LA SUCESIÓN DE CARLOS II

 

 

 

El cambio en Europa, desde el absolutismo de los Austrias a la Ilustración.

 

Los especialistas en el siglo XVIII, insisten en empezar la consideración histórica sobre este siglo en 1680, 20 años antes de comenzar el siglo. Así lo hace Pedro Molas Ribalta en la Historia General de España y América[1], en la que introduce el concepto de “Primer Siglo XVIII” para referirse a la época 1680-1750. A continuación habría, históricamente hablando, un segundo siglo XVIII, desde mediados de siglo a la invasión francesa de 1807. El primer siglo XVIII se caracterizaría por unas reformas políticas lentas, que empezaron hacia 1680 y que se reflejaron poco en la realidad económica y social, mientras que las reformas a partir de 1750 fueron muchas y se tradujeron a hechos en la práctica. En cuanto a la separación entre ambas épocas del XVIII, los primeros síntomas de expansión económica fueron de hacia 1730, pero las realizaciones de cambios sólo se notaron en la segunda mitad del siglo XVIII.

La economía europea del periodo 1680-1750, rompió con la sensación de decadencia del XVII, pero es anterior al despegue industrial, take off, que se produjo en Inglaterra hacia 1780. El periodo se caracterizó por la desaparición de las catástrofes agrícolas y el crecimiento de la esperanza de vida entre 1680-1750, lo que produjo un cierto aumento demográfico. En el campo, se mantuvo el régimen señorial y no hubo revolución técnica de utensilios de labranza. Destacó Inglaterra porque empezó a suprimir el barbecho, obtuvo forrajes para el ganado, integró la ganadería, y utilizó el estiércol del ganado para abonos. Se desarrolló el comercio donde había comunicaciones, y los países que, como España, no las tenían se esforzaron en tenerlas, así que el comercio interior se desarrolló menos, pero el comercio marítimo fue a mejor tanto entre países europeos como en lo que respecta al comercio colonial en sus dos grandes áreas: Asia, y el triángulo Europa-África-América. El régimen laboral fue el tradicional, y las manufacturas reales apenas tuvieron trascendencia dentro del conjunto. Algunos puntos concretos iniciaron una protoindustrialización, como es el caso de Inglaterra que introdujo el vapor y la hulla, pero todavía no la mecanización. El arranque de la industrialización se produjo en el mercado de las indianas, tejidos de algodón estampados, tratando de fabricar en Europa con materias primas importadas de América, proceso en el que a Inglaterra le siguió Cataluña hacia 1738-1739. Con todo ello, se fortaleció una burguesía mercantil, financiera e industrial y ello significó un cierto recelo de las clases aristocráticas, que temían perder sus posiciones sociales y políticas.

Europa se mantenía en general en el absolutismo monárquico, aunque existían las Provincias Unidas de Holanda, que eran una república. Pero se habían producido los primeros síntomas de cambio observables en:

En la revolución gloriosa de Inglaterra en 1688, pues el Parlamento pasó a controlar al Gobierno y ello llamó la atención de otros países, Suecia y Polonia, que también pusieron su parlamentarismo, aunque en un contexto social y económico distinto al británico.

En las crisis francesas de 1749-1751, la fronda, aunque el absolutismo fuera fortalecido por Luis XIV a continuación. La prueba es el fracaso del absolutismo francés, muy claro a partir de 1715.

En la oposición que Austria encontraba en sus dominios italianos, pues el Ducado de Saboya, luego Reino de Cerdeña, se consideraría independiente a partir de 1720 y Nápoles-Sicilia lo fue de hecho a partir de 1734, cuando se lo quedó Carlos de España. Tras el Gobierno del archiduque Carlos, o Carlos VI de Austria, y después de la emperatriz María Teresa, también Austria encontró oposición en Prusia a partir de 1750.

Rusia estaba en un momento de fortalecimiento del absolutismo con Pedro el Grande, 1690-1725, pero los problemas sucesorios también dejaron ver la crisis del absolutismo a partir de su muerte.

Uno de los problemas del absolutismo europeo, muy grave por cierto, fue que provocaba muchas guerras. Cada dificultad de sucesión era aprovechado para probar, con un golpe de fuerza, la potencia de cada monarquía europea:

1701-1714, Guerra de Sucesión Española.

1700-1721, Guerra del Norte.

1733-1738, Guerra de Sucesión de Polonia.

1740-1748, Guerra de Sucesión de Austria.

1756-1763, Guerra de los Siete Años entre Austria y Prusia por el dominio de Alemania, y entre Francia e Inglaterra por el dominio de las colonias, americanas y asiáticas.

La Guerra de Sucesión Española fue un conflicto de toda Europa occidental, en la que se acabó con el viejo líder dominante, España (a la que se despojó de sus dominios europeos), y las nuevas potencias, Francia e Inglaterra, establecieron un nuevo equilibrio de fuerzas en Europa y en colonias. Como América era imposible de repartir, se decidió que se mantuviera unida y bajo el dominio teórico de España, lo cual permitía que ambas potencias dominantes, Inglaterra y Francia, mantuviesen sus líneas de comercio, en teoría ilegales, pero bien fundamentadas, una vez que Inglaterra se había reservado el asiento de negros y el navío de permiso.

España no supo recuperarse de la derrota en la Guerra de Sucesión, plasmada en Utrecht, aunque Alberoni en 1717-1720, quiso recuperar Sicilia y Cerdeña, y Orendayn y Patiño en 1727-1729 quisieran recuperar Gibraltar. Pero ante la insistencia en la guerra, a España se le concedió Nápoles y Sicilia, con motivo de la Guerra de Sucesión de Polonia, 1733-1739. Francia estaba aprovechando para debilitar a Austria, mientras Inglaterra permanecía en observación desde su escuadra en el Mediterráneo.

En 1740 se rompió el equilibrio de Utrecht con motivo de la Guerra de Sucesión de Austria. En esta ocasión España y Austria se aliaron contra el enemigo común, Inglaterra, que molestaba a Austria en Italia, y a España en América.

En 1756, los Borbones españoles y franceses se reconciliaron y decidieron que España se mantendría neutral en la guerra, mientras las grandes metrópolis, Francia e Inglaterra, lucharon por el dominio del mundo, del imperio colonial, siendo derrotada Francia en Canadá y en la India. Inglaterra quedó muy bien situada para intentar el dominio de partes del imperio español en América.

 

 

El cambio en España

en la primera mitad del XVIII.

 

Las reformas ilustradas del siglo XVIII en España fueron más bien teóricas y sobre el papel. En la práctica, resultaron extremadamente tímidas en el papel y todavía más cortas en la realidad, lo cual suele preparar en diversos momentos de la historia, y preparó de hecho a principios del XIX, un ambiente revolucionario. Hemos de tener en cuenta este “engaño” de los escritos ilustrados, su poca coincidencia con la realidad, para entender correctamente el siglo.

La ilustración española nunca fue anticatólica. Pero existía el problema de la necesidad de fortalecer el poder del rey, el regalismo, frente al poder económico, cultural y populista de la Iglesia, y eso se interpretó como anticatolicismo.

Otro problema español que limita el significado de la Ilustración, es la persistencia del sentido del “señorío” a través del despotismo ministerial que teóricamente trataba de erradicar a los señores. Es decir, que cualquier gobernante podía abusar del uso del poder en nombre del Despotismo Ilustrado, para consolidar privilegios nobiliarios o eclesiásticos. El propio absolutismo se podía convertir en un problema si no se dejaba guiar por la idea del Contrato Social, si no se hacía en bien de la generalidad del pueblo. Y todo ello, hay que verlo dentro de un ambiente de retraso cultural e ignorancia generalizada, en el que los gobernantes tienen siempre muchas justificaciones para obrar de forma arbitraria.

De hecho, los españoles estaban poco entusiasmados con la Ilustración y, durante el reinado de Fernando VII, no hubo ambiente ilustrado. El entusiasmo de las minorías ilustradas bajo los reinados de Fernando VI y Carlos III, no debe ser confundido con que los cambios hubieran calado en el pueblo español. Con Isabel II, a mitad del XIX, resurgieron los viejos ilustrados, que se autodenominarían entonces “liberales”, que admiraban a Carlos III porque había expulsado de España a los jesuitas y culpaban de todos los males de España a Carlos IV y Godoy, sin explicarnos claramente sus “delitos” contra la nación. Era demasiado simple si nos paramos a pensar un poco.   Frente a los “liberales” del XIX (si los llamados liberales del XIX eran o no liberales habrá que hablar, y mucho, en otros apartados), que culpaban de todo al absolutismo, los conservadores del XVIII y del XIX culpaban de los males de España al hecho de haber entregado el poder a los franceses, los cuales habían roto las esencias de lo español: la defensa del cristianismo y del catolicismo más concretamente, y la defensa de la sociedad de los privilegiados, bien organizada según ellos.

En medio de estas dos posturas, en el fondo coincidentes en no analizar la realidad sociopolítica y económica española, los historiadores hicieron apartados en la historia, de modo que se estudiaban los Austrias en un capítulo, y los Borbones en otro diferente, separados por una fecha redonda, acabada en dos ceros, 1700. Los Austrias eran los triunfadores militares en Europa, aunque Carlos II era el desastre. Los Borbones eran los reformistas ilustrados que llevaban al fracaso y al desastre final representado por Godoy y Carlos IV. Demasiados convencionalismos.

 

 

 

LA SUCESIÓN DE CARLOS II.

 

Los candidatos.

La época de Carlos II, 1665-1700, fueron unos años de discusión en Europa sobre la sucesión a la Corona de España, pues todos creían que su muerte era inminente desde su infancia y todos los reyes se creían con derechos a todo lo que les conviniese, sin tener en cuenta las necesidades económicas o los deseos de sus pueblos. El concepto del Estado era patrimonial, como algo que les había sido entregado. El concepto de ciudadano sujeto de derechos no existía, y los reyes trataban a sus súbditos como a ganado, como a reses, del cual podían beneficiarse a través de los impuestos y de su utilidad en la guerra. A lo largo del XVIII se producirían varias guerras de sucesión, y casi todos los reyes se creían en su derecho a poseer el máximo de tierras, reinos, ducados, condados…

Carlos II no murió en la infancia como todos pensaban que sucedería con un niño enclenque y anormal, pero entonces supieron que era incapaz de procrear, y el problema era semejante al anteriormente descrito. Hacia 1689 todos preveían que Carlos II no tendría descendencia. En ese año murió la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orleans, y el rey se casó con María Ana de Neoburg, una mujer nerviosa, violenta, altanera, gritona, inestable de humor y con ataques epilépticos, que descargaba su cólera arrojando objetos al suelo mientras blasfemaba en alemán y en español. María Ana respetaba a Carlos II y le animaba de vez en cuando diciéndole que creía estar embarazada, pero la decepción era cada vez mayor, a los pocos días, cuando se sabía la verdad.

A Europa en general, le interesaban los territorios de América, los territorios en los Países Bajos Españoles y las posesiones italianas de Milán, Toscana y Nápoles. A Francia y a Austria le interesaba la Corona de España para resucitar un imperio austríaco, o crear un imperio francés, dominantes en Europa de forma indiscutible. La potencia que se hiciera con los territorios americanos e italianos sería la dominante, y más aún si llegaba a dominar España. La sucesión de Carlos II de España era un problema de primera magnitud en todo el mundo, y todos enviaron agentes-espías a Madrid para estar al día de los acontecimientos, para conocer al heredero designado. Los bufones, enanos y criados del Alcázar Real de Madrid, residencia de Carlos II, recibían mucho dinero de muchos orígenes a cambio de sus informaciones.

Para ser candidato, en España se requería ser católico y estar relacionado familiarmente con los reyes de España. En esas dos circunstancias se prepararon los candidatos austríacos y franceses. Hubo más, pero citamos sólo los más importantes:

 

Los emperadores de Austria habían mostrado mucho interés por la monarquía española, y ya Fernando III, el padre de Leopoldo I, se había casado con María Ana de Habsburgo, hija de Felipe III de España. El emperador Leopoldo siguió la misma política de Estado y se casó en 1766 con Margarita Teresa de Habsburgo, hija de Felipe IV de España y hermana por tanto de Carlos II de España. Margarita Teresa había muerto en 1673, y el emperador Leopoldo se había casado en segundas nupcias en 1674 con Claudia Felícitas del Tirol, cuyo matrimonio es irrelevante. Se casó en terceras nupcias, en 1676, con Leonor Magdalena de Pfalz-Neoburgo (Leonor Magdalena del Palatinado), hermana de la segunda esposa de Carlos II de España, con la que tuvo varios hijos, José y Carlos (aparte de Leopoldo que murió joven y otras siete hembras que, con la Ley Sálica, no contaban en la sucesión). Los hijos varones vivos de Leopoldo I de Austria a final de siglo, José y Carlos, eran hijos de Leonor Magdalena del Palatinado. En sus planes, su primer hijo varón vivo, José de Habsburgo, le heredaría en Austria, y su segundo hijo varón vivo, Carlos de Habsburgo, obtendría el trono de España.

Fernando III de Austria, 1608-1657, había gestionado la Guerra de los Treinta Años y las paces de Westfalia, el Tratado de Münster con Francia y el Tratado de Osnabrück con Suecia, con tan mal resultado que los Estados Alemanes se apropiaron de su propia soberanía y limitaron su absolutismo en Alemania, obligándole a convocar la Dieta cuando quería gobernarlos. Austria había resultado debilitada y en 1700, no era seguro que Leopoldo I se impusiera en sus pretensiones sobre España.

Leopoldo I de Austria presentó la candidatura de su nieto José Fernando, príncipe elector de Baviera, hijo de María Antonia de Austria y de Maximiliano II de Baviera. Y, tras la muerte de José Fernando, en 1699, Leopoldo I de Austria presentó a Carlos de Habsburgo archiduque de Austria como candidato al trono de España.

José Fernando de Baviera, 1692-1699, era hijo de Maximiliano Manuel II de Baviera y de María Antonia de Austria, y nieto por tanto de Leopoldo I emperador de Austria y de la infanta de España Margarita Teresa. Mariana de Austria, esposa de Felipe IV de España y madre de Carlos II de España, murió en 1696 y dejó escrito en su testamento que su preferido era José Fernando de Baviera, y Carlos II lo aceptó como la vía intermedia entre los Austrias y los Borbones que evitaría una guerra de sucesión. Pero José Fernando murió en 1699 y la candidatura austriaca fue cambiada a Carlos de Habsburgo.

 

Los reyes de Francia. Luis XIV se había casado con María Teresa de España, hija de Felipe IV y hermana de Carlos II. La diplomacia europea había previsto las consecuencias de este matrimonio, y había exigido renuncia de los derechos de la infanta sobre el trono de España. Pero como España no pagó la dote de la infanta, Luis XIV tampoco se creía obligado a respetar la renuncia de su esposa al trono español. Su hijo primogénito fue Luis de Francia, el Gran Delfín, 1661-1711, quien había tenido tres hijos: Luis duque de Borgoña, 1682-1712; Felipe duque de Anjou, 1683-1746; y Carlos duque de Berry, 1686-1714. En su momento, Luis XIV presentó a su nieto Felipe de Anjou como el candidato, con renuncia al trono de Francia. En otro momento, de la historia Felipe de Anjou reivindicaría los dos tronos, el de Francia y el de España, pues sus hermanos habían muerto antes que su padre, que falleció en septiembre de 1715.

El caso de los nietos de Luis XIV es muy peculiar, pues a Luis XIV le sucedieron sus nietos, y no sus hijos: el hijo de Luis XIV era Luis el Gran Delfín (El Gordo), que no llegó a reinar, pues murió en 14 de abril de 1711 y su padre en 1715, pero a finales del siglo XVII era el heredero de Francia. El Gran Delfín era hijo de María Teresa de Habsburgo, hija de Felipe IV de España. El potencial hereditario de un hijo de Luis XIV de Francia y nieto de Felipe IV de España, era inmenso. Luis XIV y su hijo, el Gran Delfín Luis, hicieron renuncia de sus derechos al trono español a favor de Philippe de Borbón duque de Anjou. Era el proceso lógico, pues el primer hijo del Gran Delfín, también llamado Luis como su padre, 1682-1712, duque de Bourgogne (Borgoña), estaba reservado para el trono de Francia (fue Delfín de Francia a partir de 1711). Philippe, 1683-1746, el duque de Anjou segundo hijo, era destinado al trono de España. Y Carlos (1686-1714) el duque de Berry, tercer hijo, del Gran Delfín, quedaba en reserva.

 

Así pues, en 1692, los candidatos a suceder a Carlos II eran dos: José Fernando, príncipe elector de Baviera y Felipe de Anjou, hijo de Luis Gran Delfín de Francia y nieto de Luis XIV. Y a partir de 1699, José Fernando fue cambiado por Carlos de Habsburgo como candidato austriaco.

España no estaba en condiciones de imponerse sobre las decisiones de otros reyes, y los reyes europeos creían que sus Estados eran su patrimonio familiar, ante lo cual se sentían legitimados para emprender cualquier guerra.

En 1668, cuando Carlos II llevaba sólo dos años reinando, Luis XIV había pactado con Leopoldo I de Austria el reparto de los territorios españoles en Europa: Leopoldo se llevaría España, Indias e Italia, y Luis XIV los Países Bajos y el Franco Condado.

 

 

La aceptación de los candidatos.

Inglaterra y Holanda se oponían a que Francia se anexionase el reino de España por razones elementales: en el caso de Inglaterra, una potencia como la resultante de la unión de Francia y España, significaría el final de sus empresas comerciales en el Caribe (Honduras, Trinidad) y en el Estuario de La Plata. En el caso de Holanda, la unión significaría la reivindicación francesa de los Países Bajos Españoles.

España tenía claro que no quería dividir sus territorios, pero no tenía claro a quién quería como rey, y se formaron bandos. Mientras tanto, y en vida del rey, los nobles españoles hacían declaraciones ambiguas, siempre abiertas a todos los bandos, en espera de quién triunfase, y pronunciarse por el vencedor en el momento preciso de la muerte del rey.

En España, la candidatura de José Fernando de Baviera era la preferida por Carlos II, la persona que tenía que decidir. Le apoyaba el marqués de Mancera y el cardenal Portocarrero[2], pero sobre todo era el preferido de la reina madre, Mariana de Austria. Pero Mariana de Austria murió en 1695 y José Fernando en 1799.

 

La candidatura del archiduque Carlos de Habsburgo era apoyada: por el Almirante de Castilla[3] (también conocido como conde de Melgar); por el Condestable[4] (también conocido como conde de Haro y como duque de Frías), muerto en 1696; por el conde de Cifuentes[5], Alférez Mayor de Castilla, un aragonés con muchas propiedades en Castilla; por el conde de Santa Cruz, Comandante de Galeras que entregó Cartagena a los austracistas en 1706; por el conde de Corzana, antiguo virrey de Cataluña; por el duque de Nájera; por el conde de Oropesa; por el conde de Lemos; por el conde de Sástago[6]. De los 12 Grandes de España, 4 eran austracistas (austracistas eran los partidarios de Carlos de Habsburgo de Austria).

Lo más corriente fue no quemarse y esperar a ver quién resultaba ganador: El duque del Infantado tuvo sus dudas y se quedó en el bando de Felipe V, pero siempre fue sospechoso de austracismo; El duque de Medinaceli fue en principio borbónico pero se pasó a los austracistas.

En la Corona de Aragon la mayor parte de la población fue austracista a partir de 1700, encabezados por el conde de Cifuentes y el conde de Sástago, y la fuerza de Carlos de Austria radicaba en el pueblo aragonés por el hecho de llegar las tropas francesas e instalarse en las casas exigiendo alojamiento y comida, lo cual levantó un gran disgusto contra ellos. Los aragoneses alegaron que acoger tropas era contrario a sus fueros, pero Felipe V les respondió que los fueros afectaban a los señores, a los nobles y eclesiásticos, pero no a la población corriente. En esas condiciones, no les fue difícil a los austracistas hacer correr la idea de que Felipe V iba contra la población en general. En Aragón, la baja nobleza y las clases medias se hicieron austracistas, mientras el patriciado urbano fue borbónico. En Valencia, Felipe V sólo dominaba 76 entidades de población en realengo y en ellas los impuestos eran más pequeños que en las 300 ciudades de señorío, donde además estaban sometidos a cargas feudales, diezmos y monopolios señoriales. Los valencianos no tenían motivo para rebelarse. Pero los valencianos odiaban a los franceses y siempre habían estado a gusto con los Austrias. En Valencia, más que un levantamiento contra Felipe V, hubo un levantamiento contra los señores. Como los señores se pusieron de parte de Felipe V, la población en general resultó de parte del archiduque.

El apoyo internacional más firme del archiduque Carlos de Habsburgo era su padre Leopoldo I de Austria, 1640-1705, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Hungría y rey de Bohemia, quinto hijo de Fernando III de Habsburgo.

 

La candidatura de Felipe de Anjou era sostenida en España por Juan Domingo Méndez de Haro y Fernández de Córdoba, 1640-1716, VI conde de Monterrey, quien a veces se hacía llamar Juan Domingo Zúñiga y Fonseca, por los apellidos de su madre, la V condesa de Monterrey. Partía como una candidatura secundaria, pero poco a poco se convirtió en la mejor situada.

Igualmente, el apoyo internacional más firme de Felipe de Anjou era su abuelo Luis XIV de Francia. También los reyes franceses habían hecho política matrimonial de acercamiento al trono de España: Luis XIII de Borbón se había casado con Ana María de Habsburgo, hija de Felipe III y hermana de Felipe IV de España y de María Ana la esposa de Fernando III emperador de Austria. Luis XIV se había casado con María Teresa de Habsburgo, hija de Felipe IV de España y hermana de Carlos II, tras el Tratado de los Pirineos de 1659, hermana también de la esposa de Leopoldo emperador de Austria, Margarita Teresa. La política matrimonial de Francia y Austria respecto a España había sido paralela.

 

 

La batalla política entre los candidatos.

En 1696, España designó heredero al Príncipe José Fernando de Baviera. Apoyaban esta candidatura la reina, el arzobispo de Toledo cardenal Portocarrero, y el conde de Oropesa. La decisión agradó a Gran Bretaña y a Holanda, pero disgustó a Luis XIV.

En enero de 1697 Luis XIV había enviado a España al embajador D`Hancourt para preparar lo que más conviniera a Francia. El embajador francés se ganó al cardenal Portocarrero, hasta entonces austracista, utilizando la rivalidad personal que había entre él y el Almirante de Castilla y conde de Melgar, el principal valedor de Carlos de Austria.

En 1698-1705 era presidente del Consejo de Estado, Antonio Ubilla y Medina, I marqués de Ribas. El Consejo de Estado estaba integrado por el cardenal Portocarrero, marqués de Mancera, conde de Oropesa, almirante de Castilla, conde de Frigiliana, marqués de Villafranca, conde de Monterrey, duque de Uceda, duque de Vaudemont, duque de Medinaceli, marqués del Fresno, conde de Fuensalida, conde de Santisteban, duque de Veragua, cardenal Giudice, duque de Medina Sidonia y conde de Montijo. Estos iban a ser los que decidiesen el futuro de España.

En 1698 Gran Bretaña y Holanda propusieron un posible acuerdo con Francia y Austria en el tema de España, Tratado de La Haya, sobre la base de que José Fernando de Baviera fuera rey de España e Indias, Carlos de Austria fuera duque de Milán, y el resto de las posesiones italianas y el País Vasco fueran para Francia. El tratado era inaceptable en España, pues perdía sus posesiones italianas y el País Vasco.

En 1698-1700, el partido austríaco o austracista era capitaneado por la reina Mariana de Neoburgo, esposa de Carlos II, y por el conde de Oropesa, Presidente del Consejo de Castilla. La reina había cometido el error de rodearse de una camarilla de alemanes y ello no le granjeaba simpatías entre los magnates españoles. Otro error de la reina era la práctica de hechizos al rey a fin de tener descendencia, lo que la desprestigiaba.

En 1698 se creía que el rey de España estaba muriendo, y las potencias europeas se repartieron las posesiones españolas, Primer Tratado de Partición: Inglaterra y Holanda, las grandes potencias comerciales en el mar, no querían otro imperio como el de Carlos V (Austria-Alemania aliados a España), y tampoco querían un imperio francés que se hiciera con el comercio americano y les plantease problemas en el sureste asiático, con base en las Filipinas españolas. Inglaterra (conde de Portland) y Holanda, en 11 de octubre de 1698, hicieron un acuerdo con Francia (general Tallard), basado en los siguientes puntos:

Inglaterra pretendía Gibraltar y Dunquerque, como bases en el Canal y en la entrada del Mediterráneo.

Francia obtendría: Dos Sicilias para un nieto de Luis XIV, Toscana y las Vascongadas en las mismas condiciones.

Austria obtendría: Milán para un hijo de Leopoldo de Austria; la Corona de España para el príncipe elector de Baviera José Fernando, nieto del emperador Leopoldo, hijo del Gran Elector de Baviera y de una archiduquesa austriaca, incluyendo en esta Corona el territorio peninsular español, las Indias y los Países Bajos españoles.

En este Primer Tratado de Partición se echa de menos la posesión más importante de España en ese momento: América. Y se echa también de menos a Guillermo III de Orange, rey de Inglaterra en 1689-1702. Pero América era un tema diferente. América le interesaba a Inglaterra y a Francia, pero, si podía ser, entera, sin particiones. Y si Luis XIV era fuerte en tierra, Inglaterra era más fuerte navalmente. El tema era demasiado complicado como para lograr un acuerdo rápido. Para los españoles, salvar la unidad del imperio americano, y que no se lo repartieran Inglaterra y Francia, pudo influir en la decisión de 1700, de que fuera un Borbón el sucesor.

Nadie estaba dispuesto a cumplir los tratados que se estaban firmando ni a respetar el testamento de Carlos II, porque el botín que representaba América era muy grande. Portocarrero creía que sólo la alianza con Francia mantendría unido el territorio español y americano. La razón más evidente era que la invasión francesa, del ejército terrestre más poderoso del momento, parecía inminente. Esa era la carta a jugar.

El texto del tratado de 1698 era secreto. Se comunicó a Madrid y a Viena a comienzos de 1699, a instancias de Inglaterra. Y España y Austria reaccionaron con enfado, por no haber sido consultadas en estos repartos de sus territorios.

En abril de 1699 hubo un motín en Madrid. Era año de hambre y faltaban subsistencias, o abastos en el lenguaje de la época. Cayeron el Corregidor de Madrid Francisco Ronquillo, borbónico, y el conde de Oropesa, austracista. Ronquillo sería rehabilitado poco después. Se había conseguido dejar de lado al líder austracista Oropesa, pues los abastos eran competencia del Consejo de Castilla. El nuevo Presidente del Consejo de Castilla fue un hombre de Portocarrero, Manuel Arias, arzobispo de Sevilla.

Carlos II decidió, en bien de la paz europea, aceptar el Tratado de 1698 entre Francia e Inglaterra, y en su testamento, que no fue el último, designó heredero al príncipe elector de Baviera, José Fernando, que entonces tenía 5 años de edad. Parecía todo arreglado, pero el niño falleció en febrero de 1699.

El 11 de junio de 1699, las potencias europeas, Francia, Inglaterra y Holanda, se volvieron a reunir para renegociar el Tratado de 1698, en conferencias celebradas en Londres, París y La Haya. En 3 marzo de 1700 llegaron por fin a un nuevo acuerdo, denominado Segundo Tratado de Partición:

España sería para el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador de Alemania y rey de Austria, Leopoldo, en un tercer matrimonio, de modo que el primer hijo, José, heredara Austria, y el segundo, Carlos, heredara España.

Las tierras de España y sus posesiones, nunca podrían unirse al imperio alemán como en tiempos de Carlos V.

Francia recibiría el ducado de Lorena.

El duque de Lorena recibiría en compensación el Milanesado.

Este nuevo tratado no fue aceptado por Austria-Alemania, que no había sido consultada, y que perdía sus derechos sobre España y sus posesiones, por las buenas, aunque se las otorgasen a un miembro de su casa real. Y el emperador se puso al habla con la reina Mariana de Neoburgo, una alemana que, desde Madrid, podía rectificar los planes de Inglaterra y Francia. Mariana llamó a muchos alemanes para gobernar en Madrid, y ello provocó la reacción de la nobleza española contra la reina, formándose un partido español contrario a Austria.

En noviembre de 1699 hubo nombramientos de nuevos consejeros en los Consejos españoles. Para entonces ya los borbónicos poseían la presidencia del Consejo de Castilla. El Presidente del Consejo de Castilla tenía el privilegio de votar el primero. Después votaba el marqués de Mancera, también borbónico. Oropesa, el austracista, estaba desterrado, y el almirante de Castilla, también austracista, apenas aparecía por el Gobierno. La victoria parecía del lado de los Borbones. Las opciones habían dado la vuelta y los Austrias estaban perdiendo.

El Consejo de Estado de España, aconsejó a Carlos II desheredar a los alemanes de Baviera, puesto que el niño designado heredero ya había fallecido. Aconsejó nombrar heredero a un Borbón, pues la opción por Austria, hacía previsible una guerra civil española, mientras que un Borbón garantizaría las posesiones de España en América y en Italia, puesto que se tendría el apoyo del mayor ejército del momento, el francés.

La Corona de Aragón protestó porque ellos reconocían a los Austrias como sus señores naturales, desde hacía siglos, pero no tenían por qué reconocer a un Borbón. Es decir, que la opción de un Borbón, también podía dar lugar a una guerra civil.

En 1700, Francia pidió Lorena como compensación al acuerdo por el que pensaban eliminarla de la sucesión al trono español, pero Gran Bretaña y Holanda se opusieron.

En marzo de 1700, Luis XIV de Francia tenía la dura papeleta de comunicar a Carlos II de España los acuerdos del Segundo Tratado de Partición, hecho sin participación alguna de España. El embajador Henry d`Harcourt salió de España en previsión de sucesos desagradables. Previamente, su esposa Marie Anne Claude Brulard había hecho una labor de propaganda a favor de Francia, repartiendo en los dos últimos años montones de cintas, pelucas, medias de seda, ligas y peinetas de carey entre las damas de la Corte de Madrid[7]. Pero el resultado de ese trabajo era incierto. Quedó en España el Secretario de la embajada Blecourt, con la misión de comunicar el tratado.

En ese momento, el cardenal Portocarrero cambió de bando, dejó de apoyar a la reina y a su candidato Carlos de Austria, y propuso a Felipe de Anjou como nuevo candidato preferido. La causa de este cambio de postura eran las injerencias que los diplomáticos alemanes estaban haciendo en la Corte española, a la que consideraban ya como suya. Y Portocarrero arrastró consigo a una parte de la nobleza, al Consejo de Estado y a la jerarquía católica, y hasta negoció el apoyo del Papa para el francés.

En 1700, los apoyos de Carlos de Austria eran reducidos: la reina madre Mariana de Neoburg o de Austria, el conde de Harrach embajador de Austria en Madrid, el conde de Oropesa y el almirante de Castilla.

Eran partidarios de Felipe de Anjou el cardenal Portocarrero, el inquisidor general Rocaberti y el embajador francés en Madrid duque de Blecourt.

Y en medio de ambos bandos se movía el confesor del rey Froilán Díaz, un exorcista que le hablaba al rey unas veces a favor de un bando y otras a favor de los contrarios. Carlos II estaba aturdido y como era muy creyente, los políticos aprovecharon para infundirle miedos: el obispo de Viena informó de que en un exorcismo el demonio había dicho que Carlos II estaba hechizado por una mujer llamada Isabel y que residía en Madrid en la calle Silva. Entonces se decidió exorcizar al rey para que hablara el diablo y para ello se buscó a fray Mauro de Tenda, capuchino y famoso exorcista, quien se puso a dar voces junto a la cama del rey día y noche durante varios días a fin de que el demonio se manifestara, pero el demonio no le hizo ningún caso, y no se manifestó. Contraatacaron los franceses buscando sus propios exorcistas y una mujer desgreñada entró en palacio con aires furiosos y se llegó hasta las habitaciones del rey y allí manifestó que los autores del hechizo al rey eran María Ana de Neoburg y el Almirante de Castilla, es decir, los austracistas. Parece que el organizador de esta nueva farsa de la mujer profeta fue el propio Portocarrero, arzobispo de Toledo. De todos modos estas artimañas no dieron fruto, y Portocarrero ideó una estratagema mejor, pero igual de irracional: que el Papa dijera quién debía ser el sucesor, y para ello envió a Ubilla a Roma con el encargo de que el Papa fuera convencido para que eligiera a Felipe de Anjou.

En octubre de 1700, Carlos II estaba muy enfermo, y Portocarrero maniobró pidiendo consejo al Papa Inocencio XII, quien designó a tres cardenales para deliberar, y el acuerdo fue que el heredero sería el duque de Anjou. El 3 de octubre, el rey Carlos II hizo testamento secreto estando presentes únicamente el embajador francés Blecourt, el conde de San Esteban y el duque de Sessa. El testamento había sido preparado por Antonio de Ubilla. Dejaba la totalidad del reino a Felipe de Anjou, y en caso de muerte de éste o de que Felipe heredara Francia, el heredero sería el Duque de Berry, su hermano menor. Ni la reina ni los demás austracistas tuvieron noticia del testamento hasta el día de la muerte del rey. Luis XIV sí lo conocía, pero tenía un buen problema entre las manos: si aceptaba, tendría que renunciar a los acuerdos de marzo de 1700, Segundo Tratado de Partición, y afrontar una posible guerra. En cambio, si renunciaba, perdía un imperio como el español, el sueño de cualquier monarca europeo. La decisión era grave.

El 26 de octubre empeoró el rey, y el 29 dio un decreto nombrando a Portocarrero Gobernante e instituyendo una Regencia presidida por la reina con voto de calidad, Portocarrero, el duque de Montalto (presidente del Consejo de Aragón), Manuel Arias (Gobernador del Consejo de Castilla), Baltasar de Mendoza (Inquisidor General), conde de Frigiliana (consejero de Estado), y conde de Benavente (Grande de España).

El rey Carlos II murió el 1 de noviembre de 1700 a las 14,49 horas. El testamento se abrió ese mismo día. El testamento de Carlos II, decía que los reinos de España y Francia no se podían juntar y establecía un orden sucesorio en el duque de Anjou (Felipe V), el duque de Berry, el archiduque Carlos de Austria (hijo de Leopoldo de Austria), y el duque de Saboya. La obra del cardenal Portocarrero y del Papa Inocencio XII a favor de los Borbones daba sus frutos. El duque de Abrantes tuvo el mal gusto de convocar al embajador de Austria Harrach para decirle que “tenía el placer de despedir a la Casa de Austria del trono de España”, lo cual sentó muy mal al embajador y al Gobierno de Austria.

El encargado de la embajada francesa Blecourt, el triunfador, le comunicó el resultado al embajador D`Harcourt, que estaba en París, y al rey Luis XIV, el cual se quedó anonadado por la noticia, pues el hombre que se consideraba más poderoso de Europa, ahora tendría España y América e Italia, y sin costarle nada. Luis XIV tenía un grave dilema: por una parte, le encantaba no partir España y disfrutar él de toda la herencia de Carlos II de Habsburgo rey de España, pero esta decisión significaba traicionar el tratado de partición que acababa de firmar.

Enseguida pensó en la reacción de los demás Gobiernos europeos ante el incumplimiento de Francia de los Tratados de Partición, pero también sopesó que tenía en su favor el testamento de Carlos II y una designación del Papa. Llamó a su familia y les comunicó la noticia. El Gran Delfín se mostró entusiasmado con las noticias y dijo que había que aceptar la herencia española. Luis XIV decidió aceptar la herencia española en 7 de noviembre de 1700.

Luis XIV, que era astuto, decidió no hacer pública la aceptación hasta estar preparado militarmente ante un posible ataque de las potencias europeas. El 14 de noviembre, llamó al embajador español marqués de Castelldosríus, el cual se presentó el 16 de noviembre, y le comunicó que aceptaba la Corona de España en nombre de su nieto Felipe de Anjou. El 16 de noviembre de 1700, comunicó a su nieto Philippe d`Anjou que iba a ser rey de España. Castelldosríus quiso felicitar al nuevo rey de España, pero Luis XIV se opuso alegando que el infante no hablaba español.

El 1 de febrero de 1701, Luis XIV comunicó a Europa que aceptaba la herencia española, lo cual significaba probablemente la guerra. En esa fecha, Luis XIV declaró que Felipe no perdía sus derechos a la Corona de Francia, lo que significaba la posible unión del poderío militar francés con el imperio español y su comercio americano. Luis XIV concedía al emperador Leopoldo dos meses de plazo para aceptar estas decisiones, y empezó a preparar la guerra que era previsible. El problema era que, en ese momento, Francia se había gastado todo el dinero en otras guerras, y no podría atender a lo que parecía la mejor oportunidad francesa de todos los tiempos. Luis XIV nombró al Duque de Borgoña, hermano mayor del duque de Anjou, Vicario General de los Países Bajos, al tiempo que las tropas francesas entraban en las principales plazas de los Países Bajos españoles.

Felipe de Anjou se desplazó a España el 4 de diciembre de 1700, se quedó en Irún hasta el 24 de enero y llegó el 18 de febrero de 1701 a Madrid. Se alojó en el Palacio del Buen Retiro, mientras se hacían obras en el Alcázar (edificio anterior al Palacio Real). Descansó un mes, e hizo la entrada oficial en Madrid en 21 de abril de 1701. Tenía el rey 17 años. Traía con él una Corte de consejeros, impuesta por Luis XIV, y unas instrucciones de cómo debía gobernar.

 

 

La Junta de Regencia de Portocarrero.

 

En España, en 1 de noviembre de 1700, se estableció una Junta de Regencia, integrada por el cardenal Luis Manuel Fernández de Portocarrero, Manuel Arias Porres y Antonio de Ubilla. Arias era el Presidente del Consejo de Castilla desde 1699 y lo sería hasta 1703. Antonio de Ubilla era Secretario de Despacho Universal. Las Cortes no fueron consultadas. La Regencia gobernó hasta febrero de 1701.

El Gobierno de la Regencia no era fácil pues estaban esperando su oportunidad algunos partidarios de Carlos de Austria como el inquisidor Baltasar de Mendoza, el conde de Frigiliana y la reina viuda Mariana de Neoburgo, que se quedó a vivir en Toledo con la esperanza de volver a la Corte de Madrid.

 

 

Felipe de Anjou.

 

Felipe de Anjou, había nacido en Versalles en 19 de diciembre de 1683, a los cuatro meses de morir su abuela María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España. Era hijo de Luis de Borbón y de María Ana Victoria de Baviera.

El ambiente familiar en que se crió era decadente:

Su abuelo, el rey Luis XIV, tenía 4 mujeres simultáneamente, su esposa y tres amantes, y todos lo sabían y vivían con ello, incluso los nietos. Fueron amantes de Luis XIV, aunque no todas al mismo tiempo, la señorita Claudia de Vin des Oiellets (mademoiselle des Oeillets), la señorita Luisa de La Valliere, la señorita María Angélica de Scorailles, la señorita Françoise Athenais de Rochechouert de Montemart (Madame de Montespán) y Françoise d`Aubignè marquesa de Maintenon (madane Scarron), y las dos últimas estaban casadas con Luis XIV en secreto. Luis XIV era más que bígamo, pero nadie en la Iglesia se atrevió a decirlo.

El hermano de Luis XIV, Felipe I de Orleans 1640-1701, Monsieur, era bisexual, y tenía en la Corte un grupo de jovencitos, mignons, que le complacían. Era un depravado que se acostaba hasta con su propia hija.

Felipe II de Orleans, 1674-1723, hijo del anterior, estaba casado con Isabel Carlota de Baviera, “madame Lucifer”, una chica soez y desvergonzada, que presumía de ser hija de Luis XIV y Madame de Montespán, y se burlaba del niño Felipe de Anjou porque le veía modosito e incapaz de participar en las fiestas que se organizaban en palacio. A pesar de ser tan desagradable, madame Lucifer logró colocar a su hija en el trono de España como esposa de Luis I, y Luisa Isabel, como se llamaba la criatura, era digna hija de tan maleducada madre y demostró en España lo asocial que era.

Su padre Luis, el Gran Delfín, era gordo, muy gordo (le llamaban Grande Dauphine por lo gordo que era), corto de entendimiento, sin conversación, sin ideas, fantasioso, supersticioso, libertino, y gozaba haciendo sufrir a todos los que le rodeaban. Nadie estimaba al Gran Delfín. El Gran delfín tenía ideas raras, grandes ocurrencias propias de un ignorante, pues había sido educado por Jacobo Benigno Bossuet obispo de Meaux y otros personajes parecidos, que eran grandilocuentes pero ignorantes. Estaba casado con María Ana Cristina de Baviera, de la que tuvo tres hijos, Luis de Borgoña 1682-1712, Felipe de Anjou 1683-1746, y Carlos de Berry 1686-1714. En 1690 murió María Ana Cristina y Luis el Grand Dauphine se fue a vivir con su amante de toda la vida, María Emilia de Joly de Choin (Madame de Choin), aunque no dejó de visitar a sus otras amantes Francisca Pitel y María Ana Caumont de la Force.

Fenelón (que más tarde sería arzobispo de Cambrai) fue nombrado preceptor de los infantes, y ejerció hasta 1797, convenciendo a los tres para ser fervientes católicos y rigurosos practicantes de los ritos religiosos. El método educativo de Fenelón era presentar un asunto grave y hacer que escucharan el debate entre dos personas cultas que tuvieran opiniones contrarias, y además leer mucha literatura. Los infantes ponían poco interés en las clases de Fenelon.

La madre de Felipe V, María Ana Victoria de Baviera, era fea, enfermiza, aburrida e hipocondríaca hasta el punto de pasar días y días encerrada en pequeños gabinetes sin luz ni ventilación, para aislarse de los demás, pero también hay que tener en cuenta que su marido, Luis XIV tenía muchas amantes y ella prefería vivir en las habitaciones más alejadas de la vida del rey. Era inteligente, pero desequilibrada porque no aceptaba la vida de Versalles y decidió encerrarse en sus habitaciones sin ver siquiera a sus hijos. En su retiro voluntario, leía, rezaba y componía versos. María Ana Victoria murió en 1690, cuando Felipe tenía 7 años de edad.

En Versalles no se hacía vida familiar, y Felipe de Anjou no tuvo trato diario con sus padres ni con sus abuelos. Si hasta la muerte de su madre vivió entre médicos y ayas, a partir de ese momento lo hizo entre preceptores y profesores, siempre sin el cariño de una familia. Se encargó de su educación su tía la duquesa de Orleans, conocida en palacio como “Madame Lucifer”. Y ésta era la única que le proporcionó cierto cariño, pues le contaba cuentos infantiles, le llevaba a ver comedias, se sentaba con él a la mesa… Madame Lucifer veía en Felipe de Anjou un niño muy tímido y le llamaba cariñosamente “rey de España”, sin sospechar que lo sería de verdad. Felipe de Anjou sufría desmayos frecuentes y se llamó a Helvetius para que le curara. La Duquesa de Orleans fomentó la bondad, docilidad, modales dulces y devoción de su sobrino, y procuraba imbuirle afición a la lectura y la música. Felipe de Anjou no mostraba gusto por nada y se aburría de todo. El objetivo que se le había encargado a la Duquesa de Orleans era preparar al infante para ser dócil a su hermano, pues él no estaba destinado a ser rey. De todos modos, el resto de los hermanos, en ese ambiente tan frío de Versalles, y con padres tan raros, eran todos desganados y melancólicos, tristes de carácter. De entre los antecesores de Felipe V, la rama genética francesa era de personas tristes y la rama española era de perturbados mentales.

Madame de Maintenon criticaba constantemente a Felipe de Anjou por ser un jovencito que no confiaba en sí mismo y le decía que su voz tenía tono desagradable y que no debía hablar tan lentamente.

Su hermano pequeño, el duque de Berry, era vivaz, pero presumido, perezoso y de pocas luces, y siempre se mostró envidioso de sus hermanos, y más cuando supo que Felipe iba a ser rey, y que sólo él, entre los tres hermanos, se quedaba sin Corona.

Su hermano mayor, el duque de Borgoña fue su amigo, e incluso le acompañó a la frontera española en 1700.

En medio de tan mal ambiente, Felipe de Anjou había tenido una niñez y juventud difícil. No era demasiado extraño que desde pequeño, Felipe V mostrase defectos de personalidad graves y tendía al incumplimiento de horarios, a presentarse tarde a comer, ir tarde a dormir, levantarse cuando le daba la gana. Lo peor era que llegaba tarde a las citas que concertaba con las personas de su alrededor, lo cual le daba fama de maleducado. Era la conducta habitual de niños que son inmaduros y con problemas de personalidad. No es de extrañar que, en un asunto urgente como tomar la Corona de España, se demorase casi cinco meses.

La vida familiar era sustituida en Versalles por actos de sociedad y fiestas de Estado. Con su conducta desordenada, Felipe de Anjou, probablemente se estuviera rebelando contra su abuelo Luis XIV, que era muy ordenado en todas sus actividades y las tenía muy programadas: cada hora del día estaba programada con un protocolo rígido, y cada ceremonia diaria tenía unos modales y ritos prefijados, vestimenta de etiqueta precisa. Y Luis XIV era muy puntilloso con el cumplimiento de estas formalidades. Reglamentaba los días y horas en las que él iba a cazar, comer, danzar, fornicar, despachar y chismorrear sobre los asuntillos de palacio y de París. Los lunes, miércoles y viernes celebraba soirs d`appartement, que eran reuniones sociales reservadas a la familia regia y grandes magnates invitados por el rey, en las que se consumía en abundancia chocolate, café, vinos, refrescos en el Salón de la Abundancia de Versalles, y frutas confitadas, frutas frescas, y repostería en el Salón de Venus, terminando la reunión en el Salón de Marte, donde se escuchaba música. Los nietos del rey estaban presentes en estos actos, pero estaban aburridos de la repetición de los mismos. El rey no se aburría, porque apenas participaba en ellos, y se limitaba a mirar de vez en cuando, pues estaba a otras cosas. El resto de los días de la semana, el rey organizaba juegos, en los que los magnates de Francia debían apostar muy fuerte y perder, para contentar al rey. Luis XIV decía que así sus colaboradores se distraían de otras fantasías golpistas y conspiradoras. El rey elogiaba a los grandes jugadores, pero el ritmo era insoportable para ellos, y alguno llegó a suicidarse por excesiva acumulación de deudas. Felipe de Anjou conocía estas reuniones y sabía jugar a las cartas desde muy pequeño. Y también todos sabían de lo que ocurría en el Salón de Mercurio o Chambre du Lit, contiguo al Salón de Marte, en el que había un gran lecho con balaustrada de plata al que Luis XIV se retiraba de vez en cuando. Era tan usado por Luis XIV que, cuando éste murió, se le instaló durante ocho días en ese lecho antes de ser enterrado. Esa cama fue destruida por los revolucionarios de 1789. Las grandes ceremonias y bailes de gala se celebraban en el Salón de Apolo.

Luis XIV resultaba un poco repulsivo, pero nadie se lo decía. Toda la Corte le adulaba de forma desmesurada y a ojos vistas exagerada, pero a Luis XIV le gustaba ese tipo de adulación. Como le gustaba ganar en todo, los invitados le dejaban ganar a las cartas, en carreras a pie o a caballo, o al billar. Después de perder una gran suma en la apuesta con el rey, comentaban lo buen jugador o corredor que Su Majestad era. Y Luis XIV hacía que se lo creía y entregaba cargos de gobierno y negocios a los amigos que le adulaban así. Luis XIV amaba la música y tenía docenas de músicos a su servicio, la mitad violinistas, pero también oboes, violas, trompetas, flautas y vocalistas. La música empezaba a media tarde y continuaba en la cena, pero también la misa y el paseo eran acompañados por músicos o cantores. Incluso sabía tocar e laúd, clavecín y guitarra española.

En palacio no había día sin baile y fiesta, tan reiteradamente que ya no eran atractivos para los infantes.

En Versalles, estaba prohibido hablar de política en la mesa, pero el rey siempre tenía prisa y el Delfín también, y no hablaban de nada. No hacían vida de familia. El tiempo más familiar del día se producía hacia las 22 horas, cuando los hijos y nietos de Luis XIV cenaban con el rey en el Grand Couvert (cámara anterior al Salón del Ojo de Buey), y al terminar la cena acompañaban al rey hasta la Cabine des Termes donde había una tertulia de mayores que resultaba inmensamente aburrida para mujeres y niños.

Mientras sucedían estas reuniones de palacio en el ala norte de Versalles, la reina estaba lejos de la familia, al otro lado del palacio, en el ala sur, pues no quería saber nada de nadie. Al morir la reina, se hizo con esas habitaciones María Cristian de Babiera, esposa del Delfín, hasta su muerte en 1690, y entonces pasaron a la Duquesa de Borgoña, que murió en 1712.

En Versalles eran conscientes de los problemas de Felipe de Anjou. Madame de Maintenon, amante de Luis XIV, trató de ayudarle, pero era poco el trato que podía tener con el infante desde su posición de amante del rey.

Felipe V, que había vivido siempre con sus hermanos y su familia, resultó una persona aburrida, mal educada, pesimista, religiosa-supersticiosa, excesivamente callada, indolente, abúlica, libertina hasta lo enfermizo, y cuando hablaba, lo hacía a velocidad muy lenta y en tono muy bajo y desagradable. A lo largo de su vida evolucionó a peor, y acabó loco. Felipe V, ya de mayor, sería un loco, depresivo, desequilibrado, totalmente ausente de sus tareas de Gobierno, excepto cuando había guerra. Entonces se animaba y parecía revitalizado. Los de su época decían que padecía melancolía. Fue empeorando con la edad.

El Duque de Borgoña, heredero del trono de Francia, era inteligente y estudioso, y le gustaba la filosofía y la ciencia, pero con defectos de personalidad, pues era escrupuloso, retraído y terco. El pueblo francés le tenía por perezoso, “Gran Poltron”, igual que tenía a Luis XIV por fanfarrón y al Gran Delfín por imbécil. El duque de Borgoña aceptó el complicado ceremonial que imponía su abuelo. Luis de Borbón duque de Borgoña se casó con María Adelaida de Saboya, una mujer hermosa y festivalera, dispuesta a divertirse en todo momento, pues le gustaba cabalgar, comer, cazar… y jugar a las cartas, lo cual hacía sin descanso, muchas veces todo en el mismo día. Esa personalidad de María Adelaida gustaba en la Corte, pero preocupaba mucho a Luis XIV, pues el Duque de Borgoña se pasaba el tiempo estudiando mientras su mujer se divertía.

Felipe V se casó con la hermana de María Adelaida, dos hermanos con dos hermanas. Felipe V tenía 18 años de edad, cuando se casó con María Luisa Gabriela de Saboya de 13 años.

Felipe V tuvo mala prensa debido a que Michelet dijo de él que no había favorecido a los novatores españoles, ni a las ciencias, ni a la enseñanza, ni a la cultura… pero ello no es del todo cierto: a pesar de ser, como persona, un incapaz, dejó hacer, y su reinado no puede ser calificado de negativo, pues se hicieron muchos cambios muy convenientes para España. El reinado de Felipe V es también el reinado reformador de la industria pues creó la fábrica de paños de Chinchón 1702, la de Talavera 1703, la de tapices de Madrid 1704, las de paños de Calahorra y San Fernando en 1705, la de paños de Segovia 1723, y la de Bhihuega 1726, protegiéndolas en 1728 con la prohibición de importar lienzos estampados de algodón y seda y en 1737 con la prohibición de exportar seda en rama.

Felipe V quedó completamente harto de las formas de vida versallescas, y no recreó esas formas de vida en Madrid cuando fue coronado rey. Ni las diversiones frívolas y obscenas de su abuelo le gustaban, ni la música y la cultura tampoco. En su apatía, al llegar a Madrid se mostró lento en la conversación y falto de talento analítico en el despacho, no tenía don de gentes ni era capaz de conocer a las personas leyendo a través de sus palabras y sus modales.

Felipe V, en Madrid, comía mucho y practicaba mucho sexo con la reina. En las demás diversiones no era demasiado prolijo. Oía un poco de música, pero no sabía tocar ningún instrumento como era el caso de Luis XIV, ni era erudito en música. Tampoco le gustaba la caza (lo cual ahorraba dinero en perros, halcones, batidores, fusiles, escopetas y criados), pero fue a cazar algunas veces con María Luisa y más con Isabel de Farnesio, lo que nos hace suponer que la Farnesio sí era aficionada a la caza.

La caza de los reyes de España, como la de Versalles y otras muchas, se denomina “caza” por llamarla de alguna manera, pero era una matanza de animales en toda regla: decenas de criados alimentaban animales en los montes y fincas del rey, y cientos de batidores llevaban a docenas de animales al apostadero en que estaba el rey y sus invitados. El rey, sentado en una silla de campo. Los batidores hacían pasar a los animales poco a poco delante del rey, el cual, según el ánimo de aquel día, podía matar docenas o centenares de piezas.

 

 

La vida en el Buen Retiro de Madrid.

 

A pesar de que estemos hablando de austeridad, el Palacio de los reyes era muy complejo y muy caro de sostener económicamente, no tanto como Versalles, pero sí notablemente caro. En el coste de Palacio hay que incluir la Real Cámara, la Casa del Rey, la Casa de la Reina, las Caballerizas del rey, las Caballerizas de la Reina, las reales alcaldías, los correos y el mantenimiento y construcción de los Sitios Reales (El Alcázar de Madrid estaba en obras).

A modo de ejemplo, la casa de la Reina, en este caso María Luisa Gabriela de Saboya, contaba con señoritas de honor, azafata, tenienta de aya, camaristas, mayordomo mayor, dos mayordomos ordinarios, confesor de la reina, capellán de honor, ayuda de oratorio, tesorero de la reina, contador, escribiente del contador, dos oficiales de tesorería, guarda de damas, guarda del príncipe, repostero de camas, dos monteros de cámara, sumiller, cerero, salsero, frutero, tapicero, guardajoyas, escudero, maestresala, dos cocineros de servilleta, varios mozos y sirvientes de cocina, panadero de boca, veedor de viandas, boticarios, cuatro lavanderas, almidonadoras, primer médico, médico de familia, cirujano sangrador, porteros, criados, caballerizos y unos 86 criados de caballerizas.

El Palacio era pues muy costoso con tanto personal y tan bien pagado: el guardajoyas cobraba 30 reales al mes, los sacristanes de palacio cobraban de 50 a 80 reales al mes, el platero 55 reales, el ebanista 60 reales, el cuchillero unos 160 reales al mes, el calderero unos 200 reales al mes, pero otros oficios cobraban mucho más, como el repostero que cobraba 1.000 reales al mes. Todos los salarios de Palacio eran buenos, pues un aprendiz de artesano en la calle cobraba unos 4-6 reales al día (por veinticinco días de trabajo son 100 reales al mes), y su maestro podía ganar el triple.

El 25 de agosto de 1707, la reina dio a luz un niño, y el 8 de diciembre de 1707 fue bautizado como Luis. Se opuso Luis XIV, pues todos sus hijos y los de la mitad de las familias francesas se llamaban Luis, pero la Ursinos no hizo caso alguno y le impuso ese nombre.

En Palacio se comía bien y gustaba mucho la leche de cabra, las ostras y lenguados traídos desde Bilbao y las lampreas de Nantes. El transporte del pescado, que se hacía en cestas cerradas, era muy eficaz pues se hacía en transporte por postas, del cual se ocupaba un factor, varios guardias, y muchos mozos de mulas.

No hubo un solo gobernante que fuera capaz de controlar el gasto de Palacio, de evitar el despilfarro y la corrupción y de limitar gastos. Numerosas personas reclamaban constantemente facturas impagadas que atribuían a personajes de la familia o de Palacio.

A pesar de lo dicho hasta aquí, hay que decir que Felipe V gastó mucho menos que los Austrias que le precedieron en el trono de España, gastaba menos que el Palacio de Portugal, y mucho menos que Versalles.

El momento de máximo derroche era una visita de otros reyes. La vida se convertía en una competición de derroches, gastos y ostentaciones. Como Felipe V era tan retraído, no tuvo visitas ni las hizo.

 

 

Los Borbón.

 

Descendían de los señores de Bourbon d`Archambault, vasallos del conde de Bourges en Francia. En el siglo X pasaron a depender directamente del rey de Francia. Extendieron sus dominios por Autonois, Niverais en Auvernia, Combraille y Berry.

Hubo tres ramas francesas:

Los Borbón Busset, que perdieron el favor del rey Luis XI cuando Luis de Borbón se casó con Catalina Egmont sin permiso del rey.

Los Borbón Montpensier.

Los Borbón La Marche, que fue la rama afortunada que llegó a reinar: Carlos de Borbón 1489-1537 recibió de Francisco I de Francia el título de duque de Vendôme y dio el primer salto hacia arriba. Enrique de Borbón, 1553-1610, el tercer hijo de Carlos de Borbón duque de Vendôme, fue el que lo consiguió al fin, pues fue proclamado como Enrique III de Navarra y Enrique IV de Francia en 1589, y representa el inicio de la monarquía borbónica.

 

Luis XIV de Borbón 1643-1715, se considera el punto culminante de los Borbón, y además, impondrá un Borbón en España, nieto suyo, con el nombre de Felipe V, abriendo nuevas ramas a la familia.

Luis XIV había tenido una larga vida de 77 años, 1638-1715, y largo reinado de 72 años, 1643-1715, pero había visto morir a casi todos sus herederos, incluidos nietos y bisnietos. Su hijo mayor y heredero, Luis duque de Borgoña, el “Gran Delfín” (llamado “grand” porque era muy gordo) murió el 14 de abril de 1711. Dejaba tres hijos, nietos de Luis XIV:

Luis, duque de Borgoña, 1682-1712.

Felipe, duque de Anjou, 1683-1746, y rey de España cuando renunció al ducado de Anjou.

Carlos, duque de Berry, 1686-1714.

El 18 de febrero de 1712, diez meses después que su padre el Gran Delfín, murió Luis, duque de Borgoña, hermano mayor de Felipe V de España, dejando dos hijos, Luis duque de Bretaña, que murió a consecuencia de las sangrías que le hicieron los médicos tras contraer el sarampión, y Luis, futuro Luis XV, nombrado duque de Anjou para resaltar su derecho sobre su tío Felipe de Borbón rey de España, a quien se desposeía del título francés. El futuro Luis XV tenía 2 años de edad y salvó la vida por casualidad, porque la Gobernanta de los príncipes se negó a que le hicieran sangrías siendo tan pequeño.

El conflicto entre la herencia del sobrino y el tío, se arregló en 1713, Utrecht, haciendo que Felipe de España renunciase al trono francés, de modo que España y Francia no pudieran unirse. Pero la renuncia al trono de España de Felipe V en 1724, dejaba abierta una puerta para reclamar el trono francés.

En 1 de septiembre de 1715 murió Luis XIV, el abuelo de Felipe V y bisabuelo de Luis XV. Luis XV se proclamó rey de Francia y Navarra, copríncipe de Andorra y duque de Anjou, lo que dejaba claras las posiciones respecto a su tío, el rey de España.

 

Los borbones españoles harán más adelante cuatro ramas:

Felipe de Parma, hijo de Felipe V y rey de Etruria iniciará los Borbón-Parma.

Carlos III, que deja a su hijo Fernando III en Sicilia, inicia los Borbón-Sicilia.

Gabriel, el hijo de Carlos III, que se casa con una princesa portuguesa, inicia los Borbón-Braganza.

Francisco de Paula, hijo de Carlos IV, inicia los Borbón-Sevilla, que tendrán su momento de popularidad cuando Francisco de Asís y Paula se case con Isabel II en 1844.

 

 

[1] Carlos E. Corona Baratech- José Antonio Armillas Vicente, y otros, “La España de las Reformas hasta el final del reinado de Carlos IV” en la Historia General de España y América, Tomo X-2.

[2] Luis Manuel Fernández de Portocarrero Bocanegra y Moscoso Osorio, 1635-1709, hijo del marqués de Almenara, estudió en Toledo y en 1669 fue nombrado cardenal y se acercó a la Corte Española. En 1677 fue enviado a Sicilia como virrey, en 1678 fue embajador en Roma, en 1679 regresó a la Corte de Madrid. Se declaró partidario de José Fernando de Baviera para rey de España, pero a su muerte en 1699, se pasó a la candidatura de Felipe de Anjou. En 1706 se pasó al archiduque Carlos de Austria y, al ser expulsado éste de Madrid, fue desterrado a Toledo hasta su muerte.

[3] Juan Tomás Enríquez de Cabrera y Ponce de León, 1646-1705, XI Almirante de Castilla, VII duque de Medina de Rioseco, X conde de Melgar. “Almirante de Castilla” era un titulo nobiliario que acabó con este personaje, pues no tuvo descendencia.

[4] Ínigo Fernández de Velasco y Tovar (y Guzmán en otras fuentes), X conde de Haro, VII duque de Frías,

[5] Fernando de Meneses Silva y Masibrandi, XIII conde de Cifuentes.

[6] Cristóbal Andrés Fernández de Córdoba y Alagón Bazán y Aragón, X conde de Sástago.

[7] Ana Álvarez López, “Los Negocios de Luis XIV en Madrid…” Revista de Historia Moderna nº 25 (2007) pg.179-205, ISSS 0212-5862.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *