ESPAÑA EN 1702-1703.

 

 

Felipe V en Italia.

 

El rey Felipe V decidió salir para Nápoles en abril de 1702, pero su destino final era el norte de Italia, que estaba en guerra. Los consejeros españoles se oponían al viaje porque temían que el rey se quedara para siempre en Nápoles, y porque el viaje costaba mucho dinero. Pero el duque de Medinasidonia, el duque de San Esteban del Puerto y Antonio de Ubilla apoyaron el viaje del rey, al igual que el embajador francés Harcourt y el Secretario de Estado de Luis XIV, marqués de Torcy[1]. El 25 de enero de 1702, Luis XIV autorizaba en una carta a su nieto la travesía a Italia y le aconsejaba que desembarcase en Mantua después de que el ejército borbónico hubiese expulsado de allí a los imperiales, y mientras tanto, que adulase a la nobleza proponiendo una bajada de impuestos a fin de ponerla de su lado. Felipe V pidió llevarse a su esposa, pero los españoles se opusieron rotundamente, pues pensaban que, en ese caso, no volverían a ver al rey en España y que el duque de Saboya se acercaría a los reyes y se convertiría en el gobernante de hecho.

El 1 de febrero de 1702, Eugenio de Saboya siguió en campaña de hostilidad contra Francia y atacó y capturó al general François de Neufville de Villeroi en Cremona, general que tuvo que ser sustituido por el duque de Vendôme.

El 3 de marzo, se recibió carta de Luis XIV diciendo que la reina no debía ir a Italia, sino dirigirse a Zaragoza y presidir allí las Cortes Aragonesas.

A finales de marzo se discutía en Barcelona si Felipe V debía salir para Italia, donde empezaba una guerra. Portocarrero y D`Hancourt estaban en contra de que el rey fuera a Italia. Marsin, Louville y la Ursinos dijeron que debía ir, y si estos decían que sí, estaban diciendo que la opinión de Luis XIV era que su nieto fuera. Y se decidió que fuera a Italia.

El 19 de marzo de 1702, murió Guillermo III de Orange, rey de Inglaterra, por caída de un caballo, e Inglaterra proclamó reina a Ana de Orange, cuñada de Guillermo, esposa del príncipe de Dinamarca. Jorge de Dinamarca, el esposo, no tenía papel ninguno en el poder, lo cual era tenido por extraño en la época.

 

 

María Luisa, Gobernadora de España.

 

El 27 de abril de 1702, María Luisa de Saboya abrió Cortes aragonesas y logró que le concedieran 100.000 pesos de subvención. Tras las Cortes de Zaragoza, la reina se fue a Madrid. Se instaló en el Alcázar. Allí suprimió las fiestas de palacio y decidió presidir el Consejo de Regencia. En su desempeño, cortaba frecuentemente los largos discursos vanales de los Grandes de España, lo cual le dio alguna fama de valiente.

En mayo de 1702, la Gran Alianza de La Haya declaró la guerra a Francia y a España.

El 13 de mayo de 1702, Felipe V designó Gobernadora de España a la reina María Luisa, mientras él estaba en Nápoles en lo que consideraba que iba a ser el centro de la guerra, que preveía contra Austria. María Luisa tenía 14 años y era incapaz de asumir el Gobierno de Regencia para el que era designada. Como organismo asesor de la Reina Gobernadora, Felipe V nombraba una Junta de Gobierno:

Luis Manuel Fernández de Portocarrero, arzobispo de Toledo y cardenal,

Manuel Arias Porres, arzobispo de Sevilla, Presidente del Consejo de Castilla,

Fadrique Álvarez de Toledo y Ponce de León VII marqués de Villafranca,

Fernando de Aragón y Moncada, duque de Montalto,

Luis Francisco de la Cerda y Aragón Folch de Cardona, duque de Medinaceli,

y el Secretario de la Junta de Gobierno, Manuel Vadillo y Velasco, quien debía comunicar las cosas de la Junta a Antonio de Ubilla, Secretario de Estado de Despacho Universal del rey.

A las reuniones de esta Junta de Gobierno acudió siempre la Princesa de los Ursinos como observadora. Los asuntos se resolvían por mayoría de votos. A fines de junio, la reina María Luisa se incorporó a su puesto de Gobernadora, y era la encargada de firmar los acuerdos tomados.

El rey no respondió nunca a ninguna consulta que le hiciera la Junta de Gobierno, excepto alguna vez que contestó con un “quedo enterado”.

Felipe V se llevaba consigo a Nápoles un segundo Gobierno de Despacho Universal o Despacho Secreto, del que hablaremos un poco más abajo.

Había un tercer Gobierno de España en la sombra, el de Luis XIV, desde París, asistido por un equipo de franceses presentes en España y en Nápoles al lado de Felipe V.

El equipo francés de Gobierno de España cayó en los mismos errores que el equipo español: No tenía un jefe de grupo que decidiera los asuntos y cada personaje trataba de colocar a los suyos. El jefe del equipo hasta entonces, el duque d`Hancourt, embajador de Francia en 1697-1701, había enfermado y había sido sustituido por Ferdinand de Marcin conde de Marcin. Y el nuevo jefe del grupo francés, César Augusto de Allonville marqués de Louville, era un chismoso que se creía superior a los españoles. Contra él se alzó la Ursinos, partidaria de colaborar con los españoles, más en la línea de lo deseado por Luis XIV. La Ursinos se enfrentaba pues a Louville, a Blecourt, al conde Marcin, y más tarde al cardenal D`Estrées. La Princesa Orsini era partidaria de cuidar los intereses de Francia, pero colaborando con los españoles, lo cual agradaba especialmente a Luis XIV.

 

 

Grupos políticos en España en 1702.

Y entre los españoles acabó habiendo tres o cuatro grupos de presión en torno al Gobierno: había, como mínimo, pro-franceses, españolistas y pro-austríacos.

Entre los pro-franceses estaban un grupo de españoles dirigidos por Portocarrero y en conexión con un grupo de franceses dirigidos por el embajador Marcin y los militares franceses. Este grupo quería acabar con los abusos de la nobleza de modo que devolvieran las posesiones del rey, bienes reales en forma de tierras y asientos de rentas, que injustamente se habían apropiado. Portocarrero era calificado por los “españolistas” de codicioso y maquiavélico. Se decía que Portocarrero había buscado a esos aliados franceses para librarse de la Ursinos.

Portocarrero hizo venir de Francia a Jean Orry para ser Intendente General del Real Erario, porque Orry rechazó ser nombrado Presidente del Consejo de Hacienda por consejo de Luis XIV. Y las muy necesarias reformas en hacienda empezaron sin el consenso deseable de todos. Orry exigió poder hacer y deshacer y se incorporó al Gobierno de España en 1702. Y tras su llegada, los españoles entendieron que el poder estaba en manos francesas, y la mayoría decidió mostrarse servil y agasajarles a fin de sacar las ventajas que pudieran.

El partido españolista se oponía a las reformas de Portocarrero y de los franceses, y estaba encabezado por José de Solís y Valderrábano conde de Montellano, y en él estaban la reina y la princesa de los Ursinos, cuya idea política era evitar enfrentamientos con la nobleza y enfrentamientos entre franceses y españoles.

El partido austríaco estaba disperso y funcionaba en Lisboa: Juan Tomás Enríquez, almirante de Castilla, en Barcelona; Oropesa en Guadalajara, Mariana de Coburgo viuda de Carlos II en Toledo; y el Inquisidor General en Segovia. Particularmente en la línea dura de este partido estaba Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla y duque de Medina de Rioseco, el cual fue destinado a París para alejarlo de España, pero se marchó a Lisboa, y más tarde sería jefe militar de los ejércitos portugueses que invadieron España al servicio del archiduque Carlos. Por eso, el partido austriaco funcionó desde Lisboa.

 

 

Felipe V en Nápoles.

 

En 2 de abril de 1702 (8 de abril en otras fuentes), Felipe V salió para Nápoles, con 20 galeras españolas y 8 navíos franceses mandados por D`Estrés. En Nápoles, pensaba también jurar los fueros. Felipe V, se llevó consigo a Italia a un Gobierno de España, denominado de Despacho Universal, o a veces Consejo Secreto, en el que estaban:

Juan Claros Pérez de Guzmán y Fernández de Córdoba, 1642-1713, duque de Medinasidonia, 1667-1713.

Mercurio López Pacheco, IX duque de San Esteban

Antonio de Ubilla y Medina, 1643-1726, marqués de Rivas.

Juan Manuel Fernández Pacheco, 1650-1725, VIII Duque de Escalona.

Luis Francisco de la Cerda y Aragón, 1660-1711, Virrey de Nápoles, 1695-1702.

Y los franceses Marcín, Louville y Montuiel.

Cerca del Papa, Felipe V tenía al cardenal-duque D`Estrées, tío del jefe militar, que en este momento estaba más por el modo de hacer de la Ursinos que por el de Louville. Felipe V quería convencer al Papa de que los Estados Pontificios estaban implicados en la contienda por Italia y, por tanto, el Papa debía tomar partido. La simple decisión de apoyar a España, significaría la desaparición del grupo independentista napolitano, que tanto molestaba a España.

En efecto, en 21 de septiembre de 1701, algunos patricios napolitanos se habían echado a la calle y habían provocado un motín popular. Estaban en la conspiración: el duque de Telesse, Giusepe Capece, Carlo Sangro, Tiberio Caraffa y otros, y usaban el grito de “viva el emperador”. Simpatizaba con estos conspiradores Giambatista Vico. El pueblo napolitano aprovechó para saquear e incendiar lo que le vino en gana, y más tarde abandonó a los conspiradores, que fueron apresados unos, y murieron los otros, bien en combate, en el patíbulo o en la cárcel. Felipe V, al llegar a Nápoles, se mostró descontento con la actuación del virrey Medinaceli y le sustituyó por el marqués de Villena.

Felipe V llegó a Baya en 16 de abril de 1702, y los nobles italianos se mostraron obsequiosos con el rey, tal vez para conseguir buenos destinos, pero el pueblo se mostró frío y distante. El 20 de mayo, Felipe V hizo su entrada en Nápoles. Lo hacía bajo palio, y las varas eran llevadas por nobles napolitanos. El arzobispo de Nápoles, cardenal Cantelmi, salió a recibirle a Puerta Capuana, y todo el clero estaba detrás del arzobispo. Felipe V juró respeto a los fueros y privilegios napolitanos, y los brazos sociales napolitanos le juraron obediencia. El rey fue entonces a San Jenaro, para obtener el milagro anual, y el milagro de la licuación de la sangre de San Genaro se resistió hasta el tercer día. Tras su mejora de relaciones con la Iglesia, el milagro se produjo cada vez que el rey visitaba el templo.

En Nápoles, Felipe V rebajó los impuestos, suprimió gabelas, concedió grandezas y declaró a San Genaro patrón de Nápoles, lo cual agradó a los italianos. D`Estrées fue nombrado Grande de España. Se concedió amnistía a los presos de la revuelta pasada. Se envió a Roma a Louville para pedir que un Delegado del Papa acompañase en todo momento a Felipe V, designación que recayó en el cardenal Barberini. Felipe V le pidió a Barberini que el Papa hiciera una declaración reconociéndole como rey de Nápoles, y Barberini contestó que no podía hacerlo porque Eugenio de Saboya y su ejército estaban cerca de Roma.

Se trataba de combatir sublevaciones a favor de los austríacos, que podrían poner Italia entera en sus manos. El duque de Popoli se puso de parte de Felipe V, y a éste le siguieron muchos barones napolitanos. Esa unión de fuerzas permitió arrestar al príncipe de Caserta y al marqués de Pescara, que habían iniciado revueltas contra España. También el virrey de Nápoles, duque de Medinaceli, fue sustituido por ineficaz y se nombró para el puesto al marqués de Villena. Nápoles parecía pacificado.

Luis XIV le pidió a Felipe V que se trasladara a Toscana y Milán, cerca del campo de operaciones de la guerra. El 18 de mayo de 1702, Felipe V envió una carta a su abuelo contándole que estaba triste, que se sentía mal, tenía flojera física y sentía la animadversión de la gente. Eran los signos de la llamada “enfermedad de Felipe V”. Luis XIV le contestó que se mostrara prudente, no diera señales de desconfiado, pero diera muestras de autoridad.

 

 

La Guerra de Sucesión Española en 1702.

 

En mayo de 1702, la Gran Alianza declaró la guerra a Francia y a España. En teoría, se hacía para evitar el surgimiento de una super-potencia comercial, idea que es poco creíble, pues es hacer una guerra real contra una posibilidad de futuro. En la práctica, la razón de la guerra era repartirse el pastel del imperio español sobre Europa, como ya se había pensado en el Tratado de Partición anterior a la muerte de Carlos II. Si contemplamos los escenarios de lucha se comprende mejor la situación.

En 1702 se luchaba:

En América, de modo que los británicos de Carolina atacaban a los españoles de Florida y los británicos de Nueva Inglaterra atacaban a los franceses de Canadá. Los gobernantes de Caracas y de México se declararon austracistas, mientras los de Perú se declaraban borbónicos. Caracas renunció a su apoyo al austracismo porque surgió una reacción social contraria a la guerra. El conde de Moztezuma, Virrey de Nueva España, manifestó su preferencia por Carlos de Austria, pero juró a Felipe V y dimitió. En Perú, Melchor Portocarrero Lasso de la Vega III conde de Monclova apoyó a Felipe V, murió en 1705, y su sucesor Manuel de Sentmenat Oms de Santa Pau y de Lanuza marqués de Calteldosrius, envió dinero a Felipe V para ayudarle en la guerra. Por su parte, Buenos Aires intentaba aprovechar la circunstancia para actuar por libre, y Manuel de Prado firmó con Portugal el Tratado de Alfonza en el que cedía Sacramento a Portugal. En 1703 se envió a Buenos Aires un nuevo Gobernador, Alonso de Valdés Inclán, que atacó Sacramento e hizo que Veiga Cabral, el Gobernador de Sacramento, huyera en 1705.

En Lombardía, a donde Felipe de Vendôme capitaneaba a 50.000 franceses.

En Flandes, donde habían entrado las tropas francesas con gran disgusto de Holanda, que en abril de 1702 atacó Kaisersberg (en la orilla del Rin) y se enfrentó al hermano de Felipe V, duque de Borgoña, y al mariscal Boufflers. La guerra estuvo muy indecisa y sin resultados, aunque hay que destacar la victoria del mariscal Villars en Friedlingen el 14 de octubre de 1702.

 

 

La guerra en Italia en 1702.

 

En 2 de junio de 1702 Felipe V, por órdenes de Luis XIV, se dirigió a Milán. Llegado a la Toscana, pidió colaboración de Florencia y de Génova. El 11 de junio desembarcó en Finale (al oeste de Génova) y hasta allí salió a recibirle el Príncipe de Vaudemont, Gobernador de Milán. Juntos fueron a Milán, donde entraron el 9 de junio de 1702. Allí se unieron un ejército español de 50.000 hombres, mandado por el duque de Aguilar, y uno francés de 50.000, mandado por el duque de Vendôme, para atacar a los austríacos. Los imperiales (Austria-Alemania) estaban liderados por el príncipe Eugenio de Saboya, que había atacado Mantua y Cremona y había capturado al general francés Villiers.

El 1 de julio de 1702, Felipe V ordenó que atacasen a los austriacos, y Francia ganó su primera batalla de esa guerra en 26 de julio y en agosto de 1702, culminando con la toma de Guastalla en septiembre, enmendando las derrotas de 1701. Una explicación del cambio de la suerte es que Maximiliano Manuel duque de Baviera fue convencido por Luis XIV para luchar de su lado y eso ocupaba a muchos alemanes en la defensa de los accesos a Viena. Y también hay que tener en cuenta la llegada de Felipe V con refuerzos españoles.

Por otra parte, Saboya se pasó al bando austriaco. Se dice que Felipe V se entrevistó con su suegro en Acqui en julio de 1702 y le negó el privilegio de los Grandes de España de sentarse en presencia del rey y situarse a su derecha, y que el Duque de Saboya se encolerizó y tomó partido por el bando contrario a los Borbones.

La conjunción de Francia, Baviera y España fue suficiente para poner freno a las “hazañas” de Eugenio de Saboya, que tuvo que retirarse.

En 15 de agosto de 1702, Felipe V dio de nuevo muestras de desequilibrio psíquico cuando Eugenio de Saboya estaba atacando al duque de Vendôme en la margen derecha del Po, y el rey de España se empeñó en bajar personalmente al campo de batalla a zona batida por el fuego enemigo. De la tristeza había pasado a la exaltación de ánimo.

 

La guerra en España en 1702.

 

El 8 de marzo de 1702 subió al trono inglés Ana Estuardo, reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda (Ana de Gran Bretaña a partir de 1 de mayo de 1707) y con ella llegó el triunfo de Marlborough debido a que la esposa de éste, Sara Jennings, era amiga íntima de la nueva reina. Aunque Ana sentía simpatía por los tories, poco a poco se impuso la personalidad del Whig Marlborough, cuya opinión era beligerante.

En julio de 1702 los británicos (almirante George Rooke) y holandeses decidieron atacar en España, y asaltaron Cádiz el 23 de agosto de 1702, saquearon Puerto de Santa María y Rota, y se retiraron sin haber podido entrar en Cádiz, el 19 de septiembre de 1702. Llevaban 50 navíos y 14.000 soldados, una fuerza muy considerable pues España podía reunir a lo sumo 20 navíos por entonces. Desembarcaron cerca de Cádiz con intención de sublevar Andalucía contra Felipe V. El Gobernador de Andalucía, Francisco del Castillo y Fajardo[2], II Marqués de Villadarias, no tenía más que 150 soldados y 30 caballos y no pudo oponer ninguna resistencia. La falta de reacción española al desembarco anglo-holandés, daba la sensación de debilidad española.

El Gobierno de María Luisa y Portocarrero pidió donativos y voluntarios para defender esa plaza. La reacción popular andaluza fue suficiente para expulsar a los ingleses y holandeses. Pero España demostraba debilidad muy grande cuando su principal base marítima estaba desguarnecida.

La flota de Indias, que en esos días de septiembre de 1702 volvía de América, fue convenientemente avisada de la presencia de la flota anglo-holandesa en Cádiz y se dirigió a Vigo, con protección de 16 navíos españoles y 23 barcos franceses mandados por el almirante Chateaurenaud. Una vez en Vigo se encontró con la torpeza de la burocracia española, problemas para desembarcar la plata sin que antes la vieran los funcionarios correspondientes, y órdenes de que las descargas de mercancías esperaran varios días, que fueron los suficientes para que los británicos llegaran desde el sur en 23 de septiembre de 1702 y se adueñaran de siete navíos de guerra y seis de carga, los últimos que faltaban por descargar, e incendiaran otros muchos en Rande. Era una acción en corso del almirante Rooke, inscrita dentro de una guerra. Ese mismo día 23 de septiembre llegó otro corsario, el almirante inglés Shovel, y reforzó la posición británica, causando muy graves pérdidas a España, más en su Armada que en la plata y mercancías de Indias, que ya habían sido descargadas. España salvó el tesoro por esta vez, pero la sensación de vulnerabilidad española fue muy grande, por la forma en que se habían producido los hechos y porque España había perdido gran parte de su flota. Francia también perdió credibilidad, pero mantenía su flota casi indemne, pues tenía muchos navíos de guerra. En Vigo, España había salvado del ataque inglés 13.600.000 pesos, de los cuales unos 7 millones fueron para Felipe V y otros tres millones para Luis XIV. De la acción de Cádiz y Vigo se dedujo que España y Francia estaban en inferioridad frente a Inglaterra en el mar, y que España no podría luchar sola contra Inglaterra, pues entonces la inferioridad sería demasiado notable.

Se sospechaba que el contacto e informador de los ingleses era el Almirante de Castilla[3] y que el contacto de éste con los austracistas era el conde de Darmstadt. No se castigó adecuadamente al Almirante de Castilla, sino que solamente se le envió como embajador a París en 1702. Aceptó en principio el nombramiento, pero aprovechó la circunstancia para huir a Portugal y sumarse a los austracistas. Igualmente se sospechaba del Marqués de Leganés como posible informador de los ingleses.

El desastre de Vigo y la defección del Almirante de Castilla, decepcionaron mucho a los españoles respecto a la alianza con Francia. Incluso el duque de Medinaceli acusaba a los franceses de haber permitido los acontecimientos de Vigo.

Otro ataque inglés de 1702 ocupó la isla de Menorca, un punto excelente en el Mediterráneo occidental porque tiene un magnífico puerto en Mahón.

 

 

La guerra en el Rhin-Mosa en 1702.

 

En 14 de septiembre de 1702, el duque-elector de Baviera y el mariscal francés Villars, vencieron a los imperiales (Austria-Alemania) en Friedlingen, en el punto fronterizo entre Alemania, Francia y Suiza. Villars continuaría en la zona un año más, y vencería de nuevo en Hochstald[4] en 1703 (a mitad de camino entre Estrasburgo y Frankfurt), tras lo cual abandonó la zona para ir contra el inglés John Churchill duque de Malborough que estaba instalado en Lieja y Colonia.

Ese mismo año de 1702, John Churchill duque de Marlborough, entró en los Países Bajos con 60.000 hombres y conquistó el Mosa desde donde trataba de abrirse paso hasta Viena de forma que ésta no quedara aislada por los ejércitos franceses y españoles.

Otra zona de guerra, además de Milán, Países Bajos, y costas de España, era el Rhin, donde los franceses se peleaban con los alemanes.

Felipe V, una vez pacificados Nápoles y Milán, decidió volver a España. Las derrotas de Vigo y de Menorca aconsejaban la presencia del rey en España, pues la guerra no iba a ser en Italia como se había previsto en principio, sino en todas partes. Lo hizo en diciembre de 1702, llegando a Madrid el 17 de enero de 1703. La situación en Milán no estaba consolidada, pues el ejército francés no remataba sus victorias en el campo de batalla, no las completaba, y el mar era de la flota anglo-holandesa.

 

 

Gobierno de España en 1702.

Montes de Piedad y Montepíos.

 

España venía siendo gobernada desde 1698 por Antonio de Ubilla y Medina, 1643-1726, marqués de Ribas del Jarama en 1702-1726, como Secretario de Despacho Universal, notario Mayor del Reino y consejero del Consejo de Indias. Su función era tomar las decisiones que requerían de cierta urgencia, y que los Consejos no abordaban con la suficiente eficacia. Precisamente, cuando esta idea se desarrolle y surjan varios expertos para tomar decisiones rápidas, aparecerán los Secretarios de Despacho, y cuando estas personas tengan capacidad de decisión bajo su responsabilidad, estaremos hablando de los ministros tal como los conocemos en los Gobiernos actuales.

En 1702 algunos eclesiásticos se trajeron a España el negocio de los Montes de Piedad. Lo hizo el padre Francisco Piquer, creando en Madrid el “Sacro y Real Monte de Piedad de las Ánimas del Purgatorio”, copiado de entidades similares italianas. Más tarde lo copiaron otros eclesiásticos de Salamanca, Granada, Cartagena, Jaén, Barcelona y Zaragoza. El negocio consistía en hacer préstamos de pequeña cuantía a cambio de dejar en prenda alhajas, muebles, ropas de valor, que el interesado podría recuperar cuando pagase. Si no podía devolver lo prestado en el plazo convenido, la prenda se subastaba. Puesto que no había intereses, la ganancia de los eclesiásticos estaba en la propina que se “acostumbraba” ceder cuando el beneficiario se llevaba la prenda, o cuando el subastero la compraba. Los eclesiásticos decían que estas “donaciones” eran para responsos “para las ánimas del purgatorio”, y de ahí el nombre de algunos Montes de Piedad.

También aparecieron en el XVIII Montepíos de Crédito que prestaban dinero a agricultores y artesanos para la adquisición de semillas y herramientas. Tampoco había intereses.

También existieron Montepíos de Socorro que proporcionaban seguros de vejez, invalidez, viudedad y orfandad, como lo harían las “cajas de resistencia” obreras a fines de siglo y principios del XIX, a cambio de una cuota.

Muchos de los montepíos dependían del obispado de la diócesis correspondiente, y sus fondos de dinero provenían de expolios y vacantes. Los expolios y vacantes se producían al morir un clérigo, teniendo en cuenta que no dejaban descendencia legítima. En estos casos, sus bienes eran codiciados por el obispo y por el Estado. El Estado se hizo con ellos en 1753, cuando Benedicto XIV se los concedió a Fernando VI.

Algunos montepíos eran particulares, de corporaciones gremiales como los cosecheros de Málaga, los labradores de Valencia, los labradores de Zaragoza, los manipuladores de lana de Granada, los pescadores de Galicia… y en esta costumbre tienen su origen muchas cofradías religiosas que, más tarde, sólo son conocidas por procesionar.

 

 

Regreso de Felipe V en 1703

 

El 13 de enero de 1703, Felipe V estaba en España, procedente de Italia. Llegó a Madrid el 17 de enero. Con él venía el cardenal César D`Estrées, embajador de Francia en Madrid acompañado de su sobrino el abate D`Estrées.

Felipe V se encontró que había en España dos equipos de Gobierno:

El equipo francés lo integraban a principios de 1703 el Cardenal César D`Estrées, César Augusto de Alonville marqués de Louville, el Abate D`Estrées, sobrino del cardenal y Guillaume Daubenton, jesuita, confesor de Felipe V.

Es de notar que desaparecía Marcin, embajador de 1701 a 1702, que había partido a la guerra en Centroeuropa.

El equipo español estaba integrado por José Solís Valderrábano[5] conde de Montellano, la reina María Luisa Gabriela y Marie-Anne de Tremouille[6], la Princesa de los Ursinos, coloquialmente la Orsini. La princesa de los Ursinos, había intentado por su cuenta una entrada de Francia de modo dulce, sin grandes cambios ni roces con los nobles españoles. Su política de los dos últimos años se venía abajo con la llegada del cardenal D`Estrées.

El cardenal César D`Estrées creyó reclamó para sí los asuntos del Gobierno, ordenando que las habitaciones de la Orsini estuvieran abiertas a su inspección y acceso en todo momento, lo que logró enfurecer a la Princesa de los Ursinos.

La polémica de la Ursinos con D´Estrées se originaba por las formas. El cardenal D`Estrées creyó que venía a tierra conquistada por Francia y se empeñó en imponer la voluntad de Luis XIV provocando enfrentamientos graves con los españoles.

Las instrucciones de D`Estrées eran muy parecidas a las de sus predecesores: ganarse a los españoles, apoyar las reformas que Orry debía hacer en Hacienda, constituir un Gobierno efectivo en manos del monarca sometiendo a los Consejos e informar a la Orsini y colaborar con ella en todo. Pero D`Estrées no estaba de acuerdo en someterse a la Princesa de los Ursinos, igual que pensaba Louville.

D`Estrées se quejó a Luis XIV de la falta de un equipo rector único en España, y el rey de Francia le recomendó mucha prudencia, especialmente ante Portocarrero, al que creía hombre fundamental en España. Luis XIV retiró su confianza en la Orsini y escribió una carta a Felipe V diciendo que, o se llamaba al Gobierno a Portocarrero, a D`Estrées y al arzobispo Manuel Arias, Presidente del Consejo de Castilla, y en ese caso se tendría el apoyo de Francia, o se optaba por permanecer en el sistema de Consejos, con toda la nobleza española intrigando, y Francia se desentendía de España. Luis XIV le recordara a Felipe V que le debía a él el trono de España y que estaba soportando una guerra por su causa. Además, le impuso a Felipe V un confesor, el jesuita padre Daubenton, un buen informador de Luis XIV.

Felipe V y la Princesa de los Ursinos tuvieron una conversación, y decidieron eliminar a D`Estrées. Llegaron a París cartas de Marie Anne de Tremouille y de María Luisa Gabriela de Saboya pidiendo la reposición de la Orsini en su cargo y la destitución de D`Estrées. Y la respuesta fue que, de momento, la Orsini no saliera de Madrid y siguiera al servicio de la reina de España, de la que era Camarera Mayor.

La Princesa de los Ursinos, como Camarera Mayor de la Reina, aconsejaba a la reina María Luisa, y ésta imponía ese criterio al rey.

La princesa de los Ursinos inició entonces una campaña diplomática contra el cardenal D`Estrées, por la que probablemente se la recuerda más en la historia: Sugirió ceder los Países Bajos Españoles al Elector de Baviera, de modo que España se ahorrase los muchos gastos que esas tierras originaban a la Corona española, y así se ganó al Ellectro de Baviera y a Orry, encargado de la Hacienda Española, que pedía reducir gastos. Se puso en conversaciones con el abate D`Estrées, sobrino del cardenal, para ofrecerle la embajada de Francia en España en sustitución de su tío. Y acabó pidiendo a Felipe V la destitución del cardenal D`Estrées, para lo cual Felipe escribió a Luis XIV y lo consiguió. El embajador cesado protestó en París, pero Luis XIV le contestó que lo que hiciera su nieto Felipe no era cosa suya.

Tras el triunfo de la Ursinos, el cardenal Luis Fernández de Portocarrero decidió retirarse. Más tarde lo haría el Presidente del Consejo de Castilla, Manuel Arias Porres, que fue sustituido por José Solís Valderrábano, Conde de Montellano. Montellano pasaba de Gobernador de la Casa de la Reina a Presidente o Gobernador del Consejo de Castilla.

El abate D`Estrées, nuevo embajador francés (tercero de los D`Estrées, el general, el cardenal y el abate), decidió practicar las mismas tácticas que habían usado la Princesa de los Ursinos y la reina María Luisa Gabriela, coaligarse con Louville y con Daubenton, alabar todos en público a la Princesa de los Ursinos, y escribir cartas a Luis XIV denunciando inmoralidades de Marie Anne de Tremouille por las que debía ser destituida. La Ursinos capturó las cartas del abate, se las presentó a la reina, y ella al rey, y todos pidieron la destitución del abate D`Estrées. Luis XIV se encolerizó y ordenó acabar de una vez con tanta intriga palaciega. Pero Louville fue cesado y Daubenton salvó su puesto gracias a la intervención del jesuita La Chaire.

El 15 de septiembre de 1703, se dividió la Secretaría de Despacho Universal y se creó una Secretaría de Guerra, gobernada por Manuel Coloma Escolano marqués de Canales, y una Secretaría de Todo lo Demás, gobernada por Antonio de Ubilla, marqués de Rivas del Jarama.

 

 

Las reformas de 1703.

 

Inmediatamente, en 1703, empezaron las dos grandes reformas que Luis XIV creía oportunas desde el principio, la de Hacienda y la militar. De ellas hablaremos en capítulos posteriores.

En 1703, Orry propondría sus reformas de Hacienda:

Una tesorería especial para finanzas militares que se llamaría Tesorería Mayor de Guerra y se encargaría de pertrechar y mantener a las tropas;

Reducción del interés de los juros, lo cual no podía caer bien a los hidalgos y nobles españoles rentistas;

No intervención de la Iglesia en materia de impuestos;

Formación de una Guardia de Corps para seguridad del monarca. Tenía el sentido de no dejar un rey tan accesible a los nobles españoles, un rey que interrumpiera las reformas que se pretendían.

Restricción de la concesión de hábitos y encomiendas de Órdenes Militares que conllevaban demasiados gastos al Estado.

Intento de disminución del número de órdenes religiosas y monásticas.

Intento de simplificar los organismos de Gobierno españoles.

Eliminación de los jueces de contrabando de las ciudades del interior, dejando solamente los existentes en fronteras y costas.

Amnistía fiscal para impagos de alcabalas, cientos, millones, subsidio ordinario y extraordinario debidos hasta 1696.

 

La segunda gran reforma de 1703 era conseguir un ejército español respetable. El ejército español era de muy poca valía. El 3 de marzo de 1703 decretó movilización general e inmediatamente inició una tarea larga de reformas, pero que hacia 1714 había dado sus frutos, un nuevo ejército. Sustituyó a los nobles españoles por oficiales profesionales franceses, extendió el alistamiento forzoso a toda la población a razón de un hombre por cada 100 vecinos, cambió los tercios por regimientos e incorporó italianos, flamencos y americanos a las filas del ejército.

Y como no se podía esperar a que las reformas dieran su fruto, pues la guerra tenía necesidades muy urgentes, se encomendó la guerra a Luis XIV.

 

Mientras tanto, en 1703, el general inglés Marlborough avanzaba en sus posiciones al norte de Francia, atacó Flandes y venció al duque de Borgoña, tomando posiciones importantes como Raisenwertz, Vainloo, Rulemunda, Seneverth, Maseich, Lieja y Landau.

 

 

[1] Jean Baptiste Colbert de Torcy, 1665-1746, fue nombrado Secretario de Estado (Asuntos Exteriores) en 1696 y mantuvo el cargo hasta la muerte de Luis XIV en 1715. Negoció la sucesión de Carlos II de España en Luis de Anjou y los tratados de Utrecht y Rastatt.

[2] Francisco de Cabello y Fajardo, 1642.1716, II marqués de Villadarias, 1692-1716, fue Capitán General de Andalucía de 1702 a 1710.

[3] Juan Tomás Enríquez de Cabrera, 1646-1705, almirante de Castilla, 1691-1702, VII duque de Medina de Rioseco, X conde de Melgar, había sido caballerizo mayor de Carlos II. Se pasó a los austracistas.

[4] En Höchstadt 1703 ganaron los franceses, y en el mismo lugar, en 1704, ganaron los imperiales a los franceses.

[5] José Solís Valderrábano, 1643-1713, conde de Montellano, había sido consejero de Estado, presidente del Consejo de Indias en 1695, presidente del Consejo de Órdenes en 1702-1703, y presidente del Consejo de Castilla en 1703-1705.

[6] Anne Marie de Tremouille, 1642-1722, princesa de los Ursinos, era hija del duque de la Tremouille de Noirmontier y de Renata Julia Ambry. En 1659 se había casado con Adrián Chalais de Talleyrand, príncipe de Chalais, que tuvo que huir de Francia en 1663 yendo a España primero y a Italia después. Adrián murió en Venecia en 1670. Ana María fue a Roma y se casó con Flavio degli Orsini duque de Bracciano, un hombre que trabajaba cerca del Papa y tenía amistad con Portocarrero, el gobernante español. En 1698, Ana María queda viuda por segunda vez y sólo tiene 56 años, adoptó el título de princesa de los Ursinos o viuda del príncipe de Orsini, como se la conoce en la historia. Entonces se hizo camarera de María Luisa de Saboya por encargo de Luis XIV de Francia que esperaba utilizarla como fuente de información y como agente suya. Luis XIV esperaba controlar Saboya, pero también esperaba controlar mejor España mediante la princesa de los Ursinos. En 1714 murió la reina María Luisa, y la Orsini le sugiere a Felipe V, por encargo de Luis XIV, que se case con Isabel de Farnesio, a quien esperaba dominar como lo había hecho con María Luisa. El rey se casó ese mismo año, pero Isabel de Farnesio, nada más llegar a España, despidió a la Orsini. Ana María de Tremouille fue mal acogida en Francia tras su fracaso en España y se marchó a Roma, donde vivió hasta los 80 años de edad, en 1722.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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