1714: LA NUEVA PLANTA EN CASTILLA,

Fase Segunda.

 

 

 

SEGUNDA FASE de las reformas,

23 de abril de 1714:

 

El 23 de abril de 1714 se sumaron nuevas reformas a las ya citadas de 10 de noviembre de 1713, las del Consejo de Guerra, la de los Tribunales de Justicia, que hasta entonces habían sido asunto del Consejo de Castilla.

 

 

         Las reformas del Consejo de Guerra.

 

El Consejo Supremo de Guerra fue regulado en 23 de abril de 1714 delimitando sus competencias, personal y organización. Quedó establecido que sus competencias eran todos los asuntos bélicos en mar y tierra, el armamento y el ejército, ordenanzas y reglamentos militares, comercio ilícito y contrabando, contravención de leyes del reino, incumplimientos de los tratados de paz. Su Presidente era el Rey, se le adjudicaban 14 Consejeros (6 militares y 6 togados), 2 abogados generales y 1 Secretario. El Consejo Supremo de Guerra pasó a depender del Consejo de Castilla. Se redujo el número de sus “ministros” a 16 (6 consejeros civiles, 6 consejeros militares capitanes generales o tenientes generales residentes en la Corte, 2 abogados generales, 1 fiscal y 1 secretario).

Más adelante, el 25 de agosto de 1715 se hizo una nueva reforma del Consejo Supremo de Guerra, ordenando que dos de los consejeros militares fueran obligatoriamente de la Armada, que los consejeros civiles fueran únicamente cuatro, y se suprimieron los abogados generales, y por último, se dividió el Consejo Supremo de Guerra en dos salas, una Sala de Gobierno integrada por los militares, y una Sala de Justicia integrada por los civiles.

En 29 de enero de 1717 se hizo una última reforma del Consejo Supremo de Guerra reduciendo aún más el número de ministros, de modo que quedó 1 militar, 4 consejeros togados y 1 fiscal, solamente.

 

 

Las reformas militares de 1714.

 

Complementariamente, en el campo de lo militar, en 1714 se creó la Capitanía General de Castilla la Nueva. Hay que saber que desde 1701 había 12 demarcaciones militares: Galicia, Guipúzcoa, Navarra, Aragón, Cataluña, Castilla la Vieja, Extremadura, Valencia, Mallorca, Andalucía, Costa de Granada y Canarias, relación en la que inmediatamente se echa de menos Castilla la Nueva y su capital, Madrid. Efectivamente, Castilla la Nueva, o Madrid, no era demarcación militar autónoma, sino que dependía directamente del Comisario General de Infantería y Caballería. El nombramiento de un nuevo Capitán General resultó polémico, y en 1715 se suprimió y fue sustituido por un Teniente Comisario. Tampoco quedaba resuelta la polémica, y la solución al tema se alargaría en el tiempo creándose en 1746 un Gobernador Militar de Madrid y su Comarca, en 1747 un Gobernador, en 1751 un Comandante General de Castilla la Nueva, en 1766 un Gobierno Militar de Madrid, que poco después fue Capitanía General como en 1714, en 1777 Comandante General de Madrid y su Distrito, y en 1795 vuelta a la Capitanía General de Castilla la Nueva, otra vez como en 1714.

Tanto el Capitán General, como el Comandante General tenían autoridad sobre las tropas residentes y transeúntes, y sobre el Estado Mayor de su plaza, integrado por el Gobernador (él mismo), tenientes del rey, sargentos mayores residentes en la plaza y capitanes de llaves. No hubo Cuerpo de Estado Mayor del Ejército hasta 1810.

Los cargos militares denominados “Generales” tenían autoridad sobre cualquier arma o cuerpo militar y formaban el “Estado Mayor General del Ejército”, integrado por los Capitanes Generales, Tenientes Generales, Mariscales de Campo, y Brigadieres en tiempos de guerra. El Estado Mayor General no tiene nada que ver con el Cuerpo de Estado Mayor creado en 1810 y que dirige la estrategia del ejército hasta nuestros días. En cada arma o cuerpo particular, tenían autoridad los Brigadieres en tiempos de paz, los coroneles, capitanes, tenientes y alféreces.

 

 

Reforma de los tribunales de justicia.

 

Las Chancillerías eran dos, Valladolid y Granada. En el XVI y XVII eran presididas por un eclesiástico, pero en el XVIII se decidió que el presidente fuera elegido de entre los altos cargos de la magistratura (Audiencias, y Alcaldes de Casa y Corte). Eran el paso anterior al salto al Consejo de Castilla. Estaban dotadas de 16 jueces civiles, divididos en cuatro Salas, 4 alcaldes del crimen, 2 fiscales, y alcaldes de hijosdalgos (hasta que en 1771 estos alcaldes pasaron a ser alcaldes del crimen). Valladolid tenía además 19 Escribanos de Cámara, Escribanos del Crimen, Escribanos de Provincia, escribanos de hijosdalgos, 17 relatores, 30 Procuradores, 20 Agentes de Pleitos, 57 Receptores, 12 Porteros, y un Juez Mayor de Vizcaya para juzgar las apelaciones desde territorios vascos. Granada tenía un número similar de empleados, pero no tenía jueces de apelación desde territorios forales. El espacio de jurisdicción entre ambas Chancillerías estaba separado por el río Tajo.

Las Audiencias del siglo XVI eran Galicia, Sevilla y Canarias. En el siglo XVIII se añadirían Asturias, Extremadura, Barcelona, Zaragoza y Valencia. Las ciudades con Chancillería, acudían para sus reclamaciones judiciales a Chancillería, que hacía funciones de Audiencia en ese caso.

La Audiencia de Galicia era el tribunal más antiguo, después del de Valladolid, ambos creados por los Reyes Católicos. Felipe II había puesto a su frente a un capitán general (en el XVIII fueron Risbourg, 1706-1722; Caylus, 1722-1737; e Ytre, 1737-1756). En 1766, el regente pasó a ser civil. Los alcaldes mayores juzgaban causas civiles y militares, indistintamente, aunque el cargo de alcalde mayor era de entrada en la Audiencia, propio de jóvenes. Se caracterizaba por no sacar casos a otras Audiencias, ni recibir casos de forasteros. Galicia era muy cerrada en sí misma.

La Audiencia de Sevilla había sido fundada por Carlos V en el XVI y en ella, los magistrado de lo civil eran denominados “Jueces de Grados”, y los magistrados de lo criminal eran denominados “Alcaldes de Cuadra”. Era gestionada por un Regente, 8 Oidores, 4 Alcaldes del Crimen, y 1 Fiscal. En el XVII tenía fama de corrupta. Tenía jurisdicción sobre el territorio de Sevilla y el de Carmona, pero en 1790 amplió esa jurisdicción ganando Córdoba a costa de la Chancillería de Granada.

La Audiencia de Canarias estaba presidida por el Capitán General, tenía muy pocos jueces, y estaba subordinada a la d

de Sevilla.

La Audiencia de Asturias fue creada en 1717, en la Nueva Planta de Castilla. Antes de esa fecha, los juicios se celebraban en el Corregimiento de Oviedo, y en 1717 pasaron a la Audiencia. Tenía 1 Regente, 4 Oidores, 1 Fiscal, 2 Relatores, 2 Escribanos, y varios subalternos más. Tenía un contencioso con el gobierno de Madrid, porque la política general era que los jueces no fueran naturales del país en el que trabajaban, y los asturianos querían paisanos que conocieran sus usos y costumbres. Como no había Capitán General ni Intendente, el regente de la Audiencia era el Comandante militar del Principado. En 1805 se crearía la Comandancia Militar del Norte, y el cambio militar arrastró también al del tribunal de la Audiencia, de modo que Santander dejó de pertenecer a la Chancillería de Valladolid, para depender de la Audiencia de Asturias.

La Audiencia de Extremadura fue creada en 1790. El antecedente principal de la formación de esta región fue la creación de la Intendencia de Extremadura en 1711, primero en Mérida, y más tarde en Badajoz, siguiendo siempre al comandante militar de la zona. Tenía un tribunal adyacente en Cáceres.

Los magistrados. Para ser magistrado de una Chancillería o de una Audiencia, se necesitaba tener conocimientos jurídicos acreditados en alguna Universidad, haber cumplido las obligaciones propias de los cargos anteriores, poseer fuerza de carácter, gozar de buen trato social y porte exterior, y haber observado una conducta correcta, y que la Cámara de Castilla, tras estudiar estas circunstancias, eligiera al candidato. La mayoría de los magistrados eran colegiales, que habían pasado a una cátedra en la Universidad, y eran elegidos para una Audiencia de segunda, pasaban después a una Audiencia de superior categoría, ascendían a regentes de algún tribunal, y de allí pasaban a ser miembros de algún Consejo, desde donde podían llegar a consejeros del consejo de Castilla, y por último a Presidentes del Consejo de Castilla, que era el cargo más alto del cursus honorum. Como al ser elegido para un tribunal se prefería a gente venida de fuera de la región en que éste tuviera jurisdicción, los ascensos significaban movilidad geográfica.

 

 

La oposición a las reformas.

 

El Pedimento de los 55 Puntos, documento secreto para uso interno del Gobierno, escrito por Macanaz en 1713 para concretar los privilegios de los que debería prescindir la Iglesia, enseguida fue filtrado a Roma por los “buenos católicos”, que a su vez recibieron instrucciones de Roma generándose un primer núcleo de oposición a las reformas (la Inquisición abrió expediente a Macanaz en 1716 y entonces se confiscaron sus bienes y huyó a Pau (Francia) en donde, precisamente, le hospedaron unos jesuitas, pues Macanaz era muy católico).

Los Presidentes del Consejo de Castilla se pusieron en huelga, ausentándose de sus obligaciones por enfermedad y otras causas. Recordemos que en 1713 habían sido nombrados cinco Presidentes simultáneos: Francisco Rodríguez de Mendarozqueta, Juan Antonio Torres Castejón, Juan Ramírez de Baquedano, García Pérez de Aracil, y Miguel Francisco Guerra. Juan Antonio Torres Castejón sería cesado en 24 de abril de 1714 y sustituido en mayo por Francisco de Aranda Quintanilla. La crisis fue a más en la segunda mitad de 1714, y en diciembre dimitieron Francisco Rodríguez de Mendarozqueta, Juan Ramírez de Baquedano marqués de Andía, y García Pérez de Aracil, que fueron sustituidos por Francisco Portell, Sebastián García Romero, y Manuel Antonio Acevedo. La crisis no se limitó a los Presidentes, sino que se mostraron en rebeldía consejeros, escribanos y subalternos, hasta 23 personas. El consejero Luis Curiel, no se limitó a declararse enfermo, sino que en marzo de 1714 declaró que todos estaban actuando contra Macanaz, porque Macanaz era un hereje. Los “enfermos” fueron cesados en su momento por diversas causas, pero en realidad por oposición a Macanaz.

El Consejo de Castilla[1]quedó tocado tras este periodo de enfrentamiento a los líderes del Gobierno. Siguió funcionando largo tiempo, pero ya nunca tuvo la posibilidad de convertirse en el Gobierno de España, como había sido hasta principios del siglo XVIII.

Macanaz contraatacó en 1714, no sólo cesando personajes del Consejo de Castilla, sino decretando en noviembre de 1714 una reforma del Tribunal de la Inquisición, pues opinaba que el movimiento contra el Gobierno del Estado provenía de sectores conservadores de la Iglesia Católica dirigidos por Giudice.

El equipo Macanaz – Orry también caería en 9 de junio de 1715 como fruto de este enfrentamiento.

 

 

Reformas impositivas en Valencia y Aragón.

 

En 1713, Macanaz propuso una reforma impositiva para Valencia. Valencia recibió la asignación de un cupo o cantidad global de impuestos que debía pagar y que se llamó “El Equivalente” y se estableció, en marzo de 1715, en 15,9 millones de reales de vellón, cantidad que pareció excesiva y fue rebajada, en 1718, a 7,76 millones. Los ingresos debían ser recaudados por los intendentes, que hicieron padrones de vecinos y censos de riquezas para cobrarlos proporcionalmente a sus rentas y haberes. Para quitar dureza al impuesto personal, a partir de 1728 se establecieron otros impuestos que disminuyeran la presión del equivalente a repartir entre los vecinos. Se redujeron las tasas en puertos secos, a fin de que Valencia tuviera grano al precio de Castilla lo que significó una bajada de las tasas: una tasa del 8% a las mercancías que entraban en Valencia, 7% a los ultramarinos, 1,5 reales por libra de seda, tasas sobre utensilios, paja, sal, aguardiente, licores… y un subsidio extraordinario de guerra. El Equivalente fue derogado en 1813-1814, 1817-1823 y definitivamente en 1845. La cuarta parte del impuesto se recaudaba en Valencia ciudad, mediante el derecho de puertas que cobraba el 8% de las mercancías que entraban a la ciudad.

 

En 1714 se puso en marcha en Aragón, la Contribución Única, o sistema destinado a sustituir los muchos impuestos anteriores por unos pocos, entre los que predominaba uno sólo, que fue llamado Contribución Única, similar al Equivalente valenciano. También en esta época se tendió a unificar la moneda con Castilla, como se había hecho en Valencia desde 1708.

La Real Contribución Única de Aragón se impuso efectivamente en 1718 exigiéndoles una cantidad global de 5 millones de reales que ellos se tenían que repartir. La cantidad fue bastaste estable, pues en 1766 había aumentado sólo a 6,2 millones de reales, y en esta ocasión el aumento se hizo con la excusa de financiar el Canal Imperial y una compañía de miqueletes.

 

La Talla se impuso en Mallorca con una contribución fija de 480.000 reales a repartir entre los vecinos según las posibilidades de cada uno, una cantidad bastante baja que subió a lo largo del siglo XVIII hasta los 2,3 millones de reales, pero que sin embargo seguía sin igualar la presión fiscal que sufrían los castellanos.

 

En 1714 se suprimieron las aduanas interiores entre Castilla y Aragón, Valencia y Cataluña, lo que suponía que todos estos territorios quedaban sujetos a las Rentas Generales, o tributos por importación y exportación, pero no en aduanas interiores. Quedaban exentos de tributos los territorios de fuera de la red de aduanas como el País Vasco, Navarra, Cantabria, Galicia. En 1717, todas las aduanas pasaron a puertos de mar y fronteras de Francia y Portugal, pero eso significaba que el País Vasco entraba dentro del territorio sometido al impuesto general, y protestaron, de modo que en 1722 las aduanas vascas volvieron a las montañas donde siempre habían estado (los vascos pagaban al exportar a Castilla, pero no al importar y exportar al extranjero). En 1726, los cántabros protestaron la diferencia vasca, y obtuvieron algunas compensaciones o rebajas del impuesto. El 1 de diciembre de 1739, todas estas rentas pasaron a depender de Hacienda directamente.

 

 

El terrible 1714 en España.

 

1714 fue un año difícil para España por la conjunción de varios acontecimientos como la ofensiva borbónica sobre Cataluña, culminada con el bombardeo de Barcelona, la expulsión de España de la Ursinos con un estilo lamentable hacia una persona que había luchado mucho a favor de España, el inicio de una crisis de hacienda que no se solucionaría con la intervención de Orry, y la muerte de la reina María Luisa Gabriela de Saboya seguida de la locura del rey.

 

 

    La rendición de Barcelona.

 

En enero de 1714 empezó el gobierno del Intendente José Patiño sobre Cataluña con un impuesto extraordinario sobre los catalanes. Ello provocó un alzamiento popular, que fue duramente reprimido, lo que proporcionó algunos soldados a los rebeldes catalanes de las guerrillas rurales. Patiño se hizo cargo de los ingresos de la Generalitat, que fue suprimida, y que se basaban en aranceles de aduanas y de circulación de mercancías. También se hizo cargo del Patrimonio Real, y de los ingresos de la ciudad de Barcelona, y en septiembre de 1714, confiscó los bienes de los austracistas y planificó la elaboración de un catastro, que sería un nuevo impuesto cobrado a partir de 1716, proporcional a la riqueza real de cada población. Patiño organizó una Junta Patrimonial, una Escribanía Mayor, una Contaduría, y una red de subdelegados del Intendente en todo Cataluña, que le sirvió para organizar un nuevo sistema fiscal, y se mostró bastante independiente del Gobierno de Madrid, aunque en teoría estaba sometido a la autoridad del Capitán General. La clave era que Patiño era eficaz y abastecía bien al ejército, lo cual le venía bien al Capitán General.

Barcelona resistía el asedio gracias a que Valencia y Mallorca le enviaban alimentos por mar de forma regular, e incluso algunos soldados entraban de vez en cuando en Barcelona a reforzar sus defensas.

El 6 de marzo de 1714, Carlos VI de Austria firmó la Paz de Rastadt, paz entre Francia y Austria, y los más furibundos austracistas barceloneses corrieron el bulo de que los franceses se iban a retirar del cerco y todo se iba a acabar con victoria catalana. Ocurrió todo lo contrario: El 8 de marzo de 1714 empezó el bombardeo de Barcelona, último episodio de la guerra. Eran seis morteros que el duque de Popoli destinaba a amedrentar, pero que hacían poco daño.

Al contrario de lo pronosticado por los defensores de Barcelona, Orry se presentó en el sitio de Barcelona y exigió a Sebastián Dalmau Oller[2] la rendición. Éste le contestó que exigía el respeto a los fueros y privilegios catalanes, y Orry le dijo que no estaba en condiciones de exigir nada, y que podría comenzar un bombardeo en serio, y no de fogueo como el que estaban sufriendo los ciudadanos de Barcelona.

El 9 de mayo se reanudó el bombardeo previo al asalto final. El 17 de mayo, el duque del Popoli asaltó el convento de capuchinos e inició un bombardeo desde esa posición más próxima a Barcelona. Entonces los barceloneses volaron el Convento de Jesús para que no fuese utilizado como el de capuchinos. El único problema en el terreno de los sitiadores era quién debía llevar el mando: Luis XIV exigía el mando para el duque de Berwick, pero la Princesa de los Ursinos quería que el mando fuera para el mariscal Tessé. Fue elegido Berwick.

El 7 de julio, Berwick se incorporó al sitio de Barcelona y empezó por pedir la rendición antes de iniciar el asalto. Antonio de Villarroel se lo consultó a la Generalitat y los miembros de esta institución se pusieron a hacer discursos fatuos que hirieron la dignidad de Villarroel. Villarroel dimitió, y la Generalitat nombró Generalísima de los ejércitos de Barcelona a la Virgen de la Merced.

Y el 24 de julio de 1714 empezó el asalto a la ciudad, que no terminó hasta 13 de septiembre de 1714. El 11 de septiembre empezó el asalto final a las 4,30 horas de la mañana con una descarga de artillería de los sitiadores. Las campanas de Barcelona tocaron a rebato y los ciudadanos acudieron al barrio de la Ribera, donde creían que tendría lugar el combate. Acudió también Villarroel aunque estaba destituido y se puso a ordenar la defensa con el conde de Plasencia (magistrado de la ciudad) y Rafael Casanova Coma (abogado). El combate fue muy duro, y los sitiadores tuvieron 2.000 muertos, mientras los sitiados tuvieron unos 3.500 muertos. Una tercera parte de las casas de Barcelona quedaron arruinadas y otra tercera parte muy seriamente dañadas. A pesar de ello, cuando Berwick entró en Barcelona, las gentes estaban cada uno en su casa o en su tienda y no se mostraban hostiles a los borbónicos que entraban en la ciudad ni siquiera provocándoles a voces. Entre los catalanes había borbónicos cerrados, austracistas cerrados, y una mayoría que quería vivir tranquilos y odiaba la guerra a la que les sometían los austracistas.

En general, estaban de parte de Felipe V, los nobles propietarios de fincas pequeñas, los terratenientes y burgueses recién enriquecidos, los profesionales liberales, algunas personas conscientes del populismo utilizado por el archiduque, y los pueblos de Cervera, Berga, Centelles, Manlleu y otros. Estaban de parte del Archiduque los gremios y propietarios industriales.

El 15 de septiembre se rindió Sebastián Dalmau Oller, coronel del ejército de Barcelona, con gran disgusto de algunos gremiales que preferían continuar la guerra. Los acontecimientos bélicos importantes se pueden dar por terminados en esta fecha.

El 15 de septiembre de 1714 un decreto de Berwick erigió en Barcelona la Real Junta Superior de Justicia y Gobierno del Principado de Cataluña, cuyo Presidente y Jefe del Gobierno era el mariscal duque de Berwick, Capitán General de Cataluña. El duque de Berwick ejercía de comandante de las fuerzas en Cataluña, de Gobernador General del Principado y de Presidente de la Real Audiencia. Eran vocales de la Real Junta varios catalanes del bando borbónico.

En la práctica, el gestor de la Real Junta de Justicia y Gobierno fue José Patiño, con el título de Superintendente de Justicia, Hacienda y Policía del Principado. Este Gobierno gestionó la cosa pública hasta los Decretos de Nueva Planta de 1716.

Patiño dijo a los miembros del Consejo de Ciento y del Consejo de la Generalitat que podían marcharse a sus casas después de entregar todos sus símbolos de poder, incluidas sus ropas, y tuvieron que quitarse las ropas diferenciales que habían escogido para vestir el antiguo traje de conceller. El Consejo de Ciento fue sustituido por una Junta Provisional de 16 administradores, elegidos entre los partidarios de Felipe V, como no podía ser de otra manera. Patiño llevaba en Cataluña desde 23 de marzo de 1713 y, tras la rendición, estuvo tranquilamente estudiando las reformas a cometer, y en 16 de octubre de 1716 inició la reforma fiscal, que fue un avance de modernidad interesante.

Las medidas represoras sobre Cataluña fueron más bien simbólicas, pero fueron molestas: fundición de una campana que tocaba rebato durante el asedio de Barcelona; exposición en público, durante varios años, de la cabeza del general Moragues[3]; liquidación del viejo Consejo Municipal o Consejo de Ciento, que ya funcionaba mal y le vino bien a Barcelona el cambio; derribo de muchas casas en la Ribera, pero que estaban ya derruidas tras el ataque o que estaban muy próximas a la ciudadela que se empezó a construir (fueron unas 900 viviendas); uso obligatorio del castellano en la Audiencia; disolución de La Coronela; desarme de la población civil.

La escuadra española fue destinada a Génova. No se consideraba urgente la toma de Mallorca, cuya importancia militar era prácticamente nula, una vez abandonada la lucha por las escuadras aliadas. Mallorca sería tomada por un ejército francés del caballero D`Asfeld, con 10.000 hombres, en 15 de junio de 1715.

A fines de septiembre de 1714, Berwick se fue a Madrid y traspasó el mando militar de Cataluña a T`Serclaes de Tilly.

Las causas de la irracionalidad que llevó a la formación de un ejército de defensa de Barcelona y a la inmolación de miles de catalanes deben ser buscadas en el cultivo de una fobia a lo francés que se hizo en Cataluña desde 1640, lo que fue muy aprovechado por Austria en 1705 para inducirles a la rebelión, y el resto fue que los más exaltados se impusieron a los moderados, lo cual no es difícil en tiempos de guerra.

Con la desaparición del virrey de Cataluña, quedaban abolidos los virreyes en España, salvo el de Navarra, que permaneció hasta 1840. Quedaban también los virreyes americanos. Las funciones de los Virreyes suprimidos pasaban al Capitán General. Los Capitanes Generales residían en Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Granada, Andalucía, Canarias, Extremadura, Castilla la Vieja, Galicia y Castilla la Nueva (Madrid). En 1805 habría Capitán General en Asturias. Los Capitanes Generales eran auxiliados por un Gobernador Militar en cada Provincia de su capitanía, y por los Intendentes.

 

 

La muerte de María Luisa de Saboya.

 

El 14 de febrero de 1714 murió María Luisa de Saboya, esposa de Felipe V, a los 25 años de edad, lo cual marca el final de una época en la historia de España. Felipe tenía 31 años y no fue capaz de superarlo. La postura del rey frente a la enfermedad de su esposa fue lamentable y la de la Corte de Madrid vergonzosa: A la reina le aparecieron ganglios en el cuello y apenas se sentía en pie. Ante esa lamentable circunstancia, el rey exigió coitos y más coitos a la reina, y aunque el médico Burlet, el confesor del rey y otros miembros de Palacio le indicaron a Felipe V que se trasladase a otra habitación, o al menos a otra cama, el rey se empeñó en seguir durmiendo con la reina. Felipe V se iba a matar animales por la tarde, y se acostaba con la reina de noche. Los médicos de la Corte hicieron un papelón horripilante: mandaron rapar el pelo a la reina y colocarle todos los días pichones muertos sangrantes sobre la cabeza para que la sangre de éstos curase a la reina, lo cual ofrecía un espectáculo tétrico. La reina perdió el apetito y los médicos acordaron que había que darle leche de mujer, por lo que se ordeñaba a las nodrizas de Palacio para alimentar a la reina. Y el espectáculo perduró hasta que a la reina le subió la fiebre y tenía grandes temblores, y decidió mandar a la porra a los médicos y a los remedios prescritos por éstos. Entonces empezó el espectáculo de los curas haciendo rogativas por la salud de la reina. Por fin, se llamó al doctor Helvetius, que residía en París, y éste diagnosticó hidropesía en el pecho y una dureza en el hígado, y que la sangre de la enferma era acre, viscosa y espesa, le dio opio para el dolor y diuréticos para que orinara, pero pronosticó la muerte próxima de la reina. Efectivamente, tras la muerte de la reina se comprobó que tenía los pulmones encharcados y tres piedras que los médicos de hoy interpretan como calcificaciones tuberculosas antiguas o como núcleos cancerígenos. Gregorio Marañón dijo que probablemente la reina tenía una tuberculosis antigua con adherencias en la pleura y que los médicos colaboraron en rematarla.

Felipe V cayó en una depresión psicológica profunda que le duró el resto de su vida. Desde entonces, le calificaron de melancólico, retraído, de humor cambiante, sombrío y maniático. Las tareas de Estado le importaban poco y ello era aprovechado por los que tenía alrededor para hacer y deshacer. El día del entierro, tras despedir al cortejo que llevaba los restos de María Luisa Gabriela de Saboya a El Escorial, Felipe V se fue a matar animales, en esa ceremonia que llamaban “caza”. Al terminar, no quiso volver a Palacio sino que se fue a dormir a casa del duque de Medinaceli.

El rey decidió no ver a nadie, y sólo se comunicaba lo imprescindible para sobrevivir, con la Princesa de los Ursinos. Los españoles se disgustaron mucho porque ello significaba que el Gobierno quedaba en manos de la Ursinos. Y la Princesa de los Ursinos decidió actuar de modo autocrático, de modo que Orry pudiera hacer las reformas que creían eran necesarias para España. Orry estaba gobernando desde meses antes, pero tuvo manos libres en estos momentos. La Ursinos, en teoría, no era más que Aya del Príncipe y de los infantes, pero en la práctica manejaba el Gobierno, pues el rey sólo despachaba con ella. La Ursinos, para estar con el rey cada día, tuvo que alquilar una casa contigua al Palacio de Medinaceli, y el rey hizo un pasadizo volante en la calle para ir de una casa a la otra sin que le viera nadie. Sólo el duque de Arcos y algunos mandatarios extranjeros pudieron ver al rey.

El Consejo de Despacho, órgano del Gobierno de España, se reunía sin el rey, algunas veces en casa de Orry, lo cual no gustaba nada a los españoles. Pero la autoridad del Gobierno no decayó, y cuando el marqués de Brancas, embajador francés en España, contradijo una decisión del equipo Orsini-Orry, se pidió la destitución del embajador, y Luis XIV lo aceptó.

Aprovechó la ocasión la Princesa de los Ursinos para preparar un nuevo matrimonio del rey con alguien que le parecía conveniente para sus propósitos personales. La primera impresión era que, con ello, sobrevenía el triunfo completo de la Orsini, Bergeick y Orry, pero esta oportunidad le duraría poco a los reformistas “franceses”, porque en diciembre de 1714 llegaría Isabel de Farnesio y en adelante se hizo lo que esta mujer quiso.

La princesa de los Ursinos envió a Versalles a su sobrino el Príncipe de Chalais para pedir la opinión de Luis XIV sobre las posibles esposas de Felipe V. En Versalles estaba como embajador Giudice. Chalais cometió la indiscreción de comunicar a Giudice el objeto de su misión. Luego se lo comunicó a Luis XIV, y cuando el rey lo comentó con Giudice, éste ya estaba preparado. Entre la portuguesa, la polaca y la parmesana, Luis XIV escogió a la parmesana, y encargó a Chalais negociar la boda. Chalais fue a Parma y, el 25 de agosto de 1714, firmó el contrato matrimonial.

Inmediatamente, Giudice informó a María Ana, la esposa de Carlos II de España, enemiga de la Orsini, y María Ana envió a Parma, a hablar con los Farnesio a Tomás Goyeneche, un hombre de su Corte de Bayona, su tesorero, con la misión de hablar mal de la Ursinos. También envió a un correo a Versalles para pedir a Luis XIV que Isabel de Farnesio viajase por tierra a fin de verla ella en la frontera francesa antes que la Princesa de los Ursinos.

La princesa de los Ursinos se encontró con un intrigante mucho más hábil que ella: Giulio Alberoni[4]. Alberoni ya había estado antes en España. Había conectado con Vendôme en Parma, su tierra natal, cuando Alberoni era secretario del obispo Roncovieri y Vendôme defendía Italia al servicio de españoles y franceses. Vendôme se lo llevó a Flandes, y luego estuvo con él en Francia y en España, donde venció en Villaviciosa de Tajuña y el éxito supuso reconocimientos de muchos españoles ilustres. En España se hizo todo lo simpático que podía, regalando quesos, embutidos y vinos italianos y preparando comidas italianas para gente influyente, lo cual le permitió conocer a Giudice y a la Princesa de los Ursinos. Vendôme murió el 10 de junio de 1712, y Alberoni hubo de volver a su Parma natal.

Alberoni, enseguida percibió que la voluntad de Luis XIV era entregar Italia a Austria y así se lo comunicó al duque de Parma, lo cual le sirvió a éste para ganar fama de hombre avezado en la política y a Alberoni para convertirse en su hombre de confianza.

Respecto al matrimonio del rey Felipe V, Alberoni comprendió que la baza decisiva era la Princesa de los Ursinos, e insistió en agasajarla más de lo normal, hasta el punto de visitar dos veces por semana El Escorial, de modo que poco a poco iba dándole noticias de la existencia de Isabel Farnese, y de la docilidad y buen carácter de la niña. En junio de 1714, la Orsini estaba convencida de la conveniencia de este matrimonio, y así se lo comunicó a Luis XIV. Luis XIV lo aprobó. La Princesa de los Ursinos envió al cardenal Acquaviva a comunicárselo al Papa y, tras el visto bueno de éste, a pedir la mano de la princesa de Parma.

Alberoni no perdió el tiempo, y en febrero de 1714 propuso al duque de Parma, Francesco Farnese, el matrimonio de su sobrina Elisabetta Farnese, Isabel de Farnesio, con el rey de España.

Alberoni supo engañar a la Orsini contándole que Isabel de Farnesio, sobrina del duque de Parma, era dócil y de poca personalidad, sencilla y sin ambiciones, todo lo contrario de la realidad[5]. La Princesa de los Ursinos no tenía motivos para desconfiar de un hombre tan simpático como Alberoni, y aceptó a Isabel de Farnesio, lo cual sería el mayor error de su vida. La Orsini tenía 72-73 años y no estaba en su plenitud, pues en otro tiempo hubiera mandado su propia investigación sobre la candidata, y además, hubiera debido caer en la cuenta de que Isabel de Farnesio era sobrina de María Ana de Neoburgo, viuda de Carlos II de España, su peor enemiga política. La causa del desacuerdo entre ambas era que la Ursinos se negó a pagar el enorme gasto que María Ana de Neoburgo hacía en su palacio de Bayona, lo que disgustaba a la reina viuda. Junto a a María Ana de Neoburgo vivía en Bayona el duque de Granmont, antiguo embajador de Francia en Madrid, y también enemigo de la Ursinos. Y también se quedó en Bayona Giudice, cuando fue rechazado en París y no fue aceptado en España. Por todo ello, es un poco extraño que la Orsini no viera el problema que se le venía encima.

Los argumentos de Alberoni eran que Isabel de Farnesio podía curar al rey de su depresión, y podía dar a España mayor influencia en Italia aprovechando los muchos partidarios de la Corona española que quedaban allí.

Alberoni se mostró servil y simpático, cauto y habilidoso de palabras, e hizo carrera política, pues se convirtió en favorito de la reina. Sus pocos méritos le condenaban, al éxito si quería permanecer, y al despido en cuanto tuviera un fracaso.

 

 

Caída política de Giudice.

 

En abril de 1714 los diplomáticos españoles estaban ocupados con la Paz de Rastadt, y el cardenal Francesco del Giudice, inquisidor general y rival de la Orsini, salió para Francia a hablar con Luis XIV. Todos creían que Giúdice iba a negociar con Luis XIV un nuevo matrimonio del rey. Parece ser que la Orsini y Orry se lo querían quitar de la vista y le enviaron lejos y con una misión de mucho tiempo. El embajador francés Louis de Brancas marqués de Brancas, creyó que iba a ir contra él, y salió a escape hacia Francia llegando a París tres días antes que Giúdice, para tener prevenido al rey de Francia. Acertó el embajador francés, y Giudice se entrevistó con Jean Baptiste Colbert marqués de Torcy y con Luis XIV y habló en contra de Brancas, pero Luis XIV no tomó medidas contra su embajador.

Giúdice, otro gran intrigante de la época, se quedaría en Francia hasta febrero de 1715, casi un año, sin conseguir reformas en el Tratado de Rasttadt, ni acuerdos de matrimonio del rey de España. El asunto se estaba resolviendo en casa de Alberoni sin que nadie se enterara. En el transcurso de este año, murió Carlos duque de Berry, dejando un hijo de 4 años, o que acercaba a Felipe V a la sucesión de Francia. Pero Luis XIV argumentó que Felipe estaba excluido del trono de Francia.

El 20 de agosto de 1714, Giudice fue llamado a Madrid. Estaba en París desde marzo, pero un asunto grave requería su presencia en España: la Inquisición había pedido la condena de Macanaz, y Giudice, como Inquisidor General, la había firmado el 30 de julio de 1714. El Consejo de Castilla protestó por el atrevimiento de que la Inquisición condenase a un alto cargo español, y sobre todo, estaban disgustados la Orsini, Jean Orry, el confesor del Rey Robinet que era regalista y no entendía una condena a Macanaz por defender el regalismo, y el propio Macanaz. El 9 de septiembre de 1714, Giudice llegó a Bayona y el Príncipe Pío no le dejo pasar a España. Giudice renunció a su cargo de Inquisidor General como protesta, renuncia que fue inmediatamente aceptada por quienes se ahorraban destituirle. Pero Giudice no cedió en cuanto a levantar la condena. Luis XIV le pidió que cediese, y fue inútil. Los británicos desconfiaban de él, por su larga estancia en París, y Peterborough pidió a Luis XIV que le despidiera, pero la orden no fue necesaria porque ya estaba en la frontera española. En Bayona pasó Giudice una temporada. Cuando pasó la reina Isabel de Farnesio en diciembre de 1714 para casarse en España, se le prohibió ver a la reina. Giudice tuvo tiempo para hacer amistad con María Ana de Neoburgo esposa de Carlos II.

 

 

Problemas sucesorios en Francia en 1714.

 

En 4 de mayo de 1714 murió el duque de Berry, heredero del trono de Francia, hermano mayor de Felipe de Anjou, y el rey Felipe V de España expuso a Luis XIV sus derechos al trono de Francia. Envió como delegado suyo al cardenal Francesco de Giudice, inquisidor general de España. Luis XIV invitó a Giudice a pasear con él y se interesó por el príncipe Luis, hijo de Felipe V. Más tarde, Torcy habló con Giudice un rato y le preguntó si Felipe V iba a renunciar a la Corona de España y asumir la de Francia. Giudice entendió que había ciertos problemas para dejar el trono de Francia a un niño de cuatro años, pues ello era dejar la Regencia en manos del Duque de Orleans, y le comunicó a Felipe V que podía pedir la Corona de Francia, porque Orleans era una persona muy discutida en Francia. Entonces Felipe V concibió la idea de ser rey de Francia. Las potencias europeas supieron inmediatamente de los comentarios de Palacio en España, e hicieron saber a Luis XIV que la decisión de dejar la Corona de Francia a Felipe V sería considerado “casus belli”. Entonces, Luis XIV expulsó de Versalles a Giudice, por haber levantado toda esa polvareda. Felipe V no le quería en España, y Giudice se quedó en Bayona.

 

 

Problemas sucesorios en Gran Bretaña en 1714.

 

El 8 de junio de 1714 murió Sofía de Hannover, heredera del trono británico, dejando como heredero del trono británico a Jorge de Hannover.

El 1 de agosto de 1714, murió Ana I Estuardo de Gran Bretaña, que había reinado de 1702 a 1714, pero la unión de los países británicos estaba asegurada desde 1707, y la sucesión en la casa de Hannover decidida desde esa misma fecha. Jorge I de Hannover fue el siguiente rey británico, o más bien el primer rey de Gran Bretaña una vez consumada la unión. El 18 de septiembre de 1714, Jorge I llegó efectivamente a Gran Bretaña, y aunque mostró no saber inglés y viajó a menudo a su electorado de Hannover en Alemania, no hubo mayores problemas que algunas sublevaciones jacobitas apoyadas sobre todo en Escocia. Se llamaban jacobitas porque apoyaban al hermano de la reina Ana, Jacobo Francisco Eduardo Estuardo. La primera de ellas en 1715, fue apoyada por varios tories, por lo que en el resto del reinado solo gobernaron los whigs. La segunda en 1719, requirió una intervención armada inglesa contra Escocia, pero no demasiado grave. A partir de 1714 fue líder del Gobierno británico Charles Townshend.

Jorge de Hannover era una persona indolente, pero el Gobierno británico salió adelante sin que él participase en las tareas de gobierno.

Caída política de la Princesa de los Ursinos.

 

En el verano de 1714, la Ursinos tuvo noticias de lo que en realidad estaba ocurriendo en Versalles y en Bayona, comprendió sus errores y trató de enmendar lo que se pudiera. Lo primero, era impedir que Isabel de Farnesio fuera a Bayona en su viaje a España. Pero la reina viuda, María Ana, viajó a Pau el 18 de noviembre de 1714 y se encontró con su sobrina unos cien kilómetros al este de Bayona. Y en la frontera española esperaba Alberoni, mientras la Princesa de los Ursinos estaba en Madrid tomando medidas desesperadas, echando de la Corte a personajes que creía cercanos a María Ana, y nombrando otros más afines, pero no sospechó que el traidor era Alberoni.

El 16 de septiembre de 1714, Felipe V se casó por poderes en Guadalajara, con Isabel de Farnesio. Ana Isabel de Tremouille, Princesa de los Ursinos estaba a punto de ser cesada, pero ya no podía hacer nada para salvarse. El que la nueva reina tuviera 22 años de edad, engañó por completo a la Princesa de los Ursinos. Creyó que era una niña inexperta, y se encontró una personalidad tan fuerte como la suya misma.

 

 

Generalización de la Nueva Planta

a Cataluña y Mallorca,

 

El 9 de octubre de 1715 se decretó la Nueva Planta en Cataluña y el 4 de agosto de 1715 la Nueva Planta en Mallorca.

Como en junio de 1707 se habían suprimido los fueros aragoneses y valencianos, y en 1708 se había reorganizado el sistema de Gobierno de ambos territorios, y en 1713 se había decretado el Equivalente en Valencia, y en 1714 la Contribución Única en Aragón, todo el reino de Felipe V quedaba bajo unas mismas normas de gobierno.

Muchos historiadores consideran que este hecho significa la aparición real de España como unidad territorial, y no la unión de Coronas en tiempo de los Reyes Católicos, ni la política exterior común en tiempos de los Austrias.

 

 

[1] El Consejo de Castilla tuvo, en el siglo XVIII, estos presidentes:

1699-1703, Manuel Arias Porres, arzobispo de Sevilla.

1703-1706, José de Solís Valderrábano, conde de Montellano.

1706-1713, Francisco Ronquillo

De 10 de noviembre de 1713 a 9 de junio de 1715, hubo cinco presidentes de modo simultáneo: Francisco Rodríguez de Medarozqueta; Juan Antonio de Torres de Castejón / mayo de 1714: Francisco de Aranda Quintanilla; Juan Ramírez de Baquedano marqués de Andía; García Pérez de Aracil; Miguel Francisco Guerra. En diciembre de 1714 dimitieron Mendarozqueta, Baquedano y Pérez de Aracil, y fueron sustituidos por Francisco Portell; Sebastían García Romero; Manuel Antonio Acevedo.

1715-1715 Felipe Antonio Gil de Taboada, obispo de Osma

1715-1716, Juan Ramírez Baquedano, marqués de Andía

1716-1724, Luis Félix de Miraval y Spínola, marqués de Miraval

1724-1726, Juan de Herrera y Soba, obispo de Sigüenza

1726-1727, Pascual de Villacampa y Pueyo

1727-1733, Andrés de Orbe y Larreátegui, arzobispo de Valencia

1733-1744, Gaspar de Molina y Oviedo, obispo de Málaga

1744-1746, Nicolás Manrique de Lara, marqués de Lara

1746-1749, Gaspar Vázquez Tablada, obispo de Oviedo

1749-1751, Francisco Díaz Santos de Bullón, obispo de Barcelona

1751-1766, Diego de Rojas Contreras, obispo de Calahorra

1766-1773, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda

1773-1783, Manuel Ventura Figueroa

1783-1783 Miguel María Nava y Carreño

1783-1791, Pedro Rodríguez de Campomanes, conde de Campomanes

1791-1792, Juan de Silva Pacheco Meneses, marqués de Alconchel

1792-1795, Juan Rico Acedo, conde de Cañada

1795-1797, Felipe Antonio Fernández Vallejo, obispo de Salamanca

1797-1798, José Manuel de Ezpeleta, conde de Ezpeleta

1798-1801, general Gregorio García de la Cuesta

1801-1803, José Eustaquio Moreno Aguilar (concuñado de Godoy)

1803-1805, Juan Francisco de los Heros, conde de Montarco

1805-1806, Miguel de Mendinueta y Múzquiz

1806-1807, Juan Manuel de la Isla, conde de la Isla

1807-1808, Arias Mon y Velarde

1808-1809, Pedro Alcántara Álvarez de Toledo, duque del Infantado

[2] Sebastián Dalmau Oller, 1682-1762, era un oligarca barcelonés propietario de la compañía “Dalmau-Abadal-Cortés” una de las principales compañías comerciales que sostuvo la guerra en Barcelona en 1712 y 1713. En la defensa de Barcelona actuaba como coronel y se negó siempre a aceptar pedir la paz como le reclamaban muchos barceloneses. Por fin se rindió el 15 de septiembre de 1714, dos días después de la entrada de las tropas borbónicas en la ciudad, y aunque quedaban todavía muchos austracistas exaltados en lucha, su rendición puede ser considerada el final de la guerra de los comerciantes catalanes contra Felipe V. fue encarcelado en Pamplona y Segovia, fue liberado en 1725, y se marchó a vivir a Austria, en el ejército austriaco, el resto de su vida.

[3] Josep Moragues Sobrevia, 1669-1715, terrateniente catalán con posesiones en Mas de Moragues, San Hilario Sacalm y Sort, cambió su nombre para denominarse Josep Moragues i Mas. Acabada la guerra, se retiró a sus posesiones en Sort y reorganizó fuerzas rebeldes a Felipe V, por lo que fue detenido en 1715, arrastrado por un caballo por las calles de Barcelona y ejecutado en 27 de mayo de 1715, siendo expuesta su cabeza durante doce años en una jaula .

[4] Un buen estudio sobre el personaje Giulio Alberoni es el de Isabel Martínez Navas. Alberoni y el Gobierno de la Monarquía Española. REDUR 8. Diciembre 2010. Aquí, sólo reseñaremos que en 1754 tenía 50 años de edad y era un experto en sobrevivir, que había tenido una infancia difícil, pues era hijo de un jardinero y una costurera y su padre murió cuando él tenía 10 años de edad, y ya fue capaz de sacar adelante la familia pidiendo trabajo en los conventos, cualquier cosa, como campanero, monaguillo o escolar, y que acabó ordenándose sacerdote, y estuvo en Roma antes de volver a Parma y ser canónigo en 1698, a los 34 años de edad, lo que solucionaba su vida. Pero no se quedó ahí, sino que empezó a frecuentar los salones de los magnates buscando una mejor vida, y la ocasión le llegó cuando Vendôme fue por Parma, se le llevó consigo y pudo conocer Europa occidental. Cuando conoció España, se hizo nombrar embajador de Parma en Madrid, y esa fue su ocasión definitiva de hacer dinero.

[5] Isabel de Farnesio era digno miembro de la familia Farnese, familia sobre la que pesaba toda una leyenda denominada “el secreto de los Farnese”, una ambición por enriquecer a la familia, y más tarde por poseer toda Italia: Los Farnesio eran gente de mucha personalidad, grandes intrigantes: El origen del éxito de esta familia radica en Giulia Farnese, 1474-1524, tercera amante conocida del Papa Alejandro VI, 1492-1503, conocido como Rodrigo de Borja, 1431-1503, en Valencia y Borgia en Italia. Alejandro VI, era amigo de orgías y comilonas. Con una primera amante, Alejandro tuvo hijos llamados Girolama, Isabel y Pedro Luis duque de Gandía. Con una segunda amante llamada Vanozza Cattanei tuvo a Juan Borgia duque de Gandía 1474-1497 y Confalionero de las Fuerzas Pontificias, César Borgia 1475-1507, a quien nombró obispo de Valencia y cardenal, Lucrecia Borgia 1480-1519, a la que casó con Giovanni Sforza duque de Passaro, y Godofredo o Jofré Borgia 1481-1516. Giulia Farnese se casó en mayo de 1489, a sus 14 años de edad, con Orsino Orsini conde de Besanello, y cuando tenía 18 años vivía junto a Lucrecia Borgia, de 13 años de edad, la hija del Papa, cuando la conoció el Papa y la convirtió en su amante durante siete años. El Papa y Giulia tuvieron a Laura Orsini, Juan Orsini el “infans romanus” y Rodrigo Orsini. Giulia sacó buen provecho de su relación con el Papa, un hombre que había dedicado buena parte de su vida a recaudar dinero para El Vaticano y había logrado que llegara en grandes cantidades, hasta el punto de escandalizar a Martín Lutero. Rodrigo Borja había llegado a Roma en 1456 procedente de Valencia de mano de su tío, el obispo de Valencia Alfonso de Borja, quien llegaría a ser Papa Calixto III. Su tío le dio estudios en Bolonia y le hizo Cardenal diacono de San Nicolás in Cárcere 1456 y de Santa María in Vía Lata en 1458, obispo de Valencia en 1458 y de Albano en 1468. La culminación de su carrera llegó en 1457, cuando fue nombrado Vicecanciller de Roma, 1457-1492, cargo desde el que organizó la entrada de dinero en el Vaticano y se hizo imprescindible a los siguientes papas. Eneas Silvio Piccolímini, Papa Pío II, 1458-1464, le hizo cardenal protodiácono (primero de los cardenales). Pietro Barbo, Papa Paulo II, 1464-1471, le hizo obispo de Urgel. Francesco della Róvera, Papa Sixto IV, 1471-1484, le hizo cardenal obispo de Albano en 1471, y obispo de Porto de Santa Rufina en 1476 y Decano del Colegio cardenalicio en 1484. Giovanni Battista Cybo, Papa Inocencio VIII, 1484-1492, le hizo obispo de Mallorca y arzobispo de Valencia. Y el 11 de agosto de 1492, los 23 cardenales eligieron Papa a Rodrigo Borgia, Papa Alejandro VI. En ese momento dejó de ser Vicecanciller de Roma, y se limitó a aprovechar el mucho dinero que había conseguido para El Vaticano. El 6 de agosto de 1503, tras una comilona en una villa romana, el Papa Alejandro VI, el cardenal Adriano de Corneto, y César Borgia, se sintieron enfermos y murieron, salvo César Borgia que superó la crisis de gastroenteritis. Giulia Farnese colocó a sus hermanos Alexandro Farnese, quien llegó a Papa Pablo III, y Ángelo Farnese, y a su hermana Girolama Ella misma consiguió un palacete cerca de Roma y quedó bien instalada cuando murió el Papa Alejandro VI.

Pues bien, Elisabetta Farnese o Isabel de Farnesio, la reina de España en 1715, 1692-1766, era hija del príncipe Eduardo II de Parma y de Sofía Dorotea de Baviera-Neoburg, y la muerte de su hermano mayor en agosto de 1693 y de su padre en septiembre de 1693, la dejaron como heredera del principado de Parma, una vez que los príncipes siguientes, sus tíos Francisco Farnese y Antonio Farnese no tenían hijos. En adelante, como reina de España, luchará con dedicación para que su hijo Carlos reinara en el Reino de Nápoles, a su hijo Felipe poseyera el ducado de Parma, feudatario de Austria, y a su hijo Luis Antonio de Borbón le hizo administrador perpetuo de los bienes de la diócesis de Toledo en 1734, cuando sólo tenía 8 años de edad, cardenal diácono de Santa María della Scala (Roma) al mes siguiente, arzobispo de Toledo en 1735, y arzobispo de Sevilla en 1741, sin que Luis Antonio tuviera ninguna vocación sacerdotal ni se ocupara nunca de los asuntos de sus diócesis, ni quisiera ordenarse sacerdote. En 1754, Luis Antonio renunció a sus cargos, y no se ordenó, a cambio de una congrua pensión a costa del arzobispado de Toledo y contrajo matrimonio en 1763. Los Farnese sabían lo que querían desde pequeños, y lo conseguían a toda costa.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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