cádiz, que era borbónica, y muy secundariamente con Barcelona.

El gran error español fue introducir a los franceses en el comercio americano, mientras se mantenía la teoría del monopolio español, pues los franceses aspirarían en adelante a captar más y más mercados, que eran el objetivo de Luis XIV y sus sucesores, y los británicos y holandeses se sintieron postergados por esa realidad que daba ventaja a sus adversarios comerciales. En 1701, ya Luis XIV se había quedado con el asiento de negros, pero ese mismo permiso le permitía exportar otros muchos productos cuya exportación era mucho más atractiva que el propio comercio de negros. Para “proteger los intereses de España”, Francia no dudó en adelante a poner varios navíos de guerra en el Caribe, barcos que estaban autorizados a abastecerse, pero no a comerciar, lo cual permitió la comercialición ilegal de muchos productos franceses. Como España no podía asegurar la regularidad del abastecimiento de las flotas a las ferias, los franceses, y también los ingleses, tenían las puertas del mercado americano abiertas. La realidad era que decenas de barcos franceses comerciaban con puertos americanos en el Caribe y en el Pacífico y que los españoles parecían estar ciegos ante ello. Los franceses descubrieron económicamente el Pacífico, la zona más desabastecida por España y que más recursos de plata tenía. La Compagnie de la Mer du Sud envió en 1698 cuatro barcos al Cabo de Hornos en un viaje que duró tres años, y a partir de esa fecha, el Perú fue visitado por cientos de barcos cada año.

El resultado de estas contradicciones españolas fue que, cuando llegaban las flotas españolas a las ferias americanas, se encontraban los mercados saturados por productos franceses, lo smás, y británicos y holandeses a veces. La abundante presencia francesa en América, está hábilmente escondida en los tratados de historia. Y cuando el francés Amelot, gobernante de España, se opuso a la presencia ilegal de franceses en América, resultó que ello significó un gran disgusto para los comerciantes españoles que se abastecían por esa vía y tenían sus negocios basándose en el comercio ilegal, igual que también se basaban en el contrabando británico y holandés. Pero en 1708-1712, los barcos de guerra franceses fueron necesarios en el Caribe y el negocio francés se incrementó en vez de reducirse. El monopolio español sobre el comercio americano era sólo una teoría, mantenida a toda costa por políticos y negociantes interesados en que todo funcionase como venía funcionando. En 1709, los franceses calculaban que en 1701-1708 habían ganado 180 millones de libras en el comercio de Indias, lo cual provenía tanto del contrabando de plata desde la Península Ibérica, como del comercio directo con América y el comercio que realizaban los barcos-escolta, además de los pagos que España les debía en concepto de utilización de estos barcos escolta, y el beneficio de los barcos que, huyendo del peligro inglés cercano a Cádiz, anclaban en puertos franceses.

Una solución al problema se intentó autorizando los navíos de registro, sin esperar a las flotas, que podían abastecer en cualquier año y momento del año, pues no iban a las ferias, sino comerciaban directamente en puerto.

 

 

El problema Inglaterra-Escocia 1703-1707.

 

En la Gran Bretaña había problemas de cohesión entre los diversos territorios. A pesar de la fortaleza y decisión que los países continentales europeos veían en Inglaterra, la posición interna del país no era tan firme como aparentaba.

En 1703, los escoceses no aceptaron la designación de Sofía de Hannover como heredera al trono británico. Alegaban que el Parlamento escocés no había sido consultado y declararon que elegirían un rey Estuardo, que debía ser distinta persona de la que reinase en Inglaterra.

En 1704, Ana de Inglaterra aprobó el Acta de Seguridad aceptando las propuestas escocesas y el Parlamento inglés se encolerizó con la reina.

En 1707 se publicó el Acta de Unión, por la que Inglaterra y Escocia pasaban a formar el Reino Unido de la Gran Bretaña, acordando que la casa de Hannover sería la sucesora en el trono.

 

 

 

 

El marqués de Canales[1].

Septiembre de 1703-agosto de 1704[2]

 

El 15 de septiembre de 1703, Luis XIV hizo algunos cambios significativos en España: retiró al cardenal D`Estrées y a Louville, que se fueron a Francia, así como a Portocarrero y a Arias, que fueron enviados a sus diócesis respectivas, y decidió conformar un Gobierno “español”, tutelado por la Princesa de los Ursinos.

Fray Manuel Arias Porres, arzobispo de Sevilla, fue sustituido en la Presidencia del Consejo de Castilla por José Solís Valderrábago, conde de Montellano, que permanecería en el cargo hasta 1706.

Cesar Augusto de Allonville, marqués de Louville, había sido nombrado Caballero de Cámara de Felipe V en 1700, y había acompañado al rey a España y a Italia. Al regreso de Italia, tomó partido por el grupo duro reformista, y se enfrentó a la aristocracia española, la reina y la Princesa de los Ursinos, y ello fue la razón de que fuera relevado.

Lo cual quería decir que Luis XIV prefería una España sin reformas, pero en paz interior. Ya habría tiempo para las reformas una vez superada la guerra.

En el nuevo sistema de Gobierno, la Secretaría de Consejo de Gabinete se dividió en dos en 15 de septiembre de 1703:

Manuel Coloma Escolano, II marqués de Canales, en una Secretaría de Despacho Universal de Guerra y Hacienda.

Antonio Ubilla Medina, para gestionar asuntos de la Iglesia, Justicia y Estado (asuntos exteriores en esos años), denominada “Secretaría de Despacho Universal de todo lo demás”. Ubilla perdía poder, pues dejaba de ser Secretario de Estado Universal, secretario de todo.

Presidente-Gobernador del Consejo de Castilla, José Solís y Valderrábano[3], conde de Montellano, que permanecería en el cargo hasta noviembre de 1705.

Recordemos una vez más, que las decisiones de carácter inmediato las tomaban los Secretarios, y las ordinarias el Consejo de Castilla, verdadero Gobierno de España en esos tiempos.

Luis XIV esperaba con ello acabar con las rencillas que habían surgido, por una parte, entre grupos franceses, por por otro lado, entre los franceses y los españoles, y en otros temas, entre los reformistas y los transaccionistas, franceses y españoles, en general. Luis XIV quería rotundidad en las reformas, pero no discusiones de gobernantes.

El nombramiento del marqués de Canales puede ser interpretado como una medida extrema, propia de tiempo de guerra: este “Secretario de Despacho Universal de Guerra y Hacienda” tenía capacidad de decisión propia, en nombre del rey, y con responsabilidad de sus actos, lo que le convertía en el primero de lo que entendemos en la Edad Contemporánea española como un ministro. Su cargo duró hasta agosto de 1704, pues tras el fracaso de Gibraltar, fue depuesto. Sólo había sido una medida extraordinaria y provisional.

Antonio de Ubilla seguía como “Secretario de Despacho de Estado”, pero el marqués de Canales, Secretario de Despacho de Guerra y Hacienda, tenía prioridad en todo lo que afectaba a sus temas, pues actuaba como si fuera el propio Rey y era responsable de sus actos, mientras Ubilla en su cargo se limitaba a aconsejar al Rey y no era responsable de los consejos que recomendaba. Ubilla es considerado “Secretario de Estado de Despacho de Todo lo Demás”.

Con el nuevo Gobierno, las ideas reformistas de Orry empezaban a ser posibles. Y la Princesa de los Ursinos ponía a la reina en el bando reformador y no en la oposición a todas las reformas.

El Gobierno de España, o Consejo de Despacho, se dividía en 1704 en varios bloques, el gestionado por el Secretario de Guerra y Hacienda, el espacio que se reservaba Ubilla, y el gestionado por el embajador francés, quien se reservaba algunos asuntos de política, y reclamaba los de Guerra y Hacienda que teóricamente eran de Canales. Como el monarca prefirió seguir entendiéndose con el Secretario de Guerra y Hacienda, y no con los dos ministros al tiempo, el Consejo de Despacho de los demás temas no cuajó.

 

 

El complejo sistema de Gobierno español.

 

La aparición de un Secretario de Despacho Universal de Guerra y Hacienda, no significó un cambio drástico en el Gobierno, sino que parecía una simple medida coyuntural de emergencia. El sistema de Gobierno estaba muy consolidado en los últimos tres siglos. Recordemos en síntesis el sistema:

Había asuntos reservados al monarca, en los que sólo él tomaba decisiones, y los demás se limitaban a elaborar informes y recibir órdenes ejecutivas: guerra y paz, relaciones internacionales, fuerzas armadas, unidad religiosa y política eclesiástica, asuntos de nombramientos y vigilancia de la jurisdicción superior. Esos temas eran gestionados por los diversos Consejos, presididos en teoría por el rey: eran el Consejo de Estado, el Consejo de Guerra, el Consejo de Órdenes y Consejo de Hacienda.

Había Asuntos que se resolvían en cada reino por separado: legislación ordinaria, organización y administración de justicia a nivel local, hacienda, orden público. Consejo de Aragón (suprimido en 1707), Consejo de Indias, Consejo de Italia (suprimido en 1714), Consejo de Flandes (suprimido en 1701 cuando Luis XIV se quedó con esos territorios).

Había Asuntos que se resolvían temáticamente y en general para todo el reino: estaban gestionados por el Consejo de Castilla, el Consejo de Estado y el Consejo de Órdenes.

El Consejo de Castilla era un Consejo de ámbito general, considerado el más alto escalón del Gobierno de España. El Consejo de Castilla era algo más que un Consejo deliberativo y asesor, pues controlaba a los corregidores, esto es, los encargados de hacer cumplir las órdenes que emanaban del Consejo de Castilla, las leyes y las decisiones reales. También controlaba a los Presidentes de las Chancillerías y a los Regentes de las Audiencias. Una sala importante del Consejo de Castilla era la Cámara de Castilla, organismo encargado de proponer al rey nombres para desempeñar oficios de gobierno, concesión de beneficios, concesión de privilegios. La Cámara de Castilla tenía dos secretarios.

El Consejo de Estado había sido creado por Carlos V, y se había originado en el Consejo Privado del Rey, manteniendo la costumbre de ser presidido por el monarca y ocupándose fundamentalmente de política internacional, hoy Asuntos Exteriores. Pero Felipe II dejó de asistir a las reuniones del Consejo de Estado, y no habiendo órgano de decisión, se convirtió en un órgano asesor que nunca tomaba decisiones, sino se las comunicaba al monarca.

El Consejo de Órdenes administraba las tierras de las Órdenes Militares, en teoría de la Corona, pero muchas veces usurpados por nobles y municipios. También defendía los privilegios de los caballeros de las Órdenes Militares y cuidaba de la concesión de hábitos de caballero de una orden militar. En diciembre de 1703 fue nombrado Presidente del Consejo de Órdenes Pedro Manuel Colón de Portugal, VI Duque de Veragua, quien permaneció en el cargo hasta septiembre de 1710. Sus temas eran muy discutidos en tiempos de Felipe V, pues los nobles se habían apropiado de muchas fincas, y los reformistas, franceses y españoles, querían su devolución a la Corona.

 

Todos estos Consejos, a los que los monarcas habían dejado de asistir, tenían un Secretario del Consejo respectivo, que se ponía en contacto con el Secretario, o Secretarios, del monarca, Secretario de Despacho Universal en su caso, y le hacían llegar las conclusiones e informes elaborados por su Consejo. Pasado un tiempo, a veces mucho tiempo, recibía el Secretario del Consejo una decisión del rey y la trasmitía al Consejo, no preocupándose más de su seguimiento y cumplimiento en adelante, pues eso correspondía al Consejo de Castilla. Los Secretarios de los Consejos y los Secretarios de Despacho Universal del rey aparecían como meros agentes recaderos. Nadie sabía si las propuestas partían del Secretario del Consejo o del Consejo mismo, nadie sabía si las aprobaciones de propuestas las hacía el Secretario del rey o el monarca mismo, nadie sabía si se cumplían las resoluciones de Estado. El Consejo de Castilla nunca tuvo un secretario del rey que intermediase, y el Consejo se dirigía directamente al rey, por escrito, y el Presidente del Consejo de Castilla hablaba con el rey a menudo (casi todos los viernes), por lo que era un Consejo algo superior a los demás.

Con Felipe V, el rey tenía un solo secretario, Secretario de Despacho Universal. Con Felipe II habían funcionado hasta tres secretarios del rey, el de asuntos del norte de Europa, el de asuntos de Italia y el de asuntos de Estado y Guerra en España. El cambio en 1703 a dos Secretarios de Despacho Universales no era pues tan novedoso.

 

 

La importancia del marqués de Canales.

 

El cambio que se producía con Canales, lo verdaderamente importante en 1703, era que un Secretario tuviera capacidad de decisión por sí mismo, antes de esperar la decisión del rey. Esta capacidad sólo la tenía Canales, y no Ubilla. Era una modificación muy importante, y tuvo repercusiones inmediatas:

En 1703, Canales creó la Tesorería Mayor de Guerra, un organismo que pretendía buscar financiación para la guerra por sí mismo. Ello provocó ciertos roces con el Consejo de Hacienda, concretamente con el Gobernador de dicho Consejo, Tomás de Pantoja conde de la Estrella, pero Canales tenía prioridad sobre todos los Consejos, como si fuera el rey. El conde de la Estrella se molestó sobre todo por las requisitorias de Orry pidiendo información sobre muchos gastos e ingresos de la Corona y su justificación.

En 1704 le fueron concedidas a la Tesorería Mayor de Guerra, gestionada por Canales, los monopolios del papel sellado, lanzas, medias annatas de nobles y empleados públicos, gastos secretos de Su Majestad y la renta del tabaco, todo lo cual quedaba, por tanto, fuera de las competencias de Hacienda. El conde de la Estrella recibió la orden de no pagar deuda atrasada ni adquirir nuevo déficit, y se quedó sin fondos, lo que le hizo imposible pagar los ingresos de la Casa Real (correos del rey, viudas, inválidos, caballerizos…). A los juristas y acreedores de la Corona se les quitó el tercio de prorrateo que cobraban, y Estrella argumentó que si se hacía eso, no volverían a prestar dinero a la Corona. Las quejas de Estrella sólo lograron su propia destitución.

El 1 de octubre de 1704, Hacienda decretó que el rey se quedaba con un tercio de los censos sobre propios, rentas y arbitrios de los ayuntamientos y, si no hubiese censos, la tercera parte de los propios, excepto los de Madrid y los de los eclesiásticos.

Antonio de Ubilla, también tenía que aceptar su subordinación a Canales, pues él no tenía poder de decisión, lo cual sólo aceptaba por estar en condiciones extraordinarias de guerra.

 

 

    El ejército de Canales.

 

La situación de la Marina española era desesperada en 1703: Francisco Diego Gutiérrez de los Ríos y Córdoba, III conde de Fernán Núñez, Gobernador Militar de Cádiz, sólo tenía dos barcos disponibles y estaban en Cádiz. Además no podía pagar a la tripulación, que desertaba, y no se enrolaban nuevos marineros. Cartagena se quejaba de no tener cañones. El Capitán General de Andalucía, Marqués de Villadarias, quería tres galeras para defenderse de los ataques de Gibraltar.

Felipe V, la Orsini y el marqués de Canales, reunieron donativos y recogieron impuestos, y levantaron un ejército para ir contra Portugal, que se había aliado a Inglaterra.

El ejército reclutado a fines de 1703 y principios de 1704, ascendía a 18.000 infantes y 8.000 jinetes, y todos ellos fueron destinados a la frontera de Portugal, sumándose a las tropas francesas del marqués de Puységur y del duque de Berwick[4], que llegaron a España en febrero de 1704. El ejército que Luis XIV había enviado a España constaba de 20 batallones de infantería, 6 regimientos de caballería y 2 regimientos de dragones (serían 12.000 hombres de infantería y 600 o 700 jinetes). Berwick tomó el mando militar del ejército, español y francés.

En el ejército de Portugal iban, con Felipe V, su secretario de Despacho Universal Antonio de Ubilla marqués de Ribas, y su Secretario de Guerra, Manuel Coloma Escolano el marqués de Canales y muchos de sus empleados de la Secretaría de Guerra, de modo que esta Secretaría Universal de Canales funcionaba simultáneamente en Madrid, unos pocos empleados, y al lado del rey, otros pocos. En la campaña militar, se trataba de reclutar personal y enviarlo a la frontera portuguesa en Castilla la Vieja (Zamora y Salamanca), en Extremadura, y en Andalucía (Huelva). Había que crear un cuerpo de oficiales desde el Ministerio de Guerra, había que crear cuerpos auxiliares de milicias locales pero sometidos a la obediencia del ministerio de Guerra y no a sus autoridades locales, había que llevar armas y pólvora, tiendas y uniformes a la frontera portuguesa. Para financiar gastos, se hizo aceptar letras a los comerciantes de Sevilla y Cádiz. Se decidió que el ejército francés del duque de Berwick, que llegaba con 12.000 hombres (febrero de 1704), atacara en Zamora y Salamanca, mientras los españoles se concentraban en Extremadura. El ejército español estaba mandado por Francisco del Castillo Fajardo marqués de Villadarias, malagueño, capitán general de Andalucía. El capitán general de Castilla la Vieja y Extremadura era Tserclaes de Tilly, un flamenco.

La organización y abastecimiento del ejército español fue encargada a Francisco Ronquillo Briceño[5] conde de Gramanedo. Ronquillo fortificó Ciudad Rodrigo, Salamanca, Toro y Zamora, y se ocupó de aportar artillería, armas, municiones, cuarteles, alojamientos, organizar las milicias provinciales de apoyo, abastecer a las tropas, abastecer a las ciudades en guerra, para lo cual quedaron subordinados a él los Gobernadores y Corregidores afectados. Ronquillo, con pocos medios, resultó muy eficaz. Pero el Consejo de Castilla se quejó de Ronquillo porque obligaba a las ciudades a aportar soldados de milicias, exigía “repartimientos” (impuestos), hacía cuarteles en las ciudades, se negaba a que tuvieran lugar los cambios que proponían los corregidores una vez que él había pactado algo con un corregidor, alegando que en el cambio se perdía eficacia. Los principales colaboradores de Ronquillo fueron el corregidor de Salamanca marqués de Vendaña (probablemente Rodrigo Falcón de Ulloa Rivadeneira), y el Presidente de la Chancillería de Valladolid conde de Isla. Otra queja del Consejo de Castilla se debía a que en 4 de marzo de 1704, Ronquillo convocó a los hidalgos a la guerra, cosa de la que estaban exentos. Mandó que se presentasen en Ciudad Rodrigo los hidalgos en estado de buena salud o sus representantes sustitutos, hábiles y dotados con un caballo, so pena de perder su hidalguía, y también los caballeros de la zona por un deber de honor. Quedaban exentos los que demostraran incapacidad. El 31 de marzo de 1704, el Consejo de Castilla anuló la orden de Ronquillo. Francisco Ronquillo, que no sabía nada de mando en tropa, fue nombrado teniente general en abril de 1704 y se le mandó a Ciudad Rodrigo al lado de Berwick.

Como siempre ocurre en estos casos de guerra, algunos hombres hicieron buenos negocios. Por ejemplo:

Juan de Dios del Río González, I marqués de Campoflorido, abasteció a los ejércitos en Galicia y logró ser nombrado en 18 de junio de 1707 Tesorero Mayor de Guerra y Marqués de Campoflorido, en 1709 Gobernador del Consejo de Hacienda, y más tarde ministro de Hacienda en 1717-1720.

Los Aguerri, marqueses de Valdeolmos, Cristóbal Aguerri, José Aguerri Churruca I marqués de Valdeolmos en 1689 y su hijo Félix Ventura de Aguerri y Ribas.

Juan Manuel López de Zúñiga y Castro, XI duque de Béjar, quien se considera el mayor beneficiado por la guerra de 1704, cuando se comprometió a surtir de pan y cebada durante seis años al ejército de Galicia, Castilla, Extremadura y Andalucía y recibió a cambio el arriendo de los monopolios de tabaco, papel sellado, naipes, aguardiente, nieve, café, cerveza y pescado en Castilla en pago a sus servicios. El abastecimiento de López de Zíñiga Castro fue deficiente, y se decidió que en adelante, se fraccionarían las concesiones de estos servicios a fin de disminuir riesgos, pues eran muchas las carretas, mulas de arrastre y alimentos comprometidos a una sola carta.

 

 

La guerra de Sucesión en al Península.

 

La Guerra de Sucesión Española, comenzó en España el 4 de marzo de 1704, ante las noticias de que el archiduque iba a desembarcar en Lisboa, las tropas españolas salieron de Madrid con destino Extremadura. El ejército español era muy pequeño respecto a los ejércitos de Europa Occidental en el mismo momento: España contaba con unos efectivos de quizás 18.000 infantes y 8.000 jinetes, cuando los ejércitos de Francia e Inglaterra estaban en cifras de entre 30.000 y 60.000 hombres. Además, España no tenía oficialidad preparada, ni sistema de abastecimientos organizado, y en todo ello se dependía de Francia.

Felipe V se instaló en Plasencia (Cáceres). Prohibió hacer saqueos y ejercer violencia sobre la población, tanto sobre los civiles como sobre los eclesiásticos. Era formulismo burocrático. Los españoles atacaron por Plasencia (Cáceres) acuchillando a los pobladores portugueses y saqueando sus pueblos hasta Almeida. El marqués de Aguilar tomó en mayo de 1704 Salvaterra do Extremo, Idanha a Nova, Rosmaninal, Segura y Penha García, es decir la tierra portuguesa al norte de Alcántara y oeste de Coria. Otro ejército entró por Ayamonte y saqueó el Algarve y pasó al Alemtejo. Los portugueses resistieron en Monsanto cuya población acabó masacrada por los españoles y las casas saqueadas. Francisco Ronquillo puso su cuartel general en Ciudad Rodrigo, y desde allí atacó Almeida, la fortaleza gemela de Ciudad Rodrigo en Portugal. El príncipe T`Serclaes de Tilly puso su cuartel general en Alburquerque y desde allí atacó Arrouches. El marqués de Villadarias entró por Ayamonte, y desde allí atacó Villa Real de San Antonio, Castro Marín y Campeiros, destacando por robar una gran cantidad de ganado. Felipe V tomó Castelo Branco y el 30 de mayo luchó contra los portugueses, y se dirigió al sur, a Portalegre y fueron tomando Montalvao, Nisa, Castelo de Vide, Marvao, la zona al oeste de Valencia de Alcántara que conducía a las proximidades de Lisboa. Pero allí se paró el ataque, de forma absurda. Se culpó al calor excesivo del verano, lo cual no es muy creíble. Más bien, parece que Felipe V fracasó en el intento de someter a Portugal por falta de adecuados servicios de intendencia. El 16 de julio regresó a Madrid.

Los portugueses, apoyados por ingleses, contraatacaron tomando Monsanto en Portugal y Fuenteguinaldo (Salamanca) cerca de Ciudad Rodrigo.

Y Felipe V abandonó la campaña. Primero envió a Berwick a Beira Alta, desviándole del objetivo principal, Lisboa, con la excusa de cerrar el paso a un ejército británico-portugués, para volver a Madrid a continuación y abandonar él mismo la zona.

Los ingleses y portugueses atacaron Ciudad Rodrigo, acampando en las laderas del río que pasa junto a las murallas. También estuvieron parados sin intentar ningún objetivo, hasta que en 8 de octubre de 1704 se retiraron.

Igualmente, Berwick se mantuvo a la defensiva el resto de 1704, sin moverse de la frontera.

Como el ejército de la Gran Alianza de la Haya tenía a su vez dificultades internas insuperables, la guerra se pudrió en esa zona hasta mediados de 1705. El único sentido de todo ello, es que todos estuvieran esperando el resultado de los sucesos de Barcelona en 1704.

 

El 7 de marzo de 1704, el archiduque Carlos de Austria fue desembarcado en Lisboa por el almirante inglés George Rooke. El archiduque Carlos recibió en Lisboa el apoyo de varios nobles castellanos descontentos con Felipe V. Tenía el apoyo de 20.000 hombres de infantería (15.000 portugueses, y algunos ingleses, holandeses y alemanes). Era un ejército heterogéneo, con mandos diferentes y objetivos distintos, con rivalidad interna entre ellos, muy difícil de manejar. Reuniendo todas esas fuerzas se dirigió hacia Extremadura esperando lograr un levantamiento contra Felipe V y los franceses, pero no lo consiguió. El objetivo era Madrid.

El archiduque Carlos permaneció en la Península hasta 23 de julio de 1705. Desde Lisboa atacó Extremadura y fue rechazado por James Fitz James, I duque de Berwick y también atacó Ciudad Rodrigo donde también fue rechazado.

 

La campaña de Barcelona.

George Rooke, con 30 barcos ingleses y 18 holandeses, se dirigió entonces a Barcelona, que parecía el objetivo principal. Llevaba consigo al príncipe George de Hesse Darmstadt con 2.400 hombres, a los que pensaba desembarcar en Cataluña.

Darmstadt, el antiguo virrey austriaco de Cataluña, se instaló en Cataluña.

Rooke atacó Barcelona, la bombardeó y fracasó en el desembarco, y ante la noticia de la salida de Tolón de una flota francesa mandada por el general D`Estréss, se retiró y volvió a Lisboa. Allí recibió al almirante Shovel que llegaba con 23 barcos más, y decidieron ir sobre Gibraltar, Rooke atacó la bahía de Algeciras desde el mar, y George de Hesse Darmstadt luchaba en tierra en el istmo de Gibraltar.

 

 

Aspectos políticos de la guerra en 1704.

 

1704 fue un año crítico: Portugal se había pasado al bando aliado en 1703, y el abate D`Estrées disputaba con la Orsini, con la fuerza del apoyo de su tío, el cardenal D`Estrées, y el apoyo de Louville, que estaban en París desde 1703 junto a Luis XIV. El conde de Puysegur culpaba a la Orsini de los males de España, y contaba que la dama mentía tanto en los mensajes que enviaba a Luis XIV, como en las respuestas que pasaba a Felipe V. En marzo de 1704, lograron entre todos que la Orsini saliera de España. Las cosas no mejoraron entonces, porque los monarcas españoles se negaban a recibir órdenes de París, y la reina empezó a hacer conciliábulos de nobles francófobos.

En abril de 1704, Antonio Luis de Sousa, II marqués das Minas y IV conde de Prado fue nombrado Gobernador de Armas de Beira y se hizo cargo de la guerra en tierra. Por su parte, los aliados destituyeron a Meinhard Schomberg en junio de 1704 y nombraron comandante de sus fuerzas navales en Portugal al escocés James Stewart V conde de Galloway.

En 28 de septiembre de 1704, España, o el marqués de Canales si se prefiere, inició su reforma militar, eliminando sus tercios, creando los regimientos, y creando cuerpos de élite como Guardia Real Española y Guardia Real Valona.

Como España no estaba preparada para la guerra, tuvo que pagar a Francia por asistencia militar, en los años 1703-1709, unos 37 millones de reales. Los franceses no tenían confianza en recuperar su dinero a corto plazo, pero esperaban otro tipo de ganancias en esta guerra: el comercio americano.

 

 

Circunstancias de la Guerra de Sucesión Española.

 

Una de las causas de la guerra era la idea del legitimismo dinástico de los Austrias, pues ellos eran la descendencia masculina, con preferencia sobre la femenina de Felipe V. En ese sentido, el testamento de Carlos II incurría en contrafuero y la nueva legalidad, forzada, conculcaba los derechos legítimos y morales de los Habsburgo vieneses.

Aunque se cita siempre el foralismo (defensa de los fueros o privilegios conseguidos en tiempos anteriores), es preciso apuntar que, antes de la guerra, no observamos recelos entre castellanos y aragoneses, sino que los recelos empezarían precisamente durante esta guerra, y ya no cesarían nunca.

En cuanto a la legalidad de tipo religioso, ambos bandos declararon cruzada la guerra que hacían contra el otro, y ambos tuvieron clero de su parte que declaró legal la contienda. El austracismo consiguió el beneplácito del Papa Clemente XI, pero ello tiene muy poco valor moral, teniendo en cuenta que los Papas actuaban por criterios extrarreligiosos, como ampliar los territorios de su reino, o conseguir más dinero. Los argumentos de tipo religioso eran más bien irracionales, a conveniencia de quien los utilizaba: unos decían que los austracistas eran herejes porque estaban aliados a los protestantes ingleses y holandeses, enemigos tradicionales de los católicos (y en ese bando estaban Portocarrero, el obispo de Córdoba, el obispo de Belluga, el obispo de Murcia, el obispo de Calahorra). Otros decían que los borbónicos eran los herejes pues en Francia se estaba produciendo un movimiento contra Dios (entre ellos estaban el Patriarca de Las Indias, el arzobispo de Valencia, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Barcelona, el obispo de Vich, el obispo de Solsona, el obispo de Huesca, el obispo de Albarracín y Segovia). Por ambas partes, hubo clérigos que tomaron las armas por uno u otro bando y hasta se hicieron oficiales del ejército que consideraban el legítimo. Pero también lo normal en la Iglesia, como en el resto de las capas sociales, fue no tomar bando y esperar acontecimientos. El Papa Clemente XI se negaba a dar “donativos extraordinarios” que la Iglesia daba, a pesar de su nombre, de forma reiterada a los Estados. Como esos donativos sí se los dio a otros Estados en ese mismo tiempo, la decisión de no darlos a España era discriminatoria y no justificable con argumentos religiosos.

También podemos plantear la guerra como una doble contienda, un nefrentamiento entre Castilla y Portugal en el oeste peninsular y una guerra civil en la Corona Aragonesa en el este peninsular.

 

El verdadero enemigo de los castellanos fue Portugal. Los portugueses intentaron una gran jugada política, que era conquistar Madrid y dominar en la península, y después en Europa. El recelo contra los portugueses, sí que existía en Castilla, y ello unía a los castellanos, y justificaba la guerra en cuanto los portugueses habían traicionado antiguos pactos con Castilla y se habían entregado a los ingleses, enemigos de España, corsarios.

En estas condiciones, en Castilla y en Aragón no había unidad de criterio territorial. Tanto en Castilla como en Aragón había austracistas y borbónicos.

Entre la nobleza castellana, la mayoría optó por no tomar bando, o por tomarlo por la parte que iba ganando, sin importar cambiar de chaqueta varias veces durante el conflicto. Así actuaron el duque del Infantado, el duque de Béjar, el conde de Fuensalida, el conde de Peñaranda, el conde de Casa Alegre, el conde de Santillana, el conde de Fontanar, el conde de Fernán Núñez, el marqués de Mina, el marqués de Mortera, el marqués de Villalba, el marqués de Gelo, el marqués de Almenara, el marqués de Vellosillo, y otros muchos.

Los nobles castellanos que se pusieron de parte del archiduque tuvieron que emigrar, o esconderse, y no fueron pocos: el Almirante de Castilla, el duque de Nájera, el duque de Medinaceli, el conde de Oropesa, el conde de Cifuentes, el conde de San Pedro, el conde de Lemos, el conde de los Amayales, el conde de Cardona, el conde de Villaverde, el conde de Santa Cruz, el conde de Haro, el conde de Tendilla, el conde de Villafranqueza, el conde de La Puebla, el conde de Gálvez, el conde de Corzana, el marqués de Leganés, el marqués de Santorcaz, el marqués de Palomares, y otros muchos.

Entre las masas castellanas, el pueblo identificaba a los Austrias con los impuestos altos, pues habían pagado muchas guerras en los últimos dos siglos, y los Borbones parecían la posibilidad de que las cosas cambiaran, sobre todo si los aragoneses pagaban los mismos impuestos que estaban pagando los castellanos.

 

En la Corona de Aragón la guerra se planteaba como guerra civil: el enfrentamiento interno entre ambos bandos era más fuerte que en Castilla y se estaban liquidando problemas antiguos. En la Corona de Aragón no hubo un esquema social definido en cuanto al reparto en los dos bandos que iniciaron lo más duro de la guerra civil entre borbónicos y austracistas. Había pueblos de realengo que apoyaban a Felipe V y otros que apoyaban al archiduque Carlos, y había pueblos de señorío que apoyaban a uno o al otro. Zaragoza cambió de bando varias veces, aclamando con fervor popular a quien llegaba victorioso y parecía ser el ganador.

En general, en la región de Aragón, la aristocracia, o alta nobleza, apoyaba a los Borbones con excepciones como el conde de Fuentes, y el conde de Sástago, pero lo normal era que fueran cambiantes de bando, según expectativas. La baja nobleza y la burguesía era en general austracista, porque deseaba el control de los municipios que les había arrebatado recientemente la alta nobleza, pero lo normal es que no se decantaran por ninguno y esperaran sobrevivir e incluso medrar. Los caballeros y Universidades juraron a Felipe V en 1701, cuando llegó a España, y se declararon austracistas en 1706, cuando creyeron que la guerra la ganaría el archiduque. En Aragón había un fuerte sentimiento antifrancés, pero también había pueblos netamente pro-franceses como Jaca, Uncastillo, Sos, Molina de Aragón, Mora de Rubielos. El caso más llamativo fue Zaragoza, que cambió de bando varias veces y aclamó con entusiasmo a todo el que llegó proclamándose rey de Aragón.

En Valencia predominaban los austracistas, pero Morella, Requena, Sagunto, Peñíscola, Puzol, Nules, Jijona, Monóvar, Biar, Bañeres, Elda y Orihuela fueron borbónicas. Había muchos antagonismos viejos, y ello condujo a una violencia mayor que en otras partes. También había xenofobia contra los franceses. También había una tradición de subir al monte, es decir, hacerse bandoleros y vivir del pillaje, y ello provocó enfrentamientos internos, pues los bandoleros solían ir a “pillar” en tierras extrañas a la suya propia.

Quizás la región más netamente austracista fue Cataluña, y quizás ello se debiera a los malos recuerdos y a los mitos generados en la época 1640-1659, cuando quisieron pasarse a Francia. También hay que tener en cuenta el sentimiento de xenofobia antifrancesa cuando se perdió en 1693 el Rosellón. Además, en la última etapa de Carlos II, un Austria, Cataluña había iniciado un despegue económico, y los Austrias no eran tan mal vistos en ese momento en el Principado. Los fueros habían permitido la instalación de unas empresas, que difícilmente podrían afrontar impuestos normales. Las relaciones con Inglaterra eran para ellos muy importantes pues allí se suministraban de máquinas textiles y repuestos. Por otra parte, Cataluña se relacionaba mucho con los reinos italianos, y esos reinos parecía que iban a ser gobernados por los Habsburgo de Austria Hungría. Y además, la defensa de los fueros, era más segura con los Austrias, tradicionalmente reyes de muchos territorios diversos, que con los Borbones, unificadores de leyes, Gobierno y derechos.

Cuando estalló la guerra, en 1705, los catalanes vivieron una exaltación anímica grande, pues sus dirigentes inmediatamente hicieron correr bulos para consumo popular, como que el Virrey Velasco iba a ajusticiar a todos los detenidos antes de marcharse de Cataluña, y ello provocó el motín popular de 14 de octubre de 1705. Peterborough, el general inglés, fue consciente del engaño, y tomó bajo su protección a Velasco, al que salvó la vida. La exaltación fue máxima en Barcelona en 1713, Utrecht, cuando España cedió Menorca a los ingleses, e Inglaterra les abandonó tras ocho años de guerra: hubo una declaración de guerra a España y otra a Francia, organizaron guerrillas como si fueran capaces de resistir ante un ejército profesional. Y como entonces los guerrilleros eran castigados y ejecutados públicamente, como escarmiento, los ánimos iban calentándose mucho más cada vez. Y luego, el 8 de marzo de 1714 se inició el bombardeo de Barcelona, y las cosas llegaron a tal punto que los barceloneses no aceptaban el perdón general que se les ofrecía.

 

 

La guerra en Cataluña en mayo de 1704.

 

A mediados de 1704, los grupos austracistas españoles estaban en condiciones de actuar en apoyo de fuerzas exteriores, y comenzó la acción en la península.

Simultáneamente a la acción de marzo de 1704 en Lisboa, ya contada en líneas anteriores, en mayo de 1704, los aliados atacaban Barcelona. La acción correspondía sobre todo a la armada inglesa del Mediterráneo, John Rooke. Con ellos llegaba el austriaco landgrave George de Hesse Darmstadt, quien había sido virrey de Cataluña pocos años antes. Llegaron a Cataluña el 9 de mayo de 1704 a bordo de la escuadra angloholandesa. Pero no hubo levantamiento popular. Bombardearon la ciudad, desembarcaron. El desembarco se produjo el 30 de mayo de 1704. Para sorpresa de Darmstadt, no hubo colaboración de los catalanes, como él había prometido a los ingleses, y el nuevo virrey ahora proborbónico, Francisco Fernández de Velasco, encarceló con facilidad a los pocos que se levantaban por los austriacos. Fernández de Velasco no podía atender tampoco la misión de defender Cataluña, pues no tenía soldados apenas. Contaba con 1.600 infantes y 200 caballos, los cuales apenas eran suficientes para defender Barcelona, y pretendía perseguir a los sublevados en otras localidades catalanas, para lo que pedía 3.000 infantes y 2.500 caballos que, evidentemente, no se le enviaron nunca.

Como los enfrentamientos en el mar habían sido favorables a los ingleses siempre en los últimos años, la orden de la flota española-francesa era rehuir el combate naval. Eso facilitaría mucho las cosas a las intervenciones británicas.

Así que el 1 de junio de 1704, la flota angloholandesa zarpó hacia Lisboa. En el camino, intentaron un desembarco en Cádiz, donde tampoco tenían apoyo, y se fueron a Tetuán (Marruecos) donde el 28 de julio celebraron Consejo de Guerra para discutir los objetivos a atacar. Allí se decidió que el objetivo era Gibraltar y Barcelona.

 

 

La guerra en Europa en 1704.

 

La Gran Alianza de La Haya, Marlborough y Eugenio de Saboya, derrotó a los franceses en Blenheim 22 de junio de 1704, en la llamada Segunda Batalla de Höchstadt, (en el Danubio de Baviera). El príncipe Eugenio de Saboya y el inglés Malborough aparecían como buenos estrategas. Fue una de las más grandes batallas de la guerra, pues 67.000 austriacos, holandeses e ingleses, se enfrentaron a 56.000 franceses (conde de Marcin) y bávaros (Maximiliano II de Baviera), con el resultado de 14.000 bajas entre los primeros, y 56.000 bajas entre los segundos. El resultado de la guerra puede ser considerado desastroso para Francia, pues los aliados ocuparon Baviera, la zona de apoyo francesa para sus campañas en Centroeuropa.

Los españoles obtuvieron pequeñas victorias en Vercelli (Italia), y también los franceses vencieron en Saboya y fueron capaces de resistir a los holandeses en Amberes. Pero esas victorias no compensaban las derrotas en Blenheim y Gibraltar.

A mediados de 1704, quedaba demostrado que los ingleses y holandeses podían desembarcar en cualquier punto de las costa española, pero que no encontrarían colaboración de la población en ninguna parte que no fuera Cataluña. Y que los españoles no serían capaces de echar a los ingleses hasta que los invasores decidieran marcharse, lo cual se producía pronto donde no tenían apoyo de su Gobierno, como era el caso de Gibraltar.

La excepción de Cataluña parece que se debía a la pésima política del virrey Francisco de Velasco, nombrado para el cargo en 26 de octubre de 1703, el cual hizo ostentación de poder y se puso en contra a toda la población. Igualmente, las sublevaciones de Aragón y Valencia contra los abusos señoriales fueron muy mal gestionadas pues el Gobierno de Felipe V se puso de parte de los opresores, los señores, y sobrevino la miseria y el paro, desgracias que fueron identificadas con el reinado de Felipe V.

 

 

Rooke conquista Gibraltar en agosto de 1704.

 

En 4 de agosto de 1704 los ingleses, Rooke y Darmstadt, obtuvieron otro éxito conquistando Gibraltar en nombre de Carlos de Austria. En Gibraltar, Diego Salinas tenía 100 soldados y 400 milicianos civiles, y no pudo hacer nada frente a los 2.400 hombres de Hessen-Darmstadt. Los británicos se estaban retirando de su fracasado intento de desembarco en Barcelona. También se pusieron de acuerdo con lo marroquíes que atacaron Ceuta por tierra mientras los ingleses lo hacían por mar, pero Ceuta resistió. En teoría, conquistaban Gibraltar para Carlos III de Austria, pero en la práctica allí sólo había ingleses. El objetivo principal era Cádiz, pero Gibraltar era una muy buena base para posteriores ataques. El archiduque nombró Gobernador de Gibraltar al conde Val de Soto, un hombre de origen irlandés, pero los británicos no lo aceptaron y exigieron un gobernador inglés.

Los franceses llevaron una escuadra para defender Gibraltar y Ceuta, pero fueron batidos a fines de agosto. El 24 de agosto de 1704, la escuadra hispano francesa de Luis Alejandro de Borbón conde de Toulouse atacó a Rooke en las costas de Málaga, y hubo muchos muertos, pero ningún navío hundido. Se planteó una gran batalla naval, 96 navíos franceses contra 68 navíos aliados, y hubo mucho daño para ambas partes. Ambos creían que eran superiores, y que estaban dando la batalla decisiva a partir de la cual dominarían el mar, pero no fue así.

En septiembre de 1704, el marqués de Villadarias sitió Gibraltar por tierra, mientras el almirante francés Jean Bernard de Pointis y el almirante Jean Baptiste de Casse hostigaban por mar con 22 navíos franceses. Pero el asedio a Gibraltar era permeable, es decir, que los particulares estaban asediados, pero los buques de guerra ingleses entraban y salían cuando querían y se abastecían en Marruecos. Cuando llegó el invierno, los españoles no estaban preparados para las lluvias, y se retiraron. El 10 de febrero de 1705, Villadarias fue relevado y se entregó el mando del ejército al francés marqués de Tessé, que renovó el asedio. En mayo de 1705, Tessé decidió levantar definitivamente el asedio porque veía que no había ninguna ventaja hispanofrancesa en mantenerlo.

 

 

Fracaso de Felipe V en 1704.

 

Las cosas en España no iban bien para los Borbones por falta de dinero. Durante todo el verano de 1704, las tropas de Tserclaes de Tilly de la frontera portuguesa con Extremadura, no habían recibido sus pagas ni comida suficiente. El abastecedor había tenido problemas, y como tenía el monopolio concedido no se podía sustituir por otro. En septiembre de 1704 se envió algún dinero. Tilly estaba perdiendo hombres en Extremadura y Berwick los perdía en Castilla la Vieja, pero la orden era continuar la guerra. Ronquillo tomó medidas extraordinarias, y además de la exigencia de reclutamiento del 1% del vecindario, decidió volver al sistema de quintas, 20% del vecindario, en zonas de guerra. Pidió colaboración a los párrocos y corregidores para reclutar 17.000 hombres.

En 1704, Malborough llevó a cabo la hazaña de pasar su ejército desde los Países Bajos hasta Viena, pasando delante de los bávaros e impidiendo que éstos tomaran Viena. Derrotó a los bávaros en agosto y Baviera cayó en manos de la Alianza de La Haya. Los franceses tuvieron que replegarse a la orilla izquierda del Rhin. Las únicas victorias francesas se produjeron en Saboya.

Berwick recibió la orden de ir a Andalucía, y el general francés se negó a abandonar la frontera portuguesa, pues él creía que el verdadero objetivo aliado era Madrid, y las maniobras en el sur eran de distracción. Entonces fue destituido. Le sustituyó el mariscal Tessé.

Tessé se hizo cargo del ataque a Gibraltar, y organizó el asalto en 7 de febrero de 1705. La estrategia era una combinación de un ataque marítimo de la escuadra francesa mandada por el Barón de Pointy, y un asalto por tierra del marqués de Villadarias (9.000 españoles) y el general Cabanne (3.000 franceses), pero la flota fue disuadida por la escuadra del inglés John Leake, y la operación de la toma de Gibraltar fracasó.

Entre los españoles que atacaron Gibraltar por tierra estaban el marqués de Villadarias, el duque de Osuna, el conde de Pinto, el conde de Aguilar. En Gibraltar resistió George de Hesse Darmstadt, quien se había quedado en agosto de 1704 para proteger la plaza.

Ambos contendientes quedaron sin barcos útiles, y aunque fueron rápidamente reparados, ambos se convencieron de que la supuesta superioridad que cada uno creía tener sobre el otro era ficticia y que la guerra no se iba a decidir en el mar. La guerra del mar perdió importancia a partir de febrero de 1705.

 

 

Caída de Canales.

 

Luis XIV intervino para que fuera destituido Canales. Parece que tenía ciertas pretensiones sobre España y le molestaba que el Gobierno español se hiciera demasiado independiente, creara sus propios ministros y abandonara la tutela en la que él, el rey de Francia, estaba tan a gusto. También le molestaban las discusiones internas entre la aristocracia española, incluidos sus hombres enviados desde Francia. Se disolvió la Secretaría de Estado de Guerra y también la Tesorería Mayor de Guerra, gestionadas por Canales. Antonio de Ubilla recuperó las funciones que tenía, meramente consultivas, pero universales. Los arrendadores de rentas quedaron muy satisfechos porque recuperaban sus ingresos, mermados últimamente por los impuestos de la Tesorería Mayor de Guerra. Canales fue recolocado el 17 de agosto de 1704 como consejero de Estado y gentilhombre de Cámara, pero dejó de tener poderes extraordinarios para gobernar. Sus principales colaboradores fueron también “recolocados”. En agosto de 1704, la situación política española volvió al punto anterior a 1703. La Orsini fue desterrada a Roma en 1704. También caía Orry, que fue enviado a París. Los excesos en cuanto a intervencionismo en el Gobierno enfrentaban a los españoles con los franceses, y Luis XIV les castigó a todos.

Felipe envió a la Orsini a Roma, para quitársela de en medio. La Orsini, no fue, en 1704, a Roma, como se le ordenaba, sino a Versalles, de donde volvería a España con mucho más poder que antes.

 

 

[1] Manuel Coloma Escolano, 1637-1713, II marqués de Canales, era riojano, de familia originaria de Cataluña, hijo de Pedro Coloma Navajas, secretario de Felipe IV, y hermano del I marqués de Canales y secretario de Carlos II, quien obtuvo el título en 1680. Manuel fue colegial en San Bartolomé de Salamanca, donde estudió Derecho, fue Oidor en la Chancillería de Granada, en 1676 embajador en Génova, y luego embajador en Provincias Unidas e Inglaterra. Volvió a España en 1699 y fue fiscal del Consejo de Órdenes, consejero del Consejo de Órdenes. Era persona experta en cuestiones de Gobierno.

[2] Es muy interesante la lectura de: Concepción de Castro. A la sombra de Felipe V: José de Grimaldo ministro responsable, 1703-1726. Malcial Pons Historia, 2004.

[3] José Solís y Valderrábano, 1643-1713, I conde de Montellano, había sido presidente de la Casa de Contratación en Sevilla, presidente del Consejo de Indias en 1695, virrey de Cerdeña en 1697-1699, consejero de Estado, presidente del Consejo de Órdenes en 1702, antes de ser presidente del Consejo de Castilla en 1703-1705. A la salida de este cargo, se le nombró duque de Montellano.

[4] Jacobo Fitz-James, duque de Berwick, era hijo natural de Jacobo II de Inglaterra, el que había sido expulsado del trono en 1688. Jacobo se naturalizó francés y en 1704 se le dio el mando de las fuerzas francesas en España y en 1706 alcanzó el grado de mariscal en el ejército francés. Luego sería enemigo de Felipe V porque no alcanzó los premios que esperaba en España.

[5] Francisco Ronquillo Briceño, conde de Gramanedo, era un hidalgo español que había estudiado leyes y había sido corregidor en Palencia, Córdoba y León, y en 1690 en Madrid, donde también estaba en el Consejo de Hacienda. Sufrió un motín en 1699 por falta de abastos en Madrid, y se le despidió para calmar a la gente, pero se sabía que había servido bien las órdenes recibidas y fue readmitido en sus cargos. En 1703, se le tenía como excelente administrador, y fue nombrado Gobernador de las Armas de Castilla para abastecer el ejército, colaborando con Tserclaes deTilly, un flamenco que era capitán general de Castilla la Vieja y Extremadura.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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