EL SECTOR PRIMARIO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVIII.

 

 

Se calcula que el 71% de la población española vivía de la agricultura. En 1787, el censo de Floridablanca daba un 71% de población activa ocupada en agricultura, cifra a la que se debería sumar la dedicación de muchos que se declaraban fabricantes, artesanos, menestrales o maestros, y que compaginaban su oficio con trabajos agrícolas.

España es regionalmente muy diversa en agricultura. Por ejemplo, Aragón tiene un clima mediterráneo y una altitud inferior a los 100 metros, con abundancia de agua, en el centro regado por el Ebro, un desierto al norte, montañas secas en Teruel, al sur, y montañas húmedas y frías en Huesca al norte. Castilla tiene un clima denominado “interior peninsular”, que no es mediterráneo ni continental sino mediterráneo en verano y continental en invierno, con zonas montañosas nevadas todo el invierno, con un valle del Duero de temperaturas muy extremadas, a una altitud de 600-800 metros, y un valle del Tajo que permite la vid y el olivo como el clima mediterráneo porque su altitud está entre los 400 y 600 metros. Y si tenemos en cuenta el territorio histórico del XVIII, en el que Murcia y Andalucía eran Castilla, todavía tendríamos más diversidad, pues Murcia es una huerta mediterránea, y los valles andaluces del Guadalquivir son cálidos, y los del sur de la penibética son subtropicales en una diversidad que va desde los más de 3.000 metros hasta el nivel del mar. Para completar el panorama, hay que tener en cuenta la cornisa cantábrica, húmeda, de clima atlántico y con todo tipo de altitudes desde los 2.000 hasta el nivel del mar.

Objetivamente, casi toda la meseta norte, con muy pocas excepciones por condiciones locales distintas, tiene temperaturas extremadamente frías en invierno y sequedad absoluta de verano a cerca de 40º centígrados, y no debería cultivarse, pues no hay ciclo vegetativo por debajo de los 6º centígrados, ni en condiciones de aridez extrema. Se había encontrado la manera de cultivar, pero en condiciones precarias, muy poco rendimiento, y dependiendo de las condiciones naturales de cada año (sequías de otoño o primavera, heladas extemporáneas en primavera que arruinan las cosechas cada pocos años). Y gran parte de la meseta sur, la montañosa, tampoco debería cultivarse por idénticas razones. Esta sería la tendencia natural.

En el XVIII, la mano de obra escaseaba en estas zonas malas, porque con rendimientos muy escasos no se podía arrendar ni cultivar con asalariados, pues no había márgenes económicos suficientes. Los excesos demográficos estaban condenados a emigrar. Los lugares de emigración eran la periferia peninsular, las escasas zonas de regadío interiores, las ciudades en general y América, aunque estos dos últimos destinos eran menos frecuentes.

El conjunto del panorama agrícola español se podía considerar en ruinas en el siglo XVIII, pues había muchas áreas despobladas, no funcionaba bien el mercado interior, estaban en pésimo estado las comunicaciones, había mucho retraso técnico agrícola, faltaban capitales, escaseaban los animales de tracción, había mala distribución de la propiedad y los rendimientos del trigo eran bajísimos, de apenas un 3 por 1 (Como referencia para valorar esta cifra, en 1956, según mis observaciones personales, eran de 6 por 1 y en 1990 eran de 11 por 1).

El problema mayor de la agricultura española del XVIII era el hecho de cumplirse un principio económico, contrario al liberalismo pero siempre presente en el pensamiento económico, de que todo mal al que no se pone remedio tiende a agravarse. En efecto, la distribución feudalizante de la propiedad, que había tenido sentido en la Edad Media, y había dejado de tenerlo a partir de la aparición del Estado, venía empeorando cada vez que los nobles y clérigos obtenían un nuevo beneficio en pago de sus favores al rey, o se permitían un abuso sabiendo que gozaban de impunidad.

 

 

Coyuntura económica agrícola.

 

Los precios europeos estuvieron al alza en 1735-1785 y ello permitía extensión de cultivos para aquellos señores que estaban en condiciones de exportar, y para los que estaban dispuestos a entregar sus productos a estos exportadores. La extensión de cultivos significó alza demográfica. Se hizo en tierras marginales, pues las de mejor calidad estaban ocupadas con antelación, y los rendimientos fueron decrecientes a lo largo del siglo, lo que significaba un problema social, y político, que debía estallar a su tiempo.

Los grandes beneficiarios del alza de precios eran los perceptores de rentas y diezmos, nobleza, Iglesia y burguesía rural. En el siglo XVIII, con estas expectativas de beneficio, la burguesía compró tierras como refugio seguro a sus ganancias, y, eventualmente, para ennoblecerse. Eso daba una tendencia a la amortización, reforzada por la codicia de la Iglesia siempre hambrienta de nuevas posesiones.

 

 

Producción agrícola.

 

La producción agrícola principal del siglo XVIII español eran los cereales, cuya cosecha significaba el 67,4% de la producción agrícola española, e incluso el 90% de la producción de Castilla la Vieja. Se cultivaban en régimen de monocultivo, y lo más destacable del sistema de producción era la inseguridad climática, el uso del barbecho y la no aplicación de abonos, salvo los tradicionales. Las grandes novedades eran la patata, el maíz y el arroz, en los términos que explicaremos a continuación.

En la agricultura dominaba el monocultivo, cosechándose unos 12 millones de fanegas de trigo y 1,5 millones de fanegas de cebada. La fanega de grano tenía poco más de 55 litros, siendo de distinta capacidad para cada región. Ello venía a traducirse a unos 42 Kg. por fanega de trigo, según la dureza del mismo y el grado de sazón, y poco más de 30 Kg. por fanega de cebada, que es menos pesada. Los campesinos lo envasaban en sacos costales de fanega y media de capacidad, que se cargaban y descargaban a hombros. Para una población de 10,5 millones de personas, ello significaba poco más de 50 Kg. de trigo por persona y año ó 150 gramos diarios. Esa cantidad es claramente insuficiente para una población que consume el pan como componente fundamental de su alimentación: sopas de ajo, pan con vino, pan con aceite, pan con tocino, gachas-migas, gazpacho o, los más afortunados, embutidos y sopas de leche. Una cantidad razonable para una buena alimentación la podríamos aventurar en unos 250 gramos diarios por persona.

La producción de trigo y leguminosas aumentó en el XVIII por roturaciones nuevas de tierras, pero se mantuvieron los bajos rendimientos debidos a las técnicas pobres y anticuadas utilizadas. Las tierras de la Iglesia, 26% de las tierras cultivadas, no tenían un controlador directo siempre, y entonces bajaban en rendimiento, pero los curas y frailes solían ser buenos fiscalizadores y no eran las peores tierras. Los señoríos laicos y tierra libre, el 73% de la tierra, tenía malos rendimientos en casos de absentismo y latifundismo que llevaba a subarriendos. Los comunes y concejiles eran en general bosques y pastos y no incrementaban la producción triguera y de leguminosas. Los pequeños propietarios tenían problemas de capitalización, debido a sus condiciones de sometimiento a los señoríos religiosos o laicos y no podían introducir avances tecnológicos.

La producción final agraria aumentó a lo largo del XVIII, pero la población aumento en cantidades similares, lo cual quiere decir que la renta por habitante incluso disminuyó. La producción creció sobre todo por puesta en cultivo de tierras de peor calidad, lo que empeoró las condiciones de vida de muchos agricultores que necesitaban más trabajo para obtener peores rendimientos.

Los precios de los productos agrarios aumentaron a partir de mediados de siglo, lo cual es mala señal, pues estaban bajando en el resto de Europa Occidental. Significa que la tecnología agrícola no había aumentado lo suficiente y los crecimientos por simple aumento de superficie cultivada generaban problemas en la sociedad. En efecto, Castilla, valle del Ebro y baja Andalucía mantenían los viejos sistemas de cultivo con baja productividad: barbechos, predominio del cereal, ganadería, rendimientos de 4 por 1…

Sabemos algo de la producción agrícola a través de la captación de diezmos que hacía la Iglesia. Gracias a ellos, entendemos que la producción creció en 1700-1760, se mantuvo hasta 1789, y cayó mucho a partir de esa fecha y más en 1800-1805, con ligera recuperación a partir de esta última fecha. Al mismo tiempo, deducimos que, en zonas de secano, se estaba produciendo un proceso de sustitución del cultivo del trigo por cereales inferiores, y en zonas de regadío, por maíz, patata, arroz, leguminosas, verduras, y en zonas cálidas del sur, por vid, aceite, frutos secos, y frutales. El vino de la Rioja se hizo más barato y desplazó a otros vinos castellanos.

El trigo se cultivaba en todas partes, pero la mayor producción se obtenía en Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Valle del Ebro y Valle del Guadalquivir. La producción era insuficiente para el consumo nacional, dado el enorme consumo de pan que hacían las familias españolas, y se tenía que importar. Las importaciones significaban alteraciones importantes en los mercados, pues en los años de buena cosecha las regiones marítimas no productoras (casi todas ellas separadas del interior por cordilleras importantes) tenían problemas para abastecerse si daban prohibiciones a la importación, mientras en los años de mala cosecha, con importaciones del exterior, tenían trigo más barato. Hay que resaltar las malas cosechas de 1789, 1804 y 1805.

La cebada se cultivaba en una cantidad aproximada a la mitad del trigo, y era el alimento de los caballos y mulos. Los principales productores eran Toledo, Aragón y Burgos.

El centeno era el cereal menos cultivado, un 20% menos que la cebada, y se hacía en tierras peores, sueltas, pero el cereal era muy barato y se utilizaba para consumo animal y humano de gentes muy pobres. El pan de centeno era un pan negro y duro, habitual de los más pobres. Los principales productores eran Soria, Toledo y Galicia.

El maíz vino de América en el siglo XVII, pero no se empezó a cultivar masivamente en España hasta el XVIII. Es un cereal tropical, que necesita mucha agua en su temporada de crecimiento y mucho sol y sequedad en su temporada de granificación. Se cultivaba en la cornisa cantábrica secándolo en los bajos de las casas y los hórreos, y los regadíos de Valencia y Granada, que tienen un verano muy seco. El principal productor era Galicia.

El arroz fue un cultivo que se extendió por Levante en la segunda mitad del XVIII, triplicándose en 30 años la superficie dedicada a este cereal. La causa fue el acondicionamiento de la Albufera de Valencia para este cultivo en tiempos de Carlos III, siendo éste el origen de la mayor parte de la producción española. El rendimiento era muy alto, de 10 arrobas por fanega.

Las legumbres cultivadas en España eran los garbanzos, habas y judías. Los garbanzos eran con mucho los más cultivados y los grandes productores eran Jaén y Granada, pero también había grandes cosechas en Toledo, Guadalajara, Salamanca, Segovia, Madrid, Toro y Ávila. Las habas se producían tanto en regadío como en secano y se cultivaban muchas en Jaén, Sevilla, Extremadura, Granada y Asturias. Las judías se producían en regadío y zonas húmedas, destacando en el primero Aragón y Cataluña, y en las segundas Asturias y Galicia.

La patata era el tubérculo propio y característico de segunda mitad del XVIII. Había llegado a España en el XVI, pero como artículo ornamental, y más tarde se utilizó para el ganado. Fue en el XVIII cuando la crisis de subsistencias la convirtió en alimento humano. A principios del XIX, Napoleón la divulgó como principal alimento de sus soldados, y ya se generalizó en toda Europa.

El olivo era un cultivo muy extendido, sobre todo en Andalucía, y en superficie menos extensa, en el Valle del Ebro y Extremadura.

La vid se encontraba por todas partes, pues era un cultivo muy difundido en la Edad Media. En el siglo XVIII se intensificó su cultivo en el área del Mediterráneo español (Cataluña, Aragón y Valencia), pero se cultivaba ampliamente en Navarra, La Rioja, Galicia, Valle del Duero y Andalucía.

El cáñamo tenía una producción que no abastecía la demanda nacional, y se importaba en grandes cantidades, por lo que, en el XVIII, Galicia y Asturias se unieron a la producción que venían haciendo Valencia, Aragón, Cataluña, Granada. Se importaba de Italia, Rusia y Francia.

El lino era un producto casi siempre de importación, aunque lo producían Galicia, León Y Granada, pero Galicia era el gran importador para poder producir sus lienzos.

La barrilla, o “salsola ibérica”, se utilizaba para obtener carbonato sódico con sus cenizas y se cultivaba en terrenos salitrosos y arenosos de Murcia, Valencia, Toledo y Granada. Es un matorral espinoso, que muchos países consideran como maleza dañina. Se exportaba en gran cantidad a Europa.

La rubia o granza, “rubia peregrina” o “rubia tinctorum”, es una trepadora que alcanza el metro y medio de altura, es un producto cuya raíz es rosada, y una vez pelada presenta un anaranjado fuerte, sirve de colorante en tintorería, y su cultivo se incrementó a partir de 1740 en Valladolid, Burgos, Segovia y Sevilla.

El chocolate se empezó a importar masivamente en España desde que en 1728 se estableciera en San Sebastián la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Era un producto originario del sur de América Central, en tierras bajas tropicales, que se obtenía del cacao. El cacao es un árbol que se explota desde el quinto año de plantación y vive unos 30 años, lo cual significa una producción poco elástica. Sus frutos se deterioran con facilidad, por lo que deben ser consumidos en poco tiempo. Se consumía mucho en América Central y pronto se llevó a Perú para explotarle, de modo que se comercializaba tanto desde Acapulco como desde Guayaquil y el Caribe. La buena salida del producto llevó a plantarlo en grandes cantidades en Venezuela, que lo vendía en Veracruz (México), y entonces fue cuando se generalizó su consumo en España peninsular. Junto al tabaco, añil, azúcar y pieles, era el producto de más exportación americana, los cuales se deben tener en cuenta para explicar muchos fenómenos históricos como la fundación de la Compañía Gaditana de Negros, para comprar negros en Fernando Poo, Annobón y Corisco y llevar esclavos a Venezuela, y como los deseos de independencia venezolana una vez que el mercado se había expandido por Europa y los venezolanos no querían intermediarios peninsulares que se llevaran la ganancia de esa mercancía.

 

 

La ganadería española del XVIII.

 

El ganado es una alternativa a la agricultura en terrenos malos, y un complemento a la misma en terrenos mejores, donde aporta estiércol y su orín actúa como repelente de gusanos (aunque en grandes cantidades es nocivo). Se utiliza por su carne, leche, lana y pelo, cueros y cornamentas. En el XVIII, la ganadería se fue desplazando hacia zonas cada vez más bajas en altitud, con mejor clima y mejores pastos, y el vacuno y porcino crecieron respecto al caprino y ovino. El número de ovejas sufriría un retroceso porque soportaba mal la crisis de la caída de precios, aunque hubiera años buenos, porque la producción no es regulable a gusto del empresario en el corto plazo.

La ganadería lanar del XVIII había decaído respecto al siglo XVI, pero todavía tenía un gran peso en la economía española y, además, estaba interrelacionada con la agricultura, la industria y el comercio.

En la primera mitad del XVIII, la cabaña ganadera creció a medida que se despoblaban algunas comarcas y se abandonaba la agricultura, bajando los precios de los alquileres de pastos. Como la población crecía, la demanda de lana y cuero era alta.

Jerónimo de Uztáriz en Teoría y práctica del comercio y de marina, Madrid 1724, calculaba que habría en España 4 millones de cabezas de ovino trashumante y una cifra mayor todavía de ovino estante. La cifra no estaba muy desencaminada, pues el recuento de 1746 para el tributo de “servicio y montazgo” calculaba 3.294.136 cabezas de ovino controladas por la Mesta.

 

 

La ganadería ambulante.

 

La Mesta era un organismo poderoso, pues aún seguían en pie las cuatro cañadas reales: la leonesa (León-Extremadura), la segoviana (Segovia-La Mancha), la soriana (Tierra de Cameros-Sigüenza-El Escorial-valle del Alcudia- Campo de Calatrava), y la conquense (Cuenca-sur de Castilla la Nueva). También seguían en vigor los cordeles, veredas y coladas de la Mesta y los grandes prados alquilados en ellas para descansar en las noches.

La Mesta la componían unos 40.000 propietarios de ganado, muchos de ellos pobres, con una media de 62 cabezas por propietario, entre los que destacaban unos 70 propietarios que poseían más de 800.000 cabezas ellos solos. Los mayores propietarios eran el duque de Béjar, el duque de Alcudia, el monasterio de El Escorial y el monasterio de Guadalupe.

Por supuesto, la Mesta era controlada por los setenta grandes, que eran los que negociaban sus privilegios con el Estado y los pastos con los ayuntamientos. Estos setenta grandes se autoadjudicaban los mejores pastos para su propio uso, y se adjudicaban más pastos que los que necesitaban a fin de poder arrendar pastos a los pequeños propietarios. También eran los setenta los que controlaban el precio de la lana, lo que significaba un nuevo negocio para ellos, pues solían comprarla barata por adelantado a los pequeños ganaderos que necesitaban dinero, y venderla cara cuando llegaban las ferias en época de esquileo.

En 1726, Felipe V había ampliado los privilegios de la Mesta a territorio aragonés, donde residían muchos propietarios de ganado castellano, y en 1749, Fernando VI anuló los permisos concedidos para roturar baldíos. Incluso en 1753 la Mesta seguía ganando terreno cuando Fernando VI renovó a perpetuidad los derechos de posesión de la Mesta sobre caminos y pastos, lo cual significaba bajas rentas pagadas en todos los terrenos que alguna vez hubieran sido de pastos.

1753 fue la última fecha de expansión y auge de la Mesta. Pocos años después empezó el retroceso de su poder. El año de inflexión en el negocio de la Mesta podemos situarlo en 1758. Es igual qué año escojamos, lo importante es que a mediados del XVIII cambió el ciclo económico ganadero.

En 1758, Fernando VI sustituyó el impuesto de “servicio y montazgo” que pagaba la Mesta por un incremento sobre los derechos de exportación de la lana. Este negocio les parecía en principio muy ventajoso a los ganaderos, que se veían libres de un impuesto. Pero, con ello, la Mesta perdió, pues pagaba más en conjunto, y Hacienda ganó.

El montazgo era originariamente el pago que se hacía a los concejos por la utilización de sus montes de pastos, y el servicio era el pago que se hacía al rey por la utilización de sus realengos y por el negocio en general, pero desde el siglo XIII ambos conceptos se habían unificado en un solo impuesto de “servicio y montazgo”. Se pagaba en un número de cabezas por millar, previamente acordado, y unas rentas en dinero. Una vez que la Mesta dejó de cotizar a Hacienda, perdió el derecho a protestar, a quejarse en años malos, a obtener beneficios y exenciones extraordinarias en año de crisis. Y el Estado perdió interés en la Mesta.

Carlos III hizo una política contraria a los intereses de la Mesta. En 1764, Vicente Paíno denunció los excesos de la Mesta y culpabilizó a ésta de muchos despoblamientos habidos y de mucha miseria causada. La Mesta contestó. El Consejo de Castilla encargó entonces a Campomanes y a Moñino un informe sobre el tema, y éstos defendieron a los agricultores. En 1779, Campomanes fue nombrado Presidente del Honrado Concejo de la Mesta, lo que significaba poner a la cabeza del organismo ganadero a uno de sus principales enemigos. Y la política de Campomanes pronto se tradujo en decretos prohibiendo la entrada del ganado en viñas y olivares incluso después de la vendimia o recogida de la aceituna.

Nuevas fechas contrarias a los intereses de la Mesta fueron 1779, cuando Campomanes permitió cercar viñas y olivares; 1785, cuando se abolió el derecho de posesión de zonas de pastos, lo que obligaba a arrendarlos esas zonas; 1788, cuando se dio autorización a los agricultores para cercar sus fincas, cualquier propiedad rústica; 1795, cuando se anuló el Tribunal de la Mesta, que juzgaba los litigios entre agricultores y ganaderos, pasando las causas a la justicia ordinaria.

Para 1796, cuando se suprimió el “alcalde entregador” (juez en asuntos de ganados y pastos, individuo que defendía los intereses de la Mesta), el proceso de pérdida de derechos estaba en su fase final. Las roturaciones iban creciendo y los pastos municipales disminuyendo. La abolición de la Mesta en 1836, será ya un acontecimiento poco catastrófico, aunque todo un símbolo, pues la institución había durado 563 años, desde que la fundara Alfonso X en 1273.

Desde mediados del XVIII, aparecieron conflictos entre agricultores y Mesta, primero porque los agricultores querían subir el precio de los pastos, segundo porque querían roturar los prados, lo cual impedía el paso de ganados.

Jovellanos, en el Informe sobre la Ley Agraria de 1794 hizo una crítica destructiva de la Mesta afirmando que sus privilegios eran de dudoso origen, el uso de ellos era abusivo en la observancia, perniciosos en su objeto y contrarios al derecho de propiedad. La trashumancia era para Jovellanos una costumbre bárbara y anticuada.

Tras el Informe de Jovellanos, la Mesta entró en caída libre: en Cádiz, 1812, se reconoció el derecho de los pueblos a roturar comunales; en 1813, se reconoció el derecho de los particulares a cercar heredades.

La Mesta tuvo un respiro en 1814, pues Fernando VII restableció casi todo lo que los de Cádiz habían abolido, pero eso duró lo mismo que el reinado de Fernando VII: en 16 de febrero de 1835 se suprimieron los juzgados y tribunales de la Mesta, y en 1836 se declaró extinguido el Honrado Concejo de la Mesta, siendo sustituido por la Asociación General de Ganaderos del Reino.

Pero las causas de la crisis de la Mesta no hemos de verla en estos acontecimientos que son sólo consecuencias de problemas más profundos, sino que hemos de buscarla en los errores cometidos por ella misma: los pequeños propietarios obtenían pocas ganancias y habían descuidado la selección de razas y calidad de la lana; la comercialización de la lana no era satisfactoria para los pequeños propietarios. Estos errores condujeron a que la calidad de la lana inglesa y francesa fuera superior y los precios en España tendieran a la baja. A todo ello, hay que añadir que la simpatía por la Mesta, o aceptación popular, iba a menos y más bien la ganadería ambulante se veía como un problema que como un recurso económico.

 

 

La ganadería estante.

 

Consideramos ganadería estante en este capítulo a la que no salía del pueblo en que se explotaba, aunque no estuviera estabulada. Este tipo de ganadería estaba ligada a la producción agrícola y organizada en vacadas (vacas), yeguadas (caballos), rebaños (vacas, caballos, burros y ovejas) y manadas o piaras (cerdos). Los ganaderos de cada pueblo tenían derecho a pastar los bosques y dehesas comunales, las rastrojeras y los barbechos. Los agricultores agradecían la estancia corta de rebaños en sus barbechos, porque ello abonaba el campo (la larga estancia perjudicaba por los orines y el destrozo que hacían los animales).

Gracias a la actividad ganadera, los pueblos tenían abastecimiento de carne, leche, queso y lana, y además contaban con jornaleros en las épocas de acumulación del trabajo agrícola, principalmente la siega, recogida de aceituna, vendimia, pues los pastores podían dejar el rebaño en un aprisco y trabajar unos días la tierra.

En censo de 1799 daba una cabaña ganadera de 17 millones de cabezas:

11,7 de ovino

2,5 de cabras

1,2 de porcino

1,0 de vacuno

0,2 de mulas

0,2 de asnos

0,1 de caballos

 

El ganado lanar predominaba en el interior peninsular, y Navarra y Valencia.

El ganado caprino estaba distribuido por todas partes, pero tenían gran fama las cabras de Granada por su carne y su leche.

El ganado porcino estaba en todas partes, pero más en el interior.

El ganado vacuno predominaba en la Cornisa Cantábrica y en el oeste de España (Salamanca y Extremadura y oeste de Andalucía).

Los asnos abundaban en Andalucía Occidental, Extremadura y La Mancha.

 

En 1799 se producían dos millones de arrobas de lana (23.500 toneladas), de las cuales el 40% eran de lana fina de calidad.

En 1797 se producían 1.319.320 libras de seda (675 toneladas) principalmente en Valencia, Granada y un poco menos en Murcia.

La producción ganadera se completaba con la apicultura, que proporcionaba miel y cera en casi todas partes de España.

 

 

Silvicultura.

 

El monte produciría leña, madera, resinas, frutos silvestres, hierbas para aguardientes, setas, caza y pastos. Pero en el siglo XVIII empezó a retroceder la masa forestal por excesivo consumo de madera para fuego y construcción de barcos y casas. No tanto como en el XIX, cuando se roturaría masivamente a raíz de las desamortizaciones, y se rompieron equilibrios seculares del campo.

 

 

 

La pesca

 

Un campo donde sí se triunfó económicamente en el XVIII fue en la pesca. Los armadores catalanes descubrieron las posibilidades de Galicia y el Atlántico, y decidieron establecer empresas pesqueras, organizando allí una de las sedes pesqueras más importantes del mundo. El pescado se vendía en salazones, en sal o en salmuera, para largas distancias y muy poco con hielo. No existía el envasado en lata.

El siglo XVIII es una época de decadencia y cambio en el sector pesquero.

El puerto pesquero más importante de España era El Ferrol, que contaría con más de 2.000 barcos, y Cartagena, muy próxima a los 2.000 barcos, seguidos de los puertos de la zona catalana con unos 1.400 barcos de pesca. El País Vasco estaría en retroceso al perder en 1714 el derecho a la captura de bacalao y ballenas en Terranova. Además surgió un conflicto entre el País Vasco y el Estado en general, pues los vascos querían flota pesquera, y el Estado quería hombres para la marina de guerra. El auge pesquero de Galicia, viene dado por la iniciativa catalana, cuyos empresarios pesqueros instalaron conservas de salazón de sardinas. Andalucía tenía muy poco potencial pesquero. La causa de la emigración de los empresarios catalanes fue la adopción del método de pesca por arrastre en bous, técnica depredatoria que agotó los caladeros de Cataluña y Valencia, momento en el que decidieron instalarse en Galicia, lo que provocó muchos enfrentamientos con los pescadores tradicionales gallegos, que no estaban de acuerdo con las nuevas técnicas altamente depredatorias del mar.

España era un gran consumidor de pescado, sobre todo en Cuaresma, cuando la religión prohibía la ingesta de carne. En el siglo XVIII, España había perdido actividades pesqueras como la pesca de la ballena en Groenlandia y del bacalao en Terranova. La actividad se había reducido a la pesca de bajura. La causa era que no había capitalistas que mantuvieran los grandes barcos y aparejos necesarios para la pesca de altura, ni quedaba espíritu emprendedor para volver a intentarlo.

Otro problema pesquero era la falta de renovación tecnológica. La causa era que los monopolios de las cofradías pesqueras no permitían hacer innovaciones ni que vinieran extranjeros a hacerlas.

En 1737, José Patiño impuso la “matrícula de mar”, que era un acuerdo entre el Estado y las cofradías, por el que los hombres del mar, pescadores, carpinteros, calafates y obreros de los tinglados, en fin, todo hombre que supiera de barcos y de navegación, debía servir un tiempo en la Armada Española. A cambio, las cofradías recibían el monopolio de pesca, navegación e industria naval en España.

Este acuerdo de la matrícula de mar era pernicioso: en tiempos de guerra, cuando eran llamados a la Armada todos los hombres disponibles, España se quedaba sin pescadores y sin pescado.

Las medidas proteccionistas eran insuficientes para regenerar la actividad pesquera:

En 1749, Fernando VI eximió de impuestos las importaciones de cáñamo y alquitrán para los pescadores de Pontevedra, y enseguida esa exención se extendió a toda España.

En 1751 se eximió al pescado fresco en primera venta del derecho de alcabala.

En 1755 se dio permiso de importación de lino libre de impuestos y se eximió a los pescadores del impuesto de la sal.

 

El cambio y renovación pesqueros vinieron de Cataluña: Cataluña inició la pesca de arrastre con gánguiles (barcos especializados), y ese sistema, destructivo del medio marino, resultaba muy rentable al empresario pescador. Pronto Cataluña cambió al sistema de bous, dos barcos que tiraban simultáneamente de la red de arrastre. El resto de los pescadores, no propietarios de bous, protestaban por la destrucción del medio marino, y el Estado comprendió la razón de los aquejados y limitó el número de bous a utilizar en Cataluña a 16 parejas. Muchos poseedores de bous decidieron buscar nuevos caladeros y fueron investigando todo el litoral español, con los mismos efectos ecológicamente destructivos y de quejas de los pescadores tradicionales. Y pronto, los catalanes descubrieron Galicia, un sitio abundante en pesca. Si montaban industrias de salazón podían dar salida a toda esa materia prima pesquera, cuya salida por tierra era tan difícil en fresco, debido a las pésimas comunicaciones.

En 1766 los pescadores tradicionales gallegos se quejaron. En 1768 se ordenó pescar la sardina con jeito (una red tradicional), pero eso no solucionaba el verdadero problema el de la destrucción del suelo marino por los arrastres. Los empresarios catalanes de Galicia daban trabajo a mucha gente y consiguieron dominar los ámbitos de las cofradías gallegas. En 1775, los tradicionales se organizaron en un Montepío de Pescadores y consiguieron que se prohibiese la jábega y el bou, pero fue una victoria efímera, porque los catalanes tenían de su parte al pueblo al que daban trabajo, y porque ofrecieron su ayuda al Estado español en la guerra con Inglaterra de 1779-1783 (primero por apoyo a las colonias americanas y luego por Menorca y Gibraltar), a cambio de lo cual obtuvieron la legalización de sus redes y de su barcos.

En 1775 se creó la Compañía General de Pesca.

En esta segunda época, también hubo proteccionismo estatal:

En 1783 se suprimieron los arbitrios municipales al pescado fresco y a las salazones vendidas dentro de la misma provincia en que se habían fabricado.

En 1783 se perdonó a Ayamonte el impuesto sobre los vinos, vinagres y aceites para conservas.

En 1790 se permitió el libre comercio de pescado en los barcos y en las playas, sin necesidad de que estas ofertas pasasen por el mercado municipal correspondiente.

En 1790 se permitió pescar a gente que no estuviera en la matrícula de la mar, es decir que no hubiese servido en la Armada, pero tenían preferencia en las licencias los familiares de gente que tuviese la matrícula de la mar.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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